GESTAS de la CRISTIANDAD – El Papa del contraataque salvador – La batalla antes de la batalla… – (II)

03/09/2019

El Papa del contraataque salvador (II) – La batalla antes de la batalla…

Los anhelos de paz de San Pío V en las turbulencias de la época eran auténticos y realistas;  buscaba “la tranquilidad en el orden” y no una paz de fachada que escondiera una claudicación. Pero el hostigamiento de los hugonotes a los católicos franceses y la amenaza de los turcos y de otros enemigos a las naciones cristianas lo obligaron a consagrar gran parte de su pontificado a combatir esos peligros.

 

El Gran Maestre de los Caballeros de Malta, La Valette, experto en la lucha contra el Turco, coincidía totalmente con el Papa

Estaba convencido de que el único medio de quebrar el poderío musulmán era una cruzada conjunta de las potencias católicas. Era también el criterio  del heroico La Valette, Gran Maestre de los Caballeros de Malta, experto en esa lucha, a quien el Papa exhortaba a no abandonar la emblemática isla y prepararse para una heroica resistencia.

En marzo de 1566, en una Bula papal expresa su dolor por la amenaza turca, doblemente grave ante la brecha creada por el protestantismo. Pide penitencia a los fieles para aplacar la cólera de Dios e implorar su poderoso auxilio.

En el consistorio del 2 de abril, dirige graves palabras a los presentes expresando su propósito de comprometer todas sus fuerzas para la defensa de la Cristiandad.

Mediante un Breve exhorta al Clero a la pureza de costumbres, pues“sólo será de ayuda la oración de sacerdotes que conserven la pureza de costumbres” (Pastor, p. 540).

Malta – ciudad y fortaleza

El ataque musulmán a Malta lo mueve a dirigir renovadas advertencias a España y Venecia, haciéndoles ver el peligro que corrían. Sólo obtiene respuestas evasivas, lo que favorecía al enemigo.

Varios ducados de señores italianos en el archipiélago del Egeo caen en un baño de sangre en manos del insaciable poder musulmán.

San Pío V quiere mover al Cielo para la defensa de la Cristiandad. Declara un jubileo por el éxito de la guerra contra el turco y asiste personalmente a la procesión de rogativas, que convoca a 40.000 fieles.

Surgen obstáculos invencibles en el horizonte para su liga antiturca. Venecia no quiere romper la tregua con la “Sublime Puerta”, para no perjudicar su comercio en el Levante.

A Don Felipe II tampoco le entusiasma la idea en ese momento de dura lucha para mantener los Países Bajos en fidelidad, temiendo la intervención de los príncipes protestantes alemanes.

Maximiliano II de Austria, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, a quien San Pío V -a pesar de sus limitaciones- ayudó en la defensa de Hungría contra los mahometanos

En la Dieta del Sacro Imperio, el Emperador Maximiliano II se muestra preocupado por ayudar a Hungría, amenazada por el Islam. El Papa encuentra medios de brindarle ayuda militar de los pequeños estados italianos.

También en 1566 cae Sziget, sumiendo al Papa en máxima preocupación, moviéndolo a realizar un nuevo intento por la liga. Apoyado por varios Cardenales, escribe cartas urgentes al Emperador, a los Reyes de España y a Carlos IX y la Regente de Francia.

Comprueba que las condiciones se habían modificado para peor…

Felipe II tenía las arcas agotadas por la guerra en los Países Bajos y la rebelión de los moriscos en la propia España, que intentaban conseguir ayuda de los turcos.

En esas condiciones, el proyecto de liga queda archivado por dos años… Entre tanto, el Papa sostenía, al Emperador en su empresa húngara, a los caballeros de Malta bajo constante amenaza y fortalecía las costas de los Estados Pontificios contra turcos y piratas.

Su vigilancia no cesaba pues veía los peligros de frente y no descartaba que el enemigo se presentara, de pronto, en la propia Ciudad Eterna. Sus visitas servían de estímulo para hacer avanzar la construcción de bellas y fuertes torres.

El bravo Solimán el Magnífico, azote de la Cristiandad

Su indigno sucesor, Selim II, que dominado por el misterioso mercader  José Nasi (o José Míguez, o Juan Micas, o etc.),  intentó despojar a Venecia de su “diamante”, Chipre, última defensa del mundo cristiano en el Levante

La muerte de Solimán el Magnífico fue un alivio para el probado Papa y el mundo cristiano. Pero el sucesor, Selim II, sería juguete de personajes de menor valía pero no menos peligrosos.

Entre ellos se encontraba el judío José Míguez, que le surtía exquisitos vinos e iba tejiendo una red envolvente que le daba cada vez mayor influencia, a un grado impensable.

Selim II, cautivo en las redes seductoras y excelentes vinos que le brindaba José Nasi, lo hizo Duque de Naxos, bella isla arrancada a los católicos

Al asumir el trono, el nuevo Sultán le entrega el Ducado de Naxos. No contento con esto, el ambicioso cortesano sabe cómo picar su interés por Chipre, que por sus riquezas naturales y posición estratégica era “el diamante” de Venecia. Los dignatarios del Imperio turco tenían objetivos más vitales y querían evitar la guerra con la República de San Marcos. Pero José Míguez –José Nasi, para los otomanos- con artes seductoras, y argumentando que los caudales venecianos vendrían de maravillas para la construcción de la mezquita de Adrianópolis, logra inclinar a su favor la balanza del poder. Se alegraba ante la perspectiva de que el oro cristiano sirviera para financiar un templo mahometano y un foco de fanatismo anticristiano. Finalmente infló los humos del Sultán, diciéndole que, como sucesor de los faraones, le correspondían derechos sobre Chipre.

El incendio del arsenal de Venecia y las malas cosechas decidieron a Selim II a romper la paz firmada con “la Señoría” 30 años antes, disponiéndose a despojarla de su precioso Chipre, última fortaleza cristiana en Levante.

Venecia vista por Guardi en un día festivo – El ultimátum de Selim II cayó como un rayo,  echando por tierra la ilusión de una paz duradera con la agresiva potencia mahometana

El 1º de febrero de 1570 llegaba a Venecia Cubat, enviado de Selim, portando el ominoso ultimátum. La sorpresa de la Señoría, que creía “tener sujeto al Sultán del borde del manto”, cayó como un rayo.

Durante años había echado al viento las advertencias arriesgando su honra. ¿Adónde pedir ayuda ahora?

Estando Alemania y Francia sacudidas por problemas internos, sólo le quedaban España y la Santa Sede, con las que no estaba en muy buenas relaciones. Su actitud ante la Inquisición romana, “asunto que tocaba al Papa en lo más hondo” pues velaba por la fidelidad a la doctrina y las buenas costumbres, era una de las causas (ibid., p. 547).

El mar de fondo en la República de San Marcos distaba de ser el calmo Gran Canal de los grandes pintores. El Nuncio Fachinetti informaba, preocupado, al Pontífice,  que Venecia seguía reacia a la formación de la liga, y que le interesaba la defensa de sus posesiones pero no estaba dispuesta a defender las de España!

Más tarde expresaba que –ante la inminencia de la guerra- parecía estar dispuesta a formar la coalición, pero que habría que comprometerla en términos tales que le fuera imposible echarse atrás “sin incurrir en la mayor deshonra”.

No obstante, la República aristocrática conservaba su sentido de honra. Cuando a fines de marzo llegaba nuevamente al puerto el enviado del Turco, a recibir la respuesta al ultimátum, se le prohibió la entrada a la ciudad.

Al día siguiente, acompañado por guardias, fue admitido en el Senado veneciano. Con palabras de fría dignidad se le dio a conocer el rechazo rotundo al ultimátum. Se le reprochó la falta de todo motivo razonable a la actitud de la Puerta de violar la palabra dada. Agregando que Venecia se defendería por las armas confiando en la Justicia Divina, y así lo haría con Chipre, su legítima propiedad.

Mientras tanto, entre las potencias cristianas que el Papa quería coaligar surgían dudas y desconfianzas. Se dudaba si la respuesta firme de Venecia no tenía por objeto real impresionar al enemigo para lograr ventajas con vistas a una posible paz, que tendría consecuencias desastrosas para las otras potencias. En cuanto a España, las vacilaciones de Felipe II también daban que pensar.

El Card. Granvela, representante del Rey Católico, decía que sería conveniente que Venecia sufriera un ataque para que comprendiera que necesitaba aliados. El Card. Commendone le salió al cruce evocando los servicios prestados por ella a la Cristiandad y al Papado.

Finalmente, prevaleció el criterio del Papa: había que ayudar cuanto antes a Venecia, porque no se trataba sólo de ella sino de toda Italia; más aún, de la honra y el bien de toda la Cristiandad.

San Pío V seguía batallando y apoyando la resistencia.  Para la defensa de Chipre, autoriza un diezmo de 100.000 escudos de oro, y da un paso decisivo: manda un enviado especial, un español, a Felipe II a pedirle ayuda para Venecia e instándolo a formar una liga con ésta.

Su mensaje contenía una viva descripción de su dolor por el peligro en que se encontraba la Cristiandad, y su opinión de que ningún monarca católico estaba en condiciones de resistir por su cuenta el poderío turco. Que en esta gloriosa empresa, por su destacada piedad y su poder, le correspondía al rey de España el primer lugar. Prometía apoyarlo con alegría y vaciar el tesoro de sus estados, insistiendo en la necesidad de una inmediata ayuda militar. Lo conjuraba en nombre de la misericordia de Dios a enviar una flota poderosa a Sicilia para socorrer a Malta y abrir paso a las tropas de auxilio a Chipre. Así, finalizaba, serían totalmente destruidos los planes de los turcos.

El enviado papal fue recibido con todas las honras pero, aunque no se le dio una respuesta inmediata, el Rey le ordenó a su Almirante, el genovés Juan Andrea Doria, mover su flota a Sicilia, como pedía el Papa.

Asimismo, Felipe II designó representantes para las tratativas de la liga,un gran paso adelante.

Consciente de sus responsabilidades ante el peligro de la Cristiandad, el Santo Padre no dejó ningún intento por hacer. Trató de lograr el apoyo del Rey de Portugal para la liga, y de evitar el enlace de la hermana del Rey de Francia  con el protestante Enrique de Navarra,  haciendo que el monarca portugués se casara con Margarita de Valois. Lamentablemente, los pedidos cayeron en saco roto.

Peor aún fue lo que ocurrió con la corte de Francia, que mantenía relaciones amistosas con los turcos.  El Papa se empeñó a fondo dirigiendo una fogosa misiva a Carlos IX. En ella se quejaba de los males de la Cristiandad, que con el peligro turco llegaban a su auge.

A la fría negativa de Francia respondió el Vicario de Cristo con una nueva carta, muy seria, advirtiéndole al Rey que, en caso de  no querer dejar las relaciones amistosas con la Puerta, se encontraría en un camino totalmente errado, pues no debe hacerse nada malo para lograr algo bueno (lo contrario del maquiavelismo ya en boga…). Y agregaba que el Rey se equivocaba grandemente manteniendo  esa amistad con el enemigo de todos los príncipes cristianos, a quien debería evitar como la peste. Lo que se podía esperar de él lo estaba experimentando Venecia, le decía. Y terminaba con un llamado a seguir el ejemplo que Francia, el país de las cruzadas, diera en los tiempos de su gloria y grandeza.

Pero el mundo ya vivía la primera etapa de la Revolución anticristiana, magistralmente descripta por Plinio Corrêa de Oliveira en “Revolución y Contra-Revolución” (ed. online). No sólo la Francia de los Valois –el “Reino Cristianísimo”- no colaboraba: la diplomacia francesa trabajaba en contra de San Pío V intentando un arreglo entre Venecia y el Turco.

Tampoco el más alto dignatario temporal del orbe, el Emperador Maximiliano, quería romper con la Puerta y prefería seguir pagándole un tributo llamado “regalo honorífico” (¡!).

El Zar desoyó el llamado del Papa, que podría haber reconducido a Rusia a la verdadera Iglesia y a una plena civilización cristiana,  y prefirió seguir cultivando relaciones amistosas con los enemigos de la Fe

Los horizontes del gran Papa se extendían con mirada de águila hasta Rusia y Polonia. Quería retomar lazos diplomáticos tendidos por sus antecesores con los Zares, pero las enérgicas misivas papales tampoco lograron mover al gigante eslavo –separado ya entonces de la Iglesia desde varios siglos antes- ni a su vecina, la católica Polonia. Era una lucha titánica de un Pontífice capaz de vencer las tremendas distancias y dificultades, de mantener un servicio de informaciones de increíble eficiencia y de hacer todos los esfuerzos y sacrificios. Pero la dureza de los hombres renacentistas…

Ante este panorama no se doblegaba su voluntad y tanto más se aferraba a concluir la alianza entre España y Venecia, a la que se oponían obstáculos casi invencibles, dados los respectivos intereses de ambas potencias.

¿Cómo lograría vencer semejantes impedimentos? Lo veremos en la próxima nota.

Fuentes consultadas:

 

Ludwig von Pastor „Geschichte der Päpste – Im  Zeitalter der katholischen Reformation und Restauration – Pius V (1566-1572)”, Freiburg im Breisgau 1920, Herder & Co., p. 539 y ss.)

Fr. Justo Pérez de Urbel, “Año Cristiano”, Ed. Poblet, Buenos Aires

Leopold von Ranke, „Die Römischen Päpste in den letzten vier Jahrhunderten“, t. 1, Gutenberg-Verlag Christensen & Co., Wien

Una obra clave: Revolución y Contra-Revolución

http://rcr-una-obra-clave.blogspot.com/

NOTA: publicado por primera vez en 5/11/2013

 

 

 

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