Santo Toribio de Mogrobejo, Obispo de Lima e Inquisidor – Plinio Corrêa de Oliveira

23/03/2021

Santo Toríbio de Mogrovejo, Obispo e Inquisidor de Lima –  «Santo del Día»*            Plinio Corrêa de Oliveira

 

Santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de Lima

(*Conferencia en estilo coloquial para sus discípulos más jóvenes de la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad – TFP- 22 de marzo de 1966 –  Ver aviso al pie ) 

Mañana es la fiesta de Santo Toríbio de Mogrovejo.

(Ficha biográfica) “Santo Toribio nació en 1538 en Mallorca, España, de noble familia. Desde su infancia mostró inclinación por la virtud y extremado horror al pecado, junto a una gran devoción a la Santísima Virgen. Recitaba diariamente su Oficio y el Rosario, y los sábados ayunaba en su honor. 

“Inclinado a los estudios, los cursó en Valladolid y Salamanca. Felipe II tuvo ocasión de conocerlo y, al notar sus cualidades, lo nombró primer magistrado de Granada y Presidente del Tribunal de la Inquisición de esa ciudad, cargo que ejerció excepcionalmente durante cinco años. Encontrándose vacante la sede episcopal de Lima, en el Perú, el soberano lo convocó para dicho cargo a pesar de sus vehementes protestas. Fue ordenado sacerdote y Obispo, y asumió esa dignidad a los 43 años de edad.

“Su diócesis era inmensa y las costumbres de los españoles y de otros conquistadores, junto a  las del Clero, dejaban mucho que desear.

“Junto a las del Clero”…, se entiende lo que quiere decir, ¿no es cierto? Es: “como las del Clero”.

“Los salvajes, a su vez, estaban abandonados o eran perseguidos. Santo Toribio no se dejó desanimar por eso; decidió aplicar las decisiones del Concilio de Trento para reformar la región.

“Dotado de excepcional prudencia y de un celo activo y vigoroso, comenzó por la reforma del Clero, siendo inflexible frente ante cualquier escándalo que de ello adviniese. Se tornó un azote de los pecadores públicos y un protector de los oprimidos; por lo que fue duramente perseguido.

 “Como algunos cristianos le daban a la Ley de Dios una interpretación que favorecía las tendencias desordenadas de la naturaleza, les mostró que Cristo era la Verdad y no una costumbre, y que en Su Tribunal nuestros actos serían pesados no por la falsa balanza del mundo sino por la balanza del Santuario

– Linda expresión, ¿no es cierto?

 “Nuestro santo logró lo que quería y se volvió a la práctica de las máximas evangélicas con enorme fervor, sobre todo con la llegada del virtuoso Virrey Don Francisco de Toledo.

“Infatigable por la salvación de la menor de las almas de su rebaño, no ahorraba trabajo alguno. Protegió a los indios llegando a aprender, en edad avanzada, varios de sus dialectos para poderles enseñar el catecismo. Toda esa actividad era iluminada por una intensa piedad. Misa, larga meditación diaria, largas horas de oración y severas penitencias. Su oración era continua, pues la gloria de Dios era el fin de todas sus palabras y acciones.

Santo Toribio cayó enfermo en Santa, ciudad distante de Lima. Previó su muerte y distribuyó sus bienes a sus criados y a los pobres. Repitiendo sin cesar las palabras de San Pablo, “deseo ser liberado de los lazos de mi cuerpo para unirme a Cristo”. Murió diciendo como el profeta: “Señor , en tus manos encomiendo mi espíritu”. Era el 23 de marzo de 1606 cuando expiró el gran apóstol del Perú”.

Es una biografía tan linda que casi no da ganas de hacer comentarios. En todo caso, tomemos algunos aspectos de este asunto para considerarlos. Pero, después, pasemos un poco a considerar las cosas de ese tiempo.

Ese hombre tan piadoso es notado por el Rey Felipe II y , luego, lo llama al Poder Judicial.

Imaginen que alguien cuente algo como esto: “El Presidente X, de tal país, estuvo en tal lugar y oyó hablar de un hombre muy religioso, que ayunaba, que todos los sábados hacía penitencia y rezaba el Oficio Parvo. Cuando el Presidente oyó hablar de eso (exclamó): “¡Oh! ¡Aquí está el magistrado!” ¿Uds. lo creerían?

 

Felipe II por Alonso Sánchez Coello (1557)  – Kunsthistorisches Museum, Viena (Austria)

Si algo así se publicara, nadie lo creería, porque todo el mundo sabe que ningún Jefe de Estado contemporáneo selecciona a los hombres verdaderamente piadosos, verdaderamente religiosos.

Ahora…, ¡maravilla de las maravillas! El encontró un hombre piadoso, pero no de una piedad sentimental –calidad que no se le puede negar en modo alguno; viendo a ese tan buen hombre, lo llamó… a la Inquisición. Y hete aquí, entonces, a nuestro hombre transformado en inquisidor. Y este hombre sale de las sombras del santuario, de las suavidades de su piedad, para ser inquisidor, y ejerce tan bien su cargo que después es nombrado Obispo del Perú.

Vemos cómo eso significa, a la postre, toda una atmósfera, toda una época en que la virtud era buscada, recompensada, considerada un instrumento para el buen andar del gobierno de un reino. Y vemos el pensamiento de Felipe II enviando al Perú a un hombre como éste. O sea, comprendiendo muy bien toda la corrupción a la que una nación colonial estaba sujeta, con la presencia de la élite en España o en Portugal, y la venida del resto de las respectivas sociedades a la América del Sur. De ahí su preocupación en tomar un hombre eminente de esos para implantar el reino de Cristo en el Perú, para consolidar los fundamentos del reino de Cristo en el Perú. Pueden notar mejor, entonces, cómo había un verdadero celo por parte de Felipe II en la propagación de la Fe.

Hay unos “patoteros” por ahí que dicen que a España y Portugal, cuando hicieron el Descubrimiento, sólo les interesaba el dinero. ¿Qué ganaba monetariamente Felipe II en implantar, en mandar un hombre de un tal valor al Perú, para hacer reformas de carácter espiritual? ¡Nada!

 

 

Don Francisco de Toledo, Conde de Oropesa y Virrey del Perú

Ese hombre empieza a actuar, ese hombre se transforma allí en el azote, porque es un santo auténtico, que sabe azotar. Se transforma en el azote de los malos sacerdotes, reforma el Clero, etc., pero su acción se ve prestigiada por otro hombre de altas virtudes que Felipe II manda para el cargo de Virrey del Perú, y que es Don Francisco de Toledo. 

¡Cómo hemos bajado!¡Cómo hemos caído! ¡Cómo nos encontramos en un estado de cosas tan tremendo que nuestra tentación es tomarlo encima con naturalidad! A veces se dice, de ciertos habitantes primitivos del litoral, que son tan decadentes que la vida que llevan hasta les parece natural. Nosotros, los hombres del siglo XX, espiritualmente somos primitivos. Estamos en una decadencia tal que nos parece natural que haya ciertas “figuras” por ahí, gobernando, mandando, hablando, dirigiendo, etc.

No comprendemos el fondo del abismo en el que estamos, dado que lo normal es eso: que un Obispo sea como Santo Toribio de Mogrovejo. ¡Eso es lo normal! Normal es que el poder político le sea entregado a un rey o a un virrey virtuoso; no a ciertos hombres que vemos por ahí. Hasta hemos perdido esa noción…, esos padrones se echaron a perder…

Entonces, ¿qué debemos pedirle mañana a Santo Toribio de Mogrovejo?

Debemos pedirle que nos obtenga la gracia de luchar para que cese ese estado de impiedad en que la normalidad parece un cuento de hadas, un cuento de Caperucita, y este horror que existe por ahí es lo que parece lo normal. Y debemos pedirle a ese santo inquisidor la derrota del estado de cosas revolucionario y el triunfo de la Contra-Revolución, a él que como inquisidor tanto luchó por la Contra-Revolución. De lo alto de los cielos, por cierto, él oirá con benignidad y con alegría nuestra oración.

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A título ilustrativo de las dificultades por las que pasaban entonces los misioneros de Cristo transcribimos una

 

 

Carta de Santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de Lima (1579-1606), dirigida a S.M. Felipe III, Rey de España e Indias, referida a la Visita que hizo el Santo a Yauyos, fechada el 18 de abril de 1603:

“Aviendo pasado algún tiempo en la ciudad de los Reyes y celebrado synodo diocesano y acudido (…) en prosecución de la Visita de la Prov. de los Yauyos (…) / catorce años que no havia ydo a confirmar a aquella gente en razón de tener otras partes remotas a que acudir (…) donde ningún prelado ni visitador ni corregidor jamás avía entrado, por los ásperos caminos y ríos que hay y aviendome determinado de entrar (…) en grandes peligros y trabajos / y en ocasión que pensé se me quebraba una pierna de una cayda sino fuera Dios servido de que yendose a despeñar una mula en una questa / a donde estava un río / se atravesara la mula en un palo de una bara de medir de largo (…) de una silla donde me cogió la pierna entre ella y el palo / aviendo jaládome la mula asia abajo y socorridome mis criados (…) / la fuerza para sacar la pierna apartando la mula del palo fue rodando por la questa abajo asia el río / y si aquel palo no estuviera allí entiendo se hiciera veynte pedazos la mula / y anduve aquella jornada mucho tiempo a pie con la familia / y lo di todo por bien empleado por haver llegado a aquella tierra y consolado a los indios y confirmádolos / y el sacerdote que iba conmigo casándolos y baptizadolos / que son cinco o seis pueblos dellos / tiénelos a su cargo un sacerdote que por tener otra doctrina no puede acudir allí sino es muy de tarde en tarde y a pie por caminos que parecen subir a las nubes y bajar al profundo (…)

 

 

AVISO 

El presente texto fue dado en conferencia , en estilo coloquial, por el autor y no ha sido revisado por él. Si el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, le agradaría que hagamos constar que, si por inadvertencia hubiese algo en el texto que no estuviera de acuerdo con la enseñanza tradicional de la Iglesia, como católico apostólico romano lo rechaza categóricamente

fuente: www.pliniocorreadeoliveira.info

Agradecemos al sitio pliniocorreadeoliveira.info y  al blog «Aristocracia y Sociedad Orgánica» este valioso material

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