¿Cómo entender la PANDEMIA y el NUEVO ORDEN MUNDIAL? Una visión de conjunto de la actualidad…

Para ver el video haga click en:

https://youtu.be/5x-5okL2xaU

 

Centro Cultural Cruzada (Medellín – Colombia)

 

 

Después del Covid-19: el “Gran reinicio” o la civilización cristiana – Acción Familia (Chile)

¿Cuál es la solución para la crisis del mundo actual? ¿Un Gran Reinicio, siguiendo las añejas y fracasadas fórmulas de la izquierda, o el regreso a una Civilización cristiana?

El año que dejamos atrás marcará la historia no sólo por lo inédito de las situaciones que hemos vivido a nivel social, sino también por el ensayo de un nuevo estilo de vida y de civilización que ha comenzado a dibujarse en el horizonte. Hay quienes incluso han comenzado a hablar en alta voz de un “gran reset”. Esto ya sabemos lo que es: apagar todo y comenzar de nuevo…

Lo que hasta hace poco podía parecer algo de ciencia ficción y relegado a las novelas como la de George Orwell, comienza en nuestro día a día a hacerse una triste realidad: confinamientos, noticias distorsionadas que difunden el pánico, distanciamientos sociales, cambios drásticos en las relaciones humanas, supresión de la vida cultural y social, abandono de la práctica religiosa, desconfianzas, egoísmos no vistos con anterioridad, desempleo, pobreza, pragmatismos radicales, etc., y en el fondo una idolatría de una salud a ultranza, que pasa por encima de todo, y que olvida groseramente que la vida necesita de valores del espíritu para ser realmente digna de ser vivida. Nuestros mayores siempre lo entendieron así…

Los Prelados abandonaron a los fieles cuando más lo necesitaban

Contenidos

Algo mucho más grave entró en escena. Curvándose sin resistencia a todos los gobiernos y yendo mucho más allá de las medidas oficiales, las iglesias se cerraron. En el mundo entero. Y de una sola vez.

Yendo mucho más allá de las medidas oficiales, las iglesias se cerraron en el mundo entero y los Prelados abandonaron a los fieles cuando más lo necesitaban

Este sería el momento adecuado para grandes conversiones, para sermones enardecidos, para las procesiones, para multitud de confesiones, pero fue la ocasión siniestra en la que los fieles pidieron pan, y recibieron la piedra del rechazo. El Santísimo Sacramento y la Confesión, que sin duda habrían sido fuente de innumerables curaciones, les fueron cruelmente negados.

La asistencia a las iglesias y ceremonias de Pascua, y el posterior cumplimiento de la obligación Pascual, fueron negadas a los fieles de todo el mundo. En 2000 años de historia de la Iglesia, Diocleciano, Nerón, la Revolución Francesa, la Revolución Comunista, no consiguieron semejante cosa.

Cabe formular una pregunta: ¿No podría todo esto atraer un castigo aún mayor de Dios, incluidas otras epidemias peores que el Covid-19?

Pánico peor que la enfermedad

Una atenta observación de los hechos permite concluir que los gobiernos han tomado las medidas preventivas, recomendadas por organismos multilaterales contra la pandemia, actuando como si estuvieran regidos por la misma batuta. Y estas medidas se explican mucho más por una remodelación del mundo que por una lucha sensata contra la pandemia.

En ese sentido, Elke van Hoof, profesora de psicología de la salud en la Universidad de Vrije, Bélgica, experta en estrés y trauma, dijo en una entrevista con la BBC:

“Estamos ante el mayor experimento psicológico de la historia”.

El argumento de la experta es muy claro: no tenemos ningún modelo que demuestre la necesidad o utilidad del confinamiento generalizado. Por tanto, lo que se está haciendo es un experimento.

Mucho más rápido de lo que hubiera sido posible por razones económicas, para sentar las bases de un verdadero gobierno mundial el Covid-19 es visto como la oportunidad para una revolución social y económica planetaria.
“Oportunidad que no podemos dejar pasar”

El Foro Económico Mundial tuvo este año como lema “El Gran Reset”. El Príncipe Charles declaró:

“Para asegurar nuestro futuro y prosperar, necesitamos hacer evolucionar nuestro modelo económico”. Según él, debemos avanzar hacia un modelo de subconsumo ecológico. “Simplemente no podemos permitirnos perder más tiempo y tenemos que movilizar a todos los líderes”.

El fundador y presidente del Foro, Klaus Schwab, agregó que el Covid-19 es

“una oportunidad que no podemos dejar pasar”. “Para obtener un mejor resultado, el mundo debe actuar conjuntamente y con rapidez en la renovación de todos los aspectos de nuestras sociedades y economías, desde la educación hasta los contratos sociales y las condiciones laborales. Deben participar todos los países, desde los Estados Unidos hasta China, y deben transformarse todos los sectores, desde el gas y el petróleo hasta el de la tecnología. Dicho de otro modo: nos hace falta un «Gran Reinicio» del capitalismo”, dijo Klaus Schwab.

Necesitamos un gran reinicio (no el que está pensando)

Sin embargo, el anuncio más impresionante ya lo había hecho durante la gripe H1N1 Jacques Attali, asesor de los sucesivos gobiernos franceses y mentor del presidente Emmanuel Macron. Según este socialista, en un futuro próximo habría una pandemia mayor:

“No podemos olvidarnos de aprender las lecciones [de esta crisis], para que antes de la próxima, inevitable, se pongan en marcha mecanismos de prevención, control y logística para la distribución justa de medicamentos y vacunas. Para eso tendremos que establecer una política global, un almacenamiento global y, por tanto, un impuesto global. Entonces llegaremos, mucho más rápido de lo que hubiera sido posible por razones económicas, para sentar las bases de un verdadero gobierno mundial”.

                                                          ***

Hace décadas Plinio Corrêa Oliveira escribió  algo que nos orienta para buscar la verdadera solución.

Los medios términos no son posibles. O volvemos a la Civilización Cristiana, o acabaremos por no tener civilización alguna

“Es una ilusión peligrosa pensar que un hombre o un sistema puedan sacarnos de un día a otro de la crisis en que estamos, y devolver a nuestro mundo su estabilidad y orden. La caída es muy profunda y viene desde muy lejos. No existe camino de salvación a no ser el de las virtudes morales y sociales.

“Pienso que no existe en todo el Antiguo Testamento, principio más íntimamente ligado a nuestras concepciones sobre la civilización en general, y particularmente sobre la Civilización cristiana, que el del salmista: ‘Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los que la edifican’”.

“Escribió Pío XI que la única civilización verdadera, digna de este nombre, es la civilización cristiana.

“Para nosotros, que nacimos en la gloria y santidad de los últimos fulgores de esa civilización, tal verdad es fundamental.

“A medida que la tragedia de este inmenso crepúsculo espiritual y social se va desarrollando ante nuestros ojos desolados, lentamente se va desmoronando la civilización.

“La sociedad de acero y cemento que se va construyendo por todas partes es la sistematización del sumo desorden.

El orden es la disposición de las cosas según su naturaleza y su fin

“Todas las cosas se van disponiendo gradualmente contra su naturaleza y su fin. Existirá quizá en este metálico infierno una organización rígida y feroz, como rígida y feroz es la férrea jerarquía que existe entre los ángeles de la perdición. Durará esta era de acero hasta que las fuerzas de disgregación se tornen tan vehementes, que ni siquiera toleren ya la organización del mal. Será entonces la explosión final.

“No tendremos otro desenlace si continuamos por este camino. Porque para nosotros bautizados, los medios términos no son posibles.

“O volvemos a la Civilización Cristiana, o acabaremos por no tener civilización alguna. Entre la plenitud solar de la Civilización Cristiana y el vacío absoluto de la destrucción total, hay etapas pasajeras: no existen, sin embargo, terrenos donde se pueda construir nada duradero.

“Claro está que no somos fatalistas. Si para el suicida, del puente hasta el río, existe todavía la posibilidad de una contrición, ciertamente también existe posibilidad de arrepentimiento, de enmienda y de resurrección para la humanidad, en el resto de camino que va desde su estado actual hasta su aniquilamiento.

“La Providencia nos acecha en todas las curvas de esta última y más profunda espiral. Se trata, para nosotros, de escuchar con diligencia su voz salvadora.

“Esta voz se hace oír, para nosotros, en la múltiple y terrible lección de los hechos. Todo hoy en día nos habla de disgregación. El castigo divino está humeando en torno de nosotros.

“Estamos en el instante providencial en que, aprovechando este poco de aliento que la paz nos da, podemos instruirnos con el pasado, y considerar la advertencia de este futuro del que nos aproximamos con terror.

“Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. Es este el consejo de la Escritura.

“Abramos, pues, de par en par nuestros corazones a la dura lección de los hechos.

“Es un deber examinar con frialdad, con realismo, con objetividad inexorable el mundo actual; sondear una a una sus llagas, volcar el espíritu a la contemplación de sus desastres y sus dolores. Porque Dios nos habla por la voz de todas estas pruebas. Ser totalmente optimista delante de ellas, es cerrar los oídos a la voz de Dios.

                                             

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R-Cr paso a paso – Blog Aristocracia y Sociedad orgánica

Revolución y Contra-Revolución (26) – Capítulo VII – LA ESENCIA DE LA REVOLUCION – A. Sentido de la palabra «Revolución». B. Revolución cruenta e incruenta – C. La amplitud de esta Revolución – D. La Revolución por excelencia

☝Sentido de la palabra «Revolución»: persigue destruir un poder o un orden legítimo e instalar en su lugar un estado de cosas (intencionalmente no queremos decir orden de cosas) o un poder ilegítimo
👇Las dos guerras mundiales de este siglo, por ejemplo, consideradas en sus consecuencias más profundas, son capítulos de ella, y de los más sangrientos

La nueva «religión abrámica»: Lo que la Revolución pretende abolir es una visión del universo y un modo de ser del hombre, con la intención de substituirlos por otros radicalmente contrarios.

La legislación cada vez más socialista de todos o casi todos los pueblos de hoy constituye un progreso importantísimo e incruento de la Revolución.

Capítulo VII

La esencia de la Revolución

Descripta así rápidamente la crisis del Occidente cristiano, es oportuno analizarla.

  1. La Revolución por excelencia

Ese proceso crítico de que nos venimos ocupando es, ya lo dijimos, una revolución.

A. Sentido de la palabra «Revolución»

Damos a este vocablo el sentido de un movimiento que persigue destruir un poder o un orden legítimo e instalar en su lugar un estado de cosas (intencionalmente no queremos decir orden de cosas) o un poder ilegítimo.

B. Revolución cruenta e incruenta

En este sentido, en rigor, una revolución puede ser incruenta. Esta de que nos ocupamos se desarrolló y continúa desarrollándose por toda suerte de medios, algunos de los cuales cruentos, y otros no. Las dos guerras mundiales de este siglo, por ejemplo, consideradas en sus consecuencias más profundas, son capítulos de ella, y de los más sangrientos. Mientras que la legislación cada vez más socialista de todos o casi todos los pueblos de hoy constituye un progreso importantísimo e incruento de la Revolución.

C. La amplitud de esta Revolución

La Revolución ha derribado muchas veces autoridades legítimas, substituyéndolas por otras sin ningún título de legitimidad. Pero sería errado pensar que ella consiste sólo en esto. Su objetivo principal no es sólo la destrucción de estos o de aquellos derechos de personas o familias. Ella quiere destruir todo un orden de cosas legítimo, y substituirlo por una situación ilegítima. Y «orden de cosas» aún no lo dice todo. Lo que la Revolución pretende abolir es una visión del universo y un modo de ser del hombre, con la intención de substituirlos por otros radicalmente contrarios.

D. La Revolución por excelencia

En este sentido se comprende que esta Revolución no es sólo una revolución, sino que es la Revolución.

Lea las entradas ya publicadas de «Revolución y Contra-Revolución» (R-CR paso a paso) en:

aristocraciacatolica.blogspot.com

 Los destaques en negrita pertenecen a Aristocracia y Sociedad Orgánica

 Fuente: rcr-una-obra-clave.blogspot.com

Descargue gratuitamente libros, artículos y noticias en varios idiomas sobre la obra del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira y las TFPs y entidades afines y co-hermanas en:

www.pliniocorreadeoliveira.info

 

Via Crucis con antorchas en el antiguo Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta (La Rioja) – De Plaza 26 de agosto a la Ermita de la Imagen Peregrina Internacional de N.S. de Fátima  – 

Con devoción y recogimiento se rezó el Via Crucis con antorchas por la recientemente inaugurada Plaza 26 de agosto* (*nombre que evoca la merced de tierras -las «sobras y demasías»- concedidas en nombre del Rey Católico de España e Indias al fiel caballero e hidalgo Pedro Nicolás de Brizuela, en el s. XVII, por su defensa de las ciudades y poblados cristianos de españoles e indígenas del Tucumán).

Partió de la primera estación del via crucis del barrio Chucuma, siguió por la calle principal y culminó en la Ermita de la Sagda. Imagen Peregrina Internacional de Nuestra Señora de Fátima, en la calle que lleva su nombre.

Los promesantes rezaban y cantaban con devoción cantos tradicionales y coplas de pasión al son de la tradicional caja pregonera:

«Vengo mi Rey a adorarte/hasta el árbol de la Cruz/con la Virgen Candelaria/por quien irradias tu luz» 

«De tus llagas luminosas/ brota un torrente rubí / es tu sangre generosa/que has derramado por mí» 

«La luz brilló en las tinieblas/y ellas no la recibieron/los que traman el pecado/mira a tu Dios lo que hicieron»

«Vengo mi Rey a adorarte/en tu doliente Pasión/y espero junto a tu Madre/la luz de Resurrección»

Intenciones: +Por la Santa Iglesia y nuestra Patria + Por la vida y contra el aborto  + Por la formación de nuestros jóvenes de acuerdo a la moral y la ley de Dios, y contra la droga y la inmoralidad  + Para que la Virgen, Salud de los Enfermos, nos libre de la amenaza del Covid  + Por las intenciones de los peregrinos  + Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María prometido en Fátima

Se rezó el inspirado texto de la Vía Sacra del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira⇓

https://nobleza.org/via-crucis-de-n-s-j-c-para-meditar-en-esta-cuaresma/

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Santo Toribio de Mogrovejo, Obispo de Lima e Inquisidor

https://nobleza.org/santo-toribio-de-mogrobejo-obispo-de-lima-e-inquisidor-plinio-correa-de-oliveira/

Santo Padre, gracias por la respuesta al dubium. ¿Hay fecha para las 5 dubia de los Cardenales?

https://nobleza.org/santo-padre-gracias-por-la-respuesta-al-dubium-hay-fecha-para-las-5-dubia-de-los-cardenales/

La Contra-Revolución en Argentina: oposición terminante a la matanza de los inocentes

https://nobleza.org/la-contra-revolucion-argentina-oposicion-terminante-a-la-matanza-de-los-inocentes/

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Por Nelson R. Fragelli

“La vida sobrenatural que la Iglesia comunica a todos los aspectos de la cultura y de la civilización cristiana”. Ese fue el tema de una de las recordadas exposiciones del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira para jóvenes cooperadores de la TFP que colmaron un auditorio en una noche del verano de 1979. “El espíritu humano camina de comparación en comparación” era uno de los axiomas afirmados por el conferencista. Y, para que su tema fuese enteramente claro, comparaba la pujanza católica con el estancamiento pagano. Para eso evocaba Paestum, ciudad de la antigua Magna Grecia, en la costa del Tirreno, en el sur de Italia, que aún hoy conserva imponentes ruinas.
Hasta un espíritu práctico y tecnológico es capaz de impresionarse ante aquellas grandezas pasadas, sugeridas por las ruinas contemplativas. En la armonía, serenidad y proporción de Paestum, aún ellas llegan a encantar, mostrándonos el triunfo de la serenidad. Así son las líneas arquitectónicas, que en los relieves de un monumento trazan al mismo tiempo la fisonomía de su pueblo.
Sin embargo, alcanzado ese auge de belleza, la arquitectura griega se estancó. A los ojos de quien ha visto, admirado y rezado en nuestras catedrales católicas, aquella arquitectura claramente se quedó estancada en el tiempo. La magnificencia griega glorificaba la grandeza humana, mientras que la catedral católica celebra la presencia de Dios entre los hombres. Delante de ellas, aquel esplendor griego se limita a una inmensa caja geométrica sostenida por columnas portentosas.
Sobre Paestum transcurrieron siglos. Roma conquistó Grecia y, a la geometría griega, los romanos le agregaron los arcos, que representan un salto hacia la perfección. Rematando los pilares del templo, los arcos –como brazos que se unen- son acogedores, parecen proteger la reflexión en un abrazo protector. Su sombra abriga y reconforta. Así surgió el estilo romano.
Fue un punto culminante de la belleza arquitectónica, pero también el arte romano de construir se estancó. A lo largo del vasto Imperio Romano ella fue la misma, desde el Coliseo hasta la Porta Nigra en Tréveris, Alemania; y los templos del Norte de Africa son iguales a los de Palestina. La arquitectura romana, perfeccionándose, alcanzó una forma de esplendor pero sin innovar más.
Estilo egipcio, estilos paganos
Ya mucho antes de Roma era posible seguir la evolución de las construcciones del primitivo Egipto hasta las pirámides de Keops, Kefrén y Micerino. Durante milenios los egipcios construyeron. Llegaron a un estilo único, a partir del cual repitieron la forma de su arquitectura agregándole columnas y esfinges. Pero pararon ahí y hoy no se entiende por qué no desarrollaron las mil posibilidades que tenían de perfeccionar su arquitectura. ¿Por qué les faltó fertilidad a los egipcios?
Los ejemplos de la arquitectura pagana nos dan la impresión de pueblos que se asemejan a árboles creados para dar muchas cosechas, y que sin embargo generaron una sola, fijándose en ella. Esos pueblos perdieron la propulsión inicial. Con el transcurso de los milenios, sus magníficos frutos se secaron en el tronco que los generó, antes aún de madurar. Crearon bellezas que alcanzaron un grado de perfección, pero a partir de determinado momento no se movieron más. Se fijaron a la espera de sus propias ruinas.
Al reflejar el movimiento de las almas a lo largo de la historia, el arte arquitectónico revela el caminar de toda la cultura de un pueblo. Su pensamiento y oraciones inspiran formas a sus monumentos.
El historiador norteamericano Henry Osborn Taylor señala bien el progreso del pensamiento religioso en la Cristiandad. El aumento de fervor de los santos a lo largo de los siglos fue compartido por el desarrollo de los estilos románico y gótico, cuya finalidad era la misma de la oración; es decir, elevar el alma a Dios. El gótico es oración expresada, no por medio de la escritura sino de la piedra. “Es verdad que San Agustín tenía un gran amor a Dios. Con gran fervor degustaba ese amor; lo analizaba racionalmente y en ese análisis su propio pensamiento se abrasaba. Sin embargo, su oración no transmitía aún aquella ternura por el Cristo divinamente humano que vibraba en las palabras de San Bernardo y hacía de la vida de San Francisco un poema lírico” (*).
Así, el santo, el poeta y el maestro constructor de unían en el mismo progreso.
En el mundo cristiano, bajo las bendiciones de la Iglesia, el estancamiento pagano no se produjo. Los estilos y su perfeccionamiento a lo largo de los siglos y de las épocas son notables. Estilos se sucedieron a estilos en los pueblos cristianos, y nuestras iglesias presentan imágenes de santos de los más variados siglos, hermanados dentro de la eternidad y hablándole a las multitudes de modo conmovedor.
En el rostro de un mártir de la época de las persecuciones de Diocleciano se refleja la misma luz sobrenatural que, muchos siglos después, rodea la fisonomía severa y suave de San Pío X. Ambas resultan de la movilidad católica, inspiradora de la cultura y la civilización cristianas. La Iglesia tiene vida sobrenatural, y esa vida impulsa su progreso. El estímulo católico viene de la presencia, en su seno, del propio Dios, vivo y verdadero. Mientras haya fidelidad a esa Presencia divina, la Iglesia realizará maravillas en todos los dominios de la actividad humana: “Omnia possum in eo qui me confortat” (“Todo lo puedo en Aquel que me da fuerzas”, Fil. 4, 13).
A la cultura pagana, por el contrario, le falta energía vital. Alcanzado cierto grado de esplendor, al darse la mengua de impulso hacia lo alto, no continúa su marcha ascendente, no acompaña los pasos de la historia.
Estilo románico
El estilo inspirado directamente por la Iglesia en sus primeros tiempos es el románico. Es la continuación del estilo romano, acrecentado por algo nuevo. De él brota un nuevo esplendor pleno de sugestiones, que se realizarían más tarde en una forma de belleza que fue el estilo gótico. El vigor de alma que palpita en el estilo románico presagiaba un esplendor aún más refulgente, y el gótico realizó esa promesa.
A medida que el románico se va desarrollando, sus paredes se van tornando más gruesas, su silueta se vuelve más seria. Se diría que, con su afirmación, las piedras se hacen más duras y él va adquiriendo otra fisonomía. Vista de afuera, la construcción muestra una fisonomía un tanto sombría, pensativa, noblemente amenazadora, pero internamente él se vuelve acogedor y suave.
El aspecto de fortaleza que se observa en la fachada refleja el tiempo de las invasiones bárbaras y sarracenas, además del combate a las herejías. En su interior, entre tanto, se llena de suavidad, protege y abriga al pueblo fiel. Al condensar así en su conjunto la expresión de su vida, la fachada llama a la ardua lucha apostólica, y en el interior la dulzura materna apunta hacia el Cielo. Dos características aparentemente en conflicto – la lucha y la protección afectuosa- se tornan sin embargo armónicas en el regazo de la Santa Iglesia.
Estilo gótico
¿Cómo evolucionó el estilo románico? En determinado momento sus arcos se levantaron, se afilaron, se suavizaron y terminaron en punta rematada por una cruz, transformándose en el arco ojival gótico. Dicho arco se convirtió en moldura de un nuevo elemento, más suave aún y maravilloso: los primeros vitrales. Los Evangelios, los dogmas, la historia sagrada y eclesiástica –todo eso narrado en vidrio multicolor- pasaron a amparar aberturas en la piedra, a través de las cuales llovían luz, colores y milagros sobre los fieles deslumbrados.
Las torres exteriores de las catedrales comenzaron a bordarse de esculturas y de mil ornatos propios del gótico. Comenzaron a aparecer ángeles, profetas, reyes, cortejos de santos, Nuestro Señor Jesucristo, Nuestra Señora, imágenes hasta entonces mostradas tan sólo en el interior del templo hecho para abrigarlas.
A partir de un momento no preciso, los maestros constructores medievales decidieron exponer dichas imágenes fuera de la Iglesia. Y en una piedra opaca en cuanto piedra, pero transparente de espiritualidad, pasaron a actuar como oradores mudos, atrayendo por la expresión de bondad, desafiando incrédulos por su continente hierático y severo, atrayendo por la confesión apostólica. Se decía entonces que “estilos son expresiones de la Fe”; y otra observación igualmente fina y verdadera señalaba al gótico como “la escolástica de piedra”.
Influencia de las Ordenes religiosas
Los estilos acompañaron la santidad de las órdenes religiosas. Las dos grandes órdenes de entonces eran los franciscanos y los dominicos, que habían florecido muy ampliamente. Con ellas, los estilos arquitectónicos se fueron enriqueciendo.
Muchas imágenes tendenciosamente edulcoradas de San Antonio de Padua lo muestran con un brillo “barnizado”, tonsura más propia de un muñeco, jugando con el Niño Dios como si fuesen dos compañeritos de escuela. Pero un renombrado fresco atribuido al Giotto (que vivió poco después que él, al principio del siglo XIV), lo muestra totalmente diferente: enorme, corpulento, calmo, pletórico y predicando –el gran Doctor de la Iglesia y martillo de los herejes. En su fisonomía se siente la espiritualidad que hizo de él una columna de la Iglesia, sobre la cual se puede erguir el firmamento. Esa misma fuerza retratada por Giotto resplandece en el gótico, esbozada a partir de las iglesias románicas. La arquitectura gótica nació y se desarrolló durante la vida de San Antonio.
Renacimiento y Contrarreforma
Al principio del siglo XVI, la gran obra de los franciscanos y dominicos era horriblemente contestada por Lutero y otros cabecillas del “Renacimiento”. Leyendo la historia de aquellos dos santos medievales, y de muchos otros contemporáneos suyos, se puede preguntar si alguno de ellos presagiaba el surgimiento de San Ignacio de Loyola en el siglo XVI. Sin embargo, él fue un perfecto restaurador y continuador de la gran obra de franciscanos y dominicos.
Contra la nefasta obra del protestantismo, de repente surge en el tesoro de maravillas de la Iglesia un San Ignacio de Loyola, garantizando que la obra de sus predecesores pudiera proseguir. El enfrenta al nuevo enemigo para asegurar que el caudal franciscano y dominico siguiera afluyendo. Con ese combate asegura la continuidad apostólica de la Iglesia, sustenta su obra pasada y apunta hacia rumbos nuevos y más altos. Al innovar, entre tanto, se mantiene enteramente solidario con la obra de los dos grandes fundadores medievales, aunque siendo un hombre sumamente diferente de ambos.
¿Diferente? Sí, pues él se santificó alternando su visión del universo: ya miraba hacia el Cielo, ya hacia el infierno. Astuto, desconfiado, brillante de agilidad y destreza, conociendo palmo a palmo todas las dificultades del camino, listo para todas las formas de lucha, desde las más épicas y monumentales hasta las más tremendas zancadillas. Su fisonomía aparenta impasibilidad, pero en él arde el celo por el bien de la Iglesia y de las almas.
Innovación contra la momificación
Parece momificada, por ejemplo, la “iglesia ortodoxa”, rota con la Santa Iglesia y prevaleciente en países orientales. Sus estilos dan la impresión de estar aún en el primer día del cisma griego, parados en el tiempo del heresiarca Miguel Cerulario, con aires de quien acaba de negar la verdad. Los íconos de Nuestro Señor, Nuestra Señora, los Apóstoles y algunos santos, representados en sus templos, toman aires de distancia en relación al pueblo, como si pensaran en temas lejanos que no interesan a los fieles. No se ve allí la presencia del acontecer humano, al contrario de lo que se observa en la Iglesia Católica. Allí no están representados mártires ni doctores, ni lo cotidiano, ni la reminiscencia de la Historia. Sus vitrales son meros juegos de color, no tienen diseño, no narran un hecho. ¿Dónde está el acontecer histórico por el cual los efectos generaban nuevas causas?¿Qué hicieron ellos después del cisma? Se momificaron, en un inmovilismo indiferente al rumbo de la historia.
¿Qué es lo bello?
Imponente es el Paestum, sin duda. Al contemplarlo, se siente una transfusión de grandezas que provienen de él, penetrando el alma por la mirada. Pero su expresión pagana está distante de la suavidad de la iglesia románica. Su inmenso cuerpo pesado parece subyugar, mientras que la iglesia románica protege, y así aproxima el alma de la intimidad que Alguien que nadie ve ni palpa pero que todos sienten, y ante el Cual todos se arrodillan. Al arrodillarse, cada cristiano se siente en la palma de la mano de Dios… Siente “aquella ternura por el Cristo divinamente humano que vibraba en las palabras de San Bernardo”.
Al percibir aquella mano fuerte que a todos une, el pueblo católico se siente participante de un todo, protegido por Aquel que se inmoló en el Calvario por todos nosotros. Las paredes gruesas resguardan y protegen, mientras que la luz tamizada de los vitrales ilumina el espíritu. A todos una Providencia divina circunscribe, ampara, une y acaricia.
Esta es la fuente del impulso perennemente innovador de la Santa Iglesia, la Causa que modeló la Cristiandad. De una encantadora aldea del Tirol hasta las chozas indígenas catequizadas por el gran apóstol San José de Anchieta, o la colonia de pescadores bretones al pie de la Abadía del Mont St. Michel, basta un poco de atención para constatar esta innovadora asistencia divina.
¿Es eso lo bello? ¿Dónde está la belleza? Está en el acto de ofrecer a Dios las conquistas humanas, por medio de los elementos creados en este mundo. Pues sólo Dios es la propia Belleza.
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Nota: “La mentalidad medieval: historia del desarrollo del pensamiento y la emoción en la Edad Media” (1919), ap. “Return to Order”, John Horvath II, York Press (2013)

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Agradecemos a la Revista de cultura «Catolicismo» (Brasil) la gentileza de permitirnos reproducir este artículo publicado en el  Nº 844, Abril/2021.

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Apéndice I de «Nobleza y élites» – En el Brasil colonial, Imperial y en la República… (5ta. nota)

  1. Centralización del poder y reducción de los privilegios de la “Nobleza de la Tierra”

 

a) La ofensiva de los legistas y la pérdida de autonomía de los municipios

Ahora bien, toda esa estructura formada en Brasil en buena parte de modo consuetudinario, pero vista con agrado por la Corona portuguesa, pasó a sufrir hacia el final del siglo XVII una fuerte ofensiva venida de fuera de la Colonia que le pondría en un gradual ocaso:

“Se repite en América la evolución administrativa y política de la Metrópoli. A la fase marcial de los Capitanes Generales, de los Capitanes Mayores arbitrarios le sucede, civil y letrada, la del «Juiz de For  [el juez nombrado por la Corona Portuguesa para actuar en los locales que no tenían juez propio] y del Corregidor. Es el «Bacharel» (Bachiller) que viene (o vuelve) de Coimbra con la preeminencia que tenía en el reino, transponiendo su jurisdicción los límites del foro para abarcar el orden del gobierno municipal. (…) Disuelve los privilegios residuales de la Nobleza, es decir, de los potentados locales, como otrora en Portugal, los corregidores de Don Juan II habían dominado las resistencias de los grandes titulares con el ejercicio inflexible de su magistratura.”

«Ese ‘Juiz de Fora’ es, en fin, el legista. (…) No es únicamente (nótese bien) un agente de aquel Derecho dogmático: es principalmente un funcionario de la unificación del Estado.

“La tendencia centralizadora y paternalista de la Monarquía comienza por la intervención en las cámaras.”[92]

b) El reflujo de la “Nobleza de la tierra”: de las ciudades a sus haciendas

No es difícil imaginar que a lo largo de su proceso de desarrollo —que daba lugar a la construcción de iglesias, a menudo de delicado valor artístico, de imponentes edificaciones al servicio del poder público como los Palacios Municipales, y de residencias de lujo— fuesen haciéndose los principales centros urbanos cada vez más atrayentes para las familias de los “hombres buenos” y de la “Nobleza de la tierra”, pues la convergencia de éstas hacia dichos centros, los pasatiempos familiares y las pompas religiosas, frecuentemente revestidas de esplendor, favorecían las relaciones sociales entre personas de la misma categoría, y dichas relaciones, a su vez, creaban ambiente para noviazgos y matrimonios.

Sin embargo, la influencia de los legistas había puesto frecuentemente al margen de la vida política de los municipios a la “Nobleza de la tierra” y “hombres buenos” que anteriormente hacían funcionar dichos gobiernos, dotados con una amplia gama de autonomía. Tendieron éstos entonces a refluir de las ciudades hacia sus haciendas, en las cuales quedaba un campo ilimitadamente extenso para intensificar las actividades agrícolas y ganaderas.

Esta existencia tranquila y digna no estaba desprovista de considerables méritos para el bien común. Explica Oliveira Vianna: “Alejada de los cargos superiores del gobierno colonial, la Nobleza territorial se vuelve modestamente a la penumbra rural, y pastorea el ganado, fabrica azúcar, busca oro y de esta suerte va poblando y cultivando cada vez más el interior con sus extensas talas y la multiplicación de sus cabañas.” [93]

Las élites rurales aumentaban así sus respectivos patrimonios, y quedaban capacitadas para alardear un lujo aún mayor, no tanto en la aislada y poco pretenciosa vida cotidiana de las Casas-grandes, como en las ocasiones en que todos los componentes de la clase alta se encontraban en la ciudad.

Así, por lo menos durante un cierto tiempo, lo que perdió la clase aristocrática en poder político, lo recuperó en prestigio social.

Solemne desembarco de la Archiduquesa Dña. Leopoldina de Habsburgo Lorena, esposa del Príncipe Real D. Pedro, futuro Emperador de Brasil, en Río de Janeiro, el 6 de noviembre de 1817.

Ceremonia de la coronación de D. Pedro I como Emperador de Brasil, el 1 de diciembre de 1822. Grabado de Débret.

c) Decae la influencia aristocrática

Pero es necesario no alimentar ilusiones en ese sentido. Lejos del litoral —donde llegaban, traídas por el comercio, las más recientes mercancías inspiradas en las modas que se iban sucediendo en Europa, bien como mobiliario y objetos de uso personal más aggiornati— la vida y los modos de ser de la “Nobleza de la tierra” se iban estancando. Durante ese estancamiento, como era inevitable, dicha clase se hacía más sensible a la asimilación de costumbres y modos de ser locales; en una palabra, rasgos de aldeanismo se mezclaban con la fisonomía aristocrática de esas élites del interior.

Es también Oliveira Vianna quien apunta el dilema de nuestras élites de la “Nobleza de la tierra”: “U optan por el campo, donde están sus intereses principales, o por la ciudad, centro tan solo de recreo y disipación. Con el correr del tiempo, acaban eligiendo el campo, como es natural, y poco a poco se recogen en la obscuridad y silencio de la vida rural.

“De ese retroceso, de esa retirada, de esa especie de trashumancia de la Nobleza colonial hacia el interior, nos da un expresivo testimonio el Conde de Cunha, nuestro primer Virrey. En una carta que dirige en 1767 al Monarca dice: (…)

“‘Estas personas, que eran las que tenían con que lucir y figurar en la ciudad y las que la ennoblecían, están presentemente dispersas por los más remotos distritos, y a gran distancia las unas de las otras, sin tratar con nadie, y muchas de ellas se casan mal, y algunas dejando sólo hijos naturales y pardos, que son sus herederos.’” [94]

Y añade el mismo autor: “Nuestra Nobleza territorial se presenta durante el siglo IV perfectamente rural casi en su totalidad, por los hábitos, por las costumbres y, principalmente, por el espíritu y por el carácter. De las tradiciones de la antigua Nobleza peninsular nada les queda sino el culto caballeresco de la familia y del honor.” [95]

  1. La mudanza de la Corte portuguesa al Brasil

Este periodo de bucólica tranquilidad cesó por un inesperado efecto de las grandes guerras y revoluciones que sacudían a Europa desde hacía ya veinte años: la llegada a nuestra tierra de D. Juan, Príncipe Regente de Portugal, que usaba acumulativamente el título de Príncipe de Brasil, pues era heredero del Trono lusitano y ejercía todos los poderes de Monarca, ante el estado de demencia en que cayó su madre, la Reina D-María I.

Oliveira Vianna describe este acontecimiento: “Ese gran accidente histórico marca, en efecto, una época decisiva, de considerable transformación en la vida social y política de nuestra nobleza territorial.

“Realmente, de Minas, de São Paulo, del interior del estado de Río, nuestro lucido patriciado rural inicia, desde esa época, su movimiento de descenso hacia el centro carioca, donde se halla la cabeza del nuevo Imperio. Sus mejores elementos, la flor de su aristocracia, comienzan a frecuentar ese Versalles tropical que se localiza en San Cristóbal.” [96]

En Río de Janeiro encuentran “por un lado, una burguesía recién nacida formada por mercaderes enriquecidos con la intensificación del comercio derivada de la ley de apertura de los puertos; por otro, una multitud aristocrática de hidalgos lusitanos que vino junto con el Rey.” [97]

No es de extrañar que en este encuentro entre elementos heterogéneos se produjeran fuertes conflictos. En ese sentido observa también Oliveira Vianna: “Junto al Rey, en las intimidades de la Corte, se enfrentan, inconfundibles y hostiles, esas tres clases: los Nobles de la tierra, opulentos en ingenios y haciendas, con su histórico desdén por los peones y mercaderes; los mercaderes, conscientes de su fuerza y riqueza, ofendidos por ese desdén ofensivo; los lusitanos emigrados, con la prosapia de sus linajes hidalgos y el tono impertinente de personas civilizadas que pasean en tierra de bárbaros.” [98]

Para terminar la historia de la “Nobleza de la tierra” en el periodo colonial se puede afirmar con Oliveira Vianna: “Como se ve, en la vida pública, en la vida privada, en la vida administrativa, estas organizaciones parentales —poderosamente apoyadas sobre la masa de sus clanes feudales— atraviesan los tres siglos coloniales ostentando su prestigio y poder.” [99]

  1. Los Títulos de Nobleza del Imperio

¿Qué reflejo tuvo sobre la “Nobleza de la tierra” la creación de los Títulos de Nobleza del Imperio?

Poca; casi se diría que ninguna.

La Constitución imperial brasileña de 1824 no reconocía privilegios de nacimiento: “Quedan abolidos todos los privilegios que no sean juzgados como esencial y enteramente vinculados a los cargos por utilidad pública.”[100]

Esta disposición de nuestra primera Constitución Imperial traía por consecuencia que no fuera reconocida la herencia de los Títulos de Nobleza otorgados por el Emperador. Reflejaba dicha disposición la influencia del individualismo y del liberalismo que sopló a lo largo de todo el siglo XIX tanto en Europa como en América, y que aún se muestra presente en muchas de las actuales instituciones, leyes y costumbres.

Se tenía la idea de que el Título de Nobleza sólo sería compatible con el progreso de aquellos tiempos si premiara méritos individuales. Los de los antepasados no debían de ningún modo beneficiar a sus respectivos descendientes. De ahí provenía la no herencia de los títulos.

Al ser un mero premio, el Título de Nobleza no podía conferir jurisdicción específica sobre ninguna parte del territorio nacional y menos aún sobre las tierras de las cuales el agraciado fuese propietario. La escrupulosa disociación entre propiedad privada y poder político era considerada condición esencial para que un régimen actualizado con los principios de la Revolución Francesa no se confundiese con el feudalismo, contra el cual aún hacían campaña las facciones liberales.

El gobierno de los municipios constituía un privilegio de la aristocracia rural. Cámara Municipal de Ouro Preto, Minas Gerais, Brasil.

Es concluyente en ese sentido el testimonio de Oliveira Lima: “El propio Imperio brasileño fue democrático no solo en el rótulo. Tanto es así que al organizar su Nobleza, no la hizo hereditaria, condición de perpetuidad. La Constitución monárquica de 1824 no reconoce privilegios de nacimiento; la aristocracia que entonces se formó era galardonada por sus méritos y servicios personales, y parte de la misma era también representativa de la riqueza, que es uno de los puntales del Estado y campo en el que caben las actividades individuales.” [101]

Entre la Nobleza titulada del Imperio se encuentran casos en los que padre e hijo recibían el mismo Título; o a veces el Título tenía una denominación diferente, aunque se refiriera al mismo toponímico o apellido. Eso no significaba, sin embargo, que éste fuera hereditario sino que había sido conferido con carácter personal a padre e hijo como recompensa a los méritos individuales de cada uno.

En ese caso se encuentran, por ejemplo, el Vizconde de Rio Branco, Primer Ministro del Imperio en 1871 y su hijo, el célebre Barón de Rio Branco, diplomático de consumado valor que se destacó especialmente por la elaboración de los necesarios tratados para establecer con precisión las fronteras entre Brasil y sus numerosos vecinos.

El Barón de Rio Branco actuó como Ministro de Asuntos Exteriores del régimen republicano durante la primera década de este siglo, pero antes aún de que cayera la Monarquía el Emperador le concedió el título de Barón “do Rio Branco”, sin duda por complacer a su padre.

Por otro lado, cuando el Título estaba relacionado con un determinado lugar (Vizconde de Ouro Preto, Marqués de Paranaguá), los descendientes de un cierto número de titulados del Imperio adoptaron, en lugar de su apellido, el nombre del lugar con el que el Título estaba relacionado (de Ouro Preto, de Paranaguá) sin usar el Título propiamente dicho. Este procedimiento, que tal vez no fuera estrictamente legal, tampoco suponía la hereditariedad del Título.

Es evidente que un Título concedido únicamente al agraciado, con exclusión de su descendencia, no podía dar origen a una clase social en el sentido estricto de la palabra, pues esta última sólo tiene condiciones normales de existencia cuando está constituida por familias y no por meros individuos.

Así pues, como se ha dicho anteriormente, era casi nula la repercusión de estos títulos sobre la “Nobleza de la tierra”. Cuando se confería a un “Noble de la tierra” un Título de Nobleza del Imperio, tan vacío de contenido histórico, no tenía éste mucho mayor alcance que el de una mera condecoración. Podía realzar al agraciado dentro de su clase, pero este efecto era mucho menos fuerte que los derivados de la concesión del Título de Señor de la tierra por los Reyes de Portugal. Esto ocurrió en mayor medida con los Emperadores D. Pedro I y D. Pedro II que no se limitaron a conferir Títulos de Nobleza a los señores de la tierra, sino a brasileños de cualquier nivel social, siempre que los considerasen merecedores de dicha distinción por los servicios prestados al país.

(Sigue en el próximo Boletín Nobleza, en la 6a. nota «La Monarquía parlamentaria y la “Nobleza de la tierra»»)

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Antoinette de Pons, Marquesa de Guercheville, retrato de Franc,ois Quesnel (Wikipedia)

 

Castillos…

Châteaux  soñados, como sus nombres: de La Rochepot,   du Plessis-Bourré, de Boissy–le-Sec,   de Pontchartrain. Se diría que no son de este mundo, que pertenecen al reino de lo irreal… Que a cualquier momento podría salir de ellos un Du Guesclin o un d’Artagnan de larga espada y caballo naranjado a correr aventuras hacia el horizonte de la bravura, del rechinar del acero, de la elegancia viril. Sin embargo ahí están, existieron y existen. Cada uno poblado de historias, de guerras por altas causas como las esencias del Reino cristianísimo, sus reyes, que llegaron a ser comparados con el sol, sus dramas y sus promesas…Y, más hacia lo alto aún, su amistad con el Rey de Reyes, que mandaba a Santa Margarita María de Alacoque decirle «a Su amigo el Rey» (Luis XIV), que haría triunfar sus ejércitos si bordara en sus pendones el Sagrado Corazón y se hiciera campeón de la civilización cristiana… en tiempos en que los fermentos protestantes desarrollados por Rousseau y Voltaire amenazaban con una tremenda catástrofe que llegaría, exactamente 100 años después de este recado divino.

Novelistas, filósofos impíos y periodistas  buscadores de mezquinas popularidades se dedicaron a divulgar y exagerar las flaquezas y caídas de esos príncipes y a ocultar sus virtudes. Y si podían denigrar la reputación de las señoras nobles, se complacían en esa labor córvida. Pero si hay parte de cierto en ese relato -Pío XII habló de la decadencia de la sociedad francesa pre-revolucionaria, como consta en este sitio, en Nobleza y élites– …la historia conserva otros recuerdos.

Contaremos uno de ellos. Eran los tiempos de Enrique de Borbón, el jefe del partido calvinista a quien el pueblo de París no entregaría la capital si no abrazara la  Fe de su antepasado San Luis, lo cual debió aceptar, pudiendo así casarse con la hermana del Rey Enrique III, Margarita de Valois.

Muerto su real cuñado y asesinado el jefe del partido católico, el Duque de Guisa, descendiente de Carlomagno que contrariaba las tramas de la Revolución gnóstica e igualitaria, Enrique de Navarra va a misa y se convierte en el «Rey Cristianísimo» Enrique IV. Era conocida su tendencia mujeriega. Su «ojo alegre» se había fijado en una agraciada noble viuda, Antoinette de Pons, Marquesa de Gercheville (ver retrato encima). Enrique era temoso. Al no ser correspondido, organizó una cacería que, «con toda casualidad…», pasaría a horas incómodas por el castillo de la marquesa. El rey manda preguntarle si, ante el inconveniente, la Señora aceptaría  que sea su huésped. Ella manda contestarle que su pedido la honraba, y que el rey sería recibido como debía serlo.

Enseguida el castillo se ilumina; una magnífica comida se prepara para el real huésped. La marquesa se presenta, admirable de atractivos y de elegante aspecto, a recibir al rey, que sueña que se cumplirán sus torvos designios.

Tan luego lo conduce hasta la puerta de su apartamento , ella se retira y pide en voz alta su carruaje. Enrique baja todo confundido y le dice: -Cómo, señora,  os estaré sacando yo de vuestra casa?!

-Sire (Señor), le contesta ella  en tono firme, un rey debe mandar donde se encuentre. En cuanto a mí, estoy muy conforme de conservar algún poder en los lugares donde me encuentro. Y, sin decir ni escuchar más nada, va a pasar la noche en lo de una amiga, a dos leguas de allí. Señoras, damas de la Cristiandad…, dignas de ese nombre.

Más tarde, en otras circunstancias,  -después del casamiento de la noble viuda con el Duque de Plessis-Liancourt-, el rey intentará  otra vez  atraer a la marquesa, sin lograrlo. Vencido por tanta firmeza, virtud católica y señorío, le encomendará el honor de ir a Marsella a recibir a la nueva reina de Francia, María de Médicis (*).

Un ejemplo de la madera de que estaban hechas esas grandes señoras del Antiguo Régimen, cuyos castillos serían refugio y semillero de la Chouannerie. Y que aquí, en América, serían «grandes honrradoras» de los hidalgos y protectoras -como Isabel la Católica- de sus infortunadas huérfanas y de otras niñas nobles de quienes descienden muchas familias tradicionales de este «continente de la esperanza».

 

(*) Nota: datos históricos y biográficos tomados de la publicación online «La France Pittoresque»

 

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Un aspecto poco conocido de la personalidad de la Santísima Virgen es la elevación insondable de su pensamiento y de su contemplación.

San Juan Eudes recuerda que en el principio existían las tres personas de la Santísima Trinidad, pero no la naturaleza humana de Nuestro Señor Jesucristo.

Nuestra Señora estudiaba las Sagradas Escrituras para saber como sería el Mesías, pues deseaba ardientemente que el Mesías viniese pronto. Así, Ella llegó a imaginar como sería Nuestro Señor y, en el momento en que ella lo concibió por la inteligencia, por el amor, y tuvo el deseo de ser la esclava de quien fuese su Madre, en ese momento el Angel Gabriel la invitó para serlo.

Explica entonces San Juan Eudes, que Ella fue dos veces Madre de Nuestro Señor Jesucristo: en primer lugar, madre porque Ella lo concibió, por la inteligencia y por el amor como El debería ser; en segundo lugar, Madre porque lo engendró en su seno virginal.

El Evangelio de San Lucas nos relata la embajada del Angel Gabriel a la Santísima Virgen, de cuyo “Sí” dependió nuestra Redención. A la luz de las consideraciones de San Juan Eudes toman un nuevo aspecto.

“Estando ya Isabel en su sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a Nazaret, ciudad de Galilea, a una virgen desposada con cierto varón de la casa de David, llamado José; y el nombre de la virgen era María.

“Y habiendo entrado el ángel a donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, ¡oh llena de gracia!, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres.

“Al oír tales palabras la Virgen se turbó, y se puso a considerar qué significaría tal saludo.

“Mas el ángel le dijo: ¡Oh María!, no temas, porque has hallado gracia en los ojos de Dios.

“Sábete que has de concebir en tu seno, y tendrás un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús .

“Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, al cual el Señor Dios dará el trono de su padre David, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin.

“Pero María dijo al ángel: ¿Cómo será eso, pues yo no conozco varón alguno? El ángel en respuesta le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, por esta causa el fruto santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios.

“Y ahí tienes a tu parienta Isabel, que en su vejez ha concebido también un hijo; y la que se llamaba estéril, hoy cuenta ya el sexto mes; porque para Dios nada es imposible.

“Entonces dijo María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y en seguida el ángel desapareciendo se retiró de su presencia”. (San Lucas, 26,38)

Fuente: Acción Familia – Chile

Nota: este artículo fue publicado por primera vez en Nobleza.org el 25 de marzo de 2017

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Santo Toríbio de Mogrovejo, Obispo e Inquisidor de Lima –  «Santo del Día»*            Plinio Corrêa de Oliveira

 

Santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de Lima

(*Conferencia en estilo coloquial para sus discípulos más jóvenes de la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad – TFP- 22 de marzo de 1966 –  Ver aviso al pie ) 

Mañana es la fiesta de Santo Toríbio de Mogrovejo.

(Ficha biográfica) “Santo Toribio nació en 1538 en Mallorca, España, de noble familia. Desde su infancia mostró inclinación por la virtud y extremado horror al pecado, junto a una gran devoción a la Santísima Virgen. Recitaba diariamente su Oficio y el Rosario, y los sábados ayunaba en su honor. 

“Inclinado a los estudios, los cursó en Valladolid y Salamanca. Felipe II tuvo ocasión de conocerlo y, al notar sus cualidades, lo nombró primer magistrado de Granada y Presidente del Tribunal de la Inquisición de esa ciudad, cargo que ejerció excepcionalmente durante cinco años. Encontrándose vacante la sede episcopal de Lima, en el Perú, el soberano lo convocó para dicho cargo a pesar de sus vehementes protestas. Fue ordenado sacerdote y Obispo, y asumió esa dignidad a los 43 años de edad.

“Su diócesis era inmensa y las costumbres de los españoles y de otros conquistadores, junto a  las del Clero, dejaban mucho que desear.

“Junto a las del Clero”…, se entiende lo que quiere decir, ¿no es cierto? Es: “como las del Clero”.

“Los salvajes, a su vez, estaban abandonados o eran perseguidos. Santo Toribio no se dejó desanimar por eso; decidió aplicar las decisiones del Concilio de Trento para reformar la región.

“Dotado de excepcional prudencia y de un celo activo y vigoroso, comenzó por la reforma del Clero, siendo inflexible frente ante cualquier escándalo que de ello adviniese. Se tornó un azote de los pecadores públicos y un protector de los oprimidos; por lo que fue duramente perseguido.

 “Como algunos cristianos le daban a la Ley de Dios una interpretación que favorecía las tendencias desordenadas de la naturaleza, les mostró que Cristo era la Verdad y no una costumbre, y que en Su Tribunal nuestros actos serían pesados no por la falsa balanza del mundo sino por la balanza del Santuario

– Linda expresión, ¿no es cierto?

 “Nuestro santo logró lo que quería y se volvió a la práctica de las máximas evangélicas con enorme fervor, sobre todo con la llegada del virtuoso Virrey Don Francisco de Toledo.

“Infatigable por la salvación de la menor de las almas de su rebaño, no ahorraba trabajo alguno. Protegió a los indios llegando a aprender, en edad avanzada, varios de sus dialectos para poderles enseñar el catecismo. Toda esa actividad era iluminada por una intensa piedad. Misa, larga meditación diaria, largas horas de oración y severas penitencias. Su oración era continua, pues la gloria de Dios era el fin de todas sus palabras y acciones.

Santo Toribio cayó enfermo en Santa, ciudad distante de Lima. Previó su muerte y distribuyó sus bienes a sus criados y a los pobres. Repitiendo sin cesar las palabras de San Pablo, “deseo ser liberado de los lazos de mi cuerpo para unirme a Cristo”. Murió diciendo como el profeta: “Señor , en tus manos encomiendo mi espíritu”. Era el 23 de marzo de 1606 cuando expiró el gran apóstol del Perú”.

Es una biografía tan linda que casi no da ganas de hacer comentarios. En todo caso, tomemos algunos aspectos de este asunto para considerarlos. Pero, después, pasemos un poco a considerar las cosas de ese tiempo.

Ese hombre tan piadoso es notado por el Rey Felipe II y , luego, lo llama al Poder Judicial.

Imaginen que alguien cuente algo como esto: “El Presidente X, de tal país, estuvo en tal lugar y oyó hablar de un hombre muy religioso, que ayunaba, que todos los sábados hacía penitencia y rezaba el Oficio Parvo. Cuando el Presidente oyó hablar de eso (exclamó): “¡Oh! ¡Aquí está el magistrado!” ¿Uds. lo creerían?

 

Felipe II por Alonso Sánchez Coello (1557)  – Kunsthistorisches Museum, Viena (Austria)

Si algo así se publicara, nadie lo creería, porque todo el mundo sabe que ningún Jefe de Estado contemporáneo selecciona a los hombres verdaderamente piadosos, verdaderamente religiosos.

Ahora…, ¡maravilla de las maravillas! El encontró un hombre piadoso, pero no de una piedad sentimental –calidad que no se le puede negar en modo alguno; viendo a ese tan buen hombre, lo llamó… a la Inquisición. Y hete aquí, entonces, a nuestro hombre transformado en inquisidor. Y este hombre sale de las sombras del santuario, de las suavidades de su piedad, para ser inquisidor, y ejerce tan bien su cargo que después es nombrado Obispo del Perú.

Vemos cómo eso significa, a la postre, toda una atmósfera, toda una época en que la virtud era buscada, recompensada, considerada un instrumento para el buen andar del gobierno de un reino. Y vemos el pensamiento de Felipe II enviando al Perú a un hombre como éste. O sea, comprendiendo muy bien toda la corrupción a la que una nación colonial estaba sujeta, con la presencia de la élite en España o en Portugal, y la venida del resto de las respectivas sociedades a la América del Sur. De ahí su preocupación en tomar un hombre eminente de esos para implantar el reino de Cristo en el Perú, para consolidar los fundamentos del reino de Cristo en el Perú. Pueden notar mejor, entonces, cómo había un verdadero celo por parte de Felipe II en la propagación de la Fe.

Hay unos “patoteros” por ahí que dicen que a España y Portugal, cuando hicieron el Descubrimiento, sólo les interesaba el dinero. ¿Qué ganaba monetariamente Felipe II en implantar, en mandar un hombre de un tal valor al Perú, para hacer reformas de carácter espiritual? ¡Nada!

 

 

Don Francisco de Toledo, Conde de Oropesa y Virrey del Perú

Ese hombre empieza a actuar, ese hombre se transforma allí en el azote, porque es un santo auténtico, que sabe azotar. Se transforma en el azote de los malos sacerdotes, reforma el Clero, etc., pero su acción se ve prestigiada por otro hombre de altas virtudes que Felipe II manda para el cargo de Virrey del Perú, y que es Don Francisco de Toledo. 

¡Cómo hemos bajado!¡Cómo hemos caído! ¡Cómo nos encontramos en un estado de cosas tan tremendo que nuestra tentación es tomarlo encima con naturalidad! A veces se dice, de ciertos habitantes primitivos del litoral, que son tan decadentes que la vida que llevan hasta les parece natural. Nosotros, los hombres del siglo XX, espiritualmente somos primitivos. Estamos en una decadencia tal que nos parece natural que haya ciertas “figuras” por ahí, gobernando, mandando, hablando, dirigiendo, etc.

No comprendemos el fondo del abismo en el que estamos, dado que lo normal es eso: que un Obispo sea como Santo Toribio de Mogrovejo. ¡Eso es lo normal! Normal es que el poder político le sea entregado a un rey o a un virrey virtuoso; no a ciertos hombres que vemos por ahí. Hasta hemos perdido esa noción…, esos padrones se echaron a perder…

Entonces, ¿qué debemos pedirle mañana a Santo Toribio de Mogrovejo?

Debemos pedirle que nos obtenga la gracia de luchar para que cese ese estado de impiedad en que la normalidad parece un cuento de hadas, un cuento de Caperucita, y este horror que existe por ahí es lo que parece lo normal. Y debemos pedirle a ese santo inquisidor la derrota del estado de cosas revolucionario y el triunfo de la Contra-Revolución, a él que como inquisidor tanto luchó por la Contra-Revolución. De lo alto de los cielos, por cierto, él oirá con benignidad y con alegría nuestra oración.

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A título ilustrativo de las dificultades por las que pasaban entonces los misioneros de Cristo transcribimos una

 

 

Carta de Santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de Lima (1579-1606), dirigida a S.M. Felipe III, Rey de España e Indias, referida a la Visita que hizo el Santo a Yauyos, fechada el 18 de abril de 1603:

“Aviendo pasado algún tiempo en la ciudad de los Reyes y celebrado synodo diocesano y acudido (…) en prosecución de la Visita de la Prov. de los Yauyos (…) / catorce años que no havia ydo a confirmar a aquella gente en razón de tener otras partes remotas a que acudir (…) donde ningún prelado ni visitador ni corregidor jamás avía entrado, por los ásperos caminos y ríos que hay y aviendome determinado de entrar (…) en grandes peligros y trabajos / y en ocasión que pensé se me quebraba una pierna de una cayda sino fuera Dios servido de que yendose a despeñar una mula en una questa / a donde estava un río / se atravesara la mula en un palo de una bara de medir de largo (…) de una silla donde me cogió la pierna entre ella y el palo / aviendo jaládome la mula asia abajo y socorridome mis criados (…) / la fuerza para sacar la pierna apartando la mula del palo fue rodando por la questa abajo asia el río / y si aquel palo no estuviera allí entiendo se hiciera veynte pedazos la mula / y anduve aquella jornada mucho tiempo a pie con la familia / y lo di todo por bien empleado por haver llegado a aquella tierra y consolado a los indios y confirmádolos / y el sacerdote que iba conmigo casándolos y baptizadolos / que son cinco o seis pueblos dellos / tiénelos a su cargo un sacerdote que por tener otra doctrina no puede acudir allí sino es muy de tarde en tarde y a pie por caminos que parecen subir a las nubes y bajar al profundo (…)

 

 

AVISO 

El presente texto fue dado en conferencia , en estilo coloquial, por el autor y no ha sido revisado por él. Si el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, le agradaría que hagamos constar que, si por inadvertencia hubiese algo en el texto que no estuviera de acuerdo con la enseñanza tradicional de la Iglesia, como católico apostólico romano lo rechaza categóricamente

fuente: www.pliniocorreadeoliveira.info

Agradecemos al sitio pliniocorreadeoliveira.info y  al blog «Aristocracia y Sociedad Orgánica» este valioso material

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Santo Padre: ¡Gracias por la respuesta al dubium!
¿Hay fecha para las 5 dubia de los Cardenales?

José Antonio Ureta

Poco más de un mes después del escándalo de Ushuaia, que indirectamente salpicaba al Papa Francisco, la Congregación para la Doctrina de la Fe declaró ilícitas las ceremonias de bendición de uniones homosexuales. Y lo hizo bajo la forma de respuesta a un dubium.

Como destaqué en un anterior artículo (“Con la palabra, el Papa Francisco”) (*), las circunstancias gravísimas del caso obligaban al Papa a intervenir, so pena de que su silencio se interpretase como aprobación: se trataba de un caso en el país natal del pontífice; los “beneficiarios” fueron dos secretarios del gobierno local, uno de los cuales es trans; estaban presentes el gobernador actual y la ex-gobernadora que realizó el primer “casamiento” homosexual de América Latina; la parroquia es central en la ciudad y el celebrante fue un salesiano, la congregación más importante de toda la Patagonia; y, lo peor, la pareja declaró que el párroco había informado al obispo, lo que éste desmintió sólo a medias.

Francisco no quiso intervenir personalmente, sino a través de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero, en un documento que le fue presentado oficialmente en audiencia y que él aprobó. En lo esencial, declara que “no es lícito impartir una bendición a relaciones, o a parejas incluso estables, que implican una praxis sexual fuera del matrimonio (es decir, fuera de la unión indisoluble de un hombre y una mujer abierta, por sí misma, a la transmisión de la vida), como es el caso de las uniones entre personas del mismo sexo”.

Respondiendo al dubium: “¿La Iglesia dispone del poder para impartir la bendición a uniones de personas del mismo sexo?”, el Cardenal Luis Ladaria, Prefecto de la CDF, explica que, para que una relación humana pueda ser objeto de una bendición, es necesario “que aquello que se bendice esté objetiva y positivamente ordenado a recibir y expresar la gracia, en función de los designios de Dios inscriptos en la Creación y revelados plenamente por Cristo Señor”. Lo que, evidentemente, no sucede en las uniones homosexuales.

Además, agrega la declaración, una tal bendición es también ilícita “en cuanto sería en cierto modo una imitación o una analogía con la bendición nupcial”, siendo que “no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia”.

Nos alegramos de que la Santa Sede haya finalmente hecho oír su voz en rápida reacción a lo sucedido el 6 de febrero en la Patagonia argentina y, más aún, para refutar a los altos prelados que se han pronunciado en favor de la celebración de tales ceremonias, las cuales manifiestan la intención clara “de aprobar y fomentar una praxis de vida que no puede ser reconocida como objetivamente ordenada a los designios revelados por Dios”.

Lamentamos, sin embargo, que el documento omita decir que las uniones estables de homosexuales son más graves y pecaminosas que aquellas esporádicas –porque endurecen al pecador en su vicio y lo llevan a la impenitencia–  y que insinúe lo contrario al tejer elogios a “la presencia en tales relaciones de elementos positivos, que en sí mismos son de apreciar y de valorar”.

Si nos alegramos de que la respuesta al dubium reitere una verdad tan evidente como aquella de que la Iglesia “no bendice ni puede bendecir el pecado” (¡no faltaba más!), quedamos un poco decepcionados por la ausencia de un agravante: que se trata de relaciones que constituyen una “depravación grave” y uno de aquellos pecados que “claman al Cielo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n°2357 y 1867).

Nuestra satisfacción estaría colmada si el Santo Padre, aprovechando el impulso de esta declaración, diese finalmente respuesta a las cinco dubia presentadas por los Cardenales Meisner, Caraffa, Brandmüller y Burke con respecto a la correcta interpretación del capítulo VIII de Amoris laetitia.

La reputación del Papa Francisco estaría aún más comprometida si apareciese a los ojos de los católicos como connivente con la recepción sacrílega de la Sagrada Comunión por parte de divorciados recasados civilmente que si apareciese como connivente con la escandalosa “bendición” de una unión homosexual en Ushuaia.

El inicio del año Amoris laetitia, el próximo 19 de marzo, es una buena ocasión para ejercer el munus petrino, confirmando a sus hermanos en la fe y respondiendo “sí” o “no” a las cinco preguntas de los Cardenales, que aprovechamos para recordarle:

“1- Se pregunta si, según lo afirmado en Amoris Laetitia (nn. 300-305), se ha vuelto posible conceder la absolución en el sacramento de la Penitencia y, por ende, admitir a la Santa Eucaristía a una persona que, estando vinculada por el matrimonio válido, convive more uxorio con otra, sin que se hayan cumplido las condiciones previstas por Familiaris Consortio n. 84 y después afirmadas por Reconciliatio et paenitentia n. 34 y por Sacramentum caritatis n. 29. ¿La expresión «en ciertos casos» de la nota 351 (n. 305) de la exhortación Amoris laetitia puede ser aplicada a divorciados en nueva unión, que siguen viviendo more uxorio?

“2- Después de la exhortación post-sinodal Amoris laetitia (cf. n. 304), ¿sigue siendo válida la enseñanza de la encíclica de san Juan Pablo II Veritatis splendor n. 79, basada en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, respecto a la existencia de normas morales absolutas, válidas, sin excepción alguna, que prohiben acciones intrínsecamente malas?

“3- Después de Amoris laetitia n. 301, ¿todavía es posible afirmar que una persona (que) vive normalmente en contradicción con un mandamiento de la ley de Dios, como por ejemplo el que prohibe el adulterio (cf. Mt 19:3-9), se encuentra en situación de pecado grave habitual (cf. Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración del 24 de junio de 2000)?

“4- Después de las afirmaciones de Amoris laetitia (n. 302) sobre las «circunstancias atenuantes de la responsabilidad moral», ¿se debe considerar todavía válida la enseñanza de la encíclica de San Juan Pablo II Veritatis splendor n. 81, fundamentada en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, según la cual «las circunstancias o las intenciones no podrán nunca transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección»?

“5- Después de Amoris laetitia n. 303, ¿se debe considerar todavía válida la enseñanza de la encíclica de san Juan Pablo II Veritatis splendor n. 56, fundamentada en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, que excluye una interpretación creativa del papel de la conciencia y afirma que la conciencia nunca está autorizada para legitimar excepciones a las normas morales absolutas que prohíben acciones intrínsecamente malas por su objeto?”

¿O habrá que esperar un escándalo en Argentina para que Vuestra Santidad se digne responder a esos insignes prelados, dos de los cuáles aguardan su respuesta ya en la eternidad?

(*) http://aristocraciacatolica.blogspot.com/2021/02/con-la-palabra-el-papa-francisco-por.html  – Blog Aristocracia y Sociedad Orgánica, aristocraciacatolica.blogspot.com

 

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Plinio Corrêa de Oliveira

Sabemos que el viernes es el día que nos recuerda la muerte de Nuestro Señor, y el domingo recuerda su Resurrección. La pregunta que surge es: ¿Por qué el sábado está dedicado a la Virgen? He recibido la siguiente información que transmito a Uds. y luego  comentaré.
Selección biográfica:
Después de esa época se hizo costumbre general dedicar el sábado a la Virgen. San Hugo, abad de Cluny, ordenó que en las abadías y monasterios de su orden, los sábados se cantara el Oficio y se celebrara una Misa en honor de la Santísima Virgen María. Una misa especial fue compuesta en su honor para esas ocasiones. Para el Oficio Divino regular, el Papa (Beato) Urbano II añadió el Pequeño Oficio de la Virgen para ser cantado los sábados. La devoción a la Virgen recibió un fuerte impulso a principios del siglo X con la reforma monástica que dio forma a la civilización medieval.
Hay muchas razones de por qué el sábado debe estar dedicado a la Virgen Santísima. La más conocida surgió a partir de la particular devoción que tenía el hombre medieval a la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los Evangelios nos dicen que después de la muerte de Nuestro Señor, los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres no creían en la Resurrección, a pesar de que Nuestro Señor la había predicho varias veces.
Sin embargo, desde el momento en que Nuestro Señor murió en la cruz el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección, sólo la Virgen creía en su Divinidad y, por lo tanto, sólo ella tenía una fe perfecta. Porque, como dice San Pablo: “Sin la resurrección nuestra fe sería vana”. En ese sábado, por lo tanto, en toda la tierra fue sólo Ella quien personificó la Iglesia Católica. Por esta razón el hombre medieval la honraba especialmente en este día.

Comentarios del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira:

Esta explicación no podría ser más bella. Creo, sin embargo, que es una exageración decir que las Santas Mujeres y el apóstol San Juan perdieron la fe en ese día. Sin embargo, ellos no tenían fe en la Resurrección.
A pesar del hecho de que Nuestro Señor les habló de su Resurrección en varias ocasiones,  no la comprendieron completamente. En efecto, una resurrección es una cosa tan extraordinaria, tan opuesta al orden natural, que la mente humana no se inclina a creer en ella. A pesar de que el Señor había resucitado a Lázaro —y ellos habían sido testigos de ese milagro— ellos no se dieron cuenta de que Quien había resucitado a Lázaro podía resucitarse a sí mismo.
Es casi inconcebible que un hombre resucite un muerto y, sin embargo, es más difícil imaginar que un muerto se resucite a sí mismo. ¿Cómo puede un hombre —por su propio poder— levantarse desde el abismo de la muerte y decirle a su propia alma: “Ahora, vuelve a entrar en tu cuerpo y únete con él?” Esto exige un poder mucho mayor que el que se necesita para resucitar a un muerto. Es una tal victoria, un esplendor multiplicado por otro, algo,  que la mente humana, normalmente hablando, no puede imaginar.

Podemos entender, por tanto, cómo los que estaban junto a la Virgen al pie de la Cruz —San Juan, las Santas Mujeres y algunos otros, como Nicodemo— también la acompañarían a su casa en esa hora de dolor supremo. Pero ellos no creyeron verdaderamente que Cristo iba a resucitar de la muerte. Nuestra Señora conocía y confiaba en que Él se levantaría de la muerte; los otros, no.
Aun cuando tenían un instinto sobrenatural que les decía que la historia de Nuestro Señor no había aún terminado, y que todavía quedaba por decir la última palabra , sólo la presencia de la Virgen los confirma en este instinto, no su fe en la Resurrección. Sin este instinto y sin la Virgen,  se habrían dispersado completamente. Cuando los Evangelios relatan la reacción de Santa María Magdalena al hablar con el Señor después de que Él resucitara, muestran que ella no esperaba que Él resucitaría.

Durante este período, sólo la Virgen creyó en la Resurrección. Sólo Ella tenía la Fe plena. En toda la faz de la tierra,  Ella era la única criatura con plena Fe, la más perfecta fe sin  sombra alguna de duda. Incluso en el inmenso dolor que sufrió por el pecado de Deicidio, Ella tenía absoluta certeza de esta verdad. Serena y tranquilamente, mientras esperaba la hora de la victoria que se acercaba. Esto le daba una alegría inmensa en medio de sus penas.
Dado que la fidelidad es necesaria para que el mundo no se acabe, se puede decir que, si Ella no hubiera sido fiel en esa ocasión, el mundo se habría terminado. Si la verdadera fe hubiese desaparecido de la faz de la tierra, entonces la Divina Providencia habría acabado con el mundo. Por lo tanto, es por causa de su fidelidad que la historia continuó, y que las promesas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirmaban que el Mesías reinaría sobre toda la tierra, y sería el Rey de la Gloria y el centro de la historia, tuvieron continuidad. Esas promesas no habrían podido cumplirse sin la fidelidad de la Virgen en ese período.
Todas esas promesas vivían en su alma. Ella se convirtió en el portal de todas las esperanzas en el futuro. En su alma, como una semilla, estaba toda la grandeza que la Iglesia Católica desarrollaría a través de los siglos, todas las virtudes que practicarían los santos.
Por lo tanto, podemos decir que esas horas de la vida de la Virgen son particularmente bellas, tal vez las más bellas de su vida. Uno podría preguntarse si ese tiempo de fidelidad era aún más hermoso que el período en que Nuestro Señor vivió en su seno como en un tabernáculo. ¿Era más hermoso que Ella llevara al Mesías en su cuerpo o abarcar la Santa Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, en su alma? Es una pregunta que puede discutirse.
Su fidelidad nos recuerda las palabras de Edmond Rostand en su Chantecler: “Es por la noche que es bello creer en el amanecer”. Creer en la luz al mediodía no tiene ningún mérito particular. Pero creer en la luz en la hora más oscura de la noche, cuando se tiene la impresión de que todo se ha sumido en la oscuridad para siempre, es realmente algo hermoso.
Nuestra Señora creyó en la luz en esa terrible noche mientras sostenía su cuerpo muerto en su regazo, mientras lo preparaba con los aceites perfumados para el sepulcro, mientras tocaba las heridas de su cuerpo que  testimoniaba la tremenda derrota . Aún entonces Ella creyó en la Resurrección, e  hizo un tranquilo acto de fe. Ella consideraba todas esas heridas como de poca importancia; Él había prometido que resucitaría de la muerte, y lo haría. Ella creía. Ella no tenía la menor duda.

Este es sin duda uno de los momentos más hermosos de su vida. Desde que esto ocurrió en el Sábado Santo, entendemos por qué la Iglesia eligió el sábado para conmemorar a la Virgen. Hasta el fin del mundo, todos los sábados se consagran a Ella. Es justo. Cumple la profecía del Magnificat: “Todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.
Aplicación para nuestra lucha
Todos los sábados  el contra-revolucionario tiene el derecho de pedirle a la Virgen que tenga piedad especial sobre él, porque él recibió una misión análoga a la de Ella. De hecho, vivimos en un tiempo que está en la plena oscuridad de la noche. Sabemos que la Iglesia Católica es inmortal, pero, humanamente hablando, la Iglesia tradicional ha desaparecido. Además, en casi todas las esferas de la actividad humana, sólo vemos corrupción y miseria. A nuestro alrededor la inmoralidad, la rebelión, la abyección, el egoísmo, la ambición, el fraude y el reinado de la desesperación… Todo atestigua la muerte casi completa de la civilización cristiana.

Hay, sin embargo, un vaso de elección, un vaso que la Virgen escogió para que sea de gloria y honor, un vaso de castidad y fidelidad. En este vaso Nuestra Señora recogió el sentido católico del pasado, su devoción, el amor por todas las tradiciones católicas abandonadas por otros. Ella también es este vaso de esperanza y de certeza de su Reino. Es el vaso de la Contra-Revolución. En esta terrible noche, por las bendiciones de la Virgen, el alma del contra-revolucionario es un vínculo entre el pasado y el futuro.

Aquel que pertenece a este resto cree en su promesa. Él tiene la certeza de que el Corazón Inmaculado de María triunfará. Esta certeza le da tranquilidad en medio de los mayores sufrimientos,  una posición de alma similar a la que Nuestra Señora tuvo el Sábado Santo.
Hasta que llegue el Reino de María, vivimos en un largo Sábado Santo en el que todo lo que amamos está en el sepulcro; despreciado, odiado y abandonado por completo. No obstante, tenemos la certeza de que la victoria será nuestra. Ella nos escogió para ser sus contra-revolucionarios, para repetir e imitar su fidelidad en nuestros tristes tiempos.
Esta es la oración que podríamos recitarle los sábados: Oh Corazón Sapiencial e Inmaculado de María, haz mi corazón semejante al tuyo. Cuando todo lo que me rodea afirma lo contrario, cuando el mundo parece derrumbarse, las estrellas caen del cielo y las columnas de la tierra se desploman, aún en esa calamidad, dadme la serenidad, la paciencia, el celo apostólico y el coraje de decir: «Por fin tu Inmaculado Corazón triunfará.»

Nota: La transcripción de esta conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira a los socios y cooperadores de la TFP, mantiene un estilo verbal, y no ha sido revisada por el autor.

Agradecemos esta publicación a la ASOCIACIÓN CIVIL FÁTIMA LA GRAN ESPERANZA 

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Los discípulos del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en Argentina queremos manifestar nuestro absoluto repudio a la tentativa de implantar el crimen nefando del aborto en nuestra patria. Imploramos al Niño Dios recién nacido, por manos de la Virgen de Luján, Reina y Patrona de nuestra patria, que no permita esta ofensa que, de consumarse, atraerá terribles males.

Rogamos a nuestros Senadores que escuchen la voz del pueblo argentino que los votó, mayoritariamente católico y provida

El aborto es un asunto primariamente religioso, porque el mayor agredido es Dios:

“Entonces dirán también éstos [los de la izquierda]: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’ Y él entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.’ E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna” (Mt 25, 40-41)

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El aborto no es apenas un asunto de ética humana anterior a cualquier religión. El aborto es primariamente la violación del quinto mandamiento de la Ley de Dios: “No matarás” (Ex 20, 13; Dt 5, 17).

“La vida humana ha de ser tenida como sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2258)

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Es injusto alquilar un sicario y eliminar una vida humana para solucionar un problema. Por eso el Concilio Vaticano II dice que “el aborto y el infanticidio son crímenes abominables” (Gaudium et spes, n. 51).

Pero todavía más injusto es negar los derechos de Dios creador que hizo al hombre a su imagen y semejanza: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado” (Jr 1, 5).

El homicidio directo y voluntario es, por lo tanto, un pecado que clama al cielo por venganza (Gn, 4,10)

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Invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia, la identidad cristiana de la Argentina asienta en el derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida, un elemento constitutivo de nuestra sociedad y su legislación.

El respeto y la protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien debe nacer, exige que la ley prevea sanciones penales apropiadas para toda deliberada violación de sus derechos” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2273).

Despenalizar el aborto significa un regreso a la barbarie y a las prácticas eugénicas del Nazismo y del Comunismo.

“¡Ay de los que promulgan decretos inicuos!”, amenazó el profeta Isaías (Is 10, 1)

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San Agustín enseña que las naciones, no pudiendo ser recompensadas ni castigadas en la otra vida, reciben aquí mismo el premio de sus buenas acciones y el castigo por sus crímenes.

Si la fidelidad a la Ley de Dios atrae para un pueblo la protección y el favor divinos, un pecado supremo como el aborto atrae sobre él un castigo supremo en este mundo.

¡Ay de ti, Argentina! si desprecias las maravillas que obró el Señor y llegas a merecer la maldición de Nuestro Salvador: “¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!”, “Y tú, Cafarnaúm  ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! (…) el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti” (Mt 11, 21,23,24).

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Excluir a Dios de los asuntos terrenos, so pretexto de laicidad del Estado, no hace que Él deje de existir ni que su Ley deje de vigorar.

El Mandamiento que ordena “No matarás” obliga a todos los individuos y a todos los Estados, y vale siempre y en todo lugar.

Una ley que sancione el aborto provocado es inicua y los ciudadanos tienen la obligación de no obedecerla en conciencia, porque “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29).

La cooperación en los abortos legalizados es gravemente inmoral. El Estado no tiene autoridad para obligar a los médicos y demás sanitarios, ni a ningún funcionario, a esa cooperación, a la que en conciencia deben negarse. Un mandato del Poder público en este sentido sería radicalmente nulo.

La aprobación del aborto provocado introduciría en Argentina un conflicto religioso y amenazaría la paz social.

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“No es lícito cooperar ni a la elaboración ni a la promulgación ni a la puesta en práctica de una ley que va claramente contra las normas primarias de la moral humana. (…)

“El Código de Derecho, en el canon 1.398, establece para toda la Iglesia: «Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae» (es decir, por el hecho mismo de cometer el delito). (…)

“Los católicos que favorecen el aborto en puestos de autoridad y de función pública, en la medida en que cooperan a la realización de un aborto concreto y efectivo, incurren evidentemente en la misma excomunión. A veces, no se podrá determinar si la acción de las autoridades recae en un aborto concreto y efectivo, o se queda en el fomento de posibilidades y facilidades generales. En este caso, será dudosa la excomunión; pero no es dudosa su tremenda responsabilidad moral, ordinariamente mayor que la de los ejecutores, ni es dudoso que merecen reprobación pública y penas espirituales, aunque no se contraigan automáticamente. (…)

“Los que han implantado la ley del aborto son autores conscientes y contumaces de lo que el Papa califica de «gravísima violación del orden moral», con toda su carga de nocividad y de escándalo social. Vean los católicos implicados si les alcanza el canon 915, que excluye de la Comunión a los que persisten en «manifiesto pecado grave»” (Mons. José Guerra Campos, Obispo de Cuenca, España, 13/07/1985).

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Hay que señalar la responsabilidad de quienes rechazan como absolutamente inmoral el aborto y la desprotección de sus víctimas, pero han contribuido o contribuyen todavía a que los culpables de ese crimen se apoyen en votos católicos.

“¿Qué se ha hecho, en determinados ambientes eclesiásticos, de las tan cacareadas «denuncia profética», «voz de los que no tienen voz», «conciencia crítica de la socie­dad»? ¿Dónde está Juan Bautista diciendo a los poderosos: «No te es licito»? Los profetas, ¿se nos han vuelto de pronto complacientes cortesanos?” (Mons. José Guerra Campos, Obispo de Cuenca, España, 13/07/1985).

 

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Despenalizar el aborto es pretender determinar el bien y el mal, vieja rebelión contra Dios Nuestro Señor de hacerse “como dioses”. Y es el pecado que tienta a los tiranos. Virgen Madre de Lujan guárdanos de legisladores paganos!

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La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común y emplea medios moralmente lícitos. Si proclamase leyes injustas o tomase medidas contrarias al orden moral, como admitir el aborto, no pueden obligar en conciencia. Y la propia autoridad se desmorona

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LA IMPOSICION DEL ABORTO A UN PAIS QUE NO LO QUIERE

30 de diciembre de 2020

El aborto impuesto en Argentina por el Gobierno y el Senado… Una decisión siniestra y anticatólica, que tendrá graves consecuencias para nuestro país.
¡Quién lo hubiera pensado, con un Papa argentino!
Pero la acogida al Presidente abortista Fernández en su visita al Vaticano, su comunión sacrílega, el cierre del Seminario de San Rafael, el elogio (en AICA) del autodemoledor pacto de las catacumbas por el recientemente nombrado Arzobispo coadjutor de San Juan, Mons. Lozano, los elogios del Presidente de la CEA, Mons. Ojea, al abortista Biden y al agitador izquierdista Grabois (ver entrevista a Fontevecchia, en AICA), la adoración de la Pachamama en el Vaticano, y otras medidas acordes, lo preanunciaban.
Una tragedia que favorecerá la aprobación del aborto en otros países del continente y amenaza a la Argentina con el castigo divino.
Pero la lucha continúa y el católico fiel no debe desesperar sino luchar por «la paz de Cristo en el Reino de Cristo, la civilización cristiana, austera y jerárquica, fundamentalmente sacral, antiigualitaria y antiliberal» (Plinio Corrêa de Oliveira, » Revolución y Contra-Revolución).
Que la Virgen de Fátima, que advirtió contra estos horrores, y la Virgen de Luján, Reina y Patrona de la Argentina, nos ayude a revertir, con su poder soberano, esta derrota para que en nuestra patria reine efectivamente Cristo Rey.
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Plinio Corrêa de Oliveira                                                 


¡EXSURGE DOMINE!

¿QUARE OBDORMIS?

«Catolicismo» Nº 56 – Agosto de 1955


“Acordaos de dar a vuestra Madre una nueva Compañía, para renovar por ella todas las cosas y para acabar por María los años de la Gracia, como los habéis comenzado por Ella”.


La situación de la Iglesia, como la veía con lucidez providencial San Luis María Grignion de Montfort, se caracterizaba por dos rasgos esenciales, que nos los describe en su Oración pidiendo Misioneros, con palabras de fuego [1].
                                                                * * *
Por un lado, es el enemigo que avanza peligrosamente, es la embestida victoriosa de la impiedad y la inmoralidad:
“Vuestra divina Ley es quebrantada; vuestro Evangelio, abandonado; torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran a vuestros mismos siervos; toda la tierra está desolada: desolatione desolata est omnis terra; la impiedad está sobre el trono; vuestro santuario es profanado y la abominación se halla hasta en el lugar santo”.
Los siervos del mal son activos, audaces, exitosos en su empresa:
“Ved, Señor, Dios de los ejércitos, los capitanes que forman compañías completas; los potentados que levantan ejércitos numerosos; los navegantes que arman flotas enteras; los mercaderes que se reúnen en gran número en los mercados y en las ferias. ¡Qué de ladrones, de impíos, de borrachos y de libertinos se unen en tropel contra Vos todos los días, y tan fácil y prontamente! Un silbido, un toque de tambor, una espada embotada que se muestre, una rama seca de laurel que se prometa, un pedazo de tierra roja o blanca que se ofrezca; en tres palabras, un humo de honra, un interés de nada, un miserable placer de bestias que esté a la vista, reúne al momento ladrones, agrupa soldados, junta batallones, congrega mercaderes, llena las casas y los mercados y cubre la tierra y el mar de muchedumbre innumerable de réprobos, que, aun divididos los unos de los otros por la distancia de los lugares o por la diferencia de los humores o de su propio interés, se unen no obstante todos juntos hasta la muerte, para haceros la guerra bajo el estandarte y la dirección del demonio».
¡Los capitanes, los potentados, los navegantes, los mercaderes, es decir, los hombres clave de su siglo, movidos todos por la impiedad, la codicia, la sed de honores, depravados por graves vicios, constituyen con las masas que los siguen —salvo, claro está, las excepciones— una multitud de borrachos, bandidos y réprobos que por la inmensidad de las tierras y de los mares se unen para luchar contra la Iglesia!

¡Esto es lo que puede llamarse claridad de conceptos y de lenguaje, coraje de alma, coherencia inmaculada en la clasificación de los hechos! ¡Como este Santo le parecerá desalmado, imprudente, apresurado en sus juicios, al hombre moderno, que teme la lógica, choca con las verdades radicales y fuertes, y sólo admite un lenguaje endulzado y hecho de medias tintas!
                                                            * * *
Por otro lado, es decir, entre los que todavía son hijos de la luz, S. Luis María ve campear la inercia. Y este hecho le aflige:
«Y por vos, Dios soberano, aunque en serviros hay tanta gloria, tanta dulzura y provecho, ¿casi nadie tomará vuestro partido? ¿Casi ningún soldado se alistará bajo vuestras banderas? ¿Ningún San Miguel gritará de en medio de sus hermanos por el celo de vuestra gloria: Quis ut Deus?”


S. Luis María quiere tantos o más paladines del lado de Dios como los que hay del lado del demonio. Los quiere fieles, puros, fuertes, intrépidos, luchadores, temibles, como el Príncipe de la Milicia celestial. No se limita a decir que deben ser como San Miguel. Quiere que sean como versiones humanas del Arcángel: “¿Ningún San Miguel gritará de en medio de sus hermanos…?»
Cuánto se aleja esta aspiración de ver al mundo lleno de apóstoles blandiendo espadas de fuego de la miopía, la frialdad, el suave e incongruente sentimentalismo de tantos católicos de hoy, para quienes hacer apostolado es cerrar los ojos ante las faltas del adversario, abrir ante él las barreras, darle las armas de guerra, aceptar su yugo y, una vez consumada la capitulación, afirmar que hay motivos para estar contento, pues las cosas podrían haber ido aún peor.
Mientras estos apóstoles de fuego no vengan, corre el riesgo de sufrir serios reveses la Santa Iglesia. No lo veían tantos tibios e indolentes. Pero lo vio San Luis María, que a todos convoca a la lucha:
«¡Ah! Permitidme ir gritando por todas partes: ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Socorro, socorro, socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡Fuego en las almas! ¡Fuego en el santuario! ¡Socorro, que se asesina a nuestros hermanos! ¡Socorro, que se degüella a nuestros hijos! ¡Socorro, que se apuñala a nuestro padre!”
Es la devastación en la Iglesia y en las almas, el fuego que consume las instituciones, las leyes, las costumbres católicas, y la impiedad que degüella a las almas y apuñala al Supremo Pontífice.
                                                                 * * *
Legiones enteras de almas fuera y dentro del santuario (S. Luis María lo hace ver claramente) cruzaron sus brazos, cuidando su pequeño microcosmos, sin preocuparse por la Iglesia y sus grandes problemas. Estaban inmersos en su pequeña existencia diaria, en sus pequeñas comodidades, en sus pequeñas economías, en sus pequeñas vanidades, al par de sus pequeñas devociones, sus pequeñas caridades, sus pequeños apostolados, en cuyo centro estaba a menudo sólo su pequeña persona.
S. Luis María, por el contrario, era un alma inmensa. Puesto en una situación oscura, se dedicó de todo corazón a salvar al prójimo en los pequeños ambientes en que vivía. Pero su celo no tenía límites ni fronteras, y cubría toda la Iglesia. Vivía, palpitaba, se regocijaba o sufría, en función de la causa católica entera, en el sentido más amplio de la palabra.
Y por esa razón dirigía una admirable súplica a Dios: si debiera presenciar un triunfo incesante  de la iniquidad, sin que apareciera una reacción, sería mejor para él que Dios se lo llevara:

«¿No es mejor para mí morir que veros, Dios mío, todos los días tan cruel e impunemente ofendido, que hallarme todos los días cada vez más en peligro de ser arrastrado por los torrentes de iniquidad que van creciendo? Mil muertes me serían más tolerables. Enviad socorros desde el cielo o lleváos mi alma. Si no tuviera la esperanza de que oiréis,   tarde o temprano, a este pobre pecador, en el interés de vuestra gloria […] pediría absolutamente con un profeta: Tolle animam meam”.

EL REINO DE MARÍA
Le parece imposible que Dios no interrumpa la marcha de la iniquidad:
“¿Lo dejaréis abandonado así todo, Señor justo, Dios de las venganzas? ¿Vendrá todo, al fin, a ser como Sodoma y Gomorra? ¿Callaréis siempre? ¿Aguantaréis siempre? ¿No es menester que vuestra voluntad se haga en la tierra como en el cielo y que venga vuestro Reino?
No, la intervención de Dios no faltará. Ya lo anunciara a almas elegidas, a las cuales permitió contemplar la visión de una futura era que sería el Reino de María:
«¿No habéis mostrado de antemano a algunos de vuestros amigos una renovación futura de vuestra Iglesia? ¿No han de convertirse a la verdad los judíos? ¿No es esto lo que espera vuestra Iglesia? ¿No os piden a gritos todos los santos del cielo justicia: Vindica? ¿No os dicen todos los justos de la tierra: Amen, veni, Domine? Las criaturas todas, aun las más insensibles, gimen bajo el peso de los pecados innumerables de Babilonia y piden vuestra venida para restaurar todas las cosas. Omnis creatura ingemiscit».


Y, en el anhelo de esta «restauración de todas las cosas», San Luis implora a Dios que llegue el día en que «no haya sino un rebaño y un Pastor, y que todos Os rindan gloria en vuestro templo».
Ahí están esbozados los elementos del futuro Reino de María. Resultará de la conversión de todos los infieles, de la entrada de todos los pueblos en el redil de la Iglesia, y de la «restauración de todas las cosas», es decir, de la restauración en Cristo de toda la vida intelectual, artística, política, social y económica que el Poder de las Tinieblas ha subvertido. Es la reconstrucción de la civilización cristiana.
Como podemos ver, se trata de acontecimientos futuros. Caminamos hacia ellos. Cumple apresurar por nuestras oraciones, nuestras penitencias, nuestras buenas obras, nuestro apostolado, este día mil veces feliz, en el que habrá un solo rebaño y un solo Pastor.
UNA NUEVA ERA HISTÓRICA
Ya hemos visto (“CATOLICISMO”, Nº 53, mayo de 1955: «Doctor, Profeta y Apóstol en la Crisis Contemporánea») que nuestros días son parte del largo processus histórico iniciado entre 1450 y 1550 con el Humanismo, el Renacimiento y el Protestantismo, acentuado a fondo con el Enciclopedismo y la Revolución Francesa, y por fin triunfante en los siglos XIX y XX con la transformación de los pueblos cristianos en masas mecanizadas, amorfas, ampliamente trabajadas por los fermentos de la inmoralidad, del igualitarismo, de la indiferencia religiosa o del escepticismo total. Del liberalismo ya han pasado al socialismo, y de él están en proceso de descender al comunismo.
Esta marcha ascendente de falsos ideales laicos (de fondo panteísta, debe decirse) e igualitarios, es el gran acontecimiento que domina nuestra era histórica. El día en que tal marcha comenzara a retroceder, de un retroceso no pequeño y ocasional, sino continuo y poderoso, otra fase de la Historia habría comenzado.
En otros términos, la descristianización es el signo bajo el cual se colocan todos los hechos dominantes ocurridos en Occidente, desde el siglo XV hasta nuestros días. Es lo que une entre si estos quinientos años, y de ellos hace un bloque en el gran conjunto que es la Historia. Cesada la descristianización por un movimiento inverso, habremos pasado de un conjunto de siglos a otro.
Fue precisamente un hecho de esta amplitud, un corte en el processus descristianizante y un impulso de la Religión sin precedentes lo que S. Luis Maria suplicó, esperó y -de esto estamos seguros- obtuvo:
«El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio, y terminó por un diluvio de agua; el reino de Jesucristo terminó por un diluvio de sangre; pero Vuestro reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente y se terminará por un diluvio de fuego, de amor y de justicia».
Y el Santo pide ese diluvio:
«¿Cuándo vendrá este diluvio de fuego, de puro amor, que Vos debéis encender sobre toda la tierra de manera tan dulce y vehemente, que todas las naciones, los turcos, los idólatras, los mismos judíos se abrasarán en él y se convertirán? Non est qui se abscondat a calore eius. ¡Accendatur! Que este divino fuego que Jesucristo vino a traer a la tierra se encienda, antes que Vos encendáis el de vuestra cólera, que reducirá toda la tierra a cenizas.”
INSTRUMENTO PROVIDENCIAL
El medio para lograr este triunfo será una congregación totalmente consagrada, unida y vivificada por María Santísima.
Qué sería propiamente esta congregación , en la mente del Santo, no es posible afirmarlo con  certeza absoluta. En cierto sentido, parece ser una familia religiosa. Pero también hay aspectos por donde se podría pensar en forma diferente. De cualquier modo, esta congregación será el instrumento humano para implantar el Reinado de María. Y, como tal, las intenciones de la Providencia descansan amorosamente sobre ella desde toda la eternidad:

“Acordaos, Señor, de vuestra Congregación; que hicisteis vuestra desde toda la eternidad, pensando en ella en vuestra mente ab initio; que hicisteis vuestra en vuestras manos, cuando sacasteis el mundo de la nada, ab initio.”
En el momento entre todos trágico y feliz en que se consumó nuestra Redención, Dios «[la] hicisteis vuestra en vuestro corazón», y tu Divino Hijo «muriendo en la cruz, la regaba con su sangre y la consagraba por su muerte, confiándola a su Santa Madre».
Esta misteriosa congregación, que será “una asamblea, una selección, un apartado de predestinados, que Vos debéis hacer en el mundo y del mundo: Ego elegi vos de mundo [Yo os he elegido del mundo]… Es un rebaño de corderos pacíficos que Vos debéis reunir en medio de tantos lobos; una compañía de castas palomas y de águilas reales en medio de tantos cuervos; un enjambre de abejas en medio de tantas avispas; una manada de ciervos ágiles entre tantas tortugas; un escuadrón de leones valerosos en medio de tantas liebres tímidas”; esta congregación sólo puede ser constituida por una acción fecunda de la gracia en las almas de los que deben componerla. Pero para Dios nada es imposible: «¡Oh Dios soberano, que de las piedras toscas podéis hacer otros tantos hijos de Abraham!; decid como Dios una sola palabra, para enviar buenos obreros a vuestra mies y buenos misioneros a vuestra Iglesia”.
Durante siglos, los justos han estado pidiéndole a Dios la fundación de esta congregación:
«Acordaos de las plegarias que vuestros siervos y vuestras siervas os han hecho sobre este asunto desde hace tantos siglos: que sus votos, sus gemidos, sus lágrimas, la sangre por ellas derramada lleguen a vuestra presencia para solicitar poderosamente vuestra misericordia”. Como esta Congregación será de María, es para Ella que un tan rico don  de la Providencia está destinado: «Acordaos de dar a vuestra Madre una nueva Compañía, para renovar por ella todas las cosas y para acabar por María los años de Gracia, como los habéis comenzado por Ella”.

TROPA DE CHOQUE DE LA IGLESIA MILITANTE
Como se sabe, Compañía significaba en la época de S. Luis María regimiento o batallón. Fue en este espíritu que San Ignacio llamó Compañía de Jesús a su insigne Instituto. San Luis María concibió su Compañía como esencialmente militante. Será como una extensión de Nuestra Señora, en permanente y gigantesca lucha con el diablo y sus secuaces:
“Verdad es, Dios soberano, que el demonio pondrá, como Vos lo habéis predicho, grandes asechanzas al calcañar de esta mujer misteriosa, es decir, a esta pequeña Compañía de sus hijos, que vendrán hacia el fin del mundo, y que habrá grandes enemistades entre esta bienaventurada descendencia de María y la raza maldita de Satanás; pero es una enemistad totalmente divina, la única de que Vos sois el Autor: inimicitias ponam [Pondré enemistades]”.
“Pero estos combates y estas persecuciones, que los hijos de la raza de Belial desencadenarán contra la raza de vuestra Santa Madre, sólo servirán para hacer brillar más el poder de vuestra gracia, la valentía de su virtud y la autoridad de vuestra Madre, puesto que Vos, desde el principio del mundo, le habéis dado el encargo de aplastar a este orgulloso, por la humildad de su Corazón y de su planta: ipsa conteret caput tuum [Ella te aplastará la cabeza]”.
Este tópico es uno de los más importantes, ya que muestra la modernidad de la Compañía, de su apostolado militante, de su espíritu profundamente —casi diríamos sumamente— marial.
De hecho, S. Luis María ve esta «Compañía de sus hijos [de María], que vendrán hacia el fin del mundo». Y si, en el lenguaje de los adoradores de la modernidad, cada siglo es más moderno que los que lo precedieron, no habrá siglos más modernos —al menos en el sentido cronológico de la palabra— que los «que vendrán hacia el fin del mundo».
¿Qué significa este «hacia el fin»? En el lenguaje profético, la precisión del término es discutible. Se trata quizás de la última fase de la humanidad, es decir, el Reino de María. ¿Cuánto tiempo durará esta fase? Es otro problema, para cuya solución no encontramos elementos en la Oración del Santo. Pero, en cualquier caso, estableciendo la absoluta «modernidad» de ese apostolado, veamos algunas de las características que tendrá. Aquellos que piensan que estas características son anacrónicas verán cuánto se equivocan.
LA DEVOCIÓN A NUESTRA SEÑORA
Esos apóstoles de los últimos tiempos serán «verdaderos hijos de María, vuestra Santa Madre, engendrados y concebidos por su caridad, llevados en su seno, pegados a sus pechos, alimentados con su leche, educados por sus cuidados, sostenidos por su brazo y enriquecidos de sus gracias”. Y más adelante dice: «Por su abandono en manos de la Providencia y su devoción a María tendrán las alas plateadas de la paloma: inter medios cleros pennae columbae deargentatae, es decir, la pureza de la doctrina y de las costumbres. Y su espalda dorada: et posteriora dorsi eius in pallore auri: es decir, una perfecta caridad con el prójimo para soportar sus defectos y un gran amor para con Jesucristo para llevar su cruz”.
COMBATIVIDAD
Pero esta devoción y caridad marial se realizarán en una extrema pugnacidad, como resultado de la propia devoción marial. En efecto, serán «verdaderos siervos de la Virgen Santísima, que, como otros tantos Domingos, vayan por todas partes con la antorcha brillante y ardiente del santo Evangelio en la boca y el santo Rosario en la mano, a ladrar como perros, abrasar como  fuegos y alumbrar las tinieblas del mundo como soles”. Su victoria consistirá en que, «por medio de una verdadera devoción a María […] aplasten, por dondequiera que fueren, la cabeza de la antigua serpiente para que la maldición que Vos le echasteis se cumpla enteramente: Inimicitias ponam inter te et mulierem, et semen tuum et semen illius; ipsa conteret caput tuum”.
Y por eso San Luis María multiplica a lo largo de su Oración las metáforas y adjetivos que aluden a la combatividad de los miembros de su congregación: «águilas reales», «batallón de leones intrépidos», tendrán «la valentía del león por su santa cólera y su celo ardiente y prudente contra los demonios, hijos de Babilonia”.
Y es esa falange de leones la que le pide a Dios en el tema final de su oración:
«Señor, levantaos; ¿por qué parecéis dormir? Levantaos en vuestra omnipotencia, vuestra misericordia y vuestra justicia, para formaros una Compañía escogida de guardias de corps, que guarden vuestra casa, defiendan vuestra gloria y salven vuestras almas, a fin de que no haya sino un rebaño y un pastor y que todos os rindan gloria en vuestro templo: Et in templo eius omnes dicent gloriam. Amen” [En su templo un grito unánime: ¡Gloria! Amén].

________________________________________
NOTAS
[1] Los primeros artículos de esta serie fueron publicados en los nos 53 (mayo) y 55 (julio) de 1955, de “Catolicismo”.
[2] Los textos de la «Oración Abrasada» fueron tomados de «Obras de San Luis María Grignion de Montfort», edición preparada bajo la dirección de los padres Nazario Perez, S.I. y Camilo Maria Abad, S.I. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid, 1954. págs. 596 y sgts. Textos en negrita y alguna traducción del latín son del sitio http://www.pliniocorreadeoliveira.info.

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