La Revolucion Francesa, república prototípicamente revolucionaria – León XIII interviene

20/12/2017

LAS FORMAS DE GOBIERNO A LA LUZ DE LA DOCTRINA DE LA IGLESIA – APENDICE III (entrada final)

Con la presente  entrada concluimos la difusión de este  Apéndice, magistral no sólo por la síntesis elaborada por el autor de un tema tan alto y no exento de dificultades, sino también por el análisis genial de las épocas, de las mentalidades, de las tomas de posición de los Sumos Pontífices, tornándolo un compendio vivo, de matices riquísimos,  de la doctrina católica, y de la Revolución y la Contra-Revolución protagonizada por personajes reales

 

21. León XIII interviene

Todas esas consideraciones, tan familiares para muchos lectores contemporáneos, lo son mucho menos para otros a causa del efecto lenitivo que el olvido y el tiempo han hecho caer sobre las personas, sus doctrinas, sus corrientes de pensamiento, sus disputas y su historia.

Era necesario recordar todo esto para comprender la situación ante la cual se encontró el Papa León XIII cuando puso en marcha la política llamada del ralliement, e intentó unir en torno a sí a los católicos divididos en su modo de valorar el fenómeno revolucionario.

Desde 1870 Francia vivía bajo un régimen republicano. En aquel año comenzó la III República, la cual se consolidaría en 1873 con la negativa de la Asamblea Nacional a restaurar en el trono al pretendiente legítimo, el Conde de Chambord, descendiente del rey Carlos X. El régimen republicano entonces instaurado se mostró, a partir de la dimisión del General Mac-Mahon en 1879, cada vez más claramente inspirado en los principios revolucionarios y anti-católicos que habían dado origen a la Revolución Francesa.

¿Sería posible que el Vaticano entrara en armonía con dicho régimen? ¿O significaría esto lo mismo que establecer un concordato con Satanás? Esta fue la tremenda pregunta a la que León XIII tuvo que dar respuesta cuando ascendió en 1878 al Solio Pontificio.

Había entonces entre los católicos interminables polémicas que no se restringían a un carácter meramente doctrinal o histórico. El punto de divergencia estaba en el modo de juzgar a la Revolución Francesa, especialmente en su política religiosa.

Existían católicos inflexibles en la defensa en su integridad de los derechos secularmente reconocidos a la Iglesia por la tradición nacida de San Remigio y de Clodoveo. Además de estos católicos inmóviles en sus posiciones religiosas y contrarrevolucionarias, estaban aquellos que daban un atemperado apoyo a la política anti-religiosa de la Revolución, y consideraban que su posición expresaba el verdadero pensamiento de los revolucionarios feuillants, o de una parte de los girondinos. Otros sentían una afinidad mayor con la más audaz política anti-religiosa de las corrientes izquierdistas de la Gironda. Sin embargo, casi ningún católico aplaudió los extremos anti-religiosos de la Montaña.

En muchos casos, a esta distribución de tendencias en materia de política religiosa le correspondía otra análoga en materia estrictamente política. A la extrema derecha se encontraban los católicos favorables a la monarquía del Antiguo Régimen y a la restauración monárquica en la persona del pretendiente legitimista, el Conde de Chambord. Eran de algún modo los continuadores de aquellos de quien Talleyrand decía, con intenciones manifiestamente de caricaturizar, que de la Revolución lo rechazaban todo porque “nada habían aprendido, nada habían olvidado.” [29]

Por su parte, los “moderados” de la Revolución en materia religiosa lo eran también, muy frecuentemente, en materia política. Su monarquismo era afín a su catolicismo: aspiraban a que se mantuviera una religión pálida, así como una monarquía desvaída.

Estaban también los adeptos de una forma de gobierno claramente republicana, consonante con un Estado completa o casi completamente separado de la Iglesia. Se trataba de republicanos que se tenían a sí mismos por moderados, distinguiéndose en ello de los republicanos, menos numerosos, que se consideraban hijos espirituales de la Montaña.

Esos “montañeses” del siglo XIX eran en general de un agresivo ateísmo, así como de un republicanismo radical. Cabe citar una vez más aquí a Clemenceau: “Desde la Revolución estamos en estado de rebeldía contra la autoridad divina y humana, con la cual ajustamos, de un solo golpe, una cuenta terrible el 21 de Enero de 1793 [fecha de la decapitación de Luis XVI].” [30]

La República francesa que León XIII encontró delante de sí vivía del apoyo político de estos partidarios de un laicismo de Estado radical, y también de el de católicos timoratos que juzgaban seguir una acertada política al ponerle buena cara a la República, e incluso a algunas exigencias del laicismo de Estado, siempre que éste no continuase, a cambio, su creciente hostilización contra la Iglesia.

Olvido del pasado —incluso de la monarquía católica tal como había nacido en la consagración de Clodoveo—, indiferencia malhumorada ante el destino de la Nobleza, resignada y sonriente acogida de las conquistas laicas ya establecidas: éste sería el precio a pagar —imaginaban esos católicos llamados centristas— para conseguir de la República la garantía de unas condiciones mínimas de existencia y un futuro despreocupado para una Iglesia ágilmente flexible en la conducción de su política.

León XIII, al ascender al Solio Pontificio, decidió hacer suya esta política. Para ello, además de pagar el mencionado precio, sacrificó el apoyo que podría obtener de aquellos católicos que, en el plano político, se mantenían fieles a la monarquía legitimista del Conde de Chambord, y, en el plano religioso, reclamaban para la Iglesia todos o casi todos los derechos que la Revolución le había arrancado. Dichos católicos nostálgicos de la estrategia política de Pío IX eran los más fervorosos, los más entusiastas del Papado, los más intransigentes en la defensa de los dogmas.

La política específica de León XIII traía consigo el desaliento y, por tanto, la disminución del apoyo de esas falanges de valientes que habían sufrido de la Revolución todo género de persecuciones y perjuicios con el corazón alegre de sacrificarse por el Altar y por el Trono, por Dios y por el Rey.

En compensación, León XIII no sólo ganaba el aplauso de muchos católicos que no estaban al tanto de la interacción entre los grandes problemas temporales y espirituales, sino también el de los católicos acomodaticios.

“¿El juego valía la vela?”, era lo que muchos se preguntaban.

Una dolorida queja, en el ocaso de un Pontificado inolvidable

“Sería para Nos, llegados ya al atardecer de la vida, un dolor y una amargura demasiadamente grandes ver evaporarse, sin dar fruto, todas Nuestras benévolas intenciones respecto a la nación francesa y su gobierno, a los cuales hemos dado Nos reiterados testimonios, no sólo de Nuestras más delicadas atenciones, sino también de Nuestro eficaz y particular afecto”.

(Carta de León XIII a Emile Loubet, Presidente de la República francesa, junio de 1900)

León XIII decidió demostrar que sí. Con el brindis de Argel [31] y la encíclica Au milieu des sollicitudes puso rumbo clara y directamente hacia la acomodación que —como subrayó cuidadosamente— no implicaba en renunciar a ninguno de los principios de Fe y moral enseñados por él o por sus predecesores.

Como era de prever, las discusiones entre católicos crecieron en frecuencia e intensidad, precisamente sobre si le era lícito a un católico ser republicano. León XIII definió la doctrina de la Iglesia a este respecto, pero el vocerío de las discusiones obnubiló la claridad de visión de muchos de los que polemizaban. Aparecieron así entre los católicos varias posiciones erróneas, algunas de las cuales el propio León XIII y más tarde San Pío X habrían de corregir.

Al resolver en tesis la cuestión de la posición de los católicos ante las formas de gobierno, León XIII no llegó a trazar en toda la medida de lo posible la distinción entre la república revolucionaria, nacida de la Revolución Francesa, y la forma de gobierno republicana considerada exclusivamente en sus principios abstractos, y eventualmente legítima de acuerdo con las circunstancias inherentes a cada país.

De tal vez una preocupación en León XIII por ser circunspecto, resultó en gran parte la confusión en todo el asunto. [32]

Así, pasaron a ser menos frecuentes de lo que sería de desear en el panorama político francés los católicos que, aunque estaban decididos a aceptar sin escrúpulos de conciencia la forma de gobierno republicana con tal que se demostrase que era necesaria al bien común, en consecuencia de la doctrina y del espíritu de la Iglesia preferían como ideal la forma de gobierno monárquica, templada con cierta participación de la aristocracia y del pueblo en el poder público.

La monarquía orgánica medieval, encarnada por San Luis, Rey de Francia, San Fernando de Castilla, San Esteban de Hungría o San Enrique, Emperador de Alemania: modelo de quienes “preferían como ideal la forma de gobierno monárquica, templada con cierta participación de la aristocracia y del pueblo en el poder público”

En cambio los católicos partidarios de la forma de gobierno republicana se fueron haciendo cada vez más frecuentes, movidos mucho menos por la convicción de que la república era necesaria para Francia que por el falso principio de que la igualdad es la suprema regla de la justicia en las relaciones humanas; de ahí que les pareciera que solamente la democracia y, en consecuencia, la república íntegra realizaba entre los hombres la justicia perfecta dentro del cuadro de una moral perfecta: precisamente el error condenado por San Pío X en Notre charge apostolique. [33]

Este desenlace no se dio sólo en Francia, sino también en todo Occidente. Dichas discusiones repercutieron en el mundo entero y, naturalmente, causaron divisiones y confusiones entre los católicos de los más variados países; divisiones que en parte aún subsisten, como subsiste aún la gran ilusión del radicalismo igualitario, implacablemente anti-monárquico y anti-aristocrático.

La intención que ha animado la elaboración de este apéndice ha sido la de colaborar para que, a la luz de los documentos pontificios, la claridad de visión y la unión de los ánimos en esa materia ganen algún terreno. “Dilatentur spatia veritatis[34], es lo que deben anhelar todos los corazones sinceramente católicos; y, en consecuencia, ‘‘dilatentur spatia caritatis.” [35]

 

NOTAS

[29] Apud Jean Orieux, Talleyrand ou le Sphinx incompris, Flammarion, París, 1970, p. 638.

[30] Apud Cardenal Louis Billot, Les principes de 89 et leurs conséquences, p. 33.

[31] En noviembre de 1890 la escuadra del Mediterráneo ancla en el puerto de Argel. El cardenal Lavigerie, Arzobispo de aquella ciudad y una de las principales figuras con que contaba León XIII para realizar su política de ralliement en Francia, ofrece a los oficiales un banquete en su residencia. El Almirante Duperré, comandante de la escuadra, es recibido al son del cántico revolucionario Marsellesa —aún no reconocida por la flor y nata del monarquismo francés como Himno Nacional— tocado por los alumnos de los famosos Pères Blancs, religiosos que se dedicaban al apostolado en Argelia.

A los postres, el Cardenal se pone en pie. Sus invitados le imitan. El brindis consiste en la lectura de un texto preparado con anterioridad. Tras saludar a las personalidades presentes, el Cardenal pasa a hacer una exhortación a favor de que aceptada la forma de gobierno republicana, aseverando que “cuando la voluntad de un pueblo se ha manifestado claramente, y —como ha proclamado últimamente León XIII— una forma de gobierno nada tiene en sí misma de contrario a los únicos principios que pueden hacer vivir las naciones cristianas y civilizadas”, esa forma de gobierno debe merecer una “adhesión sin reservas”.

Cuando el Cardenal terminó la lectura del brindis, los oficiales por él invitados, en su gran mayoría monárquicos, quedaron estupefactos y en silencio, sin aplaudir. Todos se sentaron nuevamente. El cardenal se volvió entonces al Almirante y le preguntó: “Almirante, ¿no respondéis al Cardenal?”. El Almirante Duperré, un viejo bonapartirsta, dijo únicamente: “Bebo a la salud de Su Eminencia el Cardenal y del clero de Argelia”.

Esta actitud del Cardenal, aunque contaba con la aprobación y el apoyo de León XIII, repercutió muy desfavorablemente en los medios monárquicos y católicos de Francia, y hasta entre el propio episcopado francés, del cual Mons. Lavigerie no recibió el apoyo deseado (Cfr. Adrien Dansette, Histoire Religieuse de la France contemporaine—sous la troisiéme République, Collection L’Histoire, Flammarion, París, 1951, pp. 129-131).

[32] En sus diversas enseñanzas sobre formas de gobierno, no se abstuvo León XIII de considerar las circunstancias concretas en que se encontraba la Francia de su tiempo; por el contrario, mostró de un modo más o menos taxativo su convicción de que la república era una forma capaz de promover el bien común de la Francia de entonces. El Pontífice dejó en evidencia, además, su convencimiento de que la mayor parte de los líderes republicanos no hostilizaba la Iglesia propiamente por animadversión contra ella, sino únicamente por un sentimiento de inconformidad con los ataques que los numerosos católicos dedicados a la causa monárquica hacían contra la república.

En esta perspectiva, con tal que el Romano Pontífice, seguido por fieles cada vez más numerosos, se reconciliase seriamente con la república, los líderes de esta última inaugurarían recíprocamente una política de conciliación con la Iglesia.

Los hechos no justificaron las esperanzas de León XIII. Así lo reconoció éste amargamente en su carta al entonces Presidente de Francia, Emile Loubet, en Junio de 1900: “Hemos querido, Sr. Presidente, abriros Nuestra alma, confiando en que —con la nobleza de vuestro carácter, vuestra elevación de miras y el deseo sincero de pacificación religiosa con el que os sabemos animado— tomaréis a pecho el poner en acción la influencia que vuestra alta posición os da para apartar cualquier causa de nuevas perturbaciones religiosas. Sería para Nos, llegados ya al atardecer de la vida, un dolor y una amargura demasiadamente grandes ver evaporarse sin dar fruto todas Nuestras benévolas intenciones respecto a la nación francesa y su gobierno, a los cuales hemos dado testimonios reiterados no solo de Nuestras más delicadas atenciones, sino también de Nuestro eficaz y particular afecto” (apud Emmanuel Barbier, Historie du Catholicisme Liberal et du Catholicisme Social en France, L’Imprimerie Yves Cardonet, Bordeaux, 1924, t. II, p. 531).

Igualmente, en una carta escrita al Cardenal François Richard, Arzobispo de París, el veintitrés de diciembre del mismo año, a propósito de la persecución llevada a cabo por el Gobierno de aquel país contra las congregaciones religiosas, el Pontífice manifestó su decepción por el fracaso de la política del ralliement.

“Desde el comienzo de Nuestro Pontificado, no hemos omitido ningún esfuerzo para realizar en Francia esta obra de pacificación que le habría proporcionado ventajas incalculables, no solamente en el ámbito religioso sino incluso en el civil y político. No hemos retrocedido ante las dificultades, ni hemos cesado de dar a Francia particulares pruebas de deferencia, solicitud y amor, contando siempre con que respondería como conviene a una nación grande y generosa.

“Sentiríamos un dolor extremo si, llegados al atardecer de Nuestra vida, nos encontrásemos desengañados en esas esperanzas, frustrados en el precio de nuestras paternales solicitudes y condenados a ver luchar las pasiones y los partidos con más encarnizamiento en el país que amamos, sin poder medir hasta donde irán sus excesos ni conjurar las desventuras que todo hemos hecho para impedir, y cuya responsabilidad anticipadamente nos declinamos” (Actes de León XIII, Maison de la Bonne Presse, París, t. VI, pp. 190-191).

Así pues, numerosos católicos continuaron viendo con aprensión la política seguida por el famoso Pontífice en relación a Francia por juzgar que la mayoría de los republicanos estaba imbuida de los errores doctrinales que habían heredado de la Ilustración: el igualitarismo radical y la fobia contra la Iglesia católica de raíz deísta o atea.

No habrían de ser las démarches de sentido pacificador de León XIII rumbo a la república las que habrían de desmovilizar a la gran mayoría de los republicanos en relación a la Iglesia; y, de hecho, la ofensiva republicana continuó encendida contra ella bajo el reinado de San Pío X.

Al estallar la I Guerra Mundial, los franceses de todas las corrientes religiosas y políticas establecieron la Union Sacrée contra el invasor. De ahí provino una tregua en los conflictos político-religiosos que se prolongó en cierta forma después de la victoria de las armas aliadas. Se deja de tratar aquí de los hechos siguientes, para no extender excesivamente la materia.

[33] Cfr. apartado A 4 de este mismo apéndice.

[34] Dilátense los espacios de la verdad.

[35] Dilátense los espacios de la caridad.

 

 

Share

Comments on this entry are closed.

Previous post:

Next post: