Carlos Martel – Un héroe del linaje carolingio frena al Islam y es “campeón invencible de la civilización cristiana”

25/04/2014

Batalla de Poitiers por Carl von Steuben detalle

Carlos Martel, el “martillo” de los enemigos de la Cristiandad, con su hacha guerrera deshizo los planes de conquista del mahometano Abderramán, que quería borrar la cruz e implantar la media luna

 

        Cinco potencias, a comienzos del siglo VIII, marcaban el curso de los acontecimientos en el Occidente cristiano (*).

Los árabes, que querían implantar el Islam y borrar la civilización cristiana;

el Imperio bizantino, de antiguo prestigio cada vez más declinante;

los reinos franco y lombardo, únicos sobrevivientes de los estados germanos de aquellos “siglos salvajemente movimentados” de principios del Medioevo.

Sobre el poder restante dice Paul Kirn:

“De esencia ante todo moral, constituía en su índole propia una potencia incomparable: el Papado”.

De un solo golpe había caído el decadente reino visigodo de España en manos de los sarracenos, sumido en la traición y la complicidad de personajes ruines como el Conde Julián o el Obispo Don Opas. Los “hijos del desierto” anhelaban implantar la media luna desde el Atlántico hasta el Báltico, y proclamar el nombre de Mahoma en la propia alma de la Cristiandad y sede del Papado, Roma, y pisar con los cascos de sus caballos el suelo de San Pedro.

La única potencia temporal que podía, al menos en principio, hacerle frente, era el reino franco, comparable en ese momento a una medalla de hierro con dos caras.

De un lado la dura realidad de un pueblo heterogéneo en gestación. Que lidiaba con dos barbaries, la del antiguo paganismo del mundo romano convertido a medias, y la del teutónico y tribal al norte del Rin. Mentalidades, atavismos e intereses contrapuestos en constantes luchas, edificios sociales  que se levantaban para caer al cabo de un tiempo, con una dinastía que muchas  veces no parecía la heredera de Clotilde y Clodoveo.

De otro lado, era un mundo nuevo (Pirenne) que iba surgiendo, como el lucero del alba, al que el Redentor parecía dirigir estas palabras del Padre Eterno al Hijo, que consigna Gregorio de Tours en sus disputas con los arrianos: “Je t’ai engendré dans mon sein avant l’étoile du jour”; te he engendrado en mi seno antes de la estrella matutina

El mundo de la promesa de que Dios jamás abandona a su pueblo, a su Iglesia, que siempre ha de triunfar por la fidelidad de los buenos, reunidos en torno de su Madre, “porque la asiste Vuestra protección” (Plinio Corrêa de Oliveira).

Pues la Providencia había suscitado una “hija primogénita” para realizar una alta misión. Presentida por los “apóstoles de la sublimidad” (de que habla el mismo autor), el ideal de un ascenso ilimitado, semejante a las agujas de una catedral gótica por construir entre todos…

Se da entonces, afirma Godofredo Kurth, “uno de los espectáculos más raros de la historia: el de una sucesión de hombres ilustres transmitiéndose de uno en otro el genio con la sangre”.

Era la estirpe carolingia, “que tuvo la gran fortuna de reunir muy temprano en su seno a los descendientes de Arnulfo y a los de Pipino, heredando así el prestigio de ambos. Salida de dos troncos tan gloriosos, era desde entonces la verdadera familia real de Austrasia”.

Este proceso muestra cómo se eleva una sociedad por sus familias dirigentes cuando, fieles a su misión, desarrollan sus cualidades propias: ”La Germania cristiana se complacía en admirar su propio vigor moral en los miembros de la familia carolingia…que aparecían como los frutos más sabrosos de una raza regenerada por el cristianismo” (ibid.).

¡Qué diferencia con la realidad actual! “Ni aún en la cima más elevada de las prosperidades humanas perdieron de vista las cosas de la eternidad, y toda una pléyade de santos y santas florecieron en las múltiples ramas del tronco carolingio”. Los francos “la sirvieron con fidelidad duradera, porque veían en ella a los mejores elementos de su raza”.

                 768px-Karl_Martell wikimedia comm J Patrick Fischer autocor

Escultura que muestra la conciencia de su misión plasmada en los rasgos varoniles del legendario Carlos Martel, gran exponente del linaje carolingio,  en su tumba en la Abadía de St Denis – Foto de J. Patrick Fischer

El rasgo más característico del santo es su heroísmo. Y fue, si no un santo, un héroe colosal el varón más característico de la estirpe, (exceptuado su nieto, Carlomagno) aquel que sería llamado Carlos Martel,  a quien la Providencia suscitó para salvar una situación humanamente desesperada. Para ser “el campeón invencible de la civilización cristiana” (Kurth). Pues “se acumulaba la tempestad más espantosa que jamás haya amenazado a la sociedad europea”;  cuando el mundo corría peligro de convertirse en propiedad de la espada del Islam (Ranke).

Imperio musulmanHaciendo click se agranda este mapa que muestra el avance impresionante de los árabes. Sólo la fuerza de Carlos Martel y la ayuda de la Providencia le permitieron vencer a la media luna

A los mahometanos “no les quedaba más que una batalla por ganar: si la lograban, su diluvio destruiría toda la civilización cristiana y Europa quedaría entregada al Islam” (Kurth).

El príncipe Carlos –después de la batalla, Carlos Martel- era hijo ilegítimo de Pipino de Heristall. Su padre, el segundo Pippin, Mayordomo de Palacio y Duque de Austrasia, fue estadista y luchador de envergadura, que gobernaba como “un gran dinasta”. Resistiendo a las fuerzas facciosas que se habían adueñado de Neustria, sin desanimarse por reiteradas derrotas, se había impuesto y logrado reunir a todo el reino franco bajo su autoridad efectiva.

A la muerte de Pipino de Heristall, en 714, los tres reinos que integraban el Imperio en formación –Austrasia, Neustria y Borgoña- reiniciaban sus querellas intestinas.

Su hijo Carlos, que daría al linaje el nombre de carolingios, se encontraba impedido de actuar. Pues la viuda de su padre, Plektrude, lo había relegado a un injusto encierro.

Los facciosos de Neustria le exigían a Plektrude el tesoro reunido por su marido.

Era la hora de Carlos que logra evadirse cuando el reino, desgarrado por facciosos y atacado por frisios y alamanes, se desmoronaba a la vista complacida de los ismaelitas “ad portas”.

Carlos sale a la arena a luchar por el legado de su padre y por el reino. Esperanza para los leudes austrasianos,  no todos corren a ponerse bajo su bandera.

Una leyenda histórica lo describe siguiendo cautelosamente, con sólo 200 hombres,  al ejército de Neustria que regresa con el tesoro quitado a Plectrudis.

Mientras el  enemigo descansa, Carlos lo observa desde un alto. Un guerrero pide su autorización para cargar solo contra todos. Su arremetida temeraria transforma el campamento neustrio en avispero. Espada en mano y al galope grita “¡Carlos! ¡Carlos!”, y sus compañeros, al mando del caudillo,  ponen en desbandada al enemigo y recuperan el tesoro.

Versátil e infatigable, enfrenta a los frisones con una novedosa fuerza naval. Más tarde, desarrollará otra especialidad, la del asedio, para terminar de expulsar a los musulmanes y sus aliados en Avignon y Narbona. No transcurrirá un año de su vida sin emprender campañas contra los enemigos de Austrasia y del nombre cristiano.

Donde triunfan sus armas vienen los apóstoles itinerantes, los misioneros anglo-sajones –San Willibrordo, San Bonifacio, Kilian, Corbinian…-, fundando iglesias y conventos, convirtiendo, bautizando, arriesgando su vida derribando el mismísimo “árbol del trueno”, el sagrado roble de los sajones, en el corazón de sus bosques. Caía el árbol del paganismo y se elevaba el de la cruz, al amparo de la autoridad siempre creciente del nuevo Príncipe y Duque de Austrasia.

La tempestad mahometana seguía preparándose “en inmensa escala”. Abderramán, el virrey del Califa, quiere invadir la región galorromana entera. “Todo el mundo mahometano contemplaba la expedición con intensa ansiedad” (Nöldeke).

   Le ordena a un subalterno, Otmán, avanzado en Galia, arrasar Aquitania. Pero éste ha cerrado un pacto con Eudes, Duque de la provincia, que para salvar su Ducado le había entregado su propia hija.   Enterado del inicuo acuerdo, Abderramán marcha contra Otmán, que, separado de la princesa aquitana, se tira de un precipicio. El final de ésta es horrible: es enviada como presa del harem del Califa de Damasco.

Comienza el virrey musulmán su célebre marcha. Llevará –así lo espera-  el estandarte del profeta a los confines de la Cristiandad. Su avance siembra la desesperación en toda Europa, que desde los días de Atila no había visto armamento tan formidable y destructor. “Conflagraciones, ruinas, los alaridos de la castidad violada y las lamentaciones de los moribundos, hicieron de esta memorable invasión más el trabajo de un demonio que de un hombre” (Nöldeke).

El ejército de Eudes es arrasado. Ante el infortunio,  pide apoyo y perdón a Carlos. Este, no duda. Había venido preparando sus efectivos en silencio para el gran combate, reuniendo guerreros de todas partes del reino. El momento de jugarse el todo por el todo, con carolingia determinación, había llegado, y será el ápice de su vida.

Batalla de Poitiers por Carl von SteubenLa Batalla de Poitiers,  óleo de Carl von Steuben

Avanza con audacia a enfrentar a Abderramán.  Luego de siete días de escaramuzas, el octavo es el del choque. Los árabes se despliegan sobre el campo; al grito de los muecines rezan a su dios, Alá. El virrey da la señal de ataque.

Pero el ejército católico estaba bajo el amparo de Nuestra Señora, “terrible como un ejército en orden de batalla”. Llueven las flechas de los arqueros berberiscos. La caballería ataca al grito de guerra “Alá es grande!” y cae como inmenso huracán sobre el frente cristiano.

“La larga línea de los francos no afloja, se mantiene inmóvil como un muro de hierro en el espantoso choque”. Veinte veces cargan los musulmanes con la velocidad del rayo; otras tantas su carga impetuosa se estrella contra la muralla inquebrantable. “Los colosos de Austrasia, erectos en sus grandes caballos belgas, recibían a los árabes sosteniendo la espada de punta, atravesándolos de parte a parte con tremendas estocadas…”

 Abderramán cae exclamando, quizás, como Juliano el Apóstata: “¡Venciste, Galileo!” Tal vez le fue dado ver, antes de presentarse al juicio de Dios, al paladín que hacía estragos en sus filas, dando “martillazos” con el hacha guerrera, salvando la Cristiandad. Era Carlos, de ahora en más “el martillo” („der Hammer“), Karl Martell.

La muerte de aquel cuya invasión era más obra de demonios que de hombres  hace cundir el pánico en los guerreros de Alá. La contienda ha durado una jornada entera. “Mañana se define la batalla”, piensan los cristianos.

“Al despunte del amanecer, los francos ven nuevamente blanquear las tiendas enemigas en el mismo lugar y en el mismo orden que la víspera; ningún movimiento aparecía en el campo árabe. Karle envía batidores. Estos avanzan a través de miles de cuerpos muertos, y entran en las primeras tiendas: están vacías: no quedaba ni un solo hombre con vida en este gran campo”. Los restos arrasados del ejército musulmán habían partido al amparo de las tinieblas abandonando todo (Henri Martin).

“La Cristiandad estaba salvada”, comenta aliviado Theodor Nöldeke. “El Papa y el monje, el príncipe y el campesino, en un éxtasis de agradecida devoción, acuden a las iglesias a darle gracias al  cielo por una victoria que, a pesar de lo que les había costado a los verdaderos servidores de Dios, había infligido un golpe tan señalado a los infieles que su regreso nunca más fue intentado.

“Esta victoria de larga fama, obtenida en el año 732, sembró la consternación a lo largo de todo el mundo musulmán”.

 El Cid dibujo

Los nueve años que le restan de vida a Carlos Martel son el eco de esta jornada, que, al decir de Paul Kirn, fue un  „Wendepunkt“,  un punto de inflexión, un remolino de la historia. Consolidar el reino,  promover las misiones, edificar la civilización cristiana siguió siendo su norte.

Se le objeta al gran guerrero no haber ayudado al Papa cuando le envió una distinguida embajada, con las “llaves de San Pedro”. Y, sobre todo, numerosas violencias contra miembros del Clero, buenos y malos, el apoderamiento de bienes eclesiásticos –que la Iglesia pusiera a su disposición para vencer las fuerzas de la barbarie, de la intriga y del Islam- que entregaba como beneficio a fin de reunir jefes que reclutaran guerreros, sin los cuales la Cristiandad estaba perdida. Sin duda constituyen graves interrogantes.

Pero las misiones fundacionales en el reino franco y Germania, pilares del orden católico europeo,  no habrían tenido el éxito perdurable que tuvieron si no fuese por su amparo.

La Edad Media de los cruzados y Doctores, de las catedrales y los reyes justicieros, y de los inmortales Pontífices como San Gregorio VII y Urbano II, no hubiera visto la luz si no  arriesgara el todo por el todo el legendario “Martillo” en Poitiers.

Con esas reservas, y admiración impregnada de agradecimiento, decimos, con el Cardenal Hergenröther, Godofredo Kurth y otros autores, que este coloso y precursor del Sacro Imperio fue el “campeón invencible de la civilización cristiana”.

Crónica de la batalla de Poitiers, por Henri Martin (hacer click para agrandar) Poitiers

(*) VER NOTAS ANTERIORES EN ESTE MISMO SITIO, haciendo click en el “tag” más abajo: La Civilización Cristiana al vivo o 1200 años de Carlomagno, fundador del Sacro Imperio:

“La hora de la aristocracia”: Héroes y santos fundan la estirpe carolingia

Un linaje que brotó de la resistencia al Islam y el amor ardiente al Papado

 

Bibliografía consultada:

Plinio Corrêa de Oliveira, “Via Crucis”

Del mismo autor: conferencias sobre la sociedad orgánica

            Godofredo Kurth, “Los orígenes de la civilización occidental”, Emecé Editores, Buenos Aires

Frantz Funck-Brentano, “Les Origines”, L’histoire de France racontée à tous, 10ª ed., Hachette, Paris

Henri Pirenne, “Mahoma y Carlomagno”, Ed. Claridad, Buenos Aires, 2013

Grégoire de Tours, “Histoire des Francs”

“Choses de guerre et gens d’épée”

             „Das Frankenreich“, Paul Kirn, t. III, Propyläen Weltgeschichte, Berlín

               “The Arabs in Europe”, Theodor Nöldeke, “The Historians’ History of the World”, t. VIII, “The Times”, Londres

     

 

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