Una marquesa fiel a su rey…, pero más fiel aún al Rey de los Cielos – Rincón de la Conversación

10/04/2021

Antoinette de Pons, Marquesa de Guercheville, retrato de Franc,ois Quesnel (Wikipedia)

 

Castillos…

Châteaux  soñados, como sus nombres: de La Rochepot,   du Plessis-Bourré, de Boissy–le-Sec,   de Pontchartrain. Se diría que no son de este mundo, que pertenecen al reino de lo irreal… Que a cualquier momento podría salir de ellos un Du Guesclin o un d’Artagnan de larga espada y caballo naranjado a correr aventuras hacia el horizonte de la bravura, del rechinar del acero, de la elegancia viril. Sin embargo ahí están, existieron y existen. Cada uno poblado de historias, de guerras por altas causas como las esencias del Reino cristianísimo, sus reyes, que llegaron a ser comparados con el sol, sus dramas y sus promesas…Y, más hacia lo alto aún, su amistad con el Rey de Reyes, que mandaba a Santa Margarita María de Alacoque decirle «a Su amigo el Rey» (Luis XIV), que haría triunfar sus ejércitos si bordara en sus pendones el Sagrado Corazón y se hiciera campeón de la civilización cristiana… en tiempos en que los fermentos protestantes desarrollados por Rousseau y Voltaire amenazaban con una tremenda catástrofe que llegaría, exactamente 100 años después de este recado divino.

Novelistas, filósofos impíos y periodistas  buscadores de mezquinas popularidades se dedicaron a divulgar y exagerar las flaquezas y caídas de esos príncipes y a ocultar sus virtudes. Y si podían denigrar la reputación de las señoras nobles, se complacían en esa labor córvida. Pero si hay parte de cierto en ese relato -Pío XII habló de la decadencia de la sociedad francesa pre-revolucionaria, como consta en este sitio, en Nobleza y élites– …la historia conserva otros recuerdos.

Contaremos uno de ellos. Eran los tiempos de Enrique de Borbón, el jefe del partido calvinista a quien el pueblo de París no entregaría la capital si no abrazara la  Fe de su antepasado San Luis, lo cual debió aceptar, pudiendo así casarse con la hermana del Rey Enrique III, Margarita de Valois.

Muerto su real cuñado y asesinado el jefe del partido católico, el Duque de Guisa, descendiente de Carlomagno que contrariaba las tramas de la Revolución gnóstica e igualitaria, Enrique de Navarra va a misa y se convierte en el «Rey Cristianísimo» Enrique IV. Era conocida su tendencia mujeriega. Su «ojo alegre» se había fijado en una agraciada noble viuda, Antoinette de Pons, Marquesa de Gercheville (ver retrato encima). Enrique era temoso. Al no ser correspondido, organizó una cacería que, «con toda casualidad…», pasaría a horas incómodas por el castillo de la marquesa. El rey manda preguntarle si, ante el inconveniente, la Señora aceptaría  que sea su huésped. Ella manda contestarle que su pedido la honraba, y que el rey sería recibido como debía serlo.

Enseguida el castillo se ilumina; una magnífica comida se prepara para el real huésped. La marquesa se presenta, admirable de atractivos y de elegante aspecto, a recibir al rey, que sueña que se cumplirán sus torvos designios.

Tan luego lo conduce hasta la puerta de su apartamento , ella se retira y pide en voz alta su carruaje. Enrique baja todo confundido y le dice: -Cómo, señora,  os estaré sacando yo de vuestra casa?!

-Sire (Señor), le contesta ella  en tono firme, un rey debe mandar donde se encuentre. En cuanto a mí, estoy muy conforme de conservar algún poder en los lugares donde me encuentro. Y, sin decir ni escuchar más nada, va a pasar la noche en lo de una amiga, a dos leguas de allí. Señoras, damas de la Cristiandad…, dignas de ese nombre.

Más tarde, en otras circunstancias,  -después del casamiento de la noble viuda con el Duque de Plessis-Liancourt-, el rey intentará  otra vez  atraer a la marquesa, sin lograrlo. Vencido por tanta firmeza, virtud católica y señorío, le encomendará el honor de ir a Marsella a recibir a la nueva reina de Francia, María de Médicis (*).

Un ejemplo de la madera de que estaban hechas esas grandes señoras del Antiguo Régimen, cuyos castillos serían refugio y semillero de la Chouannerie. Y que aquí, en América, serían «grandes honrradoras» de los hidalgos y protectoras -como Isabel la Católica- de sus infortunadas huérfanas y de otras niñas nobles de quienes descienden muchas familias tradicionales de este «continente de la esperanza».

 

(*) Nota: datos históricos y biográficos tomados de la publicación online «La France Pittoresque»

 

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