OLA CELESTE BAJO EL MANTO INVENCIBLE DE LA INMACULADA CONCEPCION – “LAS DOS CIUDADES…”

En el fondo, se trata de la lucha de las dos ciudades de San Agustín, la Ciudad de Dios vs. la Ciudad del hombre, es decir la del demonio (cfr. conferencia del Dr. Miguel Beccar Varela en la UNSTA de San Miguel de Tucumán)

Link para oir la conferencia  

https://youtu.be/YdQDsp-eXxQ

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 MEDELLIN – COLOMBIA – CENTRO CULTURAL CRUZADA – Un estilo de vida y de lucha que recuerda las Ordenes de Caballería, adaptado al III milenio, rumbo al triunfo del Inmaculado Corazón de María prometido en Fátima

 

 ESTADOS UNIDOS:  MULTITUDINARIA MARCH FOR LIFE – Los estandartes y la fanfarria de la TFP norteamericana animan la marcha – Declaraciones de los jóvenes cooperadores, luchadores anti-aborto 

https://youtu.be/DAo8hoq4Os0

REPORTAJE SOBRE LAS DOS MARCHAS: LA  MARCH FOR LIFE Y LA MARCHA FEMINISTA: PREGUNTAS AGUDAS DE LA TFP- STUDENT ACTION Y RESPUESTAS REVELADORAS de dos Americas  en pugna

https://youtu.be/6cCQwWkIPS0

 ECUADOR: TRADICION Y ACCION: CAMPAÑA CONTRA LA DESPENALIZACION DEL ABORTO – GRAN APOYO DEL PUBLICO

https://youtu.be/uy1x1fziOCw

 MARCHE POUR LA VIE EN FRANCIA CELEBRANDO LOS COLORES ARGENTINOS Y LA OLA CELESTE

Editorial de “Le Figaro” sobre la Marche pour la Vie, ilustrado con foto de “Droit de Naître” manifestando con los colores argentinos 

 

 ARGENTINA: REPUDIO POR LA MUERTE DE ESPERANZA, LA BEBITA JUJEÑA, Y LOS PROTOCOLOS GUBERNAMENTALES DE LA MUERTE QUE DESCONOCEN EL RECHAZO DEL ABORTO EN EL SENADO – 

Lea en el blog Bastión del Norte por la Familia y la Vida:

UN ASESINATO ANUNCIADO
(JUJUY)

por Tomás I. González Pondal

jueves, 17 de enero de 2019

Un asesinato anunciado (Jujuy) – Por Tomás I. González Pondal

Manifestaciones católicas en Jujuy, apoyadas por salteños y numerosas entidades provida de Tucumán, La Rioja y otros puntos 

LLamado a los argentinos a luchar como lo hicieron los héroes de nuestra Historia:

Soledad, popular cantante de folklore, entusiasta pro vida

El pueblo argentino se moviliza inspirado por figuras católicas como el Santo Padre Pío

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El autor de Nobleza y élites tradicionales análogas, Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, comenta el texto del Cardenal español Herrera Oria

 

Casamiento de un Príncipe de la católica Casa de Baviera

Las familias de la aristocracia argentina dieron lo mejor para el esplendor del culto católico

Estancia colonial en Cruz del Eje

Aristocrática dama porteña con sus hijos

Estancia de Pedro Luro, Gobernador de La Pampa central.

Pedro Luro, creador y dueño de señoriales parques y estancias

Valentín Vergara, progresista Gobernador de la Provincia de Buenos Aires

 

 

7. Misión social moderna de la aristocracia
El esquema enumera a continuación algunas características que deben encontrarse en la moderna aristocracia: “Moderadora del poder; consejera; conocedora de las necesidades del pueblo; defensora del pueblo cerca de la autoridad suprema; educadora del pueblo; ordenadora y encauzadora de las actividades del pueblo; ha de utilizar todos los recursos de la técnica y del progreso social en beneficio, sobre todo, de las clases más necesitadas.”

Esta enumeración no es exhaustiva. Parece haberse hecho con el empeño de evitar que —como ocurre con tanta frecuencia— la aristocracia sea tachada de clase minoritaria monopolizadora de privilegios en detrimento del pueblo.

De hecho, el esquema señala desde el principio la tendencia de la aristocracia hacia la perfección en todas las cosas por amor a la Perfección absoluta que es Dios. Esto la lleva a propulsar al prójimo —inclusive por medio del decorum de la vida mediante las artes, mobiliarios, habitaciones, adornos, etc.— hacia todas las formas de perfección: antes que nada, hacia la perfección de virtud, pero también hacia la de talento, buen gusto, cultura, instrucción… y hasta la técnica. Todo ello debe difundirse por el cuerpo social entero, elevándolo a medida que la aristocracia se eleva a sí misma como tal.

Ahora bien, para que esta acción de elevarse se realice adecuadamente a través de la aristocracia es necesario ponderar que, como hemos descripto anteriormente, sus miembros han de ser aquellos “mejores”, cuya presencia en el poder como dirigentes de una nación constituye la aristocracia en cuanto forma de gobierno.

Estas consideraciones permiten observar cuánto depende la forma de gobierno de las condiciones religiosas y morales del cuerpo social, sobre todo, pero también de las de otros tipos.

Nota: en la próxima edición publicaremos el ít. 8. La nueva aristocracia, y las consideraciones finales del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira sobre el texto del Card. Herrera Oria

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Plinio Corrêa de Oliveira
En 1842, un hombre judío francés, de 28 años de edad, llamado Alfonso Ratisbonne estaba de visita en Roma. Era el hijo menor de una importante familia de banqueros de Estrasburgo con una estrecha relación con los Rothschild. Como sucede a menudo con los judíos de Europa, una familia toma el nombre de una ciudad. El francés Ratisbonne viene de Ratisbona, el nombre latino de Regensburg, una famosa ciudad alemana cercana a Munich. Alfonso era un judío por raza y religión, virulentamente anticatólico y libertino en sus costumbres.


La Medalla Milagrosa que Ratisbonne llevaba cuando la Virgen se le apareció
Alfonso Ratisbonne estaba haciendo una gira por Europa y Oriente antes de decidirse a casarse con su prima Flore y asumir una alianza con el banco de su tío. Por coincidencia terminó en Roma en lugar de Palermo -como lo tenía previsto-, siendo bien recibido por el círculo diplomático francés que residía allí. A regañadientes tuvo que reunirse con el barón Theodore de Bussières, un ferviente católico. A pesar de que el judío parecía bastante lejos de cualquier conversión, el barón, sin dejarse desalentar por su sarcasmo y blasfemia, vio en él a un futuro católico y lo animó en sus visitas.
Una tarde, durante una animada conversación en la que Ratisbonne ridiculizaba las supersticiones de la religión católica, el barón desafió a Ratisbonne a someterse a una simple prueba de ponerse la Medalla Milagrosa. Sorprendido, pero con ganas de demostrar la ineficacia de tales adornos religiosos, Ratisbonne consintió y permitió que la joven hija del barón le pusiera la medalla alrededor de su cuello. El barón de Bussières también insistió en que Ratisbonne recitase la oración “Acordáos” (Memorare) una vez al día. Ratisbonne prometió diciendo: “Si no me hace un bien, al menos no me hará ningún daño”.
El barón y un cercano círculo de aristocráticos amigos aumentaron sus oraciones por el escéptico judío. Es notable destacar que entre ellos había un devoto católico que estaba gravemente enfermo, el conde Laferronays, que ofreció su vida por la conversión del “joven judío”. En el mismo día Laferronays entró en una iglesia y rezó más de 20 Memorares por esta intención, sufrió una ataque al corazón, recibió los últimos sacramentos y murió.
Al día siguiente su amigo, el barón de Bussières, iba en camino para organizar el funeral del conde en la Basílica de San Andrea delle Fratte y se encontró con Ratisbonne. Él le pidió que lo acompañara y que lo esperase en la Iglesia mientras organizaba algunos asuntos con el sacerdote en la sacristía.
Ratisbonne no acompañó a su amigo a la sacristía. Deambuló por la iglesia admirando los bellos mármoles y diversas obras de arte. Mientras estaba de pie ante un altar lateral dedicado a San Miguel Arcángel, Nuestra Señora de repente se le apareció. Era el 20 de enero de 1842.

Cuadro de la Madonna del Miracolo según la descripción de Ratisbonne

De pie sobre el altar, la Virgen se le apareció con una corona y una sencilla túnica larga blanca, con un cinturón enjoyado alrededor de su cintura y un manto azul-verde que le cubría el hombro izquierdo. Ella lo miró afablemente; sus manos estaban abiertas y de ellas salían rayos de gracias. Su porte era regio, no sólo por la corona que llevaba. Su altura y elegancia daban la impresión de una gran dama, plenamente consciente de su propia dignidad. Ella transmitió su grandeza y misericordia en un ambiente de gran paz. La Virgen tenía algunas de las características de Nuestra Señora de las Gracias. Alfonso Ratisbonne vio esta figura y comprendió que estaba delante de una aparición de la Madre de Dios. Se arrodilló ante Ella y se convirtió.
Al regresar de la sacristía, el barón se sorprendió al ver al judío orando fervientemente de rodillas delante del altar de San Miguel Arcángel. Se acercó a su amigo y Ratisbonne le pidió inmediatamente que fueran donde un confesor para que pudiera recibir el bautismo. Once días después, el 31 de enero recibió el bautismo, la confirmación y la Primera Comunión de manos del Cardenal Patrizi, Vicario del Papa.

El P. Alfonso Ratisbonne

Su conversión tuvo enormes repercusiones en toda la Cristiandad. Todo el mundo católico se dio cuenta de ello y quedó impresionado. Después, Ratisbonne se convirtió en sacerdote jesuita. Diez años más tarde, él y su hermano Teodoro, quien también se convirtió del judaísmo, fundaron una congregación religiosa —la Congregación de Sion— dedicada a la conversión de los judíos.
LA IMPORTANCIA DEL MILAGRO
Poco después de la aparición, en base a la descripción del P. Ratisbonne, se pintó un cuadro que representaba a la Virgen como se le había aparecido ese día en San Andrea delle Fratte. Cuando se terminó el cuadro, él lo vio y dijo que representaba vagamente la belleza de la aparición que había visto. Esto no es difícil de creer puesto que la belleza real de Nuestra Señora debe superar cualquier mera representación. La imagen fue colocada en el lugar exacto donde se le había aparecido, y se hizo conocida como la Madonna del Miracolo, la Virgen del Milagro, en referencia al doble milagro, su aparición y la conversión instantánea de Alfonso Ratisbonne.
Obviamente, esa aparición representó un gran

Expresión patriarcal del P. Ratisbonne

beneficio para el alma de Ratisbonne. También representó un beneficio para la Iglesia Católica con la fundación de la Congregación de Sion, con su misión especial de trabajar por la conversión de los judíos. Esta congregación expresa bien la posición de la Iglesia hacia los judíos. Su posición no es odiar a los judíos sino defenderse de sus ataques. En la medida en que atacan a la Iglesia, Ella se defiende. Pero por encima de todo, Ella desea su conversión, la erradicación del judaísmo como religión y la entrada de los judíos en la Iglesia Católica, que es la verdadera continuación de la nación escogida.
Pero en el contexto doctrinal y psicológico de aquellos tiempos, el milagro con Ratisbonne tuvo un significado más profundo. En el siglo XIX, la Revolución estaba promoviendo fuertemente el racionalismo, una escuela de pensamiento que hoy se ha vuelto obsoleta. En aquel entonces, la Revolución enfatizaba el siguiente punto: el hombre racional, el hombre que trata de determinar todo de acuerdo a la razón, no puede encontrar los apoyos necesarios en la razón para creer que Dios existe, que la Iglesia Católica es la religión verdadera, y que fue fundada por Jesucristo. Por lo tanto, la Revolución concluyó que todo el edificio de la doctrina católica no puede ser aceptado por la razón humana.
Estas afirmaciones revolucionarias eran sólo mitos, como la mitología romana o las leyendas de los pueblos indígenas y africanos. La mayoría de los argumentos racionalistas eran argucias o sofismas, con sólo unos pocos procedimientos sacados de argumentos capciosos. Pero debido a que la Revolución insistió sin descanso en esos puntos y presentó un torrente de objeciones a la doctrina católica, muchas personas de ese tiempo perdieron su Fe.
Para contrarrestar esta ola incesante de ataques contra la Fe católica, la Virgen se apareció e hizo milagros en varios lugares.
El milagro de la conversión de Ratisbonne que ocurrió en Roma impactó en toda la Cristiandad. En aquellos tiempos no existía este ecumenismo maldito que estamos presenciando hoy. En ese tiempo, la separación de las religiones era mucho más profunda y, por lo tanto, era también el abismo que separa la verdad del error, y el bien del mal. Un judío rico e influyente, con absolutamente ninguna razón para favorecer a la Iglesia Católica, de repente se convirtió porque vio la Virgen. Él dio prueba de su sinceridad al renunciar a sus posiciones en el mundo y romper con sus ventajosos compromisos. Abrazó la vida religiosa y fundó una congregación religiosa para convertir a los otros judíos y luchar contra el judaísmo. Es imposible imaginar una prueba más objetiva de la verdad de la aparición. Este episodio tuvo un enorme impacto en toda Italia y Francia, y luego en todo el mundo católico.
Ello fue evidentemente un milagro, un milagro que cayó del cielo como una gota de agua sobre una humanidad sedienta que estaba siendo influenciada por los mitos racionalistas de la Revolución.
La Divina Providencia había hecho algo muy similar ya en 1830 con las apariciones en la Rue du Bac (París) a Santa Catalina Labouré. Allí, entre otras cosas, la Virgen le dio al mundo la Medalla Milagrosa, abriendo un torrente de gracias y milagros para la humanidad. Nuestra Señora también se apareció en la gruta de Lourdes en 1858, y poco después hubo informes de muchos milagros de curaciones para los que se bañaban en sus aguas. Los milagros de Lourdes constituyen la serie más larga de milagros que se hayan producido en la historia de la Iglesia. Insertado en esta secuencia general, está la aparición de la Madonna del Miracolo a Alfonso Ratisbonne.
Esta serie de apariciones y milagros fue el golpe que Nuestra Señora eligió para darle a la Revolución en ese momento. Ella contraatacó con una estrategia hábil, muy bien calculada. Fue su manera de aplastar la cabeza de la serpiente. La misma cabeza del judaísmo fue aplastada por el testimonio público de un importante judío que afirmó que la Iglesia Católica es verdadera.
Debemos, por lo tanto, analizar los milagros que la Divina Providencia da, para buscar la norma más alta que los rige. Los milagros se hacen más frecuentes en las épocas en que son más necesarios.
EL MILAGRO QUE ES NECESARIO PARA HOY
Hoy hemos llegado a la situación en la que la acción del diablo es cada vez más evidente con cada día que pasa.

Los ovnis y los hippies, manifestaciones de invasión preternatural de demonios

Me refiero no sólo a la aparición de los OVNIS y la revolución hippie. Está claro, en mi opinión, que estos fenómenos están vinculados a una invasión preternatural del demonio.
Me refiero también a la muerte de la racionalidad en la opinión pública. Los hombres de hoy efectivamente detuvieron la manera del uso de su razón —como lo hicieron en los años 80 y 90— y actúan solamente por impulsos temperamentales, lo que es algo que no puede explicarse sino por una acción especial del diablo. Él está haciendo un enorme esfuerzo para mantener la Revolución en marcha, a pesar de su incapacidad para convencer a la opinión pública. Ya que no podemos explicar esta acción preternatural, también es difícil combatirla de manera eficiente. Esta acción demoníaca continúa creciendo y está alcanzando un ápice de tal manera que me parece que es necesario un milagro asombroso.
¿Qué clase de milagro será? ¿Cuál sería el milagro que podría mover al hombre contemporáneo a volver a la Fe católica? Los misteriosos designios de Dios van más allá del conocimiento del hombre. Pero esto no nos impide especular sobre la base de lo que Él ha hecho en el pasado.
El hombre contemporáneo ha alcanzado una dureza tal de corazón que ya no se deja tocar por los milagros como el que ocurrió con Ratisbonne, ni con la serie de milagros en Lourdes.
En mi opinión, son necesarios dos milagros:
Primero, necesitamos de un milagro que mueva a los buenos católicos a no tener miedo a estar en desacuerdo con la opinión prevaleciente en el medio revolucionario que los rodea. Deben ser indiferentes ante esa opinión. Además, deben tomar la ofensiva en contra de ella. Esta es la primera parte de lo que es necesario. Eso fue lo que sucedió en Pentecostés. Lenguas de fuego aparecieron sobre los Apóstoles, y ellos dejaron el Cenáculo con el coraje de enfrentar a todos. Antes de esto, eran cobardes, pero con ese milagro se convirtieron en combatientes invencibles.
¿Fue algo interior o exterior lo que tuvo lugar allí? No lo sé. Toda la ciudad de Jerusalén escuchó una enorme explosión de sonido que venía del Cenáculo. Por lo tanto, parece que no fue sólo una acción interior dentro de sus almas, sino que estuvo precedida o seguida por algún milagro exterior. Lo que realmente sucedió allí no lo sabemos. Pero dado que hoy se conmemora a la Madonna del Miracolo, deberíamos pedirle a la Virgen que nos dé un milagro similar para transformarnos en los Apóstoles de los Últimos Tiempos como predijo San Luis Grignion de Montfort.
Segundo, esta intervención divina debería ser un castigo que caiga sobre el mundo por su aceptación y sus concesiones a la Revolución, y en especial por el pecado cometido dentro de la Iglesia Católica. Para ser más claro, por haber aceptado el progresismo dentro de la Iglesia, incluso en sus más altas cumbres.
Me estoy refiriendo al castigo que Nuestra Señora predijo en Fátima, en el que muchas naciones desaparecerán. El milagro del sol que dejó su órbita y se precipitó sobre la tierra parece prefigurar un castigo cósmico donde el equilibrio del sol puede ser modificado en obediencia a un mandato de la Virgen. ¿Cuáles serían las consecuencias en nuestro sistema solar si el sol se sacudiera y cambiara su curso por un corto período de tiempo? Tal desequilibrio cósmico podría producir todo tipo de catástrofes meteorológicas sobre la faz de la tierra, la destrucción de un sinnúmero de cosas y personas.
Incluso después de eso, muchas de las personas que sobrevivieren a esas catástrofes todavía necesitarían el milagro de la conversión como el que experimentó Ratisbonne.
Ambas perspectivas apuntan a grandiosos milagros necesarios para hacer que los hombres contemporáneos vuelvan al camino correcto y hagan posible el Reino de María, como Nuestra Señora predijo en Fátima.
Con el fin de estar preparados para ese tipo de milagros, yo les aconsejaría rezar el Acordáos, la oración que rezó Ratisbonne antes de su conversión. Debemos orar a menudo, pidiéndole a la Virgen del Milagro que nos dé estos dos milagros y obtenga la victoria de la Santa Iglesia sobre la Revolución.

Madonna del Miracolo – Ntra. Sra. del Milagro en el lugar donde se convirtió Ratisbonne

Nuestra Señora del Milagro

Múltiples fueron las formas de devoción a la Madre de Dios que el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira cultivó durante su vida. Siempre llevó consigo una Medalla Milagrosa y rezaba con mucha frecuencia el Acordáos. En cierta ocasión, en que recordó la conversión de Alfonso Ratisbona, dirigió a la Virgen María estas palabras: “Oh Inmaculada Madre de Dios, Madonna del Miracolo, que quisísteis conquistar con un singular prodigio de vuestra misericordia al israelita Alfonso, acoged las súplicas que os presentamos con confianza, como un día acogísteis las súplicas de aquellos que a Vos recurrieron pidiendo la conversión del hijo judío. Obtenednos también una sincera y total conversión a la gracia y todos los bienes del alma y del cuerpo. Vuestra clemencia triunfó sobre Ratisbona, persuadiéndolo de que reciba el bautismo y se empeñe con voluntad seria en la observancia de los Mandamientos. Por esta conquista de vuestro amor, obtenednos la perseverancia en el cumplimiento de las promesas del bautismo. Haced que ningún obstáculo se interponga a nuestra observancia de los preceptos de Dios y de la Iglesia. Vuestras manos resplandecientes son el símbolo de las innumerables gracias que con maternal bondad dispensáis profusamente sobre la Tierra. Haced resplandecer sobre nosotros un rayo de vuestra misericordia”.

(Texto original publicado por Fátima, la Gran Esperanza – Suscríbase allí al santo de cada día)

Debemos orar a menudo, pidiéndole a la Virgen del Milagro que nos dé estos dos milagros y obtenga la victoria de la Santa Iglesia sobre la Revolución.

ACORDAOS…

“Acordáos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir, que ninguno de aquellos que han recurrido a vuestro amparo, implorado vuestro auxilio y reclamado vuestra intercesión, haya sido abandonado por Vos. Animado, pues, con esa confianza (que mueve las montañas), a Vos, Virgen de las Vírgenes, Madre mía, recurro,  ante Vos me presento, gimiendo y llorando (en vuestra sacral presencia) por mis pecados. No desprécieis mis súplicas, oh Madre del Verbo de Dios encarnado, sino oidlas misericordiosamente y alcanzadme lo que os ruego (y más aún). Así sea”.

 

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Espíritu épico y destreza

Ntra. Sra. de la Candelaria, Patrona de la Parroquia que lleva su nombre (foto Vicky Gutiérrez)

Ntra.

…la dulce presencia de jovencitas promesantes de la Virgen, vestidas de “Candelarias”, con sus velas benditas el 2 de febrero

Tradición y familia (foto Vicky Gutiérrez)

La “caja del Santo”, reminiscencia de los pregones y convocatorias de los tiempos coloniales, marca su presencia por todo el pueblo (foto V. Gutiérrez)

San Sebastián, venerado patrono de Sañogasta, “vestido” para su fiesta (foto V.G.)

Desfilan los grupos de Alférez ondeando al viento sus estandartes el 3 de febrero, fiesta patronal de San Sebastián

Alférez Ricardo Gutiérrez en su brioso caballo (foto Vicky Gutiérrez)

Alférez de la familia Brizuela y Doria con elegantes aperos (foto V. G.)

La antiquísima Imagen de Ntra. Sra. de la Candelaria traída por don Pedro Nicolás de Brizuela en el 1600

Las madres infunden en sus pequeñas hijas la devoción a Ntra. Sra., vistiéndolas de “Candelarias”

Procesión de N. S. de la Candelaria, presidida por el Párroco, seguida de la Imagen de San Vicente Ferrer (Nonogasta) y de San Sebastián

Galopes de los Alférez, 3 de febrero, ante el público entusiasmado que colma la plaza, la Iglesia y los alrededores

Los caballos ensillados con los mejores aperos esperan a sus dueños para iniciar el homenaje ecuestre a los Santos Patronos

Grupo de Alférez llevando a sus pequeños hijos o sobrinos para infundirles la devoción a los Patronos y la destreza a caballo

Alférez de la familia B. y Doria

Alférez rodeando la cruz del santo misionero con fama de milagros, Padre Aimón, primer confesor de la Ven. Sor Leonor de Santa María Ocampo, criada en Sañogasta en casa de su abuelo, el Gobernador Ramón de Brizuela y Doria, prócer de la Emancipación

El nuevo Alférez Mayor, Alfredo Gutiérrez, elegido por sus pares con la autonomía que establece el Derecho Canónico, fruto de la sabiduría de la Iglesia Católica

El Alférez de San Sebastián Alfredo Gutiérrez (h), digno continuador de las tradiciones paternas (foto Vicky Gutiérrez)

Las agrupaciones gauchas van desfilando y haciendo la “venia” con sus banderas ante los Santos Patronos, parando un momento en la 3a. vuelta para dedicarles versos y sentidos homenajes

ESPIRITU DE CABALLERIA Y FUEROS EN EL ANTIGUO MAYORAZGO DE SAN SEBASTIAN DE SAÑOGASTA – FIESTAS PATRONALES

El verdor natural, las vertientes puras, las arboledas naturales y las frutales, antaño llamadas “de Castilla”, las rosas en los cercos, más el paisaje montañoso alrededor, hacen de Sañogasta un lugar hermoso y fresco en esta época del año.
Enero, como siempre, fue para vivir con amor y fervor la tradición en honor a los Santos Patronos.
Comenzamos con los preparativos indispensables: los primeros días, las personas que la costumbre hizo que se encargaran, convocan allegados devotos para organizar la “salida del Santo” a visitar cada casa del pueblo, y los vecinos, Miranda y Guanchín.
Tres días y medio vivimos expectantes del redoble tan característico de la antiquísima “caja del Santo”, para saber por cuál barrio o rincón anda; las familias alerta, con los patios bien aderezados y la mesa con el mejor mantel y flores de su jardín colorido por las dalias y azucenas, esperan para entrarlo en sus brazos, y “tomar gracias”, con amor y hasta con lagrimas; comienzan los acompañantes a entonar “el canto de visita”, antiquísimo:
“…la tierra y plantas esperan,
verde será tu favor,
¡misericordia Señor!
Dios se los pague, mis hijos!
Me voy muy agradecido,
¡misericordia Señor!”
Esto, por el buen recibimiento y la limosna que los fieles le ofrecen. Antiguamente la primera estrofa, -que no sabemos por qué ya no se canta (¿algún prurito “anti-discriminatorio” -en realidad “anti-identidad propia”- de la demagogia del resentimiento o del “progresismo cristiano”?), decía:
“San Sebastián de los indios
hoy los viene a visitar,
¡misericordia Señor!”
La estrofa omitida confirma la versión oral de que la imagen, que sólo sale en las procesiones patronales, fue tallada por los indios, en una misión que había en Vichigasta, a mediados del 1700. Para cuidar la antigua, hace pocos años se hizo una réplica bien lograda por artesanos salteños, es el “Santo peregrino” que se guarda en la sacristía.
Continúa la caravana de acompañantes, que cada día son más, y cantan a la par de los dirigentes. Cuando ha visitado hasta la última casa, vuelve a la Iglesia.
Una norma consuetudinaria es que la mayordoma de la Virgen de la Candelaria sea de la familia Brizuela y Doria ya que fue traída por Don Pedro Nicolás de Brizuela y Da. Mariana Doria, fundadores de la Capilla en su Hacienda de San Sebastián de Sañogasta. Ella prepara las ropas para vestirla a fin de que luzca toda de blanco en la fiesta de su Purificación, con su Divino Niño y su candela. También las flores con las que engalanará la Iglesia cuatricentenaria el último día de novena, 1º de febrero –“la noche de los Doria”-, para que también el 2 y el 3 esté reluciente y hermosa.
Ya van llegando los sañogasteños que algún día se fueron a otros lares, que toman sus vacaciones para estar en “las fiestas”, las Patronales, y se llena de gente el pueblo.
Las nueve noches de novena colman la Iglesia y la plaza del frente. Las antiguas campanas, las originales del 1640 (fundidas en la Hacienda del Mayorazgo, como también los primeros cañones argentinos en tiempos de la Emancipación) alegran el aire con sus repiques y vuelve a sonar la “caja del Santo” avisando a todos que ya van a comenzar los rezos y ceremonias. Se acostumbra que los diferentes barrios tengan cada uno “su día”, y les corresponde “dar el alba” al filo del amanecer, con campanas y bombas de estruendo, lo que se repite al medio día, y arreglan la Iglesia con los mejores manteles y flores.
El 2 es la festividad de la Candelaria, que representa la Purificación de Nuestra Señora y la Presentación del Niño Dios en el Templo. Es la Patrona de la Parroquia. Desde antiguo se celebra misa por la mañana, con la dulce presencia de niñas promesantes vestidas de blanco y velo en sus cabezas, que están allí como en la procesión por la tarde. Hasta hace unos años se bendecían las candelas antes de la misa matinal.
Actualmente, en cierto lugar, durante la procesión vespertina, el sacerdote bendice las velas que los fieles traen, para que les dure todo el año y encender en casos de necesidad. Y la procesión continúa. Cuando llega a la Iglesia, celebra la misa al aire libre para la multitud de devotos.
El 3 festejamos al Patrono del pueblo, San Sebastián, el Mártir que sufrió en las épocas paganas de Diocleciano un doble verdadero martirio. Este día tiene un atractivo especial: después de la misa los promesantes del Santo vestidos de “alférez” -según la costumbre de nombrarlos, siendo rara vez usado “Alféreces” o “Alfereces” (Salta)- lucen sus bandas de colores y sus estandartes o “banderas”. Dirigidos por el Alférez Mayor, rinden los honores debidos a su “Patrón”, y presentan sus huestes de infantería y de a caballo, como en las antiguas Ordenes de Caballería de los tiempos de Ramírez de Velasco, fundador de La Rioja.
Dan tres vueltas a pie en honor de la Ssma. Trinidad, entrando y saliendo de la Iglesia, para rendir homenaje a la Virgen y al Santo haciéndoles “la venia” con sus banderas. Largas filas de hombres, niños, y también mujeres, que hace unos quince años se sumaron a las huestes -antes eran solamente hombres.
En todo momento el Alférez Mayor está atento dirigiendo la caminata. Luego los que trajeron sus caballos van a montar, mientras salen en sus andas las imágenes de los santos patronos para recibir las honras ecuestres al son de las campanas y las bombas. Tres vueltas al galope alrededor de la plaza y terrenos vecinos; venias, recitados, vivas a los santos, todo es festejado por la multitud de gente que disfruta de esta celebración seria y sentida. Muchos padres van llevando a caballo sus hijos pequeños como para que aprendan la tradición desde chicos y la amen.
Este año las fiestas patronales recibieron la visita de dos grupos de jinetes: uno venido del este, atravesando el cerro Velasco desde La Rioja, y otro del oeste, atravesando el Famatina y la cuesta de Miranda desde Villa Unión. Todos bien aperados y montados. Los del oeste vinieron en mulas, ágiles y pintorescas, causando sensación.
Es interesante recordar que la elección del Alférez Mayor la hacen solamente los alférez, como indica el Código de Derecho Canónico para las asociaciones privadas de fieles, que no dependen del Obispado, siendo autónomas para su funcionamiento y elección libre de sus autoridades. Sabiduría de la Santa Iglesia… Lo traigo a colación por que, años atrás, hemos tenido problemas con algunos Párrocos que intentaron interferir en la costumbre. En esta ocasión se hizo la elección antes de las fiestas, sin problemas, por la buena predisposición del Párroco actual. Así es que don Alfredo Gutiérrez, hombre serio, guapo y responsable, con familia bien formada y numerosa, fue el elegido, y dos hombres de campo más, nombrados para ayudar en sus tareas. Antiguamente los que ostentaban este cargo lo hacían en forma vitalicia, o mientras podían montar a caballo. La tradición continúa, en forma consuetudinaria, siempre de modo amistoso y fraternal.
Por la tarde del 3 la procesión, esta vez presidida por el Santo por ser su día, rodeado de alférez portando sus banderas para las debidas “venias” que ordena el Mayor. Otra vez el largo recorrido -que hiciera la Candelaria el día anterior- y al llegar a la Iglesia, la misa. Multitud de devotos, este año más que nunca, inundando los alrededores de la Iglesia y la plaza. Las Imágenes presiden la celebración bajo las arcadas coloniales de la Capilla, al aire libre, como el día anterior.
Al finalizar, la bendición de las gargantas por ser en el santoral el día de San Blas. Se despiden las imágenes para entrar al templo entre vivas a toda voz, repique de campanas, explosión y luces de las bombas (que reemplazan los cañonazos de los tiempos de los Austria) y banderas flameantes. ¡Es emocionante! La gente se demora para irse, todos quieren seguir allí, viviendo con el corazón alborozado las bellas fiestas patronales del pueblo.
Será, necesariamente, hasta el año que viene…!
Pero no dejemos de notar en lo que narramos, los trazos ciertos de una verdadera sociedad orgánica. Es decir un verdadero pueblo, de fuerte tejido social, donde cada uno es alguien que todos conocen, muy distinto de la masa anónima de las grandes Babeles contemporáneas, y con tradiciones muy antiguas, cuyas vivencias permanecen y crecen.
Sañogasta responde a lo que enseña el magisterio tradicional de la Iglesia, valioso pilar y modelo de lo que debe ser la sociedad en cualquier tiempo como lo transmite el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, egregio admirador de nuestras tradiciones, en Nobleza y élites tradicionales análogas: es una familia de familias con diversidad armónica de clases sociales, cada una con perfil y funciones propios.

LO QUE AUN NO SE DIJO
Lo vamos a contar ahora.
¿Cuándo comenzó todo esto?
En 1640. Cuando el matrimonio del hidalgo español don Pedro Nicolás de Brizuela, promotor y gran héroe en la defensa de la civilización cristiana del Tucumán (actual NOA y Córdoba), por lo que llegó a ocupar el cargo de Teniente General de la Gobernación (semejante a un Vice-Gobernador), y la riojana doña Mariana Doria, recibieron tierras en Sañogasta, en compensación por servicios prestados “a su costa y minción”, como era normal en la época.
Ellos vivieron aquí. Trabajaron y evangelizaron. Trajeron de España una bella imagen de San Sebastián, y del alto Perú la Virgen de la Candelaria que veneramos.
La del Santo protector pertenece a los descendientes de don Pedro y doña Mariana y se conserva en el ancho muro de la casa señorial que fue la última construida durante la vigencia del Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta, constituido por el matrimonio fundador.
La devoción de los naturales y de todos los pobladores por San Sebastián llevó a entronizar en la Iglesia (M.H.N.) la Imagen que se lleva en procesión, que mandaron tallar alrededor de 1750 en Vichigasta, probablemente don Ignacio de Brizuela y Doria o su hija doña Petronila (nieto y bisnieta, respectivamente, del matrimonio inicial), para continuar la evangelización, en la que trabajó sin duda el hijo mayor de don Pedro, el sacerdote Blas Crisóstomo de Brizuela.
En el año 1663 ambos esposos firmaron su testamento en “La Rioja del Tucumán”, largo y bien explícito.
En aquellas lejanas épocas de nuestra historia existían tres instituciones clave para el buen funcionamiento de las ciudades-provincias: los Cabildos, las encomiendas y los mayorazgos (cfr. Nobleza y élites tradicionales análogas en América Española: origen, desarrollo y perspectivas actuales, Apéndice V de la obra principal, desarrollado en este Boletín; ubicar en el buscador “search”).
En su testamento resuelven la creación de una de las tres instituciones explicitando todas las normas a cumplir: el “Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta”. Que va a ayudar a conservar la estirpe familiar, el patrimonio logrado con esfuerzo y trabajo, y el apellido de ambos: “Brizuela y Doria” para todos los “Vínculos” o “Señores”.
Los fundadores dispusieron en el testamento repartir en vida dos tercios de sus bienes en partes iguales entre sus siete hijos. El tercio restante lo reservaron para su propia subsistencia y sobre éste constituyeron el Mayorazgo que pasaría a tener vigencia a su muerte, con imposición de usar el apellido (cláusula habitual en los mayorazgos) y mantener la indisolubilidad del patrimonio vinculado (de ahí el nombre de “Vínculo” con el que será conocido el Señor del Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta).
En aquellas épocas y circunstancias nace la tradición religiosa que hoy está vigente, con adaptaciones y cambios según las costumbres.
La vigencia del Mayorazgo de San Sebastián, primero en Argentina y uno de los de mayor perduración en América, terminó en 1917, siendo Vínculo don Ramón Alberto Brizuela y Doria. Las dificultades que se vivían y los reiterados reclamos y juicios por herencia de parientes colaterales determinó su final; asimismo don Ramón se dedicó a la política, una constante en la familia si incluimos las (particularmente otrora) dignas funciones de gobierno y mando militar, en las catorce generaciones hasta hoy.
Aquí estamos, conociendo y honrando el pasado, sumado a un presente que le sea afín: es la tradición… que seguiremos honrando, si Nuestra Sra. de la Candelaria y San Sebastián, con su bendición así lo permiten.
Elena B. Brizuela y Doria
Centro de Estudios Históricos, Genealógicos y Heráldicos
del Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta
Febrero, A.D. 2019

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La leyenda de los tres Reyes Magos,  por el Abad de Marienau (s. XIV)

♦ Para despertar nuestra inocencia y amor a la sublimidad, y ser como niños, según el consejo de NSJC…

Los Santos Reyes adorando al Divino Rey en el pesebre y presentándole sus regalos – Beato Angélico

Una rica leyenda escrita por un autor medieval  que recoge muchas tradiciones populares en que se combinan la imaginación,  la historia y la Revelación, que ayuda a admirar el misterio de los Tres Santos Reyes

Los Reyes Magos ejercieron una poderosa atracción sobre la Cristiandad medieval. Su generosidad, espíritu de fe y de aventuras, y su grandeza, despertaron gran fascinación en las almas sedientas de maravilloso.

Caballeros y peregrinos  traían de Tierra Santa narraciones acerca de los misteriosos personajes reales que formaron la leyenda. El docto Johannes von Hildesheim, fecundo escritor,  Abad de Marienau, y profesor en Avignon y París (s. XIV), fue un destacado recopilador de estos relatos, cuya versión de la leyenda encantaba al propio Goethe. Veamos algunos pasajes de este relato penetrado de un perfume de inocencia, propio de la auténtica Navidad (*).

Primeros fieles de la gentilidad

“Todo el mundo de Oriente a Occidente alaba y honra a los Tres Santos Reyes. Como fulgurantes rayos de sol brilla su fama. En la tierra del Levante se desarrolló su vida corporal. Allí buscaron al verdadero Dios Hombre, lo adoraron y le trajeron sus dones, tan ricos en significado.

“Fueron estos primeros fieles de la gentilidad los primeros paganos que se convirtieron e hicieron votos de castidad y pureza y llevaron una vida santa”. Sus reliquias se veneran en la portentosa Catedral de Colonia, elevada en su honor.

El Monte de las Victorias

La Montaña de Vaus, en la India, llamada también Mons. Victorialis –Cerro de las Victorias- sobresalía por su altura sobre todas las demás. Allí los Indos mandaban vigías para anunciar cualquier peligro por señales de fuego o de humo, según la hora. El profeta Balaam había anunciado: “surgirá una estrella de Jacob y derribará a todos los hijos de Set” (los enemigos de Dios).

Los ancianos pagaron generosamente vigías y ellos mismos subieron al Monte Vaus para observar si, de día o de noche, de cerca o de lejos, aparecía una estrella o una luz inesperada, debiendo comunicarlo de inmediato.

La profecía se mantuvo por mucho tiempo en todos los pueblos de Oriente. Había una estirpe de “los nobles de Vaus”; a ella pertenecía el rey Melchor, que regaló el oro al Niño Dios.

También existía en Oriente la ciudad de Akkon, de magnificencia legendaria.  Allí se dirigieron desde la India los nobles de Vaus, construyendo un poderoso castillo de esplendor real. Conservaba una corona de oro recamada de gemas, piedras preciosas y perlas. Tenía inscripciones con letras del alfabeto caldeo y el signo de la cruz,  además de una estrella. Habría pertenecido a Melchor, que también era rey de Nubia. Dios obró por ella milagros en honor a los tres reyes. Cuando alguien caía víctima de apoplejía, se la ponían sobre la cabeza y enseguida se levantaba, curado.

Vigilia en lo alto del cerro

Aumentaba entre los gentiles el deseo de que se cumpla la profecía de Balaam, sobre la cual, aunque paganos, no tenían la menor duda. Buscaron doce hombres sabios y dignos y los enviaron al cerro. Cuando uno moría, otro lo reemplazaba. Su misión era descubrir la estrella y advertir el Nacimiento del Hombre al que las estrellas servían.

Era el mejor lugar para contemplar el firmamento y tenía un espacio destinado a un fin especial que fue cumplido después del Nacimiento: levantar una capilla. Allí pusieron una columna finamente labrada sosteniendo una estrella que giraba con el viento y brillaba a lo lejos.

La estrella se levanta sobre la montaña de Vaus

A la misma hora en que nacía el Salvador, se levantaba sobre el Monte de las Victorias una estrella. Lentamente, como si fuera un águila, permaneciendo inmóvil sobre la cumbre. Iluminaba al mundo entero.

Ni siquiera el sol del mediodía lograba oscurecerla. Tenía la figura de un niño y el signo de la cruz. Una voz se oyó de la estrella diciendo: “Hoy ha nacido el Señor, el Rey de los Judíos, que es la esperanza y el Señor de los gentiles. ¡Id, pues, buscadlo y adoradlo!”

Los reyes se ponen en camino

Los que vieron y oyeron esto se atemorizaron, admirados, pero no dudaron que fuese la estrella anunciada por Balaam.

En la India, Caldea y Persia, los tres reyes  recibieron la noticia, llenos de alegría de que les fuera permitido vivir los días de bendición en que apareciera el astro.

No se conocían entre sí ya que sus reinos quedaban distantes, pero recibieron la noticia al mismo tiempo. Se prepararon debidamente, con regalos de profunda significación, vestimentas magnificas y lujo real, con caballos, mulas y camellos, y una larga comitiva, y partieron a buscar y adorar al Rey recién nacido, que sentían tan por encima de ellos . Por eso se vistieron del modo más rico y distinguido y enviaron una gran caravana con comida, bebida y bastimentos.

La estrella los guiaba en el camino. Durante el día descansaban y a la noche andaban, ya que su brillo era como el del sol.

Eran tiempos de paz. Las puertas de las ciudades estaban abiertas. Los habitantes de los reinos que recorrían se atemorizaban y llenaban de admiración al ver a estos reyes con sus grandes escoltas, que viajaban de noche alumbrados como en el día. Nadie sabía de dónde venían ni hacia dónde iban. Dejaban los caminos marcados por los cascos de incontables animales. Largo tiempo se habló de esto en Oriente.

Encuentro en Jerusalén: alegría de los buenos y terror de los malos

“Por diversos caminos llegaron a Jerusalén. Al tener noticia uno del otro se abrazaron llenos de alegría, relatándose el milagro que los reunía allí para el gran acontecimiento esperado por los siglos. Conocieron que ésa era la ciudad real que sus antepasados conquistaran varias veces esperando encontrar al Rey recién nacido”.

Frente a semejante comitiva, tan bien equipada cuanto inesperada, Herodes y los habitantes tuvieron miedo: era tan grande que los muros no podían contener la multitud de hombres y animales. La mayor parte acampó en las afueras, como un ejército alrededor de la urbe.

Sobre la reacción de Herodes y los doctores, que les informaron que el rey habia nacido “en Belén de Judá”, comenta el autor:

“Los doctores sabían desde antes del Nacimiento del Señor, y conocían el lugar de su Natividad. Luego, no tuvieron excusa por su falta de fe y su negativa posterior”. Citando a San Gregorio, añade: “Los judíos tenían el espíritu de profecía pero estaban ciegos y no veían a Aquel de quien tantas cosas habían anunciado. Negaban que Cristo hubiese nacido  pero sabían que nacería. Conocían hasta el lugar de su Nacimiento y lo anunciaron a Herodes a su pedido”.

Los reyes llegan a Belén, guiados por la estrella

Por el camino a Belén encontraron a los pastores, que les anunciaron el mensaje del Angel; los Magos les dieron ricos presentes.

Poco antes de llegar se engalanaron con las más finas vestimentas reales. La estrella los condujo hasta un pesebre, deteniéndose sobre él en el cielo. Un fulgor maravilloso iluminaba la caverna, y, al entrar, vieron al Niño con María, su Madre, cayeron de rodillas y lo adoraron. Luego abrieron sus cofres y le ofrecieron sus dones: oro, incienso y mirra de sus reinos.

Los dones significaban tres propiedades de la Persona de Nuestro Señor Jesucristo: majestad divina, poder real y mortalidad humana.

El incienso significa sacrificio, el oro tributo y la mirra se utiliza para enterrar los muertos, en espera de la resurrección. La santa Fe los ofrece continuamente honrando al verdadero Dios, verdadero Rey y verdadero Hombre.

El oro es un símbolo de honra y templanza virginal, que representa la castidad de los reyes; el incienso, refuerza la idea de pureza sumada a la de devoción y entrega; y la mirra, símbolo de mortificaron, refleja el carácter pasajero de la carne, que por obra de Dios resucitará.

Los tres reyes besaron el suelo frente al pesebre y las delicadas manos del Hijo de Dios. Con modestia y sacralidad depositaron sus dones cerca de la cabeza del Niño. Algunos habían pertenecido a Alejandro Magno y luego a la reina de Saba, que los llevara al templo, de donde fueron robados cuando la destrucción de la ciudad real.

Pobreza, intimidad sacral y grandeza

Encontraron al Niño en tan grande pobreza como les dijeran los pastores. En la humilde vivienda brillaba la luz de la estrella milagrosa con tanta intensidad que todos parecían encontrarse en llamas. Tan absortos estaban que de sus cofres tomaron lo primero que les vino a la mano. El rey Gaspar, con lágrimas en los ojos, trajo un envase con mirra. Un temor sagrado se apoderó de ellos, sumidos en profunda contemplación. Oyeron a la Ssma. Virgen decir suavemente, con la cabeza algo inclinada: “Dios sea alabado”.

Entre los dones se encontraba una esfera dorada que perteneciera a Alejandro Magno. Por su lado de orgullo humano, al tomarla el Niño Jesús, se convirtió en polvo y ceniza.

Como la roca, que, sin obrar humano, se separó de la montaña, y como en la terrible visión de Nabucodonosor, en que el ídolo se convirtió en polvo y ceniza, así también nació Cristo de una Virgen, sin intervención humana. Rebajó a los orgullosos que se sienten poderosos y elevó a los humildes de corazón, como los Santos Reyes Magos.

El poseía, en su deliberada pobreza y pequeñez, el poder de convertir en nada la esfera que representaba al mundo, y de mover las almas para edificar una civilización en que se haga su voluntad, así en la tierra como en el Cielo.

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* La Leyenda de los Tres Santos Reyes („Die Legende von den heiligen Drei Königen“, Ed. DTV, Munich, 1963). Textos del original traducidos por nuestra Redacción. Apareció en el Boletín Nobleza y élites tradicionales análogas el 5 de enero de 2014.

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“Ya vienen los Reyes, por el arenal, y le traen al Niño una torre real…” – Villancico

Los villancicos son un manantial de inocencia brotado de la tradición  católica de los más variados pueblos. Recomendamos a nuestros lectores los maravillosos cánticos navideños del Conjunto Pro Música de Rosario, que pueden hallarse fácilmente en internet.  

 

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Elegancia y refinamiento en el palacio de los Paz, en plaza San Martín, de Buenos Aires – Actualmente, Círculo Militar

  

San Rafael Arnaiz, sobrino de los Duques de Maqueda

La Infanta Leonor de España

La varonil estampa de un rey carlista. Así como las fuerzas de la naturaleza producen un árbol o un banco de coral, la sociedad destila naturalmente una aristocracia. El rey debe ser el pináculo de la nobleza, el auge, en el orden temporal, de todas las excelencias de que el hombre es capaz. 

         

 

Señorial casona salteña

 Continuamos publicando el Apéndice IV de Nobleza y Elites tradicionales análogas, “La aristocracia en el pensamiento de un Cardenal del siglo XX, controvertido pero nada sospechoso de parcialidad a favor de ella”

  1. Aristocracia política

    “…de pie estaba Carlos V/que en España era primero/con gallardo y noble talle/con noble y tranquilo aspecto” (“Un castellano leal”, Duque de Rivas(

Carlos VII con su mastín

Hasta aquí se ha tratado de aristocracia considerada en sí misma en cuanto clase social. De ahora en adelante el tema pasará a ser la misión de la clase aristocrática en la vida política y social del país.

A quienes les haya podido parecer excesivamente conservadora, e incluso reaccionaria, la doctrina de los anteriores apartados tal vez les sorprendan agradablemente las palabras con que el esquema aborda el tema de la aristocracia política.

“La aristocracia social tiene una función que

Pureza y firmeza en la mirada de San Luis Gonzaga, hijo del Marqués de Gonzaga, uno de los más altos príncipes de la Cristiandad

ejercer directa e inmediatamente cerca del pueblo. Pero por ley natural ejercerá siempre una función política cerca del poder. Participará del poder en beneficio del pueblo.”

Tras hacer referencia de paso al gobierno “llamado mixto, donde tiene su función la ‘monarquía’, la aristocracia y el pueblo” como “el mejor gobierno, según la filosofía católica”, el esquema continúa:

Prohombres aristocráticos en las repúblicas sudamericanas de la “Belle Époque”

“La aristocracia, colocada entre la autoridad suprema, digamos monarquía, en sentido filosófico, mando de uno, y el pueblo, es elemento de moderación, de ponderación, de continuidad, de unión”.

En esa perspectiva:

“1. La monarquía sin aristocracia fácilmente conduce al absolutismo.

“2. Pueblo sin aristocracia no es pueblo; es masa.

“3. La aristocracia defiende la monarquía y la modera.

“4. La aristocracia es cabeza del pueblo, educadora del mismo, encauzadora de sus energías.

“5. Aristocracia sin pueblo es oligarquía, es decir, privilegio odioso de una casta en la sociedad.”

 

La búsqueda de lo maravilloso y refinado en la élite tradicional argentina

 

 

 En la próxima edición publicaremos el ítem 7° de este Apéndice, Misión social moderna de la aristocracia

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♦ Presentamos a nuestros lectores una semblanza del Profeta Elías, que abarca las distintas facetas de este varón llamado por Dios a las misiones más heroicas y sublimes, que deberá ser sostén de los fieles en tiempos de apostasía y enfrentar al Anticristo al fin del mundo (*). Un artículo para saborear, para leer lentamente, si queremos sacarle provecho y ganar los favores sobrenaturales de este varón pinacular.

Transfiguración de NSJC

El Monte Carmelo

Elías enfrenta a Jezabel y los soldados de Acab

San Elías tiene la visión de la Madre de Dios representada por la nubecilla de la que saldría una lluvia torrencial

Monumento al Profeta Elías en el Monte Carmelo

Espejo de los Carmelitas

San Elías crucificado como prefigura de NSJC

Recibe las coronas del martirio

Vence a los falsos profetas de Baal y los destruye

Arrebatado en el carro de fuego

Corriendo los años de la creación del mundo 3073, y antes del nacimiento de Cristo 980, nació Elías para ser sol de Israel, y lucero de toda la Iglesia en Thesbís, aldea situada á la otra parte del Jordán, en la región de Galaad, que confina con la Arabia. La Sda. Escritura no da su nacimiento ni los nombres de sus padres; con que dejó á los de la Iglesia el descubrir, que el haber el Espíritu Santo callado sus nombres, fué por representar en él (como en otro Melquisedech) la eternidad del sacerdocio de Cristo,

Con razón podemos afirmar del grande Elías, que el silencio de su patria y de sus padres, fué persuadirnos á que él fué todo celestial, y que su origen no había de buscarse en la tierra. Mas siendo cierto que nació en la tierra y tuvo padres, procuraron los antiguos escritores averiguarlos. San Epifanio dice que el padre se llamó Sabaca, noble ciudadano de Thesbis y muy virtuoso; el cual, estando su mujer en vigilia del parto, vio por divina revelación, que paría un niño hermosísimo, á quien unos celestiales varones vestidos de blanco saludaban; envolvían al niño en vivas llamas de fuego, y con ellas en vez de leche, le paladeaban los labios.

Admirado fue á Jerusalén y consultólo con los sacerdotes; y uno le respondió: No temas, Sabaca; porque ese niño es uno de los mayores dones que Dios ha concedido á su pueblo: vivirá siempre en luz; porque en sus dichos y hechos jamás habrá tinieblas: será su boca fuente de claridad, y castigará los delitos de Israel con el fuego de su espada. Esos ángeles, que en forma de varones vestidos de blanco lo veneran, significan los muchos hijos que en ese mismo hábito han de ser sucesores de su castidad y pureza.

Instruido de sus padres en la observancia de su santa ley, á pocos años se retiró al desierto, en el monte Galaad, donde se labró una casa de oración, que después fué colegio de profetas. Su cuerpo traía rodeado de espinas y rigores, siendo su vestido unas pobres pieles, su lecho la tierra dura, su pan las lágrimas, su regalo el ayuno, y su sueño, el que podía tomar quien casi siempre estaba en la divina presencia. Añadió á estos rigores el voto de castidad ,  abstinencia de vino, y otras observancias de su ley, con tales realces, que todos los profetas que en aquella soledad se ocupaban con él en el canto de las alabanzas divinas, le estimaban como á superior y prelado.

Nació el niño, y á los ocho días lo circuncidaron, y por divina inspiración, ó mandato de un ángel, le llamaron Elías, que quiere decir el «Señor Dios, ó Dios del Señor» y en griego «sol» dando á entender que era más celestial y divino que humano. Algunos autores afirman que fué santificado en el vientre de su madre, y confirmado en gracia, como el Bautista; pues vino en su espíritu y virtud, y siendo sus nacimientos anunciados, y nacidos ambos para ser vírgenes, doctores, mártires, príncipes del estado monástico, y precursores de Cristo, en una y otra venida; es muy verosímil, gozasen los dos unos mismos privilegios: y más cuando del segundo Elías, Juan, no se dice sino su nacimiento admirable, y predicación en el desierto; y vemos guarda la Escritura el mismo estilo con nuestro primer Elías.

Así se disponía Elías para ministro de Dios, y celador de su honra y culto. Crecían los pecados del pueblo, tanto, que ya no había quien no idolatrase, y más cuando llegó á reinar Acab, que excedió en maldades a todos los reyes de Israel. Este, casado con Jezabel, hija del rey de Tiro, que era gentil, admitió por dioses á sus ídolos, y labró en su misma corte templo á Hércules, á quien con nombre de Baal, adoraban Tiro y Sidón.
A ejemplo de tan mal rey, y por lisonjearle, todos en Israel idolatraban. Para la cura de enfermedad tan mortal, previno Dios el remedio en Elías, así como en su Iglesia contra Arrio á San Atanasio, contra Pelagio á san Agustín, contra Nestorio á san Cirilo. Para esta lid le dio el Señor poder en cielos, y tierra y todas las armas que pedía su valor y necesitaba la arrogancia de sus enemigos Acab y Jezabel.
Tenía cincuenta años de edad, Elías, cuando le dijo el Señor, que saliese á la campaña contra el rey Acab, y todo su reino. Obedeció Elías, y conociendo, que para reducir aquel pueblo, el mejor medio era, que el cielo negase sus lluvias a la tierra, porque lo más sensible para el corazón humano no es que le falten los bienes del alma, sino los de su apetito: por esto le pidió á Dios, le diese las llaves del cielo: otórgaselas su Majestad; y arrojando llamas por la boca, se fué al rey, y le dijo: Pues no hay enmienda en tí, rey descreído, ni temor en tí, óh pueblo pérfido, que desprecias al Señor, por verlo blando, usando mal de su gran misericordia: vive el Señor Dios de Israel, que no habéis de ver rocío, ni lluvia del cielo sobre vuestros campos, sino cuando, y como yo quisiere. Quedó atónito el rey, pasmados los circunstantes y toda la corte temblando. Con esto Elías, instruido del Señor,  salió de la ciudad, volviendo al cielo las llaves. Confirmó Dios la orden de Elías, y le mandó se retirase á la otra parte del Jordán, á un collado peñascoso cerca del arroyo Corilh. El Señor le hacia el plato, enviándole dos veces al día pan y carne con dos ángeles en forma de cuervos; que tomaban la comida de la mesa de Acab, para que la llevasen á Elías; para que se viese, que á quien busca el reino de Dios, lo temporal no le falta.
Como la piedad de Dios es tan grande, quiso su Majestad, que Elías la tuviese del pueblo necesitado; y así le secó el arroyo, y dejó de enviarle los cuervos, y porque experimentase, qué cosa era necesidad, le mandó ir á Sarephta, ciudad cerca de Sidón, donde una mujer viuda le sustentará.

Obedeció Elías: y llegando á las puertas de la ciudad, vio una mujer recogiendo unas serojas para hacer fuego: llamóla, y con humildad de pobre, y necesitado, que lo iba ya, le dijo le diese un vaso de agua; y partió la mujer para su casa á traerle el agua; y Elías añadió: Tráeme también un poco de pan. Vive el Señor Dios tuyo (dijo la mujer) que no tengo bocado de pan en mi casa, sino solo un puñado bien pequeño de harina en la cántara, y un poco de aceite en la aceitera. Y ando recogiendo dos serojas, para hacer algo, que yo y mi hijo comamos, y luego muramos; porque no da lugar á más la cruel hambre, que consume esta tierra.

Elías, que no venía á quitarle la vida, sino á asegurársela con su bendición, dijo, animándola: No temas; porque esto dice el Señor Dios de Israel: la cántara de la harina no faltará, ni la alcuza del aceite disminuirá hasta el día en que el Señor ha de dar agua á la tierra. Así sucedió: y la novedad del milagro, le hizo mayor, y la continuación tan notado, que no solo corrió por las vecinas, sino por toda la ciudad.

A pocos días se le murió á la viuda un hijo único que tenía: y como se quejase al santo, él movido á piedad, lo resucitó. Milagro tan nunca visto hasta entonces, que ser Elías el primero en esta maravilla, lo engrandece tanto, que el Espíritu Santo se hizo su panegirista, diciéndole: ¿Quién se podrá gloriar como tú, que sacaste un muerto de la sepultura? Agradecido el niño al santo profeta, se hizo su discípulo, y después fué profeta, llamado Jonás.

Castigados con la muerte los ochocientos cincuenta falsos profetas, viendo Elías á Acab penitente, al pueblo convertido, y más obediente á Dios, levantó la mano de su castigo: ofreció al rey el agua tan deseada: subióse á la cumbre de su Carmelo; y sucedió, todo lo que ya queda referido en la fiesta de nuestra Señora del Carmen, de la nubecilla, siendo Jonás, el hijo de la viuda, que él había resucitado, el discípulo que entonces le asistía, y envió á descubrir la nubecita, que dio con sus abundantes lluvias consuelo, alegría, vida, salud, y sustento á todo Israel.En el tiempo que Elías estuvo en “Sarephta, frecuentó el monte Carmelo por tenerle cerca. Pasados los tres años y medio de la seca, le mandó Dios se viese con Acab; porque deseaba ya su Majestad dar agua á la tierra, y quería se la pidiese el mismo Elías. Bajó al llano, y halló á Abdías, mayordomo de la casa real, á quien dijo, que fuese y dijese al rey, lo esperaba allí. Vino Acab, y después de otros lances, se convino entre los dos, á petición de Elías, que se tuviese en el monte Carmelo aquel auto tan solemne de la fé, en que juntó lo más principal del reino, y ochocientos cincuenta profetas falsos de Baal, estando solo Elías de parte de Dios y la verdadera religión, vencidos todos con el prodigio de hacer bajar fuego del cielo: después á todos quitó la vida con el celo de su ardiente espada, como más largamente se refiere en el libro III de los Reyes.

Era Jezabel á cuya cuenta vivían los falsos profetas; y así, luego que supo su muerte, y el triunfo de Elías, juró le había de quitar la vida: y así Elías huyó; que el furor del poderoso, y más de una mujer, no se puede vencer con mejores armas, que con la fuga. Rindió á Elías el cansancio del camino, y sentado al pié de un enebro, pidió á Dios la muerte, de que huía. Bástame, Señor (le dijo), lo que he vivido. Lleva para ti esta alma, que por ti ansia. No soy mejor que mis padres; y por eso no de he igualarlos en días. Quedóse dormido con la tristeza: envióle Dios un ángel, para que lo visitase, y trajese de comer y beber, que lo necesitaba mucho. Despertólo el ángel, y díjole: Levántate, y come. Despertó: vio á su cabecera el pan (figura del eucarístico y divino, que dichosamente hoy posee la Iglesia) y vaso de agua, y comenzó á comer del pan; mas estaba tan rendido, que se volvió á dormir. Volvió el ángel segunda vez, y despertándole con más fuerza, le dijo: Levántate, y come; porque te queda largo camino que andar.

Levantóse el santo: comió, y bebió: y aunque era tan pobre y parca la comida; como venía de la dispensado Dios, y por mano de un ángel, tuvo tal virtud, y le dio tales fuerzas, que caminó con ella cuarenta días con sus noches, hasta llegar al monte Horeb, adonde el Señor le encaminaba. Entróse en una cueva, y el Señor se le apareció, y dijo: ¿Qué haces aquí, Elías? ¿Qué temes; si yo te asisto?
Respondió Elías: Con celo he celado por el Señor Dios de los ejércitos. Regalóle Dios con un viento suave, y aura divina, por venir su Majestad en ella: mandóle ir á Samaría, y que ungiese á Jehú por rey de Israel, y en Damasco á Hazael por rey de Siria, que eran los dos cuchillos, que su Majestad prevenía para castigar en Acab, y Jezabel, sus grandes idolatrías y pecados: y al fin, que ungiese á Elíseo, hijo de Safad, natural de Abelmeula, en profeta, y sucesor suyo.

Todo lo cumplió Elías, pospuesto todo temor; que á quien Dios asegura, nada tiene que temer. Ungidos los dos reyes, pasó ó ungir á Elíseo: hallólo arando las tierras de su padre, en compañía de otros: conociólo con su espíritu profético; y ungiéndolo con el óleo santo, con que en aquel tiempo se ungían los reyes, sacerdotes, y profetas, le echó sobre los hombros su capa, que fué darle el hábito de la religión, que á vista de la nubecita, símbolo de María Santísima, sin pecado concebida, teniéndola por ejemplar capitana y maestra de los tres esenciales votos, obediencia, pobreza y castidad, instituyó en el Carmelo; ofreciendo juntarle familia, que desde entonces atendiese a su veneración, y cuando naciese, estuviesen á su obediencia, con título de hijos y siervos suyos, como ya dijimos en la fiesta de nuestra Señora del Carmen; y así quedó Elíseo admitido á su religión, profesión, é instituto.
Viéndose ya con este discípulo tan aventajado, con Jonás, Miqueas y oíros, que atrajo el buen olor de su vida, se partió para el Carmelo (en cuyas faldas nació María Santísima, como tomando posesión de su monte glorioso al nacer), donde plantó la primera colonia y convento de su orden, á honor y servicio de la sacratísima Virgen María, sin pecado concebida, á quien había tenido por causa ejemplar y final y meritoria, y de cuyo influjo esperaba su conservación y aumento, corriendo el año de la creación 3127, y antes de la encarnación del divino Verbo 926, llamando á sus hijos y sucesores «los hijos de los profetas.»
Labró un oratorio para que se juntasen á orar y cantar á Dios alabanzas divinas, y á explicar al pueblo la ley del Señor. A esta observancia instituida en los colegios de los profetas desde los tiempos de Samuel, añadió Elías á más de la soledad, penitencia, silencio y oración, la observancia de los tres votos perpetuos de obediencia, castidad y pobreza, que constituyen el estado religioso, cosa hasta entonces no usada de los hombres: bien que Elías, aunque dio el ser y sustancia del estado, no fué con la perfección, solemnidad y potestad de claves, ni otras prerrogativas que goza en la ley de gracia: porque de éste en toda su perfección fué el principal instituidor Cristo, nuestro Bien, y del que instituyó Elías en la antigua ley, causa también ejemplar, final y meritoria: con que Elías respecto de Cristo es ministro é instrumento; pero en orden á los demás en el tiempo es el primer patriarca, y en méritos y santidad no es inferior á ninguno de las demás religiones. En la instrucción de sus nuevos hijos, y casas que se fundaban, gastó el santo profeta nueve años.
Mandóle Dios después, que saliese del Carmelo á sentenciar á Acab y Jezabel, por la inocente muerte de Naabod, á quien por quitar una viña, quitaron también la vida. Bajó del Carmelo: encontró á Acab, y díjole: Mataste á Naabod, y tomaste posesión de su viña. Pues hágote saber, que en este lugar donde los perros lamieron la sangre de Naabod, lamerán la tuya, y también comerán las carnes de Jezabel en el campo de Jezrael.
Dichas estas amenazas, Elías se volvió á su Carmelo: las cuales cumplidas (la de Acab antes, y la de Jezabel después de su rapto), reinó Ocozías por su padre Acab, y á pocos días cayó de un corredor, de que quedó con gran riesgo de la vida. Envió a consultar á Beelzebub, ídolo de Accaron, acerca de su enfermedad; y el Señor avisó á Elías, y mandó saliese al encuentro á los criados del rey. Obedeció: bajó del monte; y viéndolos, les dijo”: ¿Por ventura no hay Dios en Israel á quien consultar? ¿Para qué vais á Accaron?
Con la vida pagará el rey su pecado: no se levantará de la cama. Lleváronle al rey las nuevas, y díjoles á sus criados: ¿Qué persona era quien así os habló? ¿qué señas tenia? Un hombre velloso, vestido de unas pieles (dijeron), y ceñido con una correa de las mismas. Elías thesbita es (respondió el rey), porque le conocía muy bien. Comunicó el caso con su madre Jezabel: y como ella le aborrecía, dieron orden de que lo fuese á prender un capitán con cincuenta soldados. Fué el capitán; y estando en el Carmelo, cerca de donde Elías estaba, le dijo con irrisión y arrogancia: Hombre de Dios, el rey manda que desciendas. Conociendo el santo que la ironía con que hablaba, é intento que traía, no cargaba tanto sobre su persona, cuanto sobre la autoridad de Dios, en cuyo nombre había hablado; no con celo de venganza, sino del honor divino, le respondió: Si soy hombre de Dios, baje fuego del cielo y trague á tí y á tus cincuenta soldados. Al instante bajó el fuego y los convirtió á todos en cenizas. Viendo el rey que tardaba, envió segundo capitán con otros tantos soldados, á quienes, por la misma causa, sucedió lo que al primero, bajando fuego del cielo y consumiéndolos, defendiendo Dios su honor, agraviado en su profeta. Envió el rey tercero capitán, que fué Abolías, mayordomo de su padre Acab: llegó como católico de su tiempo, con grande humildad y cortesía, suplicando á Elías tuviese de él piedad, pues obedecía á su rey. Entonces el ángel que asistía á Elías le dijo: Desciende, y ve con él, no temas.
Descendió Elías del monte, y puesto en la presencia del rey, le dijo sin más preámbulos: Esto dice el Señor: Porque enviaste mensajeros á consultar á Beelzebub, dios de Accaron, como si no hubiera Dios de Israel á quien pudieses preguntar; del lecho sobre que subiste no descenderás, sino morirás. Con esto se salió de palacio el santo profeta, dejando á todos asustados; más rabiosa á Jezabel, y al rey en manos de la muerte, que en breve experimentó.

Viendo que las palabras de Elías eran eficaces para cerrar el cielo, abrasar capitanes y quitar vidas á reyes, cuando al honor de Dios importaba, siendo cuanto obró por mandado expreso de su divina Majestad, como el mismo profeta santo confesó; no ha fallado quien ya en libros, ya en púlpitos (por lograr un concepto), diga, que fué cruel este celo, imperfecto ó injusto el santo profeta, y contrario al espíritu de Cristo. ¡Bravo arrojo! sin advertir, como dice Teodoreto: «Que los que al profeta acusan de cruel, contra el Dios del profeta mueven la lengua; porque él envió aquel fuego». ¿Imperfecto debía de ser Dios en sentir de los tales? ¿Muy ajeno del espíritu de Cristo, y muy cruel san Pedro, cuando con una palabra quitó la vida á Ananías y á Sabrá, y san Pablo á Elimas los ojos? ¿Imperfecto el sagrado Precursor que vino en la virtud y espíritu de Elías? Pero dejemos á los tales.
Habían ya crecido en número y perfección, y admitirlo el santo padre los colegios de Bethel, Jericó, Samaría, Gaígala, Masfa y otros, en los cuales florecía su santidad y magisterio.
Prueba el águila la legitimidad de sus hijos poniéndolos á vista del sol para que examinen sus rayos: asilo hacían los hijos del Carmelo, teniendo a Elías, su sol, tan á la vista, de quien con sagrada emulación copiaban los resplandores, y mejorábanse cada día más en su contemplación.

Estando ya bien instruidos en su nueva profesión, y viendo que en Elíseo y otros hijos aventajados, dejaba quien la llevase adelante, quiso Dios trasladar á su ministro y profeta, y como depositarlo en el paraíso, y reservarlo con la vida en él para los tiempos más atribulados de su Iglesia, encargándole esta última victoria, á quien tantas había alcanzado de Satanás y sus ministros. Quiso Dios que un hombre tan divino no conversase más con los humanos, sino con los celestes espíritus: y como á los grandes y valerosos capitanes honraban los reyes con carro triunfal, quiso que Elías, que tantas batallas venció, y tanta sangre derramó de sus contrarios, subiese al paraíso triunfante, en un carro y caballos de fuego.

Esta fué la intención: veamos el hecho. Sabiendo ya Elías como Dios quería llevárselo al paraíso, partióse su amado discípulo Eliseo al convento de Galgala, y de allí á Bethel, donde acompañado de cincuenta monjes, llegó Elias al Jordán con Eliseo: quitóse la capa; y doblándola hirió con ella las aguas, que obedientes á su presencia y santidad, se dividieron, con que no solo dejaron el paso franco, sino seca y enjuta la surgiente, mostrando en una acción dos milagros.

Pasado el Jordán, encargó á Eliseo, como sucesor suyo, el cuidado y observancia de su religión, y le ofreció, que desde el lugar donde el Señor le colocase, pedirla por su duración y aumento. Por fin, le dijo le pidiese cuanto quisiese: que se lo concederla con gusto. Eliseo sólo le pidió su espíritu doblado; y aunque se le hizo dificultosa la petición, se la concedió. En esto vino el carro de fuego en que Elías subió á los cielos triunfante, y Eliseo lleno de dolor, lo miraba y decía: Padre mío, padre mío, carro de Israel y carretero suyo.  Así lamentaba Eliseo la ausencia de su santo padre, cuando perdiéndolo de vista, vio que le arrojaba su capa, y en ella su espíritu doblado, con cuya prenda se volvió al Jordán: y habiéndole dado también paso milagrosamente, dividiéndose otra vez sus aguas al contacto de la capa, los cincuenta hijos de los profetas, ó monjes, que á la otra orilla le esperaban, viéndole venir con la capa y espirita de su maestro Elías, le veneraron por su sucesor y admitieron por prelado.
Trasladado Elías, no nos dice la Escritura el lugar donde paró, ni la vida que en él hace; y así es forzoso seguir lo que nos han dicho los santos: los cuales afirman que Elías está vivo: el lugar donde habita no es el cielo, lugar de los bienaventurados (porque hasta la muerte y ascensión de Cristo, á nadie se abrieron sus puertas), sino el paraíso terrenal, donde lo reserva Dios, para que en compañía de Enoch, venga á predicar penitencia en tiempo del Anticristo.

En el paraíso, pues (que no pereció con las aguas del diluvio), les previno el Señor su habitación, donde, aunque no ven á Dios cara á cara, pasan una vida felicísima, gozando de muchas consolaciones divinas, de visitas frecuentes de los ángeles, sustentados del árbol de la vida, mereciendo infinito, y libres del estado de pecar y desmerecer. Viven por fé: porque no ha llegado la clara visión, y así merecen con sus obras y sus actos. De aquí se sigue, que en el estado feliz que Elías goza, puede ser venerado ó invocado de los fieles: lo cual consta de la práctica de la Iglesia, así en tiempo de la antigua ley, como en el más dichoso de la nueva ley de gracia. De la antigua consta: pues luego que fué arrebatado en el carro triunfal, Elíseo, queriendo pasar el Jordán lo invocó. Viendo al Carmelo levantaron una iglesia ú oratorio á su memoria.

Los hebreos cuando circuncidaban á sus hijos, ponían dos sillas, una para el sacerdote y otra para san Elías; persuadidos á que el santo profeta asistía á la gracia de aquel sacramento, y como medianero é intercesor á todas las que Dios les concedía. En las preces y letanías de los santos de su ley le invocaban. En la ley de gracia fue aún más expreso su culto é invocación. La Iglesia griega hizo feriado su día: le edificó muchos templos: en su fiesta hicieron muchos sermones y homilías sus doctores sapientísimos. Rezaban de él con oficio eclesiástico; y hoy se continúa en muchas partes, según se lee en sus misales antiguos y modernos.
La Iglesia latina no ha sido menos fervorosa en su veneración. En Italia, Nápoles, Sicilia, Hungría y nuestra España, le han dedicado muchos templos y celebran su memoria en muchos Martirologios, y este día en el romano. A los padres carmelitas, que siempre le han venerado por su primer fundador y patriarca, concedieron los sumos pontífices Gregorio XIII y Sixto V, con otros muchos de sus sucesores, rezo de primera clase con octava, como á su padre, fundador y patrón, el cual usa toda la religión con la solemnidad que es notoria: privilegio tan singular como es venerar en iglesias y rezar de un hombre vivo como si ya estuviera en el cielo, y gozar antes de entrar en él: esta prerrogativa que solamente da y concede la Iglesia a los bienaventurados, es tan grande y nunca vista, que á algunos celosos ha causado gran novedad, y han procurado y pretendido que no se rece del santo, así por estar vivo, como por no hallarse en la Iglesia privilegio semejante; pero ha salido Dios á la defensa de su celador santo.

El caso milagroso refiere el muy docto P. M. José Andrés, de la ilustrísima Compañía de Jesús, y sucedió en esta forma. Un personaje grave de Roma entró petición a la sacra congregación de Ritos, que debía prohibir el rezo del profeta san Elías, por los graves inconvenientes que tenía, de que al día siguiente daría bastantes pruebas. Admitió su petición la sacra congregación, y mandó que el informante diese sus fundamentos. Púsose aquella noche á trasladarlos muy alegre y agradecido á su estudio. Pero (¡óh sumo poder de Dios!) encontrando acaso con estas palabras del capítulo 48 del Eclesiástico: Surrexit Elias propheta, quasi ignis, etc., (se levantó el profeta Elías como un fuego, etc.) al mismo tiempo le cogió al cuerpo y ánimo un temblor y horror tan grande, que ni pudo mover la mano, gobernar la pluma, ni desembarazar el ingenio, entregado todo á lamentar sus dolores. Así duró algunas horas, hasta que su aflicción, informando su conciencia, le dio á entender que aquel arresto no era celo discreto, sino emulación y afición poco pía al santísimo profeta: con que reconoció el castigo de su temeridad, y ofreció arrepentido la enmienda.

Luego que llegó la mañana, y el Señor en premio de su dolor le mitigó sus dolores, se fué á la sacra congregación: refirió todo el caso; y de acusador se hizo abogado del santo, confesando que lo tenía por tal, y por merecedor de que gozase en la Iglesia aquel y otros públicos honores. Con cuya experiencia y otras, ha puesto la sacra congregación perpetuo silencio en la materia de semejantes contradicciones.
Bien ha mostrado Elías su agradecimiento á la misma Iglesia en varias ocasiones, que refieren los libros sagrados, y otros autores. A los nueve años de su rapto (en el carro de fuego)  escribió una carta á Joran, hijo de Josafat, rey de Jerusalén, reprendiéndole su mala vida, y el haberse apartado de los caminos, que siguió su santo padre, y amenazándole con rigurosos castigos, si no procuraba enmendarse.
Sabida es la aparición en el Tabor, asistiendo á la transfiguración gloriosa de Cristo, Bien nuestro, donde pidió por la duración de su religión carmelita, y alcanzó de Cristo que duraría hasta el fin del mundo, según la Virgen santísima se lo reveló a su hijo san Pedro Tomás, patriarca, y mártir.

Otras dos apariciones refiere la gloriosa madre santa Teresa de Jesús en el libro de sus fundaciones; y de otras muchísimas hacen mención varias historias, todas en utilidad de la Iglesia y sus hijos los fieles.

Es abogado especial, y antídoto soberano contra la peste, y tiempo de seca y falla de agua. Pudiera comprobarse esto con muchos milagros; pero basta ligeramente referir, lo que sucede en una ermita de san Elías, que está en nuestra España en un montecillo, que está en Aragón, entre Monzón y Lérida: la cual ermita es todo el año frecuentada, y especialmente este día 20 de julio, que es su fiesta de guardar, por voto de sus vecinos pueblos, que suben á ella en procesión, agradecidos á los milagros, que por su intercesión experimentan; y así está llena de mortajas, velas doradas, madejas de seda, piernas y brazos de cera, pechos de mujeres y otras presentallas, que atestiguan los milagros, que del santo profeta han recibido, así mediante su intercesión, como bebiendo el agua de una fuente, que llaman de San Elías, y nace del montecillo en que está fundada la ermita: y cuando tienen necesidad de agua los campos, valiéndose de su intercesión, luego la consiguen. En Lombardía le tienen también por abogado para las faltas de agua; porque por su intercesión siempre la han conseguido.
Es abogado contra la peste, como se experimentó el año pasado de 1656 en el reino de Nápoles, haciéndole las ciudades de Capua y Nola, su patrón, fabricándole templos ricos y hermosos: porque sobre haber sanado infinitos, untándose con el aceite de su lámpara, que milagrosamente también lo daba con tal abundancia, como si fuera una fuente manantial, juntando en uno infinidad de milagros; el día, que la ciudad de Capua lo eligió por su patrón movida con tantos milagros, cesó repentina y totalmente la peste, sin que quedase de ella más memoria. Con cuyo prodigio, más fervorosos, hicieron su voto en la iglesia de los padres carmelitas: dotaron su fiesta de primera clase: celebráronle ambos cabildos eclesiástico y secular, y los caballeros todos con fiestas, los poetas con epigramas, los predicadores con famosos panegíricos, y Dios, que en sí es glorioso, lo quedó de nuevo en Elías. Otros infinitos milagros se pudieran referir; pero se dejan por abreviar: quien quisiere verlos, lea al reverendísimo P. Fr. José de Santa Teresa, en sus Flores del Carmelo, y hallará abundancia.
Finalmente, llegado el tiempo del Anticristo, aquel fiero monstruo, que asistido del demonio, de la gentilidad, judaísmo y herejes, publicará guerra contra Jesucristo, y sus santos: derribará sus iglesias: pisará sus imágenes: hará, que cese en público el santo sacrificio de la misa: martirizará á los sacerdotes: postrará las vírgenes: la culpa será virtud, y no habrá mayor delito en su tribunal, que el ser cristiano: publicará, que es el verdadero Dios, y Mesías: fingirá su muerte, y resurrección: pondrá su estatua en el templo; y hará aparentes milagros, que será una de las mayores angustias de los fieles.

Contra tantos males Elías será el antídoto; pues para verdadero apóstol de aquella última persecución, y la mayor, y más temerosa, que ha padecido la Iglesia desde el principio del mundo, tantos siglos ha que Dios le tiene guardado, señalado y prevenido. Vendrá como precursor de aquella segunda venida, y con potestad extraordinaria, concedida inmediatamente de Dios (aunque subordinada é inferior á la del Sumo Pontífice), para gobernar el pueblo cristiano, para enseñar la fé, y doctrina verdadera, para hacer milagros en apoyo de su doctrina y predicación: con la cual confirmará á los fieles, reducirá á Dios á los hijos de su pueblo, volviendo todas las cosas á su debido lugar, de que las había desencajado el Anticristo.
Saldrá armado de las noticias, y méritos de tantos siglos, limpio y purificado su corazón del temor, que tuvo en tiempo de Jezabel, docto, y fuerte en el trato de los ángeles, obligado con los favores de Dios, sabiendo que esta es la ocasión, para que su Majestad lo tiene reservado, y que es obligación suya mirar por el crédito y honra de su Dios, como siempre lo hizo su celo abrasado.

Acompañado de Enoch, y de otros fieles ministros, especialmente de sus religiosos los carmelitas, de las demás religiones (órdenes religiosas), y varones fervorosos, eclesiásticos, y seculares del cuerpo, y campo de la Iglesia, saldrá á plaza contra su mayor enemigo, cuyos aparatos y victorias, así las describe el evangelista san Juan: «Daré (dice) á mis dos testigos, y profetizarán mil doscientos sesenta días cubiertos de sacos. Estos son dos olivas, dos candeleras, que están en la presencia de Dios: si alguno les quisiere dañar, saldrá fuego de la boca de ellos, y tragará sus enemigos. Estos tienen potestad para cerrar el cielo, para que no llueva en los días de su profecía: y tienen potestad sobre las aguas, para convertirlas en sangre; y para herir la tierra con toda plaga, siempre que quisieren.»

Después de este tiempo, que será tres años y medio (menos veinte días) que gastará el Anticristo en perseguir la Iglesia, y Elías en defenderla, concurrirán todos á Jerusalén. Quitará el dragón (que es el Anticristo) las vidas á Elías y Enoch: su muerte, afirma santo Tomás, que será en cruz, por imitar en esto á su capitán: sus cuerpos (dice san Juan) serán arrojados en la plaza de Jerusalén; y causará tal espanto y admiración ver vencidos á los invencibles, y muertos á los que parecían inmortales, que concurrirán á ver sus cuerpos, «de las tribus, de los pueblos, y de las lenguas, por tres días y medio, en que no se consentirán, que sus cuerpos sean enterrados (dice san Juan): y pasados tres días y medio, el espíritu de la vida del Señor entró en ellos, y se levantaron sobre sus pies. Y cayó un gran temor sobre aquellos, que los vieron antes muertos. Y oyeron una voz grande del cielo, que les decía: Subid acá; y subieron al cielo en una nube, y los vieron sus enemigos.» Con que vendrá á ser apóstol, y mártir en Jerusalén nuestro grande Elías, muriendo en el árbol sacro de la cruz á ejemplo de Cristo: resucitará después de tres días y medio, y en una nube hermosa, como el carro, subirá en cuerpo y alma triunfante y glorioso al cielo, á vista de su mayor enemigo el Anticristo, el cual después de veinte días acabará por la divina justiciaCon cuya muerte, y el juicio universal, acabará el mundo, recibiendo los pecadores su castigo, y los justos su galardón, comenzando el reino de Cristo, y de sus santos, para durar una eternidad. Escribieron la vida de san Elías, sus virtudes, proezas, y milagros, las mejores plumas del cielo y de la tierra; pues el Espíritu Santo en los libros sagrados de los Reyes, Eclesiástico, Apocalipsis, y otras partes, y los mayores santos, ó intérpretes de la Iglesia en sus escritos se hacen lenguas en su loor y alabanza: algunos, en particulares libros, que hicieron del santo profeta (como son Juan Jerosolimitano; Egidio Camarte de rebus Eliæ; Saliano; Tornielo in Annal. mundi; Lezana en los del Carmen; Fr. Francisco de Santa María, Hist. prophetiea y en su Apología; Muñoz in Propugnáculo Eliæ; Mathias á S. Joanne tom. 1 Hist. Panegyr.; Doroteus á Sánelo Renato in lib. Regn. de Apocalyp., y otros, (que cita Daniel á Virg. Maria in Vinca Carmeli), juntaron todas sus glorias, si puede haber alguna que se iguale, al referirlas el Espíritu Santo (que por último de sus elogios dice: ¿Quién en el mundo podrá como tú gloriarse, óh Elías?), cuya gloria y divinidad merezcamos ver por la intercesión del gran celador de la honra de Dios, Elías. Amen.

 

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

(*) Basado en publicación del Blog Fátima la Gran Esperanza

 

 

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meditacion

Plinio Corrêa de Oliveira(*)

Imaginemos la llegada de los Reyes Magos, con sus caravanas, sus cortejos, los animales cargados de tesoros…, la estrella de Belén. Y estos Soberanos –el Rey negro Baltasar y los otros dos, Melchor y Gaspar- ofreciéndole al Niño Jesús, en actitud de adoración, oro, incienso y mirra.

En el Niño Jesús podemos considerar, entre otros aspectos, su infinita grandeza, por un lado; su infinita accesibilidad, por otro; y, por fin, su infinita compasión. ¿Por cuál de ellas nos sentiríamos más próximos del Divino Infante?

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grandeza

Al considerar la infinita grandeza, podemos imaginar una gruta enorme, alta, tan amplia como una catedral, sin una arquitectura definida pero en la que la disposición de las piedras nos hiciera presentir vagamente las ojivas de una catedral de la futura Edad Media.

Podemos imaginar, también, el pesebre que le servía de cuna al Niño Dios, ubicada un punto majestuoso de la gruta. Y una luz celestial, toda de oro, flotando sobre El en aquel momento.

El Divino Infante, con majestad de verdadero Rey, aunque sea una criatura recién nacida, reposa en su pesebre. El, Rey de toda majestad y de toda gloria; Creador del Cielo y de la Tierra; Dios encarnado, hecho hombre. El, desde el primer instante de su ser –por lo tanto ya en el claustro de Nuestra Señora- revestido de más majestad, más grandeza, más manifestaciones de fuerza y de poder que todos los hombres, en toda la historia de la humanidad. El, conocedor de todas las cosas, sabiendo incomparablemente más que cualquier hombre de ciencia. El, manifestando por momentos, en la fisonomía siempre variable, esa majestad hecha de sabiduría, de santidad, de ciencia y de poder.

Imaginemos ver todo esto misteriosamente expresado en la fisonomía del Niño. Por momentos moviéndose, y en el movimiento, reflejando su faceta de Rey. Al abrir los ojos, manifestando en la mirada un fulgor de tal profundidad que se ve en El un gran sabio. Flotando a su alrededor, una atmósfera que envuelve de santidad a todos aquellos que se acercan a El. Atmósfera de tal pureza que las personas no se acercan sin antes pedir perdón por sus pecados; pero sintiéndose, al mismo tiempo, movidas a enmienda por la santidad que emana del sagrado recinto.

Imaginemos a la Ssma. Virgen a los pies del Niño Jesús, también Ella como verdadera Reina –pues lo era y lo es- con una dignidad e imponencia tales que hasta dispensan ropas de aspecto noble para hacer relucir su majestad.

 

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Se cuenta de Santa Teresita que era tan imponente que su padre la llamaba mi pequeña Reina.

El jardinero del Carmelo de Lisieux declaró, en el proceso de canonización, que cierta vez vio a una monja que estaba de espaldas haciendo determinada cosa: esa religiosa era Santa Teresita.

El abogado del diablo le preguntó: ¿Y cómo estando de espaldas sabía Ud. que esa monja era la Hermana Teresa? La respuesta fue muy significativa: “Por la majestad de su porte, porque ninguna de las otras religiosas tenía una majestad tal”.

Si así era Santa Teresita, ¿cómo sería la Santísima Virgen?

Imaginemos a la Madre de Dios majestuosísima, trascendente, purísima, rezándole al Niño Jesús. Los Angeles, entonando invisiblemente en rededor canciones de glorificación, y toda la atmósfera reinante saturada de valores tales que se diría que en esa pobreza había una atmósfera de corte.

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Imaginemos que nos acercamos al pesebre sintiendo la grandeza del Divino Infante. Y, como contrarrevolucionarios, adorando todo cuanto es noble, bello, santo, intransigente y combativo. Adorando aquel Niño que atrae junto a sí al mismo tiempo todas las formas de grandeza que de El dimanan, y que no constituyen sino reflejos de El; todas las formas de pureza, de santidad, que son apenas una participación de su santidad.

Así, rechazando lejos de nosotros el pecado, el error, el desorden, el caos, la Revolución, ni siquiera osamos elevar los ojos para aquella escena magnífica del Pesebre, en que el orden, la jerarquía, la pompa y el esplendor predominan por completo.

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Imaginemos ahora otro aspecto: su infinita accesibilidad. Es legítimo imaginarla pues –como explicaré más adelante- este y otros muchos aspectos deberían coexistir en el Pesebre.

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Imaginemos al Niño Jesús inmensamente accesible. Este Rey, tan lleno de majestad, en cierto momento abre sus ojos para nosotros. Notamos que su mirada purísima, inteligentísima, lucidísima penetra en nuestros ojos. Ve lo más profundo de nuestros defectos como también lo mejor de nuestras cualidades. Y en ese momento toca nuestra alma, como conmovió a San Pedro durante su Pasión.

Cuentan los Evangelios que la mirada que dirigió a San Pedro fue tal que éste salió y lloró amargamente. Y durante toda su vida el Príncipe de los Apóstoles jamás olvidó la mirada tocante, que continuamente provocaba su llanto.

Esa mirada nos causa una tristeza profunda por nuestros defectos. Nos inspira horror por nuestros pecados.

Pero también, al penetrar en nosotros, esa mirada manifiesta al Redentor recién nacido; su amor, no sólo en relación a nuestras cualidades sino también por la condición de criaturas hechas por El. Un amor dedicado a nosotros, a pesar de nuestros defectos, por haber sido creados por El y destinados a un grado de santidad y de perfección en cuanto pudiendo existir en nosotros , y que El conoce y ama.

Y, cuando el pecador menos lo espera, por un ruego amable de la Ssma. Virgen, El sonríe. Y con esa sonrisa, a pesar de toda su majestad, sentimos que las distancias desaparecen, el perdón invade nuestra alma y algo especial nos atrae. Y así atraídos caminamos hasta quedar junto a El. El Divino Infante afectuosamente nos abraza y pronuncia nuestro nombre.

– “Fulano, te quise tanto y te quiero tanto! Deseo para ti tantas cosas y te perdono tantas otras. No pienses más en tus pecados! Piensa apenas, de aquí en adelante, en servirme. Y en todas las ocasiones de tu vida, cuando tengas alguna duda, acuérdate de esta condescendencia, de esta amabilidad, de este beneplácito que ahora te hago, y recurre a Mí por medio de mi Madre, que te atenderé. Seré tu amparo, tu fuerza, y éstas han de llevarte al Cielo para allí reinar a mi lado, por toda la Eternidad”.

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Imaginemos ahora la misericordia del Niño Jesús, no sólo en cuanto buscando nuestro bien y teniendo en cuenta lo que hay de bueno y de malo en nosotros, sino considerando la condición miserable de todo hombre en la Tierra.

El analiza nuestra tristeza y los sufrimientos que cada uno de nosotros lleva consigo: sufrimiento pasado, padecimiento presente y sufrimiento futuro, que El ya conoce porque es Dios. Y ve también el riesgo que corre nuestra alma de ir al infierno, pues el hombre, en cuanto viandante en la Tierra, está expuesto a ser precipitado en los eternos tormentos infernales.

Imaginemos también al Niño Jesús mirando el Purgatorio y los tormentos que allí nos esperan si no somos enteramente fieles.

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Surge en El, entonces, una mirada de pena, de participación profunda en nuestro dolor.  Un deseo de quitar ese dolor en toda la medida de lo posible, teniendo en vista nuestra santificación; un deseo de concedernos fuerzas para soportar ese dolor en la medida en que sea necesario para nuestra santificación.

Notamos en El lo que tanto consuela al hombre: la compasión perfecta.

Es propio de la naturaleza humana –y es recto que así sea- que constituya un consuelo para el hombre, en el momento en que está sufriendo, el hecho de que haya alguien que sienta pena por él. Está hecho de tal manera que, en los momentos en que está alegre y comunica su alegría, la redobla; y cuando está triste, al comunicar su tristeza, la divide.

Así también, a fortiori,  somos en relación al Niño Jesús, cuando encontramos en El la compasión perfecta.

En todos los sufrimientos de nuestra vida, cuando la copa a beber es muy amarga, debemos repetir, por medio de Nuestra Señora, su oración: “Padre mío, si fuera posible, que se aparte de mí este cáliz, pero hágase tu voluntad y no la mía”.

Así, en cualquier momento podemos pedir que cese el dolor. Pero si fuera voluntad de El que caiga sobre nosotros tenemos la certeza de que durante nuestros padecimientos encontraremos su dolor compasivo. Y El nos dirá: “Hijo mío, Yo sufro contigo! Suframos juntos, porque Yo he sufrido por ti. Ha de llegar el momento en que tú participarás eternamente de mi alegría”. Y podemos tener la certeza de que la mirada compasiva de Jesús no nos abandonará ni un momento siquiera de nuestra existencia.

Por lo tanto, a lo largo de las vicisitudes, de la vida cotidiana, debemos retener este triple recuerdo –el de la majestad infinita, el de la accesibilidad infinita y el de la compasión sin límites- del Niño Dios en relación a nosotros. Y este debe ser un recuerdo sensible, pues tratamos de componer en nuestra imaginación el cuadro preciso en medio del cual nuestra alma se conmovió.

 

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La naturaleza humana de Nuestro Señor comporta perfecciones, estados de alma, todos perfectos, existiendo en grados diversos, al mismo tiempo, según las circunstancias de su vida. El estaba lleno de majestad, lleno de accesibilidad, de exorabilidad y de compasión para con los hombres desde el momento de encarnarse.

Y es natural que, pese a ser Niño, conforme las almas se acercasen de El, apareciese ora un aspecto, ora otro de su naturaleza humana.

Sería muy bello si en una Iglesia, en vez de uno solo, se prepararan tres pesebres en tres altares diferentes, en los cuales las figuras y toda la ambientación representaran esos tres aspectos, facilitándole así a cada alma la meditación que le fuera más tocante.

                                                        ∞        ∞       ∞

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He aquí una meditación sobre la Navidad fundamentada en la recomposición altamente sensible de la escena, lo que hace que seamos tocados más fácilmente por ella.

 

Publicada en “Catolicismo” – revista de cultura – San Pablo – Brasil – nº 564 de diciembre de 1997, en base a una disertación del Autor para socios y cooperadores de la TFP

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Que el Niño Dios, Autor de la vida, por intercesión de María Santísima, Reina, Virgen y Madre, conceda a nuestros estimados lectores y sus familias sus mejores gracias. 

Les deseamos una Feliz y Santa Navidad, y un Año Nuevo venturoso y pleno de cristianas realizaciones en la lucha contra la Revolución Igualitaria Universal,  por la familia y la vida y la inocencia de los niños y jóvenes,  amenazadas por los promotores del aborto y la ideología de género,   y el pleno restablecimiento de la Civilización Cristiana, que da gloria a Dios, atrae sus bendiciones y brinda bienestar verdadero al género humano en este valle de lágrimas en que, “sin cruz no hay luz…”.

Que este Año de Gracia 2019  nos traiga el pleno cumplimiento de la gloriosa promesa de Nuestra Señora de Fátima: ¡Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará!

Boletín Nobleza y élites tradicionales análogas

 

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5. Aristocracia en la familia

Hablando aún sobre las relaciones entre aristocracia y familia, el esquema aborda un delicado y altísimo aspecto de la vida de una clase aristocrática.

Victoria, Duquesa de Nemours

“A. Por cierta analogía se puede decir que el poder aristocrático dentro del hogar está reservado a la mujer.

“a) La autoridad corresponde al marido.

“b) Pero la mujer dentro de la familia es un elemento de moderación y de consejo.

“c) Es un elemento de relación entre el padre y los hijos.

“1. Por ella muchas veces son eficaces cerca de los hijos las órdenes del padre.

“2. A través de ella llegan al padre las necesidades y los deseos de los hijos.

“B. Santo Tomás dice que el padre gobierna a los hijos con gobierno ‘despótico’, en el sentido clásico de la palabra, y la mujer con gobierno ‘político’.

“a) Porque la mujer es consejera y participa del poder del padre.

“b) La mujer, por otra parte, tiene como la representación de la caridad dentro de la familia. Es como la personificación de la misericordia en el hogar.

“c) Es la que debe estar más atenta a las necesidades de hijos y criados y más pronta a mover al padre para que las remedie.

“C. En el Evangelio aparece muy claro el contraste entre la falta de misericordia, de caridad, de espíritu aristocrático de los apóstoles en la escena que comentamos [3] y la inefable misión aristocrática que desempeñó María Santísima en las bodas de Cana.

“a) Atenta a las necesidades de los demás, María se acerca a quien puede remediarlas para exponérselas.

“b) Y después se acerca al pueblo, representado en los criados, para inculcarles que sean obedientes.”

Esta comparación entre la misión de la aristocracia en el Estado y la nación con la de la mujer —esposa y madre— dentro del hogar es un poco sorprendente para el lector moderno, pues las escasas obras de divulgación sobre la aristocracia hoy existentes han habituado, a justo título, al público a ver en ella la clase militar por excelencia, lo que parece muy poco afín a la misión de la esposa y madre en la familia.

Sin embargo, no por ello deja de ser esta comparación rica en sabiduría. Para verla en su justa perspectiva es necesario tomar en consideración que la guerra se ejerce normalmente contra el extranjero; y Santo Tomás trata aquí de la misión de la aristocracia en la vida interna normal del país en tiempos de paz, y no en cuanto espada que lo defiende contra el enemigo externo.

Era inherente a la aristocracia medieval y, en parte, a la del Antiguo Régimen, que cada una de las familias que la constituía reuniera en torno suyo un conjunto de otras familias o individuos de un nivel social menos elevado, a ella vinculados por relaciones de trabajo de diversas índoles, de mera vecindad, etc.

En las ciudades de aquellas épocas, era normal que se alzasen viviendas populares junto a palacios, mansiones o simples residencias de familias acomodadas. Esta vecindad entre grandes y pequeños repetía a su manera la atmósfera familiar del hogar aristocrático, constituyendo así un halo discretamente luminoso de afectos y dedicaciones en torno a cada familia aristocrática.

Por otra parte, las relaciones de trabajo, por el simple efecto de la caridad cristiana, tienden siempre a desbordar del mero ámbito profesional hacia el personal. Durante los largos periodos de convivencia en el trabajo, el noble inspira y orienta a quien está debajo de él, y este último, a su vez, hace lo mismo con relación al noble: le informa de sus aspiraciones y diversiones, de su modo de ser en la Iglesia, en la corporación o en el hogar, y también de las circunstancias concretas de la vida popular y de las necesidades de los desvalidos. Todo esto constituye, en fin, el circuito de interrelaciones entre el mayor y el menor que el Estado post-1789 procuró sustituir en cuanto le fue posible por la burocracia, es decir, por las oficinas de estadística e información, y por los siempre activos servicios de información policial.

Es a través de esas burocracias como el Estado anónimo (sin hablar aquí de las grandes sociedades anónimas macropublicitarias) inspira, propulsa y manda a la nación por medio de funcionarios también anónimos.

Recíprocamente, la nación habla al Estado a través de la boca anónima de las urnas electorales; anónima hasta el último refinamiento cuando el voto es secreto y el Estado ni siquiera puede saber quién ha votado de uno u otro modo.

Este conjunto de anonimatos evita en lo posible la presencia del calor humano en las interrelaciones del Estado moderno.

Muy distinta era la índole de los países dotados de una recta aristocracia. En ellos, según lo que anteriormente se ha visto, las relaciones eran, en la medida de lo posible, personales, y la influencia que el mayor ejercía sobre el menor, así como la que, a su modo, este último ejercía sobre el primero, se fundaban en una relación de afecto cristiano establecida de parte a parte. Afecto que traía consigo como consecuencia la dedicación y la confianza mutuas, y que llegaba a crear de hecho una sociedad entre los domésticos y patrones, de modo similar a como el protoplasma rodea el núcleo de una célula. Basta leer lo que dicen los verdaderos moralistas católicos sobre la sociedad heril para tener una noción exacta de cómo era este tipo de relación.

En las corporaciones, la relación entre maestros, oficiales y aprendices repetía también en amplia medida la bendecida atmósfera de la familia, y así por delante.

Ahora bien, este contacto vivo no englobaba únicamente aquello que las modernas legislaciones de trabajo llaman fría, seca y funcionalmente “patrones y empleados”. A través de sus sirvientes y de los profesionales que les prestan servicios, los de categoría más elevada, fueran nobles o burgueses, acababan por conocer las familias de sus subordinados, como éstos conocían las de sus patrones. En mayor o menor grado, conforme la orgánica espontaneidad de un movimiento social bueno, esas relaciones no se establecían tan solo entre individuos, sino también entre familias. Eran relaciones de simpatía, benevolencia y ayuda, que venían de arriba hacia abajo; y relaciones de gratitud, afecto y admiración, que se remontaban desde abajo hacia arriba.

El bien es, de por sí, difusivo. A través de las capilaridades de esos sistemas, el grande acababa conociendo miserias anónimas —porque la miseria aísla y hace desconocido a aquel sobre el cual se abate—, y le era dado remediar, en la mayor parte de los casos, a través de las manos delicadas de su esposa y de sus hijas, tantos dolores que de otro modo no habrían sido aliviados.

Pero en este valle de lágrimas también el grande conocía sus horas amargas. A veces sus enemigos lo cercaban, le amenazaban, le agredían física o políticamente. Entonces la más firme muralla que defendía esta grandeza que súbitamente se tambaleaba estaba compuesta por las incontables dedicaciones que se erguían desinteresadamente para protegerle, a veces hasta con riesgo de la vida.

Esto que se ha dicho con los ojos puestos en la vida urbana, es superfluo repetirlo a esta altura de la exposición para la vida rural, de tan propicia que era esta última a crear la atmósfera y las relaciones aquí descritas.

Así fue la vida en el feudo; así lo fue también en el campo cuando, extinguido el feudalismo, las antiguas relaciones entre señor y vasallo perdieron su alcance político, pero continuaron existiendo en el mero ámbito del trabajo; y así continúa ocurriendo en esta o aquella región de este o aquel país, incluso en la fuliginosa última década de siglo y milenio en que vivimos.

En la perspectiva del Estado monárquico con algo de aristocrático y algo de democrático considerado por Santo Tomás, la aristocracia participa en el poder del rey como la esposa en el poder del marido dentro del hogar. Le corresponde, pues, hacer llegar al padre —en este caso al Rey— mediante una acción moderadora, tan propia al instinto materno, el conocimiento emocionado de esta o aquella necesidad de sus hijos —es decir, de los pobres, de los pequeños y desvalidos que se encuentren el ámbito de influencia bienhechora de su casa solariega— y conseguir del padre, ablandando su corazón, el correspondiente remedio.

Siempre en esa misma perspectiva, así como a la madre le cabe abrir el corazón de sus hijos para esta o aquella orden de su padre, le corresponde a la Nobleza el disponer el ánimo de los estamentos subordinados para un filial acatamiento de los decretos del rey.

……………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………

(3) El presente esquema es uno de los veinte que desarrollan el Evangelio de la multiplicación de los panes (Jn. VI, 1-15)

Lea en el próximo boletín: ít. 6. Aristocracia política

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Navidad y Fátima: aparentes “utopías”, esplendorosas realidades

Nuestra indeclinable certeza del triunfo universal de la Iglesia Católica y de una inminente restauración del Orden cristiano, puede hacer aflorar en muchos espíritus una objeción – a veces explícita, a veces subconsciente –: si consideramos la pavorosa decadencia del mundo actual, ¿esa esperanza no es un sueño utópico, una quimera irrealizable?

La Santísima Virgen, en Fátima, prometió el triunfo de su Inmaculado Corazón. Aludiendo a esa dificultad Plinio Corrêa de Oliveira hacía notar, en primer lugar, que crece el número de intelectuales de varias disciplinas – sociólogos, filósofos, de ciencias políticas – que sostienen que aún cuando una utopía sea algo irreal (lo dice su etimología griega outopos: lo que no se encuentra en ningún lugar), ella es indispensable para cualquier pueblo. Y que un pueblo sin “utopía”, en el sentido de un ideal trascendente, no deja marca en la historia. Y más vale la pena ir andando detrás de una utopía que detrás de realidades concretas, en el fondo esterilizantes. Él apreciaba mucho esa tesis.
Pero además, añadía el líder católico, “la utopía deja de ser utopía en función de lo sobrenatural, y por lo tanto del milagro, de la gracia. Sin la gracia, ella sería una idea amarga. Porque nuestras almas se encantan con eso [el Reino de María, prometido en Fátima], pero verifican lo que parece una evidente imposibilidad de que se realice. Pero con la gracia, la “utopía” se torna realidad”.
La ocasión en que más se hace sentir en la vida de la Iglesia y de la Cristiandad, esa idea de utopía hecha realidad, es en la noche de Navidad. En esa noche santa y bendita entre todas sucede, en efecto, algo no sólo inesperado sino totalmente inimaginable:
“Es como si por el poder de Dios, una inmensa imposibilidad se volviese posible, y bajase del Cielo sobre la Tierra un torrente de gracias que hace que todo aquello que nosotros juzgaríamos sueños imposibles se tornen realidades maravillosas.


¿Por qué? – Porque ’aparuit Salvator Noster Domini Nostri Jesu Christi’. El Salvador, que se encarna de una Virgen y que nace como Dios hecho hombre, y que viene a traer todo cuanto Él nos trajo [la Redención], es una realidad más audaz que cualquier utopía, pero que la gracia, el milagro, el poder de Dios hacen realidad”, explica el Dr. Plinio.

“Esos espíritus que piensan que la realidad concreta y palpable es la única realidad no perciben que ellos reducen la realidad y pierden lo mejor de ella. Ellos hacen un raciocinio ateo, como si Dios no existiese.
“Pero cuando se tiene fe y se cree, todo es diferente. Las aparentes utopías se tornan realidades esplendorosas. Esa es una de ellas.
“Aquí yo querría ayudar a algunos entre nosotros a corregir los propios criterios, y entender que se debe raciocinar en función de un mundo creado por Dios, vuelto hacia Dios, en el cual Dios, por Sí, por sus Ángeles, por sus santos, interviene activamente.
“Y que, por tanto, los vuelos más extraordinarios del espíritu de fe vuelven las realidades practicables, y el gran consuelo de la vida humana no es el de realizar el sueño de tener un automóvil nuevo o tener no se qué: es el de ver realizadas sus ’utopías’, entre comillas.
“El espíritu utópico en el buen sentido de la palabra, viene a ser el espíritu de fe”[*].
                                                                                   * * *

Ese es el nexo profundo entre Navidad y Fátima. La milenaria promesa de un Redentor se volvió realidad en la Nochebuena, superando las más osadas expectativas de los hombres de Fe. La promesa de una era de gloria para la Iglesia, enunciada en Fátima, también se hará realidad de una forma que excederá a todo cuanto podamos imaginar de maravilloso.

[*] Extracto de grabación de la reunión del 12-10-1989, sin revisión del autor. 

fuente: http://www.tradicionyaccion.org.pe/spip.php?article321

Gentileza de Fátima la Gran Esperanza – asociacionfatima.org.ar – Suscríbase gratuitamente al santo del día

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