Meditación ante el Niño Dios en el pesebre…

23/12/2018

 

meditacion

Plinio Corrêa de Oliveira(*)

Imaginemos la llegada de los Reyes Magos, con sus caravanas, sus cortejos, los animales cargados de tesoros…, la estrella de Belén. Y estos Soberanos –el Rey negro Baltasar y los otros dos, Melchor y Gaspar- ofreciéndole al Niño Jesús, en actitud de adoración, oro, incienso y mirra.

En el Niño Jesús podemos considerar, entre otros aspectos, su infinita grandeza, por un lado; su infinita accesibilidad, por otro; y, por fin, su infinita compasión. ¿Por cuál de ellas nos sentiríamos más próximos del Divino Infante?

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grandeza

Al considerar la infinita grandeza, podemos imaginar una gruta enorme, alta, tan amplia como una catedral, sin una arquitectura definida pero en la que la disposición de las piedras nos hiciera presentir vagamente las ojivas de una catedral de la futura Edad Media.

Podemos imaginar, también, el pesebre que le servía de cuna al Niño Dios, ubicada un punto majestuoso de la gruta. Y una luz celestial, toda de oro, flotando sobre El en aquel momento.

El Divino Infante, con majestad de verdadero Rey, aunque sea una criatura recién nacida, reposa en su pesebre. El, Rey de toda majestad y de toda gloria; Creador del Cielo y de la Tierra; Dios encarnado, hecho hombre. El, desde el primer instante de su ser –por lo tanto ya en el claustro de Nuestra Señora- revestido de más majestad, más grandeza, más manifestaciones de fuerza y de poder que todos los hombres, en toda la historia de la humanidad. El, conocedor de todas las cosas, sabiendo incomparablemente más que cualquier hombre de ciencia. El, manifestando por momentos, en la fisonomía siempre variable, esa majestad hecha de sabiduría, de santidad, de ciencia y de poder.

Imaginemos ver todo esto misteriosamente expresado en la fisonomía del Niño. Por momentos moviéndose, y en el movimiento, reflejando su faceta de Rey. Al abrir los ojos, manifestando en la mirada un fulgor de tal profundidad que se ve en El un gran sabio. Flotando a su alrededor, una atmósfera que envuelve de santidad a todos aquellos que se acercan a El. Atmósfera de tal pureza que las personas no se acercan sin antes pedir perdón por sus pecados; pero sintiéndose, al mismo tiempo, movidas a enmienda por la santidad que emana del sagrado recinto.

Imaginemos a la Ssma. Virgen a los pies del Niño Jesús, también Ella como verdadera Reina –pues lo era y lo es- con una dignidad e imponencia tales que hasta dispensan ropas de aspecto noble para hacer relucir su majestad.

 

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Se cuenta de Santa Teresita que era tan imponente que su padre la llamaba mi pequeña Reina.

El jardinero del Carmelo de Lisieux declaró, en el proceso de canonización, que cierta vez vio a una monja que estaba de espaldas haciendo determinada cosa: esa religiosa era Santa Teresita.

El abogado del diablo le preguntó: ¿Y cómo estando de espaldas sabía Ud. que esa monja era la Hermana Teresa? La respuesta fue muy significativa: “Por la majestad de su porte, porque ninguna de las otras religiosas tenía una majestad tal”.

Si así era Santa Teresita, ¿cómo sería la Santísima Virgen?

Imaginemos a la Madre de Dios majestuosísima, trascendente, purísima, rezándole al Niño Jesús. Los Angeles, entonando invisiblemente en rededor canciones de glorificación, y toda la atmósfera reinante saturada de valores tales que se diría que en esa pobreza había una atmósfera de corte.

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Imaginemos que nos acercamos al pesebre sintiendo la grandeza del Divino Infante. Y, como contrarrevolucionarios, adorando todo cuanto es noble, bello, santo, intransigente y combativo. Adorando aquel Niño que atrae junto a sí al mismo tiempo todas las formas de grandeza que de El dimanan, y que no constituyen sino reflejos de El; todas las formas de pureza, de santidad, que son apenas una participación de su santidad.

Así, rechazando lejos de nosotros el pecado, el error, el desorden, el caos, la Revolución, ni siquiera osamos elevar los ojos para aquella escena magnífica del Pesebre, en que el orden, la jerarquía, la pompa y el esplendor predominan por completo.

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Imaginemos ahora otro aspecto: su infinita accesibilidad. Es legítimo imaginarla pues –como explicaré más adelante- este y otros muchos aspectos deberían coexistir en el Pesebre.

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Imaginemos al Niño Jesús inmensamente accesible. Este Rey, tan lleno de majestad, en cierto momento abre sus ojos para nosotros. Notamos que su mirada purísima, inteligentísima, lucidísima penetra en nuestros ojos. Ve lo más profundo de nuestros defectos como también lo mejor de nuestras cualidades. Y en ese momento toca nuestra alma, como conmovió a San Pedro durante su Pasión.

Cuentan los Evangelios que la mirada que dirigió a San Pedro fue tal que éste salió y lloró amargamente. Y durante toda su vida el Príncipe de los Apóstoles jamás olvidó la mirada tocante, que continuamente provocaba su llanto.

Esa mirada nos causa una tristeza profunda por nuestros defectos. Nos inspira horror por nuestros pecados.

Pero también, al penetrar en nosotros, esa mirada manifiesta al Redentor recién nacido; su amor, no sólo en relación a nuestras cualidades sino también por la condición de criaturas hechas por El. Un amor dedicado a nosotros, a pesar de nuestros defectos, por haber sido creados por El y destinados a un grado de santidad y de perfección en cuanto pudiendo existir en nosotros , y que El conoce y ama.

Y, cuando el pecador menos lo espera, por un ruego amable de la Ssma. Virgen, El sonríe. Y con esa sonrisa, a pesar de toda su majestad, sentimos que las distancias desaparecen, el perdón invade nuestra alma y algo especial nos atrae. Y así atraídos caminamos hasta quedar junto a El. El Divino Infante afectuosamente nos abraza y pronuncia nuestro nombre.

– “Fulano, te quise tanto y te quiero tanto! Deseo para ti tantas cosas y te perdono tantas otras. No pienses más en tus pecados! Piensa apenas, de aquí en adelante, en servirme. Y en todas las ocasiones de tu vida, cuando tengas alguna duda, acuérdate de esta condescendencia, de esta amabilidad, de este beneplácito que ahora te hago, y recurre a Mí por medio de mi Madre, que te atenderé. Seré tu amparo, tu fuerza, y éstas han de llevarte al Cielo para allí reinar a mi lado, por toda la Eternidad”.

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Imaginemos ahora la misericordia del Niño Jesús, no sólo en cuanto buscando nuestro bien y teniendo en cuenta lo que hay de bueno y de malo en nosotros, sino considerando la condición miserable de todo hombre en la Tierra.

El analiza nuestra tristeza y los sufrimientos que cada uno de nosotros lleva consigo: sufrimiento pasado, padecimiento presente y sufrimiento futuro, que El ya conoce porque es Dios. Y ve también el riesgo que corre nuestra alma de ir al infierno, pues el hombre, en cuanto viandante en la Tierra, está expuesto a ser precipitado en los eternos tormentos infernales.

Imaginemos también al Niño Jesús mirando el Purgatorio y los tormentos que allí nos esperan si no somos enteramente fieles.

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Surge en El, entonces, una mirada de pena, de participación profunda en nuestro dolor.  Un deseo de quitar ese dolor en toda la medida de lo posible, teniendo en vista nuestra santificación; un deseo de concedernos fuerzas para soportar ese dolor en la medida en que sea necesario para nuestra santificación.

Notamos en El lo que tanto consuela al hombre: la compasión perfecta.

Es propio de la naturaleza humana –y es recto que así sea- que constituya un consuelo para el hombre, en el momento en que está sufriendo, el hecho de que haya alguien que sienta pena por él. Está hecho de tal manera que, en los momentos en que está alegre y comunica su alegría, la redobla; y cuando está triste, al comunicar su tristeza, la divide.

Así también, a fortiori,  somos en relación al Niño Jesús, cuando encontramos en El la compasión perfecta.

En todos los sufrimientos de nuestra vida, cuando la copa a beber es muy amarga, debemos repetir, por medio de Nuestra Señora, su oración: “Padre mío, si fuera posible, que se aparte de mí este cáliz, pero hágase tu voluntad y no la mía”.

Así, en cualquier momento podemos pedir que cese el dolor. Pero si fuera voluntad de El que caiga sobre nosotros tenemos la certeza de que durante nuestros padecimientos encontraremos su dolor compasivo. Y El nos dirá: “Hijo mío, Yo sufro contigo! Suframos juntos, porque Yo he sufrido por ti. Ha de llegar el momento en que tú participarás eternamente de mi alegría”. Y podemos tener la certeza de que la mirada compasiva de Jesús no nos abandonará ni un momento siquiera de nuestra existencia.

Por lo tanto, a lo largo de las vicisitudes, de la vida cotidiana, debemos retener este triple recuerdo –el de la majestad infinita, el de la accesibilidad infinita y el de la compasión sin límites- del Niño Dios en relación a nosotros. Y este debe ser un recuerdo sensible, pues tratamos de componer en nuestra imaginación el cuadro preciso en medio del cual nuestra alma se conmovió.

 

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La naturaleza humana de Nuestro Señor comporta perfecciones, estados de alma, todos perfectos, existiendo en grados diversos, al mismo tiempo, según las circunstancias de su vida. El estaba lleno de majestad, lleno de accesibilidad, de exorabilidad y de compasión para con los hombres desde el momento de encarnarse.

Y es natural que, pese a ser Niño, conforme las almas se acercasen de El, apareciese ora un aspecto, ora otro de su naturaleza humana.

Sería muy bello si en una Iglesia, en vez de uno solo, se prepararan tres pesebres en tres altares diferentes, en los cuales las figuras y toda la ambientación representaran esos tres aspectos, facilitándole así a cada alma la meditación que le fuera más tocante.

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He aquí una meditación sobre la Navidad fundamentada en la recomposición altamente sensible de la escena, lo que hace que seamos tocados más fácilmente por ella.

 

Publicada en “Catolicismo” – revista de cultura – San Pablo – Brasil – nº 564 de diciembre de 1997, en base a una disertación del Autor para socios y cooperadores de la TFP

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Que el Niño Dios, Autor de la vida, por intercesión de María Santísima, Reina, Virgen y Madre, conceda a nuestros estimados lectores y sus familias sus mejores gracias. 

Les deseamos una Feliz y Santa Navidad, y un Año Nuevo venturoso y pleno de cristianas realizaciones en la lucha contra la Revolución Igualitaria Universal,  por la familia y la vida y la inocencia de los niños y jóvenes,  amenazadas por los promotores del aborto y la ideología de género,   y el pleno restablecimiento de la Civilización Cristiana, que da gloria a Dios, atrae sus bendiciones y brinda bienestar verdadero al género humano en este valle de lágrimas en que, “sin cruz no hay luz…”.

Que este Año de Gracia 2019  nos traiga el pleno cumplimiento de la gloriosa promesa de Nuestra Señora de Fátima: ¡Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará!

Boletín Nobleza y élites tradicionales análogas

 

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