La Hispanidad, Santa Teresa y Felipe II – Amor heroico y sin límites a la Iglesia Católica – Comentarios de Plinio Corrêa de Oliveira

15/10/2020

Santa Teresa de Ávila – Claustro del Carmelo de Sevilla – Fray Juan de la Miseria – Siglo XVI

Fray Juan de la Miseria pintó el rostro de Santa Teresa sobre lienzo, siendo este cuadro el más parecido que existe al original por haberlo pintado con la Santa presente y con los pinceles en la mano

PRESENTAMOS A NUESTROS LECTORES ESTOS COMENTARIOS DEL PROF. PLINIO CORREA de OLIVEIRA EN LA FIESTA DE SANTA TERESA, VERDADERAMENTE SUBLIMES, SOBRE LA GRAN SANTA, “NUESTRO SANTO REY FELIPE II” -COMO ELLA LO LLAMABA- Y LA FORMA DE AMOR HEROICO HASTA LA TOTAL ABNEGACION CARACTERISTICO DE ESPAÑA, “LA NACION IGNEA”

Veo que, por una feliz coincidencia, hoy se conmemora a una santa de lengua castellana, Santa Teresa de Avila.

“Teresa –nos dice el comentario de Dom Guéranger- sufrió toda clase de privaciones. Pero sufrió una que fue peor que las probaciones humanas. Un día le pareció que Dios mismo le faltaba. Como le ocurrió antes a San Felipe Benicio, y después de ella a San José de Calasanz y a San Alfonso de Ligorio, le tocó la probación de verse condenada, rechazada, tanto ella como sus hijas e hijos, en nombre y por la autoridad del Vicario del Esposo* (*N: del Vicario de Cristo). Se trataba de uno de aquellos días preanunciados desde hacía mucho en que –cita del Apocalipsis- le fue dado a “la bestia” hacerle la guerra a los santos y vencerlos. No tenemos espacio para contar esos incidentes dolorosos. ¿Y, por otra parte, para qué contarlos? “La bestia” no tiene, en tales casos, más que un modo de proceder, que repite en el siglo XVI, en el XVII, en el XVIII y siempre… Dom Guéranger escribió en el s. XIX…, y nosotros podemos ahora referirnos también al s. XX.

En verdad, es con palabras sumamente elocuentes que Dom Guéranger relata el martirio de Santa Teresa.

Dado que “la bestia” tiene siempre el mismo objetivo, Dios, al permitirlo, no tiene más que un objetivo: el de llevar los suyos a ese alto grado de unión crucificante,  en que Aquel que quiso ser el primero en saborear la amargura de esa borra de vino pudo decir, más que ninguno, con dolor: “Dios mío, Dios mío, ¡por qué me abandonaste!”.  

Como Uds. saben, ella era carmelita calzada, o sea, del ramo carmelita del que somos terciarios, y quiso hacer una reforma de la Orden del Carmelo, reforma ésta que apuntaba justamente a la restauración de un espíritu de mortificación y de penitencia que hacía muchos siglos se había terminado. Papas anteriores, sucesivamente, venían concediendo mitigaciones y más mitigaciones, llevando a que los conventos de la Orden del Carmen se transformaran en verdaderas pensiones.

Las carmelitas se pasaban fuera de ellos el tiempo que querían, y volvían cuando les venía bien. En el Carmelo, durante el día, se oían en el claustro canciones, de esas tocadas con guitarra, que eran canciones amorosas, muy comunes en la España de aquel tiempo. Las monjas recibían visitas en cantidad, la comida era regalada, la obediencia era inexistente, y del espíritu auténtico de San Elías ya no quedaba nada.

Así, después de años de relajamiento, ella, como religiosa, tocada por la gracia, resolvió enmendarse y decidió iniciar la Reforma Teresiana, constituyendo monasterios carmelitas realmente observantes y austeros. Esa obra, que debería haber encontrado un entusiasmo general, encontró una oposición tremenda. El infierno todo se movió en su contra, lo que significó que parte de la tierra también se moviera. Porque grandísima parte de la tierra está bajo la dirección del infierno. Y, entre otros elementos que se movieron contra ella, las carmelitas calzadas, sus hermanas, los carmelitas calzados, sus hermanos, y además de las carmelitas y de los carmelitas, se movieron también otras autoridades eclesiásticas y, finalmente, también lo hizo Roma.

Y llegó un determinado momento –cuando ya estaba bien adelantada la obra de la Reforma Teresiana, ya estaban fundados los Carmelitas Descalzos, y ella tenía muchos conventos- , en que llegó un decreto de Roma, emitido por intermedio del Padre General, que ordenaba disolver su reforma y obligar a todas sus religiosas a volver a las casas relajadas. Era una victoria del relajamiento sobre la observancia, una victoria de la tibieza sobre el celo, una victoria –para hablar en términos modernos- de la “democracia cristiana” sobre el ultramontanismo. ¡Fue algo tremendo! …Y uno de los peores días de su vida. Ella rezó tremendamente y escribió cartas a toda España pidiendo que actúen.

Felipe II – Atribuido anteriormente a Alonso Sánchez Coello, hoy se lo atribuye a Sofonisba Anguissola

Y entre esas cartas una fue para el Rey Felipe II, a quien ella llamaba “nuestro santo Rey Felipe”. Y Felipe II mandó llamar al Nuncio Apostólico para preguntarle de qué se trataba esto. Felipe II, personaje altamente intimidador, metía tanto miedo –lo cual constituye una gloria*, …una de las mayores glorias de un varón es meter miedo…- (*Dale Carnegie cree que eso es ser simpático, a mí me parece exactamente lo contrario)…, que, en general, cuando la gente entraba en la pequeña sala del Escorial donde él trabajaba, el se veía obligado a decirle “sosegáos”, porque el visitante se quedaba todo asustado…

Cuentan los memorialistas que –uds. se van a sorprender bastante de lo que voy a decir, pero son las verdades implacables de la Historia- el Nuncio también tuvo miedo, y estuvo de acuerdo con todo lo que Felipe II quería. Y así Felipe II evitó el derrocamiento de la Orden de Santa Teresa (¡!).

Ese encuentro de dos grandes personajes, Felipe II y Santa Teresa…, Santa Teresa recurriendo a Felipe II –(cómo un “herejía  blanca”* (*n.: de piedad sentimental y minimalista) se sentiría picado por eso de recurrir al Rey para que el Rey intimide al Nuncio Apostólico!). La “herejía blanca”, en esa situación, lo consideraría pavoroso. Entonces…, he aquí a Felipe II que llama al Nuncio y frena el aniquilamiento de la Orden del Carmen, dando origen a que se desarrolle uno de los factores más activos de la Contrarreforma, y que surja todo un imperio de glorias para la Iglesia, que vino por la existencia del Carmelo reformado –y basta nombrar a Santa Teresita del Niño Jesús para que no haga falta agregar nada… Todo esto es un apostolado de Felipe II, que nos permite ver uno de esos encuentros de seres extraordinarios de la Historia de la Iglesia, que dan la impresión de constelaciones celestes en el firmamento de Ella.

No puedo dejar de hacer el siguiente comentario: historiadores profanos, revolucionarios, sin forma alguna de imparcialidad, suelen tratar de la Armada Invencible como habiendo sido el fracaso de Felipe II: cuando la Armada Invencible fue vencida, Felipe II hizo un solo comentario. Ese comentario es sublime, y los historiadores revolucionarios no lo comprenden. Para decir que no había sido derrotado, él sólo dijo esta frase: “Mandé mi escuadra a combatir contra los hombres, no contra los elementos”. Es decir, no hubo derrota. Fue algo que Dios permitió para castigo de Inglaterra. ¡Muy bien hecho!

Batalla de Lepanto – National Maritime Museum – Greenwich

Felipe II tenía salidas extraordinarias. Cuando fueron a anunciarle el resultado de la Batalla de Lepanto, él estaba rezando. Le contaron todo y él, mostrando el dominio, la distancia psíquica que mantenía, hizo apenas este comentario: “¡qué gran peligro corrió Don Juan!”. Nada más… ¡Qué soberanía sobre sí mismo! ¡fabulosa! Un gran hombre… Y Santa Teresa decía aún más, …que él era un santo. Sé que esto no constituye una canonización, pero es lo que ella decía. Y nadie puede impedirme de decirlo también.

 

Busto de Felipe II* – Pompeo Leoni – Museo del Prado – (*pudo haberse tratado del que comenta el Dr. Plinio, pero no hay seguridad al respecto)

Me encantaría tener un busto de Felipe II que vi en una escalinata del Escorial –escalinata no…, en el patio. Nunca he visto nada que pareciese…, que tuviese más “physique du rôle”. Hay hombres en que la forma de la cabeza lo dice todo. Así era Felipe II. ¡Eso era honestidad y obstinación! Asimismo, una cara con una mirada que miraba así, pareciendo decir “sosegáos” con los labios mientras la mirada quitaba todo sosiego… Tuve la debilidad –sé que en ningún museo del mundo se vende nada- …tuve la debilidad de preguntar cuánto costaba ese busto. El guardián: “¡No, señor!” –…Miniatura de Felipe II, era más aconsejable no pelear con él. Bajé de inmediato mis exigencias, mis esperanzas…

Bueno, en suma, aquí está, como de pasada, la figura de Felipe II, y es bueno encuadrarla, o hacerla ver, a la luz de Santa Teresa de Jesús.

Me refería antes a la Armada Invencible: nos lo presentan como un rey derrotado: Un rey que hubiera tan sólo evitado que la reforma teresiana fuese deshecha, ya sería un rey vencedor por todos los siglos, simplemente por eso. Porque ese hecho vale mucho más que dominar Inglaterra. Y tener una Orden de contemplativos verdaderamente penitentes, que recen verdaderamente, y que son los pararrayos de Dios para evitar los castigos que caen sobre la tierra… ¡vale mucho más que la Armada Invencible!

-Alguien me pone aquí la poesía que expresa tan bien el alma de Santa Teresa de Jesús –(fue la sección de Documentación Histórica)- y que es aquella famosa poesía suya: “Soneto a Cristo Crucificado”. No me animo a leerlo aquí porque hay argentinos presentes y mi pronunciación es más que pésima. Tal vez alguno de los argentinos puede leerlo…

No me mueve, mi Dios, para quererte

el Cielo que me tienes prometido;

Ni me mueve el Infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves ¡Señor!, muéveme el verte

Clavado en una Cruz y escarnecido;

Muéveme ver tu cuerpo tan herido;

Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu Amor y en tal manera

que aunque no hubiera Cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera Infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

Seguro que todos* (*n: brasileros y argentinos) entendieron…, ¡es una verdadera maravilla! Me gustaría acentuar la dinámica del soneto. Es un soneto anti-espíritu “democracia cristiana”, y anti ecuménico (*) a más no poder. Porque es un soneto que empieza con un requinte* (*n.:  refinamiento, excelencia, quintaesencia)…, empieza diciendo algo que sorprende y que camina luego, de sorpresa en sorpresa, hasta el summum de sorpresa, dejándolo perplejo al que no tiene espíritu sobrenatural, …lo que constituye una de las bellezas del espíritu español.

Lo comento en portugués así: “No me mueve mi Dios para quererte el Cielo que me tienes prometido; no me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte”. El simplón que lea esto pensará: “¡¿Pero cómo?! Yo justamente tengo miedo de ofenderte a causa del infierno…, yo te amo a causa del cielo. Y este soneto empieza diciendo que no es eso lo que me mueve!” O sea, ya es una afrenta al espíritu tímido, vulgar, ordinario. Empieza ya venciéndolo.

Después sigue: “Tú me mueves, Señor, muéveme el verte, clavado en una Cruz y escarnecido”. Es decir, este soneto es la bofetada al egoísta. El tipo egoísta dice: “Bueno, ¿qué es lo que me mueve a mí, para amarte… llagado, escarnecido…? -Entonces, (así) no amo nada. Pues, ¿no te amo para mi ventaja? ¿Tengo que amarte en ese estado de humillación?” Es una segunda afrenta, pero es una segunda victoria del amor, es un segundo himno de adoración.

Después continúa: “Muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte”. Acaba por fin, así, hablando de la muerte. Es el herido…, es el golpeado…, es el arruinado…, es el muerto…

No hago planteos por oro, ni por plata, ni por gloria, no pregunto por nada… Más aún: ni siquiera reclamo el cielo, ni librarme del infierno como único elemento determinante de mi amor, o como elemento principal de mi amor. -Como elemento colateral sí, como elemento principal, no. Lo principal que amo es aquello a lo que todos los hombres le tienen horror: el escarnio, las heridas, la sangre y la muerte. Y es por eso que yo te amo.

Vemos cómo va subiendo, y cómo la paradoja va ganando en altura. Y cómo se hace sentir toda la audacia del alma cristiana, de la verdadera alma católica.  Ella continúa (uno casi diría “él” subconscientemente, tanta es su varonilidad): “Muéveme en fin tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiese Cielo yo te amara, y aunque no hubiese infierno te temiera”.

Es magnífico, es como una especie de réplica que confirma, un arrebato en la paradoja inicial. Uno ve que la persona queda medio atontada y piensa: “…está bien, me doy por enterada”: “Aunque no hubiera Cielo yo te amaría; aunque no hubiera infierno, yo te temería”. Y eso a causa de tus llagas….etc., etc. ¡Es una belleza en materia de audacia, ¿no les parece?!

“No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera”. Esto es el punto final, expresa lo último, no es cierto?  Puedes darme, yo lo acepto, yo espero tus dones, yo los quiero, pero…, aunque no me los dieses, te querría.

O sea, el amor puro en su manifestación más desinteresada, más grandiosa, más caballeresca…, es decir, más sobrenatural y más admirable. Se siente aquí el alma católica llena de fervor, tan diferente de ese ecumenismo (**) aguado, de esas concesiones, de ese amor al “sentido común”.

Tan sólo se ama verdaderamente una doctrina cuando uno ama todas las paradojas a que ella se puede prestar. Cuando se aman las formulaciones más excesivas y estridentes de esa doctrina… Y se las ama más que todas las otras. Es así como se ama algo. No con esa especie de endiosamiento de un “sentido común” de utilería.

Ahora bien, conviene, en este triste momento de la Iglesia que estamos atravesando, considerar que estas reflexiones, estas palabras, se aplican también a la Santa Iglesia Católica. La Santa Iglesia Católica está llagada, la Santa Iglesia Católica está herida, la Santa Iglesia Católica está crucificada y Ella no morirá tan sólo porque es inmortal.

Porque todas las razones de muerte en este momento coinciden en Ella. Y entonces, tomando el Cuerpo Místico de Cristo, que es otro Jesucristo, podemos decirle también a la Iglesia Católica: “No me mueve, oh Santa Iglesia, para quererte, el Cielo que tú me prometiste, ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte”. Realmente, el que a la Santa Iglesia Católica no la debemos ofender, no es ni por amor al Cielo, ni por miedo al infierno sino por un amor gratuito, filial, tan amoroso que contiene fibras de adoración, a la Santa Iglesia Católica como institución.

Después continúa: “Tú me mueves, oh Santa Iglesia Católica, muéveme el verte, clavada en una cruz y escarnecida. Muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu aparente muerte. Muéveme en fin tu amor, y en tal manera que –y esto es bien cierto en cuanto a nosotros en relación a la Iglesia Católica-: que aunque no hubiese Cielo amaríamos a la Santa Iglesia Católica, aunque no hubiese infierno nosotros la temeríamos. “No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo, oh Santa Iglesia, yo te querría”. Son esos los sentimientos en relación a la Santa Iglesia que debemos tener en los tristes días en que vivimos.

Vamos con ese espíritu a consagrar nuestras oraciones de hoy al Grupo de Catolicismo en Buenos Aires.

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NOTAS

[*] Sobre el ecumenismo: la mentalidad “irenista” de transigencia para con el error es típica de una disposición psicológica utópica que aspira a una era sim contrastes ni polémicas.

Plinio Corrêa de Oliveira demuestra, en “Trasbordo Ideológico Inadvertido y Diálogo”, que en el plano religioso el diálogo irenista favorece el interconfesionalismo, debilita todas las religiones y las  sume en una situación de confusión absoluta.

“Conviene distinguir, desde ya, dos formas de ecumenismo. Una trata –con el fin de encaminar las almas al único redil del único Pastor- de reducir todo lo posible las discusiones puras y simples y las polémicas, favoreciendo la discusión-diálogo y las otras formas de interlocución. Ese ecumenismo tiene una amplia base en numerosos documentos pontificios, especialmente de Juan XXIII y Paulo VI. Pero otra modalidad de ecumenismo va más allá y trata de extirpar de las relaciones de la Religión Católica con las otras religiones todo y cualquier carácter militante. Ese ecumenismo extremado tiene un evidente fondo de relativismo o sincretismo religioso, cuya condena se encuentra en dos documentos de San Pío X, la Encíclica “Pascendi” contra el Modernismo y la Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique” contra “Le Sillon” (ver Roberto de Mattei, “El Cruzado del siglo XX”).

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Título original :Santa Teresa de Ávila: Audacia en la paradoja…

Fuente: http://www.pliniocorreadeoliveira.info

“Santo del Dia”, 15 de octubre de 1965

A D V E R T E N C I A

Adaptación de conferencia del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira para socios y cooperadores de la TFP, en estilo verbal, no revisada por el autor

“Católico apostólico romano, el autor se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, por un lapsus, algo no estuviera conforme al Magisterio tradicional de la Iglesia, categóricamente lo rechaza”.

“Revolución” y “Contra-Revolución” son términos empleados en el sentido que les da el autor en su libro “Revolución y Contra-Revolución”, publicado en el nro. 100 de “Catolicismo”, de abril de 1959

 

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