La Revolución Francesa: modelo prototípico de república revolucionaria

27/09/2017

Dos hombres-símbolo: Robespierre (izq.), modelo de revolucionario,  y el Papa Pío VI, enemigo inconciliable y mártir de la  Revolución (ver más abajo su esclarecedora visión).

Apéndice III: Las formas de gobierno a la luz de la doctrina social de la Iglesia: en teoría – en concreto – (11)

Un análisis de alta escuela del Autor 

C — La Revolución Francesa: modelo prototípico de república revolucionaria

Se ha tratado aquí sobre la mentalidad monárquica. En oposición a ella, se puede concebir una mentalidad republicana, e incluso una mentalidad republicana revolucionaria, nacida de un movimiento revolucionario a favor de la república como fue, por ejemplo, la Revolución Francesa.

Para comprender bien en qué consiste esta mentalidad republicana revolucionaria, es preciso distinguirla de la del republicano que no la tiene; es decir, de aquel que, como se ha visto, acepta la forma de gobierno republicana para su país forzado por las circunstancias, pero tiene una mentalidad monárquica.

Es preciso, pues, considerar qué es la Revolución [21] y en qué se diferencia de la república, tomando fría y especulativamente este término en su sentido tomista, como una determinada forma legítima de gobierno. Esta distinción era tan clara en los tiempos de la Revolución Francesa, que muchos de los que cayeron al pie del Trono luchando heroicamente a favor de la monarquía francesa eran miembros de la famosa Guardia Suiza y, por tanto, ciudadanos de las repúblicas helvéticas. Al morir defendiendo el trono francés, no juzgaban éstos caer en contradicción por preferir para su pequeño país la forma de gobierno republicana, ni el rey de Francia juzgaba comprometer la solidez de su Trono al colocar entre sus más fieles guardias a quienes preferían la república para sus respectivos países.

A continuación se harán algunas consideraciones sobre la relación existente entre la Revolución y la forma de gobierno generada por ella: la república revolucionaria, la cual no debe ser confundida con la república no revolucionaria, forma de gobierno legítima descripta en documentos pontificios y en los escritos de Santo Tomás. Se verá también como a través de la actuación de los pseudo-moderados favorables a la Revolución se puede llevar a la opinión pública a aceptar esta república revolucionaria. Para ilustrar esta tesis se ha elegido un ejemplo histórico prototípico: la Revolución Francesa.

  1. La Revolución en sus elementos esenciales
  2. a) Impulso al servicio de una ideología

Es necesario, en primer lugar, distinguir en la Revolución dos elementos: una ideología, que tiene a su servicio un impulso.

Tanto en una como en el otro, la Revolución es radical y totalitaria. Como ideología, este totalitarismo radical consiste en llevar a las últimas consecuencias todos los principios constitutivos de su doctrina; como impulso, tiende invariablemente hacia la aplicación a los hechos, costumbres e instituciones de los principios revolucionarios en los cuales, a su vez, los respectivos elementos ideológicos están cabalmente aplicados a la realidad concreta.

El término final del impulso revolucionario puede definirse con estas palabras: alcanzarlo todo, ya y para siempre.

El hecho de que uno de los elementos esenciales de la Revolución sea un impulso no quiere decir que ella deba ser entendida como algo impulsivo en el sentido vulgar del término, es decir, como algo irreflexivo, movido por ansiedades y destemplanzas. Por el contrario, el revolucionario ejemplar sabe bien que encontrará con frecuencia ante sí obstáculos que no podrá apartar con el mero uso de la fuerza, y sabe también que muchas veces tendrá que contemporizar, ser flexible, retroceder o incluso hacer concesiones, so pena de sufrir humillantes y muy nocivas derrotas. Esto no obstante, todas esas marchas atrás, las hará para evitar males mayores. Tan pronto como las circunstancias se lo permitan, el revolucionario reanudará pertinazmente su marcha hacia adelante con la mayor celeridad posible, aunque también con toda la lentitud necesaria. [22]

La totalidad y radicalidad de la Revolución se deja también ver en el hecho de que ésta tiende a aplicar sus principios en todos los dominios del ser y del obrar de los hombres y sociedades. Esto resulta evidente siempre que se analizan las transformaciones sufridas por el mundo en los últimos cien años.

Libertad, Igualdad, Fraternidad. A esta trilogía la veremos ir transformando gradualmente a los individuos, familias y naciones. Casi no encontraremos un campo en el cual no se hallen de una u otra forma, aquí o allí, las huellas de los pasos victoriosos de uno u otro de los principios de la famosa trilogía; y, tomadas en consideración las reglas de prudencia arriba enunciadas, esta andadura revolucionaria ha tenido como resultado, de modo general, un avance a bien decir casi inalterable.

Así pues, considérense las transformaciones que ha ido sufriendo la familia en estos últimos cien años. La autoridad de los padres sufre un continuo ocaso: igualdad; el vínculo que une a los esposos va adelgazándose cada vez más: libertad. Analícese el ambiente de las aulas, tanto en la enseñanza primaria como en la secundaria o universitaria. Las fórmulas de respeto debidas por los alumnos al profesor son cada vez más reducidas: igualdad. Los propios profesores tienden a colocarse lo más posible al nivel de los alumnos: igualdad, fraternidad.

Análogas observaciones se podrían hacer en los más diversos campos: en las relaciones entre gobernantes y gobernados, entre patrones y obreros, o entre miembros de la Jerarquía eclesiástica y fieles; y sería de nunca acabar si intentásemos presentar aquí una enumeración al menos remotamente completa de todas las transformaciones que se han operado en el mundo en virtud de la trilogía revolucionaria.

  1. b) Un elemento más de la Revolución: su carácter multitudinario

Es la multitud; sí, la multitud incontable de los que —ora llevados por la convicción, ora por mimetismo, ora por el miedo a sufrir los implacables eslóganes de crítica con que los acribillaría el zumbido de los revolucionarios— promueven, o simplemente toleran, la ofensiva impune y avasalladora de la propaganda revolucionaria oral y escrita.

Si la revolución fuese simplemente una ideología con el impulso a su servicio, carecería de importancia histórica. Es el carácter multitudinario de la Revolución el factor más importante de su éxito.

  1. La opinión de los católicos ante la Revolución Francesa: disensiones

Todo esto explica que, para la gran mayoría de las personas, la Revolución Francesa haya aparecido casi desde su origen sobre todo como una multitud psico-intoxicada por la trilogía revolucionaria y embriagada por el entusiasmo impulsivo desencadenado por dicha trilogía; una multitud que, ebria bajo este influjo quería llegar cuanto antes a las últimas consecuencias de la trilogía —léase a las consecuencias más violentas, más despóticas, más sangrientas— y que por eso quería y llevaba a cabo el derrocamiento de todo aquello que significara Fe, autoridad, jerarquía y categoría política, social o económica.

Así pues, la Revolución Francesa, en las últimas muecas de su fase más cruenta, después de haber destrozado las imágenes y los altares, cerrado las Iglesias, perseguido a los ministros de Dios, destronado y ejecutado al Rey y a la Reina, declarado abolida la Nobleza, aplicado la pena capital a incontables miembros de esta clase y alcanzado su meta de implantar un mundo nuevo “en todo, ya y para siempre”, estaba a punto de realizar lo que muy característicamente escribiera Diderot, uno de sus más destacados precursores: “Sus manos, tejiendo las entrañas del sacerdote, harían con ellas una cuerda para el último de los reyes”. [23]

  1. a) Diversos modos de considerar la Revolución Francesa por parte de los católicos

Es comprensible que, delante de la pluralidad de facetas que presenta el fenómeno revolucionario —el caos revolucionario—, para muchos saltase más a la vista el primer aspecto de la Revolución Francesa —su aspecto global— que el aspecto exclusivamente “benigno” y “equitativo” de su trilogía, o que el aspecto únicamente subversivo, sanguinario y fanático que también se podía entrever en las ambigüedades de dicha trilogía.

No es, pues, de extrañar que, delante de este cuadro, un gran número de católicos se preguntara qué debían pensar en cuanto tales respecto a la Revolución Francesa.

Unos, distinguiendo entre la doctrina revolucionaria —expresada en la ambigua trilogía— y los hechos a que dio origen, tendían a aceptar como verdadera tan sólo la interpretación benévola que a esta trilogía se podía dar, y dicha actitud los convertía en simpatizantes de la Revolución Francesa, aunque fueran críticos categóricos —y algo indolentes— de los crímenes cometidos por ella.

Otros la veían, sobre todo, como causa infame de las crueldades e injusticias que acabamos de enumerar, daban a la trilogía revolucionaria la interpretación altamente desfavorable a que también se presta, y denunciaban a dicha revolución como el fruto criminal de una conjuración satánica, urdida y puesta en marcha para moldear a los individuos, a las naciones y a la propia Civilización Cristiana, que hasta hace poco los regía, según el espíritu y la máxima del primer revolucionario, que osó bramar en las inmensidades celestes su “¡non serviam!” [24]

 

Según quienes así analizaban la Revolución Francesa, la única actitud posible del católico ante esa rebelión era responder proclamando el grito de fidelidad de los Ángeles de luz, seguidores de San Miguel: “¿Quis ut Deus?”; y, de modo análogo a como ellos hicieron en el Cielo, hacer en la Tierra un proelium magnum, disolviendo los antros tenebrosos en que la revolución se urdía, castigando con las más severas penas a sus responsables, destrozando sus falanges de conspiradores, eliminando sus “conquistas” pseudo beneméritas, volviendo a levantar los altares, reabriendo los templos, colocando de nuevo las imágenes, restableciendo el culto, restaurando el Trono, la Nobleza y todas las formas de jerarquía y autoridad; reanudando, en fin, el hilo de los acontecimientos históricos que la ignominia revolucionaria había interrumpido y desviado torpemente de su curso.

  1. b) La Revolución Francesa vista por Pío VI

Considérese el análisis de una grandeza sobrenatural y profética que hizo Pío VI de la Revolución Francesa en la alocución pronunciada a propósito de la decapitación de Luis XVI:

“Por una conspiración de hombres impíos, Luis XVI, rey cristianísimo, fue condenado a la pena capital, y la sentencia fue ejecutada.

“Brevemente os recordaremos qué sentencia fue aquella, cuál fue el motivo de su condenación: dicha sentencia fue dictada por la Convención Nacional sin ninguna autoridad, sin ningún derecho; ésta, en efecto, una vez abolida la forma de gobierno monárquica, que es la mejor, había colocado todo el poder público en las manos del pueblo. (…)

“La parte más feroz de este pueblo, no contenta con rechazar la autoridad de su rey, como quisiera además arrancarle la vida, ordenó que fuera juzgado por sus propios acusadores y por quienes habían manifestado abiertamente una disposición hostil hacia él. (…)

“Celebrando la desaparición del Trono y el derrumbamiento del Altar como un triunfo suyo [de Voltaire], ensalzan el renombre y la gloria de los escritores impíos como si de generales de un ejército victorioso se tratara; y ocurrió entonces que, después de haber arrastrado para su partido a una gran multitud del pueblo con estos ardides, para seducirla más y más en todas las provincias de Francia con sus promesas, o más bien para engañarla, encontraron aquel pomposo nombre de libertad y convocaron a todos para tomarlo por sublime emblema y bandera. Esta es, sin duda, aquella libertad filosófica que tiene por finalidad corromper los espíritus, depravar las costumbres, y subvertir las leyes y el orden de todas las cosas. (…)

“Tras esta ininterrumpida serie de impiedades que tuvo inicio en Francia, ¿para quién no estará completamente claro que debe imputarse al odio a la religión el papel principal en esas maquinaciones, por las cuales es ahora toda Europa atormentada y conmovida? Y, por consiguiente, ¿quién podrá negar que fueron la causa de la muerte del mismo Luis XVI? (…)

“¡Ah Francia!; ¡ah Francia!; llamada por nuestros predecesores espejo de toda la Cristiandad y sustentáculo inconmovible de la Fe, porque en el fervor para con la Fe cristiana y en la devoción a la Sede Apostólica no vas detrás de ninguna otra nación, sino que las precedes a todas. ¡Cuán contraria nos eres hoy! ¡Cuán hostil es tu espíritu hacia la verdadera religión! (…)

“¡Ah, una vez más, Francia! Tú pedías para ti un rey católico, puesto que las leyes fundamentales del reino impedían que no lo fuera; y he aquí que ahora que lo tenías, precisamente porque era católico lo has matado!” [25]

Aquí el fenómeno revolucionario es visto en su conjunto: la ideología, el impulso, las multitudes innumerables que llenaban calles y plazas, los tramadores impíos y ocultos, así como las metas radicales y últimas que atrajeron a los revolucionarios desde el comienzo hasta el fin, y que, en este terrible fin dejaban ver, por detrás de las fórmulas iniciales, a veces zalameras, las intenciones últimas según las cuales caminaba cada vez menos veladamente la Revolución en su totalidad.

  1. c) Connivencia de los “moderados” con la radicalidad de la Revolución

Esta manera de ver la Revolución no impide que quepa dentro el fenómeno revolucionario una distinción entre éste o aquél de sus matices. Así pues, no es posible identificar a los feuillants del comienzo de la Revolución —monárquicos liberales que, en comparación con los entusiastas incondicionales del Antiguo Régimen, hacían en cierta forma el papel de revolucionarios— con los girondinos. En efecto, estos últimos eran, en la mayor parte de los casos, propugnadores de una república contraria al Clero y a la Nobleza, pero partidaria de la conservación de un régimen socio-económico liberal que salvase del ciclón la libre iniciativa, la propiedad privada, etc. La posición girondina lo tenía todo para parecer radicalmente revolucionaria no sólo a los contra-revolucionarios definidos (emigrados, chouans y otros guerrilleros a favor de la Corona) sino también a los feuillants; sin embargo despertaba, por otro lado, la cólera de los ultra-intransigentes de la Montaña, los cuales no sólo defendían la abolición de la monarquía y la persecución radical y cruenta del Clero y de la Nobleza, sino que muchas veces miraban también con ojos amenazadores aquellas fortunas que sobresalían en la clase burguesa.

Analizando de uno a otro extremo esta sucesión de matices —desde los feuillants, hasta los miembros del Comité de Salvación Pública y sus hordas de admiradores— se ve que cada uno de los matices o etapas de la andadura revolucionaria parece marcadamente izquierdista con relación al matiz o etapa precedente y ultraconservadora con relación al matiz o etapa siguiente. Así ocurrió hasta que la Revolución llegó a su último aliento, exhalado en 1795, cuando ya estaba moribunda: la revolución comunista de Babeuf, a cuya izquierda no se puede concebir sino el caos y el vacío, y a cuya derecha el babeufista imaginaba ver todo aquello que le había precedido.

El modo de considerar la Revolución distinguiendo en ella diversos matices presupone, implícita o explícitamente, que esta distinción solo sea válida cuando se juzga el fenómeno revolucionario tomando en consideración que hasta en la mente de sus más favorables analistas, al mismo tiempo que había reales designios de moderación, había, contradictoriamente, indulgencias inexplicables y a veces hasta claras simpatías para con los crímenes y los criminales de la Revolución.

Esta presencia simultánea a lo largo de las diversas etapas de la Revolución de tendencias a la moderación y condescendencias revolucionarias en la mentalidad de los “moderados” llevó a Clemenceau —uno de los más fogosos apologistas del fenómeno revolucionario— a rechazar las acusaciones de contradictoria que a ella se le hacían afirmando sumariamente que “la Révolution est un bloc” [26], en el cual las fisuras y contradicciones no pasan de ser meras apariencias; es decir, la Revolución —fruto de una miscelánea de propensiones, doctrinas y programas— no puede ser ni alabada ni censurada si se la identifica tan sólo con uno de sus matices o etapas, en vez de considerarla bajo este aspecto de miscelánea que salta a la vista.

La expresión de Clemenceau podrá parecer atrayente a muchos espíritus, pero describe aún de forma insuficiente la realidad histórica. En efecto, dentro de esta aparente mezcla de espíritus inconexos se hace notar un principio ordenativo de capital importancia: desde los primeros momentos hasta casi Babeuf, cada etapa de la Revolución pretende al mismo tiempo destruir y conservar algo del viejo edificio socio-político-económico anterior a la reunión de los Estados Generales. Se puede y se debe admitirlo, pero con la reserva de que el fermento destructor actúa en cada etapa con mayor eficacia, seguridad en sí mismo e ímpetu de victoria que la tendencia conservadora.

En realidad, esta última se muestra casi siempre intimidada, insegura y minimalista en lo que desea conservar, y concesiva de buen grado en lo que está de acuerdo en inmolar. En otras palabras, un mismo fermento trabaja de comienzo a fin cada una de esas etapas —de esos matices— en el sentido de convertirla en un hito pasajero hacia la capitulación global. En consecuencia la Revolución ya al nacer se encontraba entera, como el árbol está entero en su semilla. Fue precisamente este fermento lo que vio con lucidez el inolvidable Pontífice Pío VI, él mismo prisionero y después mártir de la saña revolucionaria, en 1799.

Doscientos años después de la Revolución Francesa, las consultas realizadas por la televisión para averiguar qué piensan los franceses contemporáneos de la culpabilidad del Rey y de la Reina [27] llevan a admitir que muchos de nuestros coetáneos —incluso los no franceses— aun ven a la Revolución como “un bloc”, a la Clemenceau.

La ejecución de los regios esposos en 1793, considerada en sí misma, presumiblemente sería desaprobada por muchos de quienes aún hoy manifiestan su apoyo a ella. Sin embargo, dentro del exuberante conjunto de los aspectos y contra-aspectos del huracán revolucionario, esas mismas personas apoyan los mencionados regicidios por considerarlos el único medio de salvar la Revolución, sus “conquistas”, sus “actos de justicia”, las esperanzas alocadas que despertaba; todo ese “bloque” confuso y efervescente, en fin, de ideologías, aspiraciones, resentimientos y ambiciones que eran, en cierto sentido, el alma de la Revolución. Dichas personas prolongan hasta nuestros días esa especie de “familia de almas” que ve como un acto de justicia la ejecución del débil y bondadoso rey Luis XVI, y de María Antonieta.

Cierto es que buena parte de los partidarios contemporáneos del regicidio, sorprendentemente numerosos, no encajaría adecuadamente en ninguno de los matices de la Revolución Francesa, pues representan un etapa aun más avanzada del proceso revolucionario, diversa de las anteriores, pero no por eso desvinculada de los matices que se manifestaron doscientos años antes. Entre ellos se encuentran, por ejemplo, los ecologistas intransigentes, a los cuales les parece injusto que se mate un pájaro o un pez, pero no les causa indignación —al contrario, lo aprueban taxativamente— que hayan sido condenados a muerte Luis XVI y su encantadora esposa, María Antonieta.

Sobre esta última —austríaca de nacimiento, pero tan impregnada del espíritu y cultura francesa que incontables franceses y no franceses han admirado en ella, hasta los días de hoy, una personificación en grado insuperable de las cualidades que caracterizan a Francia— escribió con penetración el conocido historiador inglés Edmund Burke:

“Hace ya dieciséis o diecisiete años que vi en Versalles a la Reina de Francia, entonces Delfina; seguramente nunca posó en este orbe —el cual casi no parecía tocar— una visión más deleitable. La vi poco encima del horizonte, adornando y alegrando la elevada esfera dentro de la cual comenzaba a moverse, centelleante como el lucero del alba, llena de vida, esplendor y alegría.

“¡Oh, qué revolución! ¡Y qué corazón debería tener para contemplar sin emoción semejante elevación y caída! Mal podía soñar —cuando ella añadía motivos de veneración a mi entusiasmado, distante y respetuoso amor— que se vería obligada a mostrar el agudo antídoto contra la calamidad que llevaba escondida en su seno; mal podía imaginarme que habría de vivir para ver caer semejantes desgracias sobre ella en una nación de hombres galantes, en una nación de hombres de honor y de caballeros. Yo pensaba que cien espadas habrían de saltar de sus vainas para vengar aunque fuera una mirada que amenazara insultarle.

“Pero la época de la caballería ha pasado ya. Le ha sucedido la de los sofistas, economistas y calculistas; y la gloria de Europa se ha extinguido para siempre. Nunca, nunca más, veremos aquella generosa lealtad al rango y al sexo débil, aquella ufana sumisión, aquella obediencia dignificada, aquella subordinación del corazón, que mantenía vivo, incluso dentro de la propia servidumbre, el espíritu de una exaltada libertad. ¡La inapreciable gracia de la vida, la pronta defensa de las naciones, el cultivo de sentimientos varoniles y de empresas heroicas han desaparecido! Han desaparecido aquella sensibilidad de los principios, aquella castidad del honor que sentía una deshonra como si fuera una herida, que inspiraba coraje al mismo tiempo que mitigaba la ferocidad, que ennoblecía todo lo que tocaba, y bajo la cual el propio vicio, al perder todo su aspecto grosero, perdía la mitad de su maldad.’’ [28]

Señalar y describir los nexos que, por encima de los siglos, vinculan a la Gironda, a la Montaña, o incluso uiral babeufismo, con ciertas modalidades de ecología constituiría una tarea demasiado amplia y sutil como para caber en la presente obra. Mencionemos, únicamente de paso, que más de uno de nuestros contemporáneos ha señalado en esa posición extremista del ecologismo y de otras corrientes afines una metamorfosis del comunismo aparentemente “eutanasiado” en la difunta URSS y países satélites.

Lea en el próximo boletín la continuación de este fascinante tema a partir de:

  1. León XIII interviene

 

NOTAS: [21] Sobre el sentido de la palabra Revolución, véase Capítulo V, 3 b (nota).

(Para facilitarle al lector el aprovechamiento del texto,  transcribimos a continuación la nota): El término “Revolución” es usado en este libro con sentido igual al que se le atribuye en el ensayo del mismo autor, Revolución y Contra-Revolución –ver texto completo en el blog: Una obra clave: Revolución y Contra-Revolución

http://rcr-una-obra-clave.blogspot.com/

Designa un proceso iniciado en el siglo XV que tiende a destruir toda la Civilización Cristiana e implantar un estado de cosas diametralmente opuesto. Constituyen etapas del mismo la Pseudo-Reforma, la Revolución Francesa, el Comunismo en sus múltiples variantes y en su sutil metamorfosis de los días presentes.

[22] Una descripción sintética y expresiva de esa flexibilidad táctica de la Revolución puede encontrarse en las siguientes palabras de Mao Tse-Tung: “Si el enemigo ataca, retrocedo. Si el enemigo retrocede, lo persigo. Si el enemigo para, lo atormento. Si el enemigo se reagrupa, me disperso” (apud Pierre Darcourt, Mao le maquisard, in “Miroir de l’Histoire”, nº 267, marzo de 1972, p. 98).

[23] Les Eleuthéromanes, apud Hippolyte Taine, Les Origines de la France contemporaine, Robert Laffont, 1986, p. 165.

[24] Sobre el carácter satánico de la Revolución Francesa afirma el Cardenal Billot: “El carácter esencialmente antirreligioso, la impiedad del principio del liberalismo quedará patente a los ojos de cualquiera que reflexione sobre el hecho de que dicho liberalismo fue propiamente el principio de la Gran Revolución, de la cual se dice con razón que presenta tan expresamente, tan visiblemente un carácter satánico que la distingue desde ya de todo aquello que se vio en tiempos pasados.

“‘La Revolución Francesa en nada se asemeja a aquello que se vio en los tiempos pasados. Ella es satánica en su esencia (De Maistre, Du Pape, Discours peliminaire).’

‘“Hay en la Revolución Francesa un carácter satánico que la distingue de todo lo que se ha visto, y tal vez de todo lo que se verá (ídem, Considérations sur la France, c. 5)’” Card. Luis Billot, Les principes de 89 et leurs conséquences, Téqui, París, p. 30).

[25] Pii VI Pont. Max. Acta, Typis S. Congreg. de Propaganda Fide, Romae, 1871, vol. II, pp. 17, 25-26, 29-30, 33.

[26] La Revolución es un bloque. Apud François Furet, Mona Ozouf, Dictionnaire critique de la Révolution Francaise, Flammarion, París, 1988, p. 980.

[27] El día 12 de diciembre de 1988 la televisión francesa reconstituyó el proceso de Luis XVI, dando a los telespectadores la oportunidad de pronunciar su sentencia. Más de 100.000 personas se manifestaron: un 55,5% votaron a favor de la absolución, un 17,5% a favor del exilio y un 27% a favor de la condena de muerte.

Poco tiempo después, el 3 de enero del año siguiente, otro programa de televisión repitió el proceso de María Antonieta en presencia de los más competentes historiadores y especialistas. Esta vez no se pidió a los telespectadores que se pronunciaran a favor o en contra de la condenación a muerte, sino simplemente a favor o en contra de la culpabilidad de la Reina. Un 75% de los espectadores la consideraron inocente y el 25% restante, culpable.

[28] Reflections on the Revolution in France in Two Classics of the French Revolution, Anchor Books — Doubleday, New York, 1989, p. 89.

 

 

 

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