Pintores de reflejos – Rincón de la Conversación

05/11/2014

006 Rincón Vermeer Chardin nov 14

 

Jean_Siméon_Chardin_-_Still-Life_with_Jar_of_Olives_-_WGA04777 Chardin_-_The_Silver_Goblet

Naturalezas muertas de Chardin

 

Hacía un tempón que no conversábamos! dirían nuestros amigos brasileños, tan amantes de la conversación como nosotros. Y estaba sediento de retomar nuestras conversas involuntariamente postergadas.

A los iberoamericanos, como buenos latinos, nos gusta la buena mesa -y no menos la sobremesa. Recuerdo, algo imprecisamente,  una reunión sobre “sed de almas”, en que el disertante -profundo conocedor del alma humana por amor a Dios- imaginaba dos cuadros distintos. Uno era el de un preso de sangre nórdica,  anglo-sajona. Solo en su calabozo, tomaba un gin, o un whisky, o un Aquavit sereno, flemático, pensando tal vez en bajeles, abordajes y corsarios, no afectándole mayormente la falta de compañía. El otro era el de dos latinos, alojados en celdas separadas, que cavaban un túnel para poder tomar juntos una botella de vino y hablar a torrentes. Sin compañía, sin intercambiar novedades e impresiones, el placer de tomar el vino no andaba!

Claro que debemos pensar en una prisión en el marco de la Civilización Cristiana, no en el infierno de una cárcel moderna. Como aquellas de las novelas de mosqueteros que arriesgaban la vida por el honor de una reina o, si preferimos la historia, como la calumniada Bastilla, donde un preso podía tener su secretario, mantener su tren de vida y de trabajo, y hasta casarse, de la cual dijo un espirituoso sacerdote italiano viajero: “¡Es un favor del Rey ser encerrado en tan bella prisión”.

Y hablando de placeres ¡qué falta hacen los placeres legítimos como la conversación y tantos otros! Pues el hombre necesita como el aire, para existir,  una cuota de felicidad. Y hoy en día, con el disgusto que da abrir un diario o  entrar en un noticiero online… crisis financieras endémicas e inexplicables, fruto de la demagogia socialista y el manejo estatolátrico de los fondos ajenos, y para beneficio deuna minoría reunida al servicio de intereses egoístas (Pío XII) (*); crímenes atroces: ayer leía acerca del chico de 15 años que mató a su profesora de castellano, que pasará el resto de sus días en la cárcel pero – lo peor de todo, para el juez-  con total falta de arrepentimiento; la proyección dada por los medios a seres cuya existencia e ideología es una amenaza para el mundo, como el  perverso y aparentemente infantil-senil  dictador norcoreano, amparado por la “maravillosa” China; inundaciones, devastaciones, guerras caóticas…, y mejor quedarnos aquí en aras del placer de la conversación. Mencionamos estos males para recordar que no podemos -ni debemos- despegarnos de la realidad, pero sin olvidar que necesitamos, al mismo tiempo, tomar distancia de ellos,  rezar con confianza en la Providencia, y  distender sabiamente el espíritu, so pena de ahogarlo.

La cultura católica nos ofrece una fórmula -esa sí, maravillosa- que tiene algo de ambas cosas, de entretenimiento y de ‘ascensio mentis ad Deum’ (oración). Está en el ameno camino, tan variado como personalidades existen y abierto a todos, de descubrir los absolutos, los reflejos de la Belleza increada que, por el desvelo amoroso del Creador, nos rodean.

Un rayo dorado de sol que se filtra por la ventana alegrando nuestro despertar, con el canto matinal de los pájaros, que pega sobre algún objeto interesante o sobre el rostro delicado de una Imagen de Nuestra Señora, transfigurándolos por unos instantes; un conjunto de nubes que forman archipiélagos o misteriosas ciudades perdidas que despiertan la imaginación; un anochecer como me tocó -paradojalmente, mientras iba a dar el último adiós, de rosario en mano, a un amigo- , en un lugar descampado. El cielo era de un azul sembrado de azúcar impalpable, envolvente, acogedor y distante. Las estrellas brillaban suavemente, veladas por el manto cristalino y oscuro. El gigante Orión alzaba en lontananza sus brazos, como levantando un estandarte para una proclama épica. Había ese vago murmullo de la soledad del campo, con grillos y guacachos (ranitas), que conversan animadamente en sus pequeños lagos.

Vermeer_Le_Verre_de_vin_detail_de_la_fenetre Johannes_Vermeer_-_Young_Woman_with_a_Water_Jug_(detail)_-_WGA24663 Johannes_Vermeer_-Girl_reading_a_letter_by_an_open_window_(c_1657) Escenas y detalles de Vermeer de Delft

 “Bonum est diffusivum sui”, enseña Mons. Delassus en “La Conjuration anti-chrétienne”, siguiendo a Santo Tomás. Y porque el bien tiende a difundirse, Dios creó el casi infinito mundo de las luces, los reflejos, los espejos, las perlas, el rocío, los cristales, los diamantes. Y creó almas capaces de descubrir y aspirar esos perfumes luminosos, de internarse en esos mundos atrayentes, de capturar algo de esa luz huidiza y casi musical, como el vuelo de las mariposas.

Vermeer y Chardin, en el Ancien Régime,  la captaron con excelencia. En el frasco de las aceitunas y las cristalinas cerezas, en la joven de la jarra de agua, de plata, asentada sobre una bandeja que es una vidriera, un mundo de reflejos, en la doncella que lee una carta en la ventana abierta.

En ésta, la genialidad del artista de Delft retrató el reflejo de la joven en la ventana con todo lo sugestivo de esta otra versión -de leyenda- de sí misma. Tal vez quiso representar que lo más dorado de una persona está en su interior. Así lo revelan las Sagradas Escrituras de Aquella que es la obra maestra de la Creación: “omnis gloria filia regis ab intus”. Toda la gloria de la hija del Rey está en su interior.

Ahí van, estimado amigo, algunos apuntes sobre la formativa búsqueda de lo absoluto. “La forma del alma es la inmensidad”, escribió el gran San Bernardo de Claraval, hombre contemplativo y activo que daba el tono en la sociedad de su tiempo, apóstol de la sublimidad. Buscar los reflejos de los absolutos en la naturaleza, en el arte, en la historia, en la leyenda, en las almas de élite, en los “ojos claros, serenos”, del Redentor,  llena el alma y, ayudada por la Gracia de Dios, le brinda verdadera felicidad y fortaleza para llevar la Cruz, pues fuimos hechos para la inmensidad.

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007II le atrae elnoble placer de la conversa

COMO EL ESTADO, EN MANOS AMBICIOSAS, PUEDE IMPONER SU CAPRICHO A LA MEJOR PARTE DEL VERDADERO PUEBLO

3.- “De la exuberancia de vida de un verdadero pueblo, la vida se esparce, abundante y rica, por el Estado y por todos sus órganos, infundiendo en ellos, con vigor incesantemente renovado, la conciencia de su propia responsabilidad, el verdadero sentido del bien común. Sin embargo, de la fuerza elemental de la masa, manejada y aprovechada con habilidad, puede servirse también el Estado: en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos, agrupados artificialmente por tendencias egoístas, el propio Estado —con la ayuda de la masa, reducida a simple máquina— puede imponer su capricho a la parte mejor del verdadero pueblo; el interés común queda así golpeado gravemente durante largo tiempo, y la herida es con frecuencia muy difícil de curar”. (Pío XII, cf. “Nobleza y élites tradicionales análogas” de Plinio Corrêa de Oliveira, Cap. III, Pueblo y masa — Libertad e igualdad en un régimen democrático: conceptos genuinos y conceptos revolucionarios
Las enseñanzas de Pío XII, § 2).

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