¡Exsurge, Domine! ¿Quare obdormis?* (*¡Levantáos, Señor! ¡Por qué parecéis dormir!)

16/11/2020

 

Plinio Corrêa de Oliveira                                                 


¡EXSURGE DOMINE!

¿QUARE OBDORMIS?

“Catolicismo” Nº 56 – Agosto de 1955


“Acordaos de dar a vuestra Madre una nueva Compañía, para renovar por ella todas las cosas y para acabar por María los años de la Gracia, como los habéis comenzado por Ella”.


La situación de la Iglesia, como la veía con lucidez providencial San Luis María Grignion de Montfort, se caracterizaba por dos rasgos esenciales, que nos los describe en su Oración pidiendo Misioneros, con palabras de fuego [1].
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Por un lado, es el enemigo que avanza peligrosamente, es la embestida victoriosa de la impiedad y la inmoralidad:
“Vuestra divina Ley es quebrantada; vuestro Evangelio, abandonado; torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran a vuestros mismos siervos; toda la tierra está desolada: desolatione desolata est omnis terra; la impiedad está sobre el trono; vuestro santuario es profanado y la abominación se halla hasta en el lugar santo”.
Los siervos del mal son activos, audaces, exitosos en su empresa:
“Ved, Señor, Dios de los ejércitos, los capitanes que forman compañías completas; los potentados que levantan ejércitos numerosos; los navegantes que arman flotas enteras; los mercaderes que se reúnen en gran número en los mercados y en las ferias. ¡Qué de ladrones, de impíos, de borrachos y de libertinos se unen en tropel contra Vos todos los días, y tan fácil y prontamente! Un silbido, un toque de tambor, una espada embotada que se muestre, una rama seca de laurel que se prometa, un pedazo de tierra roja o blanca que se ofrezca; en tres palabras, un humo de honra, un interés de nada, un miserable placer de bestias que esté a la vista, reúne al momento ladrones, agrupa soldados, junta batallones, congrega mercaderes, llena las casas y los mercados y cubre la tierra y el mar de muchedumbre innumerable de réprobos, que, aun divididos los unos de los otros por la distancia de los lugares o por la diferencia de los humores o de su propio interés, se unen no obstante todos juntos hasta la muerte, para haceros la guerra bajo el estandarte y la dirección del demonio”.
¡Los capitanes, los potentados, los navegantes, los mercaderes, es decir, los hombres clave de su siglo, movidos todos por la impiedad, la codicia, la sed de honores, depravados por graves vicios, constituyen con las masas que los siguen —salvo, claro está, las excepciones— una multitud de borrachos, bandidos y réprobos que por la inmensidad de las tierras y de los mares se unen para luchar contra la Iglesia!

¡Esto es lo que puede llamarse claridad de conceptos y de lenguaje, coraje de alma, coherencia inmaculada en la clasificación de los hechos! ¡Como este Santo le parecerá desalmado, imprudente, apresurado en sus juicios, al hombre moderno, que teme la lógica, choca con las verdades radicales y fuertes, y sólo admite un lenguaje endulzado y hecho de medias tintas!
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Por otro lado, es decir, entre los que todavía son hijos de la luz, S. Luis María ve campear la inercia. Y este hecho le aflige:
“Y por vos, Dios soberano, aunque en serviros hay tanta gloria, tanta dulzura y provecho, ¿casi nadie tomará vuestro partido? ¿Casi ningún soldado se alistará bajo vuestras banderas? ¿Ningún San Miguel gritará de en medio de sus hermanos por el celo de vuestra gloria: Quis ut Deus?”


S. Luis María quiere tantos o más paladines del lado de Dios como los que hay del lado del demonio. Los quiere fieles, puros, fuertes, intrépidos, luchadores, temibles, como el Príncipe de la Milicia celestial. No se limita a decir que deben ser como San Miguel. Quiere que sean como versiones humanas del Arcángel: “¿Ningún San Miguel gritará de en medio de sus hermanos…?”
Cuánto se aleja esta aspiración de ver al mundo lleno de apóstoles blandiendo espadas de fuego de la miopía, la frialdad, el suave e incongruente sentimentalismo de tantos católicos de hoy, para quienes hacer apostolado es cerrar los ojos ante las faltas del adversario, abrir ante él las barreras, darle las armas de guerra, aceptar su yugo y, una vez consumada la capitulación, afirmar que hay motivos para estar contento, pues las cosas podrían haber ido aún peor.
Mientras estos apóstoles de fuego no vengan, corre el riesgo de sufrir serios reveses la Santa Iglesia. No lo veían tantos tibios e indolentes. Pero lo vio San Luis María, que a todos convoca a la lucha:
“¡Ah! Permitidme ir gritando por todas partes: ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Socorro, socorro, socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡Fuego en las almas! ¡Fuego en el santuario! ¡Socorro, que se asesina a nuestros hermanos! ¡Socorro, que se degüella a nuestros hijos! ¡Socorro, que se apuñala a nuestro padre!”
Es la devastación en la Iglesia y en las almas, el fuego que consume las instituciones, las leyes, las costumbres católicas, y la impiedad que degüella a las almas y apuñala al Supremo Pontífice.
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Legiones enteras de almas fuera y dentro del santuario (S. Luis María lo hace ver claramente) cruzaron sus brazos, cuidando su pequeño microcosmos, sin preocuparse por la Iglesia y sus grandes problemas. Estaban inmersos en su pequeña existencia diaria, en sus pequeñas comodidades, en sus pequeñas economías, en sus pequeñas vanidades, al par de sus pequeñas devociones, sus pequeñas caridades, sus pequeños apostolados, en cuyo centro estaba a menudo sólo su pequeña persona.
S. Luis María, por el contrario, era un alma inmensa. Puesto en una situación oscura, se dedicó de todo corazón a salvar al prójimo en los pequeños ambientes en que vivía. Pero su celo no tenía límites ni fronteras, y cubría toda la Iglesia. Vivía, palpitaba, se regocijaba o sufría, en función de la causa católica entera, en el sentido más amplio de la palabra.
Y por esa razón dirigía una admirable súplica a Dios: si debiera presenciar un triunfo incesante  de la iniquidad, sin que apareciera una reacción, sería mejor para él que Dios se lo llevara:

“¿No es mejor para mí morir que veros, Dios mío, todos los días tan cruel e impunemente ofendido, que hallarme todos los días cada vez más en peligro de ser arrastrado por los torrentes de iniquidad que van creciendo? Mil muertes me serían más tolerables. Enviad socorros desde el cielo o lleváos mi alma. Si no tuviera la esperanza de que oiréis,   tarde o temprano, a este pobre pecador, en el interés de vuestra gloria […] pediría absolutamente con un profeta: Tolle animam meam”.

EL REINO DE MARÍA
Le parece imposible que Dios no interrumpa la marcha de la iniquidad:
“¿Lo dejaréis abandonado así todo, Señor justo, Dios de las venganzas? ¿Vendrá todo, al fin, a ser como Sodoma y Gomorra? ¿Callaréis siempre? ¿Aguantaréis siempre? ¿No es menester que vuestra voluntad se haga en la tierra como en el cielo y que venga vuestro Reino?
No, la intervención de Dios no faltará. Ya lo anunciara a almas elegidas, a las cuales permitió contemplar la visión de una futura era que sería el Reino de María:
“¿No habéis mostrado de antemano a algunos de vuestros amigos una renovación futura de vuestra Iglesia? ¿No han de convertirse a la verdad los judíos? ¿No es esto lo que espera vuestra Iglesia? ¿No os piden a gritos todos los santos del cielo justicia: Vindica? ¿No os dicen todos los justos de la tierra: Amen, veni, Domine? Las criaturas todas, aun las más insensibles, gimen bajo el peso de los pecados innumerables de Babilonia y piden vuestra venida para restaurar todas las cosas. Omnis creatura ingemiscit”.


Y, en el anhelo de esta “restauración de todas las cosas”, San Luis implora a Dios que llegue el día en que “no haya sino un rebaño y un Pastor, y que todos Os rindan gloria en vuestro templo”.
Ahí están esbozados los elementos del futuro Reino de María. Resultará de la conversión de todos los infieles, de la entrada de todos los pueblos en el redil de la Iglesia, y de la “restauración de todas las cosas”, es decir, de la restauración en Cristo de toda la vida intelectual, artística, política, social y económica que el Poder de las Tinieblas ha subvertido. Es la reconstrucción de la civilización cristiana.
Como podemos ver, se trata de acontecimientos futuros. Caminamos hacia ellos. Cumple apresurar por nuestras oraciones, nuestras penitencias, nuestras buenas obras, nuestro apostolado, este día mil veces feliz, en el que habrá un solo rebaño y un solo Pastor.
UNA NUEVA ERA HISTÓRICA
Ya hemos visto (“CATOLICISMO”, Nº 53, mayo de 1955: “Doctor, Profeta y Apóstol en la Crisis Contemporánea”) que nuestros días son parte del largo processus histórico iniciado entre 1450 y 1550 con el Humanismo, el Renacimiento y el Protestantismo, acentuado a fondo con el Enciclopedismo y la Revolución Francesa, y por fin triunfante en los siglos XIX y XX con la transformación de los pueblos cristianos en masas mecanizadas, amorfas, ampliamente trabajadas por los fermentos de la inmoralidad, del igualitarismo, de la indiferencia religiosa o del escepticismo total. Del liberalismo ya han pasado al socialismo, y de él están en proceso de descender al comunismo.
Esta marcha ascendente de falsos ideales laicos (de fondo panteísta, debe decirse) e igualitarios, es el gran acontecimiento que domina nuestra era histórica. El día en que tal marcha comenzara a retroceder, de un retroceso no pequeño y ocasional, sino continuo y poderoso, otra fase de la Historia habría comenzado.
En otros términos, la descristianización es el signo bajo el cual se colocan todos los hechos dominantes ocurridos en Occidente, desde el siglo XV hasta nuestros días. Es lo que une entre si estos quinientos años, y de ellos hace un bloque en el gran conjunto que es la Historia. Cesada la descristianización por un movimiento inverso, habremos pasado de un conjunto de siglos a otro.
Fue precisamente un hecho de esta amplitud, un corte en el processus descristianizante y un impulso de la Religión sin precedentes lo que S. Luis Maria suplicó, esperó y -de esto estamos seguros- obtuvo:
“El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio, y terminó por un diluvio de agua; el reino de Jesucristo terminó por un diluvio de sangre; pero Vuestro reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente y se terminará por un diluvio de fuego, de amor y de justicia”.
Y el Santo pide ese diluvio:
“¿Cuándo vendrá este diluvio de fuego, de puro amor, que Vos debéis encender sobre toda la tierra de manera tan dulce y vehemente, que todas las naciones, los turcos, los idólatras, los mismos judíos se abrasarán en él y se convertirán? Non est qui se abscondat a calore eius. ¡Accendatur! Que este divino fuego que Jesucristo vino a traer a la tierra se encienda, antes que Vos encendáis el de vuestra cólera, que reducirá toda la tierra a cenizas.”
INSTRUMENTO PROVIDENCIAL
El medio para lograr este triunfo será una congregación totalmente consagrada, unida y vivificada por María Santísima.
Qué sería propiamente esta congregación , en la mente del Santo, no es posible afirmarlo con  certeza absoluta. En cierto sentido, parece ser una familia religiosa. Pero también hay aspectos por donde se podría pensar en forma diferente. De cualquier modo, esta congregación será el instrumento humano para implantar el Reinado de María. Y, como tal, las intenciones de la Providencia descansan amorosamente sobre ella desde toda la eternidad:

“Acordaos, Señor, de vuestra Congregación; que hicisteis vuestra desde toda la eternidad, pensando en ella en vuestra mente ab initio; que hicisteis vuestra en vuestras manos, cuando sacasteis el mundo de la nada, ab initio.”
En el momento entre todos trágico y feliz en que se consumó nuestra Redención, Dios “[la] hicisteis vuestra en vuestro corazón”, y tu Divino Hijo “muriendo en la cruz, la regaba con su sangre y la consagraba por su muerte, confiándola a su Santa Madre”.
Esta misteriosa congregación, que será “una asamblea, una selección, un apartado de predestinados, que Vos debéis hacer en el mundo y del mundo: Ego elegi vos de mundo [Yo os he elegido del mundo]… Es un rebaño de corderos pacíficos que Vos debéis reunir en medio de tantos lobos; una compañía de castas palomas y de águilas reales en medio de tantos cuervos; un enjambre de abejas en medio de tantas avispas; una manada de ciervos ágiles entre tantas tortugas; un escuadrón de leones valerosos en medio de tantas liebres tímidas”; esta congregación sólo puede ser constituida por una acción fecunda de la gracia en las almas de los que deben componerla. Pero para Dios nada es imposible: “¡Oh Dios soberano, que de las piedras toscas podéis hacer otros tantos hijos de Abraham!; decid como Dios una sola palabra, para enviar buenos obreros a vuestra mies y buenos misioneros a vuestra Iglesia”.
Durante siglos, los justos han estado pidiéndole a Dios la fundación de esta congregación:
“Acordaos de las plegarias que vuestros siervos y vuestras siervas os han hecho sobre este asunto desde hace tantos siglos: que sus votos, sus gemidos, sus lágrimas, la sangre por ellas derramada lleguen a vuestra presencia para solicitar poderosamente vuestra misericordia”. Como esta Congregación será de María, es para Ella que un tan rico don  de la Providencia está destinado: “Acordaos de dar a vuestra Madre una nueva Compañía, para renovar por ella todas las cosas y para acabar por María los años de Gracia, como los habéis comenzado por Ella”.

TROPA DE CHOQUE DE LA IGLESIA MILITANTE
Como se sabe, Compañía significaba en la época de S. Luis María regimiento o batallón. Fue en este espíritu que San Ignacio llamó Compañía de Jesús a su insigne Instituto. San Luis María concibió su Compañía como esencialmente militante. Será como una extensión de Nuestra Señora, en permanente y gigantesca lucha con el diablo y sus secuaces:
“Verdad es, Dios soberano, que el demonio pondrá, como Vos lo habéis predicho, grandes asechanzas al calcañar de esta mujer misteriosa, es decir, a esta pequeña Compañía de sus hijos, que vendrán hacia el fin del mundo, y que habrá grandes enemistades entre esta bienaventurada descendencia de María y la raza maldita de Satanás; pero es una enemistad totalmente divina, la única de que Vos sois el Autor: inimicitias ponam [Pondré enemistades]”.
“Pero estos combates y estas persecuciones, que los hijos de la raza de Belial desencadenarán contra la raza de vuestra Santa Madre, sólo servirán para hacer brillar más el poder de vuestra gracia, la valentía de su virtud y la autoridad de vuestra Madre, puesto que Vos, desde el principio del mundo, le habéis dado el encargo de aplastar a este orgulloso, por la humildad de su Corazón y de su planta: ipsa conteret caput tuum [Ella te aplastará la cabeza]”.
Este tópico es uno de los más importantes, ya que muestra la modernidad de la Compañía, de su apostolado militante, de su espíritu profundamente —casi diríamos sumamente— marial.
De hecho, S. Luis María ve esta “Compañía de sus hijos [de María], que vendrán hacia el fin del mundo”. Y si, en el lenguaje de los adoradores de la modernidad, cada siglo es más moderno que los que lo precedieron, no habrá siglos más modernos —al menos en el sentido cronológico de la palabra— que los “que vendrán hacia el fin del mundo”.
¿Qué significa este “hacia el fin”? En el lenguaje profético, la precisión del término es discutible. Se trata quizás de la última fase de la humanidad, es decir, el Reino de María. ¿Cuánto tiempo durará esta fase? Es otro problema, para cuya solución no encontramos elementos en la Oración del Santo. Pero, en cualquier caso, estableciendo la absoluta “modernidad” de ese apostolado, veamos algunas de las características que tendrá. Aquellos que piensan que estas características son anacrónicas verán cuánto se equivocan.
LA DEVOCIÓN A NUESTRA SEÑORA
Esos apóstoles de los últimos tiempos serán “verdaderos hijos de María, vuestra Santa Madre, engendrados y concebidos por su caridad, llevados en su seno, pegados a sus pechos, alimentados con su leche, educados por sus cuidados, sostenidos por su brazo y enriquecidos de sus gracias”. Y más adelante dice: “Por su abandono en manos de la Providencia y su devoción a María tendrán las alas plateadas de la paloma: inter medios cleros pennae columbae deargentatae, es decir, la pureza de la doctrina y de las costumbres. Y su espalda dorada: et posteriora dorsi eius in pallore auri: es decir, una perfecta caridad con el prójimo para soportar sus defectos y un gran amor para con Jesucristo para llevar su cruz”.
COMBATIVIDAD
Pero esta devoción y caridad marial se realizarán en una extrema pugnacidad, como resultado de la propia devoción marial. En efecto, serán “verdaderos siervos de la Virgen Santísima, que, como otros tantos Domingos, vayan por todas partes con la antorcha brillante y ardiente del santo Evangelio en la boca y el santo Rosario en la mano, a ladrar como perros, abrasar como  fuegos y alumbrar las tinieblas del mundo como soles”. Su victoria consistirá en que, “por medio de una verdadera devoción a María […] aplasten, por dondequiera que fueren, la cabeza de la antigua serpiente para que la maldición que Vos le echasteis se cumpla enteramente: Inimicitias ponam inter te et mulierem, et semen tuum et semen illius; ipsa conteret caput tuum”.
Y por eso San Luis María multiplica a lo largo de su Oración las metáforas y adjetivos que aluden a la combatividad de los miembros de su congregación: “águilas reales”, “batallón de leones intrépidos”, tendrán “la valentía del león por su santa cólera y su celo ardiente y prudente contra los demonios, hijos de Babilonia”.
Y es esa falange de leones la que le pide a Dios en el tema final de su oración:
“Señor, levantaos; ¿por qué parecéis dormir? Levantaos en vuestra omnipotencia, vuestra misericordia y vuestra justicia, para formaros una Compañía escogida de guardias de corps, que guarden vuestra casa, defiendan vuestra gloria y salven vuestras almas, a fin de que no haya sino un rebaño y un pastor y que todos os rindan gloria en vuestro templo: Et in templo eius omnes dicent gloriam. Amen” [En su templo un grito unánime: ¡Gloria! Amén].

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NOTAS
[1] Los primeros artículos de esta serie fueron publicados en los nos 53 (mayo) y 55 (julio) de 1955, de “Catolicismo”.
[2] Los textos de la “Oración Abrasada” fueron tomados de “Obras de San Luis María Grignion de Montfort”, edición preparada bajo la dirección de los padres Nazario Perez, S.I. y Camilo Maria Abad, S.I. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid, 1954. págs. 596 y sgts. Textos en negrita y alguna traducción del latín son del sitio http://www.pliniocorreadeoliveira.info.

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