“El pueblo que habitaba en las tinieblas vio la gran luz”
Populus Qui Habitabat In Tenebris
Vidit Lucem Magnam
Plinio Corrêa de Oliveira

“Catolicismo” Nº 12, Diciembre de 1951
En la fiesta de la Santa Navidad hay varias nociones que se superponen. El nacimiento del Niño Dios nos permite ver con claridad el hecho de la Encarnación. Es la segunda Persona de la Santísima Trinidad que asume naturaleza humana y se hace carne por amor a nosotros.
Es el principio de la existencia terrenal de Nuestro Señor. Principio refulgente de claridades, que encierra una degustación anticipada de los episodios admirables de Su vida pública y privada. En lo alto de esta perspectiva está la Cruz; pero en las alegrías navideñas apenas se ve lo que hay de sombrío en esto. Vemos caer en cascada sobre nosotros la Redención.
La Navidad es así el preanuncio de nuestra liberación, la señal de que las puertas del Cielo van a abrirse nuevamente, la gracia de Dios va a difundirse sobre los hombres y la tierra y el Cielo constituirán otra vez una sola sociedad bajo el cetro de un Dios Padre y ya no apenas Juez.
Si analizamos detenidamente cada una de estas razones de alegría comprenderemos lo que es el júbilo de la Navidad, este gozo cristiano ungido de paz y caridad que hace que por unos días todos los hombres se sientan penetrados de un sentimiento raro en este triste siglo XX: la alegría de la virtud.
                                                  ♦♦♦        
La primera impresión que nos viene del hecho de la Encarnación es la idea de un Dios sensiblemente presente, muy junto a nosotros. Antes de la Encarnación Dios era, para nuestra sensibilidad, lo que sería para un hijo un padre inmensamente bueno viviendo en tierras distantes. De todas partes recibíamos los testimonios de su bondad.
Pero no teníamos la ventura de haber sentido personalmente sus suavidades, su mirada divinamente profunda posándose sobre nosotros, gravemente comprensivo, noblemente afectuoso.No conocíamos la inflexión de su voz.
La Encarnación significa para nosotros el gozo de este primer encuentro, la alegría de la primera mirada, el crecimiento cariñoso de la primera sonrisa, la sorpresa y el aliento de los primeros instantes de intimidad. Por eso, en Navidad, todos los afectos se vuelven más expansivos, las amistades más generosas, la bondad más presente en el mundo.

En la alegría navideña hay una gran nota de solemnidad. El hecho de la Encarnación trae a nuestro espíritu la noción de un Dios que asumió la miseria de la naturaleza humana en la más íntima y profunda de las uniones que existe en la creación.
Si de parte de Dios vemos la manifestación de una casi incalculable condescendencia, recíprocamente, en lo que se refiere a los hombres, hay una casi inexpresable promoción. Nuestra naturaleza fue promovida a un honor que jamás podríamos haber imaginado. Nuestra dignidad se acrecentó. Fuimos rehabilitados, ennoblecidos, glorificados.
Por esta causa hay algo de discreto y familiarmente solemne en las fiestas navideñas. Los hogares se decoran como para los días más importantes, cada uno viste sus mejores galas, la gentileza de todos se hace más quintaesenciada. Comprendemos, a la luz del pesebre, la gloria y la bienaventuranza de ser, por la naturaleza y por la gracia, hermanos de Jesucristo.
En la alegría de la Navidad hay también algo del júbilo del prisionero indultado, del enfermo curado. Júbilo constituido de sorpresa, bienestar y gratitud.
Nada hay que pueda expresar la tristeza manifiesta del mundo antiguo. El vicio había dominado la tierra, y las dos actitudes posibles ante él llevaban igualmente a la desesperación. Una consistía en buscar en él el placer y la felicidad. Fue la solución de Petronio, que murió suicidándose.
Otra consistía en luchar contra él. Fue la de Catón, que, después de la derrota de Tarsos, aplastado por la borra del imperio, puso fin a su vida exclamando: “Virtud, no eres más que una palabra!” La desesperación era, pues, el término final de todos los caminos.
Jesucristo vino a mostrarnos que la gracia nos abre avenidas de virtud, que hace posible en la tierra la verdadera alegría, que no nace de los excesos y desórdenes del pecado sino del equilibrio, de los rigores, de la bienaventuranza, de la ascesis. La Navidad nos hace sentir la alegría de una virtud que se tornó practicable, y que es en la tierra un ante-gozo de la bienaventuranza del Cielo.

No hay Navidad sin Angeles. Nos sentimos unidos a ellos y partícipes de aquella alegría eterna que los inunda. Nuestros cánticos tratan de imitar en este día los de ellos. Vemos el Cielo abierto ante nosotros, y la gracia elevándonos desde ya a un orden sobrenatural en que las alegrías trascienden todo cuanto el corazón humano puede pensar.
Es que sabemos que con ella comienza la derrota del pecado y de la muerte. Que constituye el comienzo de un camino que nos llevará a la Resurrección y al Cielo. Cantamos en Navidad la alegría de la inocencia redimida, de la resurrección de la carne, la alegría de las alegrías que es la eterna contemplación de Dios.
Y es por eso que, cuando las campanas anuncien a la Cristiandad la Santa Navidad, habrá una vez más alegría santa sobre la tierra.

 

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GRAN CAMPAÑA  EN LA AVENIDA PAULISTA DEL INSTITUTO PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA Y MAS DE 30 ENTIDADES CO-HERMANAS DE LOS 5 CONTINENTES CONTRA LA “IDEOLOGIA DE GENERO”

Una toma de la impactante campaña

Vea la noticia completa y las fotos de la gran manifestación del Instituto Plinio Corrêa de Oliveira y más de 30 entidades co-hermanas de todo el mundo en el sitio:

https://ipco.org.br/ipco-tfpsexterior-contra-genero-1/

El viernes 15 de diciembre pdo. se llevó a cabo la gran campaña en las principales esquinas de la Av. Paulista de San Pablo, Brasil,  como parte de una campaña internacional para frenar el avance de la satánica “Ideología de Género”.

En Brasil se promoverá un mensaje firmado que será entregado al Presidente Michel Temer pidiendo que la nefasta ideología no se incluya en los Contenidos Básicos de la Educación.

Algunos militantes del movimiento homosexual que se autotitulan “defensores irreductibles” de la “tolerancia” y de la “libertad de expresión” no pudieron tolerar o respetar una campaña ordenada y pacífica en defensa de la familia (fuente: IPCO).

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LAS FORMAS DE GOBIERNO A LA LUZ DE LA DOCTRINA DE LA IGLESIA – APENDICE III (entrada final)

Con la presente  entrada concluimos la difusión de este  Apéndice, magistral no sólo por la síntesis elaborada por el autor de un tema tan alto y no exento de dificultades, sino también por el análisis genial de las épocas, de las mentalidades, de las tomas de posición de los Sumos Pontífices, tornándolo un compendio vivo, de matices riquísimos,  de la doctrina católica, y de la Revolución y la Contra-Revolución protagonizada por personajes reales

 

21. León XIII interviene

Todas esas consideraciones, tan familiares para muchos lectores contemporáneos, lo son mucho menos para otros a causa del efecto lenitivo que el olvido y el tiempo han hecho caer sobre las personas, sus doctrinas, sus corrientes de pensamiento, sus disputas y su historia.

Era necesario recordar todo esto para comprender la situación ante la cual se encontró el Papa León XIII cuando puso en marcha la política llamada del ralliement, e intentó unir en torno a sí a los católicos divididos en su modo de valorar el fenómeno revolucionario.

Desde 1870 Francia vivía bajo un régimen republicano. En aquel año comenzó la III República, la cual se consolidaría en 1873 con la negativa de la Asamblea Nacional a restaurar en el trono al pretendiente legítimo, el Conde de Chambord, descendiente del rey Carlos X. El régimen republicano entonces instaurado se mostró, a partir de la dimisión del General Mac-Mahon en 1879, cada vez más claramente inspirado en los principios revolucionarios y anti-católicos que habían dado origen a la Revolución Francesa.

¿Sería posible que el Vaticano entrara en armonía con dicho régimen? ¿O significaría esto lo mismo que establecer un concordato con Satanás? Esta fue la tremenda pregunta a la que León XIII tuvo que dar respuesta cuando ascendió en 1878 al Solio Pontificio.

Había entonces entre los católicos interminables polémicas que no se restringían a un carácter meramente doctrinal o histórico. El punto de divergencia estaba en el modo de juzgar a la Revolución Francesa, especialmente en su política religiosa.

Existían católicos inflexibles en la defensa en su integridad de los derechos secularmente reconocidos a la Iglesia por la tradición nacida de San Remigio y de Clodoveo. Además de estos católicos inmóviles en sus posiciones religiosas y contrarrevolucionarias, estaban aquellos que daban un atemperado apoyo a la política anti-religiosa de la Revolución, y consideraban que su posición expresaba el verdadero pensamiento de los revolucionarios feuillants, o de una parte de los girondinos. Otros sentían una afinidad mayor con la más audaz política anti-religiosa de las corrientes izquierdistas de la Gironda. Sin embargo, casi ningún católico aplaudió los extremos anti-religiosos de la Montaña.

En muchos casos, a esta distribución de tendencias en materia de política religiosa le correspondía otra análoga en materia estrictamente política. A la extrema derecha se encontraban los católicos favorables a la monarquía del Antiguo Régimen y a la restauración monárquica en la persona del pretendiente legitimista, el Conde de Chambord. Eran de algún modo los continuadores de aquellos de quien Talleyrand decía, con intenciones manifiestamente de caricaturizar, que de la Revolución lo rechazaban todo porque “nada habían aprendido, nada habían olvidado.” [29]

Por su parte, los “moderados” de la Revolución en materia religiosa lo eran también, muy frecuentemente, en materia política. Su monarquismo era afín a su catolicismo: aspiraban a que se mantuviera una religión pálida, así como una monarquía desvaída.

Estaban también los adeptos de una forma de gobierno claramente republicana, consonante con un Estado completa o casi completamente separado de la Iglesia. Se trataba de republicanos que se tenían a sí mismos por moderados, distinguiéndose en ello de los republicanos, menos numerosos, que se consideraban hijos espirituales de la Montaña.

Esos “montañeses” del siglo XIX eran en general de un agresivo ateísmo, así como de un republicanismo radical. Cabe citar una vez más aquí a Clemenceau: “Desde la Revolución estamos en estado de rebeldía contra la autoridad divina y humana, con la cual ajustamos, de un solo golpe, una cuenta terrible el 21 de Enero de 1793 [fecha de la decapitación de Luis XVI].” [30]

La República francesa que León XIII encontró delante de sí vivía del apoyo político de estos partidarios de un laicismo de Estado radical, y también de el de católicos timoratos que juzgaban seguir una acertada política al ponerle buena cara a la República, e incluso a algunas exigencias del laicismo de Estado, siempre que éste no continuase, a cambio, su creciente hostilización contra la Iglesia.

Olvido del pasado —incluso de la monarquía católica tal como había nacido en la consagración de Clodoveo—, indiferencia malhumorada ante el destino de la Nobleza, resignada y sonriente acogida de las conquistas laicas ya establecidas: éste sería el precio a pagar —imaginaban esos católicos llamados centristas— para conseguir de la República la garantía de unas condiciones mínimas de existencia y un futuro despreocupado para una Iglesia ágilmente flexible en la conducción de su política.

León XIII, al ascender al Solio Pontificio, decidió hacer suya esta política. Para ello, además de pagar el mencionado precio, sacrificó el apoyo que podría obtener de aquellos católicos que, en el plano político, se mantenían fieles a la monarquía legitimista del Conde de Chambord, y, en el plano religioso, reclamaban para la Iglesia todos o casi todos los derechos que la Revolución le había arrancado. Dichos católicos nostálgicos de la estrategia política de Pío IX eran los más fervorosos, los más entusiastas del Papado, los más intransigentes en la defensa de los dogmas.

La política específica de León XIII traía consigo el desaliento y, por tanto, la disminución del apoyo de esas falanges de valientes que habían sufrido de la Revolución todo género de persecuciones y perjuicios con el corazón alegre de sacrificarse por el Altar y por el Trono, por Dios y por el Rey.

En compensación, León XIII no sólo ganaba el aplauso de muchos católicos que no estaban al tanto de la interacción entre los grandes problemas temporales y espirituales, sino también el de los católicos acomodaticios.

“¿El juego valía la vela?”, era lo que muchos se preguntaban.

Una dolorida queja, en el ocaso de un Pontificado inolvidable

“Sería para Nos, llegados ya al atardecer de la vida, un dolor y una amargura demasiadamente grandes ver evaporarse, sin dar fruto, todas Nuestras benévolas intenciones respecto a la nación francesa y su gobierno, a los cuales hemos dado Nos reiterados testimonios, no sólo de Nuestras más delicadas atenciones, sino también de Nuestro eficaz y particular afecto”.

(Carta de León XIII a Emile Loubet, Presidente de la República francesa, junio de 1900)

León XIII decidió demostrar que sí. Con el brindis de Argel [31] y la encíclica Au milieu des sollicitudes puso rumbo clara y directamente hacia la acomodación que —como subrayó cuidadosamente— no implicaba en renunciar a ninguno de los principios de Fe y moral enseñados por él o por sus predecesores.

Como era de prever, las discusiones entre católicos crecieron en frecuencia e intensidad, precisamente sobre si le era lícito a un católico ser republicano. León XIII definió la doctrina de la Iglesia a este respecto, pero el vocerío de las discusiones obnubiló la claridad de visión de muchos de los que polemizaban. Aparecieron así entre los católicos varias posiciones erróneas, algunas de las cuales el propio León XIII y más tarde San Pío X habrían de corregir.

Al resolver en tesis la cuestión de la posición de los católicos ante las formas de gobierno, León XIII no llegó a trazar en toda la medida de lo posible la distinción entre la república revolucionaria, nacida de la Revolución Francesa, y la forma de gobierno republicana considerada exclusivamente en sus principios abstractos, y eventualmente legítima de acuerdo con las circunstancias inherentes a cada país.

De tal vez una preocupación en León XIII por ser circunspecto, resultó en gran parte la confusión en todo el asunto. [32]

Así, pasaron a ser menos frecuentes de lo que sería de desear en el panorama político francés los católicos que, aunque estaban decididos a aceptar sin escrúpulos de conciencia la forma de gobierno republicana con tal que se demostrase que era necesaria al bien común, en consecuencia de la doctrina y del espíritu de la Iglesia preferían como ideal la forma de gobierno monárquica, templada con cierta participación de la aristocracia y del pueblo en el poder público.

La monarquía orgánica medieval, encarnada por San Luis, Rey de Francia, San Fernando de Castilla, San Esteban de Hungría o San Enrique, Emperador de Alemania: modelo de quienes “preferían como ideal la forma de gobierno monárquica, templada con cierta participación de la aristocracia y del pueblo en el poder público”

En cambio los católicos partidarios de la forma de gobierno republicana se fueron haciendo cada vez más frecuentes, movidos mucho menos por la convicción de que la república era necesaria para Francia que por el falso principio de que la igualdad es la suprema regla de la justicia en las relaciones humanas; de ahí que les pareciera que solamente la democracia y, en consecuencia, la república íntegra realizaba entre los hombres la justicia perfecta dentro del cuadro de una moral perfecta: precisamente el error condenado por San Pío X en Notre charge apostolique. [33]

Este desenlace no se dio sólo en Francia, sino también en todo Occidente. Dichas discusiones repercutieron en el mundo entero y, naturalmente, causaron divisiones y confusiones entre los católicos de los más variados países; divisiones que en parte aún subsisten, como subsiste aún la gran ilusión del radicalismo igualitario, implacablemente anti-monárquico y anti-aristocrático.

La intención que ha animado la elaboración de este apéndice ha sido la de colaborar para que, a la luz de los documentos pontificios, la claridad de visión y la unión de los ánimos en esa materia ganen algún terreno. “Dilatentur spatia veritatis[34], es lo que deben anhelar todos los corazones sinceramente católicos; y, en consecuencia, ‘‘dilatentur spatia caritatis.” [35]

 

NOTAS

[29] Apud Jean Orieux, Talleyrand ou le Sphinx incompris, Flammarion, París, 1970, p. 638.

[30] Apud Cardenal Louis Billot, Les principes de 89 et leurs conséquences, p. 33.

[31] En noviembre de 1890 la escuadra del Mediterráneo ancla en el puerto de Argel. El cardenal Lavigerie, Arzobispo de aquella ciudad y una de las principales figuras con que contaba León XIII para realizar su política de ralliement en Francia, ofrece a los oficiales un banquete en su residencia. El Almirante Duperré, comandante de la escuadra, es recibido al son del cántico revolucionario Marsellesa —aún no reconocida por la flor y nata del monarquismo francés como Himno Nacional— tocado por los alumnos de los famosos Pères Blancs, religiosos que se dedicaban al apostolado en Argelia.

A los postres, el Cardenal se pone en pie. Sus invitados le imitan. El brindis consiste en la lectura de un texto preparado con anterioridad. Tras saludar a las personalidades presentes, el Cardenal pasa a hacer una exhortación a favor de que aceptada la forma de gobierno republicana, aseverando que “cuando la voluntad de un pueblo se ha manifestado claramente, y —como ha proclamado últimamente León XIII— una forma de gobierno nada tiene en sí misma de contrario a los únicos principios que pueden hacer vivir las naciones cristianas y civilizadas”, esa forma de gobierno debe merecer una “adhesión sin reservas”.

Cuando el Cardenal terminó la lectura del brindis, los oficiales por él invitados, en su gran mayoría monárquicos, quedaron estupefactos y en silencio, sin aplaudir. Todos se sentaron nuevamente. El cardenal se volvió entonces al Almirante y le preguntó: “Almirante, ¿no respondéis al Cardenal?”. El Almirante Duperré, un viejo bonapartirsta, dijo únicamente: “Bebo a la salud de Su Eminencia el Cardenal y del clero de Argelia”.

Esta actitud del Cardenal, aunque contaba con la aprobación y el apoyo de León XIII, repercutió muy desfavorablemente en los medios monárquicos y católicos de Francia, y hasta entre el propio episcopado francés, del cual Mons. Lavigerie no recibió el apoyo deseado (Cfr. Adrien Dansette, Histoire Religieuse de la France contemporaine—sous la troisiéme République, Collection L’Histoire, Flammarion, París, 1951, pp. 129-131).

[32] En sus diversas enseñanzas sobre formas de gobierno, no se abstuvo León XIII de considerar las circunstancias concretas en que se encontraba la Francia de su tiempo; por el contrario, mostró de un modo más o menos taxativo su convicción de que la república era una forma capaz de promover el bien común de la Francia de entonces. El Pontífice dejó en evidencia, además, su convencimiento de que la mayor parte de los líderes republicanos no hostilizaba la Iglesia propiamente por animadversión contra ella, sino únicamente por un sentimiento de inconformidad con los ataques que los numerosos católicos dedicados a la causa monárquica hacían contra la república.

En esta perspectiva, con tal que el Romano Pontífice, seguido por fieles cada vez más numerosos, se reconciliase seriamente con la república, los líderes de esta última inaugurarían recíprocamente una política de conciliación con la Iglesia.

Los hechos no justificaron las esperanzas de León XIII. Así lo reconoció éste amargamente en su carta al entonces Presidente de Francia, Emile Loubet, en Junio de 1900: “Hemos querido, Sr. Presidente, abriros Nuestra alma, confiando en que —con la nobleza de vuestro carácter, vuestra elevación de miras y el deseo sincero de pacificación religiosa con el que os sabemos animado— tomaréis a pecho el poner en acción la influencia que vuestra alta posición os da para apartar cualquier causa de nuevas perturbaciones religiosas. Sería para Nos, llegados ya al atardecer de la vida, un dolor y una amargura demasiadamente grandes ver evaporarse sin dar fruto todas Nuestras benévolas intenciones respecto a la nación francesa y su gobierno, a los cuales hemos dado testimonios reiterados no solo de Nuestras más delicadas atenciones, sino también de Nuestro eficaz y particular afecto” (apud Emmanuel Barbier, Historie du Catholicisme Liberal et du Catholicisme Social en France, L’Imprimerie Yves Cardonet, Bordeaux, 1924, t. II, p. 531).

Igualmente, en una carta escrita al Cardenal François Richard, Arzobispo de París, el veintitrés de diciembre del mismo año, a propósito de la persecución llevada a cabo por el Gobierno de aquel país contra las congregaciones religiosas, el Pontífice manifestó su decepción por el fracaso de la política del ralliement.

“Desde el comienzo de Nuestro Pontificado, no hemos omitido ningún esfuerzo para realizar en Francia esta obra de pacificación que le habría proporcionado ventajas incalculables, no solamente en el ámbito religioso sino incluso en el civil y político. No hemos retrocedido ante las dificultades, ni hemos cesado de dar a Francia particulares pruebas de deferencia, solicitud y amor, contando siempre con que respondería como conviene a una nación grande y generosa.

“Sentiríamos un dolor extremo si, llegados al atardecer de Nuestra vida, nos encontrásemos desengañados en esas esperanzas, frustrados en el precio de nuestras paternales solicitudes y condenados a ver luchar las pasiones y los partidos con más encarnizamiento en el país que amamos, sin poder medir hasta donde irán sus excesos ni conjurar las desventuras que todo hemos hecho para impedir, y cuya responsabilidad anticipadamente nos declinamos” (Actes de León XIII, Maison de la Bonne Presse, París, t. VI, pp. 190-191).

Así pues, numerosos católicos continuaron viendo con aprensión la política seguida por el famoso Pontífice en relación a Francia por juzgar que la mayoría de los republicanos estaba imbuida de los errores doctrinales que habían heredado de la Ilustración: el igualitarismo radical y la fobia contra la Iglesia católica de raíz deísta o atea.

No habrían de ser las démarches de sentido pacificador de León XIII rumbo a la república las que habrían de desmovilizar a la gran mayoría de los republicanos en relación a la Iglesia; y, de hecho, la ofensiva republicana continuó encendida contra ella bajo el reinado de San Pío X.

Al estallar la I Guerra Mundial, los franceses de todas las corrientes religiosas y políticas establecieron la Union Sacrée contra el invasor. De ahí provino una tregua en los conflictos político-religiosos que se prolongó en cierta forma después de la victoria de las armas aliadas. Se deja de tratar aquí de los hechos siguientes, para no extender excesivamente la materia.

[33] Cfr. apartado A 4 de este mismo apéndice.

[34] Dilátense los espacios de la verdad.

[35] Dilátense los espacios de la caridad.

 

 

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(II)

JORNADA POR LA CIVILIZACION CRISTIANA Y LA FAMILIA 

Salta, XIII Jornada de Cultura Hispanoamericana por la Civilización Cristiana y la Familia – 13 y 14 de octubre de 2017

• Organizada por el Centro Cultural Juan Ramírez de Velasco, Gobernador del Tucumán y Bastión del Norte y auspiciada por ilustres entidades

• Declarada de Interés Legislativo y de Interés Municipal

 

El público atraído por la defensa de los valores católicos y tradicionales de nuestra cultura, amenazados por una Revolución cultural cada vez más radical y promotora del caos,  se dio cita en el Museo de la Ciudad “Casa de Hernández” para participar activamente de las ponencias y debates. Estos  temas cruciales incluyeron, ante todo,  el Centenario de las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima, cuyas providenciales facetas fueron presentadas a lo largo de toda la Jornada, incluyendo el testimonio de quienes peregrinaron al lugar de las apariciones y la ponencia sobre “Revolución y Contra-Revolución y el Reino de María anunciado en Fátima”.

Asimismo se evocó el duocentésimo aniversario de la Gesta Cordillerana del Gral. San Martín con las expediciones auxiliares y la participación del Gral. Güemes y toda Salta;  también se trató de la masificación como arma de la Revolución anticristiana presentando el contraste con las formas de gobierno acordes a la doctrina social de la Iglesia  con base en la obra magistral “Nobleza y élites tradicionales análogas  – En las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana” del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira. Tratamiento especial tuvo el tema “Pío VI y la Revolución Francesa”, parte del Apéndice III del libro consagrada a las formas de gobierno.

Algunos flashes:

MULTITUD DE FIELES RINDEN HONRAS CIVICO-MILITARES A LA VIRGEN DE LA MERCED, Redentora de Cautivos y Generala del Ejército Argentino, por el joven Vicepresidente de la Cofradía de La Merced, de La Rioja, D. Franco Flores de la Fuente

Prof. Margarita Isabel González (Salta) – EL GAUCHO – Con destacadas integrantes del Fortín Martina Silva de Gurruchaga y miembros de la Com. Organizadora

EL ROL HEROICO DEL CORONEL NICOLAS DAVILA (La Rioja) – EL APORTE SALTEÑO – Prof. María Azucena Fernández (Salta) – Prof. Julio Olivera Gallardo (Pte. Asoc. Sanmartiniana de La Rioja) – Prof. Elena B. Brizuela y Doria (Asoc. Sanmartiniana de La Rioja)

Comisión Organizadora – LAS FORMAS DE GOBIERNO A LA LUZ DE LA DOCTRINA DE LA IGLESIA – EL PAPA PIO VI Y LA REVOLUCIÓN FRANCESA

D. Franco Flores de la Fuente – Fray ANTONIO TORINO, EL PROTOMARTIR MERCEDARIO ARGENTINO

Comida de despedida – Hotel Salta

♦ Asimismo despertaron gran interés las disertaciones sobre Orígenes de Ampascachi, en homenaje a la recordada Prof. Ercilia Navamuel de la Com. Organizadora, Tras las huellas del Japón católico (Lic. Zulma Prieto), Presentación del Boletín del Inst. Güemesiano (D.U.G.H. Rodolfo L. Plaza Navamuel, La devoción a San Nicolás como factor preponderante de la creación de la Diócesis de La Rioja (Prof. Julio Olivera Gallardo), y se agradeció por sus valiosas investigaciones a quienes por fuerza mayor no pudieron asistir. La Comisión Organizadora dio especiales gracias a la Directora del Museo de la Ciudad Casa de Hernández por su renovada hospitalidad, como también a los Sres. Diputados y Concejales que declararon la Jornada de interés legislativo y municipal respectivamente.

La Jornada fue consagrada al Señor y a la Virgen del Milagro, Patronos de Salta,  en recogimiento ante su altar en la Catedral, y contó con las bendiciones del cuadro de la Sagda. Imagen Peregrina Internacional de la Virgen de Fátima que lloró milagrosamente en Nva. Orléans en 1972 (a la derecha en las fotos).

 

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Delicadeza, coraje y santidad de vida – Vencedora “post mortem” de los revolucionarios

Venerable Teresa de San Agustín – Princesa y Carmelita – 23 de diciembre

Delicadeza y frescura de la Princesa Madame Louise. Con su hermana, la Beata Clotilde de Francia, fueron punto de referencia para una acción regeneradora en la Corte de Luis XV, su padre. Su delicadeza sorprendería al lector moderno: tirada por su caballo espantado ante las ruedas de un carruaje a todo vuelo, no permitió que la llevaran en él. Montó su caballo nervioso, lo dominó y de vuelta en el castillo fue a dar gracias a la Virgen por salvarle nuevamente la vida…

Mme. Louise como religiosa carmelita, “Angel tutelar” de Francia en los reinados de Luis XV y Luis XVI. Los revolucionarios -se sospecha- la envenenaron por su influencia sobre el Rey. Intentaron luego destruir sus restos con ácido. Pero no pudieron evitar sus evidentes milagros…

La Princesa Louise Marie de France, hija del Rey Luis XV y de la Reina Maria Leszczynska, Princesa de Polonia, nació en el Castillo de Versailles el 15 de julio de 1737. Fue educada en la Abadía de Fontévrault.

Siendo muy chica sufrió un accidente por el que casi perdió la vida. Impaciente porque su criada no vino a atenderla de inmediato subendo la escalera de su cama se cayó. Pese a ser tratada enseguida, la caída le produjo una deformidad física y la llevó a las proximidades de la muerte. Las religiosas del monasterio le hicieron un voto a la Virgen por la salud de la princesa y se curó milagrosamente. Nunca más se olvidó de aquello a lo que debía su vida y eso la marcó profundamente.

Desde la infancia se mostró inclinada a la vida de piedad, no cansándose nunca de la extensión del Oficio Divino. Un día lloró amargamente porque una dama que estaba a su servicio le habló de un príncipe extranjero que sería su marido. No obstante, estaba orgullosa de su posición. En cierta ocasión, considerándose ofendida por una de sus damas, le dijo: “¿No soy la hija de vuestro Rey?” “Y yo, Madame”, contestó la señora, “¿no soy la hija de vuestro Dios?” “Tenéis razón”, le contestó la princesa, tocada por la respuesta, “yo estaba equivocada y pido perdón”.

Extremadamente generosa con los pobres, les daba el dinero que recibía para sus gastos sin reservarse nada. La dama de compañía encargada de sus gastos se acostumbró a entregarle a los pobres lo que recibía para Louise Marie, sin siquiera consultarla.

Dotada de carácter vivo, le gustaban los ejercicios fuertes. Un día, cazando en Compiègne, su caballo se espantó lanzándola a una buena distancia. Ella casi fue a dar bajo las ruedas de un  carruaje que venía a la disparada. Salvada como por milagro, quisieron que regresara en la carroza. Riéndose de los temores generales le ordenó a su escudero que le trajera el caballo, montó, dominó el animal nervioso y continuó el paseo. De vuelta al castillo, le fue a agradecer a la Virgen lo que llamó de segunda salvación de su vida.

Madame Louise vivió hasta los 33 años en la Corte más fastuosa del mundo, embebiéndose de todo lo que había de bueno y dando allí ejemplo de virtud, sin dejarse contaminar por los aspectos mundanos y frívolos que, lamentablemente, venían penetrando en tales ambientes a partir del fin de la Edad Media. Su padre tenía concubinas,  y ella y su hermana Clotilde (ya beatificada) sirvieron de modelo para una reacción dentro de la Corte, que llevó atrás de sí los destinos de la moralidad de la Corte y, en consecuencia, los del propio Reino.

Deseando entrar al Convento, al asistir a una toma de hábito de una Condesa en el Carmelo, quiso entrar en la Orden. Comenzó a prepararse estudiando la regla de Santa Teresa, y absteniéndose poco a poco del confort que la rodeaba. Se apartaba de la calefacción del castillo durante períodos de frío horroroso. No soportaba el olor de las velas pero logró vencer esa repugnancia después de años de esfuerzos.

A la muerte de su madre, la piadosa Reina Maria Leszczynska, obtuvo el consentimiento del Rey, y el 20 de febrero de 1770 entró a las Carmelitas de Saint-Denis, considerado el más pobre de Francia y el de régimen más severo. Francia quedó admirada ante este ejemplo y el Papa Clemente XIV le escribió a la Princesa para expresarle la felicidad que sentía en ver su pontificado señalado por un acontecimiento tan consolador para la religión.

En el Convento luchó arduamente para que sus compañeras dejaran de distinguirla de las otras. Trabajó también para vencer su dificultad en mantenerse mucho tiempo de rodillas, habiendo conseguido esa gracia luego de una novena a San Luis Gonzaga. Recibió el  hábito el 10 de septiembre de 1770, revestida del manto de Santa Teresa que tenían las carmelitas de Paris,  tomando el nombre de Hermana Teresa de San Agustín.

Nombrada más tarde Maestra de Novicias se destacó sobremanera en ese trabajo tan difícil manifestando constante alegría en medio de las dificultades con las que se deparaba. Posteriormente fue elegida Superiora por  unanimidad. Cuando el Visitador General de las Carmelitas le dio la noticia al Rey, le comentó que había habido un solo voto contra la Hermana Teresa. “Entonces”, respondió Luis XV, “¿hubo un voto contra ella?” “Sí, Señor”, respondió el prelado, “pero fue el propio voto de ella”.

Como Superiora estaba llena de caridad para con sus hermanas y era extremadamente severa consigo misma, tratando de seguir con el máximo de fidelidad el espíritu de su regla. Se preocupaba también de conseguir de su padre y, más tarde, de Luis XVI, todos los beneficios posibles para la religión. A ella se debió que las Carmelitas de los Países Bajos Austríacos fueran acogidas en Francia, al ser expulsadas de su tierra por José II.

La Hermana Teresa contribuyó asimismo para la fundación de un Monasterio de observancia estricta para los Carmelitas descalzos, cuya regla se había relajado durante algún tiempo. Severamente interdicta de usar su influencia para todo aquello que se relacionara con asuntos mundanos, la empleó, sin embargo todo lo que pudo en la salvación de las almas.

Apartada de los problemas de Estado se interesaba profundamente por sus necesidades e intentaba resolverlos en la oración. Sus oraciones y penitencias por la conversión de su padre fueron atendidas: en 1774, el Rey Luis XV murió reconciliado con Dios y con la Iglesia, después de treinta años apartado de los Sacramentos. Rezaba por la conservación de la Fe en el Reino, la restauración de las costumbres, la salvación de los pueblos, la paz y la tranquilidad pública. Dejó dos obras espirituales póstumas: Meditaciones Eucarísticas y Recopilación de los testamentos espirituales, a sus hijas religiosas carmelitas.

Devotísima del Papa, se tornó defensora de los derechos de la Santa Sede frente los ataques de los galicanos y jansenistas, que ejercían gran influencia en la Corte. En esa lucha trató de ayudar a los Jesuitas, especialmente perseguidos.

Tenía por los franceses el mismo amor que su antepasado San Luis. Todo lo que interesaba a su patria interesaba a su piedad. Luis XVI la reverenciaba como el Angel tutelar de Francia. Indiscutiblemente, fue para apartar la influencia que ejercía sobre Luis XVI que los impíos decidieron exterminarla definitivamente. Es casi seguro que Marie Louise murió envenenada.

En noviembre de 1787, su mal de estómago se agravó violentamente con dolores agudos (dos años antes de la Revolución Francesa…). De allí en adelante, empeorando gradualmente, se preparó para morir. Su muerte fue magnífica por el coraje con el que la enfrentó. Sus últimas palabras fueron: “¡Al cielo empíreo! ¡A toda prisa! ¡Ya es tiempo!” Era el día 23 de diciembre de 1787, a las cuatro y media de la mañana.

En 1793, por orden de los revolucionarios, tiraron ácido sobre los restos de la venerable Princesa y creyeron haberlos destruido. Pero un gran número de milagros llevó a la introducción de su causa, siendo declarada Venerable por Pío IX el 1º de junio de 1873.

El decreto reconociendo las virtudes heroicas de la Venerable Madre Teresa de San Agustín fue publicado el 18 de diciembre de 1997. Basta tan sólo un milagro oficialmente reconocido y atribuido a ella para que la Iglesia la declare Beata. Madame Louise de Francia dejó por Dios las gradas del trono. Esperemos que, en retribución, El la haga un día gozar de la honra de nuestros altares.

Fuente: Daras, “La Vie des Saints”; www.catolicismo.com.br

 

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8 de diciembre de 2017: con gran pompa y devoción se inició el jubileo de los 800 años de la Gloriosa, Real y Militar Orden de La Merced – en La Rioja


El 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción, con Fe, entusiasmo, devoción y buen gusto, la Cofradía de N. S. de la Merced engalanó la señorial basílica riojana con banners que muestran a Nuestra Señora del Trono (o “de la Nube”) -que se venera en su interior- amparando a la Gloriosa, Real y Militar Orden Mercedaria. Así se dio inicio al jubileo de los 800 años de la histórica orden, cuya basílica se encuentra en el solar que le entregara Don Juan Ramírez de Velasco, Gobernador del Tucumán, en la fundación de la Ciudad de “Todos-Santos de la Nueva Rioja”.

En algunas tomas se ve asimismo a la venerada Imagen llamada “la Generala”, grado que reviste en el Ejército Argentino, con las insignias y honras correspondientes,   por disposición del Gral. Manuel Belgrano, quien le obsequió su bastón de mando en agradecimiento  por la histórica victoria del 24 de septiembre de 1812, decisiva para nuestra emancipación. 

En la foto se ve en el pórtico de la Merced a la Generala, como corresponde, con banda y bastón de mando,  con los colores de la Inmaculada Concepción, que son los de la enseña patria nacional creada por el ilustre prócer.

Este gran gesto de los fieles riojanos de la Cofradía  aviva la Fe y el patriotismo y atrae al público de la tradicional e histórica Iglesia en estos tiempos de masificación y aún de pérdida del alto sentido religioso de la devoción a la Virgen de Mercedes.

 

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El Contraste entre el Estado moderno y los estados orgánicos – Regreso al Orden – Return to Order

 

Control de equipaje en el aeropuerto de Denver. Foto de Inha Leex Hale

El modo en que el Estado moderno cumple su rol es instituyendo un sistema burocrático todopoderoso de normas legales para salvaguardar y regular los intereses privados de sus ciudadanos.

El Estado moderno, afirma Pío XI, ha asumido las funciones irresistibles y deberes que antiguamente nacieron de las asociaciones intermediarias.

El resultado fue que “a causa del abandono y casi extinción de aquella rica vida social que fue otrora altamente desarrollada a través de asociaciones de varios tipos , permanecen prácticamente tan sólo individuos y el Estado”. Quadragesimo Anno , nº 78.

 

La Catedral de San Pablo: jubileo de diamante de la Reina Victoria, 22 de junio de 1897. Cuadro de Andrew Carrick Gow

En contraste con esa situación , el Estado orgánico cumple su rol salvaguardando los principios fundamentales de la moral, la civilización y el orden público normalmente vividos y defendidos por sus muchas unidades sociales –familia, asociación laboral, pueblo, universidad o cualquier otra de tantas asociaciones formadas de manera privada que constituyen la rica vida social de una nación.

El best-seller de John Horvath (h),

más de 300.000 ejemplares vendidos

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Para disponer de un cuadro lo más amplio posible de la situación en la Iglesia, el site del Instituto Plinio Corrêa de Oliveira da a conocer a sus lectores la noticia difundida el 24 de septiembre p.pdo. por los coordinadores de una carta de veinticinco páginas, firmada por 40 clérigos católicos y académicos laicos, ha sido enviada al Papa Francisco el pasado 11 de agosto. Como no se ha recibido respuesta de parte del Santo Padre, el documento se hace público hoy, 24 de septiembre de 2017, Fiesta de la Virgen de la Merced y de la Virgen de Walsingham. La carta, que sigue abierta para nuevos firmantes, lleva ahora los nombres de 62 clérigos y académicos de 20 países, también representando a otros que carecen de la necesaria libertad de expresión. Tiene un título latino: ‘Correctio filialis de haeresibus propagatis’ (literalmente, ‘Una corrección filial con respecto a la propagación de herejías’). Afirma que el Papa, a través de su exhortación apostólica Amoris laetitia, como también por otras palabras, actos y omisiones que se le relacionan, ha sostenido siete posturas heréticas en referencia al matrimonio, la vida moral y la recepción de los sacramentos, y ha provocado que estas opiniones heréticas se propaguen en la Iglesia Católica. Estas siete herejías son expresadas por los firmantes en latín, la lengua oficial de la Iglesia.

Esta carta de corrección tiene tres partes principales. En la primera parte, los firmantes explican por qué, como creyentes católicos y practicantes, tienen el derecho y el deber de emitir dicha corrección al Sumo Pontífice. La ley de la Iglesia requiere que las personas competentes rompan el silencio cuando los pastores de la Iglesia están desviando al rebaño. Esto no implica conflicto alguno con el dogma católico de la infalibilidad papal, teniendo en consideración que la Iglesia enseña que el papa debe cumplir criterios estrictos antes de que sus declaraciones puedan ser consideradas infalibles. El Papa Francisco no ha cumplido con estos criterios. No ha declarado que estas posturas heréticas sean enseñanzas definitivas de la Iglesia, ni aseverado que los católicos deben creer en ellas con el asentimiento propio de la fe. La Iglesia enseña que ningún papa puede declarar que Dios le ha revelado alguna nueva verdad, que debería ser creída obligatoriamente por los católicos.

La segunda parte de la carta es la fundamental, puesto que contiene la “Corrección” propiamente tal. Enumera los pasajes de Amoris laetitia en los que se insinúan o alientan posturas heréticas, y luego enumera las palabras, actos y omisiones del Papa Francisco que evidencian, más allá de cualquier duda razonable, que él desea que los católicos interpreten estos pasajes de una manera que es, de hecho, herética. En particular, el papa, de manera directa o indirecta, ha apoyado la creencia de que la obediencia a la Ley de Dios puede ser imposible o indeseable, y que las Iglesia debiera, a veces, aceptar el adulterio como un comportamiento compatible con la vida de un católico practicante.

La última parte, llamada “Dilucidación”, discute dos causas de esta singular crisis. Una de ellas es el ‘Modernismo’. Teológicamente hablando, el Modernismo es la creencia de que Dios no le ha entregado verdades definitivas a la Iglesia, que ésta debiera continuar enseñando, exactamente en el mismo sentido, hasta el final de los tiempos. Los modernistas sostienen que Dios comunica a la humanidad sólo experiencias sobre las cuales los seres humanos pueden reflexionar, de tal manera que realicen diferentes aserciones sobre Dios, la vida y la religión; pero estas declaraciones son sólo provisionales, nunca dogmas inamovibles. El Modernismo fue condenado por el Papa San Pío X al comienzo del siglo XX, pero renació a mediados de la centuria. La gran y continua confusión que el Modernismo ha causado en la Iglesia Católica, obliga a los firmantes a describir el verdadero significado de “fe”, “herejía”, “revelación” y “magisterio”.

Una segunda causa de la crisis es la aparente influencia de las ideas de Martín Lutero en el Papa Francisco. La carta muestra como Lutero, fundador del Protestantismo, tenía ideas sobre el matrimonio, el divorcio, el perdón y la ley divina que se corresponden con aquellas que el papa ha promovido mediante sus palabras, actos y omisiones. También destaca el elogio explícito y sin precedentes que el Papa Francisco ha dedicado al heresiarca alemán.

Los firmantes no osan juzgar el grado de conciencia con el cual el Papa Francisco ha propagado las siete herejías que enumeran; pero insisten, respetuosamente, en que condene estas herejías, las cuales ha sostenido de manera directa o indirecta.

Los firmantes profesan su lealtad a la santa Iglesia Católica, garantizan al papa sus oraciones y solicitan su bendición apostólica.

Puede leer el documento en su versión en inglés en:

http://www.correctiofilialis.org/wp-content/uploads/2017/08/Correctio-filialis_English_1.pdf

o buscarlo en el sitio correctiofilialis.org

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Lea también del Prof. Roberto de Mattei “El impacto mundial y el significado de la Correctio filialis”

https://ipco.org.br/o-impacto-mundial-e-o-significado-da-correctio-filialis/#.WdFH4riYGE4

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Dos hombres-símbolo: Robespierre (izq.), modelo de revolucionario,  y el Papa Pío VI, enemigo inconciliable y mártir de la  Revolución (ver más abajo su esclarecedora visión).

Apéndice III: Las formas de gobierno a la luz de la doctrina social de la Iglesia: en teoría – en concreto – (11)

Un análisis de alta escuela del Autor 

C — La Revolución Francesa: modelo prototípico de república revolucionaria

Se ha tratado aquí sobre la mentalidad monárquica. En oposición a ella, se puede concebir una mentalidad republicana, e incluso una mentalidad republicana revolucionaria, nacida de un movimiento revolucionario a favor de la república como fue, por ejemplo, la Revolución Francesa.

Para comprender bien en qué consiste esta mentalidad republicana revolucionaria, es preciso distinguirla de la del republicano que no la tiene; es decir, de aquel que, como se ha visto, acepta la forma de gobierno republicana para su país forzado por las circunstancias, pero tiene una mentalidad monárquica.

Es preciso, pues, considerar qué es la Revolución [21] y en qué se diferencia de la república, tomando fría y especulativamente este término en su sentido tomista, como una determinada forma legítima de gobierno. Esta distinción era tan clara en los tiempos de la Revolución Francesa, que muchos de los que cayeron al pie del Trono luchando heroicamente a favor de la monarquía francesa eran miembros de la famosa Guardia Suiza y, por tanto, ciudadanos de las repúblicas helvéticas. Al morir defendiendo el trono francés, no juzgaban éstos caer en contradicción por preferir para su pequeño país la forma de gobierno republicana, ni el rey de Francia juzgaba comprometer la solidez de su Trono al colocar entre sus más fieles guardias a quienes preferían la república para sus respectivos países.

A continuación se harán algunas consideraciones sobre la relación existente entre la Revolución y la forma de gobierno generada por ella: la república revolucionaria, la cual no debe ser confundida con la república no revolucionaria, forma de gobierno legítima descripta en documentos pontificios y en los escritos de Santo Tomás. Se verá también como a través de la actuación de los pseudo-moderados favorables a la Revolución se puede llevar a la opinión pública a aceptar esta república revolucionaria. Para ilustrar esta tesis se ha elegido un ejemplo histórico prototípico: la Revolución Francesa.

  1. La Revolución en sus elementos esenciales
  2. a) Impulso al servicio de una ideología

Es necesario, en primer lugar, distinguir en la Revolución dos elementos: una ideología, que tiene a su servicio un impulso.

Tanto en una como en el otro, la Revolución es radical y totalitaria. Como ideología, este totalitarismo radical consiste en llevar a las últimas consecuencias todos los principios constitutivos de su doctrina; como impulso, tiende invariablemente hacia la aplicación a los hechos, costumbres e instituciones de los principios revolucionarios en los cuales, a su vez, los respectivos elementos ideológicos están cabalmente aplicados a la realidad concreta.

El término final del impulso revolucionario puede definirse con estas palabras: alcanzarlo todo, ya y para siempre.

El hecho de que uno de los elementos esenciales de la Revolución sea un impulso no quiere decir que ella deba ser entendida como algo impulsivo en el sentido vulgar del término, es decir, como algo irreflexivo, movido por ansiedades y destemplanzas. Por el contrario, el revolucionario ejemplar sabe bien que encontrará con frecuencia ante sí obstáculos que no podrá apartar con el mero uso de la fuerza, y sabe también que muchas veces tendrá que contemporizar, ser flexible, retroceder o incluso hacer concesiones, so pena de sufrir humillantes y muy nocivas derrotas. Esto no obstante, todas esas marchas atrás, las hará para evitar males mayores. Tan pronto como las circunstancias se lo permitan, el revolucionario reanudará pertinazmente su marcha hacia adelante con la mayor celeridad posible, aunque también con toda la lentitud necesaria. [22]

La totalidad y radicalidad de la Revolución se deja también ver en el hecho de que ésta tiende a aplicar sus principios en todos los dominios del ser y del obrar de los hombres y sociedades. Esto resulta evidente siempre que se analizan las transformaciones sufridas por el mundo en los últimos cien años.

Libertad, Igualdad, Fraternidad. A esta trilogía la veremos ir transformando gradualmente a los individuos, familias y naciones. Casi no encontraremos un campo en el cual no se hallen de una u otra forma, aquí o allí, las huellas de los pasos victoriosos de uno u otro de los principios de la famosa trilogía; y, tomadas en consideración las reglas de prudencia arriba enunciadas, esta andadura revolucionaria ha tenido como resultado, de modo general, un avance a bien decir casi inalterable.

Así pues, considérense las transformaciones que ha ido sufriendo la familia en estos últimos cien años. La autoridad de los padres sufre un continuo ocaso: igualdad; el vínculo que une a los esposos va adelgazándose cada vez más: libertad. Analícese el ambiente de las aulas, tanto en la enseñanza primaria como en la secundaria o universitaria. Las fórmulas de respeto debidas por los alumnos al profesor son cada vez más reducidas: igualdad. Los propios profesores tienden a colocarse lo más posible al nivel de los alumnos: igualdad, fraternidad.

Análogas observaciones se podrían hacer en los más diversos campos: en las relaciones entre gobernantes y gobernados, entre patrones y obreros, o entre miembros de la Jerarquía eclesiástica y fieles; y sería de nunca acabar si intentásemos presentar aquí una enumeración al menos remotamente completa de todas las transformaciones que se han operado en el mundo en virtud de la trilogía revolucionaria.

  1. b) Un elemento más de la Revolución: su carácter multitudinario

Es la multitud; sí, la multitud incontable de los que —ora llevados por la convicción, ora por mimetismo, ora por el miedo a sufrir los implacables eslóganes de crítica con que los acribillaría el zumbido de los revolucionarios— promueven, o simplemente toleran, la ofensiva impune y avasalladora de la propaganda revolucionaria oral y escrita.

Si la revolución fuese simplemente una ideología con el impulso a su servicio, carecería de importancia histórica. Es el carácter multitudinario de la Revolución el factor más importante de su éxito.

  1. La opinión de los católicos ante la Revolución Francesa: disensiones

Todo esto explica que, para la gran mayoría de las personas, la Revolución Francesa haya aparecido casi desde su origen sobre todo como una multitud psico-intoxicada por la trilogía revolucionaria y embriagada por el entusiasmo impulsivo desencadenado por dicha trilogía; una multitud que, ebria bajo este influjo quería llegar cuanto antes a las últimas consecuencias de la trilogía —léase a las consecuencias más violentas, más despóticas, más sangrientas— y que por eso quería y llevaba a cabo el derrocamiento de todo aquello que significara Fe, autoridad, jerarquía y categoría política, social o económica.

Así pues, la Revolución Francesa, en las últimas muecas de su fase más cruenta, después de haber destrozado las imágenes y los altares, cerrado las Iglesias, perseguido a los ministros de Dios, destronado y ejecutado al Rey y a la Reina, declarado abolida la Nobleza, aplicado la pena capital a incontables miembros de esta clase y alcanzado su meta de implantar un mundo nuevo “en todo, ya y para siempre”, estaba a punto de realizar lo que muy característicamente escribiera Diderot, uno de sus más destacados precursores: “Sus manos, tejiendo las entrañas del sacerdote, harían con ellas una cuerda para el último de los reyes”. [23]

  1. a) Diversos modos de considerar la Revolución Francesa por parte de los católicos

Es comprensible que, delante de la pluralidad de facetas que presenta el fenómeno revolucionario —el caos revolucionario—, para muchos saltase más a la vista el primer aspecto de la Revolución Francesa —su aspecto global— que el aspecto exclusivamente “benigno” y “equitativo” de su trilogía, o que el aspecto únicamente subversivo, sanguinario y fanático que también se podía entrever en las ambigüedades de dicha trilogía.

No es, pues, de extrañar que, delante de este cuadro, un gran número de católicos se preguntara qué debían pensar en cuanto tales respecto a la Revolución Francesa.

Unos, distinguiendo entre la doctrina revolucionaria —expresada en la ambigua trilogía— y los hechos a que dio origen, tendían a aceptar como verdadera tan sólo la interpretación benévola que a esta trilogía se podía dar, y dicha actitud los convertía en simpatizantes de la Revolución Francesa, aunque fueran críticos categóricos —y algo indolentes— de los crímenes cometidos por ella.

Otros la veían, sobre todo, como causa infame de las crueldades e injusticias que acabamos de enumerar, daban a la trilogía revolucionaria la interpretación altamente desfavorable a que también se presta, y denunciaban a dicha revolución como el fruto criminal de una conjuración satánica, urdida y puesta en marcha para moldear a los individuos, a las naciones y a la propia Civilización Cristiana, que hasta hace poco los regía, según el espíritu y la máxima del primer revolucionario, que osó bramar en las inmensidades celestes su “¡non serviam!” [24]

 

Según quienes así analizaban la Revolución Francesa, la única actitud posible del católico ante esa rebelión era responder proclamando el grito de fidelidad de los Ángeles de luz, seguidores de San Miguel: “¿Quis ut Deus?”; y, de modo análogo a como ellos hicieron en el Cielo, hacer en la Tierra un proelium magnum, disolviendo los antros tenebrosos en que la revolución se urdía, castigando con las más severas penas a sus responsables, destrozando sus falanges de conspiradores, eliminando sus “conquistas” pseudo beneméritas, volviendo a levantar los altares, reabriendo los templos, colocando de nuevo las imágenes, restableciendo el culto, restaurando el Trono, la Nobleza y todas las formas de jerarquía y autoridad; reanudando, en fin, el hilo de los acontecimientos históricos que la ignominia revolucionaria había interrumpido y desviado torpemente de su curso.

  1. b) La Revolución Francesa vista por Pío VI

Considérese el análisis de una grandeza sobrenatural y profética que hizo Pío VI de la Revolución Francesa en la alocución pronunciada a propósito de la decapitación de Luis XVI:

“Por una conspiración de hombres impíos, Luis XVI, rey cristianísimo, fue condenado a la pena capital, y la sentencia fue ejecutada.

“Brevemente os recordaremos qué sentencia fue aquella, cuál fue el motivo de su condenación: dicha sentencia fue dictada por la Convención Nacional sin ninguna autoridad, sin ningún derecho; ésta, en efecto, una vez abolida la forma de gobierno monárquica, que es la mejor, había colocado todo el poder público en las manos del pueblo. (…)

“La parte más feroz de este pueblo, no contenta con rechazar la autoridad de su rey, como quisiera además arrancarle la vida, ordenó que fuera juzgado por sus propios acusadores y por quienes habían manifestado abiertamente una disposición hostil hacia él. (…)

“Celebrando la desaparición del Trono y el derrumbamiento del Altar como un triunfo suyo [de Voltaire], ensalzan el renombre y la gloria de los escritores impíos como si de generales de un ejército victorioso se tratara; y ocurrió entonces que, después de haber arrastrado para su partido a una gran multitud del pueblo con estos ardides, para seducirla más y más en todas las provincias de Francia con sus promesas, o más bien para engañarla, encontraron aquel pomposo nombre de libertad y convocaron a todos para tomarlo por sublime emblema y bandera. Esta es, sin duda, aquella libertad filosófica que tiene por finalidad corromper los espíritus, depravar las costumbres, y subvertir las leyes y el orden de todas las cosas. (…)

“Tras esta ininterrumpida serie de impiedades que tuvo inicio en Francia, ¿para quién no estará completamente claro que debe imputarse al odio a la religión el papel principal en esas maquinaciones, por las cuales es ahora toda Europa atormentada y conmovida? Y, por consiguiente, ¿quién podrá negar que fueron la causa de la muerte del mismo Luis XVI? (…)

“¡Ah Francia!; ¡ah Francia!; llamada por nuestros predecesores espejo de toda la Cristiandad y sustentáculo inconmovible de la Fe, porque en el fervor para con la Fe cristiana y en la devoción a la Sede Apostólica no vas detrás de ninguna otra nación, sino que las precedes a todas. ¡Cuán contraria nos eres hoy! ¡Cuán hostil es tu espíritu hacia la verdadera religión! (…)

“¡Ah, una vez más, Francia! Tú pedías para ti un rey católico, puesto que las leyes fundamentales del reino impedían que no lo fuera; y he aquí que ahora que lo tenías, precisamente porque era católico lo has matado!” [25]

Aquí el fenómeno revolucionario es visto en su conjunto: la ideología, el impulso, las multitudes innumerables que llenaban calles y plazas, los tramadores impíos y ocultos, así como las metas radicales y últimas que atrajeron a los revolucionarios desde el comienzo hasta el fin, y que, en este terrible fin dejaban ver, por detrás de las fórmulas iniciales, a veces zalameras, las intenciones últimas según las cuales caminaba cada vez menos veladamente la Revolución en su totalidad.

  1. c) Connivencia de los “moderados” con la radicalidad de la Revolución

Esta manera de ver la Revolución no impide que quepa dentro el fenómeno revolucionario una distinción entre éste o aquél de sus matices. Así pues, no es posible identificar a los feuillants del comienzo de la Revolución —monárquicos liberales que, en comparación con los entusiastas incondicionales del Antiguo Régimen, hacían en cierta forma el papel de revolucionarios— con los girondinos. En efecto, estos últimos eran, en la mayor parte de los casos, propugnadores de una república contraria al Clero y a la Nobleza, pero partidaria de la conservación de un régimen socio-económico liberal que salvase del ciclón la libre iniciativa, la propiedad privada, etc. La posición girondina lo tenía todo para parecer radicalmente revolucionaria no sólo a los contra-revolucionarios definidos (emigrados, chouans y otros guerrilleros a favor de la Corona) sino también a los feuillants; sin embargo despertaba, por otro lado, la cólera de los ultra-intransigentes de la Montaña, los cuales no sólo defendían la abolición de la monarquía y la persecución radical y cruenta del Clero y de la Nobleza, sino que muchas veces miraban también con ojos amenazadores aquellas fortunas que sobresalían en la clase burguesa.

Analizando de uno a otro extremo esta sucesión de matices —desde los feuillants, hasta los miembros del Comité de Salvación Pública y sus hordas de admiradores— se ve que cada uno de los matices o etapas de la andadura revolucionaria parece marcadamente izquierdista con relación al matiz o etapa precedente y ultraconservadora con relación al matiz o etapa siguiente. Así ocurrió hasta que la Revolución llegó a su último aliento, exhalado en 1795, cuando ya estaba moribunda: la revolución comunista de Babeuf, a cuya izquierda no se puede concebir sino el caos y el vacío, y a cuya derecha el babeufista imaginaba ver todo aquello que le había precedido.

El modo de considerar la Revolución distinguiendo en ella diversos matices presupone, implícita o explícitamente, que esta distinción solo sea válida cuando se juzga el fenómeno revolucionario tomando en consideración que hasta en la mente de sus más favorables analistas, al mismo tiempo que había reales designios de moderación, había, contradictoriamente, indulgencias inexplicables y a veces hasta claras simpatías para con los crímenes y los criminales de la Revolución.

Esta presencia simultánea a lo largo de las diversas etapas de la Revolución de tendencias a la moderación y condescendencias revolucionarias en la mentalidad de los “moderados” llevó a Clemenceau —uno de los más fogosos apologistas del fenómeno revolucionario— a rechazar las acusaciones de contradictoria que a ella se le hacían afirmando sumariamente que “la Révolution est un bloc” [26], en el cual las fisuras y contradicciones no pasan de ser meras apariencias; es decir, la Revolución —fruto de una miscelánea de propensiones, doctrinas y programas— no puede ser ni alabada ni censurada si se la identifica tan sólo con uno de sus matices o etapas, en vez de considerarla bajo este aspecto de miscelánea que salta a la vista.

La expresión de Clemenceau podrá parecer atrayente a muchos espíritus, pero describe aún de forma insuficiente la realidad histórica. En efecto, dentro de esta aparente mezcla de espíritus inconexos se hace notar un principio ordenativo de capital importancia: desde los primeros momentos hasta casi Babeuf, cada etapa de la Revolución pretende al mismo tiempo destruir y conservar algo del viejo edificio socio-político-económico anterior a la reunión de los Estados Generales. Se puede y se debe admitirlo, pero con la reserva de que el fermento destructor actúa en cada etapa con mayor eficacia, seguridad en sí mismo e ímpetu de victoria que la tendencia conservadora.

En realidad, esta última se muestra casi siempre intimidada, insegura y minimalista en lo que desea conservar, y concesiva de buen grado en lo que está de acuerdo en inmolar. En otras palabras, un mismo fermento trabaja de comienzo a fin cada una de esas etapas —de esos matices— en el sentido de convertirla en un hito pasajero hacia la capitulación global. En consecuencia la Revolución ya al nacer se encontraba entera, como el árbol está entero en su semilla. Fue precisamente este fermento lo que vio con lucidez el inolvidable Pontífice Pío VI, él mismo prisionero y después mártir de la saña revolucionaria, en 1799.

Doscientos años después de la Revolución Francesa, las consultas realizadas por la televisión para averiguar qué piensan los franceses contemporáneos de la culpabilidad del Rey y de la Reina [27] llevan a admitir que muchos de nuestros coetáneos —incluso los no franceses— aun ven a la Revolución como “un bloc”, a la Clemenceau.

La ejecución de los regios esposos en 1793, considerada en sí misma, presumiblemente sería desaprobada por muchos de quienes aún hoy manifiestan su apoyo a ella. Sin embargo, dentro del exuberante conjunto de los aspectos y contra-aspectos del huracán revolucionario, esas mismas personas apoyan los mencionados regicidios por considerarlos el único medio de salvar la Revolución, sus “conquistas”, sus “actos de justicia”, las esperanzas alocadas que despertaba; todo ese “bloque” confuso y efervescente, en fin, de ideologías, aspiraciones, resentimientos y ambiciones que eran, en cierto sentido, el alma de la Revolución. Dichas personas prolongan hasta nuestros días esa especie de “familia de almas” que ve como un acto de justicia la ejecución del débil y bondadoso rey Luis XVI, y de María Antonieta.

Cierto es que buena parte de los partidarios contemporáneos del regicidio, sorprendentemente numerosos, no encajaría adecuadamente en ninguno de los matices de la Revolución Francesa, pues representan un etapa aun más avanzada del proceso revolucionario, diversa de las anteriores, pero no por eso desvinculada de los matices que se manifestaron doscientos años antes. Entre ellos se encuentran, por ejemplo, los ecologistas intransigentes, a los cuales les parece injusto que se mate un pájaro o un pez, pero no les causa indignación —al contrario, lo aprueban taxativamente— que hayan sido condenados a muerte Luis XVI y su encantadora esposa, María Antonieta.

Sobre esta última —austríaca de nacimiento, pero tan impregnada del espíritu y cultura francesa que incontables franceses y no franceses han admirado en ella, hasta los días de hoy, una personificación en grado insuperable de las cualidades que caracterizan a Francia— escribió con penetración el conocido historiador inglés Edmund Burke:

“Hace ya dieciséis o diecisiete años que vi en Versalles a la Reina de Francia, entonces Delfina; seguramente nunca posó en este orbe —el cual casi no parecía tocar— una visión más deleitable. La vi poco encima del horizonte, adornando y alegrando la elevada esfera dentro de la cual comenzaba a moverse, centelleante como el lucero del alba, llena de vida, esplendor y alegría.

“¡Oh, qué revolución! ¡Y qué corazón debería tener para contemplar sin emoción semejante elevación y caída! Mal podía soñar —cuando ella añadía motivos de veneración a mi entusiasmado, distante y respetuoso amor— que se vería obligada a mostrar el agudo antídoto contra la calamidad que llevaba escondida en su seno; mal podía imaginarme que habría de vivir para ver caer semejantes desgracias sobre ella en una nación de hombres galantes, en una nación de hombres de honor y de caballeros. Yo pensaba que cien espadas habrían de saltar de sus vainas para vengar aunque fuera una mirada que amenazara insultarle.

“Pero la época de la caballería ha pasado ya. Le ha sucedido la de los sofistas, economistas y calculistas; y la gloria de Europa se ha extinguido para siempre. Nunca, nunca más, veremos aquella generosa lealtad al rango y al sexo débil, aquella ufana sumisión, aquella obediencia dignificada, aquella subordinación del corazón, que mantenía vivo, incluso dentro de la propia servidumbre, el espíritu de una exaltada libertad. ¡La inapreciable gracia de la vida, la pronta defensa de las naciones, el cultivo de sentimientos varoniles y de empresas heroicas han desaparecido! Han desaparecido aquella sensibilidad de los principios, aquella castidad del honor que sentía una deshonra como si fuera una herida, que inspiraba coraje al mismo tiempo que mitigaba la ferocidad, que ennoblecía todo lo que tocaba, y bajo la cual el propio vicio, al perder todo su aspecto grosero, perdía la mitad de su maldad.’’ [28]

Señalar y describir los nexos que, por encima de los siglos, vinculan a la Gironda, a la Montaña, o incluso uiral babeufismo, con ciertas modalidades de ecología constituiría una tarea demasiado amplia y sutil como para caber en la presente obra. Mencionemos, únicamente de paso, que más de uno de nuestros contemporáneos ha señalado en esa posición extremista del ecologismo y de otras corrientes afines una metamorfosis del comunismo aparentemente “eutanasiado” en la difunta URSS y países satélites.

Lea en el próximo boletín la continuación de este fascinante tema a partir de:

  1. León XIII interviene

 

NOTAS: [21] Sobre el sentido de la palabra Revolución, véase Capítulo V, 3 b (nota).

(Para facilitarle al lector el aprovechamiento del texto,  transcribimos a continuación la nota): El término “Revolución” es usado en este libro con sentido igual al que se le atribuye en el ensayo del mismo autor, Revolución y Contra-Revolución –ver texto completo en el blog: Una obra clave: Revolución y Contra-Revolución

http://rcr-una-obra-clave.blogspot.com/

Designa un proceso iniciado en el siglo XV que tiende a destruir toda la Civilización Cristiana e implantar un estado de cosas diametralmente opuesto. Constituyen etapas del mismo la Pseudo-Reforma, la Revolución Francesa, el Comunismo en sus múltiples variantes y en su sutil metamorfosis de los días presentes.

[22] Una descripción sintética y expresiva de esa flexibilidad táctica de la Revolución puede encontrarse en las siguientes palabras de Mao Tse-Tung: “Si el enemigo ataca, retrocedo. Si el enemigo retrocede, lo persigo. Si el enemigo para, lo atormento. Si el enemigo se reagrupa, me disperso” (apud Pierre Darcourt, Mao le maquisard, in “Miroir de l’Histoire”, nº 267, marzo de 1972, p. 98).

[23] Les Eleuthéromanes, apud Hippolyte Taine, Les Origines de la France contemporaine, Robert Laffont, 1986, p. 165.

[24] Sobre el carácter satánico de la Revolución Francesa afirma el Cardenal Billot: “El carácter esencialmente antirreligioso, la impiedad del principio del liberalismo quedará patente a los ojos de cualquiera que reflexione sobre el hecho de que dicho liberalismo fue propiamente el principio de la Gran Revolución, de la cual se dice con razón que presenta tan expresamente, tan visiblemente un carácter satánico que la distingue desde ya de todo aquello que se vio en tiempos pasados.

“‘La Revolución Francesa en nada se asemeja a aquello que se vio en los tiempos pasados. Ella es satánica en su esencia (De Maistre, Du Pape, Discours peliminaire).’

‘“Hay en la Revolución Francesa un carácter satánico que la distingue de todo lo que se ha visto, y tal vez de todo lo que se verá (ídem, Considérations sur la France, c. 5)’” Card. Luis Billot, Les principes de 89 et leurs conséquences, Téqui, París, p. 30).

[25] Pii VI Pont. Max. Acta, Typis S. Congreg. de Propaganda Fide, Romae, 1871, vol. II, pp. 17, 25-26, 29-30, 33.

[26] La Revolución es un bloque. Apud François Furet, Mona Ozouf, Dictionnaire critique de la Révolution Francaise, Flammarion, París, 1988, p. 980.

[27] El día 12 de diciembre de 1988 la televisión francesa reconstituyó el proceso de Luis XVI, dando a los telespectadores la oportunidad de pronunciar su sentencia. Más de 100.000 personas se manifestaron: un 55,5% votaron a favor de la absolución, un 17,5% a favor del exilio y un 27% a favor de la condena de muerte.

Poco tiempo después, el 3 de enero del año siguiente, otro programa de televisión repitió el proceso de María Antonieta en presencia de los más competentes historiadores y especialistas. Esta vez no se pidió a los telespectadores que se pronunciaran a favor o en contra de la condenación a muerte, sino simplemente a favor o en contra de la culpabilidad de la Reina. Un 75% de los espectadores la consideraron inocente y el 25% restante, culpable.

[28] Reflections on the Revolution in France in Two Classics of the French Revolution, Anchor Books — Doubleday, New York, 1989, p. 89.

 

 

 

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En el Centenario de las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima

“Por el renacer del Espíritu de Gesta…”

XIII JORNADA DE CULTURA HISPANOAMERICANA POR LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA Y LA FAMILIA 

Salta – 13 y 14 de octubre de 2017 

Museo de la Ciudad “Casa de Hernández.” Peatonal La Florida esq Alvarado.

BOSQUEJO DE DISERTACIONES

Panel 1: “PEREGRINANDO EN FATIMA EN EL CENTENARIO DE LAS APARICIONES.”

Panel 2: “LA GESTA CORDILLERANA DE SAN MARTIN – EN EL DUOCENTECIMO  ANIVERSARIO DE SU CONCRECION – EL ROL HEROICO DEL CORONEL NICOLAS DAVILA (LA RIOJA) – EL APORTE SALTEÑO.”

PONENCIAS: 

Prof. Elena B. Brizuela y Doria (La Rioja) “REVOLUCION Y CONTRA – REVOLUCION Y EL REINO DE MARIA QUE VENDRA.”

“EL ORIGEN DE AMPASCACHI – EN HOMENAJE A ERCILIA NAVAMUEL.”

Franco N. Flores de la Fuente (La Rioja) Vicepresidente de la Cofradía de La Merced “FRAY ANTONIO TORINO, EL PROTOMARTIR MERCEDARIO ARGENTINO.” 

Prof. Margarita Isabel González (Salta) “EL GAUCHO.”

Dra. Claudia Martínez (Salta) “SANANDO LA INFANCIA, RENACIENDO A LA VIDA Y LA ESPERANZA.” 

Av. Civ. Ezequiel Mesquita (Encarnación – Paraguay) “ENCANTO Y GRACIA DE LAS CAPILLAS DEL PARAGUAY.”

Prof. Luis Mesquita Errea (La Rioja) “UNA SOCIEDAD NO PUEDE LLAMARSE PERFECTA SIN ARISTOCRACIA, ENSEÑA UN CARDENAL ESPAÑOL.” 

Dr. Félix Montilla Zavalía (San Miguel de Tucumán) “EL LEGADO JESUITA EN TUCUMAN. INDUSTRIA AZUCARERA, VIAS DE COMUNICACION, EL QUESO DEL VALLE DE TAFI Y LA RELIGIOSIDAD.”

D.U.G.H. Inv. Rodolfo Leandro Plaza Navamuel (Salta) “PRESENTACION DEL BOLETIN DEL INSTITUTO GÜEMESIANO.” 

Lic. Zulma Prieto (Salta) “TRAS LAS HUELLAS DEL JAPON CATOLICO.”

Prof. Inv. Julio C. Olivera Gallardo (La Rioja) “LA DEVOCION A SAN NICOLAS  DE BARI COMO FACTOR PREPONDERANTE DE LA CREACION DE LA DIOCESIS.”

– Consagrada al Señor y a la Virgen del Milagro – 

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“Nuestra Señora de La Merced.”

27.09.2017

NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED Entre las florecientes religiosísimas familias, que bajo el timbre y nombre de la serenísima Reina de los Ángeles María Santísima, Madre de Dios, militan con soberano acuerdo la santidad del papa Paulo V en la bula: Inter omnes vitæ regularis ordines, llamó á la Reina de los Ángeles María Santísima […]

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La nación, el Estado y el bien común de un pueblo

27.09.2017

La nación, el Estado y el bien común de un pueblo – Return to Order – Regreso al Orden   Ingólfr Arnarson, primer poblador de Islandia – Cuadro de Johann Peter Raadsig La sociedad comienza por grupos informales de individuos, familias y asociaciones informales dedicadas principalmente a perseguir su propio bien individual. Cuando esta constelación de […]

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Clarinadas – Presentación de “Plinio Correa de Oliveira – Apóstol de Fátima

15.07.2017

PRESENTACION DE “PLINIO CORREA de OLIVEIRA – APOSTOL DE FATIMA – PROFETA DEL REINO DE MARIA”, de ROBERTO de MATTEI Video de presentación de la obra “Plinio Corrêa de Oliveira – Apóstolo di Fátima – Profeta del Regno di Maria”, del Prof. Roberto de Mattei https://www.youtube.com/watch?v=MXiNGg6kxjQ ººººººººººººººººººººººººººººº 45 AÑOS DE LA MISTERIOSA LACRIMACION DE LA […]

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