Plinio Corrêa de Oliveira

Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana

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Editorial Femando III, el Santo

Lagasca, 127 – 1º dcha.

28006 — Madrid

Tel. y Fax: 562 67 45

Primera edición, julio de 1993.

Segunda edición, octubre de 1993

© Todos los derechos reservados.

NOTAS

● Algunas partes de los documentos citados han sido destacadas en negrita por el autor.

● La abreviatura PNR seguida del número de año y página corresponde a la edición de las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana publicadas por la Tipografía Políglota Vaticana en Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santitá Pió XII cuyo texto íntegro se transcribe en Documentos I.

● El presente trabajo ha sido obtenido por scanner a partir de la segunda edición, de octubre de 1993. Se agradece la indicación de errores de revisión.

DOCUMENTOS I
Alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana

La Guardia Noble presenta sus felicitaciones al Papa Pío XII, por ocasión del Año Nuevo. Habla el Príncipe Chigi della Rovere, Comandante del Cuerpo.

Alocución de 8 de enero de 1940 [1]

Alocución de 5 de enero de 1941 [2]

Alocución de 5 de enero de 1942 [3]

Alocución de 11 de enero de 1943 [4]

Alocución de 19 de enero de 1944 [5]

Alocución de 14 de enero de 1945 [6]

Alocución de 16 de enero de 1946 [7]

Alocución de 8 de enero de 1947 [8]

Alocución de 14 de enero de 1948 [9]

Alocución de 15 de enero de 1949 [10] 

Alocución de 12 de enero de 1950 [11]

Alocución de 11 de enero de 1951 [12]

Alocución de 14 de enero 1952 [13]

Alocución de 9 de enero de 1958 [14]

Alocución de 8 de enero de 1940 [1](*)
Al reunirse en torno de Nos en el comienzo del nuevo año, han querido el Patriciado y la Nobleza romana ofrecernos un doble don: el gratísimo don de su presencia y, al mismo tiempo, el de sus filiales felicitaciones, adornadas como con una flor por el testimonio de su tradicional fidelidad a la Santa Sede, de la cual, amados hijos e hijas, han sido prueba una vez más las devotas y elocuentes palabras recientemente pronunciadas por vuestro insigne portavoz. Nos habéis proporcionado así una muy deseada ocasión para confirmar y aumentar por nuestra parte la alta estima que esta Sede Apostólica siempre ha tenido para con vuestra ilustre clase, sin dejar jamás de manifestarla abiertamente.

Con ese aprecio vibra la historia de los pasados siglos. No pocos de quienes en este momento Nos circundan llevan apellidos que se entrelazan desde hace siglos con la historia de Roma y del Papado, en sus días luminosos y en los oscuros, en la alegría y en el dolor, en la gloria y en la humillación, sostenidos por el íntimo sentimiento que brota de la profundidad de una Fe heredada de sus abuelos junto con la sangre, sobreviviente a todas las pruebas y tempestades y dispuesta a volver a tomar el sendero de la casa del Padre si pasajeramente se desvía de él: El esplendor y la grandeza de la Ciudad Eterna refleja y refracta sus rayos sobre las familias del Patriciado y de la Nobleza romana. Los nombres de vuestros antepasados están indeleblemente grabados en los anales de una Historia cuyos hechos han tenido gran parte, a muchos títulos, en los orígenes y desarrollo de tantos pueblos de nuestra actual civilización. Si bien es verdad que sin el nombre de Roma y de sus nobles estirpes no se podría escribir la historia profana de muchas naciones, reinos y coronas imperiales, [no lo es menos que] los nombres del Patriciado y de la Nobleza romana se repiten aún con mayor frecuencia en la historia de la Iglesia de Cristo, la cual alcanza su más alta grandeza, por encima de toda gloria natural, en su Cabeza visible, cuya sede, por benigna disposición de la Providencia, se halla sobre las orillas del Tíber.

En esta selecta asamblea, Nuestros ojos ven en torno a Nos, como viva imagen de vuestra fidelidad al Pontificado Romano y de la continuidad que como gloriosa herencia de vuestras Familias os honra, la presencia simultánea de tres generaciones. En aquellos de vosotros que lleváis la frente coronada de nieve o de plata, saludamos Nos los muchos méritos adquiridos en el largo cumplimiento del deber que habéis venido a depositar, como trofeos de victoria, en homenaje al único verdadero Señor y Maestro, invisible y eterno. Pero la mayoría de los que estáis ante Nos, [os encontráis] animosos en la flor de la juventud o en el esplendor de la virilidad, con aquel vigor de energías físicas y morales que os prepara para dedicar vuestras fuerzas a la defensa e incremento de toda buena causa y os da el deseo de ello. Nuestra predilección, sin embargo, se inclina hacia la serena y risueña inocencia de los pequeños, últimos en haber llegado a este mundo, en quienes el espíritu del Evangelio Nos induce a ver los primeros bienaventurados en el Reino de Dios; admiramos en ellos su ingenuo candor, el puro y vivo fulgor de sus miradas, reflejo angelical de la limpieza de sus almas. Son inocentes, están aparentemente indefensos; pero en el encanto de la ingenuidad con que agradan no menos a Dios que a los hombres, ocultan un arma que saben ya manejar como el joven David su honda: la tierna arma de la oración; mientras en la aljaba de su voluntad, todavía frágil pero ya libre, guardan una maravillosa flecha, instrumento futuro y seguro de la victoria: el sacrificio.

A esta exuberancia de edades varias que Nos gozamos de reconocer en vosotros, fieles custodios de tradiciones caballerescas, no dudamos Nos — por el contrario, de ello estamos de antemano seguros— de que el nuevo año se le mostrará, en contrapartida, bueno y cristianamente feliz; ya que, por debajo del opaco velo con que el futuro lo envuelve, lo recibís de las manos de la Providencia, con la misma prontitud que recibe el oficial de su jefe —enviado en virtuosas y santas luchas de la vida a una misión de confianza— los pliegos de órdenes sellados, sin poder abrirlos sino en pleno viaje. Dios, que os concede comenzar este nuevo año en Su servicio, os descubrirá día a día su secreto; y no ignoráis que todo aquello que os ha de acontecer en esta aún misteriosa sucesión de horas, días y meses no ocurrirá sino porque así lo quiere o así lo permite aquel Padre celestial cuya providencia y gobierno del mundo jamás se engaña ni desfallece en sus designios. Pero, ¿podremos ocultaros que el año nuevo y los nuevos tiempos que abre darán ocasión a luchas y esfuerzos, y —así lo esperamos— también a méritos y victorias? ¿No veis cómo por haber sido desconocida, negada y ultrajada la ley del amor evangélico campea ahora en algunas partes del mundo una guerra —de la cual la misericordia divina ha preservado hasta ahora a Italia—, en la que ciudades enteras se han visto reducidas a acúmulos de humeantes ruinas, y llanuras en las que maduraban copiosas mieses se han transformado en necrópolis de despedazados cadáveres? Tímida anda la paz, errante, solitaria por caminos desiertos, entre sombras de nublada esperanza. Siguiendo sus huellas y en pos de sus pasos, hombres que de veras le son amigos la van buscando tanto en el viejo como en el nuevo mundo, preocupados y ansiosos por hacerla volver a en medio de los hombres por vías justas, sólidas y duraderas, y de preparar, mediante un esfuerzo de fraternal inteligencia, la difícil tarea de una necesaria reconstrucción.

En esta obra de reconstrucción podéis, amados Hijos e Hijas, tener parte importante. Aunque es verdad que la sociedad moderna se subleva contra la idea y aun contra la mera mención de una clase privilegiada, no es menos cierto que, al igual que las sociedades antiguas, no podrá [la nuestra] prescindir de una clase laboriosa y, por eso mismo, partícipe de los círculos dirigentes. A vosotros os corresponde, pues, mostrar abiertamente que sois y queréis ser una clase emprendedora y activa. Por lo demás, habéis comprendido muy bien —y lo comprenderán y verán aún mucho mejor vuestros hijos— que nadie puede eludir la ley original y universal del trabajo, por variado y múltiple que sea y aparezca en sus formas intelectuales o manuales. Por eso Nos estamos seguros de que vuestra magnánima generosidad sabrá cumplir este sagrado deber con no menos valentía y nobleza que las grandes obligaciones que os corresponden como cristianos y como nobles, descendientes de antepasados cuya laboriosidad exaltan y pregonan aún en nuestra época tantos blasones de mármol que se nos muestran en los palacios de la Urbe y de las tierras de Italia.

Existe además un privilegio que ni el tiempo ni los hombres os pueden arrebatar si vosotros mismos no consentís en perderlo haciéndoos indignos de él: el de ser los mejores, los optimates, no tanto por la abundancia de riquezas, el lujo de los vestidos, el fausto de los palacios, como por la integridad de vuestras costumbres y por vuestra rectitud en la vida religiosa y civil; el privilegio de ser patricios, patricii, por vuestras excelsas cualidades de mente y corazón; el privilegio, en fin, de ser nobles, nobiles, es decir, hombres cuyo nombre es digno de ser conocido y cuyas acciones han de ser citadas para ejemplo e imitación.

Si así actuáis y proseguís, continuará y resplandecerá cada vez más en vosotros la antigua Nobleza; y de las cansadas manos de los ancianos a las vigorosas de los jóvenes pasará la antorcha de la virtud y de la acción, luz silenciosa y tranquila de los dorados ocasos, que se reaviva en nuevas auroras a cada nueva generación, con los destellos de una llama de generosas y fecundas aspiraciones.

Tales son, amados Hijos e Hijas, los votos que, llenos de confiada esperanza, elevamos a Dios por vosotros, mientras, como prenda de las más selectas Gracias celestiales, os impartimos a todos y cada uno de vosotros, a todos vuestros seres queridos, a todas las personas que tenéis en la mente y en el corazón, Nuestra paternal Bendición Apostólica.

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(*) Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santitá Pio XII, Tipografia Poliglotta Vaticana, vol. 1, pp. 471-474

Alocución de 5 de enero de 1941 [2] (*)
Fuente de íntima y paternal alegría es para Nuestro corazón, amados hijos e hijas, la grata corona que formáis en tomo a Nos en este comienzo de año —no menos cargado de sombríos horizontes que el que acaba de pasar—, reunidos como estáis para presentarnos vuestras filiales felicitaciones por medio de vuestro eximio portavoz, cuyas devotas y elevadas expresiones dan a vuestra unánime y concorde presencia un valor y un afecto que Nos agradan particularmente. En el Patriciado y en la Nobleza romana Nos siempre vemos y amamos a un grupo de hijos e hijas que se ufanan de su tradicional vínculo de fidelidad para con la Iglesia y el Romano Pontífice, cuyo amor hacia el Vicario de Cristo brota de la profunda raíz de la Fe, sin disminuir ni por el transcurso de los años, ni por las variadas vicisitudes de los tiempos y de los hombres. En medio de vosotros Nos sentimos más romanos por el modo de vivir, por el aire que hemos respirado y respiramos, por el mismo cielo, por el mismo sol, por las mismas orillas del Tíber sobre las que se meció Nuestra cuna, por aquel suelo sagrado hasta en lo más recóndito de sus entrañas, desde el cual Roma comunica a todos sus hijos los auspicios de una eternidad que se eleva hasta el Cielo.

Es un hecho que si bien Cristo Nuestro Señor prefirió, para consuelo de los pobres, venir al mundo privado de todo y crecer en una familia de sencillos obreros, quiso, sin embargo, honrar con su nacimiento a la más noble e ilustre de las casas de Israel, a la propia estirpe de David.

Por eso, fíeles al espíritu de Aquel del Cual son Vicarios, los Sumos Pontífices han tenido siempre en muy alta consideración al Patriciado y a la Nobleza romana, cuyos sentimientos de indefectible adhesión a esta Sede Apostólica son la parte más preciosa de la herencia recibida de sus antepasados y que ellos mismos transmitirán a sus hijos.

Grande y misteriosa cosa es la herencia, es decir, el paso a lo largo de una estirpe, perpetuándose de generación en generación, de un rico conjunto de bienes materiales y espirituales, la continuidad de un mismo tipo físico y moral que se conserva de padre a hijo, la tradición que a través de los siglos une a los miembros de una misma familia. Su verdadera naturaleza se puede desfigurar, sin duda, mediante teorías materialistas; pero también se puede y se debe considerar una realidad de tamaña importancia en la plenitud de su verdad humana y sobrenatural.

No se negará, ciertamente, la existencia de un substrato material en la transmisión de los caracteres hereditarios; para sorprenderse de ello sería preciso olvidar la íntima unión de nuestra alma con nuestro cuerpo, y la elevada proporción en que dependen de nuestro temperamento físico aun nuestras propias actividades más espirituales. Por eso la moral cristiana no cesa de recordar a los padres las graves responsabilidades que les corresponden en ese sentido.

Pero lo que más cuenta es la herencia espiritual transmitida, no tanto por medio de los misteriosos lazos de la generación material como por la acción continua de ese ambiente privilegiado que la familia constituye; por la lenta y profunda formación de las almas en la atmósfera de un hogar rico en altas tradiciones intelectuales, morales y, sobre todo, cristianas; por la mutua influencia entre aquellos que habitan una misma casa, influencia cuyos beneficiosos efectos se proyectan hasta el final de una larga vida, mucho más allá de los años de la niñez y de la juventud, en aquellas almas elegidas que saben fundir en sí mismas los tesoros de una preciosa herencia con la contribución de sus propias cualidades y experiencias.

Es éste el patrimonio, más valioso que ningún otro, que, iluminado por una Fe firme, vivificado por una fuerte y fiel práctica de la vida cristiana en todas sus exigencias, elevará, refinará y enriquecerá las almas de vuestros hijos.

Pero, como todo rico patrimonio, también éste lleva consigo estrictos deberes, tanto más estrictos cuanto más rico sea. Dos sobre todo:

1) el deber de no desperdiciar semejantes tesoros, de transmitirlos intactos y, si es posible, acrecentados, a quienes vengan detrás de vosotros; y el de resistir, por lo tanto, a la tentación de no ver en ellos sino un medio de vida más fácil, más agradable, más exquisita, más refinada;

2) el deber de no reservaros dichos bienes solamente para vosotros, sino hacerlos aprovechar con generosidad a cuantos hayan sido menos favorecidos por la Providencia.

Conquistaron también vuestros mayores, amados hijos e hijas, la nobleza de la beneficencia y de la virtud, testimonio de la cual son los monumentos y mansiones, los hospicios, los refugios, los hospitales de Roma, en los que sus nombres y su recuerdo hablan de su próvida y vigilante bondad para con los desventurados y necesitados. Bien sabemos Nos que en el Patriciado y en la Nobleza romana no ha disminuido esta gloria y empuje hacia el bien, en la medida en que a cada uno se lo permiten sus facultades; pero en la tan penosa hora presente, en la que el cielo se ve turbado por intranquilas noches de vigilia, vuestro ánimo —mientras guarda noblemente una seriedad, preferiríamos decir, una austeridad de vida que excluye toda ligereza y todo placer frívolo, incompatibles para todo corazón bien nacido con el espectáculo de tantos sufrimientos— siente mucho más vivo aún el impulso de una caridad activa que os anima a aumentar y multiplicar los méritos ya antes adquiridos en el alivio de las miserias y de la pobreza humanas. ¡Cuántas ocasiones para hacer el bien no sólo dentro de las paredes domésticas, sino también fuera de ellas, os ofrecerá el nuevo año, que se inicia con nuevas pruebas y acontecimientos! ¡Cuántos nuevos campos de socorro y ayuda! ¡Cuántas lágrimas ocultas para enjugar! ¡Cuántos dolores para mitigar! ¡Cuántas angustias físicas y morales para aliviar!

Cuál habrá de ser el curso del año que acaba de comenzar, es secreto designio del solo Dios, sabio y providente, que gobierna y guía el camino de su Iglesia y del género humano hacia la meta en que triunfan su Misericordia y su Justicia. Pero Nuestra ansia, Nuestra oración, Nuestro deseo, es la justa y duradera paz y la tranquilidad ordenada del mundo; la paz que alegre a todos los pueblos y naciones; la paz que, al devolver la sonrisa a todos los rostros, haga brotar en los corazones el himno de la más alta alabanza y gratitud al Dios de la paz que adoramos en la cuna de Belén.

En este Nuestro deseo, hijos e hijas muy amados, se incluye también el auspicio de un año no incierto, sino afortunado para todos vosotros. Vuestra grata presencia Nos ofrece la imagen de todas las edades humanas, que camina bajo la protección divina por el sendero de la vida y hace de las virtudes públicas y privadas la mejor alabanza de sus pasos. Para los ancianos, guardianes de las nobles tradiciones familiares y luces de sabia experiencia para los menores; para los padres y madres, maestros y ejemplos de virtud para sus hijos e hijas; para los jóvenes que crecen puros, sanos, activos, en el santo temor de Dios para esperanza de su familia y de su querida Patria; para los más pequeños, que sueñan el futuro de sus empresas con los entretenimientos y juegos infantiles; para todos vosotros, que gozáis y participáis en la comunión y alegría familiares, Nos deseamos paternal y vivamente aquella felicidad que responda a los deseos de cada uno y cada una de vosotros, teniendo presente que todas vuestras peticiones son siempre examinadas y pesadas por Dios en la balanza de nuestro mayor bien, en la cual muchas veces pesa menos lo que nosotros le pedimos que lo que Él nos concede.

Esta es la oración que elevamos al Señor por vosotros, al comienzo del nuevo año —tras cuyos impenetrables velos reina, gobierna y actúa la alta Providencia que impera con amor sobre el Universo y sobre el mundo de los acontecimientos humanos— invocando sobre vosotros la abundancia de los favores celestiales mientras, confiando en la inmensa bondad divina, a todos y a cada uno de vosotros, a vuestros seres queridos y a cuantos tengáis en la mente y en el corazón, impartimos Nuestra paternal Bendición Apostólica.

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(*) ídem, vol. II, pp. 363-366

Alocución de 5 de enero de 1942 [3] (*)
Las felicitaciones que vuestro ilustre portavoz, amados hijos e hijas, Nos ha presentado con tan elevadas palabras, quieren —según es vuestra intención— manifestar ante todo la filial adhesión a la Sede Apostólica que anima vuestra Fe y es lamas bel la gloria del Patriciado y de la Nobleza romana. Os las agradecemos profundamente y de todo corazón; y Nuestro amor os corresponde con toda justicia derramando Nuestros votos sobre vosotros y sobre vuestras familias, a fin de manifestaros una vez más Nuestra gratitud y particular afecto por vuestros tan vivos sentimientos de tradicional fidelidad al Vicario de Cristo.

Este filial y paterno encuentro en la casa del Padre común, si bien no es la primera vez que se da, no puede perder en dulzura y gratitud por imperio de la costumbre, como la anual repetición de las fiestas navideñas no disminuye su religiosa alegría, ni las auroras del nuevo año cierran el horizonte a la esperanza. ¿No se parece acaso el renovar de la sagrada alegría del espíritu al renovar del día, del año y de la naturaleza? También el espíritu tiene su renovación y su renacimiento. Nosotros renacemos, revivimos al conmemorar los misterios de nuestra Fe, y volvemos a adorar en la gruta de Belén al Niño Jesús, Salvador nuestro, luz y nuevo sol del mundo, como sobre nuestros altares se renueva el perenne Calvario de un Dios crucificado y moribundo por nuestro amor.

Al recordar a vuestros antepasados es como si los hicierais revivir; reviven en vuestros nombres y en los Títulos que os han dejado por sus méritos y grandezas. ¿Acaso no son Patriciado y Nobleza dos palabras llenas de gloria y ricas en sentido? Patriciado y Nobleza de esta Roma, cuyo nombre trasciende los siglos y brilla en el mundo como sello de la Fe y de la Verdad descendida del Cielo para sublimar al hombre.

Desde un punto de vista humano, el nombre de Patriciado romano evoca una vez más en nosotros el recuerdo de aquellas antiguas gentes, cuyos orígenes se pierden entre nebulosidades de leyenda, pero que aparecen a la clara luz de la Historia como inteligencias y voluntades que determinaron esencialmente el poder y la grandeza romanos en los tiempos más gloriosos de la República y del Imperio, cuando los Césares, al mandar, no colocaban el capricho en el lugar de la razón. Hombres rudos, los más antiguos, penetrados todos ellos del sentimiento de los destinos de la Urbe, que identificaban sus propios intereses con los de la cosa pública y perseguían sus vastos y atrevidos planes con una constancia, una perseverancia, una sabiduría y una energía que no se desmentían jamás. Aún hoy despiertan la admiración de quienquiera que recuerde la historia de aquellos siglos lejanos. Fueron los paires y sus descendientes —“Patres certe ab honore, patriciique progenies eorum appellati” [4] (Liv. 1. I, c. 8, n. 7)— aquellos que supieron conjugar con el patriciado de la sangre, la nobleza de la sabiduría, del valor y de las virtudes civiles en función de su objetivo y proceso de conquista del mundo, que Dios, en su eterno designio y contra la intención de ellos, habría un día de transformar en preparado y abierto campo de batallas y santas victorias para los héroes de su Evangelio, y al mismo tiempo habría de convertir la Urbe en la Roma de los pueblos que creen en Cristo, elevando por encima de los recuerdos mudos de los pontífices máximos del paganismo, el perenne Pontificado y Magisterio de Pedro.

Por eso, desde un punto de vista cristiano, sobrenatural, el nombre de Patriciado Romano despierta en Nuestro espíritu una reflexión sobre la Historia y una visión de ella aún mucho mayores. Si la palabra patricio, patricius, significaba en la Roma pagana el hecho de tener antepasados, de no pertenecer a una familia corriente, sino a una clase privilegiada y dominante, toma ella a la luz cristiana un aspecto mucho más luminoso y resuena más profundamente, pues asocia a la idea de la superioridad social la de ilustre paternidad. Es éste el Patriciado de la Roma cristiana, que tuvo sus mayores y más antiguos resplandores no tanto en la sangre como en la dignidad de protectores de Roma y de la Iglesia: Patricius Romanorum fue el título usado desde el tiempo de los Exarcas de Rávena hasta Carlomagno y Enrique III. A través de los siglos, los Papas contaron también con armados defensores de la Iglesia procedentes de las familias del Patriciado romano; y Lepanto consagró y eternizó uno de sus grandes nombres en los fastos de la Historia. Hoy, amados hijos e hijas, el Patriciado y la Nobleza romana están llamados a defender y proteger el honor de la Iglesia con el arma insigne de una virtud moral, social y religiosa, que resplandezca en medio del pueblo romano y ante el mundo.

Las desigualdades sociales, también aquellas que están vinculadas al nacimiento, son inevitables; la benignidad de la Naturaleza y la bendición de Dios sobre la humanidad iluminan y protegen las cunas, las besan, pero no las igualan. Mirad aun las sociedades más inexorablemente niveladas. Mediante ningún artificio se ha podido nunca conseguir que el hijo de un gran jefe, de un gran conductor de masas, continuase exactamente en el mismo estado que un obscuro ciudadano perdido entre el pueblo. Pero si tan inevitables desigualdades pueden aparecer ante ojos paganos como una inflexible consecuencia del conflicto entre las fuerzas sociales y el poder adquirido por los unos sobre los otros mediante las leyes ciegas que se supone que rigen la actividad humana y regulan tanto el triunfo de los unos como el sacrificio de los otros, una mente cristianamente instruida y educada no puede considerarlas sino como una disposición de Dios, querida por Él por la misma razón que las desigualdades en el interior de la familia, y destinada, por tanto, a unir aún más a los hombres entre sí en su viaje de la vida presente hacia la patria del Cielo, ayudándose los unos a los otros del mismo modo que el padre ayuda a la madre y a los hijos.

Aunque esta concepción paterna de la superioridad social ha excitado a veces los ánimos, por el entrechoque de las pasiones humanas, hacia desvíos en las relaciones entre las personas de rango más elevado y las de condición humilde, la historia de la humanidad decaída [por el pecado original] no se sorprende con ello. Tales desviaciones no bastan para disminuir ni ofuscar la verdad fundamental de que para el cristiano las desigualdades sociales se funden en una gran familia humana; que, por lo tanto, las relaciones entre las clases y categorías desiguales han de permanecer gobernadas por una justicia recta y ecuánime, y estar al mismo tiempo animadas por el respeto y afecto mutuos, de modo que, aun sin suprimir las desigualdades, se aminoren las distancias y se suavicen los contrastes. ¿No vemos acaso, en las familias verdaderamente cristianas, a los mayores patricios y patricias vigilantes y solícitos en conservar para con sus domésticos y cuantos les rodean un comportamiento conforme, sin duda, a su clase, pero libre de toda afectación, benévolo y cortés en palabras y modales, que demuestran la nobleza de sus corazones, que no ven en ellos sino hombres, hermanos, cristianos como ellos, a ellos unidos en Cristo por los vínculos de la caridad; de aquella caridad que aun en los más antiguos palacios consuela, sostiene, alegra y endulza la vida de grandes y humildes, principalmente en los tiempos de tristeza y de dolor, que nunca faltan en este mundo?

Vosotros, amados hijos e hijas, como Patriciado y Nobleza romana; vosotros, en esta Roma, centro de la comunidad cristiana, Iglesia Madre y Cabeza de todas las Iglesias del mundo católico, en torno a Aquel que Cristo ha establecido como Vicario suyo, Padre común de todos los fieles; vosotros habéis sido enaltecidos por la divina Providencia para que vuestra dignidad resplandezca frente al mundo en la devoción a la Sede de Pedro, cual ejemplo de virtud civil y grandeza cristiana. Sí toda preeminencia social lleva consigo obligaciones y deberes, la que por disposición de Dios os ha tocado en suerte exige de vosotros, especialmente en esta hora tan grave y tempestuosa en que vivimos —hora obscura, de discordias y de grandes y cruentas luchas humanas, hora que llama a la oración y penitencia para que éstas transformen y corrijan las costumbres de todos de acuerdo con la Ley Divina, como indudablemente nos lo advierten las presentes angustias y la incertidumbre ante los peligros futuros-—; exige de vosotros, decimos, plenitud de vida cristiana, irreprensible y austera conducta, fidelidad a todos vuestros deberes de familia, a todas vuestras obligaciones privadas y públicas, para que nunca se contradigan, sino que resplandezcan clara y vivamente ante los ojos de cuantos os observan y miran, a los cuales habéis de mostrar en vuestros actos y en vuestros pasos, junto con el verdadero camino para avanzar en el bien, que el mejor ornamento del Patriciado y de la Nobleza romana es la excelencia de la virtud.

Por eso, mientras pedimos a Jesús, humilde y pobre Niño de progenie real, Rey humanado de los Ángeles y de los hombres, que os sirva de guía en el cumplimiento de la misión que os ha sido asignada y os ilumine y fortifique con su Gracia, os impartimos, con el corazón desbordante, amados hijos e hijas, Nuestra paternal Bendición Apostólica; la cual queremos que se extienda a todos vuestros seres queridos y permanezca también sobre ellos, especialmente sobre aquellos que, en cumplimiento de su deber, se hallan alejados de vosotros, expuestos a peligros a cuyo encuentro van con un valor que corre parejo a la nobleza de su sangre, y tal vez se encuentren dispersos, heridos o prisioneros. ¡Que esta Bendición descienda y sea para vosotros bálsamo, consuelo, protección, auspicio de mejores y más abundantes favores y auxilios celestiales; y que sea también esperanza de tranquilidad y de paz para el mundo inquieto y trastornado!

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(*) Idem, vol. III, pp. 345-349

Alocución de 11 de enero de 1943 [4] (*)
Ante las fervorosas felicitaciones que con elevadas palabras Nos ha presentado en vuestro nombre, amados hijos e hijas, vuestro ilustre portavoz, ¿cómo podrían no corresponder los votos que Nos formulamos ante Dios por vosotros? Sentimos Nos en este momento, sin que sean vencidas por la tristeza de la hora presente, una suave consolación y una profunda alegría, porque en cierto modo vemos ante Nos, representada en vuestras personas, a toda Nuestra amada Roma. A tan eminente posición os ha elevado el designio de la divina Providencia en el transcurso de la Historia; de ello tenéis conciencia y de ahí concebís al mismo tiempo una legítima altivez y un sentimiento de grave responsabilidad.

Por privilegio de nacimiento, la disposición divina os ha colocado como una ciudad sobre un monte; no podéis, por tanto, permanecer escondidos (cf. Mt. V, 14); os ha destinado, además, a vivir en pleno siglo veinte, que pasa actualmente por días de aflicción y de angustia. Si estáis todavía situados en lo alto y domináis desde las alturas, ya no lo hacéis al modo de vuestros antepasados. Vuestros abuelos, que vivían sobre las rocas, y en sus aislados castillos, inaccesibles por su situación y formidables por su guardia —torres y casas solariegas esparcidas por toda Italia, incluso por la región romana—, tenían allí refugio contra las incursiones de rivales o malhechores, allí organizaban la defensa armada, de allí bajaban a combatir en la llanura. También vosotros, descendientes suyos, atraéis hacia vosotros las miradas de quienes están abajo, en el valle. Pensad en la historia de los grandes nombres que lleváis, hechos célebres por el valor militar, por los servicios sociales tan loables como beneficiosos, por el celo religioso y por la santidad; ¡cuáles y cuántas aureolas de gloria los ciñen! El pueblo los ha cantado y celebrado en la voz de sus escritores y poetas, por la mano de sus artistas; pero ha juzgado también, y juzga todavía con implacable severidad, a veces hasta con injusticia, sus errores y sus culpas. Si buscáis la razón de ello, la encontraréis en la elevada función [que desempeñaron] y en el puesto [que ocuparon], con los que son incompatibles, no ya las caídas o faltas, sino ni siquiera una honestidad común o una simple y ordinaria mediocridad.

La responsabilidad que ante el pueblo tenéis hoy vosotros, amados hijos e hijas, y toda la Nobleza en general, no es de peso menor que la que gravitaba en los siglos pasados sobre vuestros mayores, como lo muestra la Historia con toda claridad.

De hecho, si observamos los pueblos que en otro tiempo profesaban unidos y concordes la Fe y la Civilización Cristianas, vemos ahora [en ellos] vastos campos de ruinas religiosas y morales, por lo que son ya muy raras las regiones del antiguo occidente cristiano en las que la avalancha de la convulsión espiritual no haya dejado huellas de su devastación.

No es que todo y todos hayan quedado envueltos y oprimidos por ella; al contrario, no dudamos en afirmar que rara vez a lo largo de los tiempos han sido en el mundo católico tan claras, manifiestas e intensas como hoy, la vivacidad y firmeza de la Fe, la dedicación a Cristo y la prontitud para defender su causa, de modo que, en muchos aspectos, casi se las podría parangonar con las de los primeros siglos de la Iglesia. Pero, la propia comparación hace aparecer inmediatamente el otro lado de la medalla. El frente cristiano choca también ahora con una civilización no cristiana; o mejor, en nuestro caso, con una civilización que se ha alejado de Cristo, y ello agrava la situación si nos comparamos con los primeros siglos del Cristianismo. Esta descristianización es hoy tan poderosa y audaz que con demasiada frecuencia hace difícil que la propia atmósfera espiritual y religiosa se propague y se mantenga totalmente libre e inmune de su hálito venenoso.

Conviene recordar, sin embargo, que semejante camino hacia la incredulidad y la irreligión no tuvo su punto de partida abajo, sino en lo alto, es decir, en las clases dirigentes, en los grupos elevados, en la Nobleza, en los pensadores y en los filósofos. No pretendemos hablar aquí —notadlo bien— de toda la Nobleza, y menos aún de la romana, que se ha distinguido generosamente por su fidelidad a la Iglesia y a esta Sede Apostólica —y las elocuentes y filiales expresiones que poco ha hemos oído son de ello nueva y luminosa prueba—, sino de la Nobleza europea en general. ¿Acaso no se ha manifestado durante los últimos siglos en el occidente cristiano una evolución espiritual que, por así decir, ha venido demoliendo y minando —horizontal y verticalmente, en anchura y en profundidad— cada vez más la Fe, conduciéndonos a la ruina que hoy se manifiesta en multitudes de hombres sin religión u hostiles a ella, o al menos animados y extraviados por un íntimo y mal concebido escepticismo hacia lo sobrenatural y hacia el cristianismo?

Vanguardia de esa evolución fue la llamada Reforma protestante, durante cuyas vicisitudes y guerras una gran parte de la Nobleza europea se separó de la Iglesia y se apoderó de sus bienes. Pero la incredulidad propiamente dicha se difundió en la época que precedió a la Revolución Francesa. Observan los historiadores que el ateísmo, disfrazado con la máscara del deísmo, se propagó entonces rápidamente en la alta sociedad de Francia y de otros lugares; creer en un Dios Creador y Redentor se había convertido, en aquel mundo entregado a todos los placeres de los sentidos, en algo casi ridículo e impropio de espíritus cultos y ávidos de novedades y de progreso. En la mayor parte de los “salones” de las más grandes y distinguidas damas —donde se debatían los más arduos problemas de religión, de filosofía, de política—, los literatos y filósofos partidarios de doctrinas subversivas, eran considerados como el más bello y rebuscado ornato de aquellas reuniones mundanas. La impiedad estaba de moda entre la alta Nobleza, y los escritores más en boga por sus ataques contra la religión hubieran sido menos audaces si no hubiesen contado con el aplauso y el estímulo de la sociedad más elegante. No es que la Nobleza y los filósofos, todos y de un modo directo, se propusieran la descristianización de las masas como ideal. Por el contrario, la religión debería reservarse para el pueblo sencillo, como medio de gobierno en manos del Estado. Ellos, sin embargo, se sentían y consideraban superiores a la Fe y a sus preceptos morales; política que enseguida se demostró funesta y de cortos alcances, aun para quien la considerase desde el punto de vista meramente psicológico. El pueblo, tan poderoso en lo bueno como terrible en lo malo, sabe sacar con rigurosa lógica las consecuencias prácticas de sus observaciones y de sus juicios, sean ciertos o erróneos. Tomad en vuestras manos la historia de la civilización durante los dos últimos siglos: ella os enseñará y demostrará los daños que han producido a la Fe y a las costumbres de los pueblos el mal ejemplo que viene de lo alto, la frivolidad religiosa de las clases elevadas, la abierta lucha intelectual contra la verdad revelada.

Ahora bien, ¿qué debe deducirse de estas enseñanzas de la Historia? Que hoy en día la salvación ha de iniciarse donde la perversión tuvo su origen. En sí no es difícil mantener en el pueblo la religión y las sanas costumbres, cuando las clases altas van delante con su buen ejemplo y crean condiciones públicas que no hagan desmedidamente gravosa la formación de la vida cristiana, antes bien la conviertan en imitable y dulce. ¿No es acaso también ésta vuestra función, amados hijos e hijas que por la nobleza de vuestras familias, y por los cargos que frecuentemente ocupáis, pertenecéis a las clases dirigentes? La gran misión que a vosotros, y con vosotros a no pocos otros, os está señalada —esto es, la de comenzar reformando o perfeccionando vuestra vida privada, en vosotros mismos y en vuestra casa, y la de empeñaros después, cada uno en su puesto y por su parte, en lograr que surja un orden cristiano en la vida pública— no admite dilación ni retraso; misión ésta nobilísima y rica en promesas, en un momento en que, como reacción contra el materialismo devastador y degradante, viene revelándose en las masas una nueva sed de valores espirituales y, contra la incredulidad, una fortísima apertura de los ánimos hacia lo religioso, manifestaciones que hacen esperar que se haya sobrepasado y superado ya el punto más bajo de la decadencia espiritual. A vosotros, pues, os corresponde el honor de colaborar, no menos que con las obras, con la luz y el atractivo de un buen ejemplo que se eleve sobre toda mediocridad para que aquellas iniciativas y aquellas aspiraciones de bienestar religioso y social sean conducidas a su feliz cumplimiento.

¿Qué decir de la eficacia y del poder de los más generosos de vuestra clase, que, compenetrados con la grandeza de su vocación, han dedicado plenamente su vida a esparcir la luz de la verdad y del bien, de aquellos “grands seigneurs de la plume”, como se ha dado en llamar a los grandes señores de la acción intelectual, moral y religiosa? Nuestra voz no podría elogiarlos suficientemente: merecen la alta alabanza de los servidores buenos y fieles del divino Maestro, que producen excelentes frutos con los talentos a ellos confiados.

Nos place agregar que la función de la Nobleza no se puede considerar cumplida con resplandecer a la manera de un faro, que da luz a los navegantes pero no se mueve. Vuestra dignidad consiste también en permanecer alerta desde lo alto de la montaña en que estáis colocados, siempre listos para descubrir en la baja llanura todas las penas, sufrimientos y angustias, para descender solícitos a aliviarlas como piadosos confortadores y auxiliadores. En estos calamitosos tiempos, ¡cuánto campo se abre para la dedicación, celo y caridad del Patriciado y de la Nobleza! ¡Cuántos y cuan grandes ejemplos de virtudes vienen desde las casas ilustres a confortar Nuestro corazón! Ciertamente, si la responsabilidad ante las necesidades es grande, la acción de quien la toma a su cargo será tanto más gloriosa cuanto más grave [sea la primera]: así, también vosotros estaréis cada vez más a la altura de vuestra alcurnia, porque el Padre celestial, que os ha destinado y elevado particularmente para ser refugio, luz y auxilio del mundo que sufre, no dejará de daros con abundancia y sobreabundancia las Gracias [necesarias] para que correspondáis dignamente a vuestra alta vocación.

Sí, una vocación verdaderamente elevada es la vuestra, en la cual el espíritu cristiano y la condición social se unen, y os invitan a hacer refulgir aquella bondad por sí misma efusiva, que conquista y acumula para vosotros méritos y gratitud ante los hombres, y méritos más grandes y nobles ante Dios, justo remunerador del bien hecho al prójimo, que Él considera como hecho a sí mismo, para que no sólo sea honrado vuestro nombre bienhechor por vuestra generosa acción, sino que el pueblo ensalce también a ese cristianismo que anima vuestra vida, inspira vuestra actividad y os eleva a Dios. Y de Dios, amados hijos e hijas, invocando todos los favores celestiales sobre vuestras familias, sobre vuestros niños de inefable sonrisa, sobre los jovencitos de serena adolescencia, sobre los animosos jóvenes de confiada audacia, sobre los hombres maduros de varoniles propósitos, sobre los ancianos de sabios consejos, que alegran y sustentan vuestras insignes casas, y especialmente sobre los queridos y valerosos ausentes, objeto de vuestros ansiosos pensamientos y de vuestro singular afecto, Nos os impartimos con toda la efusión del alma Nuestra paternal Bendición Apostólica.

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(*) Idem, vol. IV, pp. 357-362

Alocución de 19 de enero de 1944 [5] (*)
Nunca pensasteis, amados hijos e hijas, que las presentes pruebas, las cuales interrumpen y perturban la serena marcha de la vida familiar y social, hubieran de impediros venir como otros años a ofrecernos con devoción filial el homenaje de vuestras felicitaciones. Este periodo trágico y doloroso, lleno de angustias y preocupaciones, impone graves deberes, determinaciones y propósitos para la reconstrucción de la sociedad humana cuando, en un pacífico mañana, cese y se apacigüe el gigantesco cataclismo mundial. Jamás han sido más necesarias las oraciones; jamás más oportunos los deseos. Nos os agradecemos con todo el afecto de Nuestra alma, aquello que Nos habéis presentado por boca de vuestro ilustre portavoz, y más aún la aportación de intenciones y de acciones que estamos siempre seguros de encontrar en vosotros. Cuando la casa está en llamas, se está obligado en primer lugar a preocuparse de pedir socorro para apagar el fuego; pero, después de la ruina, es preciso reparar los daños y reconstruir el edificio.

Asistimos actualmente a uno de los mayores incendios de la Historia, a una de las más profundas convulsiones políticas y sociales registradas en los anales del mundo, a la cual habrá de suceder, sin embargo, una nueva ordenación, cuyo secreto todavía está oculto en los designios y en el corazón de Dios, próvido regidor del curso de los acontecimientos humanos y de su desenlace. Las cosas terrenas corren como un río por el lecho del tiempo; el pasado cede necesariamente su puesto y el camino a lo por venir, y el presente no es sino un instante fugaz que une a ambos. Es un hecho, es un movimiento, es una ley; no es en sí un mal. Un mal sería si este presente, que debería ser una tranquila onda en la continuidad de la corriente, se convirtiera en una tromba marina que todo arrasara a su paso, como un huracán o un tifón, y que con su furiosa destrucción y violencia excavase un abismo entre lo que ha sido y lo que será. Esos bruscos saltos que da la Historia en su curso, constituyen y determinan, pues, lo que se llama una crisis, es decir, un paso peligroso, que puede conducir a la salvación o a una ruina irreparable, pero cuya solución todavía se halla envuelta en el misterio, dentro de la niebla que envuelve a las fuerzas en lucha.

Quien bien considera, estudia y pondera el pasado más próximo no puede negar que se habrían podido evitar los males pasados y se habría podido conjurar la crisis sin salir de un comportamiento normal si cada uno hubiera cumplido digna y valerosamente con la misión a él asignada por la Providencia divina.

¿No es acaso la sociedad humana —o al menos no debería serlo— semejante a una máquina bien ordenada, cuyos órganos concurren todos ellos al funcionamiento armónico del conjunto? Cada uno tiene su propia función, cada uno debe aplicarse al mejor progreso del organismo social, debe procurar [alcanzar] la perfección, según sus propias fuerzas y su propia virtud, si ama verdaderamente a su prójimo y tiende razonablemente hacia el bienestar y beneficio común.

Ahora bien: ¿cuál es el papel que se os ha confiado de manera especial a vosotros, amados hijos e hijas? ¿Qué función singular se os ha atribuido? Precisamente la de favorecer este desarrollo normal; aquella que desempeña y realiza en la máquina el regulador, el volante, el reóstato, los cuales participan en la actividad común y reciben su parte de la fuerza motriz para garantizar el movimiento que rige el funcionamiento del aparato. En otros términos, vosotros, Patriciado y Nobleza, representáis y continuáis la tradición.

Esta palabra, bien se sabe, suena importuna a muchos oídos; desagrada, con razón, cuando ciertos labios la pronuncian. Algunos la comprenden mal; otros la convierten en falsa divisa de su inactivo egoísmo. Ante tan dramática confusión y desacuerdo, no pocas voces envidiosas, con frecuencia hostiles y de mala fe, con más frecuencia aún ignorantes o engañadas, os preguntan y apostrofan con descaro: “¿Para qué servís?” Antes de responderles, conviene ponerse de acuerdo sobre el verdadero significado y valor de esta tradición, cuyos principales representantes vosotros queréis ser.

Muchos espíritus, aun sinceros, se imaginan y creen que la tradición no es sino un recuerdo, el pálido vestigio de un pasado que ya no existe ni puede volver, que a lo sumo ha de ser conservado con veneración, hasta con cierta gratitud, relegado a un museo que [sólo] unos pocos aficionados o amigos visitarán. Si en esto consistiera o a ello se redujese la tradición, y si implicara la negación o el desprecio del camino hacia el porvenir, habría razón para negarle respeto y honores, y habrían de ser mirados con compasión los soñadores del pasado, retardatarios frente al presente y al futuro y, con mayor severidad aún quienes, movidos por intenciones menos respetables y puras, no son sino desertores de los deberes que impone una hora tan luctuosa.

Pero la tradición es algo muy distinto del simple apego a un pasado ya desaparecido; es lo contrario de una reacción que desconfía de todo sano progreso. La propia palabra, desde un punto de vista etimológico, es sinónimo de camino y avance. Sinonimia, no identidad. Mientras, en realidad, el progreso indica tan sólo el hecho de caminar hacia adelante, paso a paso, buscando con la mirada un incierto porvenir, la tradición significa también un caminar hacia adelante, pero un caminar continuo que se desarrolla al mismo tiempo tranquilo y vivaz, según las leyes de la vida, huyendo de la angustiosa alternativa: “Si jeunesse savait, si vieillesse pouvait!” [7], semejante al de aquel Señor de Turenne, de quien se dijo: “Il a eu dans sa jeunesse toute la prudence d’ un age avancé, et dans un age avancé toute la vigueur de la jeunesse” [8] (Fléchier, Oraison fúnebre, 1676). Gracias a la tradición, la juventud, iluminada y guiada por la experiencia de los ancianos, avanza con un paso más seguro, y la vejez transmite y entrega confiada el arado a manos más vigorosas que proseguirán el surco comenzado. Como lo indica su nombre, la tradición es el don que pasa de generación en generación, la antorcha que, a cada relevo, el corredor pone en manos de otro sin que la carrera se detenga o disminuya su velocidad. Tradición y progreso se completan mutuamente con tanta armonía que, así como la tradición sin el progreso se contradice a sí misma, así también el progreso sin la tradición sería una empresa temeraria, un salto en el vacío.

No, no se trata de remontar la corriente ni retroceder hacia formas de vida y de acción propias a épocas pasadas, sino más bien de avanzar hacia el porvenir con vigor de inmutable juventud, tomando lo mejor del pasado y continuándolo.

Al proceder así, vuestra vocación resplandece, grande y laboriosa, ya bosquejada. Debería mereceros la gratitud de todos y haceros superiores a las acusaciones que os han sido dirigidas de una u otra parte.

Mientras os esforzáis previsoramente en contribuir al verdadero progreso hacia un futuro más sano y feliz, sería injusticia e ingratitud reprocharos o imputaros como una deshonra la veneración hacia el pasado, el estudio de su historia, el amor a las santas costumbres, la inconmovible fidelidad a los principios eternos. Los ejemplos gloriosos o infaustos de quienes precedieron a la época presente son [para vosotros] una lección y una luz que ilumina vuestros pasos; pues se ha dicho con razón que las enseñanzas de la Historia hacen de la humanidad un hombre que camina sin cesar y jamás envejece. No vivís en la sociedad moderna como emigrados en un país extranjero, sino como ciudadanos beneméritos e insignes, que quieren y desean trabajar y colaborar con sus contemporáneos a fin de preparar el restablecimiento, la restauración y el progreso del mundo.

Existen males en la sociedad como existen en los individuos. Gran acontecimiento fue en la historia de la medicina cuando un día el célebre Laënnec, hombre de genio y de Fe, inclinado ansiosamente sobre el pecho de los enfermos, armado con el estetoscopio por él inventado, los auscultó, distinguiendo e interpretando los más débiles soplos, los fenómenos acústicos menos perceptibles de sus pulmones y corazón. Penetrar en medio del pueblo y auscultar las aspiraciones y el malestar de nuestros contemporáneos, escuchar y discernir los latidos de sus corazones, buscar remedio a los males comunes, tocar delicadamente las llagas para curarlas y salvarlas de una eventual infección por falta de cuidados, evitando irritarlas con un contacto demasiado áspero, ¿no es acaso una función social de primer orden y de gran interés?

Comprender, amar en la caridad de Cristo al pueblo de vuestro tiempo, dar prueba con los hechos de esta comprensión y este amor: he aquí el arte y manera de hacer aquel bien mayor que os compete realizar, no sólo, de un modo directo, a quienes están a vuestro alrededor, sino en una esfera casi ilimitada, desde el momento en que vuestra experiencia se convierte en un beneficio para todos. Y en esta materia, ¡qué magníficas lecciones dan tantos espíritus nobles, ardiente y valerosamente dedicados a suscitar y difundir un orden social cristiano!

No menos ofensivo para vosotros, no menos dañoso para la sociedad, sería el infundado e injusto prejuicio que no duda en insinuar y hacer creer que el Patriciado y la Nobleza desmerecerían su propia honra y faltarían a la dignidad de su rango si practicaran funciones y oficios que los pusieran a la par de la actividad general. Es muy cierto que en los antiguos tiempos no se juzgaba ordinariamente digno de los nobles el ejercicio de otra profesión que no fuese la de las armas; pero aun entonces, apenas cesaba la defensa militar, no dudaban no pocos de ellos en dedicarse a obras intelectuales o a trabajos manuales. Así pues, no es ya raro encontrar en nuestro tiempo, cambiadas las condiciones políticas y sociales, nombres de familias nobles asociados a los progresos de la ciencia, de la agricultura, de la industria, de la administración pública, del gobierno; tanto más perspicaces observadores de lo presente y seguros y atrevidos precursores de lo por venir, cuanto más firmemente se encuentran asidos al pasado, dispuestos a sacar provecho de la experiencia de sus predecesores, prestos para librarse de ilusiones o errores que han sido ya causa de muchos pasos en falso o nocivos.

Pues queréis ser guardianes de la verdadera tradición que honra a vuestras familias, os corresponde el deber y el honor de contribuir a la salvación de la convivencia humana, preservándola tanto de la esterilidad a que la condenarían los melancólicos y demasiado celosos contempladores del pasado, como de la catástrofe a que la conducirían los aventureros temerarios o los profetas alucinados por un falaz y engañoso porvenir. Durante vuestra actuación aparecerá sobre vosotros y en vosotros la figura de la Providencia divina, que con su fuerza y dulzura, dispone y dirige todas las cosas hacia su perfección (Sb. VIII, 1) mientras la locura del orgullo humano no se entrometa a torcer sus designios, siempre muy superiores, por lo demás, al mal, al acaso y a la fortuna. Con semejante actuación seréis también excelentes colaboradores de la Iglesia —Ciudad de Dios sobre la Tierra que prepara la Ciudad Eterna—, la cual, aun en medio de las agitaciones y de los conflictos, no cesa de promover el progreso espiritual de los pueblos.

Sobre esta vuestra santa y fecunda misión, a la cual estamos seguros de que continuaréis correspondiendo con firme propósito, obrando con el celo y la dedicación más que nunca necesarios en estos días tan difíciles, imploramos las más abundantes Gracias celestiales, mientras que a vosotros y a vuestras amadas familias, a los cercanos y a los lejanos, a los sanos y a los enfermos, a los prisioneros, a los dispersos, a aquellos que se encuentran expuestos a los más acerbos dolores y peligros, impartimos de todo corazón Nuestra paternal Bendición Apostólica.

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(*) Idem, vol. V, pp. 177-182

Alocución de 14 de enero de 1945 [6]
Una vez más, amados hijos e hijas, habéis venido a ofrecernos, en medio de las convulsiones, lutos e inquietudes de todo tipo que atormentan a la familia humana, las devotas felicitaciones que vuestro ilustre portavoz Nos ha presentado con nobleza de sentimientos y delicadeza de expresión. Os los agradecemos de corazón, así como las oraciones con las que, en un tiempo tan agitado, Nos asistís en el cumplimiento de los formidables deberes que pesan sobre nuestras débiles espaldas.

Del mismo modo que después de todas las guerras y grandes calamidades hay siempre llagas para curar y ruinas para reedificar, también después de las grandes crisis nacionales debe realizarse toda una adaptación para volver a conducir al orden general un país perturbado y damnificado, para hacerle reconquistar el puesto que le corresponde, para reanudar la marcha hacia el progreso y el bienestar que su condición y su historia, sus bienes materiales y sus facultades espirituales le asignan. Esta vez la obra de restauración es incomparablemente más vasta, delicada y compleja. No se trata de reintegrar a la normalidad a una sola nación. Se puede decir que el mundo entero ha de ser reedificado; el orden universal debe ser restablecido. Orden material, orden intelectual, orden moral, orden social, orden internacional: todo hay que rehacerlo y volverlo a poner en movimiento regular y constante. Esta tranquilidad en el orden que es la paz, la única paz verdadera, sólo puede renacer y perdurar con la condición de hacer reposar la sociedad humana sobre Cristo, para recoger, recapitular y reunir todo en Él: “Instaurare omnia in Christo” (Ef. I, 10); con la unión armoniosa de los miembros entre sí y su incorporación a la única Cabeza que es Cristo (Ef. IV, 15).

Ahora bien, generalmente todos admiten que esta reorganización no puede ser concebida como un puro y simple retorno al pasado. No es posible un semejante retroceso. El mundo, aun con un paso muchas veces desordenado, inconexo, sin unidad ni coherencia, no ha dejado de andar. La Historia no se detiene, no puede detenerse; avanza siempre, prosiguiendo su curso, ordenado y rectilíneo o confuso y sinuoso, hacia el progreso o hacia una ilusión de progreso; camina, corre, y querer simplemente “dar marcha atrás” —no queremos decir que sea para reducir al mundo a la inmovilidad sobre antiguas posiciones, sino para reconducirlo a un punto de partida infelizmente abandonado a causa de desvíos o errores— sería una empresa vana y estéril. Como observábamos el año pasado en esta misma ocasión, la verdadera tradición no consiste en esto. Así como la reconstrucción de un edificio que debe servir para usos actuales no se puede concebir de un modo arqueológico, tampoco sería posible llevarla a cabo según diseños arbitrarios, aunque fuesen teóricamente los mejores y más deseables; hay que tener presente la imprescindible realidad, la realidad en toda su extensión.

No queremos con esto decir que es necesario contentarse con ver pasar la corriente, ni menos aún seguirla, navegar a su capricho, con riesgo de dejar chocar la barca contra los escollos o precipitarse en el abismo. La energía de los torrentes, de las cataratas, no sólo ha sido convertida en inofensiva, sino también en útil, fecunda, beneficiosa, por quienes, en vez de reaccionar contra ella o ceder, han sabido dirigirla mediante esclusas, embalses, canalizaciones, desvíos. Esa es la labor de los dirigentes que, con los ojos fijos en los principios inmutables del obrar humano, deben saber y querer aplicar estas normas indefectibles a las contingencias de la hora presente.

En una sociedad adelantada como la nuestra, que deberá ser restaurada, reordenada, después del gran cataclismo, la función de dirigente es muy variada: dirigente es el hombre de Estado, de gobierno, el hombre político; dirigente es el obrero que, sin recurrir a la violencia, a las amenazas o a la propaganda insidiosa, sino por su propia valía, ha sabido adquirir autoridad y crédito en su círculo; son dirigentes, cada uno en su campo, el ingeniero y el jurisconsulto, el diplomático y el economista, sin los cuales el mundo material, social, internacional, iría a la deriva; son dirigentes el profesor universitario, el orador, el escritor, que tienen por objetivo formar y guiar los espíritus; dirigente es el oficial que infunde en el ánimo de sus soldados el sentido del deber, del servicio, del sacrificio; dirigente es el médico en el ejercicio de su misión salutífera; dirigente es el sacerdote que indica a las almas el sendero de la luz y de la salvación, prestándoles los auxilios necesarios para caminar y avanzar con seguridad.

Ante esta encrucijada, ¿cuál es vuestro puesto, vuestra función, vuestro deber? Se presenta bajo un doble aspecto: función y deber personal, para cada uno de vosotros; función y deber de la clase a la que pertenecéis.

El deber personal requiere que procuréis ser, con vuestra virtud, con vuestra aplicación, dirigentes en vuestras profesiones. Bien sabemos que, de hecho, la juventud contemporánea de vuestra noble clase, consciente del obscuro presente y del aún más incierto porvenir, está plenamente persuadida de que el trabajo no es sólo un deber social, sino también una garantía individual de vida. Y Nos entendemos la palabra profesión en el sentido más amplio y abarcativo, como lo indicarnos ya el año pasado: profesiones técnicas o liberales, mas también actividad política, social, ocupaciones intelectuales, obras de todo tipo, administración cuidadosa, vigilante, laboriosa, de vuestros patrimonios, de vuestras tierras, según los métodos más modernos y experimentados de cultivo para el bien material, moral, social, espiritual, de los colonos o de las poblaciones que viven en ellas. En cada una de estas actividades debéis poner el mayor cuidado en alcanzar éxito como dirigentes, tanto por la confianza que en vosotros depositan quienes han permanecido fieles a las sanas y vivas tradiciones, como por la desconfianza de otros muchos, desconfianza ésta que debéis vencer, conquistando su estima y respeto a fuerza de ser en todo excelentes en el puesto que os encontréis, en la actividad que ejerzáis cualquiera que sea la naturaleza de dicho puesto y la forma de dicha actividad.

¿En qué debe consistir, pues, esta excelencia de vida y de acción y cuáles son sus características principales?

Antes de todo se manifiesta en la perfección de vuestra obra, sea ella técnica, científica, artística u otra similar. La obra de vuestras manos y de vuestro espíritu debe tener aquella impronta de refinamiento y de perfección que no se adquiere de un día para otro sino que refleja la finura del pensamiento, del sentimiento, del alma, de la conciencia heredada de vuestros mayores e incesantemente fomentada por el ideal cristiano.

Se muestra igualmente en aquello que puede llamarse el humanismo, es decir la presencia, la intervención del hombre completo en todas las manifestaciones de su actividad, aun en las más especializadas, de tal modo que la especialización de su competencia no se convierta jamás en la hipertrofia [de una sola cualidad], ni vele ni atrofie nunca la cultura general, del mismo modo que en una frase musical la nota dominante no debe romper la armonía ni oprimir la melodía.

Se manifiesta, además, en la dignidad del porte y la conducta, dignidad que no es, sin embargo, imperativa y que, lejos de resaltar las distancias, sólo las deja traslucir, si es necesario, para inspirar a los demás una más alta nobleza de alma, de espíritu y de corazón.

Aparece, por fin, sobre todo, en el sentido de elevada moralidad, rectitud, honestidad, probidad, que debe informar toda palabra y toda acción. Una sociedad inmoral o amoral, que ya no siente en su conciencia ni manifiesta en sus actos la distinción entre el bien y el mal, que no se horroriza ya con el espectáculo de la corrupción, que la excusa, que se adapta a ella con indiferencia, que la acoge con favor, que la practica sin perturbación ni remordimiento, que la ostenta sin rubor, que en ella se degrada, que se mofa de la virtud, se halla a camino de su ruina. La alta sociedad francesa del siglo XVIII fue uno de los muchos trágicos ejemplos de ello. Nunca hubo una sociedad más refinada, más elegante, más brillante, más fascinadora. Los más variados placeres del espíritu, una intensa cultura intelectual, un finísimo arte del placer, una excelente delicadeza de maneras y de lenguaje dominaban en aquella sociedad externamente tan cortés y amable, pero donde todo —libros, novelas, figuras, ornamentos, vestimentas, peinados— invitaba a una sensualidad que penetraba en las venas y en los corazones, donde la misma infidelidad conyugal casi ya no sorprendía ni escandalizaba. Así trabajaba dicha sociedad para su propia decadencia y corría hacia el abismo cavado con sus propias manos. Muy otra es la verdadera cortesía: ésta hace resplandecer en las relaciones sociales una humildad llena de grandeza, una caridad que desconoce todo egoísmo y toda búsqueda del propio interés. No ignorarnos Nos con cuánta bondad, dulzura, dedicación, abnegación, muchos —y especialmente muchas— de entre vosotros, se han curvado sobre los infelices en estos tiempos de infinitas miserias y angustias, han sabido irradiar en torno a sí la luz de su caritativo amor de los modos más adelantados y eficaces. Y este es el otro aspecto de vuestra misión.

Pese a prejuicios ciegos y calumniosos, nada hay más contrario al sentimiento cristiano y al verdadero sentido y fin de vuestra clase —en todos los países y de modo particular en esta ciudad de Roma, madre de Fe y de vida civilizada— que el estrecho espíritu de casta. La casta divide la sociedad humana en secciones o compartimentos separados por paredes impenetrables. La caballerosidad, la cortesía se inspiran principalmente en el cristianismo; son el vínculo que une entre sí a todas las clases sin confusión ni desorden. Vuestro origen, lejos de obligaros a un aislamiento soberbio, os inclina más bien a penetrar en todos los niveles sociales para comunicarles aquel amor a la perfección, a la cultura espiritual, a la dignidad, aquel sentimiento de compasiva solidaridad que es la flor de la Civilización Cristiana.

En la presente hora de divisiones y de odios, ¡qué noble tarea os ha sido encomendada por los designios de la Providencia divina! ¡Cumplidla con toda vuestra Fe y con todo vuestro amor! Con ese deseo y como testimonio de Nuestros votos paternales para el año ya comenzado, os impartimos de corazón a vosotros y a vuestras familias Nuestra Bendición Apostólica.

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(*) Idem, vol. VI, pp. 273-277

Alocución de 16 de enero de 1946 [7] (*)
En años anteriores, amados hijos e hijas, —tras haber acogido paternalmente los votos que vuestro ilustre portavoz suele ofrecernos en la presente ocasión en vuestro nombre, con tan profundo sentimiento y con tan nobles expresiones de Fe y de filial devoción— hemos solido acompañar Nuestras expresiones de gratitud con algunas recomendaciones sugeridas por circunstancias del momento. Nos os hablábamos, en efecto, —aunque de un modo necesariamente un tanto general— de vuestros deberes y de vuestra misión en la sociedad moderna, atormentada y vacilante ante un porvenir cuyo término y apariencia eran bien difíciles de prever con exactitud.

Sin duda, dicho porvenir es hoy todavía obscuro; la incerteza perdura y el horizonte permanece cargado de nubes tempestuosas; cesado apenas el conflicto armado, los pueblos se encuentran frente a una empresa llena de responsabilidad por las consecuencias que han de pesar sobre el curso de los tiempos y trazar las sinuosidades del camino. Efectivamente, no sólo para Italia sino para muchas otras naciones se trata de transformar su constitución política y social, sea rehaciéndola por completo, sea reordenando, retocando o modificando más o menos profundamente la vigente. Lo que hace todavía más arduo el problema es que todas estas constituciones serán verdaderamente diversas y autónomas, como autónomas y diversas son las naciones que desean otorgárselas libremente; pero, no por esto serán menos interdependientes de hecho, si no de derecho. Se trata, pues, de un acontecimiento de la más alta importancia, de los que raramente se presentan en la historia del mundo. Es como para “hacer temblar las venas y el pulso” de los más audaces, a poca conciencia que tengan de su responsabilidad; como para turbar a los más clarividentes, precisamente porque ven mejor y más lejos que los otros y, convencidos como están de la gravedad del asunto, comprenden más claramente la necesidad de dedicarse, en la calma y en el recogimiento, a la madura reflexión requerida por tareas de tan gran envergadura. Pero he aquí que, por el contrario, bajo el mutuo empuje colectivo, el acontecimiento parece inminente; deberá ser enfrentado en breve tiempo; será necesario, tal vez, en pocos meses encontrar las soluciones y tomar las determinaciones definitivas que harán sentir sus efectos, no únicamente sobre los destinos de un solo país, sino sobre el mundo entero y que, una vez adoptadas, determinarán, tal vez por mucho tiempo, las condiciones universales en que se han de mover los pueblos.

En nuestra era de democracia, deben cooperar a esta tarea todos los miembros de la sociedad humana: por una parte los legisladores, cualquiera sea el nombre con que se les designe, a los cuales corresponde deliberar y sacar conclusiones; por otra, el pueblo, al cual compete hacer valer su voluntad con la manifestación de su opinión y con su derecho al voto. También vosotros —forméis o no parte de la futura asamblea constituyente— tenéis, por lo tanto, vuestro deber a cumplir, el cual se ejerce al mismo tiempo sobre los legisladores y sobre el pueblo. ¿Cuál es este deber?

Acaso os habrá ocurrido muchas veces encontrar en la Iglesia de San Ignacio grupos de peregrinos y de “turistas”. Los habréis visto detenerse sorprendidos en la vasta nave central, con los ojos vueltos hacia la bóveda en que Andrea Pozzo pintó su asombroso triunfo del Santo en la misión que le fuera confiada por Cristo, de transmitir la luz divina hasta los rincones más recónditos de la Tierra. Al contemplar el apocalíptico desmoronamiento de personajes y de arquitecturas que se entrechocaban por encima de sus cabezas, ellos creerían, al principio, estar viendo el delirio de una locura. Vosotros, entonces, los habréis conducido cortésmente hacia el centro. A medida que se aproximan a él, los pilares se van irguiendo verticalmente ante sus ojos, sosteniendo los arcos que se van levantando en el espacio y, al ponerse sobre el pequeño disco circular de mármol que indica en el pavimento el punto más apropiado para el contemplar aquella pintura, cada uno de los visitantes ve desaparecer de ante sus ojos la bóveda material para dejarle contemplar con estupor, en aquella admirable perspectiva, toda una visión de ángeles y de santos, de hombres y de demonios, que viven y se agitan en torno a Cristo y a Ignacio, en los cuales se centra la grandiosa escena.

Así el mundo, a quien no lo mira sino en su materialidad compleja y confusa, en su desordenado caminar, ofrece con frecuencia el aspecto de un caos. Uno tras otro, los más bellos proyectos de los más hábiles constructores se derrumban, y hacen creer irreparables las ruinas e imposible la constitución de un mundo nuevo en equilibrio sobre bases firmes. ¿Por qué?

Hay en este mundo una piedra de granito puesta por Cristo; sobre esa piedra es necesario situarse y dirigir la mirada hacia lo alto. En ella tiene su origen la restauración de todas las cosas en Cristo. Ahora bien, Cristo nos ha revelado su secreto: “Quaerite primum regnum Dei et iustitiam eius, et haec omnia adicientur vobis” (Mt. VI, 33). [11]

No se puede, por lo tanto, elaborar la constitución sana y vital de ninguna sociedad ni nación si los dos grandes poderes —el legislador en sus deliberaciones y resoluciones, y el pueblo en la expresión de su opinión libre y el ejercicio de sus atribuciones electorales— no se apoyan uno y otro firmemente sobre esta base para mirar hacia lo alto y atraer para sus países y para el mundo el reino de Dios. ¿Es así acaso como están las cosas? Por desgracia, se encuentran bien lejos de ello.

En las asambleas deliberativas, como también entre la multitud, ¡cuántos, no dotados de constante equilibrio moral, corren y llevan a los demás a la aventura, en las tinieblas, por las vías que conducen a la ruina! Otros, sintiéndose desorientados y confusos, buscan ansiosamente, o al menos desean vagamente, una luz, un poco de luz, sin saber donde está, sin dar su adhesión a la única “verdadera luz, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn. I, 9), junto a la cual pasan a cada instante sin jamás reconocerla.

Aun suponiendo competentes a los miembros de aquellas asambleas en cuestiones de orden temporal, político, económico y administrativo, están muchos de ellos incomparablemente menos versados en aquellas materias que se refieren al orden religioso, a la doctrina y moral cristianas, a la naturaleza, los derechos y la misión de la Iglesia; [así] en el momento de terminar el edificio se dan cuenta de que nada se mantiene en pie, porque la clave de la bóveda falta o está mal colocada.

Por su parte, la multitud innumerable, anónima, es fácil de ser agitada desordenadamente; ella se abandona a ciegas, pasivamente, al torrente que la arrastra o al capricho de las corrientes que la dividen y extravían. Una vez transformada en juguete de las pasiones o de los intereses de sus agitadores, no menos que de sus propias ilusiones, no es capaz ya de poner el pie sobre la roca y afirmarse para formar un verdadero pueblo, es decir, un cuerpo vivo con los miembros y los órganos diferenciados según sus formas y funciones respectivas, pero concurriendo en conjunto a su actividad autónoma en orden y unidad.

Ya en otra ocasión hemos hablado Nos de las condiciones necesarias para que un pueblo pueda considerarse maduro para una sana democracia. Pero, ¿quién puede conducirlo y elevarlo a esta madurez? Muchas enseñanzas sobre ello podría extraer, sin duda, la Iglesia del tesoro de su experiencia y de su propia acción civilizadora. Mas, vuestra presencia aquí Nos sugiere una particular observación. La Historia nos atestigua que allí donde está vigente una verdadera democracia fa vida del pueblo se halla como impregnada de sanas tradiciones que es ilícito derribar. Representantes de estas tradiciones son antes que nada las clases dirigentes, o sea, los grupos de hombres y mujeres o las asociaciones que, como suele decirse, dan el tono en el pueblo y en la ciudad, en la región y en el país entero.

De ahí que en todos los pueblos civilizados existan y tengan influencia instituciones eminentemente aristocráticas en el sentido más alto de la palabra, como son algunas academias de vasto y bien merecido renombre. También la Nobleza es de este número: sin pretender ningún privilegio o monopolio, es —o debería ser—una de aquellas instituciones; institución tradicional fundada sobre la continuidad de una antigua educación. Cierto es que, en una sociedad democrática como quiere ser la moderna, el simple título del nacimiento no es ya suficiente para gozar de autoridad y crédito. Para conservar, por lo tanto, dignamente vuestra elevada condición y vuestra categoría social, es más, para aumentarlas y enaltecerlas, debéis ser verdaderamente una élite, debéis cumplir las condiciones indispensables en el tiempo en que vivimos y corresponder a sus exigencias.

¿Una élite? Bien podéis serlo. Tenéis a vuestras espaldas todo un pasado de tradiciones seculares que representan valores fundamentales para la vida sana de un pueblo. Entre estas tradiciones, de las cuales os sentís justamente orgullosos, incluís en primer lugar la religiosidad, la Fe católica viva y operante. ¿Acaso no ha probado ya cruelmente la Historia que toda sociedad humana sin bases religiosas corre fatalmente hacia su disolución o termina en el terror? Émulos de vuestros antepasados, habéis, pues, de brillar ante el pueblo con la luz de vuestra vida espiritual, con el esplendor de vuestra incontestable fidelidad hacia Cristo y hacia la Iglesia. —Entre esas tradiciones incluís también el honor intacto de una vida conyugal y familiar profundamente cristiana. De todos los países, al menos de los comprendidos en la civilización occidental, sube el grito de angustia del matrimonio y de la familia, tan desgarrador que no es posible dejar de escucharlo. También en esto poneos con vuestra conducta a la cabeza del movimiento de reforma y de restauración del hogar.— Entre esas mismas tradiciones incluís además, la de ser para el pueblo, en todas las funciones de la vida pública a las cuales podréis ser llamados, ejemplos vivos de observancia inflexible del deber, hombres imparciales y desinteresados que, libres de toda desordenada ansia de ambición o de lucro, no aceptan un puesto sino para servir a la buena causa; hombres valientes que no se atemorizan ni por la pérdida del favor de quienes están arriba, ni por las amenazas de los de abajo.— Entre las mismas tradiciones, colocáis, finalmente, la de una adhesión tranquila y constante a todo aquello que la experiencia y la Historia han confirmado y consagrado, la de un espíritu inaccesible a la agitación inquieta y a la ciega avidez de novedades que caracterizan nuestro tiempo, pero ampliamente abierto, a la vez, a todas las necesidades sociales. Firmemente convencidos de que sólo la doctrina de la Iglesia puede proporcionar un remedio eficaz a los males presentes, tomad a pecho el abrirle camino, sin reservas ni desconfianzas egoístas, con la palabra y con las obras, en particular constituyendo en la administración de vuestros bienes, empresas que sean verdaderos modelos, tanto desde el punto de vista económico como desde el social. Un verdadero hidalgo jamás presta su concurso a iniciativas que no puedan sustentarse y prosperar sino con perjuicio del bien común, con detrimento o con la ruina de personas de condición modesta; por el contrario, se enorgullece de estar al lado de los pequeños, de los débiles, del pueblo, de aquellos que ganan el pan con el sudor de su frente ejerciendo un oficio honesto. Así seréis vosotros verdaderamente una élite; así cumpliréis vuestro deber religioso y cristiano; así serviréis noblemente a Dios y a vuestro país.

Ojalá podáis, amados hijos e hijas, con vuestras grandes tradiciones, con la solicitud por vuestro progreso y por vuestra perfección personal, humana y cristiana, con vuestros cariñosos servicios, con la caridad y simplicidad de vuestras relaciones con todas las clases sociales, ayudar al pueblo a reafirmarse sobre la piedra fundamental, a buscar el reino de Dios y su justicia. Éste es el voto que por vosotros formulamos; ésta la oración que hacemos subir, por intercesión del Corazón Inmaculado de María, hacia el Corazón divino de Cristo Rey, hasta el trono del soberano Señor de los pueblos y de las naciones. Que su Gracia descienda copiosamente sobre vosotros, en prenda de la cual os impartimos de corazón a todos vosotros, a vuestras familias y a todas las personas que amáis, Nuestra paternal Bendición Apostólica.

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(*) Idem, vol. VII, pp. 337-342

Alocución de 8 de enero de 1947 [8] (*)
El homenaje de vuestra devoción y de vuestra fidelidad y las felicitaciones que, siguiendo una antigua costumbre, venís, amados hijos e hijas, todos los años a ofrecernos, acertadamente expresadas por vuestro excelentísimo portavoz, son siempre gratas a nuestro corazón. Suelen, naturalmente, reflejar los pensamientos y las ansiedades que agitan en diverso grado los corazones ante las cambiantes condiciones de los tiempos. Tras los horrores de la guerra, tras las indecibles miserias que a ella siguieron y las angustias derivadas de una suspensión de las hostilidades a la que no podía llamarse paz, y no lo era, hemos llamado más de una vez vuestra atención en este mismo aniversario sobre la misión y deberes de la Nobleza en la preparación del nuevo estado de cosas en el mundo, y de modo especial en vuestra tan amada patria. La completa incertidumbre era entonces la nota característica. Se caminaba en plena obscuridad: las deliberaciones, las manifestaciones de la voluntad popular se formaban y transformaban continuamente. ¿Qué habría de suceder? Nadie habría podido pronosticarlo con cierta precisión.

Mientras tanto, el año que acaba de pasar ha ofrecido a nuestra vista en el escenario del mundo un espectáculo del cual ciertamente no puede decirse que haya carecido de actividades, conmociones y sorpresas. Lo que, en cambio, ha faltado, como en los años precedentes, es llegar a soluciones que permitan por fin a los ánimos respirar con tranquilidad, que aclaren definitivamente las condiciones de la vida pública, que muestren el camino recto hacia el futuro, aunque haya de ser arduo y áspero. De este modo —no obstante algunos notables progresos que deseamos resulten duraderos— la incertidumbre continúa siendo aún el carácter dominante de la hora presente, no sólo en las relaciones internacionales, de las cuales se esperan ansiosamente frutos de paz por lo menos tolerables, sino también en el orden interior de cada uno de los Estados. Tampoco aquí se puede prever con certeza por ahora cuál será el resultado final del encuentro o choque entre las varias tendencias y fuerzas, y principalmente en el campo religioso, social y político entre las doctrinas diversas y discordantes.

Menos difícil resulta, en cambio, determinar cuál debe ser hoy vuestra conducta ante los diferentes modelos que se os ofrecen.

El primero de esos modelos es inadmisible: es el del desertor, el de aquel ha sido llamado con justicia “L’Emigré a l’interieur”; es la abstención del hombre molesto o irritado que, por despecho o desaliento, no hace ningún uso de sus cualidades y energías, no toma parte en ninguna de las actividades de su país y de su tiempo, sino que, como el pelida Aquiles, se retira a su tienda, junto a las naves de rápida travesía, lejos de la batalla, mientras la suerte de su patria está en juego.

La abstención resulta aún menos digna cuando es consecuencia de una indiferencia indolente y pasiva. Peor, efectivamente, que el mal humor, que el despecho o que el desaliento sería [manifestar] negligencia ante la inminencia de ruina de sus hermanos y de su mismo pueblo. En vano se intentaría disimularla bajo la máscara de la neutralidad; no es de ningún modo neutral; se quiera o no, es cómplice, Al dejarse arrastrar pasivamente, cada uno de los copos de nieve que reposan dulcemente en la ladera del monte y la adornan con su blancura, contribuyen a convertir una pequeña masa de nieve desprendida de la cumbre en una avalancha que causará desastres en el valle y derribará y enterrará tranquilos caseríos. Sólo los bloques firmes, incorporados a la piedra en que se apoyan, oponen a la avalancha una resistencia victoriosa y pueden detener o al menos frenar su devastadora trayectoria.

Así [ocurre con] el hombre justo y firme en su buen propósito, del cual habla Horacio en una oda célebre (Carm, III, 3), que no se deja estremecer en su inquebrantable modo de pensar ni por la furia de sus conciudadanos, que dan órdenes delictivas, ni por la amenazadora cólera del tirano, sino que se mantendría impávido aunque el Universo cayera en pedazos sobre su cabeza: “si fractus illabatur orbis, impavidum ferient ruinae”. Pero si este hombre justo y fuerte es cristiano, no se contentará con permanecer en pie, impasible, en medio de las ruinas; se sentirá obligado a resistir y a impedir el cataclismo, o por lo menos a limitar el efecto de sus daños; y aun cuando no sea capaz de contener su fuerza destructora, allí estará él para reconstruir los edificios derribados y sembrar los campos devastados. Así ha de ser vuestra conducta, la cual consiste en que —sin que debáis renunciar a vuestros libres juicios y convicciones sobre las vicisitudes humanas— toméis tal como es el orden contingente de las cosas, y dirijáis su eficacia no tanto hacia el bien de una determinada clase, sino de la comunidad en su conjunto.

Mas este bien común— es decir, la implantación de condiciones públicas normales y estables, de modo tal que ni a los individuos ni a las familias les resulte difícil vivir, mediante el recto uso de sus propias fuerzas, una vida conforme a la ley de Dios, digna, ordenada y feliz— es la regla y finalidad del Estado y sus órganos.

Los hombres —tanto los individuos aislados como la sociedad en su conjunto— y su bien común, están siempre vinculados al orden absoluto de los valores establecidos por Dios. Ahora bien, precisamente para llevar a la práctica y hacer eficaz este vínculo de un modo digno de la naturaleza humana se ha dado al hombre la libertad personal, y la tutela de dicha libertad es precisamente el objetivo de toda ordenación jurídica digna de este nombre. Pero de aquí se sigue también que no pueden existir la libertad ni el derecho de violar ese orden absoluto de valores. Por consiguiente, la defensa de la moralidad pública, que es, sin duda alguna, uno de los principales elementos en la conservación del bien común por parte del Estado, se vería perjudicada y descoyuntada si, por ejemplo, se concediese una libertad incondicional a la prensa o al cine sin tener en cuenta aquel orden supremo. En este caso no se habría reconocido el derecho a la verdadera y genuina libertad; por el contrario, si se permitiera a la prensa y al cine socavar los cimientos religiosos y morales de la vida del pueblo se vendría a legalizar el libertinaje. Para comprender y admitir tal principio no hace falta ser cristiano: basta el uso, no perturbado por las pasiones, de la razón y del buen sentido moral y jurídico.

Es muy posible que algunos graves acontecimientos, madurados a lo largo del año que acaba de terminar, hayan tenido en el corazón de no pocos de entre vosotros un eco doloroso. Pero quien vive de la riqueza del pensamiento cristiano no se deja abatir ni desconcertar por los sucesos humanos, sean los que sean, y vuelve valerosamente sus ojos hacia todo aquello que resta, tan grande y digno de sus cuidados. Lo que resta es la patria, es el pueblo; es el Estado, cuya finalidad suprema es el verdadero bien de todos y cuya, misión requiere la cooperación común, en la cual cada ciudadano tiene su puesto; son los millones de espíritus íntegros, que quieren ver este bien común a la luz de Dios y promoverlo según los perennes ordenamientos de su ley.

Italia está a punto de otorgarse una nueva Constitución. ¿Quién puede ignorar la importancia capital de tal empresa? Lo que en un cuerpo vivo es el principio vital, lo es la Constitución en el organismo social, cuyo desarrollo, no sólo económico sino también moral, está estrictamente condicionado por ella. Si hay, pues, alguien, que ha de tener fija la mirada sobre los ordenamientos establecidos por Dios, si alguien está obligado a poner constantemente ante sus ojos el verdadero bien de todos, [ese alguien] son ciertamente aquellos a quienes se les ha confiado la gran obra de redactarla.

Sin embargo, ¿para qué sirven las mejores leyes si se convierten en letra muerta? Su eficacia depende en gran parte de quienes deben aplicarlas. En las manos de hombres que no tienen su espíritu, que tal vez disientan internamente de lo en ellas dispuesto, que no son ni espiritual ni moralmente capaces de ponerlas en práctica, aun las más perfectas obras legislativas pierden mucho de su valor. Una buena Constitución es, sin duda, algo digno de gran aprecio; esto no obstante, de lo que el Estado tiene absoluta necesidad es de hombres competentes y expertos en materia política y administrativa, enteramente entregados al mayor bien de la nación, guiados por claros y sanos principios.

Por eso la voz de vuestra patria, sacudida por las graves convulsiones de los últimos años, llama para colaborar a todos los hombres y mujeres honestos, en cuyas familias y en cuyas personas vive lo mejor del vigor espiritual, de las categorías morales y de las tradiciones vividas y siempre vivientes del país. ¡Aquella voz los exhorta a ponerse a disposición del Estado con toda la fuerza de sus íntimas convicciones y a trabajar por el bien del pueblo!

He aquí cuan ancho se abre ante vosotros el camino hacia el porvenir.

El año pasado, en esta misma ocasión, os mostramos cómo hasta en las democracias de fecha reciente, tras las cuales no se encuentran vestigios de pasado feudal, se ha venido formando por la propia fuerza de las cosas una especie de nueva Nobleza y Aristocracia: es la comunidad de las familias que ponen por tradición todas sus energías al servicio del Estado, su Gobierno y su Administración, y con cuya fidelidad puede éste contar en todo momento.

Muy lejos está, pues, de ser negativa vuestra misión; exige de vosotros mucho estudio, mucho trabajo, mucha abnegación y, sobre todo, mucho amor. A pesar de la rápida evolución de los tiempos, no ha perdido ella su valor ni ha llegado a su término. Lo que pide de vosotros, y ésta debe ser la característica de vuestra educación tradicional y familiar, es la pureza de intención y la determinación de no aprovecharos de vuestra condición —privilegio hoy muchas veces grave y austero— sino para servir a los demás.

Id, pues, con valor y humilde altivez, amados hijos e hijas, al encuentro del futuro. Vuestra función social, nueva en apariencia, es en sustancia igual a la de vuestros tiempos pasados de mayor esplendor. Si a veces os parece difícil, ardua, incluso no exenta, quizá, de desilusiones, no olvidéis que la Providencia Divina, que os la ha confiado, prodigará a tiempo las fuerzas y socorros necesarios para que la llevéis a cabo dignamente. Para que la sociedad humana sea reerguida de su decadencia, para que sea establecida sobre una base inquebrantable la nueva sociedad, para que sea El mismo la piedra angular de este edificio y para que sea siempre nuevamente restaurado de generación en generación, pedimos al Dios hecho Hombre estos auxilios. Mientras tanto, en prenda de los más escogidos favores celestiales, os impartimos con afecto paternal a vosotros, a vuestras familias, a todas las personas que lleváis en el corazón, presentes o lejanas, y de un modo especial a vuestra amada juventud, Nuestra Bendición Apostólica.

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(*) Idem, vol. VIII, pp. 367-371

Alocución de 14 de enero de 1948 [9] (*)
¡Queridos hijos e hijas!

Aunque las difíciles circunstancias presentes Nos hayan aconsejado dar este año a vuestra tradicional Audiencia una forma exterior diversa de la acostumbrada, no han perdido por ello nada de su íntimo valor y profundo significado ni la recepción [que hacemos] de vuestros homenajes y saludos, ni la expresión de Nuestras felicitaciones para vosotros y vuestras familias.

Así como el corazón del Padre común no tiene necesidad de muchas palabras para vertirse en el corazón de hijos a él tan próximos, así vuestra sola presencia es ya por sí misma el más elocuente testimonio y la más clara confirmación de vuestros inmutables sentimientos de fidelidad y de devoción hacia esta Sede Apostólica y hacia el Vicario de Cristo.

La gravedad de la hora presente no puede perturbar ni hacer estremecer más que a los tibios y vacilantes. Para los espíritus ardientes, generosos, habituados a vivir en Cristo y con Cristo, esta propia gravedad, por el contrario, les estimula poderosamente a dominarla y vencerla. Y vosotros queréis, sin duda, figurar entre estos últimos

Por eso, lo que de vosotros esperamos es, antes que nada, una fortaleza de ánimo que ni las más duras pruebas consigan abatir; una fortaleza de ánimo que no solamente os convierta en perfectos soldados de Cristo para con vosotros mismos, sino también, por así decir, en animadores y sustentadores de quienes se sientan tentados de dudar o ceder.

Lo que esperamos de vosotros, en segundo lugar, es una prontitud para la acción, que no se atemorice ni desanime en previsión de ninguno de los sacrificios hoy exigidos por el bien común; una prontitud y un fervor tales que, al haceros solícitos en el cumplimiento de todos vuestros deberes de católicos y ciudadanos, os preserven de caer en un “abstencionismo” apático e inerte, que sería gravemente culpable en una época en la que están en juego los más vitales intereses de la religión y de la patria.

Lo que esperamos, por fin, de vosotros es una generosa adhesión —no meramente superficial y formal, sino [nacida] en el fondo del corazón y puesta en práctica sin reservas— al precepto fundamental de la doctrina y de la vida cristiana, precepto de fraternidad y de justicia social, cuya observancia no podrá dejar de aseguraros a vosotros mismos la verdadera felicidad espiritual y temporal.

¡Que puedan esta fortaleza de ánimo, este fervor y este espíritu fraternal guiar cada uno de vuestros pasos y desembaracen vuestro camino a lo largo del nuevo año, que tan incierto se anuncia, y que casi parece conduciros al interior de un obscuro túnel!

Indudablemente, no sólo será éste para vosotros un año de arduas pruebas, sino también de luces interiores, espirituales alegrías y beneficiosas victorias.

Con esta esperanza y con inquebrantable confianza en el Señor y en la Virgen protectora de esta Ciudad Eterna, os impartimos de todo corazón Nuestra paternal Bendición Apostólica.

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(*) Idem, vol. IX, pp. 423-424

Alocución de 15 de enero de 1949 [10] (*)
Las fiestas de Navidad y Año Nuevo son para las familias cristianas una ocasión siempre acogida con alegría de unirse más estrechamente en los vínculos del afecto y de manifestarse el recíproco amor con felicitaciones y con mutuas promesas de oraciones. Esta misma alegría es la que hoy sentimos Nos, amados hijos e hijas que siguiendo una antigua tradición, habéis venido a ofrecernos vuestro devoto homenaje, felizmente expresado por vuestro ilustre y joven portavoz.

Pero los miembros de una familia digna de este nombre no se contentan con cambiar entre sí viejas y repetidas fórmulas de felicitación. A cada año, el padre renueva sus habituales recomendaciones, ilustrándolas y completándolas con aquellas advertencias que le sugieren las especiales exigencias del momento; los hijos, por su parte, examinan sus conciencias para poder —si es preciso— reafirmar lealmente su docilidad a los consejos paternos.

Así hacemos también Nos. Todos los años os recordamos, en la variedad de sus múltiples aspectos, los fundamentales e inmutables deberes que vuestra posición en la sociedad os impone. El año pasado os los esbozamos con la brevedad exigida por las circunstancias. No dudamos que os habréis preguntado, examinando vuestra conciencia, con qué fidelidad y de qué manera práctica, concreta y efectiva habéis dado en el transcurso del año de fortaleza de ánimo, prontitud para la acción y generosa adhesión a los preceptos de la doctrina y de la vida cristiana según vuestro propio estado.

Este triple deber obliga, sin duda, a todos y en cualquier ocasión; pero se gradúa y diferencia según los siempre variables sucesos y según las especiales circunstancias de aquellos a quienes obliga.

Dentro de la sociedad humana, la Providencia divina ha asignado a cada uno una función particular; por eso ha dividido y distribuido también sus dones. Ahora bien, estos dones y talentos tienen que dar fruto, y sabéis que el Señor os pedirá cuentas a cada uno acerca del modo en que han sido administrados, y juzgará y separará a los buenos de los malos servidores según la ganancia obtenida (Cfr. Mt. XXV, 14ss.; Lc. XVI, 2). El rigor de los tiempos os podría colocar también a vosotros en la necesidad de trabajar como tantos otros para ganaros la vida; pero también entonces tendríais, a causa de vuestro nacimiento, cualidades y deberes especiales en medio de vuestros conciudadanos.

Es verdad que en la nueva Constitución italiana “no se reconocen los títulos nobiliarios” (salvo, naturalmente, en lo que respecta a la Santa Sede, según lo establecido en el artículo 42 del Concordato, aquellos que los Sumos Pontífices han concedido o concederán en el futuro); pero esta misma Constitución no ha podido hacer desaparecer el pasado ni la historia de vuestras familias. Por con-siguiente, el pueblo —ya esté a favor o en contra de vosotros, ya sienta hacia vosotros respetuosa confianza o sentimientos hostiles— también ahora mira y observa cuál es el ejemplo que dais en vuestra vida. A vosotros os toca, pues, corresponder a esta expectación y mostrar que vuestra conducta y vuestros actos están de acuerdo con la verdad y la virtud, especialmente en los puntos de Nuestras recomendaciones anteriormente recordados.

De fortaleza de ánimo todos tienen necesidad, especialmente en nuestros días, para soportar con valor el sufrimiento, para superar victoriosamente las dificultades de la vida, para cumplir con constancia su propio deber. ¿Quién no tiene algo por lo que sufrir? ¿Quién no tiene algo de qué dolerse? ¿Quién no tiene algo por lo que luchar? Solamente quien se rinde o huye. Pero vosotros tenéis menos derecho que muchos otros a rendiros o huir. Hoy, los sufrimientos, las dificultades y las necesidades son, en general, comunes a todas las clases, a todas las condiciones, a todas las familias, a todas las personas. Y si algunos están exentos de ellos, si nadan en la opulencia y en los placeres, esto debería incitarles a cargar sobre sí las miserias y privaciones de los demás. ¿Quién podrá encontrar alegría y reposo, quién no sentirá más bien malestar y rubor por vivir en el ocio y en la frivolidad, en el lujo y en los placeres, en medio de una casi general tribulación?

Prontitud para la acción. Dentro de una gran solidaridad personal y social, cada uno debe estar dispuesto a trabajar, a inmolarse, a consagrarse al bien de todos. La diferencia está, no en el hecho de la obligación, sino en el modo de cumplirla. ¿Y no es acaso verdad que quienes disponen de más tiempo y de medios más abundantes deben ser más asiduos y solícitos en servir? Al hablar de medios, no tenemos Nos la intención de referirnos única o principalmente a la riqueza, sino a todas las dotes de inteligencia, cultura, educación, conocimientos, autoridad, las cuales no han sido concedidas a algunos privilegiados de la fortuna para su exclusivo provecho o para crear una irremediable desigualdad entre hermanos, sino para el bien de toda la comunidad social. En todo aquello que es para servicio del prójimo, de la sociedad, de la Iglesia de Dios, debéis ser siempre vosotros los primeros; en eso consiste vuestro verdadero puesto de honor; ahí está vuestra más noble precedencia.

Generosa adhesión a los preceptos de la doctrina y de la vida cristiana. Son éstos los mismos para todos, porque no hay dos verdades ni dos leyes: ricos y pobres, grandes y pequeños, elevados y humildes, están igualmente obligados por la Fe a someter su entendimiento a un mismo dogma, por la Obediencia, su voluntad a una misma moral; pero el justo juicio de Dios será mucho más severo con aquellos que han recibido más, que están en mejores condiciones de conocer la única doctrina y ponerla en práctica en la vida cotidiana, con aquellos que mediante su ejemplo y autoridad pueden más fácilmente guiar a los demás por las vías de la justicia y de la salvación, o bien perderlos por los funestos senderos de la incredulidad y del pecado.

Amados hijos e hijas, el pasado año ha mostrado cuan necesarias son esas tres fuerzas interiores y ha puesto también de manifiesto los notables resultados que pueden alcanzarse con su recto uso. Lo que importa antes que nada es que es que vuestra acción no sufra paradas ni disminuciones de velocidad, sino que se desarrolle y avive con constante firmeza. Por eso hemos advertido con particular agrado en las palabras de vuestro portavoz cuan profunda es en vosotros la comprensión de los actuales males sociales y cuan firme el propósito de contribuir a ponerles remedio según la justicia y caridad.

Robusteced, pues, en vuestras almas la resolución de corresponder plenamente a lo que Jesucristo, la Iglesia y la sociedad esperan confiadamente de vosotros, a fin de que podáis escuchar en el día de la gran recompensa las bienaventuradas palabras del Juez supremo: “Siervo bueno y fiel, (…) entra en el gozo de tu Señor” (Mt. XXV, 21).

Estos son los votos que, en la aurora de este nuevo año, presentamos al Niño Jesús por vosotros, mientras con el corazón desbordante os impartimos a vosotros, a vuestras familias, a todas las personas que os son queridas, Nuestra paternal Bendición Apostólica.

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(*) Idem, vol. X, pp. 345-348

Alocución de 12 de enero de 1950 [11] (*)
Si, amados hijos e hijas, de acuerdo con el ejemplo de Nuestros predecesores, Nos solemos daros acogida al inicio del año para recibir vuestras felicitaciones y retribuirlas, Nuestro espíritu, lejos de obedecer a consideraciones o preferencias mundanas, se mueve por motivos de honor y de fidelidad. Saludamos en vosotros a los descendientes y representantes de familias que se distinguieron al servicio de la Santa Sede y del Vicario de Cristo y permanecieron fieles al Pontificado Romano aun cuando éste se hallaba expuesto a ultrajes y persecuciones. Sin duda, el orden social puede evolucionar a lo largo de los tiempos y su centro desplazarse. Las funciones públicas, que otrora estaban reservadas a vuestra clase, pueden hoy ser atribuidas y ejercidas sobre la base de la igualdad; pero aun así, el hombre moderno que quiera ser de rectos y ecuánimes sentimientos no puede negar su comprensión y respeto a un tal testimonio de reconocida memoria, que debe servir igualmente de impulso hacia el porvenir.

Os encontráis reunidos hoy en torno a Nos en la aurora del año que divide al siglo XX en dos mitades; año jubilar, inaugurado con la apertura de la Puerta Santa. La ceremonia religiosa de los tres golpes de martillo dados en el centro de la Puerta, considerada en sí misma, tiene un valor simbólico: es el símbolo de la apertura del gran Perdón. ¿Cómo explicar, entonces, la viva impresión que ha producido no sólo en los hijos devotos de la Iglesia, que están en condiciones de penetrar su íntimo significado, sino también en otros muchos a Ella ajenos y que parece no deberían ser sensibles más que a aquello que se palpa, se mide y se traduce en cifras? ¿Deberá acaso tomarse esto como presentimiento y expectativa de un nuevo medio siglo menos colmado de amarguras y desilusiones, como síntoma de una necesidad de purificación y reparación, como ansia de reconciliación y de paz entre los hombres que la guerra y las luchas sociales tanto han desunido entre sí? ¿Cómo no hemos de ver entonces, con humilde y cristiana confianza, el dedo de Dios en este tan saludable comienzo del gran Jubileo?

El alcance de la bendición que el Año Santo está llamado a irradiar sobre la humanidad dependerá de la mayor o menor cooperación aportada por los católicos, sobre todo mediante la oración y la expiación; pero los fieles de Roma tienen ciertamente especiales deberes y responsabilidades en este sentido: su modo de comportarse, su modo de vivir, se hallarán más especialmente este año ante la mirada de la Iglesia universal, representada en la multitud de peregrinos que afluirán a la Urbe desde todos los rincones del mundo. A vosotros mismos, amados hijos e hijas, no os faltarán las ocasiones de preceder a los demás o de llevarlos detrás vuestro con el buen ejemplo: ejemplo de fervor en la oración, de sencillez cristiana en el tenor de vida, de renuncia a las comodidades y placeres, de verdadero espíritu de penitencia, de hospitalidad cordial, de celo en las obras de caridad a favor de los humildes, de los que sufren y de los pobres, de intrépida fortaleza en la defensa de la causa de Dios.

Además, la clase a la que pertenecéis os pone más fácilmente y con más frecuencia en contacto con influyentes personalidades de otros países. En esas circunstancias, tomad a pecho el promover el acercamiento y la paz entre los hombres y entre las naciones. ¡Que pueda la faz de la Tierra, al terminar el Año Santo, resplandecer más serena en la tranquilidad y en la fraternal concordia!

Con este deseo, os impartimos de todo corazón a vosotros y a vuestras familias, y de modo especial a los que están lejos y a los enfermos, Nuestra paternal Bendición Apostólica.

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(*) Idem, vol. XI, pp. 357-358

Alocución de 11 de enero de 1951 [12] (*)
Con el corazón desbordante dirigimos Nuestro paternal saludo a los miembros de la Nobleza y del Patriciado romano, que, fieles a una antigua tradición, se han reunido en torno a Nos para ofrecernos sus felicitaciones en la aurora del nuevo año, felicitaciones que Nos han sido expresadas con filial devoción por su ilustre y elocuente portavoz.

Uno tras otro, cada año pasa a la Historia transmitiendo al subsiguiente una herencia por la cual es responsable. El que acaba de cerrarse, el Año Santo de 1950, permanecerá como uno de los más importantes en el orden moral y, especialmente, sobrenatural. Vuestros anales de familia registrarán sus más refulgentes fechas que, como otros tantos faros luminosos, han de iluminar el camino que se abre ante vuestros hijos y nietos.

Pero, ¿serán acaso estos anales como un libro sellado, o no contendrán sino los recuerdos de un pasado muerto? No: deberán, por el contrario, ser el mensaje de las generaciones desaparecidas a las generaciones futuras.

La celebración del Año Santo ha terminado para Roma no a la manera de un espectáculo que ha llegado a su fin, sino como el programa de una vida creciente, purificada, santificada, fecundada por la Gracia, y que debe continuar enriqueciéndose con la incesante contribución de pensamientos y sentimientos, de resoluciones y acciones, cuya memoria os han transmitido vuestros abuelos a fin de que vosotros mismos comuniquéis su ejemplo a quienes vendrán detrás de vosotros.

El soplo impetuoso de un nuevo tiempo arrastra con sus torbellinos las tradiciones del pasado; pero así se pone en evidencia cuáles de ellas están destinadas a caer como hojas muertas, y cuáles, en cambio, tienden a mantenerse y consolidarse con genuina fuerza vital.

Una Nobleza y un Patriciado que, por así decir, se anquilosaran en la nostalgia del pasado, estarían condenados a una inevitable decadencia.

Hoy más que nunca estáis llamados a ser no sólo una élite de la sangre y de la estirpe, sino, lo que es más, de las obras y sacrificios, de las realizaciones creadoras al servicio de toda la comunidad social.

Y esto no es solamente un deber del hombre y del ciudadano que nadie puede eludir impunemente; es también un sagrado mandamiento de la Fe que habéis heredado de vuestros padres, y que debéis, como ellos, legar íntegra e inalterada a vuestros descendientes.

Desterrad, pues, de vuestras filas todo abatimiento y toda pusilanimidad: todo abatimiento, ante una evolución de los tiempos que se lleva consigo muchas de las cosas que otras épocas habían edificado; toda pusilanimidad, ante los graves sucesos que acompañan a las novedades de nuestros días.

Ser romano significa ser fuerte en el obrar, pero también en el soportar.

Ser cristiano significa ir al encuentro de las penas y de las pruebas, de los deberes y necesidades de los tiempos, con aquel coraje, con aquella fortaleza y serenidad de espíritu de quien bebe en el manantial de las eternas esperanzas el antídoto contra todo humano desaliento.

Humanamente grande es el altivo dicho de Horacio: “Si fractus illabatur orbis, impavidum ferient ruinae” (Od., 3.3) [17].

Pero cuan más bello, confiante y feliz es el grito victorioso que brota de los labios cristianos y de los corazones desbordantes de Fe: “Non confundar in aeternum!” (Te Deum). [18]

Implorando para vosotros del Autor de todo bien, una fortaleza intrépida y el don divino de una esperanza indestructible fundada sobre la Fe, os impartimos de corazón a vosotros, amados hijos e hijas, a vuestras familias y a todos vuestros seres queridos, próximos y lejanos, sanos y enfermos, a vuestras santas aspiraciones, a vuestras empresas, Nuestra Bendición Apostólica.

…………………………………..

(*) Idem, vol. XII, pp. 423-424

Alocución de 14 de enero 1952 [13] (*)
Fieles a vuestra antigua tradición, habéis venido también en este año, amados hijos e hijas, a ofrecer a la Cabeza visible de la Iglesia el testimonio de vuestra devoción y vuestras felicitaciones de Año Nuevo. Nos lo acogemos con vivo y afectuoso agradecimiento, y os ofrecemos en contrapartida Nuestros más fervientes votos. Nos los incluimos en Nuestras oraciones para que el año que acaba de abrirse sea marcado con el sello de la bondad divina y enriquecido con los más preciosos favores de la Providencia. A estos votos desearíamos añadir, como de ordinario, algunos regalos espirituales de orden práctico, que compendiaremos brevemente en una triple exhortación.

1º) En primer lugar, mirad con intrepidez y valor la realidad presente. Nos parece superfluo insistir en recordaros aquello que hace casi tres años fue objeto de Nuestras consideraciones; Nos parecería vano y poco digno de vosotros disimularla con eufemismos prudentes, especialmente después de que nos hayan dado las palabras de vuestro elocuente portavoz tan claro testimonio de vuestra adhesión a la doctrina social de la Iglesia y a los deberes que de ella se derivan. La nueva Constitución de Italia no os reconoce ya como clase social ninguna misión específica, ningún atributo, ningún privilegio ni en el Estado, ni en el pueblo. Se ha pasado una página de la Historia, se ha terminado un capítulo, se ha colocado el punto que indica el final de un pasado social y económico; se ha abierto un nuevo capítulo que inaugura formas de vida bien diversas. Se puede pensar lo que se quiera, pero el hecho está ahí; es el “caminar fatal” de la Historia. Alguien, tal vez, sentirá disgusto ante tan profunda transformación; pero, ¿de qué le serviría detenerse a saborear largamente su amargura? Todos deben inclinarse al fin frente a la realidad; la diferencia está solamente en el “modo”. Mientras los mediocres no hacen sino fruncir el ceño ante la adversidad, los espíritus superiores saben, según la expresión clásica, pero en un sentido más elevado, mostrarse “beaux joueurs”, conservando imperturbable su porte noble y sereno.

2º) Levantad vuestros ojos y posadlos firmemente en el ideal cristiano. Todas estas agitaciones, evoluciones o revoluciones lo dejan intacto; nada pueden contra aquello que es la más íntima esencia de la verdadera Nobleza, de aquella que aspira a la perfección cristiana como la expuso el Redentor en el sermón de la Montaña. Fidelidad incondicional a la doctrina católica, a Cristo y a su Iglesia; capacidad y deseo de ser también para los demás modelo y guía. ¿Es acaso necesario enumerar aquí sus aplicaciones prácticas? Dad al mundo, incluso al mundo de los creyentes y católicos practicantes, el espectáculo de una vida conyugal irreprensible, la edificación de un hogar auténticamente ejemplar. Oponed, en vuestras casas y en vuestros ambientes, un dique a toda infiltración de principios funestos, de condescendencias o tolerancias perniciosas que podrían contaminar u ofuscar la pureza del matrimonio o de la familia. He aquí, ciertamente una insigne y santa empresa, bien capaz de inflamar el celo de la Nobleza romana y cristiana de nuestros tiempos.

Mientras os proponemos estas reflexiones, pensamos especialmente en los países donde la catástrofe destructora ha alcanzado con especial rigor a las familias de vuestra clase, reduciéndolas del poder y la riqueza, al abandono, e incluso a la extrema miseria; pero al mismo tiempo ha descubierto y sacado a la luz la nobleza y generosidad con que tantas de ellas han permanecido fieles a Dios también en la desgracia, y la silenciosa magnanimidad y dignidad con que saben llevar su suerte, virtudes éstas que no se improvisan sino que florecen y maduran a la hora de la prueba.

3º) Dad, por fin, a la obra común vuestra dedicada y pronta colaboración. Muy vasto es el campo en que podéis ejercer vuestra actividad útilmente: en la Iglesia y en el Estado, en la vida parlamentaria y administrativa, en las letras, en las ciencias, en las artes, en las diversas profesiones. Una sola actitud os está prohibida: el abstencionismo. Se opondría radicalmente al espíritu original de vuestra condición; más que una emigración supondría una deserción porque, suceda lo que suceda y cueste lo que cueste, es preciso antes que nada mantener la estrecha unión de todas las fuerzas católicas libre del peligro del más pequeño resquebrajamiento.

Bien podría ser que uno u otro punto del presente estado de cosas os desagrade; pero, en interés al bien común y por amor a él, para la salvación de la Civilización Cristiana en esta crisis, que, lejos de atenuarse, parece más bien ir creciendo, permaneced firmes en la brecha, en la primera línea de defensa. Vuestras particulares cualidades pueden también hoy ser allí excelentemente utilizadas. Vuestros nombres, que desde un lejanísimo pasado resuenan con fuerza en el recuerdo y en la historia de la Iglesia y de la sociedad civil, traen a la memoria figuras de grandes hombres y hacen resonar en vuestro espíritu la voz admonitora que os recuerda el deber de mostraros dignos de ellos.

El innato sentimiento de perseverancia y continuidad, la adhesión a la tradición sanamente entendida, son notas características de la verdadera Nobleza. Si sabéis unir a ellas una gran amplitud de miras en el considerar la realidad contemporánea, especialmente la justicia social, y una leal y franca colaboración, conferiréis a la vida pública una valiosísima contribución.

Estas son, amados hijos e hijas, las reflexiones que hemos creído oportuno sugeriros en los albores de este nuevo año. Quiera el Señor inspiraros el propósito de ponerlas en práctica, y Se digne fecundar vuestra buena voluntad con la abundancia de sus Gracias, bajo cuyo auspicio os impartimos de todo corazón a vosotros, a vuestras familias, a vuestros niños, a vuestros enfermos y a todos vuestros seres queridos, próximos o lejanos, Nuestra paternal Bendición Apostólica.

………………………………………

(*) Idem, vol. XIII, pp. 457-459

Alocución de 9 de enero de 1958 [14] (*)
Con viva gratitud, amados hijos e hijas que habéis venido a reafirmar vuestra devota fidelidad a esta Sede Apostólica, os acogemos en Nuestra morada, todavía impregnada con los santos efluvios de las fiestas navideñas. Con ánimo de Padre, ansioso de rodearse con el afecto de sus hijos, accedemos de buen grado a vuestro deseo de escuchar una vez más algunas palabras de exhortación como respuesta a las felicitaciones hace poco dirigidas a Nos por vuestro eximio y elocuente portavoz.

La presente Audiencia trae a Nuestro ánimo el recuerdo de la primera visita que Nos hicisteis en el lejano 1940. ¡Cuántos dolorosos huecos han aparecido desde entonces en vuestras selectas filas; pero también, ¡cuántas nuevas y hermosas flores han brotado en un mismo plantel! El recuerdo conmovido de los unos y la alegre presencia de los otros parecen enmarcar con una amplia moldura lodo un cuadro de vida, que aunque pasada, no deja de proporcionar saludables enseñanzas e irradiar una luz de esperanza sobre vuestro presente y futuro. Mientras quienes tenían la “frente coronada de nieve y de plata” —así Nos expresábamos entonces— han pasado a la paz de los justos, adornados con “los muchos méritos adquiridos en el largo cumplimiento del deber”, otros, “en la flor de la juventud o en el esplendor de la virilidad”, ocuparon u ocupan ahora su puesto impelidos por la inexorable mano del tiempo, guiado, a su vez, por la providencial sabiduría del Creador. Mientras tanto, han entrado a tomar parte en el combate por “el incremento y defensa de toda buena causa” aquellos que se contaban entonces en el número de los pequeños, hacia cuya “serena y risueña inocencia” se inclinaba Nuestra predilección, y en los que amábamos “su ingenuo candor, el puro y vivo fulgor de sus miradas, reflejo angelical de la limpieza de sus almas” (cfr. Discorsi e Radiomessaggi, vol I, 1940, p. 472). Pues bien, a estos pequeños de entonces, hoy ardientes jóvenes u hombres maduros, deseamos dirigir, ante todo, una palabra como abriendo una hendidura en lo más íntimo de Nuestro corazón.

Vosotros, que no dejabais de visitarnos al inicio de cada nuevo año, recordaréis sin duda la cuidadosa solicitud con que Nos ocupábamos de allanaros el camino hacia el porvenir, que se anunciaba ya entonces áspero por las profundas convulsiones y transformaciones que amenazaban al mundo.

Estamos, por tanto, seguros de que cuando vuestras frentes estén también coronadas de nieve y de plata, no sólo seréis testigos de Nuestra estima y de Nuestro afecto, sino también de la verdad, fundamento y oportunidad de Nuestras recomendaciones, así como de los frutos que, según esperamos, de ellas habrán provenido para vosotros mismos y para la sociedad. En particular, recordaréis a vuestros hijos y nietos cómo el Papa de vuestra infancia y niñez no omitió indicaros los nuevos deberes que las cambiadas condiciones de los tiempos imponían a la Nobleza; que, por el contrario, os explicó muchas veces cómo la laboriosidad había de ser el título más sólido y digno para aseguraros la permanencia entre los dirigentes de la sociedad; que las desigualdades sociales, a la vez que os elevaban, os prescribían particulares deberes en pro del bien común; que de las clases más altas podían descender para el pueblo grandes beneficios o graves daños; que si se quiere, los cambios en la forma de vivir pueden conjugarse armónicamente con las tradiciones de que las familias patricias son depositarías. A veces, refiriéndonos a la contingencia del tiempo y de los acontecimientos, os exhortamos a tomar parte activa en la curación de las llagas producidas por la guerra, en la reconstrucción de la paz, en el renacer de la vida nacional, evitando las “emigraciones” o abstenciones; porque aún quedaba en la nueva sociedad un amplio lugar para vosotros si os mostrabais verdaderamente élites y optimates, es decir, insignes por vuestra serenidad de ánimo, prontitud para la acción, generosa adhesión. Recordaréis también cómo os incitábamos a desterrar el abatimiento y la pusilanimidad frente a la evolución de los tiempos, y cómo os exhortábamos a que os adaptarais valerosamente a las nuevas circunstancias, fijando la mirada en el ideal cristiano, verdadero e indeleble título de genuina nobleza.

Pero, ¿por qué, amados hijos e hijas, os hicimos entonces estas advertencias y recomendaciones, y os las repetimos ahora, sino para preveniros contra amargos desengaños, para conservar en vuestros linajes la herencia de vuestras ancestrales glorias, para asegurar a la sociedad a que pertenecéis la valiosa contribución que todavía estáis en condiciones de prestarle? Sin embargo —Nos preguntaréis tal vez—, ¿qué hemos de hacer, en concreto, para alcanzar tan alto objetivo?

Ante todo, debéis insistir en vuestra irreprensible conducta religiosa y moral, especialmente dentro de la familia, y practicar una sana austeridad de vida. Haced que las otras clases perciban el patrimonio de virtudes y dotes que os son propias, fruto de largas tradiciones familiares. Son éstas la imperturbable fortaleza de ánimo, la fidelidad y dedicación a las causas más dignas, una tierna y munífica piedad para con los débiles y los pobres, el prudente y delicado modo de tratar los asuntos graves y difíciles, aquel prestigio personal, casi hereditario en las nobles familias, por el que se llega a persuadir sin oprimir, a arrastrar sin forzar, a conquistar sin humillar el espíritu de los demás, ni siquiera el de vuestros adversarios o rivales. El empleo de estas dotes y el ejercicio de las virtudes religiosas y cívicas son la más convincente respuesta a los prejuicios y sospechas, pues manifiestan una íntima vitalidad de espíritu de la cual emanan todo vuestro externo vigor y la fecundidad de vuestras obras.

¡Vigor y fecundidad en las obras! He aquí dos características de la genuina Nobleza, de las cuales son perenne testimonio los signos heráldicos impresos en bronce y mármol porque representan de alguna manera la trama visible de la historia política y cultural de no pocas gloriosas ciudades europeas. Cierto es que la sociedad moderna no suele esperar con preferencia de vuestra clase la orden para dar comienzo a las obras y afrontar los acontecimientos; sin embargo, no rehúsa la cooperación de los escogidos talentos que hay entre vosotros, puesto que una juiciosa parte de ella conserva un justo respeto a las tradiciones y aprecia su alto decoro, siempre que tenga fundamento, mientras que el resto la sociedad, que ostenta indiferencia y quizá desprecio hacia las viejas formas de vida, tampoco queda del todo inmune a la seducción del esplendor; tanto es así, que se esfuerza en crear nuevas formas de aristocracia, algunas dignas de estima, otras basadas sobre vanidades y frivolidades, preocupadas solamente en apropiarse de los elementos decadentes de las antiguas instituciones.

Es claro, sin embargo, que hoy no pueden siempre manifestarse el vigor y la fecundidad en las obras con formas ya superadas. Esto no significa que se haya restringido el campo de vuestras actividades; por el contrario, ha sido ampliado a la totalidad de ías profesiones y oficios. Todo el terreno profesional está también abierto para vosotros; en todos los sectores podéis ser útiles y haceros insignes: en los cargos de la administración pública y del gobierno, en las actividades científicas, culturales, artísticas, industriales, comerciales.

Quisiéramos, por fin, que vuestra influencia en la sociedad le evitase un grave peligro, propio de los tiempos modernos. Es notorio que ésta progresa y se eleva cuando las virtudes de una clase se difunden a tas otras; decae, por el contrario, si se transfieren de la una a las otras los vicios y abusos. Sucede que, por la debilidad de la naturaleza humana, habitualmente son estos últimos los que se propagan, y [esto ocurre] hoy con tanta mayor celeridad cuanto más fáciles son los medios de comunicación, información y contacto personal, no sólo entre nación y nación, sino también entre continentes. Acontece en el campo moral lo mismo que se verifica en el de la salud física: ni las distancias ni las fronteras impiden nunca que el germen de una epidemia alcance en corto tiempo lejanas regiones. Ahora bien, las clases altas, entre las cuales está la vuestra, a causa de las múltiples relaciones con países de diferente nivel moral, quizá hasta inferior, de las frecuentes estancias en ellos, pueden fácilmente convertirse en vehículos de desviaciones en las costumbres. Nos referimos en particular a aquellos abusos que amenazan la santidad del matrimonio, la educación religiosa y moral de la juventud, la templanza cristiana en las diversiones, el respeto al pudor. La tradición de vuestra patria en lo que se refiere a estos valores debe ser defendida y mantenida sagrada e inviolable, y tutelada contra las insidias de los gérmenes disolventes, provengan de donde provengan. Toda tentativa de romperla, al mismo tiempo que no representa progreso alguno sino hacia la disolución, es un atentado contra el honor y la dignidad de la nación.

Por lo que a vosotros respecta, vigilad y proceded de modo que las perniciosas teorías y los perversos ejemplos nunca cuenten con vuestra aprobación y simpatía, ni mucho menos hallen en vosotros vehículos favorables para la infección ni focos de ella. Que aquel profundo respeto a las tradiciones por vosotros cultivado, mediante el cual pretendéis distinguiros en la sociedad, os sirva de sustentáculo para que guardéis en medio del pueblo tan preciosos tesoros. Ésta puede ser la más alta función social de la Nobleza de hoy; éste es ciertamente el mayor servicio que podéis prestar a la Iglesia y a la patria.

Ejercitad, pues, las virtudes y emplead en común provecho las dotes propias de vuestra clase, sobresalid en las profesiones y actividades prontamente abrazadas, preservad a la nación de las contaminaciones exteriores: he aquí las recomendaciones que Nos parece necesario haceros en este comienzo del nuevo año.

Acogedlas, amados hijos e hijas, de Nuestras manos paternas y, mediante un generoso acto de voluntad, transformadlas en un triple propósito, ofrecedlas a vuestra vez como dones enteramente personales al Divino Infante, que-las agradecerá tanto como el oro, el incienso y la mirra que le ofrecieron en un lejano día los Magos de Oriente.

A fin de que el Omnipotente corrobore vuestros propósitos y haga realidad Nuestros votos escuchando las súplicas que le dirigimos en ese sentido, descienda sobre todos vosotros, sobre vuestras familias, especialmente sobre vuestros niños, continuadores en el futuro de vuestras más dignas tradiciones, Nuestra Bendición Apostólica.

……………………………………..

(*) Idem, vol. XIX, pp. 707-710

Nota: publicación hecha en base a la edición online(*) de Nobleza y élites tradicionales análogas y a la edición impresa de la obra  

(*) Agradecemos al site www.pliniocorreadeoliveira.info

 

 

 

 

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La Milicia Angélica – Los ángeles en el panorama actual de la Iglesia y el mundo – Consideraciones de Plinio Corrêa de Oliveira publicadas por Julio Loredo – Videoconferencia del  Presidente de la TFP italiana  con Mons. Athanasius Schneider y el especialista Pe. don Marcello Stanzione

 

 

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Mons. Francisco Cerro Chávez, Arzobispo de Toledo y Primado de España

Padre Ferrer Grenesche, Deán de la Catedral de Toledo, que franqueó la entrada a la pareja de bailarines

«ATEO»: expresivo título del «videoclip» grabado en la Catedral Primada de Toledo

El sagrado interior de la Catedral de Toledo, profanado por bailarines que grabaron el video sensual «ATEO» incluyendo fotografías de desnudos, con el apoyo irrestricto del Deán Ferrer

Baile inmoral en la Catedral primada de España: ¿abominación en el lugar santo…?

La capacidad de sorpresa del fiel católico de nuestros días ya no puede ir más allá.

En el recinto de la histórica Catedral de Toledo, sagrado y simbólico, en el corazón de España, una pareja de ‘artistas’ (un cantante madrileño y una actriz argentina)  despliegan a sus anchas su obscenidad y erotismo grabando un videoclip exhibicionista y afrentoso.

El espectáculo infame se denomina expresivamente “Ateo”; pero en un refinamiento de imaginación -enfermiza o perversa, escoja el lector…-, finge un propósito “moralizante”, expresado en este estribillo: «Yo era ateo, pero ahora creo, porque un milagro como tú ha tenido que bajar del cielo».

Así procede la guerra psicológica revolucionaria promovida por sectas anticatólicas: empañando la realidad, picando la psiquis humana con su mordedura viperina, asaltando, confundiendo, infundiendo desánimo. Dice el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en “Revolución y Contra-Revolución”: “Señalamos como la más potente fuerza propulsora de la Revolución, el dinamismo de las pasiones humanas desencadenadas en un odio metafísico contra Dios, contra la virtud, contra el bien y, especialmente, contra la jerarquía y contra la pureza” (parte II – La Contra-revolución, Cap. IX, cfr. rcr-una-obra-clave.blogspot). 

Salta a los ojos la pregunta: ¿cómo entraron los profanadores a grabar su video a la Catedral primada de la España del Apóstol Santiago, en la que la Madre de Dios, aparecida en vida sobre el famoso pilar de jaspe, prometió hacer de la nación hispana “su reino”?

Pásmese, lector, e indígnese como Nuestro Señor ante los mercaderes del templo: fue un sacerdote, el propio Deán de la Catedral, el P. Juan Miguel Ferrer G. -que preside el Cabildo catedralicio, órgano que en ciertos casos sustituye al Arzobispo Primado de España-, quien los hizo entrar para grabar el espectáculo degradante. Hecho escandaloso que el futuro recordará como señal purulenta de esa crisis sin precedentes que el Papa Paulo VI denominó “Autodemolición de la Iglesia”, atribuyéndola nada menos que a “la humareda de Satanás”, “que por alguna fisura ha entrado en el templo de Dios”.

Se preguntará el lector qué argumentos dio este imitador de Don Opas para franquearle la entrada a la pareja que grabó con desvergüenza sus gestos impuros e inmorales. Palabras textuales del Deán entregador, P. Ferrer Grenesche: “el video presenta la historia de una conversión mediante el amor humano. La letra de la canción precisa: ‘Yo era ateo, pero ahora creo, porque un milagro como tú ha tenido que bajar del cielo’.”

Para el clero postmodernista actual que difunde semi-ocultamente estas aberraciones, la conversión no es obra de una gracia sobrenatural sino del “amor humano”, representado aquí por la pareja de bailarines. Que con un desparpajo total, como enseñoreados del ambiente de la Catedral, muestran en el video, de acuerdo al abundante  noticiero, numerosas escenas de bailes sensuales entre los cantantes al interior del templo católico. En otras partes de la grabación se presentan desnudos y semidesnudos de los protagonistas.

Con el mismo desparpajo, el Deán entregador se dirige a los fieles con estudiada compunción y dice: “Pedimos disculpas si ha podido herir su sensibilidad. La finalidad ha sido exclusivamente favorecer el diálogo con la cultura contemporánea, preservando siempre la fe de la Iglesia”.

¡Como si “la finalidad” justificara los medios, … favorecer “el diálogo con la cultura contemporánea” amoral fuese una excusa valedera… y esto preservara siempre la Fe de la Iglesia!

Continúan sus declaraciones: la Catedral primada (¿habla institucionalmente?) ha procurado mantener un diálogo sincero con las manifestaciones culturales del momento, tratando de responder a lo que hoy nos pide la Iglesia”.

«Es cierto que el video utiliza un lenguaje visual provocador, pero no afecta a la fe» (!). «Es un lenguaje propio de la cultura de nuestro tiempo y se ha atendido al bien que pueda producir en los alejados», añade el Deán.

Aquí afirma el pretexto de estar aplicando el programa de “lo que hoy nos pide la Iglesia”. ¿Será desmentido por las altas autoridades de la Iglesia? ¿El Papa Francisco, que asistió sin reparos a la parodia blasfema de la Anunciación en la JMJ*, -que presentaba a la Ssma. Virgen de pantalones y con un celular, como una mujer moderna común, diciendo ofensivas frases imaginarias- , lo desaprobará? (* ver art. en Nobleza.org [«search»])

El público católico expresó sorpresa y repudio ante lo que definió inequívocamente de “profanación”. No faltaron voces valientes como la del P. Francisco José Delgado, sacerdote de la Archidiócesis de Toledo, pidiendo formal y públicamente que se hagan ceremonias de desagravio a la Catedral como prescribe el Derecho Canónico, calificando el comunicado del Deán de la Catedral como “miserable”, manifestando su rechazo a la grabación del video y a la respuesta del Deán quien -dijo-, “parece haber perdido por completo el Temor de Dios”.

Pregunta ineludible: ¿Cuál fue la actitud del Arzobispo de Toledo, Mons. Francisco Cháves?  De acuerdo al noticiero:  «Desconocía la existencia de este proyecto». En un comunicado, ha pedido perdón «humilde y sinceramente a todos los fieles laicos, consagrados y sacerdotes, que se han sentido justamente heridos por este uso indebido de un lugar sagrado». Y «se compromete a revisar el procedimiento seguido para evitar que vuelva a suceder algo semejante», por lo que se comenzará a «elaborar inmediatamente un protocolo para la grabación de imágenes de difusión pública en cualquier templo de la Archidiócesis».

Ante la profanación descarada del lugar santo, la respuesta suena a excusa por compromiso, con ribetes burocráticos. ¿Sanción al Deán co-responsable? Hasta el momento, la misma que recibió el párroco de Ushuaia que celebró en la Parroquia de N.S. de la Merced un pseudo-casamiento entre homosexuales, o la del ex Obispo de Orán (Salta), acusado de sacarse selfies desnudo y de entrar al cuarto de seminaristas bajo sus órdenes con propósitos inconfesables, acogido en Santa Marta con un cargo rentado ad-hoc.

                                    *     *     *

Comenta Plinio Corrêa de Oliveira: “La situación de la Iglesia, como la veía con lucidez providencial San Luis María Grignion de Montfort, se caracterizaba por dos rasgos esenciales, que nos los describe en su Oración pidiendo Misioneros, con palabras de fuego.
                                       * * *
«Por un lado, es el enemigo que avanza peligrosamente, es la embestida victoriosa de la impiedad y la inmoralidad:
“Vuestra divina Ley es quebrantada; vuestro Evangelio, abandonado; torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran a vuestros mismos siervos; toda la tierra está desolada: desolatione desolata est omnis terra; la impiedad está sobre el trono; vuestro santuario es profanado y la abominación se halla hasta en el lugar santo”.
«Los siervos del mal son activos, audaces, exitosos en su empresa….¡Esto es lo que puede llamarse claridad de conceptos y de lenguaje, coraje de alma, coherencia inmaculada en la clasificación de los hechos!
                                                    * * *
«Por otro lado, es decir, entre los que todavía son hijos de la luz, S. Luis María ve campear la inercia. Y este hecho le aflige:

«San Luis María quiere tantos o más paladines del lado de Dios como los que hay del lado del demonio. Los quiere fieles, puros, fuertes, intrépidos, luchadores, temibles, como el Príncipe de la Milicia celestial. No se limita a decir que deben ser como San Miguel.

«Cuánto se aleja esta aspiración de ver al mundo lleno de apóstoles blandiendo espadas de fuego, de la miopía, la frialdad, el suave e incongruente sentimentalismo de tantos católicos de hoy, para quienes hacer apostolado es cerrar los ojos ante las faltas del adversario, abrir ante él las barreras, darle las armas de guerra, aceptar su yugo y, una vez consumada la capitulación, afirmar que hay motivos para estar contento, pues las cosas podrían haber ido aún peor.

«Mientras estos apóstoles de fuego no vengan, corre el riesgo de sufrir serios reveses la Santa Iglesia. No lo veían tantos tibios e indolentes. Pero lo vio San Luis María, que a todos convoca a la lucha:

«(…) Es la devastación en la Iglesia y en las almas, el fuego que consume las instituciones, las leyes, las costumbres católicas, y la impiedad que degüella a las almas y apuñala al Supremo Pontífice.» cfr. ¡EXSURGE DOMINE! ¿QUARE OBDORMIS? – «Catolicismo» Nº 56 – Agosto de 1955 (ver art. completo en Nobleza.org, buscar en “search”).

                                              *     *     *

Cerrando ya estas notas nos enteramos de que Mons.  Francisco Cerro Cháves, Arzobispo de Toledo y Primado de España, convoca para el domingo próximo 17 de octubre a una ceremonia de desagravio: “A raíz de los acontecimientos recientes, -dice- quiero unir a esta celebración una invitación a la conversión, reparación por los pecados y purificación que requiere este tiempo de gracia y renovación interior, y que realizaremos en un especial acto penitencial en la Misa.”

También en la convocatoria anima a las parroquias, asociaciones y movimientos a llevar a Jesucristo a todos los hombres con la alegría del Evangelio.”

La nota de alegría no podía faltar en el contexto actual. Las denuncias o sanciones por la profanación, o desagravio en los términos de los arts. 1210 y 1211 del Código de Derecho Canónico (citados por Gabriel Calvo Zarraute), al menos hasta ahora, brillan por su ausencia. Saque el lector sus propias conclusiones.

Comisión Don Pelayo

 

 

 

 

 

 

 

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Al cumplirse 26 años de la muerte del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en San Pablo, Brasil,  el 3 de octubre de 1995, la familia de entidades defensoras  del lema «TRADICION – FAMILIA – PROPIEDAD», extendida a más de 30 países,  rinde sentido homenaje a su eminente fundador evocando sus enseñanzas y luchas por la Santa Iglesia Católica y la Civilización Cristiana, con la certeza serena e inalterable de que la Revolución gnóstica e igualitaria que hoy oprime al mundo será derrotada, y que, como lo prometió la Santísima Virgen en Fátima, en 1917, por fin su INMACULADO CORAZON TRIUNFARA y vendrá al mundo el Reino de María preanunciado por San Luis María Grignion de Montfort 

Algunas notas y videos de interés para nuestros lectores:

 SESION SOLEMNE DE HOMENAJE AL LIDER CATOLICO PLINIO CORRÊA de OLIVEIRA – INSTITUTO PLINIO CORRÊA de OLIVEIRA

VIDA Y OBRA DE PLINIO CORRÊA de OLIVEIRA EN DEFENSA DE LA CIVILIZACION CRISTIANA – Por JULIO LOREDO de IZCUE PARA EL CENTRO CULTURAL CRUZADA, de COLOMBIA

 

 ALTAS PERSONALIDADES ECLESIASTICAS Y CIVILES RECOMIENDAN «NOBLEZA y ELITES TRADICIONALES ANALOGAS»

S. Emcia. Rvdma., Card. Alphons Maria Stickler, S.D.B.

Recomendamos leer este artículo sobre las altas personalidades  que recomiendan «Nobleza y élites tradicionales análogas», obra de especial importancia para los días actuales pues propone la solución católica para la sociedad en los conturbados tiempos que corren

https://nobleza.org/personalidades/

PLINIO CORRÊA de OLIVEIRA, APOSTOL DE FATIMA, PROFETA DEL REINO DE MARIA, POR ROBERTO de MATTEI 

 

 JUAN MIGUEL MONTES: «DESCUBRIENDO LA FAMILIA DE ALMAS TFP, GRAN RIVAL DE LA REVOLUCION ANTICRISTIANA»

https://nobleza.org/clarinadas-1-descubriendo-la-tfp-gran-rival-de-la-revolucion-anticristiana-2-revolucion-y-contra-revolucion-y-el-tratado-de-la-verdadera-devocion-conferencias-en-salta-y-tucuman/

♦En el buscador (search) encontrará artículos del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira y notas a respecto del gran pensador y luchador católico del siglo XX

♦♦Encuentre y descargue gratuitamente sus libros y artículos en el sitio 

www. pliniocorreadeoliveira.info

 

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 ENTREVISTA A S.A.I.R. DOM BERTRAND DE ORLEANS y BRAGANZA, PRINCIPE IMPERIAL DEL BRASIL – Sábado 11 de septiembre de 2021 a las 9 y 30 hs. pm (21.30 hora argentina)

♦ El 7 de septiembre multitudes llenaron las plazas de Brasil en apoyo al gobierno de Bolsonaro, demostrando un giro a la derecha. El Príncipe  Imperial y Real Dom Bertrand de Orléans y Braganza honró con su presencia estos eventos evocando un pasado glorioso , lo mejor del Brasil y sus nexos con la Civilización Cristiana.

Con esta conservatización,  ¿se habrán sepultado las metas del Foro de San Pablo? El Príncipe , en entrevista exclusiva, nos hablará sobre este tema. ¡No se lo pierda!

♦ Invitamos especialmente a nuestros lectores a participar de la entrevista en un momento  histórico crucial  como éste

 

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COMUNICADO DEL INSTITUTO PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA (IPCO)

Con motivo del 199º aniversario de la Independencia del Brasil – 7 de septiembre de 2021

La izquierda NO LOGRARA frenar el avance victorioso del BRASIL CRISTIANO

Ni provocar el DIVORCIO entre el Estado y la Nación

Nuestro amado Brasil alcanzará mañana su 200º aniversario de vida independiente, que culminará con las celebraciones del bicentenario en 2022. Para una nación, equivale a pasar de la juventud a la edad adulta, en la que definitivamente se consolida la ruta que seguirá en la historia de la humanidad.

Debemos, pues, aprovechar estos 365 días para meditar sobre nuestro pasado tan rico en tradiciones, nuestro presente tan dislacerado y nuestro futuro lleno de promesas o de amenazas, según el rumbo definitivo que adoptemos.

En esta coyuntura, el Instituto Plinio Corrêa de Oliveira desea brindar su contribución recordando algunas verdades fundamentales -que en la actualidad se tiende a confundir-, para que este gran proceso de discernimiento colectivo sea realmente fecundo:

  1. El Brasil debe tener presente que uno de sus primeros nombres fue «TIERRA DE LA SANTA CRUZ», y que si Dios lo dotó de tantas riquezas naturales, y de un pueblo inteligente, trabajador y benévolo, fue para hacerlo progresar en las vías de la civilización cristiana y servir de modelo a las naciones hermanas de América Latina, de modo a transformar el bloque en una gran potencia continental. No es casual que nuestro principal monumento sea el CRISTO REDENTOR y que en nuestro cielo brille la CRUZ del SUR.

  2. Los tres fundamentos de una civilización auténticamente cristiana y próspera son la TRADICIÓN, que transmite a las nuevas generaciones los valores religiosos y patrióticos; la FAMILIA, basada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer con el fin primordial de criar y educar a los hijos; y la PROPIEDAD PRIVADA, que favorece el espíritu de empresa y garantiza la libertad e independencia de los individuos y las familias ante el Estado.

  3. El COMUNISMO, en sus innumerables aspectos o máscaras, no es sólo una ideología equivocada y fracasada, sino también la mayor amenaza para el País y la civilización cristiana en nuestros días. La IGLESIA CATÓLICA lo ha condenado y clasificado como secta.

  4. Esa secta roja -que deduce de sus erróneos principios una peculiar concepción del hombre y de la sociedad- hoy vuelve a amenazar al Brasil y a afrentar la OPINIÓN de MILLONES de BRASILEÑOS que supieron decir a una sola voz NO al socialismo, NO al COMUNISMO, «nuestra bandera jamás será roja» y «quiero a mi BRASIL de vuelta». Sí, un Brasil ordenado, pacífico, hospitalario, que defiende la vida contra el aborto y la familia contra la ideología de género, consciente de que el progreso se logra con el trabajo honesto y no con la envidia, la lucha de clases y la invasión de tierras y edificios urbanos.

  5. El sentido común es una de las mejores características del brasileño medio, que no se deja llevar por el discurso estridente y superficial de la izquierda, que en este momento predica la desunión para intentar recuperar el poder y volver a la situación en la que un Estado ocupado por elementos de su ideología creó un abismo entre el BRASIL REAL, profundo, verdadero, y el BRASIL DE SUPERFICIE de los medios de comunicación de izquierda, y de ciertos sectores académicos y culturales de los grandes centros urbanos.

  6. Si las corrientes que se autodenominan «progresistas» logran alcanzar sus siniestros objetivos de reconquistar el Poder, se cumplirá el sombrío pronóstico formulado por Plinio Corrêa de Oliveira en 1987, durante los debates de la nueva Constitución, cuando advirtió que era necesario respetar los deseos profundos del brasileño medio.“Si esto no se diere», afirmaba el ilustre líder católico paulista, «es el caso de insistir en que el divorcio entre el país legal y el país real será inevitable». Se creará entonces una de esas situaciones históricas dramáticas, en las que la masa de la Nación sale del interior del Estado, y el Estado vive (si es que esto, para el Estado, es vivir), vacío de contenido auténticamente nacional.(…) Es yendo al encuentro de todas estas incertidumbres y riesgos, que el Estado brasileño estará expuesto a naufragar, mientras la Nación se constituya mansamente, hábilmente, irremediablemente al margen de un edificio legal en el que el pueblo no reconozca ninguna identidad consigo mismo. ¿Qué será entonces del Estado? Como un barco agrietado, se dejará penetrar por las aguas y se fragmentará en restos. Lo que pueda ocurrir con éstos es imprevisible».

7.Para conjurar esta amenaza, los brasileños de bien deben mantenerse unidos, rechazando las estridentes voces que predican el odio, y evitando la división interna instigada por una minoría articulada ideológicamente para cambiar el País en un sentido profundamente anticristiano. Deben permanecer no sólo unidos, sino resueltamente activos en su determinación de rescatar un Brasil fiel a sí mismo y no una marioneta de las ideologías anticristianas que han llevado a países otrora ricos, como Cuba y Venezuela, a la ruina.

Confiantes en la protección divina y en las bendiciones de NUESTRA SEÑORA APARECIDA, Reina y Patrona del Brasil, los miembros del Instituto Plinio Corrêa de Oliveira seguirán defendiendo públicamente, en las calles, avenidas y plazas de nuestra querida Patria, los valores cristianos que la alimentaron hasta ahora, y que harán de ella, en su etapa adulta, la gran potencia del tercer milenio.

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General Pedro Nicolás de Brizuela, Teniente de Gobernador de la Gobernación del Tucumán (s. XVII), fundador del Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta

Alcaldes indígenas del antiguo Virreinato del Perú – La mestización y la evangelización caracterizaron la obra colonizadora de España con Isabel la Católica y sus descendientes de la Casa de Austria – En tiempos de esta dinastía vino Pedro Nicolás a estas tierras

Casa de los Brizuela y Doria en el Alto de la Iglesia (antiguo Alto del Vínculo) – Fue la última construida durante la vigencia del Mayorazgo de San Sebastián (s. XIX)

Pedro Nicolás de Brizuela fue pionero de la agricultura y ganadería , construyó molinos e hizo la primera bodega de esta zona En el paisaje luminoso sañogasteño, se ven garzas blancas y caballos en medio de nogales y viñas

La señorial Imagen de Nuestra Señora de la Candelaria de Copacabana, Patrona de la Parroquia, fue traída por Pedro Nicolás de Brizuela del Alto Perú – Su Mayordoma es siempre una integrante de la familia Brizuela y Doria

 

Pedro Nicolás de Brizuela, un pionero de la Cristiandad

Luis María Mesquita Errea (*)

El General Pedro Nicolás de Brizuela, personaje destacado en la historia de la Argentina naciente del siglo XVII, llegó de España al territorio argentino, entonces parte del Virreinato del Perú, en 1632. Su familia –como declara en su testamento*- era de Sotoscuevas, jurisdicción del Corregimiento de Villarcayo, “cabeza de las siete merindades de Castilla la Vieja” (* = Archivo Mesquita-Brizuela y Doria, documento gentilmente facilitado en facsímil por el Lic. Alejandro Moyano Aliaga, Director del Archivo Histórico de Córdoba).

Entró por el puerto de Buenos Aires, en la expedición que traía al gobernador del Río de la Plata, Pedro Esteban de Avila, dirigiéndose a Córdoba, que ya era una de las ciudades principales del Tucumán, primera Gobernación que se fundó en el país que se iba formando, por decisión del Rey Católico Felipe II, con la bendición del Papa San Pío V que instituyó, a pedido del monarca, la primera diócesis argentina, el Obispado del Tucumán.

La razón por la que Brizuela se dirigió a Córdoba era que el Tucumán se encontraba en guerra con motivo de una rebelión de un grande y poderoso sector de indios de guerra, el “Gran Alzamiento Calchaquí”.

Las relaciones con los calchaquíes, desde la fundación de la primera ciudad argentina en 1550, si bien habían pasado por buenos momentos, tarde o temprano terminaban en enfrentamientos bélicos. No obstante, las autoridades nunca dejaban de aspirar a la conversión plena y pacificación de aquellos.

La fulminante I Guerra Calchaquí, movida en 1562 por el gran jefe don Juan Calchaquí, había casi aniquilado el Tucumán, destruyendo tres de sus cuatro ciudades, salvándose sólo su capital, Santiago del Estero. La “Madre de Ciudades” logró salvarse por la acción decidida de sus vecinos (propietarios y encomenderos que tenían la obligación personal de defensa, a riesgo de sus vidas), y por la protección de la Providencia (como católico, creo en la acción de Dios en la historia, frecuentemente a través de la Ssma. Virgen, como lo confirman muchos hechos y documentos).

Imagen de San Sebastián, reliquia familiar traída por Pedro Nicolás de Brizuela de su Castilla la Vieja natal

En la época que nos ocupa, otro gran jefe indígena, el Cacique Chalimín (del Valle de Hualfín, Catamarca), había logrado mover a una gran rebelión. Comenzó cuando el encomendero Urbina, su familia y un fraile franciscano fueron masacrados al amanecer y hechos comer por los perros; luego,  pueblos de indios amigos, haciendas y poblados fueron arrasados, con muerte de indios y españoles, las Iglesias fueron destruidas con profanación de hostias consagradas y de Imágenes,  capellanes y misioneros fueron cruelmente martirizados, como el sacerdote riojano Padre Torino, a quien los indios atiles colgaron de un árbol y descuartizaron falange por falange, hueso por hueso.

Las causas de la guerra fueron varias y no están debidamente esclarecidas. Se culpa al Gobernador don Felipe de Albornoz de haber ofendido a un hijo de Chalimín, de acuerdo al testimonio del historiador, Padre Lozano; pero éste dice también que el famoso corte de pelo del hijo del cacique fue a causa de “ciertos desmanes” que desconocemos. Por otro lado, 3 años antes que este gobernador llegase, los sacerdotes jesuitas de las misiones en el valle de Calchaquí las desampararon, porque sentían crecer la animadversión de los calchaquíes. Más tarde fue el episodio del corte de pelo, pero pasaron 3 años más sin que la guerra estallara, lo que ocurrió en 1630.

Fiestas Patronales de N.S. de la Candelaria y San Sebastián en Sañogasta, devociones iniciadas por Pedro Nicolás de Brizuela en la Capilla de San Sebastián de Sañogasta (Monumento Histórico Nacional)

El mismo gobernador Albornoz en sus cartas da como razón específica del inicio del Gran Alzamiento el descubrimiento que hizo el infeliz Urbina de una mina de oro. Los indios se rebelaron ante la perspectiva de trabajar en la mina, pero mostraron refinamientos de odio religioso y crueldad que revelan una problemática más honda y compleja que debe ser profundizada.

Lo cierto es que, por las razones que sean, los calchaquíes:

1)       iniciaron la guerra, y lo hicieron cometiendo crímenes terribles;

2)       por la extensión de la rebelión, amenazaban la subsistencia de las ciudades del Noroeste argentino, principalmente de La Rioja.

De esta manera, corría peligro de perderse el fruto de 8 décadas de labor, de importante grado de unión y fusión con el indígena, de enseñanza de primeras letras y evangelización, de desarrollo de ciudades, pueblos, fincas y estancias, de inauguración de una prestigiosa universidad y de establecimientos educativos, de hospitales, caminos y puertos, de industrias propias de cada zona y de comercio interregional, de nacimiento de una cultura propia que se expresó en poesía, en música folclórica, en el bello estilo colonial argentino.

Iglesia de San Sebastián de Sañogasta, fundada por Pedro Nicolás de Brizuela y Mariana Doria (s. XVII – M.H.N.)

De haber triunfado los calchaquíes rebelados, nada de civilización cristiana hubiese quedado en pie. Ni La Rioja, ni Salta, ni Tucumán, ni ninguna ciudad. Los indios del Tucumán hubieran sido sometidos por los calchaquíes con la vuelta a la situación anterior, de aislamiento y falta de progreso.

Por ese motivo, la guerra asumió ribetes religiosos y de servicio al bien común. Por la salvación o la destrucción de una civilización que, a pesar de sus limitaciones y defectos, tenía algo sagrado en su esencia: el fundamento cristiano de la sociedad, amparando a españoles, indios, negros y a los descendientes de los múltiples cruzamientos entre estas razas, que avanzaban hacia la fusión y homogeneización. Nacía el criollo, el americano, el argentino.

Esto explica, a mi entender, que en todo momento las ciudades y haciendas del Tucumán (como Santiago del Estero, Jujuy, Salta, San Miguel de Tucumán, La Rioja,  Córdoba,  y el Valle de Catamarca) tuvieran el apoyo decisivo de indios amigos que no querían ver la Religión Católica destruida, la vuelta a los brujos e ídolos, a las borracheras y ritos sangrientos, la desaparición de las escuelas de las Ordenes religiosas, de las ciudades, de las iglesias, de las estancias y chacras, de las reducciones de indios de paz.

 

Ante esa situación, Pedro Nicolás de Brizuela, por entonces con unos 26 años, se dirige a Córdoba a prestar servicios en esta guerra crucial para el futuro de la Argentina.

Era lo que Roberto Levillier llama “hidalgos de pro”: guerreros que combatían “a su costa y minción”, sin pago ni ayuda material. Hacer la guerra en estas condiciones, requería tener una buena situación económica, señal de que Pedro Nicolás la tenía. Además, exigía mucho valor pelear contra los aguerridos indios calchaquíes, que tenían hábiles tácticas de guerra, coraje, atacaban por sorpresa, envenenaban aguas, cortaban acequias, provocaban devastadores derrumbes de lo alto de los cerros y eran, en cantidad, abrumadoramente más numerosos que los españoles y contaban con las caballadas que les iban tomando.

Deben haber pesado en Pedro Nicolás de Brizuela dos motivaciones principales.

Primero, su sangre de hidalgo, o noble caballero, pública y notoria entre sus contemporáneos. Esa condición le permitió formar una familia con una persona de su misma calidad, la riojana Doña Mariana Doria, hija de encomenderos y vecinos principales de Santiago del Estero. (El uso de “don” o “doña” denotaba nobleza muy notoria; era un privilegio de que gozaban ciertas familias nobles españolas e indígenas; los caciques , luego de su bautismo, eran conocidos como “don Juan Calchaquí”, “doña Marina”, “don Rodrigo Cacique” –el hijo de Chalimín, luego de la guerra-, etc.).

El hidalgo español era un guerrero cristiano excelente, que luchó durante ocho siglos en la Reconquista española contra los infieles musulmanes, y contra otros enemigos en el rol de defensor de la Cristiandad.

Estos hidalgos, que protagonizaron la gesta colonizadora de América, estaban siempre dispuestos a defender y servir al Rey, que encarnaba la patria, y al Papa, que representa a la Iglesia, lo que se expresaba en la fórmula “servir a las dos Majestades”.

La rebelión de los calchaquíes era vista por ellos como una nueva guerra contra infieles, contra enemigos de la Cristiandad, a quienes no se trataba de aniquilar pero sí de vencer para impedir que consumaran la destrucción de lo que se había logrado con tanto esfuerzo.

En segundo lugar, consideraban que, arriesgando su caudal en armarse  e ir a la guerra, en un momento crucial en que los españoles y criollos eran una pequeña minoría, a vivir en situación de disponibilidad y riesgo permanente, con altas probabilidades de morir o ser martirizados, de dejar huérfanos a sus hijos y viudas a sus mujeres y de perderlo todo, los hacía acreedores al reconocimiento del Rey.

“Era una muy honrosa designación –dice Félix Luna, refiriéndose al nombramiento Don Alvaro de Luna y Cárdenas como jefe de un tercio riojano, en 1680-, aunque resultaba gravosa para los vecinos, que debían abandonar familia, sembrados y cosechas para concurrir de su peculio a campañas que podían durar muchos meses” (“Los Luna”, ed. 2004, p. 51).

Esperaban que, si la muerte no los sorprendía en la guerra -en cuyo caso irían al Cielo por dar su vida en defensa de la Fe-, Su Majestad Católica les “haría merced”, concediéndoles tierras –que eran abundantes en estas zonas aún hoy poco pobladas- y dándoles encomiendas de indios.

El encomendero recibía un grupo de indios a su cargo (muchos o pocos, había distintas situaciones). Debía ampararlos, ocuparse de su evangelización y recibir de ellos el pago del impuesto que les correspondía, como hombres libres; y –por otra parte- el servicio remunerado de trabajar sus tierras, mediante turnos y condiciones pactados con sus jefes o curacas. No podía “poner los pies” en el poblado indígena (Levillier).

Más allá del beneficio económico del pago de la tasa –que podía ser nulo, módico o grande, según las situaciones- confería prestigio. Ser vecino feudatario o encomendero era como un título de nobleza, muy apreciado en la época.

Con este doble objetivo de prestar un valioso servicio con la esperanza incierta de recibir una recompensa, que estaba en el espíritu de los “hidalgos de pro”, intervino Pedro Nicolás de Brizuela en el Gran Alzamiento Calchaquí en defensa de la Cristiandad tucumanense.

Esta II Guerra Calchaquí conocida como  “Gran Alzamiento”, como expongo en el trabajo de seminario “Pedro Nicolás de Brizuela – Conquistador, encomendero y fundador – Protector del indio y gobernante”)., se dividió en cuatro etapas, que duraron un total de 16 años (1630-1646). El alcance de este artículo no permite entrar en detalles, pero diremos lo imprescindible relacionado con el soldado Brizuela.

En la primera etapa, las parcialidades diaguito-calchaquíes que  seguían al Cacique Chalimín en esta zona sur del Tucumán intentaron destruir la ciudad de Londres y haciendas cercanas, las haciendas del Valle de Catamarca y la Ciudad de La Rioja.

Amenazada gravemente varias veces, debió La Rioja solicitar la ayuda de Córdoba. El jefe que se destacó, del lado hispano-indígena cristiano, era un criollo, nacido en estas tierras, el Gral. Jerónimo Luis de Cabrera (nieto del fundador de Córdoba).

Le tocó luchar contra el terrible Chalimín. Al principio fue derrotado por éste, que lo obligó a abandonar la ciudad de Londres. Pensemos en lo que significa abandonar una ciudad, entonces y ahora: algo tremendo. Perder casi todo…

Pero Cabrera logró ejecutar con maestría algo muy difícil: poner toda la población de Londres en sus carretas y llevarla sana y salva a La Rioja, perseguido por las fuerzas enemigas.

Cuando llegó a La Rioja, ésta era atacada por indios a caballo, portando antorchas incendiarias. Sin tiempo de descansar, logró salvar la ciudad. Y esto se repitió.

Es entonces cuando entra en escena Pedro Nicolás de Brizuela. Llega desde Córdoba para sumarse a estas fuerzas, como guerrero por cuenta propia, en lo económico, y bajo las órdenes del General Cabrera.

Brizuela era infante y combatía con arcabuz. Era toda una especialidad manejar estas armas, que había que recargar mientras las flechas y asaltos del enemigo repartían la muerte por todas partes.

Las probanzas del citado guerrero son concluyentes. No fue un soldado común. Fue un guerrero excepcional; lo digo con todas las letras. Excepcional por su coraje y serenidad, por la obediencia a sus oficiales, por su entereza. Le tocaron misiones siempre difíciles y muy arriesgadas. Ir a pie toda la noche por el Famatina; llegar a destino y no tener nada para comer salvo “un poco de nieve”. Llegar con los pies lastimados, chorreando sangre. Cuidar la parte más difícil, donde el enemigo pegaba más fuerte: la retaguardia.

Pues la táctica de Cabrera era hacer frente a Chalimín, tomarle prisioneros y retirarse –en lo posible- ordenadamente. Así, el “frente” que daba al enemigo era justamente la parte de atrás, donde siempre se ponía a Brizuela a encabezar el grupo de ocho o nueve guerreros de quienes dependía la seguridad de todo “el campo”, como se llamaba al contingente guerrero, acompañantes y prisioneros.

En esta difícil posición, fue herido muchas veces, y gravemente. Una vez estuvo a punto de ser quemado. Otra vez protagonizó un hecho increíble, ganando una batalla para el ejército del Gral. Cabrera con un tiro de arcabuz.

Oigamos algo tomado al vivo de la declaración de un testigo en el expediente de probanzas levantado ante el Cabildo de La Rioja (doc. original en el Archivo Hist. de Córdoba, gentilmente cedido por su Director, Lic. Moyano Aliaga).

2ª pregunta:

  • Entra al Valle de Guandacol y Capayanes con Don Jerónimo Luys de Cabrera; se obtienen felices sucesos
  • Para sorprender al enemigo en Guatungasta hacen una durísima marcha de 24 horas por los altos del Famatina
  • Atacan una junta de 500 indios en Tinogasta, le causan bajas y toman 150 prisioneros, con buen suceso
  • Se guarecen en una Iglesia quemada; los 27 españoles son atacados por fuerzas de Chalimín capitaneadas por un Indio Belicoso que intenta capturarlo; lo mata con su arcabuz: el enemigo se retira
  • Al alba son atacados; para poder marchar, Cabrera designa 8 soldados de satisfacción para defender la retaguardia; marchan dos leguas peleando, Brizuela es herido, se consolida la victoria.

 

(Pregunta a los testigos): Si saben que el dicho Pedro Nicolas de Brizuela continuando el Real Servicio salio a muchas ocasiones a campear a la jurisdicción de esta Ciudad y de la de Londres y como (fo 17) tal soldado acudio a todo lo que se ofrecía del Real Servicio, peleando con valor contra los Indios enemigos como fue en todas las corredurías de que se tubieron felices sucesos, especialmente en la entrada del Valle de Guandacol y Capayanes que se habían retirado, y tenido noticia de que estaban metidos en el Valle de Guatungasta para tomarlos por las espaldas, el dicho General don Jerónimo (L. de Cabrera)  envió doce soldados a pie con ochenta amigos por unas cordilleras asperísimas y entre los doce fue el dicho Pedro de Brizuela y como las sierras eran asperas pasaron mucho trabajo caminando veinticuatro horas a pie sin parar y sin comida, descalzos, por solo cumplir la orden de su General, y encontrarse con el atajando el paso, y con notable riesgo de las vidas llegaron a ocasión de que mediante esta diligencia otro dia hallaron al enemigo en Junta de quinientos Indios y peleando con ellos en el Valle de Tinogasta se les mató muchos y se tomaron ciento  cincuenta prisioneros y acabada esta acción , y buen suceso, el dicho General se retiró a una Iglesia quemada donde no siendo mas de veinte y siete Españoles y estando con riesgo volvio el enemigo con socorro que tuvieron del Cacique Chalimin a embestir aquella tarde al Real cercándole por todas partes y habiendo un Indio Belicoso que traía el  dicho socorro apretado con valor y obstinación, el dicho Pedro de Brizuela con animo le esperó, habiendo embestido con cinco Indios a quererle tomar a mano y tirándole con el arcabuz lo derribó muerto, con lo que (fo 18) la junta se retiró hasta el otro dia; que al cuarto del alba volvio el enemigo a dar sobre el Real y apretarle de forma que para poder salir y marchar se dispuso por el dicho General escogiendo para la retaguardia ocho soldados  de mas satisfacción y entre ellos al dicho Pedro de Brizuela los cuales marchando y defendiéndose dos leguas a pie salio herido el suso dicho (y) con aquella victoria se ganó por las razones dichas =

Cinco testigos calificados que se encontraron en esta campaña declaran con lujo de detalles corroborando todo lo que se intenta saber en la pregunta. Y esto es sólo una parte de los hechos.

Carlos Decaro sintetiza su desempeño guerrero con la siguiente frase: “Su actuación fue tan destacada, que sus acciones podrían llenar capítulos enteros de aventuras increíbles…” (“Reseña Histórica de la Ciudad de Chilecito y sus Distritos”, Lic. Efraín de la Fuente – Prof. Carlos Decaro, Ed. Auspiciada por el Min. de Salud y Educación de la Prov. de La Rioja y por el Hon. Concejo Deliberante de Chilecito, año 2003, p. 52).

No queremos hacer un panegírico de Pedro Nicolás de Brizuela. Apenas relatar lo que surge convincentemente de sus probanzas y certificaciones otorgadas por los Gobernadores y Cabildos del Tucumán. Lo que surge con meridiana claridad de esos testimonios es que fue un guerrero de un coraje y efectividad fuera de lo común, de gran lealtad y muy sacrificado. Fue herido numerosas veces, pero no desfalleció. Siempre guerreó y a fuerza de buen pelear prestó una contribución importantísima a la sociedad criolla que intentaba penosamente consolidarse. Lo hizo derramando generosamente su sangre. Pero además se desprende de los documentos que había algo en su persona que le hacía granjearse el respeto y la estimación general. De lo que declaran los testigos tomamos una frase de la declaración del Capitán Sebastián de Sotomayor:

“y asi en esta ocasión como en todas las demás que ha dicho,  este testigo siempre lo ha visto y han andado juntos, por lo cual ha sido honrado y estimado,  y por su persona y nobleza ha sido Alcalde electo de la Santa hermandad en esta Ciudad y esto responde” = (cf. L. Mesquita, “Pedro Nicolás de Brizuela…”, op. cit., cap. II, p. 50).

 

***

Lo visto anteriormente nos permite formarnos una idea veraz de la personalidad y la actuación de Pedro Nicolás de Brizuela. Estaba en plena juventud y vigor, esforzándose denodadamente en la lucha en defensa de La Rioja, amenazada de correr la misma suerte de Londres –ciudad arrasada por las huestes de Chalimín luego de su abandono forzado- y labrando un porvenir para él y su familia.

Su valiente comportamiento y las calidades de su persona le granjearon simpatía y prestigio. Los vecinos feudatarios de La Rioja lo acogieron con estima en ese medio abierto a personas nobles y heroicas.

Así, pasó a desempeñar durante toda su vida diferentes cargos en el Cabildo riojano: Alcalde ordinario, Fiel Ejecutor y Alcalde de la Santa Hermandad. Era el Cabildo una institución clave en las ciudades virreinales: era el motor de la vida de la ciudad; tenía funciones de gobierno comunal, de justicia, de control de pesos y medidas, de policía y de defensa.

Todo ello se basaba en la fidelidad a “las dos Majestades” –el Papa y el Rey, la Iglesia y el reino o estado. Esa lealtad era la base del sistema y guarda afinidad con el sistema feudal, del que dijo la famosa historiadora Régine Pernoud que fue el único sistema en la Historia basado en la fidelidad.

Entre los cargos que ocupó Pedro Nicolás de Brizuela como alcalde, miembro del Cabildo, fue uno de los más honrosos: el de Procurador de la Ciudad de La Rioja. El Procurador representaba a la ciudad ante el Gobernador de la Provincia del Tucumán, con sede en Santiago del Estero. Era, si se quiere, como un embajador, que abogaba por sus intereses. Es evidente que tenía que ser una persona que gozara de la general confianza y estimación. Y que estuviera dispuesta a recorrer grandes distancias para cumplir su noble misión.

Entre tanto, hemos dicho que el Gran Alzamiento Calchaquí pasó por 4 etapas. Al finalizar la primera, Jerónimo Luis de Cabrera se retiró a Santiago. No pudo o no se empeñó en terminar la guerra. Pero contuvo al Cacique Chalimín impidiéndole extender su poderío de manera que pudiera amenazar La Rioja, el Famatina o el Valle de Catamarca. No muy lejos de su centro de operaciones –el Valle de Hualfín- Cabrera reedificó la destruida ciudad de Londres: es la que se conoce como Londres de Pomán, o San Juan Bautista de la Rivera de Pomán.

Fue un paso estratégico fundar un fuerte allí, a las espaldas del Cerro Ambato, cerca del Valle amparado por la Virgen, como reconocen los historiadores Bruno y Ramón Rosa Olmos, mal que les pese a las personas escépticas. Desde el Valle de Catamarca se podría socorrer al Fuerte y ciudad de Londres de Pomán.

En la segunda etapa, el Teniente de Gobernador de esta ciudad, el valeroso Ramírez de Contreras, luego de arduas luchas, idas y venidas que le demandaron esfuerzos espantosos y jornadas tremendas, logró vencer a Chalimín. Este cacique, que tenía árbol de justicia y castigaba arbitrariamente con la muerte a los indios e indias que no merecían su confianza, fue duramente ejecutado por Ramírez de Contreras. El alzamiento sufrió una gran pérdida en este curaca valiente y cruel.

En la tercera etapa, los indios rebelados volvieron a organizarse y a asolar las regiones catamarqueñas y riojanas (no hablamos de las del norte por escapar al tema). Se destacó el célebre encomendero y jefe militar Nieva y Castilla. Como era habitual, tuvo que poner mucho de su hacienda, arriesgar su vida y la de los suyos. Pero su gestión fue eficaz en amparar las ciudades y haciendas, impidiendo su destrucción.

Entre tanto, Pedro Nicolás de Brizuela, por los servicios tan grandes que había prestado y los que continuaba prestando, había ascendido notablemente en la carrera militar que iniciara, a semejanza de los guerreros medievales que ponían su destreza al servicio del reino, a su “costa y minción”. Había ganado una dura y rica experiencia. Se había familiarizado con el lugar, con los indios, con sus costumbres guerreras y su idiosincrasia.

El conocimiento profundo de estos elementos como también de la sociedad española, a la que pertenecía por sangre y ambiente, y cualidades eminentes de gobierno hicieron que fuera destinado para una de las misiones más delicadas que existían entonces: la de Visitador de Encomiendas.

El Visitador de Encomiendas tenía funciones que tenían analogía con lo judicial. Debía visitar a los indios en sus pueblos o reducciones y también en las haciendas de los encomenderos en que prestaban servicios. Interrogarlos para saber cómo cumplían los encomenderos sus obligaciones.

La institución de la encomienda, como su nombre lo indica, viene de encomendar un grupo de aborígenes a una persona que, idealmente, debía ser un buen cristiano, pues era responsable de ampararlos de ataques de otros indios o de quien fuera, y proveer a su evangelización, reuniéndolos en lugares apropiados y pagar los gastos del cura doctrinero.

Era un vecino, debía tener casa en la ciudad, y también mercedes de tierras. Por sus funciones, era un promotor nato del progreso, pues estaba en su interés y en el de todos que trajese adelantos, semillas, plantas, plantines y sistemas o maquinarias para el trabajo artesanal de las industrias caseras, como el hilado de algodón, la carpintería, la elaboración de vinos y aguardientes, etc. Los intereses del vecino feudatario o encomendero eran los de la sociedad toda, dice Roberto Levillier.

Por lo tanto la misión de visitar los indios encomendados era doblemente delicada: tenía que satisfacer a los indios y en lo posible no perjudicar a los encomenderos. Pero lo que primaba era la justicia.

A su vez el encomendero, por esas funciones benéficas para el indio, cobraba la tasa o impuesto que éste, como vasallo libre, debía aportar. Como el indio aportaba también la mano de obra para el trabajo de las fincas e industrias artesanales, el encomendero debía pagarle esos servicios. Era común que –aunque no estaba permitido- el impuesto –en lugar de pagarlo en plata o mercaderías- lo pagase con su trabajo. Y si trabajaba de más, el encomendero debía pagarle el jornal correspondiente.

Pedro Nicolás de Brizuela cumplió sus funciones de Visitador de Encomiendas con gran satisfacción de los indios. Les hizo las cuentas y como, en muchos casos, los encomenderos les quedaban debiendo, esto les permitió a unos cobrar, y a otros ponerse al día. Sabemos al menos que los indios quedaron muy contentos. Esperemos que los encomenderos también…, pues se consideraba que “desagraviar a los indios” era un servicio al bien común.

El Gobernador Acosta y Padilla certificó este alto servicio refiriéndose a “los buenos medios que ha usado” (…): “y asimismo en el desagravio de los Indios naturales de las dos jurisdicciones de ambas ciudades (La Rioja y San Juan Bautista de la Rivera o Londres de Pomán) haciéndoles pagar mucha cantidad que les debían sus encomenderos en la Visita que por mi orden hizo (…)” (Certificación expedida en Salta el 25 de mayo de 1650; v. texto en L. Mesquita, “Pedro Nicolás de Brizuela – Conquistador, encomendero y fundador – Protector del indio y gobernante”, cap. V, p. 83).

El buen éxito con que desempeñó varias difíciles misiones, hizo que el Gobernador Gutierre de Acosta y Padilla pensara en él para otra obra imprescindible: terminar con el Gran Alzamiento Calchaquí. A tal fin, lo nombró Teniente de Gobernador de La Rioja, Capitán a guerra y Justicia mayor de La Rioja, revistiéndolo de la máxima autoridad, como representante del Gobernador en la ciudad y territorio riojano, con funciones de gobierno, máxima instancia judicial local y comando superior de la fuerza militar.

Podemos medir lo que significaba esta honrosa designación. Se había alistado como un guerrero o soldado voluntario, “hidalgo de pro” sin grado específico. Ahora comandaba las fuerzas de españoles, criollos e indios amigos para acometer un difícil objetivo militar: terminar con el alzamiento, lo que debía hacer con “los Vecinos encomenderos de la Ciudad de la Rioxa y los de la de Londres e Indios amigos de ambas jurisdicciones” (certificación citada).

El hombre fuerte de los indios rebeldes era el mentado Cacique Utimba, que había dado grandes dolores de cabeza al bando cristiano.

Las certificaciones elocuentes del Gobernador Acosta y Padilla, y del Cabildo de la ciudad de San Juan Bautista de la Rivera de Pomán (la Londres reedificada a espaldas del Ambato), describen su accionar, que consistió básicamente en dos ofensivas.

Una fue una especie de golpe psicológico. Reunió todas las fuerzas que pudo de vecinos feudatarios, soldados e indios amigos. Y con ellos se dirigió en persona a Pituil, “de donde envió  a llamar a los Indios abaucanes asegurándoles en nombre de Su Majestad, y mío –dice el Gobernador- perdón de sus delitos si diesen la obediencia y sino que los avía de sujetar por fuerza”. Tres veces tuvo que hacerles la severa advertencia, luego de lo cual se presentaron los indios rebeldes, enviándolos al pueblo de Anguinán, donde se radicaron.

El “ardid de guerra” incruento dio resultado. La pacificación se iba extendiendo.

La segunda acción no pudo limitarse a esto. Fue una acción guerrera que muestra la inteligencia de su obrar y el ascendiente que había logrado sobre los vasallos indios del Rey Católico, por su trato recto, su bondad y su generosidad. Puede sonar a “leyenda”, pero nos lo dicen los documentos y el resultado que finalmente obtuvo, como veremos enseguida.

Sus guerreros indígenas fueron quienes, siguiendo sus instrucciones, se dirigieron al eternamente rebelde Valle de Hualfín y combatieron con los indios alzados contra la sociedad cristiana. Y triunfaron. Muchos prisioneros fueron tomados, entre ellos familiares próximos del temible Cacique Utimba.

Ante esa situación, el guerrero optó por deponer las armas y entregarse. ¿Qué significó esto?

Que el Superintendente de Guerra de La Rioja, Londres y Valle de Catamarca, Pedro Nicolás de Brizuela logró nada menos que darle fin al Gran Alzamiento Calchaquí. Usando de buenos medios, en todo lo que la guerra permite.

Así consta en las palabras del Gobernador Acosta y Padilla: Enterado de la derrota incruenta de los abaucanes, “le nombré por Superintendente de las materias de guerra de la dicha Ciudad de la Rioxa y de la de Londres y Valle de Catamarca para que mejor pudiese obrar hasta la conclusión de la guerra y habiéndose recibido y presentado el dicho titulo (de Superintendente de Guerra) bajó al dicho Fuerte del pantano, e hizo Junta General de Indios amigos de ambas jurisdicciones, y nombrando los Cabos (jefes) y dándoles mantenimientos de harina y cantidad de vacas a su costa del dicho General (Brizuela), los despachó al pueblo de Malfin (Hualfin) adonde se peleó con el enemigo y se le tomaron quarenta prisioneros (entre) los Indios más belicosos y entre ellos un hijo de Utimba, Cacique el más principal del Valle de Calchaquí y se trajeron al dicho Fuerte del Pantano; de esta acción y de haber   ejecutado mis Ordenes con tanta puntualidad, concierto,  valor y brío ha resultado la paz de aquellas fronteras por lo cual le nombré General de ellas, La Rioxa, Londres y Valle de Catamarca, y en el tiempo que lo ha sido hasta hoy, que asi mismo lo es, ha acudido y acude a la Conservación de ellas en lo de Justicia y guerra, con (lo) que las dichas fronteras han estado, y estan quietas y pacificadas por los buenos medios de que ha usado  (…).

Oigamos las palabras agradecidas de los cabildantes de San Juan Bautista de la Rivera de Londres (Pomán):

“De estas (fo 7)  acciones obradas con tan buen acierto y Resolución se ha seguido la total paz, y tranquilidad de toda esta Jurisdicción así porque el dicho Capitán Pedro Nicolas de Brizuela ha procedido con grande entereza rectitud y brío en el servicio de Vuestra Majestad, gastando en el avío (equipamiento) y socorros que ha dado para el despacho de la gente para los dichos efectos cantidad de hacienda, vacas y otros avíos (aportes materiales, pertrechos), como personalmente con puntualidad, desvelo y vigilancia agasajo y buenos respetos, obligando a los Soldados y a los Indios amigos,  acudiéndoles y socorriéndoles  en lo  que han habido menester sin haber tenido interés ninguno ni movídole más que el Servir a Vra Magd, concluyendo guerra tan penosa que a mas de dieciséis años que duraba con muchas muertes de españoles y daños de hacienda que causaron en        | ||la Ciudad que hicieron despoblar (Londres) y su distrito y hoy se halla toda esta tierra casi sin cuidado y en toda quietud. Por lo cual es merecedor el dicho Capitán Pedro Nicolás de Brizuela de que Vra Magestad le honrre y haga merced. Porque esto es verdad lo Certificamos y damos fee y lo firmamos de nros nombres (…) en el libro de (fo 8) nro acuerdo queda la razon de esta Certificación para que en todo tiempo Conste,  que es fecho en la Ciudad de San Juan de la Rivera en Siete días del mes de Diciembre de mil y seiscientos y quarenta y siete años.  Pedro Sanchez de Herrera = Antonio de Iriarte = Gonzalo de Barrionuevo = Pedro Sanches de Herrera y Vega = Jerónimo Sánchez deaspitía =

Es notable todo lo que nos dicen estas certificaciones del modo de obrar del ya entonces General Pedro Nicolás de Brizuela. Dejamos al lector que lo analice y extraiga sus propias conclusiones.

OTRAS IMPORTANTES FUNCIONES DESEMPEÑADAS

Lo visto anteriormente es suficiente para formarnos una idea del desempeño de Pedro Nicolás de Brizuela.

Su lealtad y efectividad de hidalgo, de “vasallo de buen servicio” fueron el secreto de su brillo en la Gobernación.

Fue Teniente de Gobernador en La Rioja.

No sólo en el Tucumán prestó servicios. Durante la Gobernación del Paraguay del Oidor don Andrés de León Garabito, necesitando de una persona de confianza para secundarlo, pensó en él. Obtuvo el permiso del gobernador del Tucumán para llevarlo al Gral. Brizuela a las lejanas tierras paraguayas en 1649, como de costumbre, a su costa y minción. No se piense que iban a enriquecer. Iban a servir. Y lo hacían generosamente.

Gastó en ello mucho caudal propio y regresó al Tucumán cargado de honras y experiencia, luego de más de dos años de gestión.

Así consta en la certificación de servicios otorgada por el Gobernador del Tucumán Alonso de Mercado y Villacorta:

“y pasando a governar las Provincias del Paraguai el señor Licenciado don Andres de Leon Garavito –Oydor de la Real Audiencia de la plata, teniendo rason de su capacidad, y experiencia y la permision deste dicho Govierno, le llebo consigo para la asistencia de los negocios del servicio de su Magd en que iba empleado, dilatado viaje en que gasto dos años y mucho caudal proprio volviendo con nueba graduación , y experiencias (…)” (L. Mesquita, o.c., p. 96).

Unas dos décadas después de su gestión en el Paraguay, Pedro Nicolás de Brizuela seguía prestando servicios a la causa pública. Recordemos que la dedicación al bien común de la sociedad civil es lo que caracteriza el estado de un hidalgo o caballero, de acuerdo al concepto cristiano de nobleza (así como un religioso se dedica por estado al bien común religioso).

Acababa de finalizar la última Guerra Calchaquí (1658-1667), movida por el falso Inca Pedro Bohórquez, y continuada obstinadamente por algunos caciques rebeldes y sus guerreros, que preferían despeñar a sus mujeres e hijos y suicidarse antes que aceptar la pacificación y someterse a la autoridad hispana (ver, entre otros: “El Tucumán”, Ed. Dunken, año 2003, y “El Segundo Levantamiento Calchaquí”, Univ. Nac. de Tucumán, de Adela F. A. de Schorr; “Pedro Bohórquez – El Inca del Tucumán”, Teresa Piossek Prebisch, Ed. Magna).

Refiere el historiador Prudencio Bustos Argañaraz que “Mercado y Villacorta, a quien le tocó gobernar durante la segunda guerra de Calchaquí (segunda del siglo XVII, y tercera si se toma como primera la del siglo XVI), era muy celoso en la defensa de los naturales”. Por eso quiso organizar inmediatamente después de terminada la contienda una Visita a las Encomiendas y pensó en Pedro Nicolás de Brizuela para hacerse cargo de ella, pues consideró que reunía las condiciones de “singular confianza” para esta delicada misión.

Es edificante considerar que Mercado y Villacorta fue el vencedor de los indios alzados en esta guerra, así como el Gral. Brizuela había concluido victoriosamente la anterior. Y que ambos se destacaban por su amor y afán en proteger a los naturales. Combatividad y paternal protección del más débil que no se excluyen en el espíritu de un caballero católico.

No hay contradicción en esto, aunque a algunos les cueste entender lo que es el espíritu caballeresco. Enfrentar las tribus rebeldes fue un doloroso deber impuesto por las circunstancias del alzamiento, para evitar la destrucción de la civilización hispano-indígena tucumanense, que ya contaba con casi 120 años de existencia. Y amparar a los vasallos indios del Rey Católico, ya fuesen indios amigos o rebeldes pacificados, era otro deber igualmente necesario, que un caballero cristiano prestaría con amor y dedicación.

Como fue en la Visita anterior, su gestión desagravió a los indios repartidos en encomienda luego de la III Guerra Calchaquí. Su buen desempeño es actualmente elogiado por modernos investigadores, que destacan la dedicación y efectividad con que cumplió sus funciones de Juez Visitador (“La visita de Luján de Vargas a las encomiendas de La Rioja y Jujuy (1693-1694) Estudios preliminares y fuentes”, Roxana Boixadós – Carlos Eduardo Zanolli, Ed. Univ. Nac. de Quilmes,  Bernal, 2003, p. 26).

El Gobernador Mercado y Villacorta expresó su satisfacción en estos términos: “… y necesitando por segunda vez en mi tiempo y por el año pasado de sesenta y siete (…) las encomiendas de dichas Ciudades de la Rioxa y Londres de paga y desagravio general de servicio (f° 3),  puse a cargo de dicho Teniente General Pedro Nicolás de Brizuela esta singular confianza, que desempeñó con desinterés, con ejecución y con celo, (…) poniendo en modo y reparo mucha mal introducida costumbre con alibio y satisfacción” de los naturales (L. Mesquita, “Pedro Nicolás de Brizuela… cit., p. 79).

Estaba en el ápice de su carrera y ya orillando la vejez.

El Gobernador del Tucumán, conforme por su desempeño en la Visita a los indios, le confió entonces el cargo de mayor responsabilidad que había, luego del de Gobernador:

Teniente General de la Gobernación del Tucumán. Eran funciones de Vice-Gobernador, como dice Bustos Argañaraz, que ya había prestado en el Paraguay, pero ahora en la esfera tucumanense.

Así consta en la certificación expedida por el Gobernador:

“…y dispuesto así dicho desagravio (a los naturales) , y muriendo a este tiempo en la Ciudad de Córdoba mi lugartheniente General Graviel Sarmiento de Vega, puse en persona de dicho maestro de Campo Pedro Nicolas de Brizuela, el acierto de esta elección nombrándole por mi lugartheniente General,  Justicia mayor y Capitán a guerra de esta dicha provincia con residencia en dicha ciudad, de Cordoba…” (L. Mesquita, op. cit., p. 91).

Es interesante considerar la variedad de funciones que estuvieron a su cargo desde marzo de 1668 a junio de 1670, durante su desempeño como Teniente General de la Gobernación del Tucumán, que implicaban ser buen juez y buen gobernante, reemplazar al Gobernador, ejercer el mando militar superior, amparar a los vasallos españoles, criollos e indios y a todos los habitantes y presidir el Cabildo. Esta capacidad para ejercer con acierto tan variadas funciones fue una característica de los grandes hombres que forjaron la Argentina naciente, en aquellos tiempos difíciles. Ellos constituían, así, un noble arquetipo de vecino y estadista propio de nuestra Historia, que llevaron a un ápice las descollantes figuras de fundadores y colonizadores como Pérez de Zurita, Jerónimo Luis de Cabrera, Francisco de Argañaraz y Murguía, Hernandarias, Garay, Juan Ramírez de Velasco y tantos otros.

Entre los aspectos dignos de destaque de su gestión de Teniente General cabe citar la organización de un fuerte contingente militar para socorrer a Buenos Aires. Para comandarlo, el Gobernador le expidió el título de Maestre de Campo de esas fuerzas.

Otro caso que tuvo gran repercusión fue la caballeresca habilidad con que manejó el caso del Oidor don Francisco de Meneses, Presidente de la Real Audiencia de Chile. Era un importante personaje que debía custodiar, por encontrarse detenido bajo su jurisdicción, y al mismo tiempo tratarlo con toda la deferencia debida a su cargo y jerarquía.

Así lo relata expresivamente Mercado y Villacorta:

“…y aunque fueron muchos los casos y negocios del Real Servicio en que dicho Theniente General (fo 4) dio correspondiente satisfacción a la obligación que, con especial atención, y desvelo, lo que obró cuydadoso en el cumplimiento de las Ordenes con que vino remitido por preso a esta dicha provincia (el Tucumán) y a dicha ciudad de Cordoba  el Señor Presidente que fue de (la Real Audiencia de) Chile Don Fran° Meneses, y en la disposición de las diligencias que se advertían por requisitos de dicho Reyno (Chile) y demás dificultades y embarazos que causó este accidente,  en el dilatado espacio de más de un año que le tuvo a su cargo resultándole  de este empeño de tan irregular experiencia y de  lo con él sucedido, un señalado crédito en estas provincias y en los tribunales Superiores a quien tocó regular la materia” (L. Mesquita, op. cit., p. 102).

En resumen, su gestión de gobierno se caracterizó por cuatro notas características : acierto, verdad, limpieza y cordura:

“…procediendo dicho Theniente General así con el apresto de dichas Compañías (las fuerzas militares que organizó para el socorro de Buenos Aires) y como en el uso de los cargos e administración de justicia y Gobierno de la Republica con un acierto, y desempeño de verdad, de limpieza , y cordura bien observado del Señor Presidente y Real Audiencia de Buenos Ayres y todo el cuerpo de avistadores en ambos fueros y con más particular conocimiento, y aprobación del Gobierno desta dha provincia” (Certificación de servicios de Pedro Nicolás de Brizuela por el Gobernador Mercado y Villacorta; ibid., p. 100).

El elevado concepto que mereció el Gral. Brizuela por parte de Don Alonso de Mercado y Villacorta lo llevó a expresar que lo consideraba digno de ser nombrado Gobernador del Tucumán. Aunque este nombramiento no tuvo lugar, el testimonio de un personaje tan destacado nos permite conocer más a fondo la figura que estamos investigando: “…y por ser así todo lo referido,  por haber pasado lo más a mi vista y por juzgar a dicho Teniente General Pedro Nicolás de Brizuela por digno de ser recompensado con cualquiera merced y empleo aunque sea con el del Gobierno de esta dicha  Provincia en cuya tenencia General queda al presente continuado el adquirido merito…” (ibid., p. 102).

He aquí descripta, con apoyo en los documentos de época, la notable foja de servicios del General Pedro Nicolás de Brizuela.

Faltaría decir algo de su obra como pionero en el Oeste riojano.

PIONERO EN EL OESTE RIOJANO: FUNDADOR DE LA FE CATOLICA EN EL PUEBLO DE SAÑOGASTA – ADELANTOS EN LA AGRICULTURA Y EN LA INDUSTRIA ARTESANAL

Ya hemos explicado cómo era acorde a las costumbres de la época, que ciertos caballeros de iniciativa y valor prestasen importantes servicios al bien común, en la defensa o en el gobierno, sin recibir una remuneración, con la esperanza de obtener una recompensa.

“En virtud de la acumulación de méritos y servicios a favor de la Corona, los españoles estaban en condiciones de solicitar al Rey las justas remuneraciones: las encomiendas de indios y la propiedad de la tierra” (Dra. Roxana Boixadós, “Familia, herencia e identidad. Las estrategias de reproducción de la élite en La Rioja colonial”).

La recompensa esperada era de dos tipos, que muchas veces se combinaban:

  • Mercedes de tierras
  • Mercedes de encomiendas

La merced o concesión de tierras la hacía el Rey o las autoridades en su nombre a personas beneméritas, que habían prestado tales servicios. Nunca podían ser dadas tierras pertenecientes a terceros, por ejemplo a pueblos indígenas. Si esto se intentaba, los indios, debidamente aleccionados por personas justas y funcionarios celosos–como hemos visto en la Visita a las encomiendas- recurrían a las autoridades y a los tribunales. En todos los casos que conocemos, el Rey, sus gobernantes y los tribunales los favorecían.

La encomienda importaba una obligación doble, por parte del encomendero y por parte de los indios encomendados.

El encomendero les prestaba un servicio importante: ampararlos, protegerlos, inclusive con su fuerza militar de vecino feudatario; y otro más precioso, encaminado a la salvación de su alma y a su formación religiosa: proveer a su evangelización. Esto redundaba en un señalado beneficio cultural, en tiempos en que se consideraba que “evangelizar es civilizar”, y “civilizar es evangelizar”.

A su vez los indios le pagaban con trabajo o abonando una tasa o impuesto. En el citado estudio de la Dra. Boixadós, se desprende que, en la Visita a las Encomiendas del Oidor Luján de Vargas, se detectaron situaciones en que los indios denunciaron abusos, malos tratos y deudas, y otras en que los naturales manifestaron que querían seguir estando con sus encomenderos, que éstos eran buenos, los trataban bien y no les debían nada (L. Mesquita, op. cit., p. 106).

Es totalmente inexacto considerar que era una esclavitud encubierta este régimen aunque, como todas las cosas, se prestaba a abusos, contra los cuales las autoridades, los misioneros e inclusive los buenos vecinos lucharon denodadamente.

Así, los “beneméritos de Indias” podían recibir tierras en propiedad, y encomienda de indios, lo que les permitía contar con mano de obra, de acuerdo a tratos hechos con cada grupo indígena. Esto beneficiaba directamente al vecino feudatario y su familia, pero también a la sociedad como un todo, incluyendo a los indígenas, pues implicaba el desarrollo de un sistema de vida y la consolidación de cultivos y crianza de animales que se extendían a todos.

Recibir tierras no implicaba necesariamente recibir encomiendas, pero era su corolario lógico para contar con personas que la trabajaran.

En el caso de Pedro Nicolás de Brizuela, recibió en merced tierras y encomiendas.

La merced de tierras que recibió fueron las “sobras y demasías” del  entonces pueblo de indios de Sañogasta. La expresión es clara y significa que lo que recibió fueron tierras que sobraban o estaban de más debido a que los naturales no las ocupaban ni explotaban. No hubo denuncia alguna contra Brizuela por parte de los indios, ni al recibir la merced ni después. Lo cual expresan con humilde grandeza en el solemne acto de testar, en que lo religioso y lo temporal se armonizan totalmente, como reflejo de la civilización cristiana hispano-indígena: “y declaramos y confesamos por la cuenta que hemos de dar a Dios Nro Señor (que a estos nuestros bienes) los tenemos ciertos y seguros y en quieta y pacífica posesión y procuraremos mientras su Divina Majestad fuere servido darnos vida tenerlos siempre en ser y aumentarlos…” (testamento del Gral. Pedro Nicolás de Brizuela y Doña Mariana Doria, La Rioja, 6 de enero de 1663).

Muchos años más tarde hubo juicio, en que una de las partes era una descendiente del Gral. Brizuela, no por la legítima posesión de la tierra, sino por problemas de límites y por uso de agua. Los naturales que se consideraron damnificados obtuvieron fallo a su favor ante la Real Audiencia de Charcas, que dispuso el envío de un oficial real a deslindar los terrenos, con entera satisfacción de los indios.

La encomienda que el vecino feudatario Pedro Nicolás de Brizuela recibió estaba también ubicada en Sañogasta, lo que facilitó el inmenso progreso agrícola y ganadero que imprimió a sus propiedades, en beneficio de toda la zona.

El centro de su actividad, que lo convirtió en  pionero de la agricultura y la ganadería fue las mentadas “sobras y demasías” de Sañogasta, por merced concedida por el Gobernador del Tucumán, Don Francisco de Avendaño y Valdivia. Allí fundó “el sitio y estancia de San Sebastián de Sañogasta”, como denominó a su hacienda (merced que incluía tierras aledañas en el valle del Famatina), que completó por compra a dos indios naturales de apellido Chuña e Icaño, valuando la propiedad con sus importantes mejores en cuatro mil pesos.

A dichas tierras ubicadas en el pueblo de Sañogasta  las amplió mediante adquisiciones en zonas próximas, que en el testamento se detallan (es interesante constatar la gran diferencia de valuación con las propiedades de las que no se mencionan mejoras):

“Yten mas una estansia que linda con dhas tierras de sañogasta que esta a las faldas de la sierra tres leguas arriba que ubimos por comprarreal del colegio de la compañía de Jesús desta dha ciud y su rretor en quinientos pesos según consta según consta de la escritura de venta otorgada ante Ju°castellanos es(criva)no rreal

Yten otro sitio y tierra  sobre las del dicho sitio de sañogasta que compramos con un marco de agua ordinario que se toma delrrio de sañogasta de Don Fransisco detoledo Pimentel y su mujer Doña Ana de Vega Sarmiento llamado Pocle en quinientos pessos según consta dela escritura debenta= ….. 0900 p

Yten mas la aguada de ticajana la estansia que fue de Juan de Miranda= La estancia deaicuña el balle debandacol= la estansia queconpramos de pedro Díaz de Loria- todas ellas en mil pessos según las compras que constan por escrituras y abaliasion fecha por los oficiales reales para el derecho de la media anata…………. 1000 p” (testamento cit.).

Todas estas propiedades, más una cuadra de tierra en la Ciudad de La Rioja, que les donara Doña Menciana de Salcedo –la madre de Mariana Doria-, y “una aguada” en la misma ciudad (ambas valuadas en 400 pesos…), fueron vinculadas para constituir el Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta, del que hablaremos enseguida.

Su valor conjunto (6.400 pesos) era menos de la tercera parte de la totalidad de bienes del matrimonio. Fuera de estos bienes vinculados en el acto de testar y fundar el Mayorazgo, eran dueños de “… las tierras y estancia de bilgo (Vilgo) que costó quinientos pesos …….0500 p, más las tierras y estancia de Salsacate que costo mil pesos………1000 p”.

El resto del patrimonio representaba un valor de más del doble de la estancia y sitio de San Sebastián de Sañogasta. Algunos elementos nos pintan la economía de una familia señorial de la época. Por ejemplo elementos necesarios para la finca y hacienda, con su industria artesanal, como un fondo grande y una paila, un alambique traído de Coquimbo (venido a lomo de mula de Chile), 40 bueyes, cuatro carretas y botijas para el transporte del vino y otras mercaderías que producían, barretas de hierro grandes “calsadas de asero” y “dusientas fanegas de trigo en la troxa de la estancia de Sañogasta”.

Incluye también una cantidad de hacienda que sorprende para el lugar y la época: cerca de 500 mulas, 500 burras, 500 yeguas y 40 padrillos (“garañones obreros”), 350 vacas de vientre, 700 cabras y ovejas, 25 burros mansos de carga . Asimismo contaban con la importante suma de “un mil y seis sientos pesos en reales”.

Como “hijodalgos de solar conocido” –como reza la famosa frase de Felipe II-, eran dueños de una casa en La Rioja, que sin duda estaba de acuerdo a la jerarquía de sus dueños, en la sociedad riojana: “un solar en la trasa desta ciudad que linda con la ermita del señor san Nicolás,  Calle Real en medio, con sala y aposento de vivienda” . La casa familiar contaba con adornos, muebles, cajas, cujas, un escritorio, y sus habitantes tenían “estameñas, ruanes y otros generos de Castilla”, de tanto valor económico como el propio solar. Bienes sin duda muy apreciados por el General eran sus “dos escopetas de rastrillo buenas y sanas”, y sus tres arcabuces de guerra, que conservaba, como buen guerrero, “bien aviados”.

Dos fieles esclavos cristianos, Domingo y Lorenzo, integraban la sociedad heril. ¿Habrán sido antepasados de la famosa “mama Dominga”, que con dedicación ejemplar atendiera dos siglos después a la pequeña hija de Solana de Brizuela y Doria, Isora, candidata a los altares con el nombre de Sor Leonor de Santa María? ¿O de aquel negro Joaquín, inmortalizado en “Mis Montañas” por Joaquín V. González, servidor de su bisabuelo Nicolás Dávila, hijo legítimo del gobernante de la Provincia, Francisco Javier de Brizuela y Doria?

El gran nonogasteño evoca la lealtad de los hombres de color en los tiempos en que su familia, perseguida por las montoneras, se refugió en su “morada señorial” en el campo: “No teníamos más custodia que los  negros criados en la casa, descendientes de los antiguos esclavos, quienes por gratitud a la libertad que se les dio (…) se esclavizaron más por el amor a sus antiguos amos, hasta dar la vida por defenderlos”. Admira su “lealtad a muerte, nacida de la comunidad del sufrimiento entre señores y criados, en cuyas relaciones más parecía obrar el vínculo del amor que el de la servidumbre”. La sentida descripción nos revela algo de la intimidad de esta relación de protección y servicio. Hablando “del negro Joaquín, esclavo de mi bisabuelo”, dice que era “un hombre libre que pagaba con abnegación el cariño acendrado de sus amos, quienes le lamaban 2Tata”. En sus brazos se criaron mi abuelo, mi padre y mis tíos; él les enseñó a montar a caballo, enjaezándolo primorosamente (…), él los entretenía por las tardes en los paseos por las faldas pintorescas o por los arroyos silenciosos de las sierras cercanas; él les tranzaba lacitos para que aprendieran a ‘pealar’ en la yerra como verdaderos gauchos, asimilándolos a la vida campesina (…) mostrándoles también el arte difícil de enlazar de a caballo (…) en el cerro empinado; él les enseñó a no tener miedo a los difuntos ni a los vivos, llevándolos a largas expediciones a pasar la noche al raso, durmiendo sobre el suelo en el fondo de una quebrada obscura (…)”. Este admirable personaje era fruto de toda una larga tradición familiar de protección y servicios mutuos entre señores y servidores, impregnada por el convivio de una civilización cristiana: “…así el negro transmitía de hijos a nietos la tradición de la familia, y en sus lecciones experimentales solía sellar, con el ejemplo de los antepasados, la moral de sus sencillas pero santas doctrinas” (“Mis Montañas”, cap. VI “El Huaco”).

Los elementos reunidos en estas rápidas notas nos permiten completar el cuadro de la vida y obra de Pedro Nicolás de Brizuela como vecino feudatario, encomendero y Señor de sus tierras.

El prestigio personal por su elevada trayectoria, la nota de heroísmo y generosidad que brotaba de su presencia señorial fueron la columna de toda una obra de gran repercusión regional. El fue el fundador, y como tal fue el algarrobo poderoso que se levanta en la soledad del campo enfrentando con vigor las inclemencias de la naturaleza y las adversidades de la vida, extendiendo sus ramas vigorosas a toda una obra familiar que se mantendrá a lo largo de los siglos, apuntalando el orden naciente, fortaleciendo el cabildo, la institución representativa, a un tiempo señorial, aristocrática y democrática (en el sentido tomista y católico), preparando la transición hacia la emancipación –período en que sus descendientes marcarán en buena medida los destinos de la provincia de La Rioja y ejercerán una influencia de alcance regional y aún nacional en el Congreso de Tucumán, en la expedición auxiliar a Chile, en la autonomía riojana y en aportes materiales significativos para los ejércitos de la Independencia. Luego de las cruentas guerras civiles, en que varios miembros de la familia Brizuela y Doria-Dávila derramarán su sangre en defensa de las libertades legítimas propias de la civilización cristiana, los descendientes Brizuela y Doria y Ocampo del General Brizuela seguirán prestando valiosas contribuciones a la Iglesia y a la sociedad, entre los cuales se distinguirá la nombrada Isora, nacida en la soledad y rudeza de los campos del Famatina colonizados por su gran antepasado, “como el Niño Dios”, mientras otros miembros de la familia continuarán las tradiciones agrícolas y participarán de la política y el gobierno.

“Nemo sumo fit repente”: nada de grande se hace de repente. Esa señalada obra familiar, en la que durante generaciones habrá tenientes de gobernador, gobernadores o vice-gobernadores de La Rioja entre los descendientes directos de Pedro Nicolás y Mariana, hasta entrado el siglo XX, fue resultado de los cimientos colocados por los fundadores de la familia.

El testamento que hemos citado nos da pautas importantes para entenderlo. La profunda religiosidad, la idea del servicio a Dios como lo más importante en la vida, y luego el servicio al Rey, que encarnaba el reino en cualquier punto del gran Imperio de la Casa de Austria, y en todo una filosofía no escrita pero manifiesta de luchar por una civilización cristiana desarrollando la misión propia de la Nobleza española y de su heredera en América, la élite análoga de familias tradicionales.

Misión silenciada por los grandes medios de comunicación, y aún –lamentablemente!- por aquellos que debían ser sus grandes portavoces, los maestros en la Fe. Misión que ha sido maravillosamente definida por los Papas del siglo XX, en particular Pío XII, destinada al servicio del bien común, a la defensa de las tradiciones de la sociedad, a la irradiación de cultura, refinamiento y excelencia, tan necesarias en la vida de los hombres, sin los cuales la convivencia humana cae en lo torpe, lo grosero y lo inmoral.

La obra de Pedro Nicolás de Brizuela se enmarca claramente en estos carriles. En su sitio y estancia de Sañogasta introduce cultivos nuevos para la zona, como la vid, y el trigo –comida de nobles en España, según Aldo Ferrer- oriundos de Castilla que amplían las posibilidades del maíz y otros tesoros agrícolas de los valles del Tucumán. Introduce simples y grandes adelantos industriales, como el “molino corriente y moliente” para convertir esos granos en harina, y construyendo la primera bodega, que elaborará el mosto de sus “diez mil sepas de biña que da fruto, con su lagar de madera y usillo”.  Con su vino y aguardiente, elaborado con aquel “alambique nuevo que costo en Coquimbo sinqueenta pessos” podrá favorecer la vocación eclesiástica de su hijo mayor, el Maestro (cura) Blas Cristóstomo de Brizuela, y dotar a sus hijas para que puedan hacer el aporte al matrimonio: “Yten declaramos que al tiempo y cuando casamos a la dicha doña Mensiana de brisuela con el dicho alcalde Juan de Soria Medrano le dimos en dote y casamiento otros nueve mil pesos, en esta manera. Los sinco mil  enrreales plata labrada, mulas y ajuar y quatro mil pesos en mil arrobas devino a cuatro pesos arroba las quinientas por por nuestra cuenta”.

Así, estos padres espléndidos derramaban sobre sus hijos el fruto de los bienes que habían logrado reunir en una vida de sacrificio y servicios, comprometiéndose a seguir luchando por acrecentarlos para darles más oportunidades a sus descendientes: “y procuraremos mientras su Divina Majestad fuere servido darnos vida tenerlos siempre en ser y aumentarlos…”.

Aparte de los hijos legítimos, entre los que se destacó especialmente el heredero del Mayorazgo, Gregorio de Brizuela y Doria, hubo tres hijos extra-matrimoniales del Gral. Brizuela, que fueron Andrés, Domingo y Miguel. Heredaron de su padre el apellido y él y –estimamos, por ese reconocimiento, también Doña Mariana- se preocuparon  por su educación y su futuro. Andrés fue un personaje destacado, y Domingo y Miguel recibieron una importante herencia en tierras en Aicuña y Amaná respectivamente.

En esta obra de progreso a un tiempo familiar y social, la introducción de miles de cabezas de caballos, mulares, burros, vacas y ganado menor significó un cambio para mejor incalculable, en relación a la realidad existente antes. Para los naturales de Sañogasta y la región, podemos medir fácilmente lo que significó poder contar con animales lecheros y productores de carne, el caballo para movilizarse y la introducción de carretas.

Pues estos bienes tienden de por sí a difundirse. El indígena, profundamente ligado a la tierra por ancestralidad, pronto se apropió de estos bienes y se hizo jinete y ganadero, además de agricultor, que ya lo era ancestralmente. Es el origen de las incontables tropillas que pastan en el Famatina y pertenecen a las antiguas estirpes criollas de Sañogasta, Vichigasta, Nonogasta y pueblos del valle.

“El bien gusta de difundirse” ha dicho Santo Tomás de Aquino de acuerdo a Aristóteles (cf. Mons Henri Delassus, “La Conjuration Antichrétienne”, t. III, ed. Desclée, de Brower, p. 755). Y estos bienes imprescindibles para el verdadero progreso de las pequeñas o grandes comunidades, tenían como “llave de cúpula” un Bien superior, el de servir a Aquel que es “Bueno, Verdadero y Bello”.

En ese sentido, el testamento es aleccionador y  refleja las mentalidades y costumbres de esa clase noble que dirigía la sociedad virreinal. “La clase señorial tenía una concepción trascendente de la vida y creía en el fundamento sobrenatural de todo el sistema de relaciones vigente en el mundo”  (J. L. Romero, “Latinoamérica, las ciudades y las ideas”, Ed. Siglo XXI, Bs. As. 2004, p. 29).

Si retomamos la idea de Pío XII, de que las familias nobles o tradicionales son –especialmente en estos tiempos- las representantes “ante todo” de las tradiciones católicas, y aquella otra de Benedicto XV, que se refirió al “sacerdocio de la Nobleza”, comprenderemos mejor la importancia que tuvo en Iberoamérica la radicación de esas familias que fueron foco de irradiación de la Fe católica. A pesar de defectos personales, de actitudes inconsistentes con los preceptos de la Iglesia, propias de los seres humanos, es innegable que una clase señorial imbuida de los principios de la civilización cristiana –como lo reconoce el ilustre y muy liberal y revolucionario historiador citado- no pudo dejar de irradiar esa influencia que constituye parte esencial de su misión perenne (ver sobre este tema la magistral obra del Prof. Plinio Correa de Oliveira “Nobleza y élites tradicionales análogas – en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana”, ed. Fernando III el Santo, Madrid, 1995; sobre el Apéndice hispanoamericano de la obra, redactado por Alejandro Ezcurra Naón et alii, presentamos la ponencia “Nobleza y élites tradicionales en Hispanoamérica: origen, desarrollo y perspectivas actuales”, en las Jornadas Iberoamericanas de Nobleza en Indias, organizadas por el Centro de Estudios Genealógicos y Heráldicos de Córdoba, mayo de 2004).

Así, en el proyecto inteligentemente concebido por el General Brizuela –al que alude la Dra. Roxana Boixadós, infiriéndolo de los hechos-, había un vasto plan de realizaciones temporales y espirituales. Recordemos que la obligación principal del encomendero –en el proyecto de los Reyes Católicos, que tenía como principal objetivo evangelizar- era  proveer a la cristianización de sus indios encomendados.

En cumplimiento de tal obligación, difundió en Sañogasta la devoción al mártir San Sebastián –muy venerado por los conquistadores y feudatarios como se desprende de las actas del Cabildo de Santiago del Estero y de los nombres de haciendas tucumanenses-, en cuyo honor erigió en su sitio y estancia una capilla en la loma que pasó a llamarse el “Alto del Vínculo” o “Alto de la Iglesia”. A la espléndida imagen del santo que trajo de Castilla la Vieja –probablemente, un valioso legado familiar-, pronto se le reunió la de la Reina de todos los Santos: una magnífica imagen de vestir que trajo del Alto Perú, de Nuestra Señora de la Candelaria de Copa-Cabana.

Con profunda sacralidad, dispuso en un acta: “…que todo queda dedicado a la Santa Imagen de Nuestra Señora de Copa-Cabana y al glorioso santo San Sebastián, Patrón de este sitio y hacienda” (cf. Elena B. Brizuela y Doria, “Historia de la Iglesia de San Sebastián” para la Com. Nac. de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos”, Sañogasta).

El plan de largo alcance del General Brizuela y Doña Mariana Doria se canalizó de una manera novedosa en el Tucumán,  luego seguida por otras familias: constituyeron el Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta, con las propiedades y bienes que hemos mencionado al hablar del testamento.

El mayorazgo era una antigua institución, de raigambre bíblica, con analogías en las culturas de muchos pueblos. En la legislación castellana vigente en el 1600, permitía vincular una parte de los bienes familiares para constituir un legado patrimonial (y cultural) indivisible, que debía garantizar el sustento de la familia –“sustentarlo noblemente”, podemos decir, en el lenguaje capitular de la época.

Era la expresión de ese proyecto familiar, destinado a hacer perdurar el patrimonio vinculado, con arraigo a las tierras, casas y capilla de Sañogasta, para que los descendientes continuaran la histórica tradición de los fundadores, desempeñando la misión de las estirpes señoriales de acuerdo a la tradición cristiana.

Considerando las familias –y en particular la propia- como instrumentos de ese “vivir bien” que, conforme Santo Tomás, es la misión de la sociedad, enderezada a gozar de la felicidad de poseer a Dios (cf. “Del Régimen de los Príncipes”), el cumplimiento de las cláusulas del Vínculo o Mayorazgo pasaba a ser un deber de estado. Por ese motivo, los fundadores concedían su bendición a los descendientes que fueran fieles a dicha misión, y su maldición a quienes atentaren contra ella:

“…les mandamos en birtud del poder natural de sus padres lexitimos que pena de nuestra maldición y la de Dios todopoderoso en tiempo alguno no vayan en contrario de esta disposición y final voluntad, y si lo tal hisieren en tiempo alguno por permision divina, se vean pobres mendigos y arrastrados de puerta en puerta, y si cumplieren con todo el tenor de este testamento y acudieren como nobles christianos obedientes a sus padres difuntos, en vida los bendecimos en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo tres personas y un solo Dios verdadero a quien humildemente pedimos les dé su grasia y bienes espirituales y temporales para que los gosen con su bendision y que procedan como hijos dalgo y buenos christianos –

Conscientes de la importancia de su proyecto, y del bien que se seguiría para el conjunto de sus descendientes, no obstante ser una sola rama la que heredaría el Vinculado, los exhortan a todos a apoyarlo:

“… y mas les rogamos mandamos y pedimos a los susodichos y a todos los demas nros hijos que con toda paz y buena hermandad partan y dividan entre sí la herensia que a cada uno tocare, de los dichos nros bienes que con eso excusarán pleitos, gastos costosos y costas y lo peor es inquietud en sus consiensias, sin llevar el uno mas que el otro y todos fomenten a que el dicho binculo no se disipe con suma y menoscave pues es para bien de nros desendientes y en particular lo encargamos así al dicho nro hijo Gregorio Gomes de Brisuela y mandamos que pues es Vinculo esento de deudas y obligaciones, con la parte de herensia que le tocare, como a los demas nros herederos fuera de dicho binculo, con ella lo repare y sustente por ser para su utilidad y provecho y de sus herederos (y) los demas en quien pasare por sucesión  (…)”.

Queda clara la expectativa del General y su mujer de que el Vinculado debía ser el centro y sostén de la trayectoria familiar de una familia noble y cristiana y que implicaba de su titular, el primer Señor de San Sebastián de Sañogasta –Gregorio- un privilegio y una carga, ya que le recomendaban “reparar y sustentar” el Vínculo con su herencia particular para su bien, de sus herederos y “los demás en quien pasare por sucesión”.

Bien sabían ambos de la precariedad de la situación económica de tantas familias de conquistadores y encomenderos que quedaban de la noche a la mañana en la pobreza, cuando estos morían, o cuando se acababan las “dos vidas” de la encomienda. Había ocurrido con el gran Juan Gregorio Bazán, para cuya viuda pidieron los cabildantes santiagueños la ayuda del Rey, pasaría con los descendientes del gran General don Gregorio de Luna y Cárdenas y había pasado con los propios antepasados de Doña Mariana Doria. Querían evitar que el proyecto familiar, tan importante para la zona, se truncara, por falta de medios materiales –como ocurre ahora con tantas familias tradicionales, que se ven relegadas e impedidas en buena medida de cumplir con aquellos deberes que les señalara Pío XII, concentrándose las fortunas actualmente, no pocas veces, en anónimas empresas de origen extranjero, en personas audaces, surgidas de negocios sorprendentemente lucrativos o del encumbramiento político-partidario, enteramente desinteresadas de cumplir cualquier servicio al bien común religioso o temporal.

En contraste con estas situaciones características de nuestra época, el legado más precioso de Pedro Nicolás de Brizuela y Mariana Doria fue el de la Fe católica, que hizo de Sañogasta un baluarte de la Fe, que se supo manifestar con vigor cuando se intentó destruir su tradicional veneración a la Virgen de la Candelaria y San Sebastián.

La devoción a los Santos Patronos, bajo cuyo amparo ponían la hacienda y Mayorazgo de San Sebastián, y en lugar destacado, la  Capilla (actual Iglesia),  prendió como una luz indeficiente en el alma de los naturales de Sañogasta, y hasta el día de hoy es lo más típico y sagrado que tiene este pueblo. Mientras escribo estas líneas, siento el sonido de las campanas y las bombas para “dar las 12”. Esta mañana hemos oído “dar el alba”, antes del amanecer, con sonido de bombas y repique de las históricas campanas que fueron fundidas, con los primeros cañones argentinos, en tiempos de Francisco Javier de Brizuela y Doria, y sus hijos Ramón y Nicolás Dávila (sobre la fundición de estos cañones ver Antonio Zinny, “Historia de los Gobernadores de las Provincias Argentinas”, t. IV, parte I, ed. Hyspamérica, p. 12; actualmente, una calle de Sañogasta recuerda el hecho con el nombre “Primeros Cañones Argentinos”).

Sañogasta vive sus días de gloria durante esta Novena en honor de la Virgen de la Candelaria y San Sebastián. Asimismo, el 26 de agosto de cada año, celebra el “Día de Sañogasta”: es la fecha de la concesión de la merced de tierras al General Pedro Nicolás de Brizuela.

En cada Alférez sañogasteño de los cientos que empuñan su estandarte con marcialidad para rendir honores a caballo o a pie a los Santos Patronos, revive cada año el espíritu del fundador de la civilización cristiana en Sañogasta, Pedro Nicolás de Brizuela, valiente soldado, “vasallo de fiel servicio”, por sobre todas las cosas un pionero de la Cristiandad en el Tucumán.

(*) Profesor de Historia y Lenguas Extranjeras, Presidente del Centro de Estudios Históricos, Genealógicos y Heráldicos del Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta

Ponencia presentada en las Jornadas Histórico-Genealógicas del Tucumán y Cuyo, Sañogasta, A.D. 2005

 

 

 

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TODAS LAS NOTAS DE ESTE APENDICE I DE NOBLEZA Y ELITES TRADICIONALES ANALOGAS HAN SIDO TOMADAS DEL SITE www.pliniocorreadeoliveira.info 

LE AGRADECEMOS SU DESINTERESADA COLABORACION

NOTAS

[1] 1) Sobre la nobleza brasileña véase, por ejemplo: Antonio José Victoriano BORGES DA FONSECA, Nobiliarchia Pernambucana, Biblioteca Nacional, Rio de Janeiro, 1935; CARVALHO FRANCO, Nobiliário Colonial, São Paulo, 2ª ed.; Fernando de AZEVEDO, Canaviais e Engenhos na vida Política do Brasil, Edições Melhoramentos, 2ª ed.; Gilberto FREYRE, Interpretação do Brasil, José Olympio Editora, Rio de Janeiro, 1947; Teniente Coronel Henrique WIEDERSPAHN, “A evolução da Nobreza Cavalheiresca e Militar Luso-Brasileira desde o Descobrimento até a República”, in “Boletim do Colégio de Armas e Consulta Heráldica do Brasil”, nº 1, 1955; J. CAPISTRANO DE ABREU, Capítulos da Historia Colonial (1500-1800), Sociedade Capistrano de Abreu, 4ª ed.; 1954; Luis PALACIN, Sociedade Colonial— 1549 a 1599, Universidade Federal de Goiás, Goiânia, 1981; Manoel RODRIGUES FERREIRA, As Repúblicas Municipais no Brasil (1532-1820), Prefeitura do Município de São Paulo, São Paulo, 1980; Nelson OMEGNA, A Cidade Colonial, José Olympio Editora, Rio de Janeiro, 1961; Nelson WERNECK SODRÉ, Formação da Sociedade Brasileira, José Olympio Editora, Rio de Janeiro, 1944; Nestor DUARTE, A Ordem Privada e a Organização Política Nacional, Companhia Editora Nacional, São Paulo, 1939; OLIVEIRA VIANNA, Instituições Políticas Brasileiras, José Olympio Editora, Rio de Janeiro, 1955; Rui VIEIRA DA CUNHA, Estudo da Nobreza Brasileira, Arquivo Nacional, Rio de Janeiro, 1966; Rui VIEIRA DA CUNHA, Figuras e Fatos da Nobreza Brasileira, Arquivo Nacional, Rio de Janeiro, 1975.

[2] Sesmaria: tierra sin cultivar o abandonada que los reyes de Portugal concedían a los cultivadores o sesmeiros.

[3] F. J. OLIVEIRA VIANNA, Populações Meridionais do Brasil, Companhia Editora Nacional, São Paulo, 3ª ed., vol. I, p. 15.

[4] Amador Bueno e seu tempo, Coleção História da Civilização Brasileira (7), USP, Boletim nº LXXXVI, São Paulo, 1948, p. 61.

[5] O movimento da Independência — 1821-1822, Companhia Melhoramentos de São Paulo, São Paulo, 1922, pp. 28-29.

[6] Pedro CALMON; Historia do Brasil, Livraria José Olympio Editora, Rio de Janeiro, 1959, vol. 1, p. 170.

[7] Os primitivos colonizadores nordestinos e seus descendentes, Editora Melso, Rio de Janeiro, 1960, p. 20.

[8] Op. cit., p. 62.

[9] Op. cit., p. 27.

[10] Instituições políticas brasileiras, José Olympio Editora, Rio de Janeiro, 2ª ed., 1955, vol. I, p. 174.

[11] Biblioteca Nacional de Lisboa, Arquivo da Marinha, liv. 1 de ofícios, de 1597 a 1602.

[12] Gilberto FREYRE; Casa-Grande & Senzala, Editora José Olympio, São Paulo, 5ª ed., 1946, vol. I, pp. 121-123.

[13] En los siglos XVI y XVII la influencia de los herejes en las tierras que hoy constituyen Holanda y parte de Bélgica era muy acentuada. Conviene destacarlo para comprender cabalmente las invasiones holandesas en Brasil, porque el catolicismo ha crecido tanto en Holanda en las últimas décadas, que el espíritu público ya no considera a dicho país un gran baluarte del protestantismo.Algo análogo se podría decir respecto a Francia. Allí jamás tuvo el protestantismo una preponderancia definida como en Holanda, pero constituyó una fuerza significativa que Luis XIV procuró anular mediante la revocación del Edicto de Nantes en 1685 y las famosas dragonades. Ni una ni otra medida lograron aniquilarlo completamente; pero, al obligar a los protestantes disconformes a retirarse en masa del territorio francés, se dio contra dicha religión un golpe profundo, del cual nunca llegó a rehacerse. En dicho país, la religión protestante —sobre todo la calvinista— pasó a ocupar un plano enteramente secundario. No era así, sin embargo, en la época en que Villegagnon atacó Río de Janeiro.La ofensiva francesa para desembarcar en Marañón tuvo un carácter enteramente diferente. Los invasores franceses eran católicos, y a ellos se debe que la capital del Estado tenga el nombre de San Luis.

[14] Op. cit., pp. 256-257.

[15] F. J. OLIVEIRA VIANNA, Populações Meridionais do Brasil, vol. I, p. 102.

[16] Sertão: Lugar no cultivado, alejado de las poblaciones o terrenos cultivados.

[17] L. AMARAL GURGEL, Ensaios Quinhentistas, Editora J. Fagundes, São Paulo, 1936, p. 174.

[18] F. J. OLIVEIRA VIANNA, O povo brasileiro e sua evolução, Ministério da Agricultura, Indústria e Comércio — Diretoria Geral de Estatística, Tipografia da Estatística, Rio de Janeiro, 1922, p. 19.

[19] El Consejero Juan Alfredo Corrêa de Oliveira, nacido el 12 de diciembre de 1835, conocía de cerca la situación que con esas palabras describe. Su familia era de las más notables de entre las de los Señores de Ingenio de Goiana, y estaba vinculada por parentesco y matrimonio a casi todas las demás familias señoriales de Pernambuco. Dotado de una excepcional inteligencia, se licenció en Derecho en el Curso Jurídico de Olinda y comenzó a una brillante carrera política, en la cual alcanzó los más altos cargos del régimen imperial, esto es, los de Senador, Consejero de Estado y Presidente del Consejo de Ministros. Fue de los más activos próceres del movimiento abolicionista y como Presidente del Consejo de Ministros firmó junto a la Princesa Isabel, entonces Regente del Imperio, la llamada Ley Áurea del 13 de mayo de 1888, que abolió la esclavitud en Brasil.Tras ser proclamada la república en 1889, el Consejero Corrêa de Oliveira continúo fiel al ideal monárquico y fue miembro del Directorio Monárquico, órgano encargado por la Princesa Isabel de orientar la actuación de los monárquicos en Brasil. Falleció en Rio de Janeiro el 6 de marzo de 1919.

[20] O Barão de Goiana e sua época genealógica en Minha Meninice & Outros ensaios, Editora Massangana, Recite, 1988, p. 56.

[21] Instituições políticas brasileiras, 2ª ed., vol. I, pp. 256-257.

[22] A cidade colonial, Livraria José Olympio Editora, Rio de Janeiro, p. 124.

[23] No son ya dos, sino una sola carne.

[24] Op.cit., p. 107.

[25] Diálogo das grandezas do Brasil, Rio de Janeiro, 1943, p. 155 apud Luis PALACÍN, Vieira e a visão trágica do Barroco. Hucitec/Pró-Memória e Instituto Nacional do Livro, p. 105.

[26] Luis PALACÍN, Sociedade Colonial — 1549 a 1599, Editora da Universidade Federal de Goiás, Goiânia, 1981, p. 186.

[27] Idem, p. 181.

[28] Canaviais e engenhos na vida política do Brasil — Obras completas, Edições Melhoramentos, São Paulo, 2ª ed., vol. XI, p. 86.

[29] Ídem, p. 65.

[30] Feitorías: Institución comercial creada por la corona en la época colonial, destinada a la explotación y comercialización del palo Brasil y otras mercancías.

[31] Pedro CALMON, op. cit, vol. 1, p. 170.

[32] Ibídem.

[33] Ibídem.

[34] Op. cit., pp. 42 y 44.

[35] Cfr. ROCHA POMBO, História do Brasil, W. M. Jackson Inc. Editores, Rio de Janeiro, 1942, vol. I, pp. 131-133.

[36] Op.cit., vol. I, p. 172.

[37] Pedro CALMON, op. cit., vol. 2, pp. 355-356.

[38] Ídem, p. 358.

[39] Fernando de AZEVEDO, op. cit., vol. XI, p. 107.

[40] Mutirão (o muxirão): Auxilio que prestan los pequeños agricultores a otro, reuniéndose durante un día para la plantación, cosecha o tapiamento de su propiedad.

[41] Adjutório: Lo mismo que mutirão.

[42] Hélio Vianna, Formação brasileira, Livraria José Olympio Editora, Rio de Janeiro, 1935, PP. 36, 38-39.

[43] “Casa fortaleza nova de pedra e cal, telhada de novo e meia assoalhada e toda cercada de madeira para se fazer varandas qual está por assoalhar”

[44] Pedro CALMON, op. cit., vol. 2, p. 360.

[45] Gilberto FREYRE, op. cit., vol. I, p. 24.

[46] Senzala: El conjunto de las viviendas destinadas a los esclavos.

[47] Pedro CALMON, op. cit., vol. 3, p. 916.

[48] Fernando de AZEVEDO, op. cit., vol. XI, p. 80.

[49] Oficial francés contratado por el Gobierno del primer Imperio para colocarse al mando de las fuerzas brasileñas en su lucha armada para consolidar la Independencia.

[50] Fernando de AZEVEDO, op. cit., vol. XI, p. 48.

[51] Tratados da terra e gente do Brasil, Livraria Itatiaia Editora, Belo Horizonte, pp. 157-158.

[52] Obra publicada en Lisboa en 1648 que narra la épica insurrección pernambucana contra el hereje holandés. Fue escrita en plena lucha por Fray Manuel Calado, también llamado Fray Manuel de Salvador, uno de los héroes de la misma.

[53] F. J. OLIVEIRA VIANNA, Populações meridionais do Brasil, vol. I, p. 7.

[54] Ídem, p. 9.

[55] Op. cit., p. 71.

[56] Massapé: Suelos fértiles del nordeste brasileño, muy utilizados para el cultivo de grandes cañaverales.

[57] Fernando de AZEVEDO, A cultura brasileira—Introdução ao estudo da cultura no Brasil, Editora Melhoramentos, Sao Paulo, 3ª ed., p. 154.

[58] Op. cit., vol. I, pp. 350-351.

[59] Bandeirantes: Literalmente, abanderados. Se designa así a quienes capitaneaban las banderas, o expediciones de exploración del interior brasileño, de las que se hablará más adelante.

[60] Op.cit.,vol. II, p. 293.

[61] Almir de ANDRADE, Formação da sociologia brasileira, vol. I, Os primeiros estudos sociais no Brasil, Livraria José Olympio Editora, Rio de Janeiro, 1941, p. 100.

[62] F. RODRIGUES CONTREIRAS, Traços da economia social e política do Brasil colonial, Ariel Editora, 1935, p. 181.

[63] Descoberto: lugar donde se ha descubierto oro y se ha establecido mina.

[64] Alfonso Arinos de Melo Franco, A sociedade bandeirante das minas en Curso de bandeirologia, Departamento Estadual de Informações, 1941, p. 90.

[65] F. Rodrigues Contreiras, op. cit., p. 100.

[66] Raposo Tavares e a formação territorial do Brasil, Imprensa Nacional, Rio de Janeiro, 1958, p. 135.

[67] F. J. Oliveira ViannaInstituições políticas brasileiras, 2ª ed., vol. I, p. 170.

[68] Ídem, pp. 170-171.

[69] Op.cit., vol. 2, p. 358.

[70] Canaviais e Engenhos na vida política do Brasil, p. 88.

[71] Seudónimo del jesuita Juan Antonio Andreoni, que estuvo en Brasil en 1711 y escribió Cultura e Opulencia do Brasil por suas drogas e minas.

[72] Op.cit., pp. 181-182.

[73] Historia da Companhia de Jesus no Brasil, Instituto Nacional do Livro, Rio de Janeiro, 1945, t. V, p. 452.

[74] Op.cit., p. 127.

[75] Op.cit., p. 184.

[76] Resumo da História de São Paulo, Tipografia Brasil, São Paulo, 1942, p. 109.

[77] Op.cit., vol. I, p. 162.

[78] Op.cit., vol. III, pp. 179-180.

[79] Amador Bueno e seu tempo, p. 66.

[80] F. J. Oliveira Vianna, op. cit, vol. I, p. 162.

[81] Resumo da Historia de São Paulo, p. 107.

[82] Evolução política do Brasil e outros estudos. Editora Brasiliense, São Paulo, 7ª ed., 1971, p. 29.

[83] As Repúblicas Municipais no Brasil, Prefeitura do Município de São Paulo, 1980, pp. 45 y 46.

[84] Op. Cit., vol. I, p. 347. 

[85] Néstor Duarte, op. cit., p. 82.

[86] Ex profesor de Política en la Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras de la Universidad de São Paulo, profesor en el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de París.

[87] Les trois ages du Brésil—Essai de Politique, Librarie Armand Colin, Paris, 1954 p. 65.

[88] Op. cit., p. 126.

[89] Op. cit., pp. 65-66.

[90] Op. cit., p. 143.

[91] Op. cit., vol. I, p. 165.

[92] Pedro Calmon, op. cit., vol. 3, pp. 892-893.

[93] Populações meridionais do Brasil, vol. I. p. 35.

[94] Ídem, p. 18.

[95] Ídem, p. 23.

[96] Ídem, pp. 34-35.

[97] Ídem, p. 35.

[98] Íbídem.

[99] Instituições políticas brasileiras, 1ª ed., p. 1949, vol. I, p. 270.

[100] Constituição política do Império do Brasil, art. 179, nº XVI.

[101] Op.cit., pp. 29-30.

[102] Op. cit. vol. I, p. 279.

[103] El mismo autor aclara que estas nuevas agrupaciones electorales con base municipal reclutadas por la aristocracia rural comenzaron a constituirse de modo definido y visible con la ley de 1828 que reorganizó los municipios y, principalmente, con la promulgación del Código do Processo en 1832.“Este código, con su democracia municipalista, obligaba, forzaba realmente a estos señores rurales a entendimientos y acuerdos entre sí para elegir a las autoridades locales, como los jueces de paz (que tenían funciones policiales); los jueces municipales (que eran jueces en lo criminal y tenían ciertas funciones policiales); los concejales y los oficiales de la Guardia Nacional. Estos cargos o puestos eran electivos en aquella época, y a sus titulares les correspondían también funciones efectivas de vigilancia y mantenimiento del orden” (F. J. Oliveira Vianna, Op. Cit., p. 281).Oliveira Vianna describe además el movimiento de concentración de estos clanes electorales: “Este movimiento de concentración se lleva a cabo, primeramente, en torno a la autoridad provincial (con la pequeña centralización, salida del Acto Adicional), y se opera entre los años 35 y 40 y va hasta la ley del 3 de diciembre de 1841. Después de esta ley, viene la gran centralización, la centralización del Imperio, que va hasta 1889, con la proclamación de la República, y con ella se opera la concentración nacional de estos clanes. (…) Desde entonces, los ‘clanes electorales’ de los municipios quedaron únicamente como secciones de uno de estos grandes partidos nacionales: el Conservador y el Liberal” (ídem, pp. 281-282).

[104] Ídem,p. 280.

[105] F. J. Oliveira Vianna, ídem, p. 283.

[106] Funcionario encargado de contrastar las pesas y medidas, vigilar los mercados y fijar los precios de las mercancías.

[107] Ídem, pp. 284-285.

[108] Estudo da Nobreza Brasileira (Cadetes), Arquivo Nacional, Rio de Janeiro, 1966, p.42.

[109] Como se puede deducir por el contexto, este término se emplea aquí latu sensu, no para designar una clase social creada y reconocida por la ley, sino simplemente nacida de los hechos, y con contornos menos definidos.

[110] Brasil terra de contrastes, Difusão Européia do livro, São Paulo, 4ª ed., 1971, pp. 127-130.

[111] Georges Clemenceau, Notes de Voyage dans l’Amerique du Sud — XIII en “L’Illustration”, 22/4/1911, pp. 310 y 313.

[112] Roger Bastide, op. cit, p. 139.

[113] Pedro Calmon, op. cit., vol. 7, p. 2300.

[114] Robert J. Havirghurst y J. Roberto Moreira, Society and education in Brazil, University of Pittsburgh Press, 1969, p. 42.

[115] Virgilio, Eneida, I, 118.

 

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12. La Monarquía parlamentaria y la “Nobleza de la tierra”
a) Los clanes electorales
La declaración de la Independencia en 1822 trajo consigo la implantación de la monarquía parlamentaria y, por tanto, del régimen electoral representativo. De este modo el cuadro político de Brasil se transformaba profundamente.
Se diría que en un marco político tan profundamente transformado, y no siendo los Títulos del Imperio concedidos sino ocasionalmente y con carácter individual a los miembros de la “Nobleza de la tierra”, ésta se desvanecería como una reminiscencia histórica sin vínculo con el presente.
No ocurrió así.
Ante dichas transformaciones, la “Nobleza de la tierra” no se dejó arrastrar por la inercia; por el contrario, trató de perpetuar su poder político en las nuevas circunstancias creadas por la implantación de una democracia coronada en Brasil.
En el sistema democrático, el electorado es el depositario de toda o casi toda la soberanía; manda, por tanto, quien tenga más influencia sobre él. Ahora bien, excepto, en los centros urbanos realmente importantes en alguna medida, la influencia sobre el electorado pertenecía a los Señores de la tierra. Así pues, la gran mayoría de los votos dependía de la “Nobleza de la tierra”, que ejercía su poder a través de los partidos políticos, pues el partido vive de su fuerza electoral y ésta estaba en manos de los Nobles de la tierra.
Pintoresca e inesperada resulta la organización que constituyeron para conservar el prestigio de antaño. Es también Oliveira Vianna quien nos informa de ello: “Estos señores rurales —hasta aquel momento dispersos y autónomos en su condición de pequeños señores del lugar— se mostraban ahora juntos y organizados (…) Están ahora solidarizados en dos grupos macizos, cada uno de ellos con un jefe ostensivo, con gobierno y autoridad en todo el municipio y a cuyo mando todos obedecen. (…) Están todos ellos unidos ahora bajo una leyenda (…) Son Conservadores o Liberales.” [102]
No sorprende que, sobre todo en las primeras décadas del régimen imperial, se hayan operado transformaciones dignas de mención en los cuadros políticos del país. Así las describe Oliveira Vianna:
“Llamamos clanes electorales a esas nuevas y pequeñas estructuras locales aquí nacidas en el siglo IV, porque son tan clanes como los feudales y los parentales, (…) tienen la misma estructura, la misma composición y la misma finalidad que éstos; solo que con una base geográfica más amplia, porque comprenden a todo el municipio, y no sólo el área restringida de cada feudo (ingenio o hacienda). Después de 1832 [103] estas pequeñas agrupaciones locales pasaron a afiliarse, a su vez, a las asociaciones más amplias que son los Partidos Políticos, con base provincial, primero, y con base nacional, más tarde: el Partido Conservador y el Partido Liberal, con sede en el centro del Imperio y con los Presidentes de Provincia como jefes provinciales.” [104]
b) Guardia Nacional y “Nobleza de la tierra”
Por la ley de 18 de agosto de 1831 se extinguen las antiguas instituciones militares de la Colonia, los Cuerpos de Milicias, las Guardias Municipales y las Ordenanzas, y se crea la Guardia Nacional.
A partir del momento en que el poder central tomó a su cargo el nombramiento de las autoridades locales, hasta entonces electivas, fue grande el deseo de la clase aristocrática de los jefes de clanes electorales de obtener las simpatías de los Presidentes de Provincia. “Eran los Gobernadores los que indicaban al centro los nombres de los beneficiarios, no sólo para los puestos, entonces extremamente importantes, de la Guardia Nacional, sino también para los de la nobiliaria del Imperio.” [105]
Conviene por tanto conocer cuáles eran las relaciones de la Guardia Nacional con la “Nobleza de la tierra”: “En lo que se refiere a la constitución de los clanes electorales (…) nunca estará de más destacar el papel ejercido por la institución de la Guardia Nacional. El cuadro de oficiales de esta guardia constituía el lugar de concentración de toda la Nobleza rural. (…)
“En el Imperio, los puestos de oficiales de la Guardia Nacional eran dignidades locales tan altas como lo eran en la colonia las de ‘Juez de Fuera’ o ‘Capitán Mayor Regente’ y constituían una Nobleza local de la más alta calificación.
“El título de ‘coronel’ o ‘teniente coronel’, que la República desvalorizó vulgarizándolo, era la más alta distinción conferida a un hacendado del municipio. El modesto título de ‘alférez’ sólo se daba a hombres de peso y autoridad local. (…)
“Era ésta justamente la función política de la Guardia Nacional: permitir al señor más rico o más poderoso (por la protección que le dispensaba el Gobernador, concediéndole el reclutamiento, la policía civil o militar, la cámara municipal con sus almotacenes) [106] imponerse a los demás clanes feudales y señoriales.” [107]
Afirma, por su parte, Rui Vieira da Cunha: “Se alcanzaba, en efecto, la Guardia Nacional, de tamaña magnitud para comprender de la osamenta social del Imperio. Hacia ella se deslizaba el poder y la influencia, aristocratizándola, al contrario de lo que ocurría con la democratización de los títulos nobiliarios y mercedes honoríficas.
“La interpretación sistemática de los arts. 69 y 70 de la Ley de 18 de agosto de 1831 que creaban las Guardias Nacionales (…) llevaba a la siguiente conclusión: ‘Los oficiales de las Guardias Nacionales son iguales en nobleza a los de las tropas regulares’.” [108]
13. El ciclo del café
A mediados del siglo XVIII tuvo inicio el ciclo del café, dando oportunidad a la aparición de un nuevo aspecto de nuestra “Nobleza de la Tierra”, la llamada “aristocracia del café”, nacida entonces, cuyo prestigio e influencia marcaron sobre todo la vida del Imperio y, cuando éste cayó, algunas décadas de la de la República.
En ese sentido declara Roger Bastide:
“Después de las civilizaciones del azúcar y del oro, la tercera gran civilización que se desarrolló en Brasil fue la del café. (…)
“El café se desplaza, desde los lujos del Imperio hasta la muerte de Getúlio Vargas. El café crea una aristocracia [109] y destruye (o por lo menos transforma) su propia creación.”
“El café se confunde con la historia del siglo XIX y con el inicio del siglo XX. (…)
Transcribiendo una opinión de Gilberto Freyre, Bastide prosigue: “Es justamente el café lo que hace florecer en la provincia de São Paulo, casi dos siglos después, una sociedad patriarcal idéntica a la de Bahía y Pernambuco. Los barones del café, afirma [Gilberto Freyre], continuaban y reproducían la aristocracia del azúcar.” [110]
a) La proclamación de la República y la aristocracia rural
Proclamada la República en 1889, no desapareció por eso la influencia política de las familias provenientes de la antigua “Nobleza de la tierra.” Por otra parte, su prestigio social continuaba siendo preponderante. Además, su modo de ser y costumbres se destilaban y asimilaban con rapidez e intensidad las maneras y el esplendor de la vida social de los mejores ambientes europeos.
Es significativo en ese sentido el testimonio dado por Georges Clemenceau, político mundialmente conocido y Presidente del Consejo de Ministros francés durante la I Guerra Mundial, con ocasión de su viaje a Brasil en 1911:
“En cuanto a la ‘élite social’, (…) siempre nos vemos obligados a volver a ese punto de partida de una oligarquía feudal, centro de toda la cultura y refinamiento. (…) Es en su finca (fazenda), en el centro de su dominio, donde hay que ir a buscar al plantador (fazendeiro). Perfectamente feudal, persuadido del pensamiento europeo, abierto a todos los altos sentimientos de generosidad social que caracterizaron en determinado momento a nuestra aristocracia del siglo dieciocho, (…) es infinitamente superior a la generalidad de sus similares europeos nacidos de la tradición o surgidos de los acasos de la democracia. (…) En París, pasaréis junto a este dominador sin daros cuenta, de tal manera difiere por la modestia de su palabra y la simplicidad de su figura del tipo presentado por la sátira. (…)
“La ciudad de São Paulo es tan curiosamente francesa en algunos de sus aspectos, que a lo largo de toda una semana no me acuerdo de haber tenido la sensación de encontrarme en el extranjero. (…) La sociedad paulista (…) presenta el doble fenómeno de orientarse decididamente hacia el espíritu francés y desarrollar paralelamente todos los rasgos de la individualidad brasileña que determinan su carácter. Tened por seguro que el paulista es paulista hasta lo más hondo de su alma, paulista tanto en Brasil como en Francia o en cualquier otro lugar. Quedando esto claro, decidme, sin embargo, si ha habido alguna vez, bajo el hombre de negocios, al mismo tiempo prudente y audaz, que ha sabido valorizar el café, un francés de maneras más corteses, de conversación más amable y con una más aristocrática delicadeza de espíritu.” [111]


Incluso después de haber sido proclamada la República, en 1889, las familias que provenían de la antigua “Nobleza de la tierra” continuaron refinando su modo de ser y sus costumbres, asimilando las maneras y el esplendor de la vida social de los mejores ambientes europeos. Georges Clemenceau, en su viaje a Brasil, en 1911, comentaba a este propósito que la ciudad de San Pablo, sin perder ningún trazo de su carácter brasileño, “es tan curiosamente francesa en algunos de sus aspectos que durante toda una semana no tuve la sensación de encontrarme en el extranjero”.


Mientras tanto, ya sea durante el Imperio, ya sea durante las primeras décadas de la República, las transformaciones generales de la vida de Occidente fueron influenciando irresistiblemente a la sociedad brasileña en perjuicio de las viejas élites rurales.


Las crecientes facilidades de comunicación con Europa y los Estados Unidos difundieron aquí el pensamiento cada vez más radicalmente igualitario —y por tanto contrario a las aristocracias y élites sociales de cualquier tipo— que soplaba tanto en el viejo mundo como en la joven y vigorosa federación norteamericana.
De este modo, los elementos más cultos de la sociedad brasileña, propensos en su mayoría a seguir los impulsos provenientes de los grandes centros mundiales, iban mirando con creciente antipatía la oposición entre la democracia de ficción aquí vigente y la democracia cada vez más efectiva que regía a las naciones de mayor prestigio. El poder político de la clase agrícola les parecía una impostura, un falseamiento del régimen existente.
“Las ideas liberales se difundieron con la instrucción. (…) Con el café pasan a medrar en los pasillos de la Facultad de Derecho de São Paulo, entre los hijos de los hacendados, haciendo triunfar sucesivamente el abolicionismo, la República, la rebelión contra el monopolio político de los ricos ‘coroneles’.” [112]
Por todo el país se iban creando órganos de prensa, propensos en su mayoría a la instauración de lo que llamaban la autenticidad democrática. A la vez que el Partido Republicano, defensor discreto, pero poderoso, del status quo, iba creciendo el Partido Democrático, portavoz de la transformación política.
b) La crisis del café
A finales de los años veinte de nuestro siglo, una formidable crisis hizo estremecer el cultivo del café, plantado sobre todo en los estados de Minas Gerais, Rio de Janeiro y Sao Paulo. La causa de ello fue la inhábil política de la República ante la producción de nuestro café, mayor que el consumo del mercado mundial. Esta crisis imprevista sorprendió a gran número de cultivadores en fase de endeudamientos, necesarios para aumentar sus ya excesivas producciones, o para la construcción o mejora de sus moradas en las capitales.
En efecto, gracias a las redes ferroviarias y de carreteras, los hacendados del café tendían cada vez más a localizar sus residencias urbanas, no ya en las pequeñas ciudades próximas a sus respectivas haciendas, sino en las grandes, ahora con fácil acceso. En ellas podían llevar una vida social brillante, y al mismo tiempo proporcionar a sus hijas e hijos una alta educación secundaria en los colegios de religiosos y religiosas, procedentes sobre todo de Europa. Podían, además, los padres, seguir de cerca la vida de sus hijos entregados a estudios superiores en las diversas facultades que se iban fundando.
Endeudados imprudentemente, empobrecidos por falta de previsión, la clase de los grandes hacendados del café sufrió así un golpe que disminuyó muy considerablemente su prestigio social, y más aún el político.
Mientras esto ocurría en el sur del país, los Señores de Ingenio de Pernambuco y otros Estados del Nordeste brasileño ya hacía mucho tiempo que habían entrado en decadencia “en virtud del desarrollo de la industria que, con los ingenios centrales, eliminó las pequeñas fábricas, reunió a los labradores, sus dependientes, en torno a las feitorías (ver nota 30), clausuró el ciclo aristocrático de los ingenios, sustituyó al señor por la compañía (algunas organizadas en Inglaterra, con nombres ingleses) e instaló el monopolio de zona, en lugar de la iniciativa resistente de los viejos propietarios.” [113]
El rendimiento de los ingenios bajó tanto que solo proporcionaba a un gran número de señores lo necesario para su subsistencia.
c) La Revolución de 1930 y el fin de las élites rurales tradicionales en Brasil
Pero el curso de los acontecimientos preparaba para el país nuevas circunstancias, cuyas consecuencias implicaban la virtual extinción de la aristocracia rural. “Esta aristocracia rural lideró la sociedad brasileña durante siglos y finalmente perdió el control de la nación en 1930.” [114]
En realidad, la Revolución de 1930 privó del poder al presidente Washington Luiz —símbolo expresivo, por su figura, del orden de cosas que se hundía— y colocó a Getúlio Vargas al frente del país.
Esa revolución dio origen a casi quince años continuos de una dictadura que, por un lado, se proclamaba anticomunista, pero por otro apoyaba las transformaciones sociales aquí reclamadas por la izquierda. El “getulismo” inauguró una época populista.
Con ello, la clase de los señores de tierras quedó reducida a restos dispersos: “rari nantes in gurgite vasto”; [115] es decir, a raros destrozos que fluctuaban en un Brasil cada vez más poblado, cada vez más urbanizado e industrializado, en el cual los hijos de emigrantes de las más diversas procedencias iban consiguiendo una situación destacada y adquiriendo las haciendas que las energías exhaustas y las finanzas escuálidas de los antiguos propietarios del campo no podían ya mantener.
Estos últimos constituían cada vez menos una clase definida y, salvo algunos pocos de sus miembros, se perdían en un anonimato o cuasi anonimato, dentro del tumulto de un Brasil cada vez más rico y cada vez más diferente de lo que fue.
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VER  TODAS LAS NOTAS  DE ESTE APENDICE EN LA nota 7ma. (B): «NOTAS»

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Plinio Corrêa de Oliveira

Nobleza y élites tradicionales análogas – en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana

 

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Editorial Femando III, el Santo

Lagasca, 127 – 1º dcha.

28006 — Madrid

Tel. y Fax: 562 67 45

Primera edición, julio de 1993.

Segunda edición, octubre de 1993

© Todos los derechos reservados.

NOTAS

● Algunas partes de los documentos citados han sido destacadas en negrita por el autor.

· ● La abreviatura PNR seguida del número de año y página corresponde a la edición de las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana publicadas por la Tipografía Políglota Vaticana en Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santitá Pió XII cuyo texto íntegro se transcribe en Documentos I.

● El presente trabajo ha sido obtenido por scanner a partir de la segunda edición, octubre de 1993. Se agradece la indicación de errores de revisión.

PRESENTACIÓN

Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana es la nueva obra del ilustre pensador y escritor brasileño, tradicionalista y católico, Plinio Corrêa de Oliveira. Editada simultáneamente en España, Portugal, Italia, Francia y Estados Unidos, se dirige al público de las grandes naciones de Europa occidental y de todo el continente americano.

A la vista del tema del libro, tal vez se pregunte el lector cuál es su actualidad. Según muchos, la nobleza constituye en nuestros días una mera reminiscencia ornamental y caduca de épocas pasadas. De ahí la pregunta: ¿vale la pena escribir sobre este tema en nuestros días, en los que abundan los problemas llenos de riesgos y sobresaltos?

Podría haberse hecho la misma pregunta en los días en que el inolvidable Pontífice Pío XII consagró al tema catorce documentos ricos en doctrina y primorosos en su forma: las célebres alocuciones al Patriciado y a la Nobleza romana. En ellas, el Pontífice supo ver la realidad mucho más a fondo que aquellos que lanzan contra la Nobleza las desgastadas objeciones igualitarias esparcidas por todo el mundo a partir de finales del siglo XVIII.

Con serenidad y luminosa firmeza Pío XII establece el principio de que cualquier sociedad ha de estar necesariamente culminada por élites sólidamente constituidas e íntimamente concatenadas con el cuerpo de la nación, pues éstas tienen una misión de capital importancia en la formación de la cultura, las instituciones, leyes y costumbres.

Sin rechazar ninguna de las tres formas de gobierno —monarquía, aristocracia y democracia— el Pontífice constata con satisfacción que “hasta en las democracias de fecha reciente, tras las cuales no se encuentran vestigios de pasado feudal, se ha venido formando por la propia fuerza de las cosas una especie de nueva Nobleza y aristocracia”.

En Europa, esta misión rectora ha sido ejercida a lo largo de los siglos, de un modo excelente, por la Nobleza. El Pontífice insiste con pastoral solicitud en que, incluso dentro de las vicisitudes contemporáneas, una ponderable parte de la misión de esta clase continua vigente; y explica con perspicacia y complacencia en qué consiste dicha misión hoy en día, aun cuando se trate de familias a las que el infortunio ha privado de la integridad de su señorío de otrora.

Al mismo tiempo, Pío XII muestra cómo esta función directiva no constituye un monopolio exclusivo de la Nobleza: las circunstancias sociales pueden dar origen a nuevas clases que participen merecidamente en la dirección de la vida social; pero, Pío XII señala con admirable equilibrio que a estas clases no les conviene dejarse arrastrar por la vulgaridad del espíritu de nuevo rico, pertinazmente burdo y eufórico, que solamente ve en su reciente ascenso los deleites de la vida opulenta. Es necesario también, según el Pontífice, tener presentes los deberes y obligaciones inherentes a toda elevación, que la Nobleza suele cumplir con altanería y heroísmo.

“Noblesse oblige” dice un conocido refrán; “bon sang ne peut mentir” es la máxima que el Papa Pacelli señala a las nuevas clases dirigentes, mostrándoles que el mundo de las élites tiene sus puertas abiertas para ellas, y que en los ejemplos de la Nobleza histórica, caballeresca y cortesana, encontrarán una constante fuente de inspiración para modelarse de acuerdo con sus respectivas funciones sociales.

Éstos y muchos otros principios de gran importancia que enseña Pío XII, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira los desarrolla e ilustra con abundante argumentación doctrinal y numerosos ejemplos históricos elegidos con acierto, en el libro que acaba de lanzar.

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