En el Brasil colonial, en el Brasil imperial y en la República brasileña: génesis, desarrollo y ocaso de la «Nobleza de la tierra» – (6ta. nota – final – «a») – Apéndice I de Nobleza y élites tradicionales análogas – ítems 12 y 13

22/08/2021

12. La Monarquía parlamentaria y la “Nobleza de la tierra”
a) Los clanes electorales
La declaración de la Independencia en 1822 trajo consigo la implantación de la monarquía parlamentaria y, por tanto, del régimen electoral representativo. De este modo el cuadro político de Brasil se transformaba profundamente.
Se diría que en un marco político tan profundamente transformado, y no siendo los Títulos del Imperio concedidos sino ocasionalmente y con carácter individual a los miembros de la “Nobleza de la tierra”, ésta se desvanecería como una reminiscencia histórica sin vínculo con el presente.
No ocurrió así.
Ante dichas transformaciones, la “Nobleza de la tierra” no se dejó arrastrar por la inercia; por el contrario, trató de perpetuar su poder político en las nuevas circunstancias creadas por la implantación de una democracia coronada en Brasil.
En el sistema democrático, el electorado es el depositario de toda o casi toda la soberanía; manda, por tanto, quien tenga más influencia sobre él. Ahora bien, excepto, en los centros urbanos realmente importantes en alguna medida, la influencia sobre el electorado pertenecía a los Señores de la tierra. Así pues, la gran mayoría de los votos dependía de la “Nobleza de la tierra”, que ejercía su poder a través de los partidos políticos, pues el partido vive de su fuerza electoral y ésta estaba en manos de los Nobles de la tierra.
Pintoresca e inesperada resulta la organización que constituyeron para conservar el prestigio de antaño. Es también Oliveira Vianna quien nos informa de ello: “Estos señores rurales —hasta aquel momento dispersos y autónomos en su condición de pequeños señores del lugar— se mostraban ahora juntos y organizados (…) Están ahora solidarizados en dos grupos macizos, cada uno de ellos con un jefe ostensivo, con gobierno y autoridad en todo el municipio y a cuyo mando todos obedecen. (…) Están todos ellos unidos ahora bajo una leyenda (…) Son Conservadores o Liberales.” [102]
No sorprende que, sobre todo en las primeras décadas del régimen imperial, se hayan operado transformaciones dignas de mención en los cuadros políticos del país. Así las describe Oliveira Vianna:
“Llamamos clanes electorales a esas nuevas y pequeñas estructuras locales aquí nacidas en el siglo IV, porque son tan clanes como los feudales y los parentales, (…) tienen la misma estructura, la misma composición y la misma finalidad que éstos; solo que con una base geográfica más amplia, porque comprenden a todo el municipio, y no sólo el área restringida de cada feudo (ingenio o hacienda). Después de 1832 [103] estas pequeñas agrupaciones locales pasaron a afiliarse, a su vez, a las asociaciones más amplias que son los Partidos Políticos, con base provincial, primero, y con base nacional, más tarde: el Partido Conservador y el Partido Liberal, con sede en el centro del Imperio y con los Presidentes de Provincia como jefes provinciales.” [104]
b) Guardia Nacional y “Nobleza de la tierra”
Por la ley de 18 de agosto de 1831 se extinguen las antiguas instituciones militares de la Colonia, los Cuerpos de Milicias, las Guardias Municipales y las Ordenanzas, y se crea la Guardia Nacional.
A partir del momento en que el poder central tomó a su cargo el nombramiento de las autoridades locales, hasta entonces electivas, fue grande el deseo de la clase aristocrática de los jefes de clanes electorales de obtener las simpatías de los Presidentes de Provincia. “Eran los Gobernadores los que indicaban al centro los nombres de los beneficiarios, no sólo para los puestos, entonces extremamente importantes, de la Guardia Nacional, sino también para los de la nobiliaria del Imperio.” [105]
Conviene por tanto conocer cuáles eran las relaciones de la Guardia Nacional con la “Nobleza de la tierra”: “En lo que se refiere a la constitución de los clanes electorales (…) nunca estará de más destacar el papel ejercido por la institución de la Guardia Nacional. El cuadro de oficiales de esta guardia constituía el lugar de concentración de toda la Nobleza rural. (…)
“En el Imperio, los puestos de oficiales de la Guardia Nacional eran dignidades locales tan altas como lo eran en la colonia las de ‘Juez de Fuera’ o ‘Capitán Mayor Regente’ y constituían una Nobleza local de la más alta calificación.
“El título de ‘coronel’ o ‘teniente coronel’, que la República desvalorizó vulgarizándolo, era la más alta distinción conferida a un hacendado del municipio. El modesto título de ‘alférez’ sólo se daba a hombres de peso y autoridad local. (…)
“Era ésta justamente la función política de la Guardia Nacional: permitir al señor más rico o más poderoso (por la protección que le dispensaba el Gobernador, concediéndole el reclutamiento, la policía civil o militar, la cámara municipal con sus almotacenes) [106] imponerse a los demás clanes feudales y señoriales.” [107]
Afirma, por su parte, Rui Vieira da Cunha: “Se alcanzaba, en efecto, la Guardia Nacional, de tamaña magnitud para comprender de la osamenta social del Imperio. Hacia ella se deslizaba el poder y la influencia, aristocratizándola, al contrario de lo que ocurría con la democratización de los títulos nobiliarios y mercedes honoríficas.
“La interpretación sistemática de los arts. 69 y 70 de la Ley de 18 de agosto de 1831 que creaban las Guardias Nacionales (…) llevaba a la siguiente conclusión: ‘Los oficiales de las Guardias Nacionales son iguales en nobleza a los de las tropas regulares’.” [108]
13. El ciclo del café
A mediados del siglo XVIII tuvo inicio el ciclo del café, dando oportunidad a la aparición de un nuevo aspecto de nuestra “Nobleza de la Tierra”, la llamada “aristocracia del café”, nacida entonces, cuyo prestigio e influencia marcaron sobre todo la vida del Imperio y, cuando éste cayó, algunas décadas de la de la República.
En ese sentido declara Roger Bastide:
“Después de las civilizaciones del azúcar y del oro, la tercera gran civilización que se desarrolló en Brasil fue la del café. (…)
“El café se desplaza, desde los lujos del Imperio hasta la muerte de Getúlio Vargas. El café crea una aristocracia [109] y destruye (o por lo menos transforma) su propia creación.”
“El café se confunde con la historia del siglo XIX y con el inicio del siglo XX. (…)
Transcribiendo una opinión de Gilberto Freyre, Bastide prosigue: “Es justamente el café lo que hace florecer en la provincia de São Paulo, casi dos siglos después, una sociedad patriarcal idéntica a la de Bahía y Pernambuco. Los barones del café, afirma [Gilberto Freyre], continuaban y reproducían la aristocracia del azúcar.” [110]
a) La proclamación de la República y la aristocracia rural
Proclamada la República en 1889, no desapareció por eso la influencia política de las familias provenientes de la antigua “Nobleza de la tierra.” Por otra parte, su prestigio social continuaba siendo preponderante. Además, su modo de ser y costumbres se destilaban y asimilaban con rapidez e intensidad las maneras y el esplendor de la vida social de los mejores ambientes europeos.
Es significativo en ese sentido el testimonio dado por Georges Clemenceau, político mundialmente conocido y Presidente del Consejo de Ministros francés durante la I Guerra Mundial, con ocasión de su viaje a Brasil en 1911:
“En cuanto a la ‘élite social’, (…) siempre nos vemos obligados a volver a ese punto de partida de una oligarquía feudal, centro de toda la cultura y refinamiento. (…) Es en su finca (fazenda), en el centro de su dominio, donde hay que ir a buscar al plantador (fazendeiro). Perfectamente feudal, persuadido del pensamiento europeo, abierto a todos los altos sentimientos de generosidad social que caracterizaron en determinado momento a nuestra aristocracia del siglo dieciocho, (…) es infinitamente superior a la generalidad de sus similares europeos nacidos de la tradición o surgidos de los acasos de la democracia. (…) En París, pasaréis junto a este dominador sin daros cuenta, de tal manera difiere por la modestia de su palabra y la simplicidad de su figura del tipo presentado por la sátira. (…)
“La ciudad de São Paulo es tan curiosamente francesa en algunos de sus aspectos, que a lo largo de toda una semana no me acuerdo de haber tenido la sensación de encontrarme en el extranjero. (…) La sociedad paulista (…) presenta el doble fenómeno de orientarse decididamente hacia el espíritu francés y desarrollar paralelamente todos los rasgos de la individualidad brasileña que determinan su carácter. Tened por seguro que el paulista es paulista hasta lo más hondo de su alma, paulista tanto en Brasil como en Francia o en cualquier otro lugar. Quedando esto claro, decidme, sin embargo, si ha habido alguna vez, bajo el hombre de negocios, al mismo tiempo prudente y audaz, que ha sabido valorizar el café, un francés de maneras más corteses, de conversación más amable y con una más aristocrática delicadeza de espíritu.” [111]


Incluso después de haber sido proclamada la República, en 1889, las familias que provenían de la antigua “Nobleza de la tierra” continuaron refinando su modo de ser y sus costumbres, asimilando las maneras y el esplendor de la vida social de los mejores ambientes europeos. Georges Clemenceau, en su viaje a Brasil, en 1911, comentaba a este propósito que la ciudad de San Pablo, sin perder ningún trazo de su carácter brasileño, “es tan curiosamente francesa en algunos de sus aspectos que durante toda una semana no tuve la sensación de encontrarme en el extranjero”.


Mientras tanto, ya sea durante el Imperio, ya sea durante las primeras décadas de la República, las transformaciones generales de la vida de Occidente fueron influenciando irresistiblemente a la sociedad brasileña en perjuicio de las viejas élites rurales.


Las crecientes facilidades de comunicación con Europa y los Estados Unidos difundieron aquí el pensamiento cada vez más radicalmente igualitario —y por tanto contrario a las aristocracias y élites sociales de cualquier tipo— que soplaba tanto en el viejo mundo como en la joven y vigorosa federación norteamericana.
De este modo, los elementos más cultos de la sociedad brasileña, propensos en su mayoría a seguir los impulsos provenientes de los grandes centros mundiales, iban mirando con creciente antipatía la oposición entre la democracia de ficción aquí vigente y la democracia cada vez más efectiva que regía a las naciones de mayor prestigio. El poder político de la clase agrícola les parecía una impostura, un falseamiento del régimen existente.
“Las ideas liberales se difundieron con la instrucción. (…) Con el café pasan a medrar en los pasillos de la Facultad de Derecho de São Paulo, entre los hijos de los hacendados, haciendo triunfar sucesivamente el abolicionismo, la República, la rebelión contra el monopolio político de los ricos ‘coroneles’.” [112]
Por todo el país se iban creando órganos de prensa, propensos en su mayoría a la instauración de lo que llamaban la autenticidad democrática. A la vez que el Partido Republicano, defensor discreto, pero poderoso, del status quo, iba creciendo el Partido Democrático, portavoz de la transformación política.
b) La crisis del café
A finales de los años veinte de nuestro siglo, una formidable crisis hizo estremecer el cultivo del café, plantado sobre todo en los estados de Minas Gerais, Rio de Janeiro y Sao Paulo. La causa de ello fue la inhábil política de la República ante la producción de nuestro café, mayor que el consumo del mercado mundial. Esta crisis imprevista sorprendió a gran número de cultivadores en fase de endeudamientos, necesarios para aumentar sus ya excesivas producciones, o para la construcción o mejora de sus moradas en las capitales.
En efecto, gracias a las redes ferroviarias y de carreteras, los hacendados del café tendían cada vez más a localizar sus residencias urbanas, no ya en las pequeñas ciudades próximas a sus respectivas haciendas, sino en las grandes, ahora con fácil acceso. En ellas podían llevar una vida social brillante, y al mismo tiempo proporcionar a sus hijas e hijos una alta educación secundaria en los colegios de religiosos y religiosas, procedentes sobre todo de Europa. Podían, además, los padres, seguir de cerca la vida de sus hijos entregados a estudios superiores en las diversas facultades que se iban fundando.
Endeudados imprudentemente, empobrecidos por falta de previsión, la clase de los grandes hacendados del café sufrió así un golpe que disminuyó muy considerablemente su prestigio social, y más aún el político.
Mientras esto ocurría en el sur del país, los Señores de Ingenio de Pernambuco y otros Estados del Nordeste brasileño ya hacía mucho tiempo que habían entrado en decadencia “en virtud del desarrollo de la industria que, con los ingenios centrales, eliminó las pequeñas fábricas, reunió a los labradores, sus dependientes, en torno a las feitorías (ver nota 30), clausuró el ciclo aristocrático de los ingenios, sustituyó al señor por la compañía (algunas organizadas en Inglaterra, con nombres ingleses) e instaló el monopolio de zona, en lugar de la iniciativa resistente de los viejos propietarios.” [113]
El rendimiento de los ingenios bajó tanto que solo proporcionaba a un gran número de señores lo necesario para su subsistencia.
c) La Revolución de 1930 y el fin de las élites rurales tradicionales en Brasil
Pero el curso de los acontecimientos preparaba para el país nuevas circunstancias, cuyas consecuencias implicaban la virtual extinción de la aristocracia rural. “Esta aristocracia rural lideró la sociedad brasileña durante siglos y finalmente perdió el control de la nación en 1930.” [114]
En realidad, la Revolución de 1930 privó del poder al presidente Washington Luiz —símbolo expresivo, por su figura, del orden de cosas que se hundía— y colocó a Getúlio Vargas al frente del país.
Esa revolución dio origen a casi quince años continuos de una dictadura que, por un lado, se proclamaba anticomunista, pero por otro apoyaba las transformaciones sociales aquí reclamadas por la izquierda. El “getulismo” inauguró una época populista.
Con ello, la clase de los señores de tierras quedó reducida a restos dispersos: “rari nantes in gurgite vasto”; [115] es decir, a raros destrozos que fluctuaban en un Brasil cada vez más poblado, cada vez más urbanizado e industrializado, en el cual los hijos de emigrantes de las más diversas procedencias iban consiguiendo una situación destacada y adquiriendo las haciendas que las energías exhaustas y las finanzas escuálidas de los antiguos propietarios del campo no podían ya mantener.
Estos últimos constituían cada vez menos una clase definida y, salvo algunos pocos de sus miembros, se perdían en un anonimato o cuasi anonimato, dentro del tumulto de un Brasil cada vez más rico y cada vez más diferente de lo que fue.
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VER  TODAS LAS NOTAS  DE ESTE APENDICE EN LA nota 7ma. (B): «NOTAS»

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