NOBLEZA y ELITES – En el Brasil colonial, en el Brasil imperial y en la República brasileña: génesis, desarrollo y ocaso de la “Nobleza de la Tierra” – Apéndice I – 1a. nota

03/09/2019

Apéndice I de “Nobleza y élites tradicionales análogas” de Plinio Corrêa de Oliveira – 1a. nota

En el Brasil colonial, en el Brasil imperial y en la República brasileña: génesis, desarrollo y ocaso de la “Nobleza de la Tierra”

El papel de la incorporación de elementos análogos a la Nobleza originaria

Las élites análogas a la Nobleza constituyen un tema de interés tanto para Europa como para el Nuevo Mundo; tal vez aún más para este último, pues la Nobleza —pese a haber tenido en algunas partes del continente americano la condición de clase social con contornos y contenido jurídico definidos, como en Europa— no ha ejercido como tal, en la andadura histórica de ninguna de las tres Américas, un papel ni de lejos tan preponderante como el que tuvo la clase noble en la historia del viejo mundo. Fueron las élites aristocráticas, formadas orgánicamente en el propio suelo americano —incluyendo en su seno a los nobles que vinieron a parar a Iberoamérica y a América del Norte— las que desempeñaron durante mucho tiempo una función propulsora en la sociedad temporal.

Por el número de sus miembros, por su papel en la vida económica y social, así como por sus relaciones casi ininterrumpidamente pacíficas con las clases más modestas, el papel de las élites tradicionales ha sido preponderante.

Para quienes estudien el tema “aristocracia”, la consideración de las “élites análogas” les servirá de punto de partida para útiles reflexiones sobre lo que podrían ser en la sociedad contemporánea nuevas modalidades de Nobleza. Éstas podrían surgir en el caso de que algún gobierno monárquico —y en estos días se habla tanto de la restauración de varios de ellos— se dedicase a la tarea de constituir en torno a la Nobleza histórica nuevas variantes de Nobleza que, por su cuño tradicional, no estuvieran expuestas al riesgo de ser meros pedestales de arribistas. Se constituirían así como modalidades originales de Nobleza, las cuales vivirían armónicamente yuxtapuestas a la Nobleza primera o, con el curso del tiempo, se fundirían con ella.

Conviene, por tanto, presentar a título ilustrativo algunas informaciones, aunque sumarias, respecto a la formación de esas élites en Brasil. El lector tomará así conocimiento de cómo se constituyó de modo natural y orgánico una primera élite en Pernambuco, en Bahía y en alguna medida en otras partes del Nordeste brasileño a lo largo del ciclo socio-económico de la caña de azúcar.

La Corona portuguesa, movida por el deseo de estimular la plantación de caña de azúcar, y de consolidar así la colonización y población del territorio además de obtener ganancias económicas, concedió a los plantadores que tuvieran en sus tierras los ingenios apropiados para la producción del azúcar algunas de las prerrogativas de la antigua Nobleza. Estos plantadores —los “señores de Ingenio”— constituyeron una clase aristocrática, una nobleza de hecho.

La élite rural contaba también entre sus miembros con cierto número de familias oriundas de la aristocracia portuguesa trasladadas a la pujante colonia americana. Con la ampliación del área territorial cultivada fueron surgiendo nuevos propietarios rurales de azúcar no pertenecientes a la élite inicial. De modo también orgánico, estas diferentes vetas que componían la clase de los propietarios rurales se fueron fundiendo en una única élite que fue floreciendo gradualmente en prosperidad, así como en alto nivel de vida y distinción de comportamiento.

Un proceso análogo se dio espontáneamente en el desarrollo de las élites urbanas. En efecto, fue creciendo en el territorio brasileño el número de poblaciones, muchas de las cuales caminaban decididamente hacia la formación de ciudades. En estos centros urbanos se constituyó una élite original, formada sobre todo por quienes ejercían altos cargos públicos, civiles o militares, que entonces conferían nobleza. A éstos se les fue juntando cierto número de nobles o hidalgos portugueses afincados en la Colonia.

Al mismo tiempo fueron apareciendo, por las propias necesidades de la vida urbana, personas que, dedicándose a actividades diversas, —médicos, comerciantes, etc.— tenían un status civil y un nivel económico claramente distinto de los trabajadores manuales. Formaban la categoría de los llamados “hombres nuevos”. En el pequeño ámbito de las poblaciones o ciudades de entonces, dichas personas tenían un trato naturalmente frecuente con los elementos de la élite.

La yuxtaposición de los “hombres nuevos” con elementos de la élite urbana original dio lugar naturalmente a una gradual fusión que constituyó una aristocracia urbana y a su modo, en fin, también una Nobleza. Estos aristócratas urbanos juntamente con los miembros de la aristocracia rural formaron la clase dirigente de la vida municipal, con acceso a las principales funciones de gobierno del Municipio. A este conjunto se le denominaba corrientemente, entonces como “hombres buenos”.

En los posteriores ciclos socio-económicos del oro y de las piedras preciosas y, por fin, el del café, procesos semejantes se desarrollaron, no por un mero mimetismo sino por una comprensible analogía de circunstancias.

A la sociedad y a la nación que iban entonces germinando en Brasil les convenía mucho la propulsión de las élites, y dichas élites solo habrían de recibir beneficios del crecimiento cuantitativo y cualitativo que suponía la asimilación gradual al núcleo originario, de elementos a uno u otro título análogos a ella; de ahí que la formación de esos elementos semejantes y su asimilación sea de evidente interés para el bien común.

En la América hispánica, como podrán constatar quienes estudien el asunto, este proceso de formación de la nobleza y de las “élites análogas” se dio de un modo diferente. Así se podrá contemplar la pluralidad de problemas que la formación y ampliación de las élites levantó en tierras iberoamericanas, bien como la originalidad de las soluciones que allí se dieron a ellos.

    *     *

Conviene destacar que el objetivo de los presentes apuntes sobre la “Nobleza de la tierra” tanto en el Brasil colonial como en el Brasil Reino Unido y en el Brasil Imperio, consiste en poner en evidencia el carácter profundamente natural y orgánico de la formación de la clase nobiliaria, sobre todo en el periodo inicial de nuestra historia, así como en dejar claro de qué modo se formaban entonces las élites paralelas a la nobleza y el natural acceso que, a partir de ellas, se podía tener a la clase nobiliaria.

Así pues, no se ha pretendido trazar aquí un cuadro completo de la nobleza brasileña —o mejor, luso-brasileña— en el estadio de desarrollo estructural en que ésta se encontraba el 7 de septiembre de 1822, fecha de la Independencia, ni de todas las modificaciones que la legislación imperial subsiguiente —fuertemente influida por el espíritu de la Revolución Francesa— habría de introducir en dicha clase. [1]

A – La formación de las élites en el Brasil Colonial

  1. Los primeros pobladores
  2. a) Las clases modestas

Fueron los elementos de las clases más modestas de la Metrópoli los que poblaron la América Lusa. Como señala Oliveira Vianna, se trataba de “elementos de la plebe, labradores del Miño, de Trás-os-Montes, de las Beiras, de Extremadura —hombres sobrios y honrados, aunque de pocos haberes, ‘hombres de calidades’, como se lee en algunas cartas de sesmarías [2]— que piden tierras y, oscura y silenciosamente, se van estableciendo con sus ganados grandes y pequeños en los campos y bosques del hinterland.” [3]

Entre esas clases más modestas no solo figuraban elementos de la plebe rural. Así lo afirma Alfredo Ellis Jr.: “Portugal, al colonizar la tierra brasileña, mandó para aquí gente de la burguesía, con formación urbana o semi-urbana comercial, no perfiladas por el ruralismo.” [4]

Había también entre estos primeros pobladores algunos degredados (reos de pena de destierro), aunque no constituían la mayoría. Oliveira Lima asevera: “El que la colonización brasileña haya sido llevada a cabo por desterrados es una leyenda ya desmentida. Por otra parte ser desterrado no equivalía entonces a ser un criminal en el sentido que le damos actualmente; se castigaba con la deportación delitos no infamantes, e incluso simples ofensas cometidas por gente buena. Los dos mejores poetas portugueses, Camões y Bocage, sufrieron pena de destierro en la India.” [5]

Algunos tránsfugas que habían cometido acciones ilegales en sus lugares de origen se servían de América como abrigo contra la Justicia, pues D. Juan III determinó “que no serían perseguidos por sus crímenes quienes aquí vinieran a refugiarse.” [6]

A esos elementos se añadieron a lo largo de los siglos los indios catequizados —por los que la Iglesia siempre batalló irreductiblemente para que no fuesen reducidos a esclavos—, quienes entraban en el nuevo contexto social casi siempre como trabajadores manuales. A los indios hay que añadir los esclavos importados de África. Su número fue mayor en Brasil, pero existieron también, aunque en proporciones muy variables, en una u otra colonia o virreinato dependiente de la Corona Española.

  1. b) Los aristócratas y los hombres de letras

Sin duda, vinieron también a parar aquí a lo largo de los tiempos, procedentes de la Metrópoli, personas de nivel más alto por su instrucción o nacimiento. Esto los capacitaba para ejercer cargos públicos, civiles o eclesiásticos de cierta categoría, difundiendo así en el tosco ambiente de la naciente colonia elementos de cultura.

Entre ellas se destacan los Gobernadores-generales, los Gobernadores de las diversas partes de Brasil y los Virreyes, sin omitir a aquellos de entre los donatarios de las capitanías iniciales —todos nobles— que llegaron a residir durante cierto tiempo en sus respectivas tierras, como Duarte Coelho, de Pernambuco, y Martim Afonso de Sousa, de San Vicente.

Carlos Javier Paes Barreto, refiriéndose a los primeros colonizadores de la Capitanía de Pernambuco afirma que “no fueron escogidos únicamente entre la masa ignorante los pobladores nordestinos (…) Muchos de los que arribaron en la Nueva Lusitania eran descendientes de magistrados y estadistas de valor.” [7]

El Descubrimiento de Brasil. Cuadro de Oscar Pereira da Silva, Museo Paulista, São Paulo.

Fundación de São Vicente. Cuadro de B. Calixto. Museo Paulista, São Paulo.

A propósito de los elementos de la Nobleza lusitana que aquí arribaron Oliveira Lima precisa que “no fueron los grandes nobles, los poderosos representantes de las casas de alta alcurnia (…) los que pasaron a ultramar, sino los representantes de la petite noblesse, (…) hidalgos, ya se sabe, o hijos de algo, que constituían la casta guerrera.” [9]El historiador Alfredo Ellis Jr. completa este cuadro: “Sería natural que Portugal hubiese mandado para aquí gente de todas las procedencias sociales. Aunque es verdad que predominó la burguesía en la población de Brasil, deben haber venido necesariamente en los primeros tiempos gente de la vieja aristocracia, hombres blasonados que encontraban sus estirpes fácilmente representadas en los salones de Cintra.” [8]

Y añade Oliveira Vianna que “fue precisamente esa pequeña nobleza la que más elementos nobles suministró a la nobleza brasileña e hispano-americana. Era gente con pocos medios e incluso empobrecida, que aquí emigraba para hacer las Américas, con la esperanza de poner remedio a la opresiva situación en que vivía la península.” [10]

  1. c) La exigencia de la Fe

Según ciertos comentaristas de la Historia de Brasil, la colonización portuguesa se hizo muy principalmente con objetivos económicos, mientras que el ideal evangelizador ocupaba en ella un lugar muy secundario o, quizá, hasta un lugar de mero aparato en atención a las viejas tradiciones religiosas que aún conservaban restos de influencia en la Metrópoli lusa.

Esto no es cierto; el empeño misionero tenía gran importancia tanto en la mente de los Reyes como en la de todo el pueblo portugués.

En efecto, decía el Rey D. Juan III en el reglamento dado a Tomé de Souza el 17 de diciembre de 1548: “La principal razón que me ha movido a mandar poblar las tierras dichas del Brasil fue que sus gentes se conviertan a nuestra Fe católica.”[11]

Así pues, fuesen plebeyos, burgueses o nobles, oriundos de Portugal o de otras naciones, a todos los primeros pobladores, se les exigía una adhesión a la Fe católica en su integridad.

“Brasil se formó con sus colonizadores despreocupados de la unidad o pureza de raza. Durante casi todo el siglo XVI, la colonia estuvo abierta de par en par a los extranjeros. A sus autoridades sólo les importaba que fuesen de Fe o religión católica. Handelmann notó que para ser admitido como colono en el Brasil del siglo XVI, la principal exigencia era profesar la religión cristiana: ‘Solamente cristianos —y en Portugal eso quería decir católicos— podían adquirir sesmarías’. (…)

“A lo largo de ciertas épocas coloniales se observó la práctica de que fuera un fraile a bordo de cada uno de los navíos que llegaban a los puertos brasileños, a fin de examinar la conciencia, la Fe y la religión del recién llegado. Lo que entonces detenía a los inmigrantes era la heterodoxia; la mancha de herejía en el alma y no la mongólica en el cuerpo. En lo que se ponía empeño era en la salud religiosa. (…) El fraile iba a bordo para indagar la ortodoxia del individuo como hoy se indaga acerca de su salud y de su raza. (…)

“‘El portugués olvida la raza y considera un igual a quien profesa su misma religión.’

“Esa solidaridad se mantuvo espléndidamente entre nosotros a lo largo de toda nuestra formación colonial, reuniéndonos contra los calvinistas franceses, contra los reformados holandeses, contra los protestantes ingleses. Por eso es tan difícil, en realidad, separar al brasileño del católico: fue justamente el catolicismo lo que consolidó nuestra unidad.” [12]

N. de la R.:

las notas se publicarán al finalizar la edición de este Apéndice I de Nobleza y élites tradicionales análogas.

Este primer artículo de la serie continuará en el siguiente ítem:

  1. Génesis y perfeccionamiento de las élites iniciales en el territorio poblado

 

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