008 Clarinadas

007 Olifant pequeño XII JORNADA DE CULTURA HISPANOAMERICANA POR LA CIVILIZACION CRISTIANA Y LA FAMILIA – Salta, 2 y 3 de septiembre de 2016

XII Jornada un futuro bendecido

Ilustración: Alto de la Iglesia – Sañogasta – Nevados del Famatina – Provincia de La Rioja – junio  2016 (hacer click para ampliar)
En el umbral del centenario de las apariciones de Ntra. Señora de Fátima y en el bicentenario de laIndependencia de la católica Nación argentina, invitamos a participar de la XII Jornada de Cultura Hispanoamericana por la Civilización Cristiana, que tendrá lugar en el Museo de la Ciudad Casa de Hernández, Salta, el 2 y 3 de septiembre próximo.
001 Logo Bastión del N con Cid

POR NUESTRA IDENTIDAD CATOLICA Y TRADICIONAL
Ponencias, proyecciones y debates sobre temas de actualidad,  raíces culturales, historia y tradición
*  LANCES DECISIVOS DE NUESTRA HISTORIA
* PIONEROS y ESTIRPES DE LA ARGENTINA AUTENTICA
* MISION Y RESPONSABILIDADES DE LAS ELITES TRADICIONALES DE ACUERDO AL MAGISTERIO PONTIFICIO
*  DEFENSA DE LA FAMILIA Y  LA VIDA: REVOLUCION CULTURAL TOTAL E IDEOLOGIA DE GENERO

* AMBIENTES, COSTUMBRES, CIVILIZACIONES e IDENTIDAD

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Consultas sobre presentación de ponencias, informes e inscripción (gratuita): civilizacioncristianaymariana@gmail.com   – bastiondelnorte@gmail.com

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007 Olifant pequeño TRADICION Y ACCION – PERU: LECCIONES DE LA MASACRE DE ORLANDO – ¿Puede haber una solución no moral a una crisis moral?

LECCIONES DE LA MASACRE DE ORLANDO

Alejandro Ezcurra N.

http://www.tradicionyaccion.org.pe/tya/spip.php?article392

007 Olifant pequeño SABIDURIA CATOLICA: EN LA DIETA DE LOS TEMPLARIOS RESIDE GRAN PARTE DEL SECRETO DE SU FORTALEZA Y LONGEVIDAD

http://cienciaconfirmaigreja.blogspot.com.ar/2016/07/na-dieta-dos-templarios-o-segredo-de.html

007 Olifant pequeño LA CORTE SUPREMA DE MEJICO RECHAZA LEGALIZAR EL ABORTO POR ABRUMADORA MAYORIA

https://www.lifesitenews.com/news/mexican-supreme-court-overwhelmingly-rejects-proposal-to-legalize-abortion

007 Olifant pequeño AL AÑO DE  INICUA SENTENCIA A FAVOR DEL “CASAMIENTO” ENTRE PERSONAS DEL MISMO SEXO , LA TFP NORTEAMERICANA ORGANIZA MARCHA POR EL CASAMIENTO TRADICIONAL

Washington, D.C. – El 25 de junio pasado, cientos de personas se reunieron frente al Capitolio para participar de la Marcha pro-Casamiento poco antes de cumplirse el primer aniversario de la sentencia de la Suprema Corte de EE.UU. que impuso el “casamiento” entre personas del mismo sexo en todo el país (cfr. Life Site News). Vea el video de la marcha y la oposición de los LGBT partidarios de la sentencia.

https://www.youtube.com/watch?v=LZOH1GJ-GlI&authuser=0

007 Olifant pequeño EL ANGEL QUE  MIRA EL LUGAR DONDE NACIO NSJC: SORPRENDENTE MOSAICO DESCUBIERTO EN LA IGLESIA DE LA NATIVIDAD, EN BELEN

007 Olifant pequeño ESPLENDORES DE LA CIVILIZACION CRISTIANA: LA ESCUELA ESPAÑOLA DE EQUITACION DE VIENA (DIE SPANICHE REITSCHULE)

Cavalos-1024x682

http://www.abim.inf.br/austria-a-escola-espanhola-de-equitacao-de-viena/

007 Olifant pequeño EL VARONIL APRETON DE MANOS,  ¿SERA ABOLIDO POR LA MODA?

http://www.ijreview.com/2016/07/641484-firm-handshakes-are-a-sign-of-manliness-and-theyre-becoming-a-thing-of-the-past/

007 Olifant pequeño FUENTES MILAGROSAS DE FATIMA EN EL LUGAR DE LAS APARICIONES

http://www.pliniocorreadeoliveira.info/Fatima_fontes_milagrosas.htm

007 Olifant pequeño ATRACTIVOS DEL “CONTINENTE DE LA ESPERANZA”: EL ORIGEN DE LOS NOMBRES DE LOS PAISES LATINOAMERICANOS

http://www.bbc.com/portuguese/internacional-36630446

002 013 lapachos

Lapachos rosados y amarillos en flor (Tucumán, Argentina)

 

 

 

 

 

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Génesis de la Nobleza

Su misión en el pasado y en nuestros días – El punto de máxima insistencia de Pío XII –

Sumario (13 bis) de la nota 13 de la Visión de conjunto, que el lector podrá consultar en el siguiente link:

Génesis de la Nobleza – Su misión en el pasado y en nuestros días – El punto de máxima insistencia de Pío XII – Cap. VII – Visión de conjunto (13)

010 Selección temática

♦En el capítulo final, el autor traza una serie de visiones panorámicas sobre el tema central: la Nobleza y las élites tradicionales, gestación, y misión en nuestros tiempos, conforme el magisterio de Pío XII y sucesores.

♦♦Particularmente rica es la exposición del modelo de sociedad gestado en los tiempos medievales y su paulatina extinción rumbo al absolutismo de Estado, que fue haciendo desaparecer las legítimas libertades en todas las camadas de la sociedad,

♦♦♦y el llamado de las clases dirigentes auténticas, especialmente la Nobleza, a utilizar el invalorable depósito que le resta para el reerguimiento de la sociedad actual sometida al caos revolucionario.

 Nota: podrá consultar el original  completo haciendo click en el siguiente link:

http://www.pliniocorreadeoliveira.info/LN_Espanha/Volume%20I/LN_ES_Cap_00_0_Indice.htm

Chouannerie d'Elbée

En el hombre común, desinformado acerca de la Nobleza, estas alocuciones de Pío XII suscitan curiosidades. Le ha parecido conveniente al autor presentar a los lectores inteligentes de todas las camadas sociales una selección de datos de fácil alcance: un conjunto de visiones panorámicas de asuntos de especial interés para el lector de Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana.

Para no alargar  este extenso capítulo, no incluye sino el mínimo indispensable de citas.

1. La esfera privada y el bien común

a) Los grupos humanos y sus jefes

En cualquier grupo humano de la esfera privada, el ejercicio de la autoridad confiere un relieve, mayor o menor, como v.g. un padre de familia –y por participación, su esposa-, el presidente de una asociación, un profesor, el dirigente de un equipo deportivo, etc.

Requisitos intelectuales de quien ejerce la autoridad

El ejercicio de dicha autoridad exige clara y firme noción de la finalidad y el bien común del grupo, y un conocimiento lúcido de los medios de acción para su consecución.

Ha de ser también capaz de comunicar lo que sabe y de persuadir a quienes no están de acuerdo.

Poderes, sanciones contra quien le desobedece, recompensas a quien acata su autoridad, nada de esto bastará sin que exista un consenso profundo y  una seria confianza en su capacidad de emplear esos métodos y alcanzar esas metas, con vistas al bien común.

Requisitos de la voluntad y de la sensibilidad

Otros atributos de la voluntad y la sensibilidad le serán también necesarios: penetrante sentido psicológico, pues a una persona inteligentísima, pero abúlica e hiposensible, ordinariamente le falta hasta el sentido psicológico para conocer datos elementales de su propia mentalidad, de su cónyuge, hijos, alumnos, empleados, etc.

A un tal jefe le será difícil persuadir y unir las voluntades para una acción común. Además deberá tener riqueza de sensibilidad para dar a lo que dice el sabor de lo real, auténtico, atrayente; de todo lo que lleva a seguirle con complacencia.

Son cualidades sin las cuales quien preside un grupo social privado no cuenta con las condiciones normales para el éxito de su misión.

El jefe, en las circunstancias excepcionales, propicias o adversas

Ante circunstancias excepcionales, favorables o desfavorables, el jefe normal corre el riesgo de dejar pasar ocasiones excelentes. Y corre el riesgo de perjudicar e incluso causar la ruina del grupo, si no sabe discernir el peligro cuando despunta en el horizonte.

Jefe excelente es aquél que en las ocasiones excepcionales se muestra superior a las circunstancias.

Utilidad y oportunidad de esta sistematización de nociones

Nada de lo dicho es nuevo; pero nociones de mero sentido común andan tan enterradas en estos días de confusión, que era necesaria esta síntesis.

b) Prevalencia y nobleza del bien común — ¿Cómo se distingue del bien individual? — Entidades privadas cuyo bien común tiene carácter transcendente a nivel regional o nacional

El bien común de los grupos en la esfera privada está constituido principalmente por lo que es bueno para la generalidad de quienes lo constituyen. Ese bien, de orden más elevado que el individual, es ipso facto más noble.

Importancia de las entidades de la esfera privada para el bien común de la región, de la nación y del Estado

Casos en los que el bien de una entidad privada se eleva a un nivel más alto.

En una Universidad que pertenezca a una asociación que exista hace varios siglos se define un estilo de investigar, pensar, exponer y enseñar, según un mismo estilo, un mismo acervo de valores que cada generación recibe de la anterior, perfecciona y transmite a la posterior.

Tal tradición universitaria forma un tipo humano que puede marcar todo el ambiente de la ciudad. Una institución así constituye un bien común para la región y aún el país.

El ejemplo de ciertas instituciones privadas ayuda a comprender en qué consiste el bien común de una región o nación, recibiendo así un cierto grado de nobleza que no se confunde con la indiscutible dignidad de las instituciones del sector exclusivamente privado.

Una peculiarísima sociedad de la esfera privada: la familia

Ninguna de esas entidades privadas tiene carácter tan básico y es fuente de vida tan auténtica y desbordante para nación y Estado como la familia. [1]

La influencia de las instituciones privadas puede marcar a fondo la vida política de la nación impidiendo que quede en manos de meros equipos de aventureros; y resulta en gran medida de la intensidad, vitalidad, cohesión y continua tendencia a mejorar que las animan.

c) La nación y el Estado nacen de la esfera privada — La plenitud del bien común

La formación de las naciones y de las regiones

Cuando un conjunto de personas naturales, grupos sociales y personas jurídicas, orientadas hacia el bien privado —o hacia el bien privado y el común— llegan a aglutinarse en un todo nítidamente diferenciado y pasan a constituir un circuito cerrado de carácter étnico, cultural, social, económico y político, que no se deja abarcar o federar en ningún otro más amplio, se constituye ipso facto una nación. El bien común de esta nación —que, políticamente organizada, da origen a un Estado— se destaca. [2]

Análoga afirmación se podría hacer con respecto a la región. Las regiones se diferencian entre sí como los diversos altorrelieves de un mismo bloque se diferencian entre sí y del bloque de piedra en que están esculpidos; una nación se diferencia de otra como una estatua en relación a otra.

El Estado como sociedad perfecta — Su soberanía y majestad — Su nobleza suprema

El bien común así entendido abarca todos los bienes subordinados sin absorberlos ni reducirlos. El hecho de englobarlos trae para el Estado una supremacía de misión, de poder y, por tanto, de intrínseca dignidad, que la palabra majestad [3] expresa adecuadamente. Lo normal en una nación es que constituya una sociedad entera y perfecta [4], soberana y mayestática, cualquiera sea su forma de gobierno.

Este poder mayestático es, a su vez, supremamente noble. El propio hecho de ser soberano, supremo, le confiere una nobleza intrínseca superior a la de los cuerpos intermedios entre el individuo y el Estado.

2. La familia frente al individuo, los cuerpos intermedios y el Estado

Cabe preguntarse cuál es la relación de la familia con los cuerpos situados en la zona intermedia entre el individuo y el Estado, y con el cuerpo que dirige y gobierna al conjunto, el Estado, y su órgano directivo supremo, el Gobierno del país.

La situación de la familia frente a ellos es peculiar, pues mientras éstos tienden a diferenciarse, la familia tiende a penetrar en ellos. Ninguno de esos cuerpos está capacitado para ejercer sobre la familia una influencia igual a la que ésta puede ejercer sobre ellos.

a) Del individuo a la familia, de ésta a la gens y por fin a la tribu — La trayectoria para la fundación de la civitas — Nace el Estado

Por ser el estado matrimonial condición normal del hombre, formando parte de su familia, como jefe o miembro, se inserta en el inmenso tejido de familias que integra el cuerpo social de un país.

Dicho cuerpo social está constituido también por otros grupos intermedios y, consecuentemente, la inserción de un individuo en uno de ellos constituye un modo de integrarse en ese tejido. Ocurre con las corporaciones de artesanos y mercaderes, las Universidades y los órganos directivos del poder municipal, urbano o rural.

El Estado tuvo su origen en entidades preexistentes cuya “materia prima” era la familia, que dio origen a los grandes bloques familiares que los griegos designaban como génos y los romanos como gens, que, a su vez, formaron bloques aún mayores de tonus aún familiar, cuyas correlaciones genealógicas tendían a diluirse: entre los griegos, las phratrias, y las curias entre los romanos. “…del mismo modo—afirma Fustel de Coulanges [5]—, muchas curias o fratrías se agruparon y formaron una tribu.”

La conjunción de las tribus forma la ciudad —civitas—, y con ello el Estado. [6]

b) En el individuo y en la familia se encuentran los factores más esenciales para el bien común de los grupos intermedios, de la región y del Estado — La familia fecunda, un pequeño mundo

Habitualmente, la vitalidad y unidad de una familia están en natural relación con su fecundidad.

Cuando la prole es numerosa, los hijos ven al padre y a la madre como dirigentes de una colectividad humana ponderable, por el número de los que la componen como por los apreciables valores religiosos, morales, culturales y materiales inherentes a la célula familiar, lo que cerca a la autoridad paterna y materna con una aureola de prestigio; al ser los padres de algún modo un bien común de los hijos, es normal que ninguno de ellos pretenda absorber todas sus atenciones y afecto, habiendo menos ocasión para celos que en familias poco numerosas.

A medida que la familia es más numerosa se va haciendo más difícil que cualquier tiranía doméstica, de un lado u otro, se establezca. Los hijos perciben mejor cuánto pesan a los padres, tienden a estarles agradecidos, y a ayudarles con reverencia en el gobierno de los asuntos familiares.

El considerable número de hijos da al ambiente doméstico una originalidad incesantemente creativa, modos de ser, sentir y analizar la realidad cotidiana que hacen de la convivencia familiar una escuela de sabiduría y experiencia, fruto de la tradición comunicada por los padres, y de la gradual renovación añadida respetuosamente por los hijos. La familia se constituye así en un pequeño mundo, abierto y cerrado a la influencia exterior, cuya cohesión reposa en la formación religiosa y moral dada por los padres, así como en la convergencia armónica entre las varias herencias físicas y morales que han contribuido a modelar las personalidades.

c) Las familias, pequeños mundos que conviven entre sí de modo análogo a las naciones y los Estados

Ese pequeño mundo se diferencia de las demás familias por notas características que recuerdan las diferencias entre las regiones de una misma área de civilización.

La familia tiene habitualmente una especie de temperamento común, modos comunes de convivir, trabajar, resolver problemas, enfrentar adversidades y sacar provecho de circunstancias favorables. Las familias numerosas cuentan con máximas de pensamiento y modo de proceder corroboradas por el ejemplo de los antepasados, a veces mitificados por la nostalgia y el paso del tiempo.

d) La familia y el mundo de las actividades profesionales o públicas — Linajes y profesiones

Esa incomparable escuela de continuidad incesantemente enriquecida, influye en la elección de las actividades profesionales, o de las responsabilidades a favor del bien común. De ahí que haya linajes de profesionales del mismo tronco familiar, por donde la influencia de la familia penetra en el ámbito profesional.

En la mayoría de las ocasiones, el curso natural de las cosas conduce a que la influencia de la familia sobre las actividades extrínsecas a ella sea mayor que la de dichas actividades sobre ella.

Cuando la familia es auténticamente católica y cuenta con su natural fuerza de cohesión, y con la sobrenatural influencia de la mutua caridad que proviene de la Gracia, alcanza las condiciones óptimas para marcar con su presencia los cuerpos intermedios entre el individuo y el Estado y, por fin, también al propio Estado.

e) Los linajes forman élites hasta en los grupos o ambientes profesionales más plebeyos

Así, es fácil comprender cómo la influencia bienhechora de linajes llenos de tradición y fuerza creativa—desde los más modestos hasta los más altos— constituye un insustituible factor de ordenación de la vida individual, del sector privado de la sociedad, o de la vida pública; y que acabe yendo a parar la dirección efectiva de los varios cuerpos privados a las manos de los linajes más dotados para conocer a aquel grupo social, coordinarlo, aportar el lastre estabilizador de una robusta tradición, y darle el impulso de un continuo perfeccionamiento en sus modos de ser y de actuar.

Es legítimo que se forme en algunos de esos grupos una élite paranobiliaria, un linaje preponderante paradinastico, etc., que contribuye a dar origen a la formación de “dinastías” locales, análogas a una familia dotada de majestad regia.

f) Sociedad jerárquica y, en cuanto tal, participativa — Padres regios y reyes paternales

Este cuadro hace ver a una nación como un conjunto de cuerpos, constituidos por cuerpos menores, hasta llegar al simple individuo. En sentido inverso, se ve el carácter progresivo —y también jerárquico— de los cuerpos intermedios entre el individuo y el más alto gobierno del Estado.

Se concluye que la propia sociedad es un conjunto de jerarquías que coexisten, se entreayudan, se entrelazan, por encima de las cuales se destaca en la esfera temporal la majestad de la sociedad perfecta, el Estado; y, en la espiritual —más elevada—, la majestad de la otra sociedad perfecta, que es la Santa Iglesia de Dios.

Así vista, dicha sociedad de élites es altamente participativa, de tal manera que se puede decir que incluso en el más modesto hogar, el padre era antaño el rey de los hijos; y, en el ápice, el Rey era el padre de los padres. [7]

3. Orígenes históricos de la Nobleza feudal — Génesis del feudalismo

En este contexto resulta más fácil ver qué es exactamente la Nobleza: la clase enteramente noble, la nobleza por excelencia.

Una palabra sobre sus orígenes históricos.

a) La clase de los propietarios se constituye como Nobleza militar y también como autoridad política

Una vez que el grandioso imperio carolingio había sido reducido a escombros, los bárbaros se lanzaron en devastadoras incursiones. Sus pobladores, que no podían resistir con recurso al debilitado poder de los reyes, se volvieron de modo natural hacia los propietarios de sus tierras buscando quien les dirigiese y gobernase en tan calamitosas circunstancias.

Accediendo, éstos construyeron fortalezas para sí y para los suyos. El espíritu profundamente cristiano hacía que “suyos” no sólo incluyera paternalmente  a los familiares, sino también la sociedad heril, los empleados domésticos y trabajadores manuales que habitaban en sus tierras, y sus familias. Para todos había refugio, alimento, asistencia religiosa y mando militar en aquellas fortalezas que se fueron transformando en los altivos castillos señoriales. Cabían en su recinto hasta los bienes muebles y el ganado de cada familia de campesinos, puestos a salvo de los invasores.

El propietario rural y sus familiares eran los primeros combatientes. Su deber era la peligrosa dirección de las ofensivas más arriesgadas o de las defensas más obstinadas. A la condición de propietario se sumó así la de jefe militar y héroe.

En los intervalos de paz, esas circunstancias revertían en un poder político local sobre las tierras circundantes, lo que hacía del propietario un señor, un Dominus en el sentido pleno de la palabra, con funciones de legislador y juez que le proporcionaban un trazo de unión con el Rey.

b) Participación subordinada de la clase noble en el poder real

La clase noble se formó como una participación subordinada en el poder real.

Estaba a su cargo el bien común de orden privado —agricultura y ganadería, de las cuales vivían nobles y plebeyos—, así como —por representar al Rey— el bien común de orden público, más elevado y universal, y por eso intrínsecamente noble.

Tenía cierta participación en el poder central del monarca, pues los nobles principales eran consejeros normales de los reyes, y nobles eran, en su mayor parte, los Ministros, Embajadores y Generales, indispensables para el gobierno supremo del país.

Incluso cuando convenía que fueran elevados plebeyos al ejercicio de esas funciones, recibían del rey Títulos nobiliarios que les alzaban a la condición de nobles.

El propietario, colocado por la fuerza de las circunstancias en una misión más elevada que la mera producción agrícola,  se encontraba investido con los poderes que corresponderían a un Gobierno local. Ascendía a una condición en la cual le correspondía ser una especie de rey en miniatura; participaba intrínsecamente de la nobleza de la propia misión real.

La figura del propietario-señor noble nacía de la espontánea realidad de los hechos.

Esa misión, privada y noble, sufrió una paulatina ampliación conforme las circunstancias iban permitiendo a la Europa cristiana —más desahogada de aprensiones y peligros— conocer periodos más largos de paz, y no cesó de ampliarse.

c) Se delinean las regiones — El bien común regional — El señor de la región

Bajo las nuevas circunstancias los hombres pudieron ir ensanchando sus vistas, pensamientos y actividades.

Se formaron las regiones, modeladas por factores locales tan diversos como características geográficas, necesidades militares, intercambios de intereses, afluencia de multitudes de peregrinos a santuarios de gran atracción, de estudiantes a las Universidades, y de comerciantes a ferias famosas.

Contribuyeron a caracterizarlas las peculiares afinidades psicológicas provenientes de los más variados factores: luchas llevadas en común, semejanzas de lenguaje, costumbres, expresiones artísticas, etc.

El bien común regional abarcaba los diversos bienes comunes más locales. Era, por eso, más alto y noble.

Las riendas de ese bien común regional iban normalmente a parar a las manos de algún señor más poderoso, más representativo de la región y más capaz de reunir sus partes a efectos de guerra y de paz, sin perjuicio de las respectivas autonomías.

A ese señor regional —rey en miniatura en su región, como el simple señor-propietario en su comarca— le correspondía un conjunto de derechos y deberes más nobles. A él —en cuyo derecho de propiedad participaba un gran número de trabajadores manuales a través de un vínculo parecido a las actuales enfiteusis— pasaba a deberle un vasallaje análogo al que aquél prestaba al Rey. Así se iba formando, en la cumbre de la jerarquía social, una jerarquía nobiliaria.

d) El rey medieval

Nada de esto existía al margen del Rey —símbolo supremo del pueblo y del país— ni contra él, sino bajo su égida tutelar y poder supremo, para conservar a su favor ese gran todo orgánico de regiones y localidades autónomas que era una nación.

Ni en las épocas en que este despedazamiento de facto del poder real fue más lejos se replicó el principio monárquico. Una nostalgia de unidad real —y en muchos lugares, de la unidad imperial carolingia, que abarcaba a toda la Cristiandad— nunca cesó de existir en la Edad Media. A medida que los reyes fueron recuperando los medios para ejercer un poder que englobara efectivamente todo el Reino y representara su bien común, lo fueron ejerciendo.

Ese inmenso proceso de definición y de organización a nivel local y regional, seguido de un proceso de rearticulación unificadora y centralizadora, no se operó sin que apareciesen reivindicaciones apasionadamente formuladas por parte de quienes representaban justas autonomías o promovían necesarias rearticulaciones, y todo esto condujo a guerras feudales que se entrelazaban con conflictos internacionales. Es el duro tributo pagado por los hombres en razón del pecado original, sus pecados actuales, de la molicie o complacencia con que resisten al mal o a él se entregan.

A pesar de todo, así se modelaron sociedad y Estado medievales, y no se entiende el sentido profundo de la historia del feudalismo y de la Nobleza sin tomar en consideración lo dicho.

Los orígenes y el desarrollo del régimen feudal y de la jerarquía que lo caracteriza se dieron en los diversos Estados de diferentes modos. Sin embargo, se puede describir su proceso constitutivo como acabamos de hacerlo.

Muchos rasgos se encuentran en la historia de reinos que no tuvieron régimen feudal pleno, como las naciones ibéricas: España y Portugal. [8]

e) El régimen feudal: ¿Factor de unión o desunión? — La experiencia del federalismo contemporáneo

Muchos historiadores ven en el feudalismo peligrosos factores de desunión. La experiencia ha demostrado que la autonomía no es necesariamente factor de desunión.

Ejemplo son los Estados que integran las repúblicas federativas existentes en el Continente Americano, en que constituyen modos de relación ágiles y fecundos, dentro de una unión entendida con inteligencia; porque regionalismo no quiere decir hostilidad entre partes, ni con el conjunto, sino autonomía armónica, riqueza de bienes espirituales y materiales.

4. El noble y la Nobleza: interacción modeladora

a) Génesis — Un proceso consuetudinario

Con la vista puesta en la Nobleza, en los siglos en que estaba plenamente en vigor, y en la figura que se forman hoy sus miembros o admiradores —en Europa o en las naciones nacidas del Descubrimiento, pobladas y organizadas por el genio de los pueblos europeos y el celo misionero de la Iglesia— se nota que la Nobleza se funda, hoy como antaño, en ciertos principios coherentes entre sí. Éstos componen una teoría que se ha conservado en sus líneas esenciales la misma semper et ubique.

Dicho cuerpo de doctrina lo vemos germinar en la mentalidad de los pueblos europeos de la alta Edad Media modelando la institución nobiliaria casi siempre por vía consuetudinaria; de modo que esta doctrina llegó a su más amplia aplicación en el apogeo de la Edad Media, pari passu a la plena y armónica expansión del feudalismo.

Esta elaboración teórico-consuetudinaria, de sutiles rasgos multiformes, tuvo como agentes no sólo a las familias nobles, sino también al resto del cuerpo social, especialmente al Clero, Universidades y otros cuerpos intermedios. De intelectuales, cuyo pensamiento habitaba los más altos páramos de la reflexión humana, a pequeños burgueses y trabajadores manuales intervienen en este proceso natural que continúa siendo en alguna medida el mismo en varios campos aún en nuestro perturbado siglo.

b) Ejemplos en diversos campos

El ejército alemán anterior a la I Guerra Mundial fue ampliamente modelado por la idea que de él se hacía la opinión pública, influenciada por el militarismo prusiano, y una influencia análoga llegó a “esculpir” el perfil del Kaiser Guillermo II, símbolo del ejército y de la nación.

Afirmación semejante podría hacerse respecto a la idea que la opinión pública de otros países se hacía de sus respectivos monarcas y fuerzas armadas, como Francisco José en Austria y Eduardo VII en Inglaterra.

Nos hemos remontado a estos ejemplos por ser como indiscutibles; para demostrar la perennidad del proceso, basta con mencionar la oleada de universal entusiasmo despertada por el antiguo y rutilante ceremonial del matrimonio entre Charles y Diana, Príncipe y Princesa de Gales.

En esa ocasión se pudo apreciar cuánto ganó en estabilidad con dicha ceremonia el ya clásico perfil psicológico y moral que, según las viejas aspiraciones inglesas, deben tener el príncipe heredero y su esposa, así como las actualizaciones accidentales que aquel país quiere introducir en dicho perfil y así en la fisonomía de la nación.

Estos ejemplos permiten ver en qué consiste la fuerza consuetudinaria espontánea —creadora, conservadora o renovadora— que una nación puede desarrollar en su forma de  modelar instituciones como la Nobleza.

5. La monarquía absoluta, hipertrofia de la realeza rumbo al Estado totalitario populista

El armónico resultado alcanzado en la sociedad feudal comenzó a deshacerse con la diseminación de los principios de los legistas, [9] y otros factores. A partir de entonces, y hasta la Revolución de 1789, el Poder real fue caminando en sentido de absorber cada vez más las antiguas autonomías y volverse continuamente más centralizador.

a) La monarquía absoluta absorbe los cuerpos y poderes a ella subordinados

Muy diferente de aquel sistema de élites superpuestas —nobles o no— que se podían encontrar en la Edad Media, era la índole de la realeza absoluta, que fue reuniendo en las manos del Rey —identificado cada más con el Estado (“L’État, c’est moi”, [10] es la máxima atribuida a Luis XIV)— la plenitud de poderes otrora repartidos entre los cuerpos intermedios.

Al contrario del soberano feudal, el monarca absoluto de la Edad Moderna tiene en torno a sí una nobleza que le acompaña noche y día y le sirve de elemento decorativo, sin poder efectivo. Así, el rey absoluto se encuentra separado del resto de la nación por un foso profundo, un abismo. Típicamente fueron así los soberanos franceses, quienes tuvieron en Luis XIV —el Rey Sol— su modelo más completo. [11]

A realizar dicho modelo tendían los diversos monarcas del fin del s. XVIII. Producían un primer impacto admirativo por su aparente omnipotencia, que sobrenadaba en la superficie y no hacía sino ocultar la impotencia profunda en que se colocaban por su propio aislamiento.

b) Sólo le resta entonces apoyarse en burocracias civiles y militares — Las pesadas “muletas” de la realeza absoluta

Cada vez más desprovistos de vínculos vitales con los cuerpos intermedios, ya no contaban con sus apoyos naturales, o los tenían debilitados por la creciente asfixia en que el absolutismo real los ponía.

Incapaces de mantenerse en pie, andar y luchar sin el sustentáculo de sus elementos constitutivos naturales —los cuerpos intermedios—, se veían obligados a apoyarse en redes de burocracia cada vez mayores.

Esos organismos burocráticos eran las pesadas muletas —relucientes pero frágiles— de esa monarquía de fines del siglo XVIII.

Así fue la realeza absoluta y burocrática devorando a lo largo de los tiempos al Estado paternal, familiar y orgánico.

c) Centralización del poder en Francia

En Francia, los grandes feudos fueron siendo reabsorbidos por la Corona. Al mismo tiempo, una especie de fuerza centrípeta iba aglutinando en París los principales resortes de mando e influencia. Luis XIV desarrolló esta política en todas sus consecuencias.

Debilidad de la aparatosa omnipotencia bonapartista

El arquetipo aparatoso y terrible de la monarquía burocrática, que nada tenía ya de paternal, fue el Estado de Bonaparte, militar, financiero y administrativo.

Después de haber vencido a los austríacos en Wagram,  ocupó Viena por algunos meses. Cuando el Emperador Francisco I de Austria pudo volver a su capital, los vieneses le ofrecieron una recepción festiva a fin de consolarle de la derrota y los infortunios. [12]  Al conocer este hecho, el déspota corso no pudo evitar un gemido: “¡Qué Monarquía tan fuerte!”, dijo, calificando a la Monarquía de los Habsburgo, quizá la más paternal y orgánica de aquel tiempo…

La Historia mostró cuánta razón tenía Bonaparte. Derrotado en Waterloo tras los Cien Días, nadie pensó en ofrecerle un homenaje festivo como reparación por la inmensa tragedia que sobre él se había abatido. Al contrario, cuando el Conde de Artois, futuro Carlos X, entró oficialmente en París, por primera vez  tras la Revolución, fueron grandes los festejos para celebrar a la dinastía legítima, que volvía del exilio sin los laureles de ninguna victoria militar; únicamente con el prestigio de un inmenso infortunio soportado con majestuosa dignidad. [13]

Después de su segunda y definitiva abdicación, aislado en su fracaso, Napoleón quedó reducido a la impotencia hasta el punto de tener que pedir asilo al Rey de Inglaterra, uno de los Estados que más inexorablemente se le opuso; ni siquiera la perspectiva de la destrucción de su trono suscitó en sus más allegados el ánimo para hacer alguna guerrilla o revolución inspirada en el amor filial de súbditos leales.

De alguna guerrilla o revolución, sí, a manera de las que levantó la lealtad monárquica en la Vendée y en la Península Ibérica a favor de sus Príncipes, o de las que la fidelidad inquebrantable de los bravos campesinos del Tirol, capitaneados por Andreas Hofer, despertó contra Napoleón a favor de la Iglesia Católica y de la Casa de Austria. A estos defensores de la Fe —así como de la Corona e independencia española y portuguesa, del Trono francés y de la monarquía de los Habsburgo— les tocó derramar su sangre por dinastías en las que aún estaban en vigor sensibles rasgos del paternalismo de antaño. En esto, y en muchas otras cosas, eran radicalmente diferentes, tanto del despotismo duro y arrogante de Napoleón, como del sordo y medroso de su hermano José, a quien “ascendió” autoritariamente de “Rey” de Nápoles a “Rey” de España.

Con excepción de la aventura de los Cien Días, el ejército francés aceptó disciplinadamente la caída de Napoleón. Por más épicos y brillantes que fueran los recuerdos que le unían al Corso, no tenían la fuerza de cohesión de vínculos familiares. Napoleón no podría decir de sus ejércitos lo que afirmara la Reina Isabel de Castilla, no sin cierta amargura, sobre el leal y aguerrido pueblo portugués: el secreto de su lealtad y dedicación estaba, según ella, en que los bravos combatientes portugueses, “¡hijos son [de su rey], y no vasallos!” [14]

d) La disolución del Sacro Imperio

El Sacro Imperio Romano Germánico, electivo desde su origen, pasó a ser de hecho hereditario en 1438, con Alberto II, el Ilustre, de la Casa de Austria. Desde entonces, el Colegio de los Príncipes Electores siempre designó para el Trono imperial al Jefe de esta misma Casa. Constituye una excepción sólo en apariencia la elección de Francisco de Lorena, pues era esposo de la heredera, la Archiduquesa María Teresa de Habsburgo. Con el matrimonio de ambos se constituyó la Casa de Habsburgo-Lorena, continuadora legítima de aquélla al frente del Sacro Imperio. [15] Pero el carácter fuertemente federativo del Sacro Imperio subsistió hasta su disolución en 1806 por la renuncia del Emperador Francisco II (I de Austria), presionado por Napoleón. Éste último redujo drásticamente el número de unidades soberanas del extinguido Imperio al imponer en aquel mismo año la Confederación del Rin.

La posterior Confederación Germánica (1815-1866), que tenía al Emperador de Austria como presidente hereditario, representó un papel conservador en esta andadura centrípeta; la victoria de Prusia en Sadowa obligó a su disolución, formándose bajo hegemonía prusiana la Confederación de Alemania del Norte, de la cual fueron excluidos Austria y otros Estados germanos. Tras la derrota de Napoleón III en 1870 se convirtió en el Reich alemán, mucho más centralizado, dentro del cual sólo se reconocían como soberanos veinticinco Estados.

El impulso centrípeto continuó; la Anschluss de Austria y la anexión del Sudetenland al III Reich condujeron este impulso al extremo del cual resultó la II Guerra Mundial.

La anulación de estas dos conquistas centrípetas de Adolfo Hitler, así como la reciente reincorporación de Alemania Oriental al actual Estado alemán, tal vez marquen el punto final de esas sucesivas modificaciones.

e) El absolutismo en la Península Ibérica

Análogo fue en Portugal y España el curso de los acontecimientos rumbo al absolutismo real.

Con el ocaso de la Edad Media, la organización política y socioeconómica tendió gradualmente hacia la centralización. Esa tendencia fue aprovechada por los respectivos monarcas para  ampliar continuamente el poder de la Corona sobre los varios cuerpos del Estado, especialmente sobre la alta Nobleza; cuando estalló en el viejo continente la Revolución Francesa, el poder de los reyes de Portugal y de España había llegado a su auge. Esto no se dio sin fricciones entre los monarcas y la Nobleza.

Esta tensión tuvo en Portugal episodios dramáticos con aplicación de la pena capital al Duque de Braganza y otros grandes nobles, la muerte del Duque de Viseu, apuñalado en presencia del Monarca, y la ejecución pública del Duque de Aveiro y de destacadas figuras de la aristocracia, sobre todo de la ilustre Casa de los Távoras.

En España, dicha tendencia centralizadora —que ya se notaba en monarcas de la Casa de Trastámara y va llegando a su auge en el siglo XVIII, con los Reyes de la Casa de Borbón— se define durante el gobierno de los Reyes Católicos. Prohibición de construir castillos, destrucción de muchos otros,  limitación de los privilegios nobiliarios, transferencia a la Corona del señorío de las plazas marítimas, fueron algunas de las medidas iniciales tomadas por Isabel y Fernando, y tuvieron como efecto la disminución del poder de la Nobleza. Los Maestrazgos de las Órdenes Militares fueron incorporados a la Corona.

Al final de esa evolución —antes de 1789— la Nobleza histórica gravitaba en torno al soberano y no raras veces se hospedaba en el Palacio Real, como en otros países de Europa, sobre todo en Francia, donde el Rey Sol y sus sucesores se hallaban cercados de las inigualables magnificencias del palacio de Versalles.

La vida de Corte le absorbía buena parte de su tiempo y le exigía un fastuoso tren de vida, para lo cual frecuentemente no le bastaban las rentas de sus tierras patrimoniales. En más de una Corte resultaron endeudamientos devastadores, rotos, a veces, por medio de mésalliances, o remediados por medio de subsidios reales a título de favor.

• Debilitamiento de la Nobleza y del propio poder real a consecuencia del absolutismo

Después de las malhadadas invasiones napoleónicas de España y Portugal,  sus respectivos regímenes monárquicos se fueron liberalizando. Las Coronas fueron perdiendo su influencia política y socio-económica. Mientras tanto, los Títulos de Nobleza que los reyes portugueses y españoles iban distribuyendo con creciente liberalidad, acabaron por incluir en esta clase a numerosas personas que no habían nacido en ella. [16]

Faltó en muchos casos criterio para discernir quién era realmente digno de ese honor, desmereciéndose la consideración de que la Nobleza gozaba antaño. Pasaba a ser menos expresivo el premio que recibían auténticos propulsores del bien común al ser introducidos en un cuerpo social como el de la Nobleza, que sólo tiene que perder con la falta de una juiciosa y discreta selección, pues Nobleza y selección son conceptos correlativos.

En España, la proclamación de la República y las restauraciones monárquicas que la siguieron dieron ocasión a otras tantas supresiones y reintegraciones de los derechos y Títulos de la Nobleza, con evidente trauma para el cuerpo nobiliario. En Portugal, tras la proclamación de la República, los Títulos nobiliarios, distinciones honoríficas y derechos de la Nobleza fueron abolidos. [17]

f) El Estado burgués superpotente y el estado comunista omnipotente

En síntesis, en el siglo XIX ya se esbozaba el Estado burgués superpotente en naciones residualmente monárquicas, o ya ruidosamente republicanas.

A lo largo de la belle époque, del periodo de entreguerras y de la post-guerra de 1945, las Coronas fueron cayendo unas detrás de otras, y el Estado democrático superpotente fue abriendo los caminos de la Historia para el Estado proletario omnipotente.

6. Génesis del Estado contemporáneo

a) El ocaso de las regiones — La marcha rumbo a la hipertrofia del poder real

Como vimos, al comenzar la Edad Moderna el modelo feudal se encuentra en el inicio de un acentuado proceso de decadencia política. El poder real va consolidándose y llegará a hipertrofiarse en los siglos XVII y XVIII. Comienza a nacer el Estado contemporáneo, basado cada vez menos en la aristocracia rural, la autonomía y el impulso creador de las regiones, y cada vez más en órganos burocráticos, que van extendiendo a todo el país la acción del Estado.

Las vías de comunicación, más transitables y protegidas contra el bandidaje, favorecen intercambios entre las diferentes regiones. La expansión del comercio y nuevas industrias van uniformizando el consumo.

Los regionalismos de todo tipo entran en decadencia y la formación de centros urbanos cada vez mayores va desplazando el centro de gravedad de las micro-regiones hacia las macro-regiones y de éstas a las metrópolis. La capital se va convirtiendo en el gran polo de atracción de todo el territorio, y el foco de irradiación del mando emanado de la Corona.  La Corte atrae cada vez más a la Nobleza antaño preponderantemente rural que se establece alrededor del rey, punto de  partida de la irradiación de todo lo que se hace en el país.

b) El absolutismo real se transforma en absolutismo de Estado bajo el régimen democrático-representativo

Este proceso gradual e implacable conserva continuidad con las formas cada vez más absorbentes de los tipos de Estado nacidos en los ss. XIX y XX. El Estado republicano burgués del s. XIX fue, pese a sus aspectos liberal-democráticos, más centralizador que el monárquico de la fase anterior. En él se dio un incontestable proceso de democratización [18] que abrió las puertas del Poder a las clases no nobles; pero estas mismas puertas fueron cerrándose para las clases nobles, forma discutible de practicar la igualdad. La libertad se hacía cada vez más escasa para los ciudadanos, sobre cuyo conjunto iba pesando la creciente mole de legislaciones en continua expansión.

c) La piramidalización centrípeta — La superpiramidalización — Dos ejemplos: Banco y mass-media

Para tener un cuadro del ocaso de las libertades en el s. XIX es necesario considerar que también en la esfera privada fue manifestándose una tendencia a la piramidalización, al entrelazamiento de empresas o instituciones en bloques cada vez más amplios que absorbían a cualquier unidad autónoma que se resistiera a integrarse en la pirámide. En el ápice de esas pirámides existían —o aún existen— grandes fortunas que controlaban a las gradualmente menores, con lo que los propietarios de pequeñas y medianas empresas perdían libertad de acción ante la competencia y presiones del macrocapitalismo.

Por la naturaleza de las cosas se superponían, por encima de ese conjunto de pirámides, algunas entidades dotadas de una fuerza de liderazgo aún mayor. Ejemplo, el sistema bancario y los mass-media.

En nuestro siglo, este proceso se ha incrementado acentuadamente gracias a los nuevos inventos, al continuo progreso de la ciencia y de la técnica.

La concentración del capital particular en manos de unos pocos propietarios de grandes fortunas puede conducirnos a otra consecuencia: la posición del macro-capitalismo frente al Estado.

En el mundo burgués —en apariencia, alegremente liberal-democrático; en realidad, cada vez más democrático y nivelador bajo cierto punto de vista, pero menos liberal bajo otro— ha pasado a producirse una extraña inversión de valores. Los bancos y mass-media son normalmente propiedades privadas; pertenecen a individuos; sin embargo, esas grandes fuerzas cuentan con un poder nítidamente mayor que el de la Nobleza del s. XIX, e incluso que el de la anterior a la Revolución Francesa.

Esas fuerzas acaban teniendo sobre el Estado un poder mayor que el que éste tiene sobre ellas. Bancos y mass-media disponen de más medios para influir a fondo en el nombramiento de los cargos electivos de la mayor parte de las democracias modernas, que los que éste tiene para intervenir en la elección de las grandes autoridades de los bancos y mass-media privados. En muchas ocasiones aquel ha sentido que se encontraría desaparejado si no asumiera el papel de gran empresa bancaria o periodística, invadiendo así la esfera privada… que, a su vez, había invadido la estatal.

¿Convergencia? No; camino hacia el caos, diríamos.

En lo que se refiere a la plena libertad de acción y desarrollo, esta confrontación entre el Estado y el macro-capitalismo no trae ningún beneficio económico ni político al ciudadano común.

Basta considerar que frecuentemente en días de elecciones, ante la mesa electoral desfilan las multitudes. Como un ciudadano cualquiera, pasa el magnate de la nobleza antitética [19] del siglo XX y deposita su voto, consciente de que valdrá tanto o tan poco como el del más obscuro ciudadano.

Días después, se publican los resultados del escrutinio. El magnate los comentará en su club como lo haría un ciudadano cualquiera, como si hubiese contribuido al resultado en la misma medida que un votante común; pero aquellos que, al oírle, saben que de él depende una cadena de órganos de publicidad capaz de condicionar notablemente el voto de las masas amorfas y desorientadas de nuestros días, ¿podrán mantener en su fuero íntimo esa misma ilusión?

d) El capitalismo de Estado: continuación de la línea centrípeta y autoritaria anterior — Sepulcro de lo que le ha antecedido

Así, ¿qué trajo de nuevo el capitalismo de Estado a los países en que fue implantado?

Por influencia próxima o remota de la ideología de 1789, acentuó hasta el infinito la línea centrípeta precedente; [20] hizo del Estado un Leviatán, ante cuya omnipotencia las atribuciones de reyes y nobles de las épocas anteriores parecen pequeñas, si no corpusculares. Al absorber todo con su fuerza devoradora, el colectivismo de Estado sepultó, en el mismo nada, como en una tumba, a reyes y nobles, así como a las aristocracias antitéticas [21] que habían llegado al punto culminante de su andadura histórica.

e) Un sepulcro — Dos trilogías

¿Han sido sólo esas las víctimas de la gangrena colectivista?

¡No! También los estratos sucesivamente inferiores de la burguesía. El poder de absorción del “Leviatán” colectivista no perdonó ni a un solo hombre, ni un solo derecho individual. Hasta los más elementales de esos derechos —aquellos que no le corresponden en virtud de una ley del Estado, sino por la fuerza del orden natural de las cosas, expresado con sabiduría y simplicidad divinas en el Decálogo— han sido invariablemente negados por el colectivismo a cada uno de los pueblos sobre los que instaló su poder, a cada uno de los infelices individuos que los constituyen. Es lo que la experiencia histórica, claramente patente ahora en el siniestro panorama desvelado tras la caída del Telón de Acero, ha hecho evidente para todo el género humano. Hasta el derecho a la vida ha sido absorbido por el Estado colectivista, negando así al hombre lo que la moda ecológica actual se esfuerza por garantizar al menor y más repugnante gusano.

Así pues, los obreros, los más insignificantes siervos del Estado, han sido los más recientes ocupantes de esa tumba, cuyo epitafio podría designar globalmente a esas víctimas de anteayer, de ayer y de hoy, por medio de los tres grandes principios negados por el colectivismo:

TRADICIÓN — FAMILIA — PROPIEDAD,

cuya negación despertó la valiente y polémica contestación del mayor conjunto de entidades anticomunistas de inspiración católica del mundo moderno.

Y como, según ciertas leyendas, los sepulcros de las víctimas de injusticias clamorosas son sobrevolados por confusos y atormentados torbellinos de espíritus malignos, se podría imaginar, flotando sobre esa agitada, febril y ruidosa ronda otra trilogía:

MASIFICACIÓN — SERVIDUMBRE — HAMBRE.

f) ¿Qué queda hoy de la Nobleza? — La respuesta de Pío XII

Extinguida la independencia administrativa de las regiones bajo el peso del totalitarismo revolucionario, y abolidas por el creciente igualitarismo de la Edad Contemporánea las especiales funciones y correlativos privilegios que hacían de la Nobleza en la Edad Media y el Antiguo Régimen un cuerpo social y político definido: ¿qué queda hoy de ella?

Pío XII responde categóricamente: “Se ha pasado una página de la Historia, se ha terminado un capítulo, se ha colocado el punto que indica el final de un pasado social y económico.” [22]

Sin embargo, de esta clase a la que nada de palpable resta, el Pontífice espera el ejercicio de una alta función para el bien común. Que es descripta por él con precisión en sus varias alocuciones; y su pensamiento sobrevive claramente en las alocuciones de Juan XXIII y de Pablo VI al Patriciado y a la Nobleza romana, y a la Guardia Noble Pontificia.

Para comprender este delicado e importante tema, conviene volver a nuestra exposición histórica retrospectiva.

7. El perfil moral del noble medieval

En todo cuerpo social constituido por los profesionales de un mismo ramo, es fácil notar cuanta influencia ejerce la actividad profesional sobre el perfil intelectual y moral de los que la ejercen y sobre las relaciones domésticas o sociales extrínsecas al ámbito profesional.

En la Edad Media y el Antiguo Régimen la condición nobiliaria no podía ser equiparada estrictamente a una profesión. De cierto punto de vista, ser noble era un modo de ganarse la vida; pero, desde otro, era mucho más. La condición nobiliaria marcaba a fondo a quien gozaba de ella y a toda su familia, por medio de la cual habría de ser transmitida a las generaciones venideras. El Título de Nobleza se incorporaba al apellido y a veces lo sustituía; el blasón pasaba a ser el emblema de la familia, y la tierra sobre la cual el noble ejercía su poder adquiría muchas veces su propio nombre, cuando no era el noble quien incorporaba a su Título el nombre de la tierra. [23]

a) En la guerra como en la paz, ejemplo de perfección

Dos principios esenciales definían la fisonomía del noble:

Para ser el hombre modelo puesto en la cumbre del feudo como la luz en el candelero tenía antes que ser un héroe cristiano dispuesto a todos los holocaustos a favor del bien de su rey y de su pueblo, así como el brazo temporal armado en defensa de la Fe y la Cristiandad.

Pero él y su familia tenían que dar un buen ejemplo en todo, un ejemplo excelente. En la virtud como en la cultura, en el impecable trato social, el buen gusto, la decoración del hogar, los festejos, su ejemplo debía impulsar a todo el cuerpo social a que cada cual mejorase en todo.

b) El caballero cristiano — La dama cristiana

Estos dos principios tenían un alcance práctico admirable. Durante la Edad Media fueron aplicados con autenticidad, y se trazó así en todo Occidente la fisonomía espiritual del caballero cristiano y de la dama cristiana.

A pesar de las sucesivas diluciones infligidas por la progresiva laicización del Antiguo Régimen, los conceptos de caballero, o de caballero y dama, han designado siempre la excelencia del tipo humano, y continúan designándola en nuestros días, cuando, desgraciadamente, ambos calificativos están quedando anticuados.

Aunque la Nobleza haya perdido todo lo que acabamos de ver, le queda principalmente un supremo y postrero tesoro: esa excelencia del tipo humano; ésta no puede ser conocida a fondo sin considerar cómo y por qué se formó a lo largo del proceso generador del feudalismo y de la jerarquía feudal.

c) Holocausto, buenas maneras, etiqueta y protocolo — Simplificaciones y mutilaciones impuestas por el mundo burgués

Holocausto. Esta palabra merece ser subrayada pues tenía en la vida del noble una importancia central, perceptible hasta en la vida social como un ascetismo que la marcaba a fondo. Buenas maneras,  etiqueta y protocolo se modelaban según padrones que exigían del noble una continua represión de lo que hay de vulgar, burdo y hasta de humillante en tantos impulsos del hombre. La vida social era, bajo algunos aspectos, un sacrificio continuo, más exigente a medida que la civilización se quintaesenciaba.

Esto puede despertar la sonrisa escéptica de no pocos lectores. Para que éstos ponderen bien lo que hay en ella de real bastará con que consideren las mitigaciones, simplificaciones y mutilaciones que el mundo burgués nacido de la Revolución Francesa viene imponiendo a las etiquetas y ceremoniales sobrevivientes en nuestros días. Todas esas alteraciones se dirigen a proporcionar despreocupación, comodidad y confort burgués a los magnates del arribismo, decididos a conservar, en el seno de su opulencia recién nacida, la vulgaridad de sus anteriores condiciones de vida; así la erosión de todo buen gusto, etiquetas y bellos modales se ha venido haciendo por obediencia a un deseo de laissez-faire, de relajamiento, y por el dominio del capricho inopinado y extravagante del hippismo, que encontró su apogeo en 1968 en la descabellada rebelión de la Sorbona y en los movimientos tipo punk, dark, etc., que le han seguido.

d) Diversidad armónica en la práctica de las virtudes evangélicas: En la humildad del estado religioso — En medio de las grandezas y esplendores de la sociedad temporal

Conviene describir aquí un aspecto espiritual que se destaca acentuadamente en numerosos miembros de la Nobleza.

Muchos santos, nacidos nobles, renunciaron a su condición social para practicar, en el anonadamiento del estado religioso, la perfección de la virtud. ¡Qué espléndidos ejemplos así han dado a la Cristiandad y al mundo!

Pero otros santos, también nacidos nobles, se conservaron en las grandezas de esta tierra, realzando así a los ojos de las demás categorías sociales, con el prestigio inherente a su condición socio-política, todo lo que hay de admirable en las virtudes cristianas, y dando un buen ejemplo a la colectividad a la cabeza de la cual se encontraban. Con ello obtenían grandes beneficios para la salvación de las almas, y para la propia sociedad temporal. Pues nada hay más eficaz para el Estado y la sociedad que tener en sus más elevados niveles a personas aureoladas con la alta y sublime respetabilidad que irradia la personalidad de los santos.

Esos santos tan dignos de reverencia y admiración por su elevada condición jerárquica se hacían particularmente amables a los ojos de la multitud por practicar de modo constante y ejemplar la Caridad cristiana. Son innumerables los nobles beatificados o canonizados que, sin renunciar a los honores terrenos que merecían por su origen, se destacaron por su amor a los desamparados, por su marcada opción preferencial por los pobres.

En este mismo solícito servicio brillaron también aquellos nobles que prefirieron los admirables despojamientos de la vida religiosa para hacerse pobres con los pobres, y así aligerarles sus cruces de la vida terrena y preparar sus almas para el Cielo.

Hacer aquí mención de los tan numerosos nobles que practicaron las virtudes evangélicas en las grandezas y esplendores de la sociedad temporal, y de los que las practicaron abandonando la vida secular, por amor a Dios y al prójimo, alargaría excesivamente este trabajo. [24]

e) Cómo gobernar — cómo no gobernar

Gobernar no es principalmente hacer leyes, dictar sanciones para sus trasgresores y compeler a la población a que las obedezca mediante una burocracia tanto más eficaz cuanto mayor sea su alcance, y una fuerza policial tanto más coercitiva cuanto más capacitada esté para invadir e intimidar. Así se puede gobernar, en la mejor de las hipótesis, una prisión, pero no un pueblo.

Para gobernar hombres es necesario ganarse su admiración, confianza y afecto. A ese resultado no se llega sin una profunda consonancia de principios, anhelos y rechazos, sin un cuerpo de cultura y tradiciones comunes.

Los señores feudales alcanzaron dicha consonancia mediante un continuo estímulo de las poblaciones rumbo a lo excelente en todos los campos. Incluso para conseguir el consenso popular a favor de las guerras a que les llevaban las condiciones de su época, la Nobleza usó métodos persuasivos, como el dar apoyo a las predicaciones de la Jerarquía eclesiástica acerca de las circunstancias morales que podrían hacer legítima una guerra emprendida por motivos religiosos o por motivos temporales.

f) El bonum y el pulchrum de la guerra justa — Los caballeros lo sentían hasta el fondo del alma

La Nobleza hacía brillar el bonum de la guerra justa, al mismo tiempo que el pulchrum, en la fuerza de expresión del ceremonial bélico, en el esplendor de los armamentos, de los arreos de los caballos, etc. La guerra era para el noble un holocausto en pro de la glorificación de la Iglesia, de la libre difusión de la Fe, del legítimo bien común temporal; holocausto hacia el cual se ordenaba de modo análogo a como lo hacían los clérigos y religiosos con respecto a los holocaustos morales inherentes a su estado.

Los caballeros, que no siempre eran nobles, sentían a fondo el bonum y el pulchrum de ese holocausto, y en ese estado de espíritu partían a la guerra. La belleza con que rodeaban las exterioridades de su actividad militar estaba lejos de significar un medio de llevar consigo libremente a los hombres válidos de la plebe —para los cuales era desconocido el reclutamiento obligatorio, con la amplitud y duración indefinida de las movilizaciones de nuestros días—; no obstante producía sobre el espíritu de las poblaciones ese efecto.

En aquellos siglos de Fe ardiente actuaban sobre el público, mucho más que esas brillantes apariencias, las enseñanzas de la Iglesia; y éstas no dejaban dudas de que la guerra santa podía ser, más que simplemente lícita, un deber para todo el pueblo cristiano, incluidos tanto los nobles como los plebeyos. [25]

8. La Nobleza en nuestros días — Magnitud de su misión contemporánea

a) Substracto esencial de todas las noblezas, cualquiera sea su nacionalidad

En vista de todo lo anterior, ¿cuál es el substracto del tipo humano característico de la Nobleza?

La erudición histórica viene acumulando datos sobre el origen de esta clase, la función política, social y económica que le ha correspondido, su influencia en la moralidad, usos y costumbres, y sobre su mecenazgo en beneficio de las artes y de la cultura.

¿Qué es un noble?

Es alguien que forma parte de la Nobleza; que ha de corresponder a un determinado tipo psicológico y moral que  modela al hombre entero; de manera que la nobleza acaba siendo siempre una. Por más que un magnate húngaro sea diferente de un grande de España, o un duque o par de Francia posea características diversas de las de un duque del Reino Unido, Italia, Alemania o Portugal, a los ojos del público un noble es siempre un noble, un conde es siempre un conde, un barón siempre un barón, un hidalgo o gentilhombre siempre un hidalgo o gentilhombre.

Las vicisitudes históricas por las cuales ha pasado la Nobleza han modificado muchísimo su situación; en nuestros días, si no pocos de sus miembros continúan en el vértice de la riqueza y del prestigio, otros se encuentran en el vórtice de la pobreza, obligados a duros y humildes trabajos para mantener su existencia, vistos incluso con sarcasmo y desdén por contemporáneos imbuidos del espíritu igualitario y burgués de la Revolución Francesa, cuando no despojados de sus bienes, pisoteados y reducidos a una condición proletaria por los regímenes comunistas de cuya dominación despótica no hayan conseguido escapar a tiempo.

b) La Nobleza: un patrón de excelencia — Impulso hacia todas las formas de elevación y perfección [26]

Privada de poder político en las repúblicas contemporáneas, y contando con vestigios de él en las monarquías; teniendo en el mundo de las finanzas representación escasa; desempeñando en la Diplomacia y en el mundo de la cultura y del mecenazgo un papel menos patente que el de la burguesía, la Nobleza de hoy no es en la mayor parte de los casos sino un residuo precioso que representa a la tradición y consiste esencialmente en un tipo humano.

A este tipo humano, ¿cómo podemos definirlo?

El curso de los hechos ha llevado a que la Nobleza haya venido constituyendo durante siglos —incluso en nuestra sociedad intoxicada de igualitarismo, vulgaridad y corrupción moral— un modelo de excelencia para edificación de los hombres y para que reciban merecido realce las cosas excelentes, pues cuanto más se dice de un objeto que es noble, aristocrático, más se acentúa que es excelente en su género.

Aún en las primeras décadas del s. XX dominaba en la sociedad temporal la tendencia a siempre mejorar, en los más variados campos y bajo los más diversos puntos de vista; afirmación que debe ser muy matizada al tratar de la religiosidad y de la moralidad pública o privada.

Hoy en día es imposible esconder que una tendencia omnímoda hacia la vulgaridad, la extravagancia delirante, y aún hacia el brutal y descarado triunfo de lo obsceno y hediondo va ganando terreno. La revolución de la Sorbona de 1968 fue una detonación de alcance universal que puso en movimiento los gérmenes incubados en el mundo contemporáneo. El conjunto de esos fenómenos trae consigo una acentuadísima marca de proletarización, en su sentido más peyorativo.

Sin embargo, el viejo impulso hacia todas las formas de elevación y perfección nacido en la Edad Media, y desarrollado en los siglos sucesivos, no ha muerto; al contrario, frena en alguna medida la velocidad de expansión de su opuesto, e incluso consigue en varios ambientes una tal o cual preponderancia.

Fue misión de la Nobleza cultivar y difundir ese impulso de todas las clases hacia lo alto. El noble estaba vuelto por excelencia hacia esa misión en la esfera temporal, como el Clero en la espiritual.

Símbolo de ese impulso, personificación, libro vivo en el cual toda la sociedad podía “leer” todo lo que nuestros mayores, ávidos de elevación, anhelaban e iban realizando: así era el noble.

Así era él, sí; y ese precioso impulso es quizás lo mejor de lo que conserva de todo lo que fue. Hombres de nuestros días se vuelven en número creciente hacia él indagando con muda ansiedad si sabrá conservarlo y aún ampliarlo valientemente, para salvar al mundo del caos y las catástrofes en que se va hundiendo.

Si el noble del siglo XX se mantiene consciente de esta misión y, animado por la Fe y por el amor a una tradición bien entendida, hace todo lo posible para cumplirla, alcanzará una victoria de grandeza no menor que la de sus antepasados cuando contuvieron a los bárbaros, repelieron más allá del Mediterráneo al Islam y, bajo el mando de Godofredo de Bouillon, derribaron las puertas de Jerusalén.

c) El punto de máxima insistencia de Pío XII

De todo lo que antaño la Nobleza fue o tuvo, le ha quedado “solamente” esa excelencia multiforme junto con un conjunto residual de medios, los indispensables para que, en la mayor parte de los casos, no decaiga a una situación proletarizante.

“Solamente”; y, realmente, ¡qué poco es eso en relación a lo que eran y tenían los nobles! Pero, ¡cuán mejor es que la vulgaridad burda y jactanciosa de tantos otros de nuestros contemporáneos!

En las vulgares y adineradas corrupciones no raras de la jet set; en las extravagancias de más de uno de los millonarios que aún existen; en los egoísmos, comodidades desenfrenadas y excesos de precaución sanchopancescos de ciertos burgueses, ¡cuántos fallos y lagunas hay, si se les compara con lo que aún resta de excelencia en las verdaderas aristocracias!

Ahí se encuentra el punto de máxima insistencia de las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana. El Pontífice muestra a los eminentes partícipes de esa categoría, y al mundo entero, que esta excelsa característica de la Nobleza le confiere un lugar inconfundible entre las clases dirigentes que van emergiendo de las nuevas condiciones de vida; lugar de notoria importancia religiosa, moral y cultural, que hace de ella un precioso valladar ante la torrencial decadencia del mundo contemporáneo.

d) La Nobleza: fermento, y no mero polvo del pasado — Misión sacerdotal de la Nobleza para elevar, purificar y pacificar al mundo

Ya Benedicto XV (1914-1922), en su alocución de 5 de enero de 1920, al dirigir al Patriciado y a la Nobleza Romana palabras de ardiente elogio a la conducta dedicada y heroica que mantuvieron en los días dramáticos de la I Guerra Mundial, hizo ver toda la importancia de la misión que se abría para ellos en el subsiguiente periodo de paz.

En aquella ocasión hizo mención el Pontífice a “otro sacerdocio semejante al sacerdocio de la Iglesia: el de la Nobleza.” No se refiere únicamente al buen ejemplo dado por el Patriciado y la Nobleza romana durante la guerra; se eleva a un plano más alto para afirmar que hay algo de sacerdotal en lo intrínseco de la misión de la Nobleza. Este elogio de la Nobleza en cuanto tal no podía ser mayor, sobre todo en los labios de un Papa.

El Pontífice no tiene la intención de equiparar la condición de noble a la de sacerdote; no afirma la identidad entre una y otra misión, sino tan sólo una notable semejanza, y desarrolla este principio con citas de San Pablo; pero para dar todo el relieve a la autenticidad de los deberes del noble en el campo de la Fe y la moralidad, sus enseñanzas se revisten de impresionante fuerza de expresión:

 “Junto al regale Sacerdotium de Cristo, vosotros, oh nobles, habéis sido elevados a la condición de genus electum de la sociedad; y vuestra actuación ha sido la que, por encima de cualquier otra, más se ha asemejado a la del Clero y ha emulado su obra. Mientras el sacerdote, con su palabra, con su ejemplo, con su valor, con las promesas de Cristo, asistía, sostenía y confortaba, la Nobleza cumplía también su deber en los campos de batalla, en las ambulancias, en las ciudades, en los campos; y, combatiendo, asistiendo, prodigándose o muriendo (…) mantenía la fidelidad a las tradiciones de las glorias pasadas y a las obligaciones que su condición impone.

“Por lo tanto, si grato Nos resulta el elogio hecho a los sacerdotes de nuestra Iglesia por la obra realizada en el doloroso periodo de la guerra, es cosa justa que Nos rindamos también la debida alabanza al sacerdocio de la Nobleza. Uno y otro sacerdocio son ministros del Papa porque en horas tristísimas han interpretado bien sus sentimientos.”

Benedicto XV pasa a hablar de los deberes de la Nobleza en el período que se abría:

“¡Y cómo no habremos Nos de decir que el sacerdocio de la Nobleza —por ser aquel que proseguirá sus obras beneméritas también en tiempo de paz— será visto por Nos con particular benevolencia! ¡Ah, del ardor del celo desplegado en días nefastos, deducimos con complacencia la constancia de propósitos con que los Patricios y los Nobles de Roma continuarán realizando en horas más felices las santas empresas con que se alimenta el sacerdocio de la Nobleza!

“El Apóstol San Pablo amonestaba a los nobles de su tiempo para que fueran o volvieran a ser como su condición lo exigía. Sin embargo, no satisfecho con haberles dicho que debían ser modelo en el obrar, en la doctrina, en la pureza de costumbres, en la gravedad [de su conducta], —(…) (Tit. II, 7)— San Pablo consideraba más directamente a los nobles cuando recomendaba a su discípulo Timoteo que amonestara a los ricos (…) para que hicieran el bien y se enriquecieran de buenas obras (…) (I Ti. VI, 17).

“Se puede afirmar con razón que estas advertencias del Apóstol convienen también admirablemente a los nobles de nuestra época. Cuanto más elevada es, amadísimos hijos, vuestra condición social, tanta mayor obligación tenéis de caminar delante de los demás con la luz del buen ejemplo (…).”

¿También en días tan diferentes como los nuestros corresponden a la Nobleza esos deberes? ¿No sería más objetivo decir que hoy en día obligan a los nobles tanto como a cualquier otro ciudadano? La doctrina de Benedicto XV afirma precisamente lo contrario.

“Siempre ha apremiado a los nobles el deber de facilitar la enseñanza de la verdad (…); pero hoy —cuando la confusión de las ideas, compañera de las revoluciones de los pueblos, ha hecho perder en tantos lugares y a tantas personas las verdaderas nociones de derecho, justicia y caridad, de religión y de patria— ha aumentado aún más la obligación que tienen los nobles de empeñarse en reintegrar al patrimonio intelectual de los pueblos aquellas santas nociones que nos deben dirigir en las actividades cotidianas. Siempre ha apremiado a los nobles el deber de no admitir nada indecoroso en sus palabras o actos, para que su ligereza no sea para sus subalternos incitación al vicio (…); pero, ¡qué duro y grave se ha vuelto hoy este deber por la malicia de nuestra época! Por eso, no sólo los caballeros, sino también las señoras, están obligados a unirse fuertemente en santa liga contra las exageraciones y torpezas de la moda, alejando de sí y no tolerando en los demás aquello que las leyes de la modestia cristiana no consienten.

“Y para que los Patricios y Nobles de Roma lleguen a realizar aquello que hemos dicho que San Pablo había recomendado más directamente a los nobles de su tiempo (…) a Nos basta con que continúen modelándose durante la paz según aquel espíritu de caridad del cual han dado hermosas pruebas durante la guerra. (…)

“Vuestra nobleza no será, pues, considerada como una inútil supervivencia de tiempos ensombrecidos, sino como levadura reservada para resucitar a la sociedad corrompida; será faro de luz, sal de preservación, guía de los extraviados; será inmortal no sólo en esta tierra, donde todo —hasta la gloria de las más ilustres dinastías— se marchita y entra en ocaso, sino también en el Cielo, donde todo vive y se deifica con el Autor de todas las cosas nobles y bellas.”

Y al final de la alocución, al impartir la Bendición Apostólica, el Pontífice manifiesta el deseo “de que todos cooperen, con el sacerdocio propio de su clase, a la elevación, purificación y pacificación del mundo y, haciendo el bien a los demás, aseguren también para sí la entrada al Reino de la Vida Eterna: ‘Ut aprehendat veram vitam!’ ” [27]

e) Admiradores de la Nobleza en los días que corren

Aún cuando despreciado y odiado, el noble que sepa conservarse digno de sus antepasados es siempre un noble, objeto especial de consideración —y aún de cortesías— por quienes tratan con él.

Ejemplo es el hecho de que haya en todas las sociedades, aun en los días que corren, admiradores de la Nobleza que le dedican un respeto admirativo, un interés emocionado, casi romántico. La mención de los hechos que son síntoma de la presencia de ese compacto filón sería interminable.

Dos de ellos hablan por sí. Uno —ya citado— es el entusiasmo jubiloso y admirativo con el cual multitudes que sería imposible calcular siguieron por televisión la ceremonia matrimonial del Príncipe de Gales con la Princesa Diana; otro es el crecimiento constante de la revista parisiense “Point de Vue — Images du Monde”, que dedica especial atención a los segmentos aristocráticos de todos los países, monarquías o repúblicas. La tirada de “Point de Vue”, que en 1956 era del orden de 180.000 ejemplares, llegó en 1991 a los 515.000. [28]

f) Nobleza: tesis y antítesis

Con respecto a las élites adineradas que en vez de procurar cultivar cualidades adecuadas a su elevada condición económica, se jactan de permanecer en la vulgaridad, juzgamos conveniente hacer algunas consideraciones.

La tendencia a permanecer en los descendientes del propietario es inherente a la propiedad individual. A ello conduce con todas sus fuerzas la institución de la familia. Así se han constituido linajes y hasta “dinastías” comerciales, industriales o publicitarias, aptas para ejercer sobre los acontecimientos políticos un poder incomparablemente mayor que el de los simples electores… sin que todos los ciudadanos dejen de ser iguales ante la ley.

¿Constituyen esos linajes una nueva Nobleza?

Del punto de vista meramente funcional, tal vez se pudiera decir que sí; pero ese punto de vista no es el único y ni siquiera el principal. Esa nueva “Nobleza”, en concreto, frecuentemente no es ni puede ser una Nobleza, ante todo porque gran parte de sus miembros no quieren serlo. Los prejuicios igualitarios que tantos de esos linajes cultivan y ostentan les llevan a diferenciarse de la antigua Nobleza, a hacerse insensibles a su prestigio, a subestimarla en ocasiones a ojos de la multitud. No se sirve esta nueva “Nobleza” de una supresión de las características que diferencian la antigua Nobleza de la masa, sino de la ostentación de una característica instrumentada para cultivar una popularidad demagógica: la vulgaridad.

Mientras la Nobleza antigua era y quería ser una selección, su antítesis actual se jacta con cierta frecuencia de no diferenciarse de la masa, de camuflarse con los modos de ser y hábitos de ésta para huir de la venganza del espíritu igualitario demagógico, en general mantenido hasta la exacerbación… por los propios mass-media, cuyos responsables máximos tantas veces pertenecen, paradójicamente, a esa misma “Nobleza” antitética.

Por el orden natural de las cosas, es propio de la Nobleza formar con el pueblo un conjunto orgánico, como la cabeza con el cuerpo; y es característica de esta nobleza antitética una tendencia a evitar en lo posible esa diferenciación vital, tratando —al menos en la apariencia— de integrarse en el gran conjunto amorfo y sin vida que es la masa[29]

Sería exagerado afirmar que son así todos los plutócratas contemporáneos; pero, así lo son sin duda, gran número de ellos, frecuentemente los más ricos, a los cuales un observador atento no negará que son particularmente notables por su dinamismo, poder y lo arquetípico de sus características.

9. El florecimiento de élites análogas — ¿Formas contemporáneas de Nobleza?

Al hablar de la sociedad y de la vida burguesa y sus peculiaridades, no se ha tenido la intención de incluir a aquellas familias de dicha clase en cuya atmósfera interior se ha venido constituyendo a lo largo de las generaciones una genuina tradición familiar, rica en valores morales, culturales y sociales. Dichas familias, al contrario que la nobleza antitética, forman, por su fidelidad a la tradición del pasado y el empeño en perfeccionarse continuamente, verdaderas élites.

En una organización social abierta a todo aquello que la enriquece con verdaderos valores, esas familias que se van convirtiendo paulatinamente en una clase aristocratizada acaban por fundirse suavemente en la aristocracia; o bien, por la fuerza de las costumbres, constituyen, al lado de la propiamente dicha ya existente, una nueva aristocracia con peculiaridades específicas. A quien está al mismo tiempo en la cumbre del poder político y de la influencia social —como ocurre con los monarcas— le corresponde presidir de manera acogedora y llena de tacto dicho perfeccionamiento altamente respetable de la estructura político-social, más auscultando las ansias que marcan el rumbo de las sanas transformaciones sociales y definen las aspiraciones de la sociedad orgánica, que trazando geométricamente el camino a golpe de decretos.

La existencia de las élites aristocráticas, en lugar de excluir celosamente, mezquinamente, el florecimiento pleno de otras élites sirve, por el contrario, a estas últimas de padrón para fecundas analogías y de estímulo para fraternales perfeccionamientos.

El sentido peyorativo de la palabra burguesía lo merecen los sectores que, despreocupados de formar tradiciones familiares propias, y de perfeccionarlas a lo largo de las generaciones, se empeñan en galopar rumbo a la más descabellada modernidad, por lo que, aun cuando cuenten con algunas generaciones de opulencia o de simple desahogo, constituyen sin embargo una especie de capa de arribistas… ¡en un estado de permanente mutación causado por la determinación autofágica de no mejorar sus hábitos a lo largo de las generaciones!

a) Materia de la que los Pontífices no llegaron a tratar: ¿No habrá formas “actualizadas” de reconocer oficialmente a la Nobleza?

Estas consideraciones nos conducen a un aspecto de la problemática del que ni Pío XII, ni sus antecesores y sucesores llegaron a tratar, tal vez por razones prudenciales.

Pío XII atribuye a la Nobleza de nuestros días un importante papel,  por lo que desea conservarla como una de las clases dirigentes del mundo actual; y para eso abre sus ojos para lo que aún le resta, para el uso que debe hacer de ese medio residual de supervivencia y de acción, con el fin de que no sólo defienda con éxito su actual posición, sino que quizá recupere un más amplio lugar al sol en los más altos parajes del organismo social contemporáneo.

Pero la función que así queda reconocida a la Nobleza es de tal importancia que normalmente no le bastará con contar con el exiguo y por cierto tan controvertido residuo de lo que tuvo.

Se podrían imaginar los medios para irle ampliando gradualmente la base de acción. ¿De qué modo sería deseable hacerlo? ¿Hasta qué punto ese deseable sería viable en las condiciones actuales? ¿Por qué no pensar, por ejemplo, en una sociedad que proporcione a la Nobleza ampliamente —bajo formas eventualmente “actualizadas” que no consistan sólo en la propiedad inmobiliaria urbana o sobre todo rural— las bases necesarias para su existencia y la plenitud de su acción bienhechora? ¿Por qué no reconocerla oficialmente, en cuanto portadora de un factor tan precioso como la tradición, como uno de los consejeros particularmente escuchados y respetados por quienes tienen en sus manos los resortes de la dirección del mundo de hoy?

No se puede excluir la hipótesis de que haya pensado en esto maduramente el Papa Pío XII, si bien que, por razones prudenciales, no haya llegado a exteriorizar las conclusiones a que haya llegado eventualmente.

Habiendo analizado con tan solícita atención los problemas contemporáneos de la Nobleza, habría sido normal que hubiera considerado lo que sigue.

b) Noblezas auténticas, aunque de brillo menor — Ejemplos históricos

Con el tiempo, especialmente a partir de finales de la Edad Media, al lado de la Nobleza por excelencia, guerrera, señorial y rural, se fueron constituyendo noblezas también auténticas, de brillo menor.

Así pues, en España, la investidura de determinados cargos civiles, militares o de cultura, incluso el ejercicio de formas de comercio e industria particularmente útiles para el Estado confería ipso facto la Nobleza a título personal y vitalicio, o también hereditario. [30]

En Portugal, la condición de intelectual abría las puertas para la categoría de noble.  Lo era a título personal y vitalicio, aunque no hereditario, todo aquel que se licenciaba en Teología, Filosofía, Derecho, Medicina o Matemáticas en la famosa Universidad de Coimbra; pero si, tres generaciones se diplomaban allí en estas materias, pasaban a ser nobles por vía hereditaria todos sus descendientes aunque no cursasen estudios en la referida Universidad. [31]

En Francia, además de la nobleza togada —noblesse de robe—, que se reclutaba entre la magistratura, era de destacar la pequeña nobleza de campanario o, más correctamente, noblesse de cloche, esto es, de campana (la utilizada por el municipio para convocar a los vecinos). La noblesse de cloche estaba habitualmente formada por familias de burgueses que se habían destacado al servicio del bien común en las colectividades humanas de tamaño menor. [32]

c) Nuevos-ricos—nuevos-nobles

Estos ennoblecimientos no se daban sin suscitar problemas dignos de atención.

El Rey de España Carlos III, considerando el brote industrial que comenzaba en el continente europeo y el nocivo descompás en que se encontraba España en ese campo, decidió, mediante la Real Cédula de 18 de Marzo de 1783 estimular la aparición de industrias en su reino. Adoptó, entre otras medidas, la de elevar como automáticamente a la condición de nobles a aquellos súbditos que, con provecho para el bien común, invirtiesen con éxito capitales y esfuerzos en fundar industrias nuevas o desarrollar las ya existentes. [33]

La resolución del Monarca atrajo al campo industrial a numerosos candidatos a la Nobleza. La autenticidad de la condición de noble no consiste únicamente en el uso de un título conferido por Decreto Real, sino especialmente en la posesión de lo que se podría llamar el perfil moral característico de la clase aristocrática. Es comprensible que ciertos nuevos-ricos ascendidos por la Real Cédula a nuevos-nobles, tuviesen especial dificultad en adquirirlo pues dicho perfil sólo se obtiene por medio de una larga tradición familiar, que habitualmente le falta al nuevo-rico como al nuevo-noble, y de la cual se pueden encontrar importantes rasgos en élites burguesas tradicionales menos ricas.

La inyección de esa sangre nueva en la Nobleza tradicional podría proporcionarle en ciertos casos un suplemento de vitalidad y creatividad. No obstante, también podría traer consigo el riesgo de añadirle rasgos de vulgaridad y de cierto arribismo desdeñoso de viejas tradiciones con evidente perjuicio para la integridad y coherencia del perfil del noble. Era la propia autenticidad de la Nobleza, por su identidad consigo misma, la que podría así resultar perjudicada.

Hechos análogos sucedieron en más de un país de Europa, pero sus efectos estuvieron en general limitados por diversos factores.

En la sociedad europea de entonces aún había una profunda impregnación de aristocracia, y el nuevo-noble—nuevo-rico se sentía a disgusto si no se empeñara en asimilar su perfil y maneras. Las puertas de muchos salones difícilmente se le abrían de par en par, con lo que se ejercía sobre él una presión para aristocratizarle que era reforzada por la actitud del pueblo llano, que sentía lo risible de la situación de un conde o de un marqués de reciente fábrica, y lo dejaba entender por medio de bromas incómodas a quien era de ellas desdichado blanco. De ahí que el recién-noble, lejos de embestir contra las peculiaridades de un ambiente con respecto al cual era heterogéneo, hiciera en general todo lo posible para adaptarse a él y para proporcionar a su progenie una educación genuinamente aristocrática.

Tales circunstancias facilitaron la absorción de estos elementos nuevos por parte de la Nobleza antigua, de modo que, al cabo de una o más generaciones, desaparecieron las diferencias entre los nobles tradicionales y los nuevos-nobles: éstos iban dejando de ser “nuevos”  por el paulatino transcurrir del tiempo, y el matrimonio de jóvenes nobles, titulares de nombres históricos, con hijas o nietas de nuevos-ricos—nuevos-nobles, servía como medio de evitar la decadencia económica y conferir nuevo brillo a su blasón.

Algo de esto aún ocurre hoy. Pero debido al tono fuertemente igualitario de la sociedad moderna y a otros factores expuestos en este libro, un ennoblecimiento automático o casi automático, de la misma manera que el instituido por el Rey Carlos III, implicaría desvirtuar a la Nobleza mucho más que servirla, pues los nuevos-ricos se muestran cada vez menos celosos en ser nuevos-nobles.

d) En el cuadro de las formas políticas actuales, ¿no habría medios de constituir nuevas modalidades de Nobleza?

La pregunta continúa en pie: ¿No habría algún medio de constituir en la sociedad contemporánea nuevas noblezas —con grados jerárquicos y modalidades diversas, correspondientes a funciones a su vez diferentes— que tuviesen por objetivo alcanzar determinado grado dentro de aquella plenitud de excelencias ligadas a la continuidad hereditaria que caracterizan a la Nobleza aún hoy reconocida como tal?

Dentro del cuadro de las formas políticas actuales, ¿qué medios habría de abrir una vía de acceso a esas nuevas modalidades de Nobleza, independiente de la sucesión hereditaria, para aquellos que hayan prestado excelentes servicios al bien común por su rutilante talento, el fulgor de su destacada personalidad, su heroica abnegación y caballeresca valentía, o por su relevante capacidad de acción?

Tanto en la Edad Media como en el Antiguo Régimen hubo siempre lugar en las filas de la Nobleza para recibir a personas que, pese a haber nacido en la más humilde plebe, diesen pruebas inconcusas de poseer en grado heroico o excelente atributos semejantes. En ese caso se encontraban los combatientes que se destacaban en la guerra por su valor o su competencia táctica.

e) Un nuevo grado jerárquico en la escala social

El horizonte ampliado por estas reflexiones hace un tanto más maleable que otrora la distinción entre Nobleza y burguesía, dando lugar a un tertium genus, calificado también como Nobleza; pero una Nobleza diminutae rationis, como lo fueron otrora la Nobleza Togada y la Nobleza de Campanario.

Una pregunta cabe aquí, sobre el uso de la palabra nobleza.

Así como la fecunda vitalidad del cuerpo social de un país puede dar origen a noblezas nuevas, puede también suscitar la formación de nuevos estratos en las clases sociales inferiores. Así va ocurriendo en el mundo del trabajo manual, en el cual ciertas técnicas exigen la utilización de una mano de obra tan altamente especializada y cargada de responsabilidades que constituye una especie de tercer género entre el intelectual y el trabajador manual.

Este cuadro coloca al lector ante todo un florecimiento de situaciones nuevas, ante las cuales sólo con mucho tacto y con las inteligentes lentitudes inherentes a las sociedades orgánicas será posible estructurar con firmeza de principios, justicia y objetividad, nuevos niveles de jerarquía social.

Considerando todas estas cosas, nos preguntamos: en función de ese atrayente trabajo jerarquizador, ¿qué es lo que el curso de los hechos pide a los hombres idóneos del mundo contemporáneo? ¿Cuál es la posición exacta indicada por la palabra noble? Para que un nuevo grado de la escala social merezca ser calificado como noble, ¿qué características debe tener? ¿Cuáles vedan el acceso a esta ilustre calificación?

La pregunta engloba tantas situaciones complejas y en continua evolución que no es posible darle por ahora una respuesta perentoria y sencilla. Esto es especialmente verdadero si se toma en consideración que la solución de problemas de esa naturaleza es dada muchas veces con más acierto por la acción conjugada de los hombres de pensamiento y la acertada evolución consuetudinaria de la sociedad, que únicamente por las lucubraciones de meros teorizadores, tecnócratas, etc.

No se pretende aquí sino rozar ligeramente en esta interesante cuestión. Conviene decir que la calificación de noble sólo puede ser aplicada a categorías sociales que conserven significativas analogías con el patrón originario y arquetípico de la Nobleza surgida en la Edad Media, pues éste continúa siendo el patrón de la verdadera Nobleza.

El nexo vigoroso y próximo entre la finalidad de una clase social y el bien común regional o nacional; la disposición característica de sus miembros para un desprendido holocausto de derechos e intereses a favor de ese bien común; la auténtica excelencia con que sus componentes realizan sus actividades habituales; la consecuente y ejemplar elevación del patrón humano, moral y social de sus miembros; un correlativo tenor de vida proporcionado por la especial consideración con la que el trato social corriente les agradece dicha dedicación al bien común; y, por fin, las condiciones económicas suficientes para conceder adecuado realce a todo el conjunto de esta situación; todo ello constituye una serie de factores cuya feliz convergencia propicia la formación de nuevas modalidades de Nobleza. [34]

f) Esperanza de que el camino trazado por Pío XII no sea olvidado

Estas reflexiones, suscitadas por el estudio atento de las alocuciones de Pío XII aquí comentadas, expresan esperanzas; esperanzas, sí, de que el camino trazado por el Pontífice no sea olvidado ni subestimado por la Nobleza, así como por las auténticas élites sociales no específicamente nobles, pero de situación comparable a la suya que existen no sólo en Europa sino también en las tres Américas, Australia y otros lugares.

Sean pues, de esperanza, y no sólo de explicable nostalgia, las palabras finales de este capítulo.

 

NOTAS

 

[1] Cfr. apartado 2 de este mismo capítulo.

[2] La expresión “se destaca” indica aquí una preeminencia que existe en provecho de quienes constituyen los órdenes sucesivamente interiores.

El Estado se encuentra encima de toda esa estructura social, bien a la manera de un tejado, que pesa sobre las paredes de un edificio, pero al mismo tiempo las protege de la destructora intemperie, bien como la torre de un santuario que descuella sobre el conjunto de edificios en que está enclavada, aumentando su belleza, sirviendo de nexo entre lo que es terrenal y lo que es celestial, encantando, entusiasmando y elevando a altas cumbres el espíritu de aquellos sobre quienes se destaca.

Como el tejado o la torre, el poder estatal ha de tener toda la estabilidad necesaria. Esta debe conjugarse, sin embargo, con toda la ligereza posible: un kilo menos de lo indispensable puede acarrearle la ruina; un kilo de más puede comunicar a la estructura un aspecto opresivo y falto de gracia, sobre el bien de cada uno de los grupos que la constituyen como, a su vez, el bien de cada uno de éstos se destaca sobre bien de cada individuo.

[3] Maiestas se deriva de maior, comparativo de magnus, que significa grande en el sentido físico y moral. Muchas veces tiene un sentido accesorio de fuerza, de poder, de nobleza, que convierte a magnus en un epíteto honorífico o laudatorio usado en lenguaje noble. Este mismo significado se extiende a sus derivados y compuestos (cfr. A. ERNOUT y A. MEILLET, Dictionnaire étymologique de la langue latine — Histoire des mots, Editions Klincksieck, París, 1989, 4a ed., p. 377).

[4] Del latín perfecta, que significa hecha hasta el fin, acabada, terminada.

[5] La Cité Antique, Hachette, París, p. 135.

[6] Sobre el papel de la familia en la formación del Estado, véanse los respectivos textos de Fustel de Coulanges, de Frantz Funk-Brentano y de Mons. Henri Delassus en Documentos VII, VIII y IX.

[7] Es muy expresiva, en ese sentido, la observación recogida por Frantz Funck-Brentano (El Antiguo Régimen, Ed. Destino, Barcelona, 1953, p. 23) de las memorias, de capital interés, del campesino Rétif de la Bretonne: “El Estado es una gran familia, compuesta de todas las familias particulares y el príncipe [es decir, el Monarca] es el padre de los padres”.

Sobre esta estrecha vinculación entre la condición de Rey y la de padre, declara Santo Tomás de Aquino: “Quien gobierna a una comunidad perfecta, es decir, una ciudad o provincia se llama rey por antonomasia; quien rige una casa no se llama rey, sino padre de familia, si bien tiene cierta similitud de rey, y de ahí que también se llame a veces a los reyes padres de los pueblos” (El régimen político — Introducción, versión y comentarios de Victorino Rodríguez O.P., Fuerza Nueva Editorial, S.A., Madrid, 1978, p. 34).

Por su parte, San Pablo tiene en su epístola a los Efesios (III, 14-15) estas magníficas palabras sobre el carácter sagrado de la autoridad paterna: “Por esa razón doblo mis rodillas ante el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, de quien toda paternidad, en el Cielo y en la Tierra, toma su nombre.” Ver también sobre el mismo tema, el texto de Mons. Henri Delassus transcripto en Documentos IX.

[8] Cfr. José MATTOSO, A Nobreza medieval portuguesa, Ed. Estampa, Lisboa, 1981, pp. 27-28; Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa-Calpe, t. XXI, pp. 955 y 958; t. XXIII, p. 1139.

[9] Nombre con que se califica a los consejeros de los reyes de finales de la Edad Media que se empeñaron en desarrollar el absolutismo real y combatir el feudalismo, apoyándose para ello en el antiguo Derecho Romano.

[10] El Estado soy yo.

[11] Esta absorción de la Nobleza mediante la centralización y fortalecimiento del poder real no afectó en la misma medida a las Noblezas de los diversos países ni a las de las diversas regiones de un mismo país. La de la Vendée, región francesa que más tarde habría de convertirse en foco de resistencia contra la Revolución Francesa, es ejemplo típico de una Nobleza que resistió contra esta influencia demoledora de la monarquía absoluta.

Con respecto a esta actitud de resistencia frente al poder central, relata el insigne historiador Georges Bordonove: “La nobleza de la Vendée forma una casta, no encerrada en sus recuerdos, sino animada por su propio dinamismo. La existencia de Versalles no la debilitó ni física ni moralmente. Salvo excepciones, la influencia de las ideas nuevas y el pensamiento de los filósofos y discursantes del Siglo de la Ilustración la dejan indiferente. Tiende, por el contrario, a recordar el papel que jugó en épocas pasadas, el poder y opulencia que tuvo, su antigua grandeza y la preeminencia del Poitou. Sufre, sin ninguna duda, con la regresión de la Nobleza en el Estado en favor del poder central. Nunca perdonó enteramente a Richelieu el haber demolido sus castillos feudales, ni al Rey-Sol su altanero absolutismo” (La vie quotidiane en Vendée, Hachette, Paris, 1974, p. 49). Para entender correctamente el espíritu que animaba esas resistencias de la Nobleza de la Vendée frente al absolutismo real —contra el cual los revolucionarios de 1789 tan furiosa y prolijamente se extendieron— es necesario tomar en consideración que no tuvo el Trono defensores más ardientes que ella, ni encontraron los revolucionarios oponentes más heroicos y altivos.

[12] Cfr. Documentos X.

[13] Esta magnífica recepción de los parisienses a quien había de ser su futuro Rey es descripta con ejemplar fidelidad por el historiador anteriormente citado, Georges Bordonove, en su obra Les Rois qui ont fait la France — Charles X. En Documentos X se encuentran transcriptos fragmentos de la misma.

[14] Elaine Sanceau, O reinado do Venturoso, Livraria Civilização-Editora, Porto, 1970, pp. 205-206.

[15] Hubo inmediatamente antes otra excepción. Tras el fallecimiento de Carlos VI, padre de María Teresa, recibió la Corona el Elector de Baviera, Carlos Alberto; sin embargo, su presencia en el Trono imperial con el nombre de Carlos VII fue de corta duración (1742-1745). A su muerte, ascendió a la dignidad suprema del Sacro Imperio Francisco de Lorena. Como se ha dicho anteriormente, la elección de este último constituye una prueba más del poder político de la Casa de Austria, pues el marido de la Archiduquesa fue elegido Emperador a petición de ella, que lo cualificaba así con el más alto Título nobiliario de la Cristiandad y convertía en proporcionado el matrimonio de la ilustre heredera de los Habsburgos con quien antes solo había sido Duque de Lorena y Gran Duque de Toscana sucesivamente.

[16] Tal vez ningún monarca haya llevado tan lejos la propensión a hacer de la Nobleza una clase francamente abierta como el Rey Carlos III de España (1759-1788) (Cfr. apartado 9, c).

[17] Con respecto a la situación de los títulos bajo el régimen republicano afirma el Dr. Ruy Dique Trasvassos Valdez: “El artículo de la Constitución de 1911 que abolió las distinciones nobiliarias en nuestro país fue más tarde objeto de restricciones basadas en la consideración de derechos adquiridos. Así pues, aquellas personas a quienes, estando vigente la Monarquía, les hubiese sido concedido un Título y hubiesen pagado los respectivos derechos de merced del mismo, fueron legalmente autorizadas a usarlo, con la condición de precederlo con su nombre civil. (…)

“Durante la Vida del Rey D. Manuel II en el exilio, muchas personas se dirigieron al Soberano para que, como jefe de la Nobleza, les autorizara a usar el Título, y lo mismo hicieron los miguelistas ante el jefe de su causa. Habitualmente esa autorización era concedida (…) y tenía, más que nada, el carácter de una promesa de renovación oficial en la hipótesis de una restauración monárquica.

“Muerto el Rey y reconocido por la mayoría de los monárquicos portugueses D. Duarte Nuño, Duque de Braganza, como quien reunía en sí los derechos dinásticos de las dos ramas de la Casa de Braganza, apareció en primer lugar la Comisión de Verificación y Registro de Mercedes, a la que siguió más tarde el Consejo de la Nobleza, organismo al que dicho Príncipe dio poderes para tratar de estos asuntos.

“Ninguno de estos organismos produjo efectos civiles ante el Estado. Sin embargo, es de destacar que varias personas, cuyos Títulos les han sido reconocidos durante el régimen republicano solamente por una de estas vías, han sido designadas por dicho Título (siempre antecedido por el nombre civil) en el Diário do Governo, como se hace con quienes cuentan con un decreto a su favor” (Títulos Nobiliarios en Afonso Eduardo MARTINS ZÚQUETE (Coordinador), Nobreza de Portugal, Editorial Enciclopédia, Lisboa, 1960, vol. II, pp. 197-198).

[18] Se emplea aquí la palabra “democratización” en el sentido revolucionario de democracia, el cual, como se ha visto, no es el único que puede dársele.

[19] Cfr. apartado 8, f.

[20] Cfr. Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Ed. Fernando III el Santo, Bilbao, 1978, pp. 33-40.

[21] Cfr. Capítulo VII, 8, f.

[22] PNR 1952, p. 457.

[23] Esa simbiosis entre hombre, función y tierra fue expresada de un modo tocante por Paul Claudel en L’Otage:

Coufontaine(…) Así como la tierra nos da su nombre, así yo le doy mi humanidad.

“Estando en ella no nos faltan raíces, y en mí, por la Gracia de Dios, no le falta el fruto, puesto que soy su Señor.

“Por eso uso la partícula de, ya que soy el hombre que por excelencia lleva su nombre.

“Mi reino es mi feudo, como una Francia pequeña, y la tierra, en mí y en mi linaje viene a ser amable y noble como algo que no se puede comprar” (Gallimard, Paris, 1952, pp. 26-27).

[24] Sobre el número de nobles elevados por la Iglesia al honor de los altares, véase Documentos XII.

[25] En Documentos XI podrá encontrar el lector la doctrina de Papas, Santos y Doctores sobre las condiciones de licitud de la guerra.

[26] Con respecto a la Nobleza como factor de propulsión social hacia todas las formas de elevación y perfección, véase también el Apéndice IV.

[27] “L’Osservatore Romano”, 5-6/1/1920. Véase el texto completo de esta alocución en Documentos II.

[28] A ese propósito se lee en el Dictionnaire Encyclopédique QUID, sección “Les journaux se racontentent” (Robert Laffont, 1991, p. 1218): “La historia de Point de Vue es la de una revista que, sin auxilio financiero y sin ningún lanzamiento promocional, ha conseguido, año tras año, alzarse a la primera línea de las grandes publicaciones periódicas ilustradas francesas de clase internacional.” Esto ocurre, añádase, pese a ser la revista muy discutida en más de un ambiente de la élite francesa.

[29] Cfr. Capítulo III.

[30] En razón del cargo desempeñado podían acceder a la Nobleza “los Altos servidores de la Casa Real; las Amas y nodrizas de los Infantes reales; los Alcaldes de Casa y Corte: Presidentes, Consejeros y Oidores de las Reales Chancillerías…” (Vicenta María MÁRQUEZ DE LA PLATA y Luis VALERO DE BERNABÉ, Nobiliaria Española — Origen, Evolución, Instituciones y Probanzas, Prensa y Ediciones Iberoamericanas, Madrid, 1991, p. 15). En esta obra, adoptada como manual por la Escuela de Ciencias Nobiliarias, Heráldicas y Genealógicas de Madrid, el lector encontrará una visión completa y didáctica del tema aquí tratado.

Con respecto a la nobleza conferida por el ejercicio de cargos militares, cabe señalar, a título de ejemplo, las siguientes frases de D. Vicente de Cadenas y Vicent: “Felipe IV dice, en la Real Cédula de 20 de agosto de 1637, que el Oficial que sirva en guerra viva un año, goce de la nobleza de privilegio, y aquel que lo hiciere durante cuatro, pase dicha nobleza a sus herederos. (…) La Nobleza Personal está reconocida a todos los Oficiales del Ejército por Real Orden de 16 de abril de 1799, y el 18 de mayo de 1864 se ordena que el dictado de Don y de Noble se dé a los hijos de Capitán y Oficiales de mayor graduación, nietos de Teniente Coronel y a los Hidalgos Notorios que sirvan en el Ejército” (Cuadernos de Doctrina Nobiliaria, nº 1, Instituto Salazar y Castro (C.S.I.C), Asociación de Hidalgos a Fuero de España, Ediciones Hidalguía, Madrid, 1969, p. 28).

A su vez, las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio (1252-1284), entre otros privilegios concedidos a las personas que se dedicaban a los menesteres de la cultura, conferían el título de Conde a los Maestros de Jurisprudencia que ejercían el cargo durante más de 20 años (cfr. Bernabé MORENO DE VARGAS, Discursos de la Nobleza de España, Instituto Salazar y Castro, C.S.I.C, Ediciones Hidalguía, Madrid, 1971, pp. 28-29).                                                     Vicente de Cadenas y Vicent resume estos criterios de ennoblecimiento en su importante obra Apuntes de Nobiliaria y Nociones de Genealogía y Heráldica, al decir: “El sacerdocio, el desempeño de oficios honrosos, la milicia, las letras, la concesión de un Título, el matrimonio, el nacer en ciertos casos de madre hidalga, o en determinados territorios, el haber prestado grandes servicios a la humanidad, a la Patria o al Soberano, el haber sacrificado su persona o bienes por grandes ideales, etc., han sido siempre, y hoy deben serlo, causas justas para adquirir Nobleza, ya que la tendencia universal es ampliar la base del Estado Noble, el más culto y sufrido de los que forman la nación, para aprovechar sus virtudes, en beneficio de la comunidad” (Primer Curso de la Escuela de Genealogía, Heráldica y Nobiliaria, Instituto Luis de Salazar y Castro (C.S.I.C), Ediciones Hidalguía, Madrid, 2ª ed., 1984, p. 30).

El ennoblecimiento por el ejercicio de actividades industriales será mencionado en el próximo apartado (9, c).

 

[31] Cfr. Luiz da SILVA PEREIRA OLIVEIRA, Privilégios da Nobreza e da Fidalguia de Portugal, Officina de João Rodrigues Neves, Lisboa, 1806, pp. 67-81.

 

[32] De hecho, la adquisición de nobleza podía darse por el ejercicio de otros cargos y funciones, tales como: cargos militares, comensal del soberano (altos cargos de la Corte, secretarios y notarios del Rey), cargos de finanzas, cargos universitarios, etc.

Está muy difundida en Francia la convicción de que resulta muy difícil elaborar una relación completa de cargos y funciones ennoblecedoras en la época del Antiguo Régimen. Philippe du Puy de Clinchamps, por ejemplo, en el libro, La Noblesse, del cual tomamos esta enumeración, llega a afirmar que “no existe, en la historia de la Nobleza, capítulo más enrevesado que el de los ennoblecimientos por el ejercicio de una función” (Colección “Que sais je?”, Presses Universitaires de France, Paris, 1962, pp. 20, 22). No parece haber en esta afirmación una censura, sino únicamente una constatación, pues todo lo que es orgánico y vivo tiende hacia lo complejo, y a veces hasta hacia lo complicado; lo que diverge, y mucho, de tantos fríos y lapidarios cuadros de funcionarios elaborados por el capitalismo de Estado y de ciertos amontonamientos piramidales del macrocapitalismo privado.

[33] Cfr. Vicente de CADENAS Y VICENT, Cuadernos de Doctrina Nobiliaria, nº 1, pp. 35-38.

 

[34] Como ejemplo de formación de élites tradicionales análogas y nuevas modalidades de aristocracia, el Apéndice I de esta obra narra la génesis y el desarrollo de las élites aristocráticas en Brasil.

 

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010 Ap III Formas de gobierno mayo 016

La verdadera democracia no es incompatible con la monarquía, puede darse en las monarquías como en las repúblicas (Apéndice III)

 

El Kaiser Francisco José de Austria, como joven Emperador (1), y rodeado de su pueblo (2)

5. La Iglesia Católica no encuentra dificultades
en ponerse de acuerdo con las diversas formas de gobierno

De la encíclica Dilectissima nobis (3/6/1933), de Pío XI:“La Iglesia Católica no tiene preferencias por una u otra forma de gobierno y, con tal que sean salvaguardados los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultades en ponerse de acuerdo con cualquier sistema político, sea monárquico o republicano, aristocrático o democrático.”2

2) AAS XXV [1933] 262.

6. La verdadera democracia
no es incompatible con la monarquía

Del radiomensaje pronunciado por Pío XII en Navidad de 1944:

“La democracia, entendida en sentido amplio, admite varias formas, y puede darse tanto en las monarquías como en las repúblicas. (…)

“El Estado democrático, sea monárquico o republicano, debe –como cualquier otra forma de gobierno- estar investido del poder de mandar con una autoridad verdadera y efectiva.”1

1) Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, pp. 238, 240

7. La Iglesia Católica admite cualquier forma de gobierno
que no contradiga los derechos de Dios ni los de los hombres

De la alocución de Pío XII al Consistorio secreto extraordinario (14/2/1949):

“La Iglesia Católica (…) admite cualquier forma de gobierno, siempre que no contradiga los derechos de Dios ni los de los hombres. Si esto ocurre, los sagrados Obispos y todos los fieles conscientes de sus propias obligaciones deben oponerse a las leyes injustas.”2

2) Discorsi e Radiomessagi, vol. X, p. 381

8. Para determinar la estructura política de un país,
es necesario tomar en consideración
las circunstancias de cada pueblo

De la encíclica Pacem in Terris (11/4/63), de Juan XXIII:

“No se puede establecer una norma universal sobre cual es la forma de gobierno más conveniente, ni sobre cuales son los sistemas más adecuados para que los gobernantes ejerzan sus funciones, tanto las legislativas como las administrativas, y como las judiciales.

“En realidad, al determinar cómo ha de gobernarse un país o de qué modo han de ejercer sus cargos los gobernantes no se puede dejar de tener muy en cuenta la situación actual y las circunstancias de cada pueblo, las cuales, evidentemente, cambian según los lugares y las épocas.”3

3) AAS V [1963] 276.

011 Comentario águila de Piero della Fr

Comentario de Pelayo (Blog Aristocracia y sociedad orgánica)
Los textos anteriores dejan en claro dos principios muy importantes, que la mayoría de las personas lamentablemente desconocen:

    • que la democracia puede darse en una república como en una monarquía;
  • y que la Iglesia admite cualquier forma de gobierno que no contradiga los derechos de Dios ni de los hombres.

Los sistemas populistas contradicen los derechos de Dios y de los hombres. En ese caso, enseña Pío XII, los Obispos y los fieles tienen la obligación de oponerse. ¡Qué importante es recordar esta verdad silenciada!

9. La Iglesia no manifiesta preferencia por
sistemas políticos o soluciones institucionales

De la encíclica Sollicitudo Rei Sociales (30/12/1987), de Juan Pablo II:
“La Iglesia, por lo tanto, no propone sistemas ni programas económicos y políticos, ni prefiere unos u otros con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y se le deje a Ella misma el espacio necesario para ejercer su propio ministerio en el mundo.”

De la encíclica Centesimus Annus (1/5/1991), de Juan Pablo II:

“La Iglesia respeta la legítima autonomía de orden democrático, pero no puede imponer a su antojo uno u otro tipo de ley o constitución. La contribución por ella aportada en este orden es precisamente aquella visión de la dignidad de la persona, que se revela en toda su plenitud en el misterio del Verbo encarnado.”

10. La estructura fundamental
de la comunidad política es fruto de la
índole de cada pueblo y del curso de su historia
De la Constitución Gaudium et Spes (1965), del Concilio Vaticano II:

“Los hombres, las familias y los diversos grupos que constituyen la sociedad civil son conscientes de su propia insuficiencia para organizar una vida plenamente humana, y comprenden la necesidad de una comunidad más amplia, dentro de la cual reúnan todos cotidianamente sus fuerzas, siempre en busca de lo mejor para el bien común. Por eso constituyen los hombres comunidades políticas de acuerdo con diversos modelos. La comunidad política nace, pues, por causa del bien común, en el cual encuentra su plena justificación y sentido, y del cual recibe su autoridad primigenia y propia. (…)
“Las formas concretas mediante las cuales la comunidad política dispone su propia estructura y la organización de sus poderes públicos pueden variar según las diferentes índoles de los pueblos y el curso de su historia; siempre han de servir para formar un hombre cultivado, pacífico y benéfico para con todos, en provecho de toda la familia humana.”1
1) Sacrosanctum Oecumenicum Concilium Vaticanum II – Constitutiones, Decreta, Declarationes, Typis Polyglotis Vaticanis, 1974, pp. 801-802, 803..

 

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 010 Selección temática

Sumario de la CONCLUSION: En el clímax de la crisis religiosa, moral e ideológica del mundo actual: un momento propicio para la acción de la Nobleza y las élites tradicionales – Visión de conjunto II,  nota 14 bis

El presente sumario corresponde a la nota 14 de la visión de conjunto, que el lector podrá encontrar heciando click en el siguiente link:

 

CONCLUSION: En el clímax de la crisis religiosa, moral e ideológica del mundo actual: un momento propicio para la acción de la Nobleza y las élites tradicionales – Visión de conjunto (14)

Llegamos en esta entrada al término final de una segunda etapa: brindar un sumario de Nobleza y élites tradicionales análogas – en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana.

Con la capacidad de entender los acontecimientos con penetración y sabiduría católicas, que aún sus adversarios ideológicos le reconocen, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira (1908-1995) traza -con más de 20 años de antecedencia-  un cuadro de la situación del mundo contemporáneo que en sus líneas generales conserva impresionante actualidad.

Ante el conjunto de crisis que se abate sobre la humanidad, expresa: desde el fondo de este horizonte suciamente confuso y torvo una voz, capaz de despertar la más alentadora confianza se hace oír: “Por fin, mi inmaculado Corazón triunfará.” 

«Hay, por tanto, razones para esperar. ¿Esperar qué? La ayuda de la Providencia para todo trabajo ejecutado con clarividencia, rigor y método para alejar del mundo las amenazas que, como otras tantas espadas de Damocles, cuelgan sobre los hombres.

Fiel eco de las enseñanzas pontificias, puntualiza la misión especial —y primada— que les corresponde en las actuales circunstancias a la Nobleza y a las élites tradicionales de nuestros días: «Si se entregan por entero a ella, es seguro que quienes hoy las componen y, más tarde sus descendientes, quedarán algún día sorprendidos con la amplitud de los resultados que habrán obtenido para sus respectivos países, para todo el género humano, para la Santa Iglesia Católica, sobre todo».

Nota: podrá consultar el original  completo de Nobleza y Elites tradicionales análogas haciendo click en el siguiente link:

http://www.pliniocorreadeoliveira.info/LN_Espanha/Volume%20I/LN_ES_Cap_00_0_Indice.htm

170px-Folio_195r_-_The_Mass_of_Saint_Michael

A pesar de la estupenda vitalidad que los pueblos europeos han mostrado tras dos guerras mundiales, la recuperación exigió de ellos mucho tiempo y esfuerzo.

Cuando Pío XII pronunció sus catorce alocuciones al Patriciado y a la Nobleza romana(*), se llevaba a cabo la reconstrucción económica de Europa, y el desvelo paterno del Pontífice le llevó a hacer múltiples referencias a esa situación crítica.

En la década siguiente, se operaron los famosos “milagros económicos” (alemán, italiano), el florecimiento económico de España y Portugal, etc.

Con este impulso de prosperidad —al cual entonaba en 1965 la constitución conciliar Gaudium et Spes un himno de salutación y júbilo— el cuadro general de Europa se modificó sensiblemente.

La Historia dirá cuál fue el papel de la Nobleza y élites tradicionales en este resurgimiento y valorar la repercusión de las notables directrices de Pío XII.

Nos parece que este papel fue considerable, aunque proporcionado  en cada país a los medios de acción de la aristocracia y respectivas élites.

Cuando en 1989 la Rusia soviética y los demás países del Este europeo comenzaron a tornar patente la trágica extensión del fracaso a que les había arrastrado la dictadura del proletariado y el capitalismo de Estado, las naciones occidentales movilizaron para ayudarles enormes sumas… cuya restitución no se debe esperar que ocurra. Las grandes naciones democráticas, enriquecidas por la iniciativa privada, dejaban ver implícitamente el contraste para ellas triunfal entre el Oeste y el Este.

Cuánto se engañarían quienes imaginasen que, por efecto de la prosperidad, las crisis heredadas y agravadas por nuevos factores estaban resueltas.

Las fatuas tesis de que la prosperidad es el principal sustentáculo del orden y del bienestar, y la pobreza la causa principal de las crisis que atraviesan se desmiente ante lo sucedido en la Europa de la posguerra.

En 1968, cuando el proceso de reflorecimiento del Viejo Continente estaba avanzado, estalló la terrible crisis de la Sorbona. Revelaba la presencia entre la juventud de una torrencial influencia de filosofías tenidas como manifestaciones de extravagancia de ambientes de la cultura y el jet-set.

La extensión del “fenómeno Sorbona” a la juventud vanguardista del mundo, demostró la profundidad de la fisura. El deterioro de las costumbres, deplorado por Pío XII, encontró en esa atmósfera de riqueza y extravagancia un ambiente tan propicio que la crisis moral y cultural de Occidente ha llegado a crearle una situación más grave que la de las crisis anteriores, preponderantemente económicas; y el crecimiento de la prosperidad ha podido ser apuntado como importante factor en el trágico agravamiento de la crisis moral. [1]

Esta situación se ha visto acentuada por la crisis de gravedad sin precedentes que atraviesa la Iglesia Católica, columna y fundamento de la moralidad y el buen orden en las sociedades. [2]

Se han sumado dos importantes acontecimientos: la guerra del Golfo y la victoriosa oposición de los pueblos bálticos —entre los que se destaca por su gloriosa resistencia el heroico pueblo lituano— a favor de su independencia. Su importancia no puede ser subestimada, ya que puso en juego principios fundamentales de la moral y el orden internacionales, y despertó en los pueblos una justa y enfática conmoción, como lo demuestra la entusiasta recogida de firmas de las Sociedades de defensa de la TFP en 26 países, que alcanzó la impresionante cifra de 5.212.580 adhesiones. [3]

                                    *     *     *

En el momento en que este trabajo llega a su término, graves incógnitas rodean a la humanidad. La situación mundial bosquejada por Pío XII ha sido alterada principalmente por el hecho de que los problemas económicos de Occidente se han visto atenuados por los referidos “milagros”; pero dos grandes crisis se han venido acentuando continuamente: la crisis interna de lo que fue el imperio de más allá del Telón de Acero; y la crisis —también interna— de la Iglesia Católica; crisis dolorosa, que se relaciona con aquello que tienen de más esencial los problemas aquí tratados, sobre la cual nos abstenemos de extendernos, pues su gravedad y amplitud exigirían una obra aparte, de muchos volúmenes…

En cuanto a la primera, sus grandes rasgos son bien conocidos. En el momento en que escribimos (N.d.l. R.: 1992), las naciones que constituían la URSS se encuentran disgregadas; las fricciones entre ellas se van acentuando, agravadas notoriamente porque algunas poseen medios para desencadenar una guerra atómica.

No es improbable que, una vez desencadenada una situación bélica en el interior de la ex URSS, ésta venga a envolver a las más importantes naciones de Occidente, lo que, a su vez, podría acarrear consecuencias de envergadura apocalíptica. Una de ellas podría fácilmente ser la migración hacia Europa Central y Occidental de poblaciones enteras acosadas por el miedo a los riesgos de la guerra y el hambre, tan urgente en la actualidad. Esta migración podría revestir un carácter imprevisiblemente grave.

¿Cuáles serían los efectos de ese éxodo sobre naciones como las del Mar Báltico, hasta hace poco bajo el yugo comunista? ¿Y sobre Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria, de las cuales sería muy arriesgado afirmar que ya han escapado totalmente del yugo comunista?

Para completar este cuadro sería necesario tomar en consideración la posible reacción del Magreb ante una Europa Occidental puesta ante problemas de tal magnitud; y tener en cuenta las circunstancias específicas del África Septentrional y la profunda influencia ejercida por la inmensa oleada fundamentalista que recorre los pueblos del Islam.

¿Quién puede predecir hasta dónde este conjunto de tramas conducirá al mundo, especialmente al mundo cristiano?

Hasta el momento, éste aún no está envuelto en el triple drama de las invasiones del Este —que se anuncian pacíficas—, de las probablemente menos pacíficas de más allá del Mediterráneo, y de una eventual conflagración mundial. No obstante, ya se vislumbra el funesto final del largo proceso revolucionario, cuya línea general se ha procurado resumir en el último capítulo de este trabajo.

Pese a haber encontrado en su camino innumerables obstáculos, tal ha sido —a partir de la confluencia histórica en la cual la Edad Media declina y muere, el Renacimiento surge en sus alegres triunfos iniciales, la revolución religiosa del protestantismo comienza a fomentar y preparar de lejos la Revolución Francesa, y muy de lejos la Rusa de 1917…— el carácter inflexible de la andadura victoriosa de dicho proceso, que se diría invencible la fuerza que lo ha movido y definitivos los resultados alcanzados por él.

“Definitivos” parecerán esos resultados si no se hace un análisis atento de la índole de ese proceso.

A primera vista, parece eminentemente constructivo, pues levantó sucesivamente tres edificios: la pseudo-Reforma protestante, la república liberal-democrática y la república socialista soviética. Sin embargo, su verdadera índole es esencialmente destructiva: él es la destrucción; él derribó a la tambaleante Edad Media, al desvaído Antiguo Régimen, al apopléjico mundo burgués, frenético y perturbado; bajo su presión se encuentra en ruinas la ex URSS, siniestra, misteriosa, podrida como una fruta que ha caído hace tiempo del árbol.

¿No es verdad que son ruinas los mojones que señalan la trayectoria de este proceso? Y, de la más reciente, ¿qué está resultando sino la exhalación de una confusión general que promete a cada momento catástrofes inminentes, contradictorias entre sí, que se deshacen en el aire antes de precipitarse sobre los mortales y, al hacerlo, generan la perspectiva de nuevas catástrofes aún más inminentes, más contradictorias, las cuales quizá se desvanecerán, a su vez, para dar origen a nuevos monstruos, o quizá se convertirán en realidades atroces, como la migración de hordas enteras eslavas del Este hacia el Oeste, o la de hordas mahometanas avanzando desde el Sur hacia el Norte?

¿Quién lo sabe? ¿Quién sabe si esto ocurrirá? ¿Quién sabe si ocurrirá sólo (!) esto? ¿Si no habrá aún algo más y peor?

El cuadro es, sin duda, desalentador para todos los hombres que no tienen Fe; por el contrario, para quienes la tienen, desde el fondo de este horizonte suciamente confuso y torvo una voz, capaz de despertar la más alentadora confianza se hace oír: “Por fin, mi inmaculado Corazón triunfará.” [4]

¿Qué confianza podemos depositar en ella? Nuestra respuesta, dada por Ella misma, cabe en una sola frase: “Soy del Cielo” [5]

Hay, por tanto, razones para esperar. ¿Esperar qué? La ayuda de la Providencia para todo trabajo ejecutado con clarividencia, rigor y método para alejar del mundo las amenazas que, como otras tantas espadas de Damocles, cuelgan sobre los hombres.

Es necesario, pues, orar, confiar en la Providencia y actuar; y para que esta acción se desarrolle es de la mayor conveniencia recordar a la Nobleza y a las élites análogas la misión especial —y primada— que les corresponde en las actuales circunstancias.

Quiera la Virgen de Fátima, patrona singular de este agitado mundo contemporáneo, ayudar a la Nobleza y a las élites congéneres a tomar en la debida consideración las sabias enseñanzas que les dejó Pío XII. Estas les señalan una tarea que el Papa Benedicto XV calificó expresivamente como “sacerdocio” de la Nobleza. [6] Si se entregan por entero a ella, es seguro que quienes hoy las componen y, más tarde sus descendientes, quedarán algún día sorprendidos con la amplitud de los resultados que habrán obtenido para sus respectivos países, para todo el género humano, para la Santa Iglesia Católica, sobre todo.

NOTAS

[1] En el libro España: Anestesiada sin percibido, amordazada sin quererlo, extraviada sin saberlo —La obra del PSOE, publicado por la TFP española (Editorial Fernando III El Santo, Madrid, 1988, pp. 109-113) se describe el fenómeno tal y como ocurrió en España. Resúmenes de esta obra fueron editados en varios idiomas por las sociedades de defensa de la TFP de los cinco continentes -para consultarlos entrar en el site www.pliniocorreadeoliveira.info

[2] Cfr. Capítulo I, 4.

[3] Una delegación compuesta por once miembros de las diversas sociedades de defensa de la TFP y presidida por el Dr. Caio V. Xavier da Silveira, director del bureau-TFP de París, estuvo en Vilna, capital de Lituania, para entregar personalmente el día 4 de diciembre de 1990 al presidente Vytautas Landsbergis los microfilmes de esa monumental recogida de firmas. La delegación se dirigió a continuación a Moscú, donde entregó, el día 11 de diciembre, en la oficina de Mijail Gorbachov en el Kremlin, una carta en la que se afirmaba: “En nombre de más de cinco millones de firmantes, queremos pedirle formalmente que elimine todos los obstáculos que impiden que Lituania adquiera su total independencia; acción ante la cual la opinión pública mundial y la Historia se mostrarán reconocidas”.

[4] Palabras de Nuestra Señora en Fátima, durante la aparición del 13 de julio de 1917 (Memórias da Irmã Lúcia, Postulação, Fátima, 3ª ed., 1978, p. 150).

[5] Ibídem, p. 146.

[6] Cfr. Capítulo VII, 8, d.

 (*) N. de la R.: pronunciadas en las siguientes fechas: 8 de enero de 1940, 5 de enero de 1941, 5 de enero de 1942, 11 de enero de 1943, 19 de enero de 1944, 14 de enero de 1945, 16 de enero de 1946, 8 de enero de 1947, 14 de enero de 1948, 15 de enero de 1949, 12 de enero de 1950, 11 de enero de 1951, 14 de enero de  1952 y 9 de enero 1958.

 

 

 

 

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028 El rincón de la conversaciónjul 16 cerro y húsarNobleza, calma, serenidad… Sentimiento de alegría con algo de gloria, armonía y templanza, como una música de Mozart, con trompetas y cuerdas, reforzadas por el trueno del timbal, o aquellas doradas “Músicas reales en Notre Dame”, de Mouret.
Parafraseando con reverencia versos del Pequeño Oficio de la SSma. Virgen, el ímpetu del río alegra la ciudad de Dios, diríamos: la imponencia del cerro nevado alegra la ciudad de Dios…

Cerro transesf Nevado jun2016 extendidoAlegría de lo incontaminado. Sensación de estar ante una gran fortaleza, un castillo de roca azulada magno -como Carlomagno, el gran Emperador católico-, invencible y elevado. Pues el propio lenguaje de las Sdas. Escrituras nos da ejemplo de aplicar su riqueza de imágenes para interpretar al mundo que nos rodea y…al propio Dios Creador.
Monte envuelto en una aureola de un aire muy puro en el que se regocija.
En la cresta, miradores, torres carolingias, de panoramas increíbles,
de horizontes insondables como los del Sacro Imperio, desde donde se contemplan, en la Historia, pueblos física y espiritualmente variados,  diversos, pero unidos en una misma Fe y civilización católica. Vitral  medieval de variedad en la unidad, como los acordes majestuosos del órgano de las catedrales góticas.

Nevados transesf no extend 019 reducc IICerro lejano pero no inasible; imponente pero no asustador. expresión de fuerza con levedad y gracia. Reflejo de aquel Rey del Universo,  “vistoso en hermosura por sobre los hijos de los hombres”, en cuyos labios “se derrama la gracia”, por lo que Dios “lo bendijo para siempre”: “diffusa est gratia in labiis tuis” (ps. XXIII).

Al pie del monte, una cota de azul misterioso  lo separa, y por momentos lo recoge hacia un mundo aparte…, pero pronto vuelve a estar  a nuestro alcance.

Husar de pluma blanca Spitzweg destaque del soldadoEn la cima, flotando en el cielo sereno, una graciosa pluma blanca de águila o de cisne,  como aquella de los Lansquenetes (Landsknechte) del Antiguo Régimen, cuya marcha Vom Barette schwankt die Feder proclama a los cuatro vientos:

Husar de pluma blanca Spitzweg reduccDel morrión flamea la pluma, se hamaca y curva al soplo del viento/nuestra casaca, de cuero de búfalo,  bordada está de  estocadas y lanzazos…

La famosa pluma blanca a la manera de los lansquenets flamea en el morrión de un joven húsar de aires principescos en las calles de Munich, captado por el leve pincel de Carl Spitzweg, gran observador de ambientes y actitudes

Más abajo en el valle, reflejo más directo de la Ciudad de Dios,  la capilla.
En contraste armónico con el cerro: pues éste es gran fortaleza protectora y ella es pequeña, graciosa, restalla de luz, se alegra porque encierra la hostia inmaculada. Allí recibe al peregrino la serenísima Virgen blanca de la Candelaria,  de maternal y señorial sonrisa. Custodiada por el santo varonil, San Sebastián, que protegía a los guerreros de la incipiente Cristiandad hispano-indígena argentina de los primeros siglos contra las flechas envenenadas de las tribus del Chaco; generoso, fiel al César, pero

Paseo Alferez D 012 NS de la Candelaria 2015 o 16 reduc Paseo Alferez D 014 S Sebastián de la Iglesia reducmás fiel a su Señor.  Los vivos rojos y los brazos atados al árbol testimonian la sangre que derramó con valor, por Cristo Rey, asaeteado por los propios soldados de los que era Capitán.

Más abajo aún, una austera sala castellana con  la amplia sonrisa blanca de su parapeto ornada por dos pináculos, bondadosa y acogedora, como aquellos estancieros  que recibían a los viajeros cansados de largas travesías, que creían estar llegando a una posada salvadora en la que reclamaban cuja y comida; allí los alojaban y alimentaban y finalmente -para su sorpresa- al pedir la cuenta, ¡no les cobraban!… y les brindaban caballos para seguir, y les escondían en sus carretas botellas de piedra con mantequilla y panes caseros, para que se alimentasen en la travesía (*). En esas estancias de patrones proverbialmente hospitalarios descubrió un indiscreto minero inglés (el Sr. Head) a una anciana negra que vivía en la casa principal, y era objeto de todos los cuidados por los miembros de la familia a quienes había servido fielmente toda una vida.
Se trataba de  verdaderos aristócratas católicos que  -al decir del Papa Pío XII- son imagen de la la Divina Providencia para los pobres y pequeños.
La sala ubicada sobre la barranca que mira al Saliente está astillada y artillada con pináculos que quieren subir a las alturas de la montaña nevada, como buscando un orden de cosas que debe ir “al frente y hacia lo alto”, como Ciudad de Dios.
Pináculos cuya agudeza exterior invita a afinar el alma y, en caso necesario, cuando los valores simbolizados por la Capilla se ven amenazados, convertirse en lanza defensora.

Los tres forman como una familia trinitaria cuya esencia es la nívea blancura inmaculada: participan de una misma luz, pero cada uno a su modo. El cerro, la claridad natural que Dios creó, sumo encanto de esta “tierra de exilio” que nos prepara para la patria celestial: la luz del día reflejada en la nieve.
La capilla, la blancura que acoge a todos, como una madre inmaculada; la luz de la candela que guía, que no tiene pacto con el mal, que limpia de los errores de la herejía, de las suciedades de la impureza y de la degradación. Refleja la nieve real del cerro que la ampara y el color nieve del inocente estilo colonial de la sala que le hace de muralla protectora: rocíame con el hisopo y quedaré transformado, lávame y quedaré más blanco que la nieve (Rey David).
…con su campanario sonoro y alegre para animar y guiar a las almas con una música que encarna las realidades más sublimes -de “Ciudad de Dios”- de esta vida, inclusive cuando dobla tristemente llamando a las puertas del cielo para que se abran a acoger a uno de sus hijos.
Diríamos así , trascendiendo, como vimos en otros “Rincones”,  que la sala representa el orden temporal al servicio del espiritual -la Iglesia, que es columna de la verdad y del orden de las sociedades. Encarna el solar familiar,  la vida de trabajo y de producción de bienes temporales, el abrigo del hogar paterno, el  fuego acogedor que predispone para la conversación -el alimento espiritual de la familia-; que sería también como un imaginario cuartel general de los Alféreces a caballo, listos para salir a la carga a todo galope cuando la fe o la patria están en peligro.
Tres seres reales que simbolizan, en escala ascendente, el orden natural, el orden temporal y el orden espiritual, en un rincón de nuestra querida patria, que hoy cumple dos siglos de su constitución formal como nación independiente. ¡Viva la patria cristiana y mariana! ¡Vivan las libertades legítimas! ¡Viva la Inmaculada Virgen de Luján, nuestra Reina y Patrona! ¡Que Ella edifique plenamente en las naciones de América la “Ciudad de Dios”!

ººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººº

(*) ver Boletín del Instituto Güemesiano de Salta,  edic. 2014, ESCENAS SALTEÑAS DE HIDALGUIA Y HEROISMO: ítem HIDALGA HOSPITALIDAD DE UN PATRIARCA RURAL – HACENDADOS SEÑORIALES

 

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 Nuestra propia historia está llena de personajes “washingtonianos”, surgidos del sacrificio, muchas veces en tiempos de crisis

Presentación2

William Henry Harrison, legislador de Wyoming

A escala nacional podemos distinguir a esos famosos estadistas, generales, soldados, personajes religiosos, figuras del arte, profesores, empresarios y tantos otros que personificaron y destilaron aquellas admiradas y viriles virtudes y edificaron nuestra gran nación. Podemos también señalar a figuras locales tales como grandes líderes de ciudad, hombres de campo, comerciantes, jefes de fuerzas de seguridad y otros que prestaron el gran servicio de dedicarse a la función pública, tratando a sus empleados como de su familia, o cargando con problemas de otros.

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El Gobernador Leverett Saltonstall, con su mujer y su hija  tomando el avión en el aeropuerto de East Boston (Foto Biblioteca Pública de Boston)

¿Y por qué no decirlo? Vemos no sólo individuos sino también familias que, a lo largo de las generaciones, han contribuido mucho a la gloria de nuestra nación y sus comunidades, formando lo que nadie se anima a llamarlo un marco de élites tradicionales casi feudal (*). Aún hoy algunos de sus apellidos suenan en posiciones de liderazgo y de confianza.

 (*) Es lo que ha sido considerado la paradoja norteamericana de una nación aristocrática dentro de un Estado democrático. Ver Plinio Corrêa de Oliveira, Nobleza y Elites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII: un tema que esclarece la Historia Social norteamericana (Y ork, Penn.: Sociedad Norteamericana de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, 1993).

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John Horvat (h), Regreso al Orden: de una economía frenética a una sociedad orgánica cristianaDonde hemos estado, cómo hemos llegado a este punto y hacia donde tenemos que ir (Y ork,Penn., Y ork Press, 2013), 200-1

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008 Clarinadas

007 Olifant pequeño EL PRINCIPE DOM BERTRAND DE ORLEANS Y BRAGANZA DISERTARA PROXIMAMENTE EN SALTA

index

Dom Bertrand de Orléans y Braganza, Príncipe Imperial del Brasil, bisnieto de la Princesa Isabel, graduado en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Pablo (Brasil), Amigo del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira -fundador de la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad- a cuyos ideales adhirió desde muy joven. Actualmente, es Director del Instituto Plinio Corrêa de Oliveira, continuador de las actividades del gran pensador y hombre de acción católico del Siglo XX.

Dom Bertrand se convirtió en uno de los más destacados líderes de la lucha anti-socialista y anti-agrorreformista en Brasil  por su denodada defensa de la propiedad privada y de la libre iniciativa. Por medio de la campaña Paz en el Campo, que dirige, actúa con empeño contra las corrientes que intentan llevar la agitación al campo e implantar leyes socialistas en su país. Es autor del best-seller Psicosis ambientalista – Los bastidores del eco-terrorismo para implantar una ‘religión’ ecológica, igualitaria y anticristiana.

El Príncipe Dom Bertrand ha viajado por el mundo dando conferencias, sobre todo en ambientes católicos europeos y americanos. Es ardiente propugnador del ideal de Civilización Cristiana, Familia y Vida.

En 2007 estuvo por primera vez en  Salta para disertar en el Club 20 de Febrero sobre Misión de las élites tradicionales en Iberoamérica, hoy, inspirado en la magistral obra del Prof. Corrêa de Oliveira Nobleza y élites tradicionales análogas – en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana invitado por el Centro de Investigaciones Genealógicas de Salta y otras entidades, y dar la conferencia de cierre de la III Jornada de Cultura Hispanoamericana por la Civilización Cristiana y la Familia, en el Cabildo histórico de Salta, organizada por el Centro Cultural Juan Ramírez de Velasco, Gobernador del Tucumán y Bastión del Norte, con el auspicio del Instituto Güemesiano de Salta, del Instituto de Cultura Hispánica de Salta, del Centro Tucumano de Genealogía y Heráldica, del Instituto de Cultura Hispánica de Córdoba, del Centro de Estudios Genealógicas de Salta, del Centro de Estudios Históricos, Genealógicos y Heráldicos del Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta y otras asociaciones culturales de vasta actuación.

En esta oportunidad, disertará en el Teatro Provincial en el marco del Encuentro Regional de las Familias (World Congress of the Families), magno evento por la Familia y la Vida que tendrá lugar los días 14 y 15 de junio del cte. año.

007 Olifant pequeño CONGRESO MUNDIAL DE FAMILIAS – CONFERENCIA  REGIONAL – SALTA –

Teatro Provincial – 14 y 15 de junio de 2016 – 8.30 a 18.30 hs

Con la participación de destacados especialistas en temas de Familia y Vida

Informes e inscripción:

http://www.moralnet.org/

007 Olifant pequeño XII JORNADA DE CULTURA HISPANOAMERICANA POR LA CIVILIZACION CRISTIANA Y LA FAMILIA – SALTA, 2 Y 3 DE SEPTIEMBRE DE 2016

Ponencias, proyecciones y debates sobre temas de actualidad o acerca de nuestra historia, cultura y tradición, en pro de nuestra identidad, norteña, argentina, iberoamericana.

Informes: mailto:bastiondelnorte@gmail.com

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LaRocheJaquelein autocorreccNada mueve tanto al hombre y al conjunto de los hombres, que es la sociedad, como el ideal católico que NSJC vino a traernos: “hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo…”; “id y enseñad a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo  y del Espíritu Santo”.

♦ ♦ ♦

Nacida al pie de la Cruz y regada por u Am Alcaldes indios ap Cabildos mar 06 u Diapositiva1Karl der GroBesu sangre infinitamente preciosa, por manos de María, Medianera de todas las Gracias,  la Civilización Cristiana y Mariana impregna nuestra cultura con aquella herencia sublime recibida de la Europa evangelizada por las Ordenes monásticas, empapada del espíritu de Cluny y la Escolástica, resplandeciente en los vitrales y reliquias de las Catedrales, fortificada en los castillos de los nobles caballeros de Cristo Rey, vivificada por el heroísmo de las Cruzadas, coronada por la Monarquía orgánica del Sacro Imperio fundado por Carlomagno y de los reinos de San Luis y San Fernando.

u NS Guadalupe y detalle del ojo para Bol Nb jun16

Nuestra Señora de Guadalupe, Emperatriz de América. En su pupila quedó grabado milagrosamente el indio San Juan Diego, muestra de su predilección maternal por el Continente de la Esperanza

Ese ideal perenne predicado al mundo por San Pío X y tantos Pontífices y Doctores de la Iglesia es la tintura madre de nuestra cultura y costumbres, y vive en el alma mariana de América, cuya Emperatriz es la Virgen de Guadalupe.

Como un cristal multicolor, se refleja en mil aspectos grandes y pequeños de nuestra tradición e identidad, y  por eso  los Papas han llamado a estas tierras cristianizadas por España y Portugal el Continente de la Esperanza.

Invitamos a todos los amigos de la Cristiandad, amenazada hoy por tantos enemigos velados o declarados,  a levantar nuevamente este estandarte viviente en la XII Jornada Cultura Hispanoamericana por la Civilización Cristiana y la Familia, proclamando nuestra voluntad de defender ese legado sagrado y la certeza del cumplimiento de la promesa de  la Ssma. Virgen en Fátima, en las proximidades de su centenario:

“Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará”

Llamado de Pío XII a los nobles, miembros de la élite tradicional, dirigentes de todas las camadas sociales y católicos en general a “suscitar y difundir un orden social cristiano”, “en una esfera casi ilimitada”:

“Comprender, amar en la caridad de Cristo al pueblo de vuestro tiempo, dar prueba con los hechos de esta comprensión y este amor: he aquí el arte y manera de hacer aquel bien mayor que os compete realizar, no sólo, de un modo directo, a quienes están a vuestro alrededor, sino en una esfera casi ilimitada, desde el momento en que vuestra experiencia se convierte en un beneficio para todos. Y en esta materia, ¡qué magníficas lecciones dan tantos espíritus nobles, ardiente y valerosamente dedicados a suscitar y difundir un orden social cristiano!” (cfr. Nobleza y élites tradicionales análogas – En las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana, Plinio Corrêa de Oliveira, cap. VI).

 

007 Olifant pequeño LOURDES: UNA NIÑA SORDA DE NACIMIENTO SE QUITA LOS AUDIFONOS Y LE DICE A SU MADRE: “YA NO LOS NECESITO”

http://www.religionenlibertad.com/lourdes-una-nina-sorda-nacimiento-quita-los-audifonos–49912.htm

 

007 Olifant pequeño AUSPICIOSA VUELTA EN EL MILENIO: RENACEN LAS ANTIGUAS DEVOCIONES MARIANAS Y PROCESIONES

http://www.ncregister.com/site/article/marys-millennials/

 

http://www.catholicherald.co.uk/commentandblogs/2016/05/27/parishes-across-britain-are-reviving-may-processions-in-honour-of-mary/

007 Olifant pequeño “EMPECEMOS A SER CATOLICOS DE NUEVO”

Procesiones eucarísticas, adoración, exposición del Santísimo, rosarios públicos organizados…

https://liturgyguy.com/2016/05/27/lets-start-being-catholic-again/

007 Olifant pequeño RECUBIERTA DE ORO, LA IMAGEN DE SAN MIGUEL ARCANGEL VUELVE AL MITICO MONT SAINT MICHEL

http://www.dailymail.co.uk/news/article-3493014/Flight-angel-Nuns-watch-amazement-famous-statue-Archangel-Michael-lifted-historic-French-abbey.html?printingPage=true

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Imágenes del feérico Mont St.-Michel – Arriba, La Fiesta de San Miguel Arcángel, de  las Très-Riches Heures du Duc de Berry ♦ Gentileza de Le-Mont-Saint-Michel (Wikipédia France)

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El presente sumario  (11 bis) corresponde a la nota 11 de la Visión de Conjunto:

http://nobleza.org/elites-orden-natural-familia-y-tradicion-instituciones-altamente-aristocraticas-en-las-democracias-las-ensenanzas-de-pio-xii-cap-v-vision-de-conjunto-11/

010 Selección temática

Pueblo y masa – Libertad e igualdad en un régimen democrático: conceptos genuinos y conceptos revolucionarios – Las enseñanzas de Pío XII

Θ Nota: algunas citas de documentos pontificios han sido sintetizadas en el presente sumario. El lector puede consultar las citas textuales online en :

http://www.pliniocorreadeoliveira.info/LN_Espanha/Volume%20I/LN_ES_Cap_00_0_Indice.htm

Continuamos presentando a nuestros lectores este sumario de la vital obra que nos ocupa. En este capítulo, el autor aborda  las enseñanzas de Pío XII sobre una cuestión clave, no exenta de dificultades: 

la Nobleza y las élites tradicionales en una verdadera democracia 
Ello incluye:
  •el concepto católico de pueblo, tan distinto de la masa 
 

•verdadero y falso tradicionalismo

las desigualdades armónicas queridas por Dios

 Soldados de la conquista foto 1 con caballo

Vistas las enseñanzas de Pío XII sobre la misión  presente de la Nobleza toca analizar el papel de las élites tradicionales –principalmente de ésta- en preservar la tradición y ser así factor de progreso, y su perennidad y perfecta compatibilidad con una verdadera democracia.

Hemos visto las enseñanzas de Pío XII sobre la misión presente de la Nobleza (cfr. visión de conjunto n 10 y sumario n 10 bis). Toca ahora analizar el papel de las élites tradicionales —principalmente de la Nobleza— en preservar la tradición y ser así factor de progreso, y sobre la perennidad de tales élites y su perfecta compatibilidad con una verdadera democracia.

1. Formación de élites incluso en países sin pasado monárquico ni aristocrático

La formación de élites tradicionales es tan natural que se manifiesta en países sin pasado monárquico. Hasta en las democracias recientes, sin vestigios de pasado feudal, se ha venido formando como una nueva Nobleza y aristocracia: “es la comunidad de las familias que ponen por tradición todas sus energías al servicio del Estado (…) con cuya fidelidad puede éste contar en todo momento.” [1] ; (Θ txt sintetizado: ver nota al comienzo).

Magnífica definición de la esencia de la Nobleza, que recuerda las grandes estirpes que construyeron el progreso de las Américas y, manteniéndose fieles a sus tradiciones, constituyen la preciosa riqueza moral de las sociedades en que viven.

La formación de élites tradicionales con tono aristocrático es tan profundamente natural que se manifiesta incluso en países sin pasado monárquico ni aristocrático: “Hasta en las democracias de fecha reciente, tras las cuales no se encuentran vestigios de pasado feudal, se ha venido formando por la propia fuerza de las cosas una especie de nueva Nobleza y aristocracia: es la comunidad de las familias que ponen por tradición todas sus energías al servicio del Estado, su Gobierno y su Administración, y con cuya fidelidad puede éste contar en todo momento.” [1] Magnífica definición de la esencia de la Nobleza, que recuerda las grandes estirpes de descubridores, colonizadores y agricultores que construyeron el progreso de las Américas y, manteniéndose fieles a sus tradiciones, constituyen la preciosa riqueza moral de las sociedades en que viven.

2. La herencia en la Nobleza y élites tradicionales

Un hecho natural vinculado a la existencia de las élites tradicionales es la herencia. “Grande y misteriosa cosa es la herencia…a lo largo de una estirpe, perpetuándose de generación en generación, de un rico conjunto de bienes materiales y espirituales, la continuidad de un mismo tipo físico y moral…, la tradición que a través de los siglos une a los miembros de una misma familia. Su verdadera naturaleza se puede desfigurar… mediante teorías materialistas; pero también se puede y se debe considerar una realidad de tal importancia en la plenitud de su verdad humana y sobrenatural.“(…)

“… lo que más cuenta es la herencia espiritual transmitida [ante todo] por la acción continua de ese ambiente privilegiado que la familia constituye;  …en la atmósfera de un hogar rico en altas tradiciones intelectuales, morales y, sobre todo, cristianas; por la mutua influencia entre aquellos que habitan una misma casa, …cuyos beneficiosos efectos se proyectan…en aquellas almas elegidas que saben fundir en sí mismas los tesoros de una preciosa herencia con la contribución de sus propias cualidades y experiencias.

“Es éste el patrimonio, más valioso que ningún otro, que, iluminado por una Fe firme, vivificado por una fuerte y fiel práctica de la vida cristiana en todas sus exigencias, elevará, refinará y enriquecerá las almas de vuestros hijos” [2]

3. Las élites, propulsoras del verdadero progreso y guardianas de la tradición

♦ Vínculo entre Nobleza y tradición: aquella es la guardiana natural de ésta; es la clase responsable, más que cualquier otra, de mantener vivo el nexo por el cual la sabiduría del pasado gobierna el presente sin inmovilizarlo.

a) ¿Son las élites enemigas del progreso?

Contra la participación de la Nobleza y las élites tradicionales en la dirección de la sociedad los espíritus revolucionarios suelen hacer la objeción de que están vueltas hacia el pasado, dando la espalda al futuro, donde se encuentra el verdadero progreso. Pío XII enseña que sólo hay progreso auténtico en la línea de la tradición, y que éste sólo es real si constituye, no necesariamente un retorno al pasado, sino un armónico desarrollo del mismo, pues, rota la tradición, la sociedad queda expuesta a terribles riesgos: [3]

Las cosas terrenas corren como un río por el lecho del tiempo; el pasado cede su puesto al porvenir, y el presente es un instante fugaz que los une. No es en sí un mal. Un mal sería si este presente (…) se convirtiera en tromba marina que todo arrasara a su paso (…) y excavase un abismo entre lo que ha sido y lo que será. Esos bruscos saltos constituyen, pues, lo que se llama una crisis, un paso peligroso, que puede conducir a la salvación o a una ruina irreparable (…). [4] ; (Θ txt sintetizado: ver nota al comienzo).

La tradición evita a las sociedades el estancamiento, el caos y la rebelión. Su tutela es la misión específica de la Nobleza y élites análogas. Rompen con ella las que se ausentan de la vida concreta y las que pecan ignorando su misión, dejándose absorber por el presente, renegando de todo el pasado.

Por la fuerza de la herencia, los nobles prolongan en la tierra la existencia de los grandes hombres del pasado: “Al recordar a vuestros antepasados es como si los hicierais revivir; reviven en vuestros nombres y en los Títulos que os han dejado por sus méritos y grandezas.” [5]

Esto da a la Nobleza y élites tradicionales una misión moral muy particular, pues son las que aseguran al progreso la continuidad con el pasado:¿Cuál es el papel que se os ha confiado de manera especial, amados hijos e hijas? ¿Qué función singular se os ha atribuido? Precisamente la de favorecer este desarrollo normal; aquella que desempeña y realiza en la máquina el regulador, el volante, el reóstato, que participan en la actividad para garantizar el movimiento que rige el funcionamiento del aparato. Vosotros, “Patriciado y Nobleza, representáis y continuáis la tradición”. [6];  (Θ txt sintetizado: ver nota al comienzo).

b) Sentido y valor de la verdadera tradición

El aprecio a una tradición bien entendida es virtud rarísima hoy. El ansia de novedades, el desprecio por el pasado, son actitudes que la Revolución ha hecho frecuentísimas; [7] y porque los defensores de la tradición la entienden a veces de un modo enteramente falso. La tradición no es un mero valor histórico, ni un simple tema para variaciones de nostalgia romántica; es un valor que ha de ser entendido, no de modo arqueológico, sino como factor indispensable para la vida contemporánea.

La palabra tradición, dice el Pontífice, suena importuna a muchos oídos; desagrada, con razón, cuando ciertos labios la pronuncian. Algunos la comprenden mal; otros la convierten en falsa divisa de su inactivo egoísmo. Ante tan dramática confusión, no pocas voces envidiosas, con frecuencia hostiles y de mala fe… os preguntan con descaro: ‘¿Para qué servís?’ Antes de responderles, conviene ponerse de acuerdo sobre el verdadero significado y valor de esta tradición, cuyos principales representantes vosotros queréis ser.

Muchos espíritus…se imaginan y creen que la tradición no es sino un recuerdo, el pálido vestigio de un pasado que ya no existe ni puede volver… Si a ello se redujese la tradición, y si implicara la negación o el desprecio del camino hacia el porvenir, habrían de ser mirados con compasión los soñadores del pasado, y, con mayor severidad aún quienes …no son sino desertores de los deberes que impone una hora tan luctuosa.

“Pero la tradición es algo muy distinto del simple apego a un pasado ya desaparecido; es lo contrario de una reacción que desconfía de todo sano progreso. La propia palabra (…)  es sinónimo de camino y avance. Sinonimia, no identidad. Mientras (…) el progreso indica tan sólo el hecho de caminar hacia adelante, paso a paso, buscando con la mirada un incierto porvenir, la tradición significa también un caminar hacia adelante, pero un caminar continuo que se desarrolla al mismo tiempo tranquilo y vivaz, según las leyes de la vida, huyendo de la angustiosa alternativa: ‘Si jeunesse savait, si vieiIIesse pouvait!’; [8] semejante al de aquel Señor de Turenne, de quien se dijo: ‘II a eu dans sa jeunesse toute la prudence d’un âge avancé, et dans un âge avancé toute la vigueur de la jeunesse’ [9] (Fléchier, Oraison funèbre, 1676). Gracias a la tradición, la juventud, iluminada y guiada por la experiencia de los ancianos, avanza con un paso más seguro, y la vejez transmite y entrega confiada el arado a manos más vigorosas que proseguirán el surco comenzado. Como lo indica su nombre, la tradición es el don que pasa de generación en generación, la antorcha que, a cada relevo, el corredor pone en manos de otro sin que la carrera se detenga o disminuya su velocidad. Tradición y progreso se completan mutuamente con tanta armonía que, así como la tradición sin el progreso se contradice a sí misma, así también el progreso sin la tradición sería una empresa temeraria, un salto en el vacío.

“No, no se trata de remontar la corriente ni retroceder hacia formas de vida y de acción propias a épocas pasadas, sino más bien de avanzar hacia el porvenir con vigor de inmutable juventud, tomando lo mejor del pasado y continuándolo.” [10]

c) Importancia y legitimidad de las élites tradicionales

El soplo demagógico de igualitarismo que atraviesa el mundo contemporáneo crea una atmósfera de antipatía contra las élites tradicionales, en gran parte por el apego que éstas tienen a la tradición. Hay en esa antipatía una grave injusticia, siempre que dichas élites entiendan la tradición rectamente:

“Al proceder así, vuestra vocación resplandece, grande y laboriosa, ya bosquejada. Debería mereceros la gratitud de todos y haceros superiores a las acusaciones que os han sido dirigidas de una u otra parte.

“Mientras os esforzáis previsoramente en contribuir al verdadero progreso hacia un futuro más sano y feliz, sería injusticia e ingratitud reprocharos o imputaros como una deshonra la veneración hacia el pasado, el estudio de su historia, el amor a las santas costumbres, la inconmovible fidelidad a los principios eternos. Los ejemplos gloriosos o infaustos de quienes precedieron a la época presente son [para vosotros] una lección y una luz que ilumina vuestros pasos; pues se ha dicho con razón que las enseñanzas de la Historia hacen de la humanidad un hombre que camina sin cesar y jamás envejece. No vivís en la sociedad moderna como emigrados en un país extranjero, sino como ciudadanos beneméritos e insignes, que quieren y desean trabajar y colaborar con sus contemporáneos con el fin de preparar el restablecimiento, la restauración y el progreso del mundo.” [11]

4. La bendición de Dios ilumina, protege y besa todas las cunas, pero no las nivela

Otro factor de hostilidad contra las élites tradicionales se encuentra en el prejuicio revolucionario de que toda desigualdad de cuna es contraria a la justicia. Se admite que un hombre pueda destacarse por méritos personales; pero no que proceder de una estirpe ilustre sea para él un título especial de honor y de influencia. El Santo Padre Pío XII, nos imparte una preciosa enseñanza: “Las desigualdades sociales, también aquellas que están vinculadas al nacimiento, son inevitables; la benignidad de la Naturaleza y la bendición de Dios sobre la humanidad iluminan y protegen las cunas, las besan, pero no las igualan. Mirad aun las sociedades más inexorablemente niveladas. Mediante ningún artificio se ha podido nunca conseguir que el hijo de un gran jefe, de un gran conductor de masas, continuase exactamente en el mismo estado que un obscuro ciudadano perdido entre el pueblo. (…) una mente cristianamente instruida y educada no puede considerar [las desigualdades] sino como una disposición de Dios, querida por Él por la misma razón que las desigualdades en el interior de la familia, y destinada (…) a unir aún más a los hombres entre sí en su viaje de la vida presente hacia la patria del Cielo, ayudándose los unos a los otros del mismo modo que el padre ayuda a la madre y a los hijos.” [12]

5. Concepción paternal de la superioridad social

La gloria cristiana de las élites tradicionales está en servir no sólo a la Iglesia, sino también al bien común. La aristocracia pagana se ufanaba exclusivamente de su ilustre progenitura; la Nobleza cristiana suma a este título otro aún más alto: el de ejercer una función paternal frente a las demás clases: “(…) Si la palabra patricio, patricius, significaba en la Roma pagana el hecho de tener antepasados, de no pertenecer a una familia corriente, sino a una clase privilegiada y dominante, toma ella a la luz cristiana un aspecto mucho más luminoso (…), pues asocia a la idea de la superioridad social la de ilustre paternidad. Es éste el Patriciado de la Roma cristiana, que tuvo sus mayores y más antiguos resplandores no tanto en la sangre como en la dignidad de protectores de Roma y de la Iglesia: Patricius Romanorum (…). Los Papas contaron también con armados defensores de la Iglesia procedentes de las familias del Patriciado romano; y Lepanto consagró y eternizó uno de sus grandes nombres en los fastos de la Historia.” [13]

De estos conceptos se desprende una impresión de paternidad que impregna las relaciones entre las clases más altas y las más humildes.

Contra ella se pueden presentar dos objeciones: no faltan quienes afirman que los frecuentes actos de opresión practicados por la Nobleza o élites análogas en el pasado desmienten esta doctrina; muchos ponderan que toda afirmación de superioridad elimina del trato social la amenidad cristiana, pues —argumentan— toda superioridad despierta normalmente sentimientos de humillación, lo que es contrario a la dulzura evangélica.

Pío XII responde implícitamente: “(…) Tales desviaciones no bastan para disminuir ni ofuscar la verdad fundamental de que para el cristiano las desigualdades sociales se funden en una gran familia humana; que, por lo tanto, las relaciones entre las clases y categorías desiguales han de permanecer gobernadas por una justicia recta y ecuánime, y estar al mismo tiempo animadas por el respeto y afecto mutuos, de modo que, aun sin suprimir las desigualdades, se disminuyan las distancias y se suavicen los contrastes.” [14]

Ejemplos típicos de aristocrática suavidad de trato se encuentran en muchas familias nobles que saben ser intachablemente bondadosas con sus subordinados sin consentir que sea negada ni empañada su natural superioridad: “¿No vemos acaso, en las familias verdaderamente cristianas, a los mayores patricios y patricias vigilantes y solícitos en conservar para con sus domésticos y cuantos les rodean un comportamiento conforme, sin duda, a su clase, pero libre de toda afectación, benévolo y cortés en palabras y modales, que demuestran la nobleza de sus corazones, que no ven en ellos sino hombres, hermanos, cristianos como ellos, a ellos unidos en Cristo por los vínculos de (…) aquella caridad que aun en los más antiguos palacios consuela, sostiene, alegra y endulza la vida de grandes y humildes, principalmente en los tiempos de tristeza y de dolor, que nunca faltan en este mundo?” [15]

6. Nuestro Señor Jesucristo consagró la condición de noble así como la de obrero

Así considerada la condición de noble o miembro de una élite tradicional, se comprende que Nuestro Señor Jesucristo [16] la haya santificado encarnándose en una familia de príncipes:

“(…) si bien Cristo Nuestro Señor prefirió, para consuelo de los pobres, venir al mundo privado de todo y crecer en una familia de sencillos obreros, quiso, sin embargo, honrar con su nacimiento a la más noble e ilustre de las casas de Israel, a la propia estirpe de David.

“(…) fieles al espíritu de Aquél del Cual son Vicarios, los Sumos Pontífices han tenido siempre en muy alta consideración al Patriciado y a la Nobleza romana, cuyos sentimientos de indefectible adhesión a esta Sede Apostólica son la parte más preciosa de la herencia recibida de sus antepasados y que ellos mismos transmitirán a sus hijos.” [17]

7. Perennidad de la Nobleza y de las élites tradicionales

Como las hojas secas caen al suelo, así ocurre, al soplo de la revolución, con los elementos muertos del pasado. La Nobleza, sin embargo, en cuanto especie dentro del género élites, puede y debe sobrevivir porque tiene una razón de ser permanente:

“El soplo impetuoso de un nuevo tiempo arrastra con sus torbellinos las tradiciones del pasado; pero así se pone en evidencia cuáles de ellas están destinadas a caer como hojas muertas, y cuáles, en cambio, tienden a mantenerse y consolidarse con genuina fuerza vital.

“Una Nobleza y un Patriciado que, por así decir, se anquilosaran en la nostalgia del pasado, estarían condenados a una inevitable decadencia.

“Hoy más que nunca estáis llamados a ser no sólo una élite de la sangre y de la estirpe, sino, lo que es más, de las obras y sacrificios, de las realizaciones creadoras al servicio de toda la comunidad social.

“Y esto no es solamente un deber del hombre y del ciudadano que nadie puede eludir impunemente; es también un sagrado mandamiento de la Fe que habéis heredado de vuestros padres, y que debéis, como ellos, legar íntegra e inalterada a vuestros descendientes.

“Desterrad, pues, de vuestras filas todo abatimiento y toda pusilanimidad: todo abatimiento, ante una evolución de los tiempos que se lleva consigo muchas de las cosas que otras épocas habían edificado; toda pusilanimidad, ante los graves sucesos que acompañan a las novedades de nuestros días.

“Ser romano significa ser fuerte en el obrar, pero también en el soportar.

“Ser cristiano significa ir al encuentro de las penas y de las pruebas, de los deberes y necesidades de los tiempos, con aquel coraje, con aquella fortaleza y serenidad de espíritu de quien bebe en el manantial de las eternas esperanzas el antídoto contra todo humano desaliento.

“Humanamente grande es el altivo dicho de Horacio: ‘Si fractus illabatur orbis, impavidum ferient ruinae’ [18] (Od., 3.3).

“Pero cuanto más bello, seguro y feliz es el grito victorioso que brota de los labios cristianos y de los corazones desbordantes de Fe: ‘Non confundar in aeternum!’ [19] (Te Deum). [20]

8. La ley no puede revocar el pasado

Así se entiende que, a pesar de haber sido proclamada la República en Italia, haya mantenido el Santo Padre Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana como insigne recuerdo de un pasado del cual el presente debe conservar elementos para asegurar la continuidad de una tradición beneficiosa e ilustre:

“Es verdad que en la nueva Constitución italiana ‘no se reconocen los Títulos nobiliarios’ (salvo, naturalmente, en lo que respecta a la Santa Sede) [21]); pero esta misma Constitución no ha podido hacer desaparecer el pasado ni la historia de vuestras familias.” [22]

En la referencia hecha por Pío XII a la abolición de los Títulos nobiliarios por la República constata simplemente el hecho de la abolición, pero afirma, con noble desenvoltura, que la Iglesia reserva para sí toda la validez de los Títulos de Nobleza por ella otorgados o que venga a otorgar, y que esta validez continuaba en vigor, incluso [23] en el territorio de la República Italiana, pues un artículo de la Constitución Italiana no tiene poder para hacer cesar su validez reconocida por el Concordato de 1929. [24]

Continúa recayendo sobre el Patriciado y la Nobleza romana un pesado y magnífico deber, consecuencia del prestigio que amigos y enemigos han de reconocer: “Por consiguiente, el pueblo —ya esté a favor o en contra de vosotros, ya sienta hacia vosotros respetuosa confianza o sentimientos hostiles— también ahora mira y observa cuál es el ejemplo que dais en vuestra vida. A vosotros os toca, pues, corresponder a esta expectación (…).” [25]

Considerando lo que la Nobleza romana fue en el pasado, y no viendo ese recuerdo como algo muerto, sino como “un impulso hacia el porvenir”, Pío XII, “por motivos de honor y de fidelidad”, [26] mantuvo un trato de especial distinción para con ella, e invitó a sus contemporáneos a asociarse a dicha actitud: “Saludamos en vosotros a los representantes de familias que se distinguieron al servicio del Vicario de Cristo y permanecieron fieles al Pontificado aun cuando éste se hallaba expuesto a ultrajes y persecuciones. El orden social puede evolucionar. Las funciones públicas, otrora reservadas a vuestra clase, pueden hoy ser atribuidas sobre la base de la igualdad; pero el hombre moderno de rectos sentimientos no puede negar su respeto a un tal testimonio de reconocida memoria, “que debe servir igualmente de impulso hacia el porvenir.” [27];  (Θ txt sintetizado: ver nota al comienzo).

9. La democracia según la doctrina social de la Iglesia — Arqueologismo y falsa restauración: dos extremos a evitar

Se podría preguntar si con estas enseñanzas habría procurado Pío XII reaccionar contra esa tendencia igualitaria condenando la democracia.

La doctrina social de la Iglesia siempre ha afirmado la legitimidad de las tres formas de gobierno, monárquica, aristocrática y democrática. Siempre se ha negado también a aceptar que la única forma de gobierno compatible con la justicia y la caridad sea la democrática.

Santo Tomás de Aquino enseña que, en principio, la monarquía constituye una forma de gobierno superior a las demás. Eso no excluye que circunstancias concretas puedan hacer más aconsejable la aristocracia o la democracia en este o aquel Estado, y ve con especial agrado las formas de Gobierno en que se articulan armónicamente elementos de monarquía, aristocracia y democracia. [28]

León XIII, al explicar la doctrina social de la Iglesia sobre las formas de Gobierno, declara:

“Encerrándose en el terreno de la abstracción, se llega a determinar cuál es la mejor de estas formas consideradas en sí mismas.” [29] Sin embargo, no indica cuál de ellas es.

Es preciso notar lo categórico de su afirmación, aunque parezca condicional a primera vista: “se llega a determinar”.

Afirma que encontrar cuál es la forma intrínsecamente mejor de gobierno es posible mientras quiera el pensador mantenerse en el terreno de los principios abstractos. “Se puede afirmar igualmente… que cada una de ellas es buena siempre que sepa dirigirse directamente a su fin…, al bien común para el cual está constituida la autoridad social. Conviene añadir… que desde un punto de vista relativo tal o cual forma de gobierno puede ser preferible por adaptarse mejor al carácter y costumbres de esta o aquella nación.” [30]

Falta ahora descubrir cuál sería, según el Pontífice, esta forma de Gobierno considerada mejor en el campo de los principios abstractos.

Es necesario tomar en consideración la enc. Aeterni Patris (4.VIII.1879), sobre la restauración de la Escolástica conforme la doctrina de Santo Tomás. Entre otros muchos encomios a la obra del gran Doctor de la Iglesia, pueden mencionarse:

“Consta que casi todos los fundadores y legisladores de las Órdenes religiosas han mandado a sus miembros que estudien la doctrina de Santo Tomás y se adhieran a ella (…) tomando cuidado para que a nadie le sea lícito separarse impunemente en lo más mínimo de las huellas de tan grande varón. (…)

“(…) es más, los Romanos Pontífices Nuestros predecesores han elogiado la sabiduría de Tomás de Aquino con excepcionales encomios de estima e importantísimos testimonios. (…)

“(…) de estos juicios de los Pontífices máximos sobre Tomás de Aquino, por decirlo así llega al auge el testimonio de Inocencio VI: Su doctrina (la de Tomás) posee, en comparación con todas las demás, excepto con la canónica, precisión en las palabras, orden en la exposición, verdad en las sentencias, de tal manera que nunca se verá a quienes la siguen desviarse del camino de la verdad, y quien la impugne siempre será sospechoso de error. (Sermón sobre Santo Tomás) (…)

“Pero la mayor gloria, exclusiva de Tomás, (…) consiste en que los Padres de Trento, quisieron que estuviera sobre el altar, en el propio centro del cónclave, junto con los libros de la divina Escritura y los decretos de los Pontífices Máximos, la Suma de Tomás de Aquino, para que de ella se obtuviesen consejos, raciocinios y respuestas.” [31]

No es de suponer que el pensamiento de León XIII difiriese del de Santo Tomás en esta materia. Es digna de especial atención la siguiente frase del Pontífice: “No hemos querido jamás añadir nada, ni a las apreciaciones de los grandes doctores sobre el valor de las diversas formas de gobierno, ni a la doctrina católica y tradiciones de esta Sede Apostólica sobre el grado de obediencia debida a los poderes constituidos.” [32]

Además, siendo la democracia el gobierno del pueblo, y siendo el concepto de la doctrina católica sobre pueblo profundamente diferente del concepto neopagano corriente —según el cual por pueblo se entiende solamente la masa— se ve claramente que el propio concepto católico de democracia difiere profundamente de lo que en general se entiende como tal. [33]

Ante la avalancha igualitaria, Pío XII —sin entrar en preferencias políticas— procura tomar en consideración la tendencia democrática tal y como existe y guiarla de tal modo que se eviten daños para el cuerpo político-social.

Es lo que hace ver cuando, al reorganizarse la Italia de la posguerra, da a la Nobleza romana el siguiente consejo: “(…) generalmente todos admiten que esta reorganización no puede ser concebida como un puro y simple retorno al pasado. No es posible un semejante retroceso. (…). La Historia no se detiene, no puede detenerse; avanza siempre, prosiguiendo su curso, ordenado y rectilíneo o confuso y sinuoso, hacia el progreso o hacia una ilusión de progreso.” [34]

En la reconstrucción de la sociedad, así como en la de un edificio, hay dos errores extremos a evitar: hacer una reconstrucción meramente arqueológica; levantar un edificio enteramente diferente, es decir, una reconstrucción que no sea tal:

“Así como la reconstrucción de un edificio que debe servir para usos actuales no se puede concebir de un modo arqueológico, tampoco sería posible llevarla a cabo según diseños arbitrarios, aunque fuesen teóricamente los mejores y más deseables; hay que tener presente la imprescindible realidad, la realidad en toda su extensión.” [35]

10. Las instituciones altamente aristocráticas son también necesarias en las democracias

La Iglesia no pretende destruir la democracia, pero desea que sea bien entendida y que sea nítida la distinción entre el concepto cristiano y el concepto revolucionario.

Es oportuno recordar lo que Pío XII enseña sobre el carácter tradicional y el tono aristocrático de la democracia verdaderamente cristiana:

“Ya en otra ocasión hemos hablado Nos de las condiciones necesarias para que un pueblo pueda considerarse maduro para una sana democracia. Pero, ¿quién puede conducirlo y elevarlo a esta madurez? (…) La Historia nos atestigua que allí donde está vigente una verdadera democracia la vida del pueblo se halla como impregnada de sanas tradiciones que es ilícito derribar. Representantes de estas tradiciones son antes que nada las clases dirigentes, o sea, los grupos de hombres y mujeres o las asociaciones que, como suele decirse, dan el tono en el pueblo y en la ciudad, en la región y en el país entero.

De ahí que en todos los pueblos civilizados existan y tengan influencia instituciones eminentemente aristocráticas en el sentido más alto de la palabra, como son algunas academias de vasto y bien merecido renombre. También la Nobleza es de este número: sin pretender ningún privilegio o monopolio, es —o debería ser— una de aquellas instituciones; institución tradicional fundada sobre la continuidad de una antigua educación. (…). Para conservar, por lo tanto, dignamente vuestra elevada condición y vuestra categoría social, es más, para aumentarlas y enaltecerlas, debéis ser verdaderamente una élite, debéis cumplir las condiciones indispensables en el tiempo en que vivimos y corresponder a sus exigencias.” [36]

Una Nobleza o una élite tradicional cuyo ambiente sea caldo de cultivo para la formación de altas cualidades de inteligencia, voluntad y sensibilidad, y que funde su prestigio en los méritos de cada generación, no es, para Pío XII, un elemento heterogéneo y contradictorio con una democracia verdaderamente cristiana, sino un precioso elemento de la misma. Se ve así hasta qué punto la democracia auténticamente cristiana difiere de la democracia igualitaria pregonada por la Revolución, en la cual la destrucción de todas las élites —entre ellas especialmente la Nobleza— es tenida por condición esencial de autenticidad democrática. [37]

NOTAS

[1] PNR 1947, pp. 370-371.

[2] PNR 1941, p. 364.

Es tan grande la importancia de los párrafos que acaban de ser citados que merecerían ser destacados en negrita de principio a fin. No lo hacemos para no sobrecargar el aspecto visual de estas páginas.

[3] Cfr. Capítulo V, 7-8; Documentos VI.

[4] PNR 1944, pp. 177-178.

[5] PNR 1942, p. 345 —

Respecto a ello Rivarol, el brillante polemista francés contemporáneo y adversario de la Revolución de 1789, afirmó: “Los nobles son monedas más o menos antiguas que el tiempo ha transformado en medallas” (M. Berville, Mémoires de Rivarol, Baudouin Frères, París, 1824, p. 212).

[6] PNR 1944, p. 178.

[7] El término “Revolución” es usado en este libro con sentido igual al que se le atribuye en el ensayo del mismo autor, Revolución y Contra-Revolución –ver texto completo en el blog: Una obra clave: Revolución y Contra-Revolución

http://rcr-una-obra-clave.blogspot.com/

Designa un proceso iniciado en el siglo XV que tiende a destruir toda la Civilización Cristiana e implantar un estado de cosas diametralmente opuesto. Constituyen etapas del mismo la Pseudo-Reforma, la Revolución Francesa, el Comunismo en sus múltiples variantes y en su sutil metamorfosis de los días presentes.

[8] ¡Si la juventud supiera! ¡Si la vejez pudiera!
[9] Ha tenido en su juventud toda la prudencia de una edad avanzada, y en una edad avanzada todo el vigor de la juventud. Se refiere a Enrique de la Tour d’Auvergne, Vizconde de Turenne, Mariscal de Francia (1611-1675).
[10] PNR 1944, pp. 178-179; cfr. Capítulo VI, 5, a; Documentos VI.
[11] PNR 1944, p. 180.
No se imagine el lector que Pío XII omite con este sabio consejo los graves peligros resultantes de la sobrevaloración de la técnica moderna: “Parece innegable que la misma técnica, llegada en nuestro siglo al apogeo de su esplendor y eficacia, se transforme por circunstancias de hecho en un grave peligro espiritual. Parece comunicar al hombre moderno, postrado ante su altar, un sentido de autosuficiencia y de satisfacción de sus aspiraciones de conocimiento y poderío ilimitados. Con sus múltiples usos, con la absoluta confianza que en ella se deposita, con las inagotables posibilidades que promete, la técnica moderna despliega en torno al hombre contemporáneo una visión tan vasta que llega a ser confundida por muchos con el propio infinito. En consecuencia, se le atribuye una autonomía imposible, la cual a su vez se transforma, en el pensamiento de algunos, en una concepción equivocada de la vida y del mundo, designada con el nombre de ‘espíritu técnico’. Pero, ¿en qué consiste exactamente esto? En considerar como el más alto valor humano y de la vida extraer el mayor provecho de las fuerzas y de los elementos de la naturaleza; en fijarse como finalidad, prefiriéndola a todas las demás actividades humanas, los métodos técnicamente posibles de producción mecánica y en ver en ellos la perfección de la cultura y de la felicidad terrena” (Radiomensaje de Navidad de 1953, in Discorsi e Radiomessaggi, vol. XV, p. 522).
[12] PNR 1942, p. 347.
[13] Marco Antonio Colonna, el Joven, Duque de Pagliano (1535-1584). San Pío V le confió el mando de las doce galeras pontificias que participaron en la batalla. Se batió con tanto heroísmo y pericia que fue recibido triunfalmente en Roma a su vuelta. PNR 1942, pp. 346-347.
[14] PNR 1942, pp. 347-348.
[15] PNR 1942, p. 348.
[16] Cfr. Capítulo IV, 8.
[17] PNR 1941, pp. 363-364; cfr. Documentos IV.
[18] Si el mundo se deshiciera en pedazos, sus ruinas le herirían, pero él permanecería imperturbable.
[19] ¡No seré confundido eternamente!
[20] PNR 1951, pp. 423-424.
[21] Cfr. Capítulo II, 1.
[22] PNR 1949, p. 346.
[23] Cfr. Capítulo 11,1.
[24] A propósito de la abolición radical y sumaria de una tan antigua y benemérita institución como la nobleza —realizada evidentemente bajo la fuerza de impacto del igualitarismo radical que sopló en tantos países después de la segunda y primera Guerras Mundiales— es preciso lamentar que no hayan sido tomadas en absoluto en consideración estas enseñanzas de alta sabiduría proferidas por Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica (I-II, q. 97, a. 2) bajo el título “Si la ley humana ha de modificarse siempre que se presente un bien mejor”:
“Está establecido en las ‘Decretales’ que ‘es un absurdo y una afrenta detestable permitirse quebrantar las tradiciones que de antiguo hemos recibido de nuestros antepasados’.
“Respondo diciendo que, como hemos dicho, la ley humana se modifica rectamente solo cuando mediante esta modificación se busca el bien común; pero la propia modificación de una ley es en sí misma un detrimento del bien común, porque la costumbre ayuda mucho a que sean cumplidas las leyes, de tal modo que lo que se hace en contra de una costumbre común, aunque sea de sí leve, se ve como grave. Por eso, cuando se modifica una ley, disminuye su poder represivo en la medida en que la costumbre es suprimida, y por eso nunca debe modificarse la ley humana, sino cuando el bien común sea compensado por una parte tanto cuanto por la otra se le perjudica. Esto sucede en realidad, o bien cuando del nuevo decreto emana una utilidad grandísima y evidentísima; o bien en caso de extrema necesidad, cuando la ley vigente contiene una injusticia manifiesta o su cumplimiento es extremamente nocivo. Por eso dice el jurisconsulto que ‘para establecer nuevas normas, es necesario que su utilidad sea evidente, para que justifique el abandono de aquello que se ha considerado equitativo durante mucho tiempo’.”
[25] PNR 1949, p. 346.
[26] 1950, p. 357.
[27] 1950, p. 357.
[28] Para una correcta comprensión de lo aquí expuesto respecto a la Doctrina de la Iglesia y el pensamiento de Santo Tomás de Aquino sobre las diversas formas de Gobierno, es de capital importancia la lectura de los textos pontificios y del Santo Doctor transcriptos en el Apéndice III y acompañados por comentarios del autor.
[29] Au milieu des sollicitudes in ASS XXIV [1891-92] 523.
[30] Ibídem.
[31] ASS XII [1894] 109-110.
[32] Carta al Cardenal Matthieu, 28/3/1897 in La paix intérieure des Nations, Desclée & Cie, 1952, p. 220.
[33] cfr. Capítulo III.
[34] PNR 1945, p. 274.
[35] Ibídem.
[36] PNR 1946, pp. 340-341.
[37] Sobre la legitimidad y necesidad de que exista la Nobleza en una sociedad auténticamente católica, véase el sustancioso esquema —transcripto y comentado en el Apéndice IV de este libro— publicado bajo el título de “Aristocracia” en un importante homiliario elaborado bajo la dirección del Cardenal Ángel Herrera Oria.

 ♦ Consulte las notas anteriores haciendo click más abajo en el ‘tag’ Sumario o utilizando el buscador del sitio

 

 

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Ap III Formas de gobierno mayo 016

El igualitarismo es soberanamente contrario a la naturaleza y subversor de todo orden social (San Pío X)

 

3. Una u otra forma de gobierno
puede ser preferible por adaptarse mejor al carácter
o a las costumbres del pueblo a que se destina
De la encíclica Au milieu des sollicitudes (16/2/1892), de León XIII:

“A lo largo del presente siglo se han ido sucediendo en Francia diversos regímenes políticos, cada uno con su forma característica: imperios, monarquías, repúblicas. Encerrándose en el terreno de la abstracción, se llega a determinar cuál es la mejor de estas formas consideradas en sí mismas. Se puede afirmar igualmente, con toda verdad, que cada una de ellas es buena siempre que sepa dirigirse directamente a su fin, es decir, al bien común, para el cual está constituida la autoridad social. Conviene añadir, por fin, que desde un punto de vista relativo tal o cual forma de gobierno puede ser preferible por adaptarse mejor al carácter y costumbres de esta o aquella nación. Dentro de este orden especulativo de ideas, los católicos tienen, como cualquier ciudadano, plena libertad para preferir una forma de gobierno sobre otra, precisamente porque ninguna de ellas se opone por sí misma a las exigencias del sentido común o a los dogmas de la Doctrina Católica.” 3

. . . . . . . . . . .

3) ASS XXIV [1891-92] 523

4. Error de le Sillon: sólo la democracia
inaugurará el reino de perfecta justicia

De la carta apostólica Notre charge apostolique (25/8/1910), de San Pío X:

“Le Sillon (…) siembra, pues, entre vuestra juventud católica, nociones erróneas y funestas sobre la autoridad, la libertad y la obediencia. No actúa de diferente modo en lo que concierne a la justicia y a la igualdad. [Le Sillon] se esfuerza, así lo dice, en realizar una era de igualdad, que será, por eso mismo, una era de justicia mejor. Así, pues, ¡toda desigualdad de condición es para él una injusticia o, al menos, una justicia menor!; principio éste soberanamente contrario a la naturaleza de las cosas, generador de envidia e injusticias y subversor de todo orden social. De este modo, ¡tan sólo la democracia inaugurará el reino de la perfecta justicia! ¿No es esto una injuria contra las demás formas de gobierno, que son rebajadas así al rango de gobiernos impotentes, apenas tolerables?

“Por lo demás, le Sillon tropieza también en este punto con la doctrina de León XIII. En la ya citada encíclica sobre el principado político [Diuturnum illud] habría podido leer que, ‘salvaguardada la justicia, no está prohibida a los pueblos la adopción de aquel sistema de gobierno que sea más apto y conveniente a su manera de ser o a las instituciones y costumbres de sus mayores’, y la encíclica hace alusión a las tres formas de gobierno bien conocidas. Supone, por lo tanto, que la justicia es compatible con cada una de ellas. Y la encíclica sobre la condición de los obreros ¿no afirma claramente que es posible restaurar la justicia en las organizaciones actuales de la sociedad, una vez que indica los medios para ello? Ahora bien, León XIII quería hablar, sin duda alguna, no de una justicia cualquiera, sino de la justicia perfecta. Por tanto, al enseñar que la justicia es compatible con las tres formas de gobierno conocidas enseñaba que la democracia no goza de un privilegio especial bajo este aspecto. Los sillonistas, que pretenden lo contrario, o bien rehúsan oír a la Iglesia, o bien se forman de la justicia y de la igualdad un concepto que no es católico.”1

1) AAS II [1910] 618-619

Agradecemos la colaboración del blog ARISTOCRACIA y SOCIEDAD ORGANICA

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El presente sumario  (12 bis) corresponde a la nota 12 de la Visión de Conjunto:

http://nobleza.org/cooperacion-relevante-de-la-nobleza-y-las-elites-tradicionales-en-la-solucion-de-la-crisis-contemporanea-las-ensenanzas-de-pio-xii-cap-vi-vision-de-conjunto-12/

010 Selección temática


Θ Nota: algunas citas de documentos pontificios han sido sintetizadas en el presente sumario. El lector puede consultar las citas textuales online en :

http://www.pliniocorreadeoliveira.info/LN_Espanha/Volume%20I/LN_ES_Cap_00_0_Indice.htm

Cooperación relevante de la Nobleza y las élites tradicionales en la solución de la crisis contemporánea – Las enseñanzas de Pío XII – Cap. VI

En este capítulo, lleno de vitales principios para el momento actual, el autor aborda  las enseñanzas de Pío XII sobre una cuestión fundamental: el llamado a la Nobleza y familias tradicionales a ejercer el apostolado de ser guías de la sociedad y pilar para enfrentar la crisis contemporánea.

Incluye la caracterización de qué es un dirigente, la variedad de roles a desempeñar en todas las camadas sociales -que nobles y miembros de las élites tradicionales deben ejercer con el cuño de excelencia propio.

El Pontífice los invita a ser fuertes y a ponerse a la cabeza del movimiento de reforma del hogar oponiendo un dique a la degradación de la sociedad, exhortando a los indiferentes y derrotistas  a no desertar el campo de batalla.

 Soldados de la conquista foto
Tras abordar la legitimidad y necesidad de la existencia de élites tradicionales, se verá cómo éstas —según demuestra Pío XII— deben ejercer, con las cualidades y virtudes propias, la función de guías de la sociedad, a la que no tienen derecho a renunciar.

1. La virtud cristiana, esencia de la Nobleza

En el noble de hoy deben brillar sus cualidades de alma. Virtud e ideal cristianos son parte de la esencia de la nobleza.

“Levantad vuestros ojos y posadlos firmemente en el ideal cristiano. Todas estas agitaciones, evoluciones o revoluciones lo dejan intacto; nada pueden contra aquello que es la más íntima esencia de la verdadera Nobleza, de aquella que aspira a la perfección cristiana como la expuso el Redentor en el sermón de la Montaña. Fidelidad incondicional a la doctrina católica (…); capacidad y deseo de ser también para los demás modelo y guía.” [1]

Pío XII estimula a la Nobleza a demostrar una santa intransigencia: “Oponed, en vuestras casas y en vuestros ambientes, un dique a toda infiltración de principios funestos, de condescendencias o tolerancias perniciosas que podrían contaminar u ofuscar la pureza del matrimonio o de la familia. He aquí, ciertamente una insigne y santa empresa, bien capaz de inflamar el celo de la Nobleza romana y cristiana de nuestros tiempos.” [2]

a) Cualidades de alma del noble actual

Para vencer los gravísimos obstáculos que se oponen al perfecto cumplimiento de su deber, debe ser hombre de valor, como lo espera el Vicario de Cristo:
“Por eso, lo que de vosotros esperamos es, antes que nada, una fortaleza de ánimo que ni las más duras pruebas consigan abatir; una fortaleza de ánimo que no solamente os convierta en perfectos soldados de Cristo para con vosotros mismos, sino también, por así decir, en animadores y sustentadores de quienes se sientan tentados de dudar o ceder.
“Lo que esperamos de vosotros, en segundo lugar, es una prontitud para la acción, que no se atemorice ni desanime en previsión de ninguno de los sacrificios hoy exigidos por el bien común [que]… os preserven de caer en un ‘abstencionismo’ apático e inerte, que sería gravemente culpable en una época en la que están en juego los más vitales intereses de la religión y de la patria.
“Lo que esperamos, por fin, de vosotros es una generosa adhesión (…) al precepto fundamental de la doctrina y de la vida cristiana (…).
(…) [3]
En su alocución de 1949 agrega:

“De fortaleza de ánimo todos tienen necesidad, especialmente en nuestros días, para soportar con valor el sufrimiento, para superar victoriosamente las dificultades de la vida, para cumplir con constancia su propio deber. (…) vosotros tenéis menos derecho que muchos otros a rendiros o huir (…).
Prontitud para la acción. (…) En todo aquello que es para servicio del prójimo, de la sociedad, de la Iglesia de Dios, debéis ser siempre vosotros los primeros; (…).
Generosa adhesión a los preceptos de la doctrina y de la vida cristiana. Son éstos los mismos para todos, (…) pero el justo juicio de Dios será mucho más severo con aquellos que han recibido más, que están en mejores condiciones de conocer la única doctrina y ponerla en práctica en la vida cotidiana, con aquellos que mediante su ejemplo y autoridad pueden más fácilmente guiar a los demás por las vías de la justicia y de la salvación, o bien perderlos por los funestos senderos de la incredulidad y del pecado.” [4]
El Pontífice no admite una Nobleza o una élite tradicional que no sean efectiva y abnegadamente apostólicas. La Nobleza que vive para el lucro y no para la Fe, sin ideales, aburguesada, es un cadáver de Nobleza. [5]

b) La caballerosidad aristocrática, un vínculo de caridad

La caballerosidad aristocrática bien entendida, lejos de constituir un factor de división es, en realidad, un elemento de unión que impregna de amenidad la convivencia entre el noble y los miembros de otras clases sociales.

Mantiene a las clases distintas entre sí “sin confusión ni desorden”, [6] sin nivelaciones igualitarias, pero hace amistosas sus relaciones.

2. La Nobleza y las élites tradicionales en cuanto guías de la sociedad

Las cualidades anímicas y trato caballeresco cristianos capacitan al noble para ejercer la misión de guía.

a) Guiar a la sociedad: una forma de apostolado

En efecto, la multitud necesita hoy en día guías idóneos: La multitud innumerable, anónima, es fácil de ser agitada desordenadamente; ella se abandona a ciegas, pasivamente, al torrente que la arrastra o al capricho de las corrientes que la dividen y extravían. Una vez transformada en juguete de las pasiones o de los intereses de sus agitadores, no menos que de sus propias ilusiones, no es capaz ya de poner el pie sobre la roca y afirmarse para formar un verdadero pueblo, es decir, un cuerpo vivo con los miembros y los órganos diferenciados según sus formas y funciones respectivas, pero concurriendo en conjunto a su actividad autónoma en orden y unidad”. [7]

A la Nobleza y a las élites tradicionales les cabe desempeñar esta función realizando un luminoso apostolado: “¿Una élite? Bien podéis serlo. Tenéis a vuestras espaldas todo un pasado de tradiciones seculares que representan valores fundamentales para la vida sana de un pueblo. Entre estas tradiciones, de las cuales os sentís justamente orgullosos, incluís en primer lugar la religiosidad, la Fe católica viva y operante. ¿Acaso no ha probado ya cruelmente la Historia que toda sociedad humana sin bases religiosas corre fatalmente hacia su disolución o termina en el terror? Émulos de vuestros antepasados, habéis, pues, de brillar ante el pueblo con la luz de vuestra vida espiritual, con el esplendor de vuestra incontestable fidelidad hacia Cristo y hacia la Iglesia.

“(…) De todos los países (…) sube el grito de angustia del matrimonio y de la familia, tan desgarrador que no es posible dejar de escucharlo. También en esto poneos con vuestra conducta a la cabeza del movimiento de reforma y de restauración del hogar.

“(…) ser para el pueblo, en todas las funciones de la vida pública (…)  ejemplos vivos de observancia inflexible del deber, hombres imparciales y desinteresados que, libres de toda desordenada ansia de ambición o de lucro, no aceptan un puesto sino para servir a la buena causa; hombres valientes que no se atemorizan ni por la pérdida del favor de quienes están arriba, ni por las amenazas de los de abajo.

“(…) una adhesión tranquila y constante a todo aquello que la experiencia y la Historia han confirmado y consagrado, la de un espíritu inaccesible a la agitación inquieta y a la ciega avidez de novedades que caracterizan nuestro tiempo, pero ampliamente abierto, a la vez, a todas las necesidades sociales. Firmemente convencidos de que sólo la doctrina de la Iglesia puede proporcionar un remedio eficaz a los males presentes, tomad a pecho el abrirle camino, sin reservas ni desconfianzas egoístas (…). Un verdadero hidalgo jamás presta su concurso a iniciativas que no puedan sustentarse y prosperar sino con perjuicio del bien común, con detrimento o con la ruina de personas de condición modesta; por el contrario, se enorgullece de estar al lado de los pequeños, de los débiles, del pueblo, de aquellos que ganan el pan con el sudor de su frente ejerciendo un oficio honesto. Así seréis vosotros verdaderamente una élite; así cumpliréis vuestro deber religioso y cristiano; así serviréis noblemente a Dios y a vuestro país.

“Ojalá podáis, amados hijos e hijas, con vuestras grandes tradiciones, con la solicitud por vuestro progreso y por vuestra perfección personal, humana y cristiana, con vuestros cariñosos servicios, con la caridad y simplicidad de vuestras relaciones con todas las clases sociales, ayudar al pueblo a reafirmarse sobre la piedra fundamental, a buscar el reino de Dios y su justicia.” [8]

b) Cómo debe ejercer la Nobleza su misión directiva

La Nobleza deberá tener en cuenta que la pluralidad de funciones directivas es muy amplia:

“En una sociedad adelantada como la nuestra, que deberá ser restaurada, reordenada, después del gran cataclismo, la función de dirigente es muy variada: dirigente es el hombre de Estado, de gobierno, el hombre político; dirigente es el obrero que, sin recurrir a la violencia, a las amenazas o a la propaganda insidiosa, sino por su propia valía, ha sabido adquirir autoridad y crédito en su círculo; son dirigentes, cada uno en su campo, el ingeniero y el jurisconsulto, el diplomático y el economista, sin los cuales el mundo material, social, internacional, iría a la deriva; son dirigentes el profesor universitario, el orador, el escritor, que tienen por objetivo formar y guiar los espíritus; dirigente es el oficial que infunde en el ánimo de sus soldados el sentido del deber, del servicio, del sacrificio; dirigente es el médico en el ejercicio de su misión salutífera; dirigente es el sacerdote que indica a las almas el sendero de la luz y de la salvación, prestándoles los auxilios necesarios para caminar y avanzar con seguridad.” [9]

La Nobleza y las élites tradicionales tienen la función de participar en esa dirección en cualquier sector digno de ella:

“Ante esta encrucijada, ¿cuál es vuestro puesto, vuestra función, vuestro deber? Se presenta bajo un doble aspecto: función y deber personal, para cada uno de vosotros; función y deber de la clase a la que pertenecéis.

“(…) En cada una de estas actividades debéis poner el mayor cuidado en alcanzar éxito como dirigentes, tanto por la confianza que en vosotros depositan quienes han permanecido fieles a las sanas y vivas tradiciones, como por la desconfianza de otros muchos, desconfianza ésta que debéis vencer, conquistando su estima y respeto a fuerza de ser en todo excelentes en el puesto que os encontréis, en la actividad que ejerzáis cualquiera que sea la naturaleza de dicho puesto y la forma de dicha actividad”. [10]

El noble debe comunicar a todo aquello que hace las relevantes cualidades humanas que su tradición le proporciona:

“¿En qué debe consistir, pues, esta excelencia de vida y de acción (…)?

“Ante todo se manifiesta en la perfección de vuestra obra, sea ella técnica, científica, artística u otra similar. La obra de vuestras manos y de vuestro espíritu debe tener aquella impronta de refinamiento y de perfección que no se adquiere de un día para otro sino que refleja la finura del pensamiento, del sentimiento, del alma, de la conciencia heredada de vuestros mayores e incesantemente fomentada por el ideal cristiano.

En “la intervención del hombre completo en todas las manifestaciones de su actividad, aun en las más especializadas, de tal modo que la especialización de su competencia no se convierta jamás en la hipertrofia [de una sola cualidad], ni vele ni atrofie nunca la cultura general, del mismo modo que en una frase musical la nota dominante no debe romper la armonía ni oprimir la melodía.

“Se manifiesta, además, en la dignidad del porte y la conducta, dignidad que no es, sin embargo, imperativa y que, lejos de resaltar las distancias, sólo las deja traslucir, si es necesario, para inspirar a los demás una más alta nobleza de alma, de espíritu y de corazón. (…) [11]

Mas todo el refinamiento aristocrático, tan digno de admiración en sí mismo, sería inútil y hasta nocivo si no tuviese por base un alto sentido moral:

“Una sociedad inmoral o amoral, que ya no siente en su conciencia ni manifiesta en sus actos la distinción entre el bien y el mal, que no se horroriza ya con el espectáculo de la corrupción, que la excusa, que se adapta a ella con indiferencia, que la acoge con favor, que la practica sin perturbación ni remordimiento, que la ostenta sin rubor, que en ella se degrada, que se mofa de la virtud, se halla a camino de su ruina. (…) Muy otra es la verdadera cortesía: ésta hace resplandecer en las relaciones sociales una humildad llena de grandeza, una caridad que desconoce todo egoísmo y toda búsqueda del propio interés. (…).” [12]

“Humildad llena de grandeza”… ¡Qué admirable expresión!; tan opuesta al fútil estilo de la jet set como a la vulgaridad de maneras, de estilo de vida, de modo de ser, llamados “democráticos” o “modernos”, actualmente en uso.

c) Las élites de formación tradicional tienen una visión particularmente aguda del presente

Un noble dotado con un espíritu profundamente tradicional puede extraer de la experiencia del pasado que vive en él los medios para conocer, mejor que muchos otros, los problemas del presente. Es un auscultador sutil y profundo de la realidad:

“(…) Penetrar en medio del pueblo y auscultar las aspiraciones y el malestar de nuestros contemporáneos, (…) buscar remedio a los males comunes, tocar delicadamente las llagas para curarlas y salvarlas de una eventual infección por falta de cuidados, evitando irritarlas con un contacto demasiado áspero, ¿no es acaso una función social de primer orden y de gran interés?

“Comprender, amar en la caridad de Cristo al pueblo de vuestro tiempo, dar prueba con los hechos de esta comprensión y este amor: he aquí el arte y manera de hacer aquel bien mayor que os compete realizar, no sólo, de un modo directo, a quienes están a vuestro alrededor, sino en una esfera casi ilimitada, desde el momento en que vuestra experiencia se convierte en un beneficio para todos. Y en esta materia, ¡qué magníficas lecciones dan tantos espíritus nobles, ardiente y valerosamente dedicados a suscitar y difundir un orden social cristiano!” [13]

Como se ve, el aristócrata auténtico y, por tanto, genuinamente tradicional, puede y debe amar al pueblo con base en la Fe y ejercer sobre él una influencia verdaderamente cristiana.

d) El aristócrata verdaderamente tradicional es imagen de la Providencia de Dios

Pero,¿no se vulgariza la Nobleza al ingresar en los puestos de dirección de la vida actual? ¿No se convertirá su amor al pasado en un obstáculo al ejercicio de las actividades actuales? Enseñó Pío XII:

“No menos ofensivo para vosotros, no menos dañoso para la sociedad, sería el infundado e injusto prejuicio que no duda en insinuar y hacer creer que el Patriciado y la Nobleza desmerecerían su propia honra y faltarían a la dignidad de su rango si practicaran funciones y oficios que los pusieran a la par de la actividad general. (…) Así pues, no es ya raro encontrar en nuestro tiempo, cambiadas las condiciones políticas y sociales, nombres de familias nobles asociados a los progresos de la ciencia, de la agricultura, de la industria, de la administración pública, del gobierno; tanto más perspicaces observadores de lo presente y seguros y atrevidos precursores del futuro, cuanto más firmemente se encuentran asidos al pasado, dispuestos a sacar provecho de la experiencia de sus predecesores, prestos para librarse de ilusiones o errores que han sido ya causa de muchos pasos en falso o nocivos.

“Pues queréis ser guardianes de la verdadera tradición que honra a vuestras familias, os corresponde el deber y el honor de contribuir a la salvación de la convivencia humana, preservándola tanto de la esterilidad a que la condenarían los melancólicos y demasiado celosos contempladores del pasado, como de la catástrofe a que la conducirían los aventureros temerarios o los profetas alucinados por un falaz y engañoso porvenir. Durante vuestra actuación aparecerá sobre vosotros y en vosotros la figura de la Providencia divina, que con su fuerza y dulzura, dispone y dirige todas las cosas hacia su perfección (Sb. VIII, 1) (…). Con semejante actuación seréis también excelentes colaboradores de la Iglesia —Ciudad de Dios sobre la Tierra que prepara la Ciudad Eterna—, la cual, aun en medio de las agitaciones y de los conflictos, no cesa de promover el progreso espiritual de los pueblos.” [14]

e) Misión de la aristocracia junto a los pobres

En esa participación en la dirección de la sociedad se incluye el doble carácter educativo y caritativo de la acción de las élites tradicionales, admirablemente descripto por Pío XII:

“Pero, como todo rico patrimonio, también éste lleva consigo estrictos deberes::

“1) el deber de no desperdiciar semejantes tesoros, de transmitirlos intactos y, si es posible, acrecentados, a quienes vengan detrás de vosotros; y el de resistir, por lo tanto, a la tentación de no ver en ellos sino un medio de vida más fácil, más agradable, más exquisita, más refinada;

“2) el deber de no reservaros dichos bienes solamente para vosotros, sino hacerlos aprovechar con generosidad a cuantos hayan sido menos favorecidos por la Providencia.

“Conquistaron también vuestros mayores, amados hijos e hijas, la nobleza de la beneficencia y de la virtud (…). Bien sabemos Nos que en el Patriciado y en la Nobleza romana no ha disminuido esta gloria y empuje hacia el bien, en la medida en que a cada uno se lo permiten sus facultades; pero en la tan penosa hora presente (…) vuestro ánimo—mientras guarda noblemente una seriedad (…),  una austeridad de vida que excluye toda ligereza y todo placer frívolo, incompatibles para todo corazón bien nacido con el espectáculo de tantos sufrimientos— siente mucho más vivo aún el impulso de una caridad activa que os anima a aumentar y multiplicar los méritos ya antes adquiridos en el alivio de las miserias y de la pobreza humanas.” [15]

3. Los guías ausentes — El mal que hay en esa ausencia

a) Absentismo y omisión, pecados de las élites

No es tan rara, desgraciadamente, entre los componentes de la Nobleza y las élites tradicionales, la tendencia a aislarse de los acontecimientos. Imaginándose protegidos contra las vicisitudes, un considerable número se alejan de la vida real, se cierran en sí mismos, y dejan transcurrir los días y los años en una vida despreocupada, y sin objetivo terreno definido. Búsquense sus nombres en las lides de apostolado, en las actividades caritativas, en la diplomacia, en la vida universitaria, en la política, en las artes, en las armas, en la producción económica: será en vano; salvo excepciones, estarán ausentes. Hasta en la vida social, su papel llega a veces a ser nulo. Puede ocurrir que en el ámbito de una nación todo ocurra como si no existieran.

¿Por qué este absentismo? Por una conjugación de cualidades y defectos. La vida de estas élites es en la mayoría de los casos digna, honesta e incluso modélica, pues se inspira en un pasado profundamente cristiano. Sin embargo, éste les parece que ya no significa nada a no ser para ellas mismas. Se apegan a él con un ahínco minucioso y se apartan de la vida presente. No perciben que, si en el acervo de reminiscencias de las cuales viven hay cosas que ya no son aplicables a nuestros días, [16] emanan, sin embargo, de él valores, inspiraciones, tendencias, directrices que podrían influir a fondo en las “formas de vida bien diversas” del “nuevo capítulo” que se ha abierto. [17]

Este precioso conjunto de valores espirituales, morales, culturales y sociales —de gran importancia en la esfera política como en la privada—, esta vida que nace del pasado y debe dirigir el futuro, es la tradición. Manteniendo la perpetuidad de este valor inestimable, la Nobleza y las élites análogas deben ejercer una acción de presencia profunda y de codirección en la sociedad para asegurar el bien común.

b) La ausencia de los guías: una virtual complicidad

Se comprende así aún mejor la responsabilidad que hay en la omisión de las élites perpetuamente ausentes:

“Menos difícil resulta, en cambio, determinar cuál debe ser hoy vuestra conducta ante los diferentes modelos que se os ofrecen.

“El primero (…) es inadmisible: es el del desertor, el de aquel [que] ha sido llamado con justicia el ‘emigrado al interior’; [18] es la abstención del hombre molesto o irritado que, por despecho o desaliento, no hace ningún uso de sus cualidades y energías, no toma parte en ninguna de las actividades de su país y de su tiempo, sino que, como el Pelida Aquiles, [19] se retira a su tienda, (…) mientras la suerte de su patria está en juego.

“La abstención resulta aún menos digna cuando es consecuencia de una indiferencia indolente y pasiva. Peor, efectivamente, que el mal humor, que el despecho o que el desaliento sería [manifestar] negligencia ante la inminencia de ruina de sus hermanos y de su mismo pueblo. En vano se intentaría disimularla bajo la máscara de la neutralidad; no es de ningún modo neutral; se quiera o no, es cómplice. Al dejarse arrastrar pasivamente, cada uno de los copos de nieve que reposan dulcemente en la ladera del monte y la adornan con su blancura, contribuyen a convertir una pequeña masa de nieve desprendida de la cumbre en una avalancha que causará desastres (…). Sólo los bloques firmes (…) oponen a la avalancha una resistencia victoriosa y pueden detener o al menos frenar su devastadora trayectoria.

“Así [ocurre con] el hombre justo y firme en su buen propósito, del cual habla Horacio en una oda célebre (Carm. III, 3), que no se deja estremecer en su inquebrantable modo de pensar ni por la furia de sus conciudadanos, que dan órdenes delictivas, ni por la amenazadora cólera del tirano, sino que se mantendría impávido aunque el Universo cayera en pedazos sobre su cabeza: ‘si fractus iIIabatur orbis, impavidum ferient ruinae’. Pero si este hombre justo y fuerte es cristiano, no se contentará con permanecer en pie, impasible, en medio de las ruinas; se sentirá obligado a resistir y a impedir el cataclismo, o por lo menos a limitar el efecto de sus daños; y aun cuando no sea capaz de contener su fuerza destructora, allí estará él para reconstruir los edificios derribados y sembrar los campos devastados. Así ha de ser vuestra conducta, la cual consiste en que —sin que debáis renunciar a vuestros libres juicios y convicciones sobre las vicisitudes humanas— toméis tal como es el orden contingente de las cosas, y dirijáis su eficacia no tanto hacia el bien de una determinada clase, sino de la comunidad en su conjunto.” [20]

El Papa insiste en el principio de que la existencia de una élite tradicional interesa a todo el cuerpo social, mientras cumpla con su deber.

4. Otra forma de rechazar su misión: dejarse corromper y deteriorar

La Nobleza y las élites tradicionales también pueden pecar contra su misión dejándose deteriorar por la impiedad y por la inmoralidad:

“La alta sociedad francesa del siglo XVIII fue uno de los muchos trágicos ejemplos de ello. Nunca hubo una sociedad más refinada, más elegante, más brillante, más fascinadora. Los más variados placeres del espíritu, una intensa cultura intelectual, un finísimo arte del placer, una excelente delicadeza de maneras y de lenguaje dominaban en aquella sociedad externamente tan cortés y amable, pero donde todo —libros, novelas, figuras, adornos, vestimentas, peinados— invitaba a una sensualidad que penetraba en las venas y en los corazones, donde la misma infidelidad conyugal casi ya no sorprendía ni escandalizaba. Así trabajaba dicha sociedad para su propia decadencia y corría hacia el abismo cavado con sus propias manos.” [21]

De este modo la Nobleza y las élites tradicionales ejercen una acción trágicamente destructora en la sociedad, que debería ver en ellas un ejemplo e incentivo para la práctica de las virtudes y el bien. Les cabe, ante esta acción destructora, un deber reparador.

La Historia la hacen principalmente las élites. Si la acción de la Nobleza cristiana ha sido marcadamente bienhechora, su paganización es uno de los puntos de partida de la catastrófica crisis contemporánea:

“Conviene recordar, sin embargo, que semejante camino hacia la incredulidad y la irreligión no tuvo su punto de partida abajo, sino en lo alto, es decir, en las clases dirigentes, en los grupos elevados, en la Nobleza, en los pensadores y en los filósofos. (…) ¿Acaso no se ha manifestado (…) en el occidente cristiano una evolución espiritual que, por así decir, ha venido derribando y minando (…) cada vez más la Fe, conduciéndonos a la ruina que hoy se manifiesta en multitudes de hombres sin religión u hostiles a ella, (…) animados y extraviados por un íntimo y mal concebido escepticismo hacia lo sobrenatural y hacia el cristianismo?

“Vanguardia de esa evolución fue la llamada Reforma protestante, durante cuyas vicisitudes y guerras una gran parte de la Nobleza europea se separó de la Iglesia y se apoderó de sus bienes. Pero la incredulidad propiamente dicha se difundió en la época que precedió a la Revolución Francesa. (…) el ateísmo, disfrazado con la máscara del deísmo, se propagó entonces rápidamente en la alta sociedad de Francia y de otros lugares; creer en un Dios Creador y Redentor se había convertido, en aquel mundo entregado a todos los placeres de los sentidos, en algo casi ridículo e impropio de espíritus cultos y ávidos de novedades y de progreso.

“En la mayor parte de los ‘salones’ de las más grandes y distinguidas damas —donde se debatían los más arduos problemas de religión, de filosofía, de política—, los literatos y filósofos partidarios de doctrinas subversivas, eran considerados como el más bello y rebuscado adorno de aquellas reuniones mundanas. La impiedad estaba de moda entre la alta Nobleza, y los escritores que estaban de moda por sus ataques contra la religión hubieran sido menos audaces si no hubiesen contado con el aplauso y el estímulo de la sociedad más elegante. No es que la Nobleza y los filósofos, todos y de un modo directo, se propusieran la descristianización de las masas como ideal. Por el contrario, la religión debería reservarse para el pueblo sencillo, como medio de gobierno en manos del Estado. Ellos, sin embargo, se sentían y consideraban superiores a la Fe y a sus preceptos morales; política que enseguida se demostró funesta (…).

“El pueblo, tan poderoso en lo bueno como terrible en lo malo, sabe sacar con rigurosa lógica las consecuencias prácticas de sus observaciones y de sus juicios, sean ciertos o erróneos. (…) la historia de la civilización durante los dos últimos siglos (…) os enseñará y demostrará los daños que han producido a la Fe y a las costumbres de los pueblos el mal ejemplo que viene de lo alto, la frivolidad religiosa de las clases elevadas, la abierta lucha intelectual contra la verdad revelada.” [22]

5. Para el bien común de la sociedad, opción preferencial por los nobles en el campo del apostolado

Mucho se habla hoy del apostolado en beneficio de las masas y, como justo corolario, de una acción preferencial a su favor. Es necesario no ser unilateral, y jamás perder de vista la alta importancia del apostolado ejercido sobre las élites —y, a través de ellas, sobre todo el cuerpo social—, así como de hacer correlativamente una opción apostólica preferencial en favor de los nobles, de tal modo que, con grandes ventajas para la concordia social, se complementen armónicamente una opción preferencial por los pobres y una opción preferencial por los nobles, así como por todas las élites análogas.

Así se expresa Pío XII: “Ahora bien, ¿qué debe deducirse de estas enseñanzas de la Historia? Que hoy en día la salvación ha de iniciarse donde la perversión tuvo su origen. En sí no es difícil mantener en el pueblo la religión y las sanas costumbres, cuando las clases altas van delante con su buen ejemplo y crean condiciones públicas que no hagan desmedidamente gravosa la formación de la vida cristiana, antes bien la conviertan en imitable y dulce. ¿No es acaso también vuestra esta función, amados hijos e hijas que por la nobleza de vuestras familias, y por los cargos que frecuentemente ocupáis, pertenecéis a las clases dirigentes? La gran misión que a vosotros, y (…) a no pocos otros, os está señalada —esto es, la de comenzar reformando o perfeccionando vuestra vida privada, en vosotros mismos y en vuestra casa, y la de empeñaros después, cada uno en su puesto y por su parte, en lograr que surja un orden cristiano en la vida pública— no admite dilación ni retraso; misión ésta nobilísima y rica en promesas, en un momento en que, como reacción contra el materialismo devastador y degradante, viene revelándose en las masas una nueva sed de valores espirituales y, contra la incredulidad, una fortísima apertura de los ánimos hacia lo religioso (…). A vosotros, pues, os corresponde el honor de colaborar, no menos que con las obras, con la luz y el atractivo de un buen ejemplo que se eleve sobre toda mediocridad para que aquellas iniciativas y aquellas aspiraciones de bienestar religioso y social sean conducidas a su feliz cumplimiento.” [23]

El apostolado específico de la Nobleza y de las élites tradicionales continúa, pues, siendo uno de los más importantes.

NOTAS

[1] PNR 1952, p. 458.

[2] Ibídem.

[3] PNR 1948, pp. 423-424.

[4] PNR 1949, pp. 346-347.

[5] Véase en ese sentido la homilía de San Carlos Borromeo citada en Documentos IV, 8.

[6] PNR 1945, p. 277.

[7] PNR 1946, p. 340; cfr. Capítulo III.

[8] PNR 1946, pp. 341-342.

[9] PNR 1945, pp. 274-275.

[10] PNR 1945, pp. 275-276.

[11] PNR 1945, p. 276.

[12] PNR 1945, pp. 276-277.

[13] PNR 1944, pp. 180-181.

[14] PNR 1944, pp. 181-182.

[15] PNR 1941, pp. 364-365.

[16] “Se ha pasado una página de la Historia, se ha terminado un capítulo, se ha colocado el punto que indica el final de un pasado social y económico”, advirtió Pío XII (PNR 1952, p. 457).

[17] PNR 1952, p. 457.

[18] “Emigrado al interior”: el Pontífice usa las propias palabras francesas “émigré à l’intérieur”. Con ellas se designaba en los años 30 del pasado siglo, en el argot político de aquella nación, a los nobles que, a titulo de protesta por la ascensión del hasta entonces Duque de Orléans al Trono como “Rey de los franceses”, considerada por ellos revolucionaria y usurpatoria, dejaron de residir en París, trasladándose a sus respectivos castillos en el interior del país.

La expresión “émigré à l’interieur” acentúa el contraste entre la actitud de esos aristócratas que “emigraron” sin dejar el territorio nacional y aquellos sus antecesores de 1789, que prefirieron concentrarse fuera del país para preparar desde allí una ofensiva contra la Revolución Francesa.

[19] Según la narración de Homero en La Ilíada, Aquiles, el más célebre de los héroes de la guerra de Troya, habiéndose encolerizado con Agamenón, que mandaba el ejército griego, se retiró a su tienda y con ello casi provocó la pérdida de la guerra.

[20] PNR 1947.pp. 368-369.

[21] PNR 1945, pp. 276-277.

[22] PNR 1943, pp. 358-360.

[23] PNR 1943, pp. 360-361.

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