Plinio Corrêa de Oliveira                                                 


¡EXSURGE DOMINE!

¿QUARE OBDORMIS?

“Catolicismo” Nº 56 – Agosto de 1955


“Acordaos de dar a vuestra Madre una nueva Compañía, para renovar por ella todas las cosas y para acabar por María los años de la Gracia, como los habéis comenzado por Ella”.


La situación de la Iglesia, como la veía con lucidez providencial San Luis María Grignion de Montfort, se caracterizaba por dos rasgos esenciales, que nos los describe en su Oración pidiendo Misioneros, con palabras de fuego [1].
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Por un lado, es el enemigo que avanza peligrosamente, es la embestida victoriosa de la impiedad y la inmoralidad:
“Vuestra divina Ley es quebrantada; vuestro Evangelio, abandonado; torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran a vuestros mismos siervos; toda la tierra está desolada: desolatione desolata est omnis terra; la impiedad está sobre el trono; vuestro santuario es profanado y la abominación se halla hasta en el lugar santo”.
Los siervos del mal son activos, audaces, exitosos en su empresa:
“Ved, Señor, Dios de los ejércitos, los capitanes que forman compañías completas; los potentados que levantan ejércitos numerosos; los navegantes que arman flotas enteras; los mercaderes que se reúnen en gran número en los mercados y en las ferias. ¡Qué de ladrones, de impíos, de borrachos y de libertinos se unen en tropel contra Vos todos los días, y tan fácil y prontamente! Un silbido, un toque de tambor, una espada embotada que se muestre, una rama seca de laurel que se prometa, un pedazo de tierra roja o blanca que se ofrezca; en tres palabras, un humo de honra, un interés de nada, un miserable placer de bestias que esté a la vista, reúne al momento ladrones, agrupa soldados, junta batallones, congrega mercaderes, llena las casas y los mercados y cubre la tierra y el mar de muchedumbre innumerable de réprobos, que, aun divididos los unos de los otros por la distancia de los lugares o por la diferencia de los humores o de su propio interés, se unen no obstante todos juntos hasta la muerte, para haceros la guerra bajo el estandarte y la dirección del demonio”.
¡Los capitanes, los potentados, los navegantes, los mercaderes, es decir, los hombres clave de su siglo, movidos todos por la impiedad, la codicia, la sed de honores, depravados por graves vicios, constituyen con las masas que los siguen —salvo, claro está, las excepciones— una multitud de borrachos, bandidos y réprobos que por la inmensidad de las tierras y de los mares se unen para luchar contra la Iglesia!

¡Esto es lo que puede llamarse claridad de conceptos y de lenguaje, coraje de alma, coherencia inmaculada en la clasificación de los hechos! ¡Como este Santo le parecerá desalmado, imprudente, apresurado en sus juicios, al hombre moderno, que teme la lógica, choca con las verdades radicales y fuertes, y sólo admite un lenguaje endulzado y hecho de medias tintas!
                                                            * * *
Por otro lado, es decir, entre los que todavía son hijos de la luz, S. Luis María ve campear la inercia. Y este hecho le aflige:
“Y por vos, Dios soberano, aunque en serviros hay tanta gloria, tanta dulzura y provecho, ¿casi nadie tomará vuestro partido? ¿Casi ningún soldado se alistará bajo vuestras banderas? ¿Ningún San Miguel gritará de en medio de sus hermanos por el celo de vuestra gloria: Quis ut Deus?”


S. Luis María quiere tantos o más paladines del lado de Dios como los que hay del lado del demonio. Los quiere fieles, puros, fuertes, intrépidos, luchadores, temibles, como el Príncipe de la Milicia celestial. No se limita a decir que deben ser como San Miguel. Quiere que sean como versiones humanas del Arcángel: “¿Ningún San Miguel gritará de en medio de sus hermanos…?”
Cuánto se aleja esta aspiración de ver al mundo lleno de apóstoles blandiendo espadas de fuego de la miopía, la frialdad, el suave e incongruente sentimentalismo de tantos católicos de hoy, para quienes hacer apostolado es cerrar los ojos ante las faltas del adversario, abrir ante él las barreras, darle las armas de guerra, aceptar su yugo y, una vez consumada la capitulación, afirmar que hay motivos para estar contento, pues las cosas podrían haber ido aún peor.
Mientras estos apóstoles de fuego no vengan, corre el riesgo de sufrir serios reveses la Santa Iglesia. No lo veían tantos tibios e indolentes. Pero lo vio San Luis María, que a todos convoca a la lucha:
“¡Ah! Permitidme ir gritando por todas partes: ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Socorro, socorro, socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡Fuego en las almas! ¡Fuego en el santuario! ¡Socorro, que se asesina a nuestros hermanos! ¡Socorro, que se degüella a nuestros hijos! ¡Socorro, que se apuñala a nuestro padre!”
Es la devastación en la Iglesia y en las almas, el fuego que consume las instituciones, las leyes, las costumbres católicas, y la impiedad que degüella a las almas y apuñala al Supremo Pontífice.
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Legiones enteras de almas fuera y dentro del santuario (S. Luis María lo hace ver claramente) cruzaron sus brazos, cuidando su pequeño microcosmos, sin preocuparse por la Iglesia y sus grandes problemas. Estaban inmersos en su pequeña existencia diaria, en sus pequeñas comodidades, en sus pequeñas economías, en sus pequeñas vanidades, al par de sus pequeñas devociones, sus pequeñas caridades, sus pequeños apostolados, en cuyo centro estaba a menudo sólo su pequeña persona.
S. Luis María, por el contrario, era un alma inmensa. Puesto en una situación oscura, se dedicó de todo corazón a salvar al prójimo en los pequeños ambientes en que vivía. Pero su celo no tenía límites ni fronteras, y cubría toda la Iglesia. Vivía, palpitaba, se regocijaba o sufría, en función de la causa católica entera, en el sentido más amplio de la palabra.
Y por esa razón dirigía una admirable súplica a Dios: si debiera presenciar un triunfo incesante  de la iniquidad, sin que apareciera una reacción, sería mejor para él que Dios se lo llevara:

“¿No es mejor para mí morir que veros, Dios mío, todos los días tan cruel e impunemente ofendido, que hallarme todos los días cada vez más en peligro de ser arrastrado por los torrentes de iniquidad que van creciendo? Mil muertes me serían más tolerables. Enviad socorros desde el cielo o lleváos mi alma. Si no tuviera la esperanza de que oiréis,   tarde o temprano, a este pobre pecador, en el interés de vuestra gloria […] pediría absolutamente con un profeta: Tolle animam meam”.

EL REINO DE MARÍA
Le parece imposible que Dios no interrumpa la marcha de la iniquidad:
“¿Lo dejaréis abandonado así todo, Señor justo, Dios de las venganzas? ¿Vendrá todo, al fin, a ser como Sodoma y Gomorra? ¿Callaréis siempre? ¿Aguantaréis siempre? ¿No es menester que vuestra voluntad se haga en la tierra como en el cielo y que venga vuestro Reino?
No, la intervención de Dios no faltará. Ya lo anunciara a almas elegidas, a las cuales permitió contemplar la visión de una futura era que sería el Reino de María:
“¿No habéis mostrado de antemano a algunos de vuestros amigos una renovación futura de vuestra Iglesia? ¿No han de convertirse a la verdad los judíos? ¿No es esto lo que espera vuestra Iglesia? ¿No os piden a gritos todos los santos del cielo justicia: Vindica? ¿No os dicen todos los justos de la tierra: Amen, veni, Domine? Las criaturas todas, aun las más insensibles, gimen bajo el peso de los pecados innumerables de Babilonia y piden vuestra venida para restaurar todas las cosas. Omnis creatura ingemiscit”.


Y, en el anhelo de esta “restauración de todas las cosas”, San Luis implora a Dios que llegue el día en que “no haya sino un rebaño y un Pastor, y que todos Os rindan gloria en vuestro templo”.
Ahí están esbozados los elementos del futuro Reino de María. Resultará de la conversión de todos los infieles, de la entrada de todos los pueblos en el redil de la Iglesia, y de la “restauración de todas las cosas”, es decir, de la restauración en Cristo de toda la vida intelectual, artística, política, social y económica que el Poder de las Tinieblas ha subvertido. Es la reconstrucción de la civilización cristiana.
Como podemos ver, se trata de acontecimientos futuros. Caminamos hacia ellos. Cumple apresurar por nuestras oraciones, nuestras penitencias, nuestras buenas obras, nuestro apostolado, este día mil veces feliz, en el que habrá un solo rebaño y un solo Pastor.
UNA NUEVA ERA HISTÓRICA
Ya hemos visto (“CATOLICISMO”, Nº 53, mayo de 1955: “Doctor, Profeta y Apóstol en la Crisis Contemporánea”) que nuestros días son parte del largo processus histórico iniciado entre 1450 y 1550 con el Humanismo, el Renacimiento y el Protestantismo, acentuado a fondo con el Enciclopedismo y la Revolución Francesa, y por fin triunfante en los siglos XIX y XX con la transformación de los pueblos cristianos en masas mecanizadas, amorfas, ampliamente trabajadas por los fermentos de la inmoralidad, del igualitarismo, de la indiferencia religiosa o del escepticismo total. Del liberalismo ya han pasado al socialismo, y de él están en proceso de descender al comunismo.
Esta marcha ascendente de falsos ideales laicos (de fondo panteísta, debe decirse) e igualitarios, es el gran acontecimiento que domina nuestra era histórica. El día en que tal marcha comenzara a retroceder, de un retroceso no pequeño y ocasional, sino continuo y poderoso, otra fase de la Historia habría comenzado.
En otros términos, la descristianización es el signo bajo el cual se colocan todos los hechos dominantes ocurridos en Occidente, desde el siglo XV hasta nuestros días. Es lo que une entre si estos quinientos años, y de ellos hace un bloque en el gran conjunto que es la Historia. Cesada la descristianización por un movimiento inverso, habremos pasado de un conjunto de siglos a otro.
Fue precisamente un hecho de esta amplitud, un corte en el processus descristianizante y un impulso de la Religión sin precedentes lo que S. Luis Maria suplicó, esperó y -de esto estamos seguros- obtuvo:
“El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio, y terminó por un diluvio de agua; el reino de Jesucristo terminó por un diluvio de sangre; pero Vuestro reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente y se terminará por un diluvio de fuego, de amor y de justicia”.
Y el Santo pide ese diluvio:
“¿Cuándo vendrá este diluvio de fuego, de puro amor, que Vos debéis encender sobre toda la tierra de manera tan dulce y vehemente, que todas las naciones, los turcos, los idólatras, los mismos judíos se abrasarán en él y se convertirán? Non est qui se abscondat a calore eius. ¡Accendatur! Que este divino fuego que Jesucristo vino a traer a la tierra se encienda, antes que Vos encendáis el de vuestra cólera, que reducirá toda la tierra a cenizas.”
INSTRUMENTO PROVIDENCIAL
El medio para lograr este triunfo será una congregación totalmente consagrada, unida y vivificada por María Santísima.
Qué sería propiamente esta congregación , en la mente del Santo, no es posible afirmarlo con  certeza absoluta. En cierto sentido, parece ser una familia religiosa. Pero también hay aspectos por donde se podría pensar en forma diferente. De cualquier modo, esta congregación será el instrumento humano para implantar el Reinado de María. Y, como tal, las intenciones de la Providencia descansan amorosamente sobre ella desde toda la eternidad:

“Acordaos, Señor, de vuestra Congregación; que hicisteis vuestra desde toda la eternidad, pensando en ella en vuestra mente ab initio; que hicisteis vuestra en vuestras manos, cuando sacasteis el mundo de la nada, ab initio.”
En el momento entre todos trágico y feliz en que se consumó nuestra Redención, Dios “[la] hicisteis vuestra en vuestro corazón”, y tu Divino Hijo “muriendo en la cruz, la regaba con su sangre y la consagraba por su muerte, confiándola a su Santa Madre”.
Esta misteriosa congregación, que será “una asamblea, una selección, un apartado de predestinados, que Vos debéis hacer en el mundo y del mundo: Ego elegi vos de mundo [Yo os he elegido del mundo]… Es un rebaño de corderos pacíficos que Vos debéis reunir en medio de tantos lobos; una compañía de castas palomas y de águilas reales en medio de tantos cuervos; un enjambre de abejas en medio de tantas avispas; una manada de ciervos ágiles entre tantas tortugas; un escuadrón de leones valerosos en medio de tantas liebres tímidas”; esta congregación sólo puede ser constituida por una acción fecunda de la gracia en las almas de los que deben componerla. Pero para Dios nada es imposible: “¡Oh Dios soberano, que de las piedras toscas podéis hacer otros tantos hijos de Abraham!; decid como Dios una sola palabra, para enviar buenos obreros a vuestra mies y buenos misioneros a vuestra Iglesia”.
Durante siglos, los justos han estado pidiéndole a Dios la fundación de esta congregación:
“Acordaos de las plegarias que vuestros siervos y vuestras siervas os han hecho sobre este asunto desde hace tantos siglos: que sus votos, sus gemidos, sus lágrimas, la sangre por ellas derramada lleguen a vuestra presencia para solicitar poderosamente vuestra misericordia”. Como esta Congregación será de María, es para Ella que un tan rico don  de la Providencia está destinado: “Acordaos de dar a vuestra Madre una nueva Compañía, para renovar por ella todas las cosas y para acabar por María los años de Gracia, como los habéis comenzado por Ella”.

TROPA DE CHOQUE DE LA IGLESIA MILITANTE
Como se sabe, Compañía significaba en la época de S. Luis María regimiento o batallón. Fue en este espíritu que San Ignacio llamó Compañía de Jesús a su insigne Instituto. San Luis María concibió su Compañía como esencialmente militante. Será como una extensión de Nuestra Señora, en permanente y gigantesca lucha con el diablo y sus secuaces:
“Verdad es, Dios soberano, que el demonio pondrá, como Vos lo habéis predicho, grandes asechanzas al calcañar de esta mujer misteriosa, es decir, a esta pequeña Compañía de sus hijos, que vendrán hacia el fin del mundo, y que habrá grandes enemistades entre esta bienaventurada descendencia de María y la raza maldita de Satanás; pero es una enemistad totalmente divina, la única de que Vos sois el Autor: inimicitias ponam [Pondré enemistades]”.
“Pero estos combates y estas persecuciones, que los hijos de la raza de Belial desencadenarán contra la raza de vuestra Santa Madre, sólo servirán para hacer brillar más el poder de vuestra gracia, la valentía de su virtud y la autoridad de vuestra Madre, puesto que Vos, desde el principio del mundo, le habéis dado el encargo de aplastar a este orgulloso, por la humildad de su Corazón y de su planta: ipsa conteret caput tuum [Ella te aplastará la cabeza]”.
Este tópico es uno de los más importantes, ya que muestra la modernidad de la Compañía, de su apostolado militante, de su espíritu profundamente —casi diríamos sumamente— marial.
De hecho, S. Luis María ve esta “Compañía de sus hijos [de María], que vendrán hacia el fin del mundo”. Y si, en el lenguaje de los adoradores de la modernidad, cada siglo es más moderno que los que lo precedieron, no habrá siglos más modernos —al menos en el sentido cronológico de la palabra— que los “que vendrán hacia el fin del mundo”.
¿Qué significa este “hacia el fin”? En el lenguaje profético, la precisión del término es discutible. Se trata quizás de la última fase de la humanidad, es decir, el Reino de María. ¿Cuánto tiempo durará esta fase? Es otro problema, para cuya solución no encontramos elementos en la Oración del Santo. Pero, en cualquier caso, estableciendo la absoluta “modernidad” de ese apostolado, veamos algunas de las características que tendrá. Aquellos que piensan que estas características son anacrónicas verán cuánto se equivocan.
LA DEVOCIÓN A NUESTRA SEÑORA
Esos apóstoles de los últimos tiempos serán “verdaderos hijos de María, vuestra Santa Madre, engendrados y concebidos por su caridad, llevados en su seno, pegados a sus pechos, alimentados con su leche, educados por sus cuidados, sostenidos por su brazo y enriquecidos de sus gracias”. Y más adelante dice: “Por su abandono en manos de la Providencia y su devoción a María tendrán las alas plateadas de la paloma: inter medios cleros pennae columbae deargentatae, es decir, la pureza de la doctrina y de las costumbres. Y su espalda dorada: et posteriora dorsi eius in pallore auri: es decir, una perfecta caridad con el prójimo para soportar sus defectos y un gran amor para con Jesucristo para llevar su cruz”.
COMBATIVIDAD
Pero esta devoción y caridad marial se realizarán en una extrema pugnacidad, como resultado de la propia devoción marial. En efecto, serán “verdaderos siervos de la Virgen Santísima, que, como otros tantos Domingos, vayan por todas partes con la antorcha brillante y ardiente del santo Evangelio en la boca y el santo Rosario en la mano, a ladrar como perros, abrasar como  fuegos y alumbrar las tinieblas del mundo como soles”. Su victoria consistirá en que, “por medio de una verdadera devoción a María […] aplasten, por dondequiera que fueren, la cabeza de la antigua serpiente para que la maldición que Vos le echasteis se cumpla enteramente: Inimicitias ponam inter te et mulierem, et semen tuum et semen illius; ipsa conteret caput tuum”.
Y por eso San Luis María multiplica a lo largo de su Oración las metáforas y adjetivos que aluden a la combatividad de los miembros de su congregación: “águilas reales”, “batallón de leones intrépidos”, tendrán “la valentía del león por su santa cólera y su celo ardiente y prudente contra los demonios, hijos de Babilonia”.
Y es esa falange de leones la que le pide a Dios en el tema final de su oración:
“Señor, levantaos; ¿por qué parecéis dormir? Levantaos en vuestra omnipotencia, vuestra misericordia y vuestra justicia, para formaros una Compañía escogida de guardias de corps, que guarden vuestra casa, defiendan vuestra gloria y salven vuestras almas, a fin de que no haya sino un rebaño y un pastor y que todos os rindan gloria en vuestro templo: Et in templo eius omnes dicent gloriam. Amen” [En su templo un grito unánime: ¡Gloria! Amén].

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NOTAS
[1] Los primeros artículos de esta serie fueron publicados en los nos 53 (mayo) y 55 (julio) de 1955, de “Catolicismo”.
[2] Los textos de la “Oración Abrasada” fueron tomados de “Obras de San Luis María Grignion de Montfort”, edición preparada bajo la dirección de los padres Nazario Perez, S.I. y Camilo Maria Abad, S.I. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid, 1954. págs. 596 y sgts. Textos en negrita y alguna traducción del latín son del sitio http://www.pliniocorreadeoliveira.info.

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La política de distensión del Vaticano con los gobiernos comunistas – Para la TFP: ¿cesar la lucha o resistir?
 

 

 I – Los hechos

Al regresar de Cuba, vía Méjico, Monseñor Agostino Casaroli, Secretario del Consejo para Asuntos Públicos del Vaticano, enunció los resultados de su viaje en una entrevista concedida en esa ciudad. Afirmó Su Excelencia que “los católicos que viven en Cuba son felices dentro del régimen socialista”. No es preciso decir de qué especie de régimen socialista se trata, pues es conocido que el régimen vigente en Cuba es el comunista.

Siempre hablando del régimen de Fidel Castro, Su Excelencia continúa: “Los católicos, y de un modo general el pueblo cubano, no tienen el menor problema con el gobierno socialista”.

Deseando tal vez dar a estas declaraciones estremecedoras cierto aire de imparcialidad, Monseñor Casaroli lamentó al mismo tiempo que el número de sacerdotes fuese insuficiente en Cuba: sólo doscientos. Agregó haber pedido a Castro mayores posibilidades de practicar cultos públicos. Y terminó afirmando muy inesperadamente que “los católicos de la isla son respetados en sus creencias como cualesquiera otros ciudadanos”.

Para no considerar si no lo que desde un primer momento se nota en estas declaraciones, causa perplejidad que Monseñor Casaroli reconozca que los católicos cubanos sufren restricciones en su culto público y al mismo tiempo afirme que ellos son “respetados en sus creencias”. Como si el derecho al culto público no fuese una de las más sagradas de sus libertades.

Si los súbditos no católicos del régimen cubano son tan respetados cuanto los católicos, es el caso de decir que en Cuba nadie es respetado…

¿En qué consiste, entonces, esa “felicidad” que, según Monseñor Casaroli, disfrutan los católicos cubanos? Parece que es la dura felicidad que el régimen comunista dispensa a todos sus súbditos: la de agachar la cabeza. Pues Monseñor Casaroli afirma que “la Iglesia Católica cubana y su guía espiritual procuran siempre no crear ningún problema al régimen socialista que gobierna en la isla”.

Profundizando más, las observaciones que el alto dignatario del Vaticano recogió de su viaje conducen a conclusiones aún de mayor alcance.

En una época en que Su Santidad Paulo VI ha realzado más que nunca la importancia de la normalidad de las condiciones materiales de existencia, como factor propicio para la práctica de la virtud, no es concebible que Monseñor Casaroli considere “felices dentro del régimen socialista” de Fidel Castro a los católicos cubanos si éstos están sumergidos en la miseria. De donde debemos deducir que, según Monseñor Casaroli, ellos gozan de condiciones económicas por lo menos soportables.

Ahora bien, todos saben que eso no es verdad. Y, más aún, los católicos que toman en serio las Encíclicas de León XIII, Pío XI y Pío XII, saben que eso no puede ser así, pues estos Papas enseñaron que el régimen comunista es lo opuesto al orden natural de las cosas, y la subversión del orden natural —tanto en la economía como en cualquier otro campo— sólo puede producir frutos catastróficos.

Por esta razón, los católicos de cualquier parte del mundo, ingenuos o mal informados sobre la verdadera doctrina social de la Iglesia, si leyesen los resultados de las averiguaciones que Monseñor Casaroli hizo en Cuba, serían inducidos a una conclusión diametralmente opuesta a la realidad. Es decir, que nada tienen que temer de la implantación del comunismo en sus respectivos países, pues en esta hipótesis serán perfectamente “felices”, tanto en lo que respecta a sus intereses religiosos cuanto a su situación material.

Duele decirlo, pero la verdad obvia es ésta: el viaje de Monseñor Casaroli a Cuba redundó en una propaganda de la Cuba Fidelcastrista.

Este hecho, terrible en si mismo, es un lance en la política de distensión que el Vaticano viene ejecutando, desde hace mucho tiempo, con relación a los regímenes comunistas. Varios de estos lances son muy conocidos por el público.

Uno de ellos fue el viaje realizado a Rusia en 1971 por Su Eminencia el Cardenal Willebrands, Presidente del Secretariado para la Unión de los Cristianos. El objetivo oficial de la visita era asistir a la instalación del Obispo Pimen en el Patriarcado “ortodoxo” de Moscú. Pimen es el hombre de confianza, para asuntos religiosos, de los ateos del Kremlin. La visita era por sí misma altamente prestigiosa para el prelado heterodoxo, a justo título considerado la “bête noire” de todos los “ortodoxos” no comunistas en el mundo entero. Durante su discurso en el Sínodo que lo eligió, Pimen afirmó la nulidad del acto por el cual, en 1595, los ucranianos abandonaron el cisma y volvieron a la Iglesia Católica. Esto significaba proclamar que los ucranianos no deben estar bajo la jurisdicción del Papa, sino bajo la de Pimen y sus congéneres. En lugar de tomar una actitud frente a esta estridente agresión a los derechos de la Iglesia Católica, y la conciencia de los católicos ucranianos, el Cardenal Willebrands y la delegación que lo acompañaba se mantuvieron mudos. Quien calla, otorga, enseña el Derecho Romano. Distensión…

Como es natural, esta capitulación traumatizó profundamente a aquellos católicos que siguen con atención continua la política de la Santa Sede. El trauma fue aún mayor entre los millones de católicos ucranianos diseminados por Canadá, por los Estados Unidos y otros países. Y tuvo relación con las disensiones dramáticas entre la Santa Sede y Su Eminencia el Cardenal Slipyj, valeroso arzobispo mayor de los ucranianos, durante el Sínodo de Obispos realizado en Roma en 1971.

La conducta de Su Eminencia el Cardenal Silva Henríquez, Arzobispo de Santiago, vista en su conjunto, constituye otro lance de la distensión con los gobiernos comunistas promovida por la diplomacia vaticana. Como es notorio —y la Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad (TFP) lo demostró en un lúcido manifiesto reproducido en varios órganos de la prensa nacional e internacional—, el Purpurado chileno empeñó toda la influencia y autoridad inherentes a su cargo para que Allende ascendiera al poder, para festejar su toma de posesión y para ayudarle a mantenerse en la primera magistratura hasta el momento trágico en que el líder ateo se suicidó. Con una flexibilidad que muy poco habla a su favor, el Eminentísimo Cardenal Silva Henríquez procuró acomodarse, por medio de algunas declaraciones públicas, al orden de cosas que sucedió al régimen de Allende. Sin embargo, no por eso cesaron las manifestaciones de su constante simpatía hacia los marxistas chilenos. Así, Su Eminencia celebró una misa de “requiem” en la capilla de su palacio cardenalicio por el alma de otro comunista, el “camarada” Tolla, ex ministro de Allende, él también un infeliz suicida. Al acto asistieron familiares y amigos del muerto.

No consta que el Purpurado haya sufrido la menor censura por todas estas actitudes, tan aptas para acercar los católicos al comunismo. Si hubo quien imaginase que él perdería su Arquidiócesis, hubiera esperado en vano hasta hoy. El Cardenal Silva Henríquez continúa tranquilamente investido de la misión de conducir hacia Jesucristo las almas de su populosa e importante Arquidiócesis.

Mientras éste la conserva, por imposición de la política de distensión, otro Arzobispo, por el contrario, perdió la suya. Se trata de una de las figuras más admirables de la Iglesia en el siglo XX, cuyo nombre es pronunciado con veneración y entusiasmo por todos los católicos fieles a las tradicionales enseñanzas económico-sociales emanadas de la Santa Sede. Más aún, el nombre de este prelado es acatado con sumo respeto por personas de las más distintas religiones. El es un florón de la gloria de la Iglesia, inclusive ante los ojos de los que no creen en ella. Este florón fue quebrado hace poco. El Eminentísimo Cardenal Mindszenty fue destituido de la Arquidiócesis de Esztergom para facilitar la aproximación con el gobierno comunista húngaro.

Como se ve, la visita de Monseñor Casaroli a Cuba —inclusive haciendo abstracción de sus posteriores declaraciones más arriba mencionadas— constituyen un eslabón de una cadena de hechos que se vienen produciendo desde hace varios años. ¿Dónde terminará esta cadena? ¿Para qué sorpresas dolorosas, para qué nuevos traumas morales deben aún prepararse los que siguen aceptando, con todas sus consecuencias, la inmutable doctrina social y económica enseñada por León XIII, Pío XI y Pío XII? Estamos seguros de que incontables católicos, al releer estas noticias, al enterarse de las perplejidades de las angustias y de los traumas expresados en estas líneas, sentirán retratado su propio drama interior: el más íntimo y el más doloroso de los dramas, porque por encima, muy por encima de las cuestiones apenas sociales y económicas de que se trata, tiene un carácter esencialmente religioso. Se refiere a lo que hay de más fundamental, vivo y tierno en el alma de un católico apostólico romano: su vinculación espiritual con el Vicario de Jesucristo.  

II – Católicos, apostólicos, romanos

La TFP es una entidad cívica y no religiosa. Sus directores, socios y militantes son, sin embargo, católicos, apostólicos y romanos. Y, en consecuencia, católica es la inspiración que los ha movido en todas las campañas emprendidas por la TFP en bien del país.

La posición fundamentalmente anticomunista de la TFP resulta de las convicciones católicas de los que la componen. Es porque son católicos, y en nombre de los principios católicos, que los directores, socios y militantes de la TFP son anticomunistas.

La diplomacia de distensión del Vaticano con los gobiernos comunistas crea, no obstante, para los católicos anticomunistas una situación que los afecta a fondo, mucho menos en cuanto anticomunistas que en cuanto católicos. Pues en cualquier momento se les puede hacer una objeción sumamente embarazosa: ¿la acción anticomunista que efectúan no conduce a un resultado precisamente opuesto al deseado por el Vicario de Jesucristo? ¿Y cómo se puede comprender la figura de un católico coherente, cuya actuación camina en dirección opuesta a la del Pastor de los Pastores? Tal pregunta trae como consecuencia, para todos los católicos anticomunistas, una alternativa: cesar la lucha o explicar su posición.

Cesar la lucha, no podemos. Y es por imperativo de nuestra conciencia de católicos que no podemos. Pues si es deber de todo católico promover el bien y combatir el mal, nuestra conciencia nos impone que difundamos la doctrina tradicional de la Iglesia y combatamos la doctrina comunista.

En el mundo contemporáneo resuenan por todas partes las palabras “libertad de conciencia”. Son pronunciadas en todo Occidente, y hasta en las mazmorras de Rusia… o Cuba. Muchas veces esta expresión, de tan usada, toma incluso significados abusivos. Pero en lo que ella tiene de más legítimo y sagrado, se inscribe el derecho del católico a actuar en la vida religiosa, como en la vida cívica, según los dictámenes de su conciencia.

Nos sentiríamos más encadenados en la Iglesia que Solzhenitzyn en la Rusia soviética, si no pudiésemos actuar en consonancia con los documentos de los grandes Pontífices que ilustraron la Cristiandad con su doctrina.

La Iglesia no es, la Iglesia nunca fue, la Iglesia jamás será tal cárcel para las conciencias. El vínculo de la obediencia al Sucesor de Pedro, que jamás romperemos, que amamos con lo más profundo de nuestra alma, al cual tributamos lo mejor de nuestro amor, ese vínculo lo besamos en el mismo momento en que, triturados por el dolor, afirmamos nuestra posición. Y de rodillas, mirando con veneración la figura de Su Santidad el Papa Paulo VI, le manifestamos toda nuestra fidelidad.

En este acto filial decimos al Pastor de los Pastores: nuestra alma es Vuestra, nuestra vida es Vuestra. Mandadnos lo que querais. Sólo no nos mandéis que crucemos los brazos delante del lobo rojo que embiste. A esto nuestra conciencia se opone.  

III – La solución en el Apóstol San Pablo

Sí, Santo Padre —continuamos—, San Pedro nos enseña que es necesario “obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos, V-29). Sois asistido por el Espíritu Santo y hasta reconfortado —en las condiciones definidas por el Vaticano I— por el privilegio de la infalibilidad. Lo que no impide que en ciertas materias o circunstancias la flaqueza a que están sujetos todos los hombres pueda influenciar y hasta determinar Vuestra actuación. Una de ésas es —tal vez por excelencia— la diplomacia. Y aquí se sitúa Vuestra política de distensión con los gobiernos comunistas.

¿Ahí, qué hacer? Las páginas de la presente declaración serían insuficientes para contener el elenco de todos los Padres de la Iglesia, Doctores, moralistas y canonistas —muchos de ellos elevados a la honra de los altares— que afirman la legitimidad de la resistencia. Una resistencia que no es separación, no es rebelión, no es acritud, no es irreverencia. Por el contrario, es fidelidad, es unión, es amor, es sumisión.

“Resistencia” es la palabra que escogimos a propósito, pues ella es usada por el propio San Pablo para caracterizar su actitud. Habiendo tomado el primer Papa, San Pedro, medidas disciplinarias referentes a la permanencia de prácticas remanentes de la Antigua Sinagoga en el culto católico, San Pablo vio en esto un grave riesgo de confusión doctrinal y de perjuicio para los fieles. Se levantó entonces y “resistió cara a cara” a San Pedro (Gal. II, 11). Este no vio en el lance inspirado y fogoso del Apóstol de los Gentiles un acto de rebeldía, sino de unión y de amor fraterno. Y, sabiendo bien en qué era infalible y en qué no lo era, cedió ante los argumentos de San Pablo. Los Santos son modelos de los católicos. En el sentido en que San Pablo resistió, nuestro estado es de resistencia.

Y en esto encuentra paz nuestra conciencia.  

IV – Resistencia

Resistir significa que aconsejaremos a los católicos para que continúen luchando contra la doctrina comunista con todos los recursos lícitos en defensa de la Patria y de la Civilización Cristiana amenazada.

Resistir significa que jamás emplearemos los recursos indignos de la contestación, y menos aún tomaremos actitudes que en cualquier punto discrepen de la veneración y de la obediencia que se debe al Sumo Pontífice, en los términos del Derecho Canónico.

Resistir, sin embargo, comporta emitir respetuosamente nuestro juicio, en circunstancias como la entrevista de Mons. Casaroli sobre la “felicidad” de los católicos cubanos.

En 1968, el Santo Padre Paulo VI estuvo en la próspera capital colombiana, Bogotá, para el 39.° Congreso Eucarístico Internacional. En un discurso dado un mes después, desde Roma al mundo entero, afirmó que allí había visto la “gran necesidad de aquella justicia social que coloque inmensas categorías de gente pobre (en Iberoamérica) en condiciones de vida más ecuánime, más fácil y más humana” (Discurso del 28-9-68).

Esto, en el Continente en que la Iglesia goza de mayor libertad.

Por el contrario, Monseñor Casaroli no vio en Cuba más que felicidad.

Ante esto, resistir es enunciar, con serena y respetuosa franqueza, que hay una peligrosa contradicción entre esas dos declaraciones, y que la lucha contra la doctrina comunista debe proseguir.

He aquí un ejemplo de lo que es la verdadera resistencia.  

V – Panorama interno de la iglesia universal

Es posible que a algunos lectores, la presente declaración les cause sorpresa. Porque, habiendo evitado al máximo tomar la actitud pública que hoy asume, la TFP no divulgó cuánto desconcierto y disconformidad corroe a los católicos de los más variados países como consecuencia de la distensión del Vaticano con los gobiernos comunistas. Y prolongaría demasiado este ya extenso documento hacerlo aquí. Nos limitamos a resumir, a título de facilitar la más cabal explicación de nuestra actitud, lo que ocurre actualmente entre los católicos germanos. Lo dice el ex diputado federal alemán Hermann M. Goergen, católico de pensamiento y conducta serenos.

En un importante matutino sudamericano (“Correo do Povo”, 23-3-74, Porto Alegre, Brasil) escribió un artículo en el que se refiere a la publicación de dos libros de autores alemanes sobre la política del Vaticano: “Wohin steuert der Vatikan?” (¿Hacia dónde va el Vaticano?), de Reinhard Raffalt, y “Vatikan Intern” (El Vaticano por dentro), publicado bajo el pseudónimo de “Hieronymus”. Ambos encontraron tal eco, que “están en el orden del día de los intelectuales y políticos alemanes”. El señor Goergen considera la obra de “Hieronymus” satírica, hipercrítica y exagerada. Por el contrario, encuentra la de Raffalt, “sobria”, con “tesis bien fundamentadas”, inspiradas “en un profundo amor a la Iglesia”. Y Raffalt proclama: “El Papa Paulo VI es un socialista”.

El señor Goergen agrega que, poco después de la divulgación de la obra de primera calidad de Raffalt, un periódico alemán publicó una caricatura mostrando a Paulo VI paseando en compañía de Gromiko. Al pasar por un cuadro exhibiendo al Cardenal Mindszenty, Gromiko dice a Paulo VI: “Bueno, cada uno tiene su Solzhenitsyn”.

Continúa informando el señor Goergen que un jesuita alemán, Simmel, publicó en el tradicional semanario “Rheinischer Merkur”, “conservador y defensor intransigente de la Fe y de los Papas, una crítica considerada por Roma hasta irreverente”, con el título: “No, Señor Papa!”. Afirma luego el señor Goergen, a propósito de la destitución del Cardenal Mindszenty: “Una verdadera ola de apoyo (al Cardenal) recorrió a los católicos alemanes”. La “Frankfurter Allgemeine Zeitung” habló abiertamente de los “sueños cristiano-marxistas” del Papa Paulo VI. Y la “Paulus Gesellschaft” (Sociedad de Pablo), portavoz del diálogo entre cristianos y marxistas, condenó la “Ostpolitik” del Vaticano, denunciándola como “maquiavélica” por querer “imponer al mundo una paz romano-soviética”. Ante este lenguaje, resalta más fácilmente cuán comedido es el de la TFP.

No podemos concluir nuestro comentario al artículo del señor Hermann Goergen sin destacar una grave afirmación que éste hace: en Polonia, así como en Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia, los contactos y acuerdos con la Santa Sede no impidieron que continuara intensa la persecución religiosa. Esto también lo afirmó, en lo referente a su patria, el Cardenal Mindszenty.

Esto nos conduce a una perplejidad. La perspectiva de una atenuación de la lucha antirreligiosa era el gran argumento (insuficiente a nuestro entender) de los entusiastas de la distensión vaticana. La práctica muestra que tal distensión no alcanza este resultado, y favorece sólo a la parte comunista. Cuba es otro ejemplo de esto. Y un autorizado promotor de la distensión, como Mons. Casaroli, declara que, en el régimen de persecución los católicos viven felices. Preguntamos entonces si distensión no es sinónimo de capitulación.

Si lo es, ¿cómo no resistir a la política de distensión, presentando públicamente su enorme desacierto?

Es un ejemplo más de cómo entendemos la resistencia.  

VI – Conclusión

Esta explicación se imponía. Tiene el carácter de una legítima defensa de nuestras conciencias de católicos, ante un sistema diplomático que nos hacía el aire irrespirable y que coloca a los católicos anticomunistas en la más penosa de las situaciones, que es la de hacerse inexplicables ante la opinión pública. Lo repetimos, a título de epilogo, al cerrar esta declaración.

Ningún epílogo, sin embargo, sería completo si no incluyera la reafirmación de nuestra obediencia irrestricta y amorosa no sólo a la Santa Iglesia, sino también al Papa, en todos los términos mandados por la doctrina católica.

Nuestra Señora de Fátima nos ayude en este camino que recorremos por fidelidad a Su Mensaje y en la alegría anticipada de que se cumplirá la promesa hecha por ella: “Por fin, Mi Inmaculado Corazón triunfará”. 

São Paulo, 8 de abril de 1974

Plinio Corrêa de Oliveira
 
 

 
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León heráldico de la TFP Norteamericana (archivo Nobleza.org)

Campaña de la TFP francesa (archivo Nobleza.org)

Urgente llamado para resistir a la traición y a la ruina de Occidente, flor y nata de la civilización cristiana

La triple crisis del Covid-19, la agitación civil y el desastre económico están sacudiendo las bases espirituales y materiales de Occidente y del mundo. No se trata de una crisis común, pues cuestiona nuestras certezas desgastadas por el tiempo, cambia nuestra vida diaria y restringe la libertad de la Iglesia. Ante esta crisis, muchos quedan perplejos y se preguntan qué fue lo que causó estos daños. ¿Hacia dónde va Occidente? ¿Es posible evitar el caos que se aproxima?

En medio del gran peligro que amenaza Occidente, como laicos católicos que desde hace mucho defienden la civilización cristiana contra los errores del comunismo y del socialismo, Asociación Civil Fátima La Gran Esperanza y las organizaciones hermanas autónomas en los cinco continentes ofrecen su análisis del peligro y un mensaje de restauración esperanzadora.

I. La situación actual

La crisis actual se manifiesta de varios modos. Sin embargo, todos ellos presentan una unidad de propósito que tiene por fin destruir las estructuras que restan de la civilización cristiana occidental. Podemos dividirlos en tres categorías principales.

1. Una crisis sanitaria que afecta todos los aspectos de la vida

Las personas son orientadas a acostumbrarse a un mundo de tristeza, aislamiento y subconsumo controlado por tecnócratas, no muy diferente de la pesadilla distópica de la novela 1984 de George Orwell.

El mundo enfrenta una epidemia viral cuyo origen y diseminación apuntan sospechosamente a China. Este virus afectó sobre todo a las naciones cristianas de Europa y de las Américas, tanto en sus graves riesgos a la salud cuanto en el profundo impacto económico, social y psicológico de las draconianas medidas de salud y de confinamiento.

La así llamada nueva normalidad también está afectando la vida de cientos de millones al restringir la libertad de movimiento, interrumpir el trabajo y la educación, prohibir o limitar las reuniones y eventos culturales y, finalmente, restringir el acceso a la misa dominical y a los sacramentos.

Las personas son orientadas a acostumbrarse a un mundo de tristeza, aislamiento y subconsumo controlado por tecnócratas, no muy diferente de la pesadilla distópica de la novela 1984 de George Orwell.

2. La pandemia mostró las deficiencias estructurales de nuestro mundo globalizado

Con enormes consecuencias políticas, sociales, culturales y psicológicas, una grave crisis económica golpea nuestras puertas. Analistas de nivel mundial prevén que será mucho peor que la Gran Depresión que comenzó en 1929.

La pandemia reveló la monumental dependencia económica de Occidente, fruto descompuesto del imprudente traslado de su base manufacturera, sobre todo a China.

El resultado es una gran debilidad política en Occidente, que se encuentra muy degradado en un mundo “multipolar” en el que China comunista está asumiendo el rol del dragón. Muchos autores denuncian la disminución gradual e inevitable del poder político, militar y diplomático de Occidente en el escenario internacional. El mundo, como lo conocíamos, parece acabarse.

3. La inquietud debilita aun más a Occidente

Occidente está debilitado por focos de agitación que surgieron simultáneamente en todo el mundo, como desencadenados por una dirección común. Estos puntos incluyen:

Tumulto popular promovido por el movimiento Black Lives Matter

a) La inmigración descontrolada es un mal importado que favorece la formación de enclaves extranjeros dentro de las naciones. Muchos recién llegados (especialmente migrantes musulmanes) rehúsan la integración y la asimilación, lo que crea un separatismo interno de hecho. Esto transforma a Occidente en un “espacio abierto” multiétnico, multirreligioso y multicultural sin una identidad o propósito común.

b) Otro foco es el surgimiento de políticas de identidad e ideologías de izquierda que buscan arrasar todos los restos y estructuras del pasado cristiano; esos ideales sociales “deconstruccionistas” tienen como blanco la sociedad burguesa capitalista. Muchos izquierdistas se aprovechan de las diferencias raciales y culturales para promover la lucha de clases por medio de violencia en las calles y destrucción urbana. La rebelión promovida por el movimiento Black Lives Matter en los Estados Unidos es un ejemplo típico.

Una consecuencia de la agitación es que lleva a un radicalismo que, con la ayuda de los medios de comunicación, asusta y paraliza a la mayoría silenciosa. En países donde esta mayoría reacciona, la consecuente polarización ideológica lleva a una parálisis de las instituciones democráticas, y muchos observadores incluso mencionan el riesgo de una guerra civil.

II. El hombre occidental ante este panorama

Occidente no está preparado para enfrentar esta triple crisis. Sus cimientos están corroídos por la terrible debilidad estructural de una masiva revolución cultural, como se puede ver, por ejemplo, con la crisis en la familia, la cultura de la muerte representada por el aborto y la agresiva ideología LGBT que se impone a toda la sociedad, inclusive a niños inocentes.

Sobre todo, Occidente está debilitado por una crisis espiritual. Muchos abandonan la fe y viven sin Dios o su Ley, no buscando más la gracia de Dios ni la vida sacramental. Nuestra decadencia moral nos ha debilitado y hemos olvidado nuestras raíces cristianas.

Privadas de apoyo espiritual y social, la reacción de muchas personas a nuestra triple crisis es de desconfianza y conmoción. Muchos psicólogos llaman a eso “trauma colectivo”. Poderoso, sólido, tecnológicamente perfecto y seguro de sí mismo, nuestro mundo fue sacudido hasta sus fundamentos por el nuevo coronavirus.

En pocos meses, junto con la economía occidental, muchas certezas se derrumbaron. Dichas certezas habían alimentado el optimismo de las masas en el progreso indefinido. Hoy, la crisis ha corroído la confianza en la prensa, en la ciencia, en las autoridades políticas e inclusive en los líderes religiosos.

El optimismo, rasgo característico de nuestro tiempo, está desapareciendo. El optimismo, que dos guerras mundiales no pudieron sacudir, se está disipando, llevando a una creciente ansiedad por el futuro.

En ese contexto de aprensión, muchos comienzan a cuestionar las premisas de Occidente y se preguntan: ¿Qué falló? ¿Existe alguna solución, una luz que pueda guiarnos durante esta tempestad, tranquilizarnos y restaurar la confianza en el futuro?

Estas preguntas contienen la semilla del remordimiento y unas vagas ansias por el camino de la virtud abandonado.

III. Una inmensa orfandad espiritual

En medio de la crisis, haríamos bien en ir a la fuente de la cultura cristiana para redescubrir los valores espirituales que nos formaron. De esa fuente espiritual provienen el orden, las instituciones y las gracias cristianas que nos sacarán de la actual triple crisis. Solo ese retorno de los hijos pródigos a la casa paterna puede regenerar a la sociedad en la escala y amplitud necesaria.

No obstante, nuestra incapacidad de lidiar con la triple crisis proviene del hecho de que una crisis paralela dentro de la Iglesia mina nuestras certezas, principios y valores. Esa crisis espiritual es mucho más destructiva, pues nos priva de los medios que nos ayudan a encontrar soluciones.

En esta hora suprema del Cristianismo, los fieles alzan la mirada naturalmente hacia la Cátedra de Pedro, la Autoridad Suprema de la Iglesia Católica, en busca de una palabra de consuelo y orientación. En vez de ser el baluarte de Occidente, no obstante, la Santa Sede parece indiferente a su destino. A veces, hasta da la impresión de favorecer a aquellos que atacan a Occidente con una intensidad incomparable. La inmensa orfandad espiritual occidental es el aspecto más terrible de la situación actual.

Consideremos estos hechos recientes (entre muchos que podrían ser citados) que socavan los fundamentos de la fe:

1. Mientras el Catecismo de la Iglesia Católica reiteró que los actos homosexuales “son contrarios a la ley natural” y “no pueden recibir aprobación en ningún caso” (n° 2357), y una declaración del Vaticano posterior, de 2003, condena “el reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales” [1], una declaración del Papa Francisco divulgada recientemente afirma que “las personas con una orientación homosexual tienen derecho a estar en la familia (…) Lo que tenemos que hacer es una ley de convivencia civil; tienen derecho a estar cubiertos legalmente”.

2. Con la intención de construir un “mundo nuevo” multipolar, el Papa Francisco lanzó Fratelli Tutti, una encíclica que, del punto de vista religioso, coloca a la Iglesia Católica y las Sagradas Escrituras en pie de igualdad con otras religiones y sus libros fundamentales. En nombre de una fraternidad naturalista universal y de su correspondiente “amistad social”, Fratelli Tutti proporciona las bases doctrinarias y psicológicas para un “mundo abierto” sin principios ni fronteras, sin religión definida, donde los recursos estén disponibles a todos por igual, y en que los conflictos sean resueltos por medio del “diálogo”.

3. La encíclica favorece la invasión descontrolada de migrantes a Occidente (en el caso de Europa, eso significa principalmente musulmanes). Pide la sumisión de los países a organismos internacionales como las Naciones Unidas, que resolverían problemas globales, especialmente los relacionados al clima y al medio ambiente.

4. Además de eso, y contradiciendo la doctrina social de la Iglesia, Fratelli Tutti restringe la propiedad privada y la economía de libre mercado tan ampliamente que, en la práctica, niega la licitud moral de estos dos fundamentos de la economía occidental. Otros puntos de la encíclica también preocupan. El Papa Francisco los repitió a lo largo de su pontificado y probablemente está en vías de reiterarlo en los eventos del Pacto Global sobre la Educación y La Economía de Francisco. Por ejemplo, “decrecimiento sustentable”, energía libre de carbono (o sea pauperismo como padrón de consumo) y la propiedad y gestión comunitarias propugnadas por movimientos populares de izquierda.

5. A eso se suman los horizontes indigenistas propuestos en la Encíclica Laudato Si’ y en la Exhortación Apostólica Querida Amazonia, que presentan el modo de vida tribal como modelo de vida y comunidad sustentable. Para no mencionar los horrendos actos de culto a la Pachamama en el Vaticano. Ambos documentos confirman trágicamente las previsiones del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira sobre las tendencias pauperistas y tribalistas en la Iglesia, hechas en la tercera parte de su libro Revolución y Contra-Revolución, en 1976, y en su obra Tribalismo Indígena: Ideal Comuno-misionero para el Brasil del siglo XXI, publicado en 1977. (ver ambas obras en http://www.pliniocorreadeoliveira.info ; ver asimismo http://rcr-una-obra-clave.blogspot.com     )

6. La pasividad de la Jerarquía durante la crisis sanitaria quedó evidente cuando muchas autoridades religiosas llegaron más lejos que los gobernantes, prohibiendo la celebración de misas e imponiendo la comunión en la mano. Por primera vez en la historia, el clero católico celebró la Pascua sin fieles, muchos de los cuales no están volviendo a la Iglesia, agravando la apostasía creciente.

IV. ¿Existe el derecho de resistir a un Papa que abandona al Occidente cristiano?

El Papa León XIII

La Iglesia Católica es universal; su nombre lo dice. Su misión es bautizar a todas las naciones, enseñándoles a observar lo que Cristo ordenó (ver Mt 28, 19-20). En ese sentido, no se identifica con una u otra área geográfica, etnia o cultura. No obstante, durante dos mil años, el fruto más visible y duradero del apostolado de la Iglesia fue la civilización cristiana occidental. Su santidad, espíritu evangelizador, profundidad filosófica y teológica, hospitales, universidades, obras de caridad, vigor económico y floreciente efecto en las artes y en las ciencias llevaron al Papa León XIII a escribir: “Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los estados. En esa época la influencia de la sabiduría cristiana y su virtud divina penetraban las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, todas las categorías y todas las relaciones de la sociedad civil. Entonces la religión instituida por Jesucristo, sólidamente establecida en el grado de dignidad que le es debido, era floreciente en todas partes gracias al favor de los príncipes y a la protección legítima de los magistrados. Entonces el Sacerdocio y el Imperio estaban ligados entre sí por una feliz concordia y por la permuta amistosa de buenos oficios. Organizada así, la sociedad civil dio frutos superiores a toda expectativa, cuya memoria subsiste y subsistirá, consignada como está en innumerables documentos que ningún artificio de los adversarios podrá corromper u obscurecer” (Encíclica “Immortale Dei”, l. XI. 1885 – “Bonne Presse”, París, vol. II, p. 39).

Hasta la llegada del Papa Francisco al solio papal, los Soberanos Pontífices reconocieron la civilización cristiana occidental como la hija primogénita de la Iglesia y procuraron defenderla. ¡Qué madre antinatural sería la Iglesia si, en una situación en que esta hija está en peligro de morir, le diese la espalda o, peor aún, ayudase a sus enemigos a atacarla hasta que muriese! La Iglesia estaría actuando como un falso pastor que entrega el rebaño a voraces lobos que quieren devorarlo. Sin embargo, esta es la actitud demostrada por muchas de nuestras más altas autoridades eclesiásticas.

Ante este escenario apocalíptico, una cuestión penetrante brota en las almas de innumerables católicos: ¿es lícito reaccionar y defender con orgullo la civilización cristiana, sus tradiciones religiosas y temporales, inclusive cuando eso implique oponerse a ciertas orientaciones emanadas de dichas altas autoridades? ¿Es legítimo resistir, en toda la extensión permitida por el Derecho Canónico, a las políticas seguidas por el Papa Francisco que amenazan la integridad, seguridad e identidades culturales de Occidente?

No tememos asumir este estado de resistencia porque su licitud moral fue implícitamente reconocida por el silencio del Papa Pablo VI y de numerosas otras autoridades eclesiásticas a la declaración de la TFP sobre la política de distensión del Vaticano con los regímenes comunistas. El documento de 1974, obra del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, fue firmado y publicado por todas las TFPs entonces existentes (VER EN ESTE SITE NOBLEZA.ORG) . En él, leemos:

“En este acto filial decimos al Pastor de los Pastores: Nuestra alma es vuestra, nuestra vida es vuestra. Mandadnos lo que queráis. Solo no nos mandéis que crucemos los brazos ante el lobo rojo que embiste. A esto nuestra conciencia se opone.

“Sí, Santo Padre —continuamos—, San Pedro nos enseña que es necesario “obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Vos sois asistido por el Espíritu Santo y fortalecido —en las condiciones definidas por el Vaticano I— por el privilegio de la infalibilidad. Pero eso no impide que, en ciertos asuntos o circunstancias, la debilidad a que todos los hombres están sujetos pueda influir e inclusive determinar su conducta. Uno de ellos es —tal vez por excelencia— la diplomacia. Y es precisamente aquí que se sitúa su política de distensión con los gobiernos comunistas.

“Entonces, ¿qué debemos hacer? Las páginas de la presente declaración serían insuficientes para contener el elenco de todos los Padres de la Iglesia, Doctores, moralistas y canonistas de la Iglesia —muchos de ellos elevados a la honra de los altares— que afirmaron la legitimidad de la resistencia. Este género de resistencia no es separación, no es rebelión, no es acritud, no es irreverencia. Al contrario, es fidelidad, es unión, es amor, es sumisión” [2].

V. Resistencia

Resistir significa que animaremos a los católicos a reafirmar su amor por la civilización cristiana occidental y su deseo de defender sus remanentes y su cultura. Es más, promoveremos su restauración con mayor brillo y solidez, para que Occidente recupere el liderazgo mundial que merece, no por ser occidental, sino por ser católico. La civilización cristiana occidental se basa en un pasado dos veces milenario y en el hecho de tener como centro a Roma, la Sede de Pedro.

Resistir significa invitar a los líderes y pueblos occidentales a estudiar las profundas razones de su decadencia, analizadas en Revolución y Contra-Revolución, obra maestra del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, e implementar los remedios que sugiere para liberar a Occidente de esta crisis existencial.

Resistir significa que la muerte de Occidente no es el final inevitable, pues como nos recuerda el líder católico brasileño en el mismo libro: “Cuando los hombres resuelven cooperar con la gracia de Dios, entonces se operan las maravillas de la Historia: es la conversión del Imperio Romano, es la formación de la Edad Media, es la Reconquista de España a partir de Covadonga, son todos esos acontecimientos que se dan como fruto de las grandes resurrecciones de alma de que los pueblos son también susceptibles. Resurrecciones invencibles, porque no hay nada que derrote a un pueblo virtuoso y que verdaderamente ame a Dios” [3].

Resistir significa publicar respetuosamente nuestro análisis y juicio en situaciones como la Encíclica Fratelli Tutti o el endoso del Papa Francisco al reconocimiento legal de las uniones homosexuales, un golpe mortal para lo que resta de la civilización cristiana occidental.

Resistir significa denunciar con filial y respetuosa franqueza la peligrosa contradicción entre el trato privilegiado dispensado por la Santa Sede a China Roja (cuyo régimen comunista no condena) y el desdén del Papa Francisco por los grandes países de Europa y de las Américas, a los que ataca sin piedad en sus soberanías y sistemas económicos basados en la libre iniciativa y la propiedad privada. Sin embargo, este sistema está ampliamente de acuerdo con la ley natural, los Diez Mandamientos y la milenaria enseñanza de los Papas, conforme se encuentra en el Supremo Magisterio de la Santa Madre Iglesia.

Resistir significa proclamar con indómita confianza que más allá de las tempestades espirituales, de los desafíos materiales y de todos los ataques de sus enemigos, Occidente y la civilización cristiana se erguirán de nuevo, cumpliendo las proféticas palabras de la Santísima Virgen en Fátima: “¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!”.

30 de octubre de 2020

LISTA DE LAS ENTIDADES FIRMANTES

Asociación Civil Fátima la Gran Esperanza (Argentina)
Deutsche Gesellschaft zum Schutz von Tradition, Familie und Privateigentum e.V. (Alemania)
Australian TFP, Inc.
Österreichische Gesellschaft zum Schutz von Tradition, Familie und Privateigentum (Austria)
Instituto Plinio Corrêa de Oliveira (Brasil)
Canadian Society for the Defence of Christian Civilization (Canadá)
Acción Familia por un Chile Autentico, Cristiano y Fuerte
Centro Cultural Cruzada (Colombia)
Sociedad Colombiana Tradición y Acción (Colombia)
Circulo Beato Pío IX (Ecuador)
Tradición y Acción (España)
American Society for the Defense of Tradition, Family, and Property (E. U. A.)
Philippine Crusade for the Defense of Christian Civilization, Inc. (Filipinas)
Société Française pour la Défense de la Tradition, Famille, Propriété
Federation Pro Europa Christiana (Francia)
Tradition, Family, Property – United Kingdom (Gran Bretaña)
Irish Society for Christian Civilisation (Irlanda)
Associazione Tradizione Famiglia Proprietà (Italia)
Stichting Civitas Christiana (Países Bajos)
Sociedad Paraguaya de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad – TFP (Paraguay)
Tradición y Acción por un Perú Mayor (Perú)
Fundacja Instytut Edukacji Spolecznej i Religijnej im. Ks. Piotra Skargi (Polonia)
Instituto Santo Condestável (Portugal)
Helvetia Christiana (Suiza)
Family Action South Africa (Sudáfrica)

[1] Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, disponible en http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20030731_homosexual-unions_sp.html.

[2] LA POLÍTICA DE DISTENSIÓN DEL VATICANO CON LOS GOBIERNOS COMUNISTAS PARA LA TFP: ¿OMITIRSE O RESISTIR?, disponible en http://asociacionfatima.org.ar/la-politica-de-distension-del-vaticano-con-los-gobiernos-comunistas-para-la-tfp-omitirse-o-resistir/

[3] Plinio CORRÊA DE OLIVEIRA, Revolución y Contra-Revolución, Tradición y Acción por un Perú mayor, Lima, 2ª Edición, 2019, p. 112.

FUENTE: 

  31 OCTUBRE, 2020  ACTUALIDAD  NO HAY COMENT

 

 

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VIDA Y OBRA DEL Dr. PLINIO CORRÊA de OLIVEIRA EN DEFENSA DE LA CIVILIZACION CRISTIANA  – A 25 AÑOS DE SU MUERTE –  VIDEOCONFERENCIA DE D. JULIO LOREDO de IZCUE PARA EL CENTRO CULTURAL CRUZADA, DE COLOMBIA

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 PERSECUCION ANTICATOLICA EN CHILE: ¿CAMINO PARA LATINOAMERICA?

https://www.youtube.com/watch?v=e7RFcL-GLiM&t=59s

LA COMUNION EN LA MANO EN TIEMPOS DE PANDEMIA: ¿QUÉ PENSAR? ¿PUEDEN OBLIGARLA? – ENTREVISTA A MONS. ATHANASIUS SCHNEIDER PARA EL CENTRO CULTURAL CRUZADA, DE COLOMBIA

 REVOLUCION Y CONTRA-REVOLUCION PASO A PASO – PROLOGO DEL AUTOR, PLINIO CORRÊA de OLIVEIRA,  PARA LA TFP ARGENTINA – PERSPECTIVAS PARA EL REINO DE MARIA – LAS TRES GRANDES REVOLUCIONES – ORGULLO Y SENSUALIDAD 

SIGA EL DESARROLLO DE ESTA OBRA CLAVE PARA LA LUCHA CONTRA LA REVOLUCION IGUALITARIA UNIVERSAL EN:

ARISTOCRACIA Y SOCIEDAD ORGANICA – ARGENTINA aristocraciacatolica.blogspot.com 

MIÉRCOLES, 21 DE OCTUBRE DE 2020

(muestra: fragmento del Cap. III)

Revolución y Contra-Revolución (11) – (Cap. III) A. Decadencia de la Edad Media (R-CR 11, 2a. entr.)

                       

San Luis Rey de Francia, E. Signol        San Fernando III, Rey de Castilla

A. Decadencia de la Edad Media

Ya esbozamos en la Introducción los grandes trazos de este proceso. Es oportuno añadir aquí algunos pormenores. En el siglo XIV comienza a observarse, en la Europa cristiana, una transformación de mentalidad que a lo largo del siglo XV crece cada vez más en nitidez. El apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones se van volviendo más frecuentes y más suntuosas. Los hombres se preocupan cada vez más de ellas. En los trajes, en las maneras, en el lenguaje, en la literatura y en el arte, el anhelo creciente por una vida llena de deleites de la fantasía y de los sentidos va produciendo progresivas manifestaciones de sensualidad y de molicie. Hay un paulatino perecimiento de la seriedad y de la austeridad de los antiguos tiempos. Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera devoción a la Cruz y de las aspiraciones de santidad y de vida eterna. La Caballería, otrora una de las más altas expresiones de la austeridad cristiana, se vuelve amorosa y sentimental, la literatura de amor invade todos los países, los excesos del lujo y la consecuente avidez de lucros se extienden por todas las clases sociales.

Tal clima moral, al penetrar en las esferas intelectuales, produjo claras manifestaciones de orgullo, como el gusto por las disputas aparatosas y vacías, por las argucias inconsistentes, por las exhibiciones fatuas de erudición, y lisonjeó viejas tendencias filosóficas, de las cuales triunfara la Escolástica, y que ahora, ya relajado el antiguo celo por la integridad de la Fe, renacían con nuevos aspectos. El absolutismo de los legistas, que se engalanaban con un conocimiento vanidoso del Derecho Romano, encontró en Príncipes ambiciosos un eco favorable. Y pari-passu se fue extinguiendo en grandes y pequeños la fibra de otrora para contener al poder real en los legítimos límites vigentes en los días de San Luis de Francia y de San Fernando de Castilla.

Plinio Corrêa de Oliveira

Revolución y Contra-Revolución (11) – (Cap. III) A. Decadencia de la Edad Media (R-CR 11, III. 2a. entr.)

 

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Plinio Corrêa de Oliveira

Múltiples y maravillosos atributos de nuestro Divino Salvador (*)

Santísimo Cristo de la Humildad

Cofradía-Hermandad del Santísimo Cristo de la Humildad

Real Monasterio de San Juan de los Reyes – Toledo

 

Se me ocurrió hacer una exposición a respecto de un tema infinito, pues concierne a la persona adorable de Nuestro Señor Jesucristo. Si tuviésemos la honra y el placer de verlo cara a cara, ¿qué impresión nos causaría? ¿Sería la impresión que nos causan las imágenes que conocemos de Él? ¿O algo mayor aún, que ningún pincel y ninguna escultura consiguieron reproducir?

Una meditación preliminar podría ser considerar a Jesucristo —como se debe, sin sentimentalismo— imaginando los rasgos de su persona, como el rostro, la expresión de la mirada, la voz, el porte, la fisonomía y el cuerpo. Así, se podría tener una idea más clara a su respecto.

Las creaturas como medio de elevarnos al Creador

Para que hagamos una meditación de cómo sería la persona adorable de Nuestro Señor, podremos acompañar los diferentes misterios del rosario. Esto con un fundamento enteramente racional, para así obtener solidez y no quedarnos con una sensación de haber vislumbrado apenas pequeños destellos.

San Juan afirmó: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20). Está subyacente en la frase el principio de que los hombres nos sirven como escalera para que amemos a Dios. Y que, como el hombre fue creado a su imagen y semejanza, podemos hacer meditaciones sobre los hombres que nos eleven hasta el amor del Creador.

Con este método de análisis se puede, en líneas generales, llegar a comprender algo de la personalidad adorable de Nuestro Señor Jesucristo. Después se podrá conferir eso con el Evangelio, para verificar si de hecho tiene fundamento. Se trata de una meditación de orden filosófico, pero también histórico, según los Evangelios.

Cristo Pantocrator, Mosaico que se encuentra en la Iglesia Chora, en Istambul, Turquia

Método para conocer la índole mental de un hombre

Para trazar la fisonomía moral y la psicología de un hombre, podemos, entre otros criterios, considerarlo en su capacidad intelectual, en su valor moral y, finalmente, en su actuación. Así, concebiremos una idea sobre un determinado hombre. Jesucristo no es meramente un hombre; Él es Hombre-Dios, pero verdaderamente y plenamente hombre. Él tiene toda la naturaleza humana con su cuerpo y sangre, como también su alma humana.

Imaginando la fisonomía y considerando la capacidad, podemos decir lo siguiente: la capacidad intelectual de un hombre puede ser conocida en sus matices, en su profundidad, en su valor, en sus características personales, cuando hacemos no apenas el examen de la persona, sino también de su profesión. En general, los hombres escogen una profesión de acuerdo con su índole mental.

En efecto, la profesión modela la índole mental de un individuo. Y se realiza, por lo tanto, entre profesional y profesión, una especie de connubio, de conjugación, mediante la cual el hombre de gran categoría en su profesión acaba siendo un tipo característico de ella.

Ejemplos: un gran diplomático. Él acaba siendo un diplomático característico, posee todo lo necesario por lo cual un diplomático se diferencia de todos los demás. Un gran guerrero acaba siendo el guerrero característico, que tiene en su personalidad todo aquello que lo diferencia de los demás. Un gran sacerdote, un gran obispo, un gran Papa, acaba siendo el sacerdote, obispo, Papa característico, que se diferencia de todos sus pares.

Por eso, a través de la profesión, podemos calcular más o menos cuál es la índole mental de un individuo.

Variedad de aspectos en el modo de ser del Redentor de la humanidad

Cuando analizamos la vida de Nuestro Señor Jesucristo, notamos que las circunstancias de esa vida le permitirían ejercer de modo supereminente todas las profesiones lícitas que un hombre pudiera ejercer. No existe actividad lícita alguna que Él no pudiera haber ejercido.


Domingo de Ramos – Duccio di Buoninsegna, siglo XIII. Museo del Opera del Duomo, Siena (Itália).

Consideremos por ejemplo, a Jesucristo, como rey, la más alta actividad en el orden temporal. Él era de hecho, príncipe de la Casa de David. Tenía, por lo tanto, toda la nobleza, toda la superioridad, toda la grandeza del principado. En su entrada en Jerusalén el Domingo de Ramos, fue aclamado verdaderamente como Rey de Jerusalén. El pueblo exclamaba dando vivas: “¡Hosanna al hijo de David!” (Mt 21, 9). Descendiente, por lo tanto, de los antiguos reyes.

Si bien Nuestro Señor haya entrado en Jerusalén montado en un pollino, que era la manifestación de su mansedumbre, su majestad no perdió nada con ello. Al contrario, el Evangelio narra que el pueblo lo aclamaba con entusiasmo, en una verdadera consagración. El pueblo sentía su grandeza regia.

Nuestro Señor fue el sacerdote por excelencia. Todo el sacerdocio que existió en la Antigua Ley era una prefigura de su sacerdocio. Por otro lado, todo el sacerdocio que le sucedió es una participación de su sacerdocio. El pontífice por excelencia. Aquel que fue pontífice y víctima al mismo tiempo —porque Él fue víctima, al ofrecerse a sí mismo en sacrificio— fue quien instituyó la Santa Misa. Y, por lo tanto, el celebrante y víctima al mismo tiempo, lo que posteriormente fue consumado en el altar de la Cruz.

Deberíamos imaginar a un rey con todas las cualidades arquetípicas de rey, el más majestuoso y el más noble de los reyes que existiesen. Aún así tendríamos una pálida idea de la majestad de Jesucristo. Deberíamos imaginar un sacerdote, un pontífice, un Papa, el más plenamente papal que pudiésemos concebir. Así mismo tendríamos una pálida idea de quien fue Nuestro Señor Jesucristo.

Él fue verdaderamente batallador y guerrero. Su vida fue de lucha. No apenas luchó contra los demonios, expulsándolos continuamente, sino combatió también contra el poder de las tinieblas en esta tierra, enfrentando de modo magnífico la conjuración secreta que se tramaba contra Él. Inclusive en el momento en que lo buscaban para apresarlo, los soldados querían saber quién era Jesús de Nazaret y Él respondió: “Ego sum” (Yo soy). En ese momento, todos los soldados cayeron por tierra (cf. Jn 18, 6).

Es la afirmación magnífica del guerrero que, simplemente al enunciar su nombre, derriba a todos los adversarios. Él después se entregó, declarando que se entregaba porque así lo deseaba. Pues si Él quisiese, tendría muchas legiones de ángeles a su disposición. Ellos descenderían inmediatamente y liquidarían a sus adversarios. Para componer la índole moral de Nuestro Señor, imagínese al más perfecto de los guerreros de todos los tiempos y se tendrá, así, una pálida idea de aquello que Él fue.

 Desde las más altas actividades hasta la de trabajador manual


El Tributo de César – Grabado de Lucas Vorsterman der Ältere sobre pintura de Peter Paul Rubens – 1621 – Achenbach Foundation – Holland

En cuanto diplomático, el Divino Redentor, durante su vida terrena, fue perfecto. Él trató la conjuración del Sanedrín con una inteligencia extraordinaria; ora con cuidado, escabulléndose, diciendo palabras que evitaban la confrontación; ora enfrentando con argumentos de una precisión diplomática perfecta. Cuando, por ejemplo, quisieron confundirlo, preguntando a respecto del dinero, si era lícito o no pagar impuestos al César. Percibiendo la malicia, les dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto” [le presentaron entonces un denario]. Él les preguntó: “¿De quién son esta imagen y esta inscripción?” Le respondieron: —“Del César”. Entonces les replicó: “Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 18-22).

Evitó así pronunciarse sobre cuestión a respecto de la cual no deseaba manifestarse. Pero les tapó la boca a aquellos que estaban queriendo enredarlo.

Nuestro Señor Jesucristo como médico: ¿quién fue médico como Él? Como abogado: la bondad y la misericordia con que Él abogó por la causa de los pecadores. El Evangelio revela que Él supo alegar los atenuantes, supo encontrar los puntos necesarios para la defensa; supo después perdonar y conceder toda indulgencia.

Nadie abogó como Él por la causa de los reos, de los pecadores, de los pobres y de todos aquellos que necesitaban un abogado. En cuanto trabajador manual: se puede imaginarlo en el taller de Nazaret como carpintero, realmente trabajador manual. El trabajador auténtico se siente realizado en Nuestro Señor. Punto por punto, en todas las actividades humanas, encontramos de algún modo actividades ejercidas por Él.

La índole de la inteligencia y del espíritu de Nuestro Señor era tal que acumulaba al mismo tiempo —y de modo como nunca nadie alcanzó— todas las formas y grados de inteligencia correspondientes a todas las formas y grados de profesiones honestas que puedan existir. Acumulaba todo ello con una perfección difícil de imaginar, porque existe habitualmente en el hombre una limitación por donde las perfecciones se excluyen unas a otras, pero que en Él ninguna se excluía.

Todos los dones de todos los pueblos de la Terra el el Divino Salvador

Se pueden hacer consideraciones sobre todos los pueblos de la tierra. Consideremos al francés con su precisión, claridad y espíritu ágil; al alemán con su vigor, profundidad y sentido de lo sublime; al italiano con su don teológico, sutileza y criterio diplomático; al español con la variedad de dones que posee para el arte, la literatura, la filosofía, la teología y con su espíritu guerrero; nuestros caros portugueses, con todos los talentos que conocemos y que heredamos.

Consideren pueblo por pueblo. Los árabes, los japoneses, los chinos, y se llegará a la siguiente conclusión: cada pueblo posee unos tantos dones y, porque tiene tales dones, no puede tener los demás. No es posible, por ejemplo, tener la perfección del espíritu fino y leve del francés, y la perfección del espíritu vigoroso y combativo del alemán. Son cosas que se excluyen.


“… en aquella actitud de la multitud, cuando Él fue entrando por el desierto, acompañándolo y sin llevar comida. Todos lo seguían maravillados. Sólo en determinado momento las personas se acordaron que tenían que alimentarse” – El Sermón de la Montaña – Henrik Olrik (1830-1890)

Pero en Nuestro Señor Jesucristo los dones no se excluyen. Él, como cabeza de la humanidad, tenía en sí todos los dones de todos los pueblos de la tierra. Todos conciliándose armoniosamente. Él poseía la suprema grandeza del espíritu, pero el encanto francés llevado a un punto inimaginable; la fuerza del alemán en grado inimaginable. Consideren hasta la sutileza, la intuición del brasileño: Él las poseía también en un punto inimaginable.

Quien conversase con Nuestro Señor percibiría que, apenas del punto de vista humano, Él tenía algo que dejaría a una persona completamente deslumbrada, sin saber qué decir en vista de su superioridad. Lo que, después, leyendo el Evangelio, se explicaría mejor.

Haciendo esta meditación y leyendo después el Evangelio, se entendería con más provecho el maravillamiento de todo el pueblo cuando el Divino Redentor pasaba entre las personas. Aquella estela que Él dejaba atrás de sí, por ejemplo, en aquella actitud de la multitud, cuando Él fue entrando por el desierto, acompañándolo y sin llevar comida. Todos lo seguían maravillados. Solo en determinado momento las personas se acordaron que tenían que alimentarse.

“Durante la vida de Jesús fueron transcurriendo los hechos, hasta el momento en que las personas comenzaron a darse cuenta de que Él era el Hijo de Dios”

Jesús y la Samaritana en el pozo de Jacob

Era tal la profusión de dones con que Nuestro Señor atraía completamente aquella multitud de almas, que las personas quedaban sin saber qué decir. Lo seguían casi perdiendo el aliento de admiración, porque Él agradaba por completo a todos; y, de un modo tan pleno y perfecto, que excedía sus expectativas.

Sin embargo, no debemos considerar que Él actuase apenas de modo terreno. Como Jesucristo era Hombre-Dios, había un vínculo entre la naturaleza humana y la naturaleza divina. Por encima de la perfección intelectual inimaginable aún fluía el aspecto de la unión hipostática con la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Por lo tanto, una catarata de dones sobrenaturales correspondientes, perfectamente deslumbrantes y completamente insondables.

Así, las personas tenían la sensación misteriosa de algo que las excedía completamente. E iban percibiendo la divinidad. Durante la vida de Jesús fueron transcurriendo los hechos, hasta el momento en que las personas comenzaron a darse cuenta de que Él era el Hijo de Dios.

Flotaba una duda en aquellos que trataban con Jesucristo. ¿Quién era Él? Comprendían que no podía ser un simple hombre. Con esa duda, Él pregunta a los discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, como quien busca dirimir un murmullo admirativo de conjeturas que se hacía, pero que nadie era capaz de explicar bien.

Él, que era la suma claridad, la suma belleza, concedía a las personas hasta el atractivo del sumo misterio. Para el hombre, es necesario en esta vida, para que haya atracción, el misterio. Misterio que Él poseía también en un grado altísimo. Entonces las personas se preguntaban: “¿Pero quién es Él? ¡No es posible tanta grandeza en un hombre! Así un hombre no puede ser, Él rompe todos los padrones!”. Hasta el momento en que Él indaga: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

San Pedro se levantó y respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Percibimos que brotó de los labios de san Pedro un acto de fe.

Jesús entonces dijo: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Y añadió: “Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 17-18).

Expresión perfectísima de todas las virtudes posibles


La pesca milagrosa, Rafael Sanzio, 1515 – Cartón – The Victoria and Albert Museum, Londres

Consideren otro aspecto en Nuestro Señor Jesucristo: el lado moral. Cada uno de nosotros tiene una “luz primordial” — una virtud especial que marca de manera tal que, cuando nos santificamos, ese rasgo moral se explicita más claramente y se expresa, cuando alguien corresponde por entero a la gracia; entonces algo de sobrenatural se manifiesta.

Dom Chautard aborda esa cuestión en el libro El alma de todo apostolado, cuando se refiere al cura de Ars, san Juan Bautista María Vianney. Alguien preguntó a un abogado parisiense, que había estado en la ciudad francesa de Ars: “¿Qué vio usted en Ars?” Él respondió: “Vi a Dios en un hombre”. O sea, el cura de Ars era tan santo que mirándolo se percibía a Dios, más o menos como la santa hostia puede estar en un ostensorio. El ostensorio no es la hostia, pero la hostia puede ser vista dentro del ostensorio. Así también, en san Juan María Vianney se podía ver a Dios.

En la manifestación de la “luz primordial” de alguien se puede percibir a Dios. Nuestro Divino Salvador era la expresión más que perfecta de todas las luces primordiales que hubo, hay y habrá hasta el fin del mundo. De manera que todo santo o toda alma fiel, no es sino un pequeño cintilar de la perfección de Jesucristo.

Cuando se ve un alma que nos agrada, que está progresando espiritualmente, se puede pensar: “Ella es un reflejo de Nuestro Señor, y, por eso, yo la estoy admirando”. Pero sabiendo que en Él todo es perfectísimo, porque todas las formas posibles de virtud Él las poseía, y de un modo tal que ninguna imagen puede dar idea.

En la creación, reflejos del Divino Creador de todas las cosas

Para expresar de algún modo la completa insuficiencia de estos raciocinios y tener una idea mejor de la Persona de Nuestro Señor Jesucristo, un ejemplo que sirva de comparación.


“Si un hombre poseyera un alma auténticamente católica, observando el sol podría ponerse de rodillas y adorar a Dios como creador del sol. Tendría una idea del sol en una plenitud que nunca había tenido antes”

En el pasado, había en Inglaterra minas de carbón muy profundas, que formaban sucesivos pisos y en que el aire penetraba por medio de tuberías. Dentro de ellas había animales de carga que raramente veían la luz del sol. Pero cuando esos animales eran periódicamente llevados a la superficie del suelo, daban manifestaciones de enorme contento. Saltaban, se arrojaban al suelo, relinchaban. Manifestaban la satisfacción por sentirse bañados por el sol.

Imaginen a un hombre que naciera en una mina subterránea y nunca hubiera visto el sol. Pero habría visto fotografías del sol. Y le muestran un fogón diciendo: “El calor del sol es parecido al calor de este fogón”. Le describen cómo es el sol. Está claro que tal hombre se formaría una pequeña idea del sol. Pero cuando él, en cierto día, pudiera llegar a la superficie de la tierra y ver el sol, podría decir: “Estas cosas que me presentaron son más engaños que verdad, porque el sol es tan superior que me quedé con una pequeña idea de él. El sol excede todo completamente”.

Si ese hombre imaginario poseyera un alma auténticamente católica, observando el sol podría ponerse de rodillas y adorar a Dios como creador del sol. Tendría una idea del sol en una plenitud que nunca había tenido antes.

Así, estas consideraciones sobre Nuestro Señor Jesucristo nos ayudan a formarnos una cierta idea de quién es Él. Son como fotografías del sol para una persona que vive en las profundidades de las minas de carbón. Tales consideraciones sirven como que de espejo que reflejan un esbozo imperfecto de quién es verdaderamente Nuestro Señor.

Otra imagen: un santo castísimo, de una pureza deslumbrante, no sería nada en comparación con la pureza de Jesucristo. O un santo veracísimo, con una fisonomía de una limpidez extraordinaria, que reflejase una sinceridad y una honestidad como nunca se vio en la tierra, no sería nada frente a la fisonomía de aquel que dijo de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Él es la propia honestidad, la propia rectitud, la propia sinceridad.

Un santo que hubiera sido muy enérgico no daría una idea perfecta de lo que fue la energía de Nuestro Señor. Pero, al mismo tiempo, un santo suavísimo no puede darnos una idea de lo que haya sido la suavidad de Jesucristo. Todas son ideas incompletas, son esbozos de lo que Él fue verdaderamente.

Debemos meditar a respecto del Divino Redentor considerando cada uno de estos aspectos, construyendo continuamente su imagen, sabiendo que nunca será completamente alcanzada, pero que en ese embeleso debemos caminar durante la vida.

En el sufrimento, Jesucristo se manifestó más plenamente


“No existe verdadera hermosura de alma en un hombre que nunca sufrió. (…) La plenitud de la vida del hombre reside en el sacrificio”

Santísimo Cristo de Burgos, titular de la Hermandad del Cristo de Burgos, en su capilla de la iglesia de San Pedro (Sevilla)

Hay un rasgo de Nuestro Señor en que apareció toda su grandeza, como un fruto que se parte y exhala su mejor aroma, ofrece su mejor sabor y muestra mejor su belleza: Jesucristo en cuanto sufridor. El dolor es la circunstancia de la vida en que la miseria humana aparece más. Aplastado por el dolor, el hombre gime, huye, llora, protesta, se aniquila, se rebela. Habitualmente el dolor causa en el hombre verdadero pavor.

Por otro lado, el hombre que enfrenta el dolor en sus diversas modalidades adquiere una extraordinaria hermosura de alma. No existe verdadera hermosura de alma en un hombre que nunca sufrió. A veces veo ciertas fisonomías “en blanco” en materia de sufrimiento y quedo con pena, porque los días de vida del hombre se cuentan por los días que él supo sufrir santamente. La plenitud de la vida del hombre reside en el sacrificio.

Pero hay varias modalidades de sufrimiento. Ellas tocan diversas cuerdas en el alma humana y despiertan varias formas de belleza. Por ejemplo, el sufrimiento del guerrero; el sufrimiento del hombre que asiste a un enfermo; el sufrimiento del propio enfermo; el sufrimiento del diplomático dedicado; el sufrimiento del padre o de la madre que ve a su hijo partir al campo de batalla; el sufrimiento del amigo injustamente traicionado por otro amigo. Existen tantas formas santas de sufrimiento y cada una de ellas configura el alma humana con una belleza propia.

Nuestro Señor Jesucristo no tuvo un sufrimiento. Él fue el Sufridor, Él fue el Varón de los dolores. Al considerar su vida, percibimos que sufrió todas las formas de dolor que un hombre puede sufrir, lo que dio ocasión para manifestar bellezas insondables: ¡las celestiales bellezas del dolor! Triunfó del modo más bello que se pueda imaginar. Fue el más glorificado, pero también el más despreciado. El más amado y el más envidiado. Él reunió en sí contrastes armónicos inimaginables.

“Nuestro Señor Jesucristo no tuvo un sufrimiento. Él fue el Sufridor, Él fue el Varón de los dolores. Al considerar su vida, percibimos que sufrió todas las formas de dolor que un hombre puede sufrir”

Sepultamiento de Jesus – Detalle del retablo mayor de la iglesia de San Jorge en el Hospital de la Caridad – Sevilla

¿Cómo no temer presentarse ante Nuestro Señor?

Con estas consideraciones es posible ir componiendo la fisonomía moral de Jesucristo. En cada rasgo del alma católica, de la vida de los santos, se puede imaginar cómo habría sido en Nuestro Señor. Después conviene verificar en el Evangelio cómo de hecho lo fue. Al leer la narración evangélica con amor, pensando en esos aspectos, haremos una buena meditación.

En nuestros días se estableció el principio execrable según el cual cuando existe una persona muy elevada, muy galardonada, con mucha grandeza, se debe tener miedo de ser despreciado por ella. De ahí el temor de presentarse ante Jesucristo.

San Pedro, ante Él, dijo: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador” (Lc 5, 8). Como quien dice: “Entre ustedes y yo no hay congruencia, no hay continuidad, no es posible ninguna clase de relación. Ustedes están en una tal desproporción conmigo, que ante ustedes mi papel es desaparecer, es no existir”.

Esto significa no comprender exactamente a Nuestro Señor. Porque como Él posee en sí todos los grados y formas posibles de perfección, ama necesariamente todos los grados y formas posibles de virtudes existentes. Él odia el pecado, pero todo aquello que no es pecado, por pequeño y modesto que sea, es un centelleo y una expresión suya, armoniza con Él. Tal centelleo le encanta y en Él repercute en ternura y afecto.

Está en el orden humano de las cosas que amemos lo grande porque es grande, y amemos lo pequeño porque es pequeño. Ejemplo: nos encanta ver un águila volando con toda aquella belleza, pero viendo un picaflor, sonreímos, como que exclamando: “¡Qué joya, qué maravilla!”. Nadie imagina un “picaflorzote” gigantesco, así como no se imagina un águila pequeñita.

Jesucristo odia severamente el pecado, con total intransigencia. Teniendo todas las perfecciones, Él excluye todas las formas de imperfecciones, pero ama el bien, incluso en sus menores grados. Dios creó también a las almas con pocas cualidades, creó también a los menos inteligentes. Así, Él se complace al considerar una inteligencia pequeña, ¡pues ella participa de la inteligencia increada!

Presentarse con suma confianza ante el Divino Creador


“Nuestro Señor posee en Si todos los grados y formas posibles de perfección, y por tanto ama necesariamente todos los grados y formas posibles de virtudes existentes”

Cristo Rey

Si el Creador ama todos los grados y formas de inteligencia y de virtud, ama también los residuos, ama los restos ultrajados, pisoteados en medio del vicio, más o menos como una flor que creció rodeada de hierbas dañinas.

¿Nuestro Señor como Cabeza de la Iglesia no ama sus miembros? Hay en el Antiguo Testamento una afirmación que me impresionó mucho: “No desprecies tu propia carne” (Is 58, 7). ¿Despreciaría Jesucristo a un alma que Él mismo creó? Así comprendemos que en presencia de Jesucristo hasta el pecador, no considerado como pecador, sino en la medida en que existan en él residuos de virtud, es digno de su amor.

Comprendemos por qué tantos y tantos pecadores arrepentidos se acercaban a Él con confianza. María Magdalena y el Buen Ladrón son ejemplos de ello. En vez de quedar aterrorizados ante Él, se encantaron.

El hombre es ordenadísimo con relación a Dios, pero necesita de su auxilio para soportar su grandeza. Más o menos como el sol: fuimos hechos para vivir bajo el sol, pero no podemos mirarlo directamente por largo tiempo. Por eso Nuestro Señor veló sus cualidades durante su vida terrena, y solo poco a poco se fue revelando a los hombres.

Comprendamos con cuánta confianza debemos dirigirnos a Jesucristo, seguros de que Él nos mira y nos ama. Él que apreció la fe de san Pedro, apreciará a cualquiera que afirme con fe: “¡Tú eres el Hijo del Dios vivo!”. Así, con toda tranquilidad y confianza, podemos ponernos en la presencia de nuestro Divino Salvador.

Cuando meditamos los diversos pasos del rosario, en los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, debemos colocarnos con confianza en su presencia. De ese modo, la meditación de los hechos de su vida se ilumina, y lo amaremos y comprenderemos mejor.

Sublime relación de la Santísima Virgen con Nuestro Señor

San Bernardo decía que la relación entre Nuestra Señora y su Divino Hijo es como la de la luna con relación al sol. La luna es para nuestros ojos el esplendor de la luz del sol, refleja al sol. La Virgen Santísima es el reflejo perfectísimo de Jesucristo. Nuestra Señora tampoco dejó trasparecer toda su belleza en su vida terrena. Ella se fue manifestando poco a poco, para consolar a los hombres después de la muerte de Nuestro Señor.


“La Virgen Santísima es el reflejo perfectísimo de Jesucristo. Nuestra Señora tampoco dejó trasparecer toda su belleza en su vida terrena. Ella se fue manifestando poco a poco, para consolar a los hombres después de la muerte de Nuestro Señor”

Virgen Blanca de Toledo

Yo someto lo que expongo al juicio de la Iglesia, pero creo que Él es tan superabundantemente rico en bellezas, que sus contemporáneos no lo vieron todo. Y que gran parte de esa belleza por la gracia fue después revelándose sucesivamente a los santos en las diversas etapas de la historia de la Iglesia. Los santos de los tiempos de los mártires, de los tiempos de los confesores, de los tiempos de los doctores, y después los de la Edad Media y así sucesivamente, cada época fue añadiendo algo más a la figura del Redentor Divino.

De ese modo, cuando se llegue al reino del Inmaculado Corazón de María —como fue previsto por san Luis María Grignion de Montfort y confirmado en Fátima—, la figura de Nuestro Señor brillará en toda su plenitud.

Cuando el último santo sobre la tierra haya visto el último esplendor en Nuestro Señor y lo haya reproducido en su alma tanto como sea posible a la naturaleza humana, la historia del mundo habrá terminado. Esta lenta manifestación, adoración y reproducción de la belleza moral de la santidad de Jesucristo ¡es la propia historia de la humanidad! Habrá llegado el momento del Juicio Final, su misión estará completamente concluida y la historia habrá finiquitado.

Considerando así la figura del Salvador de la humanidad, la meditación de su vida, contemplando los misterios del rosario, adquiere una verdadera luz. Entonces, desde el primer misterio, la “Agonía en el Huerto de los Olivos” hasta el último, la “Coronación de María Santísima en el Cielo”, paso a paso se va manifestando la belleza de la fisonomía de Nuestro Señor Jesucristo.


El pelicano se hiere en el pecho para alimentar sus polluelos con su proprio sangre. Es el símbolo del sacrificio y de la donación de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía.

Capilla de la Orden Tercera del Carmen – Cachoeira – Bahia – Brasil

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“Santo del Dia” (reunión para socios y cooperadores de la TFP), 9 de octubre de 1971

 A D V E R T E N C I A

Consideraciones sobre la grandeza de la fisonomía moral de Nuestro Señor Jesucristo —su psicología, su capacidad intelectual, su actuación y otros aspectos—, tejidas por Plinio Corrêa de Oliveira durante una conferencia el 9 de octubre de 1971. El texto  no fue revisado por él. Se ha efectuado una adaptación al lenguaje escrito y se insertaron los subtítulos para facilitar su lectura

“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso, algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya  categóricamente lo rechaza”.

Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.

 

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Fratelli Tutti: un mínimo común denominador naturalista  como programa para la humanidad desorientada 

Agradecemos a Stilum Curiae la publicación de este artículo

7 Ottobre 2020 Pubblicato da 

 

Fratelli Tutti: un mínimo común denominador naturalista  como programa para la humanidad desorientada

José Antonio Ureta

 

Fratelli Tutti no parece una enciclica, si no más bien la continuación del diálogo que, desde el inicio de su pontificado, Francisco ha mantenido con agnósticos como Eugenio Scalfari, Dominique Wolton o Carlo Petrini, en la tentativa de convencerlos que la Iglesia Católica es compatible con la modernidad atea.

Las encíclicas de los pontífices anteriores tomaban de las verdades eternas de la Revelación divina las enseñanzas aplicables a la situación concreta, y especialmente a las crisis, de la coyuntura eclesial o temporal. Diversamente, el “espacio de reflexión sobre la fraternidad universal” (n. 286) de Francisco propone una infinidad de análisis exclusivamente humanos como un denominador común aceptable por todos, a pesar de las divergencias religiosas o filosóficas, una vez que “esta carta está dirigida a todas las personas de buena voluntad, más allá de sus convicciones religiosas” (n.56).

Esa búsqueda del mínimo común denominador con el agnosticismo queda patente en el pasaje de la encíclica sobre “el consenso y la verdad”, en el cual se subraya que la dignidad inalienable de todo ser humano “es una verdad que responde a la naturaleza humana más allá de cualquier cambio cultural” y se agrega: “A los agnósticos, este fundamento podrá parecerles suficiente para otorgar una firme y estable validez universal a los principios éticos básicos y no negociables, que pueda impedir nuevas catástrofes. Para los creyentes, esa naturaleza humana, fuente de principios éticos, ha sido creada por Dios, quien, en definitiva, otorga un fundamento sólido a esos principios”. Pero, tal vez para apartar cualquier sospecha de proselitismo religioso, aclara  que “esto no establece un fijismo ético ni da lugar a la imposición de algún sistema moral, puesto que los principios morales elementales y universalmente válidos pueden dar lugar a diversas normativas prácticas. Por eso deja siempre un lugar para el diálogo” (n. 214).

De esta búsqueda de un mínimo común denominador con el agnosticismo también resulta que, en esta nueva encíclica,  abundantemente auto-referencial (170 citaciones de si mismo, 43 de sus predecesores, apenas 20 de padresy doctores  de la Iglesia), se nota una ausencia de presupuestos y de consideraciones de carácter sobrenatural e inclusive de consideraciones religiosas específicamente cristianas. Fratelli Tutti  adopta un lenguaje claramente naturalista e interconfesional. Son prácticamente omitidas la vocación sobrenatural del hombre, la herida introducida en el mundo por el pecado, la necesidad de la Redención en Cristo, el papel salvífico de la Iglesia, la gracia divina como requisito para el perfeccionamiento individual y el progreso social y la ley natural como fundamento del orden internacional, que han constituído la base de las exhortaciones de los pontífices anteriores.

El naturalismo y el interconfesionalismo son particularmente evidentes en la noción de base de la encíclica, o sea, el “nuevo sueño de fraternidad y de amistad social” (n.6) y el consecuente “deseo mundial de hermandad” (n.8) que Francisco quiere hacer renacer a partir del reconocimiento por todos de la dignidad de cada persona humana, sin ninguna referencia a Dios, a parte un breve mención de la convicción de los creyentes, lo que acentúa  el carácter inusual del documento.

La misma parábola del Buen Samaritano es interpretada en clave meramente humanista: el relato, según el pontífice, “nos revela una característica esencial del ser humano, tantas veces olvidada: hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor” (n. 68). Jesús “confía en lo mejor del espíritu humano y con la parábola lo alienta a que se adhiera al amor, reintegre al dolido y construya una sociedad digna de tal nombre” (n. 71). El carácter laico de ese amor se acentúa con la consideración de que una persona de fe “puede sentirse cerca de Dios y creerse con más dignidad que los demás”, mientras paradojalmente “a veces, quienes dicen no creer, pueden vivir la voluntad de Dios mejor que los creyentes” (n.74).

Tal amor al prójimo no resulta necesariamente del amor de Dios. La palabra “caridad” es mencionada 33 veces en la encíclica, pero en ninguna de ellas es asociada a la “amistad del hombre por Dios” que es en lo que ella consiste esencialmente (S. Tomás, Summa, II-II, q. 23, a. 1, resp.), de donde resulta que “la razón de amar al prójimo, es Dios” (Ibid. q.25, a.1, resp.). La omisión del carácter primordialmente vertical de la caridad llega al punto de afirmar que lo que orienta los actos de las virtudes morales (como la fortaleza, sobriedad, laboriosidad, etc.), es “en qué medida estos realizan un dinamismo de apertura y unión hacia otras personas” (n. 91), haciendo silencio del amor de Dios.

Por todo lo anterior, la encíclica Fratelli Tutti parece encuadrarse ampliamente en el juicio crítico hecho por S. Pio X a los escritos del movimiento Le Sillon, en su encíclica Notre charge apostolique, en la que escribió que ese movimiento  promovía un concepto de fraternidad que no era católico:

“Esta misma doctrina católica nos enseña también que la fuente del amor del prójimo se haya en Dios, Padre común y fin común de toda la familia humana, y en el amor de Jesucristo, cuyos miembros somos, hasta el punto de aliviar a un desgraciado es hacer un bien al mismo Jesucristo. Todo otro amor es ilusión o sentimiento estéril y pasajero. Ciertamente, la experiencia humana está ahí, en las sociedades paganas o laicas de todos los tiempos, para probar que, en determinadas ocasiones, la consideración de los intereses comunes o de la semejanza de la naturaleza pesa muy poco ante las pasiones y las codicias del corazón. No, venerables hermanos, no hay verdadera fraternidad fuera de la caridad cristiana, que por a amor a Dios y a su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, abraza a todos los hombres, para ayudarlos a todos y para llevarlos a todos a la misma fe y a la misma felicidad del cielo. Al separar la fraternidad de la caridad cristiana así entendida, la democracia [promovida por Le Sillon], lejos de ser un progreso, constituiría un retroceso desastrosos para la civilización” (n.24, el destaque en negritas es nuestro).

Las palabras de S. Pio X nos dan luces para resaltar otro aspecto de la última encíclica de Francisco: la síntesis relativista de la convivencia de los contrarios que, por medio del diálogo, debe servir de soporte para la fraternidad universal y la amistad social. El modelo de una “cultura del encuentro” (mencionada 6 veces a lo largo del texto) y del “diálogo” (mencionado 46 veces) sería San Francisco “no hacía la guerra dialéctica imponiendo doctrinas” sino que era un verdadero padre en la medida que “que acepta[ba] acercarse a otros seres en su movimiento propio, no para retenerlos en el suyo, sino para ayudarles a ser más ellos mismos” (n.4).

Hoy, por el contrario, “prima la costumbre de descalificar rápidamente al adversario, aplicándole epítetos humillantes, en lugar de enfrentar un diálogo abierto y respetuoso, donde se busque alcanzar una síntesis superadora” (n. 201). De hecho, debemos pensar que “las diferencias son creativas, crean tensión y en la resolución de una tensión está el progreso de la humanidad” (n. 203).

Según el Papa Francisco, eso no sería relativismo, porque permanece válida una verdad objetiva: que todo ser humano es sagrado (n. 207), de donde resulta que los derechos humanos son inviolables (n.209 ) y un valor permanente, transcendente y no negociable (n.211 y n.273) . Cuanto a lo demás, “lo que llamamos ‘verdad’” (las comillas son de la encíclica) “es ante todo la búsqueda de los fundamentos más sólidos que están detrás de nuestras opciones y también de nuestras leyes” (n.208), por lo que, “en una sociedad pluralista, el diálogo es el camino más adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y respetado, y que está más allá del consenso circunstancial” (n.211). De allí nace una cultura del encuentro que es “un estilo de vida tendiente a conformar ese poliedro que tiene muchas facetas, muchísimos lados, pero todos formando una unidad cargada de matices”, “una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente” (n.215). Por eso son necesarios, de un lado, “el hábito de reconocer al otro el derecho de ser él mismo y de ser diferente” (n. 218) y, de otro lado, “un pacto cultural” que implica aceptar la posibilidad de ceder algo por el bien común.

“Ninguno podrá tener toda la verdad ni satisfacer la totalidad de sus deseos, porque esa pretensión llevaría a querer destruir al otro negándole sus derechos” (n.221) . Se trata del realismo dialogante “de quien cree que debe ser fiel a sus principios, pero reconociendo que el otro también tiene el derecho de tratar de ser fiel a los suyos” (idem) y permite soñar juntos “como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos” (n. 8).

Según Francisco, esto no es sincretismo ni absorción de uno en el otro, sino apostar “por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna” (n.245), o sea, parece una forma peculiar de dialéctica hegeliana en que la síntesis permanece como un horizonte inalcanzable.

Es fácil constatar que esto no es armonizable  con lo que enseñó S. Pio X al condenar al movimiento Le Sillon por apartarse de la doctrina católica: “Lo mismo sucede con la noción de la fraternidad, cuya base colocan en el amor de los intereses comunes, o, por encima de todas las filosofía y de todas las religiones, en la simple noción de humanidad, englobando así en un mismo amor y en una igual tolerancia a todos los hombres con todas sus miserias, tanto intelectuales y morales como físicas y temporales. Ahora bien, la doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o práctica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material” (n.24, el destaque en negritas es nuestro).

El tono de relativismo filosófico y el interconfesionalismo religioso de Fratelli Tutti se extiende igualmente a las relaciones entre la Iglesia Católica y las  otras religiones. Como las distintas religiones valoran “cada persona humana como criatura llamada a ser hijo o hija de Dios”, ellas “ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad” (n.271). En ese aporte, todas las religiones serían iguales: “Desde nuestra experiencia de fe y desde la sabiduría que ha ido amasándose a lo largo de los siglos, aprendiendo también de nuestras muchas debilidades y caídas, los creyentes de las distintas religiones sabemos que hacer presente a Dios es un bien para nuestras sociedades” (n.274).

También la Biblia se encuadra en esta  equiparación, porque, para Francisco, todos “los textos religiosos clásicos pueden ofrecer un significado para todas las épocas, tienen una fuerza motivadora” (n.275). Y agrega más adelante: “Otros beben de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo” (n. 277).

Más aún, Dios no tiene ninguna opción preferencial por los bautizados en general  (que son los únicos verdaderos hijos de Dios), ni por los fieles católicos, miembros de su Cuerpo Místico, en particular, sino que “el amor de Dios es el mismo para cada persona sea de la religión que sea. Y si es ateo es el mismo amor” (n.282).

De esos presupuestos religiosos y filosóficos  – a la búsqueda, como dijimos al inicio, de un mínimo común denominador para todos los hombres – la encíclica Fratelli Tutti deduce  principalmente dos consecuencias prácticas que originarán  un malestar, cuando no abrirán una brecha, todavía mayor entre el Papa Francisco una gran parte de los fieles católicos: se trata de la promoción de la inmigración como condición para una sociedad abierta y de un gobierno mundial para la resolución de los problemas globales.

Para el Papa Francisco, “el amor que se extiende más allá de las fronteras tiene en su base lo que llamamos ‘amistad social’ en cada ciudad o en cada país”, condición para “una verdadera apertura universal”  (n.99). Su universalismo no se confunde con una globalización que favorece “el imperio homogéneo, uniforme y estandarizado de una única forma cultural dominante”, sino que construye una sociedad poliédrica “donde al mismo tiempo que cada uno es respetado en su valor, ‘el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas’” (n.145). Como en el caso del diálogo, para el pontífice “una sana apertura nunca atenta contra la identidad”, porque “al enriquecerse con elementos de otros lugares, una cultura viva no realiza una copia o una mera repetición, sino que integra las novedades ‘a su modo’. Esto provoca el nacimiento de una nueva síntesis” (n. 148).

Por eso, hay que “pensar y gestar un mundo abierto” (es el título del capítulo 3 de la encíclica), en que vigoren “derechos sin fronteras” (es el subtítulo de una sección), porque “nadie puede quedar excluido, no importa dónde haya nacido, y menos a causa de los privilegios que otros poseen porque nacieron en lugares con mayores posibilidades. Los límites y las fronteras de los Estados no pueden impedir que esto se cumpla” (n.121). Porque la destinación universal de los bienes de la tierra no sólo grava la propiedad privada con una función social – “quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos” (n. 122) – sino que condiciona también la soberanía de las naciones sobre su territorio, por lo que “cada país es asimismo del extranjero, en cuanto los bienes de un territorio no deben ser negados a una persona necesitada que provenga de otro lugar” (n.124).

En realidad, los bienes de un país deben estar a disposición no sólo de los necesitados de ese país, porque “nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano de encontrar un lugar donde pueda no solamente satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia, sino también realizarse integralmente como persona” (n.129). Eso valería decir que cualquiera que se considere un nuevo Picasso o un nuevo Einstein tendría derecho a exigir transferirse  en Paris o Massachusetts, para poder desarrollar plenamente sus talentos artísticos o científicos en la Écôle des Beaux Arts o en el MIT!.

Si muchos emigran simplemente para buscar un futuro mejor que en su patria – a diferencia de cuanto a veces había dicho,  si bien en modo muy sumario –  en esta encíclica el Papa Francisco no se preocupa del derecho de cada país de reglamentar migratorio según las propias posibilidades, sino que se limita a decir  que “la llegada de personas diferentes, que proceden de un contexto vital y cultural distinto, se convierte en un don” y en “una oportunidad de enriquecimiento y de desarrollo humano integral de todos” (n. 133). E insiste: “Los inmigrantes, si se los ayuda a integrarse, son una bendición, una riqueza y un nuevo don que invita a una sociedad a crecer” (n. 135).

No hay ninguna mención al riesgo de una inmigración masiva y desestabilizadora, como ocurre actualmente en Europa, donde una fuerte componente musulmana rehusa a integrarse, al punto de que el Presidente Macron debió lanzar una iniciativa contra el “separatismo islámico” de las periferias urbanas donde ni siquiera la policía puede entrar…

El Papa Francisco, por el contrario, cree necesario deber  subrayar el riesgo de los “narcisismos localistas” que “esconden un espíritu cerrado que, por cierta inseguridad y temor al otro, prefiere(n) crear murallas defensivas para preservarse a sí mismo” y “se clausura(n) obsesivamente en unas pocas ideas, costumbres y seguridades” (n.146). La vida local “se vuelve estática y se enferma” (idem), porque “los otros son constitutivamente necesarios para la construcción de una vida plena” (n.150).

Las migraciones,  por lo tanto, no sólo son buenas en sí mismas, sino que “constituirán un elemento determinante del futuro del mundo“ (n.40). La crisis sanitaria del Covid-19 es, a su vez, la gran oportunidad para salir de la “autopreservación egoista”: “Ojalá que al final ya no estén ‘los otros’, sino sólo un ‘nosotros’”, para que “la humanidad renazca con todos los rostros, todas las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado” (n.35), porque “la verdadera calidad de los distintos países del mundo se mide por esta capacidad de pensar no sólo como país, sino también como familia humana” (n.141).

Pero, “para hacer posible el desarrollo de una comunidad mundial, capaz de realizar la fraternidad a partir de pueblos y naciones que vivan la amistad social” (n. 154) es necesario “fomentar no únicamente una mística de la fraternidad sino al mismo tiempo una organización mundial más eficiente” (n. 165). En este contexto, se vuelve indispensable “la maduración de instituciones internacionales más fuertes y eficazmente organizadas” y “dotadas de poder para sancionar”. No una “autoridad mundial” de tipo personal, sino instituciones “dotadas de autoridad para asegurar el bien común mundial” (n.172). Como el párrafo siguiente es dedicado a la necesidad de una reforma de la ONU, se entiende que, en el espíritu de Francisco, corresponde a esta organización ejercer ese papel, por lo cual “es necesario evitar que esta Organización sea deslegitimizada” (n.173).

En una coyuntura en que despuntan en el horizonte gravísimas crisis económicas y sociales, resultado de la respuesta histérica de la OMS y de los gobiernos a los desafíos del Sars-Cov-2, el espectro de una dictadura mundial, primero sanitaria y luego política. No se trata de una perspectiva imaginaria, producto de una mente “conspiracionista”, sino la realización del sueño iluminista de una República Universal acariciado en las logias masónicas ya antes de la Revolución Francesa, indirectamente evocada en la encíclica mediante la reproducción de la trilogía “Libertad, igualdad, fraternidad” en uno de sus subtítulos (n.103).

No es fuera de propósito una evocación de la Masonería en la conclusión de esta visión a vuelo de pájaro de Fratelli Tutti. El número de enero de la revista Nueva Hiram, órgano trimestral del Gran Oriente de Italia, fue publicado un artículo de Pierluigi Cascioli con un comentario sobre el documento “Fraternidad humana por la paz en el mundo y por la convivencia común”, firmado en Abu Dhabi por el Papa Francisco y el iman  Ahmed el-Tayeb, principal fuente de inspiración para la redacción de la nueva encíclica (n.5) que incorpora varios trechos de esa declaración conjunta. Aunque Pierluigi Cascioli se pregunta si el catolicismo y el islam sunita llevarán la declaración hasta sus últimas consecuencias (dando acceso pleno a las mujeres en las respectivas jerarquías y admitiendo la legitimidad de las relaciones homosexuales), él reconoce enfáticamente que los dos líderes religiosos “expresaron posiciones de vanguardia” y que valores de fraternidad universal contenidos en el documento no sólo son compatibles con la fe específica de los dos signatarios, sino que “tales valores pueden ser perfectamente compartidos por otros, con base en un ‘mínimo común denominador’ constituido por la razón”, porque “cada ser humano tiene una dignidad infinita”. Después de insistir en que “los masones, que tienen la fraternidad como centro de gravedad, no pueden dejar de afrontar este Documento”, el articulista de Nuovo Hiram explica que este último invita a “asumir la cultura del diálogo como camino” (un empeño  también presente en Fratelli Tutti) y concluye con la siguiente interpelación: “En aplicación de este principio, ¿católicos y sunitas querrán dialogar con los masones?”.

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RECOMENDAMOS LEER:

 
ASIMISMO VER LA CLARA EXPLICACION DEL P. OLIVERA RAVASI SOBRE SI SE DEBE OBEDECER EN TODO A LOS PAPAS (site QUE NO TE LA CUENTEN)
 
 
 
 

 

 

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APÉNDICE I de Nobleza y élites tradicionales análogas (4a. nota)

En el Brasil colonial, en el Brasil imperial y en la República brasileña: génesis, desarrollo y ocaso de la “Nobleza de la Tierra”

Fuente y site para descargar obras y artículos del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira: 

http://www.pliniocorreadeoliveira.info

 

  1. El ciclo del oro y de las piedras preciosas

Una vez colonizado el litoral comienza la conquista del sertão. Comienza entonces el ciclo del oro y de las piedras preciosas, el cual va a estar marcado a fondo por la actuación de los bandeirantes [59]. Con ellos se esboza un nuevo rasgo de nuestra aristocracia rural.

  1. a) Entradas y Banderas

Para comprender la importancia y la gran oportunidad de las banderas es necesario tomar en consideración que toda la colonización portuguesa de nuestro territorio tenía carácter litoral, es decir, se concentraba más o menos a lo largo de nuestra ribera marítima. Faltaba desbrozar, conocer y aprovechar el inmenso hinterland que se extendía más allá de esa ribera.

Con esa finalidad se movilizaron tanto la iniciativa estatal, es decir, la Corona, como la privada. A las expediciones desbrozadoras que eran de iniciativa de la Corona, representada aquí por las autoridades locales, se les llamaba generalmente entradas y a las de iniciativa particular, banderas. Como si quisieran ya demostrar esos comienzos la mayor eficacia de la iniciativa privada, el “banderismo” contó entre nosotros con un radio de acción y una riqueza de resultados mucho mayores.

El bandeirante Antonio Raposo Tavares. Museo Paulista, São Paulo.

A partida das “Monções” – Almeida Júnior, Palácio dos Bandeirantes, São Paulo 
Las primeras expediciones que tuvieron el carácter de banderas fueron, según Rocha Pombo, las “capitaneadas por Martín de Sá, por Dias Adorno y por Nicolás Barreto”. Según el mismo historiador, “la función de esas primeras expediciones es abrir hacia el amplio seno del continente los grandes caminos que van a ser trillados, y que tienen que quedar para siempre como válvulas que han de llevar a las profundidades del sertão el renaciente vigor de los núcleos de la zona marítima”. [60]

Otro autor destaca el aspecto conquistador y desbrozador de las banderas: “Por su propio carácter aventurero, su objetivo era más expandir que fijar, más conquistar que establecer, más explorar que producir. Fueron el brazo conquistador que dilató las fronteras, y no la azada cotidiana, infatigable, que levantó de sol a sol nuestra estructura social. Ésta vendría del norte, con la irradiación de los núcleos culturales de Bahía y Pernambuco.” [61]

No hay duda de que la búsqueda del lucro era uno de los elementos propulsores de las banderas. Sin embargo, se engañaría gravemente quien supusiera que era ésta su única meta.

“La causa del bandeirismo es esencialmente moral, un poco presa a los impulsos de la ambición individual de tesoros por descubrir, un tanto sujeta al inmenso sueño paulista de conquistar para su rey (…) un inmenso imperio que tuviese por divisa los más claros límites naturales: el Atlántico, el Plata, el Paraná, el Paraguay, los Andes y el Amazonas.” [62]

Tampoco se puede afirmar que fuera totalmente ajena a los deseos de la mayoría de los bandeirantes la expansión de la Fe, pues fue resultado forzoso del desbrozamiento y del establecimiento de poblaciones bautizadas en los territorios sobre los cuales pasaba a ejercerse efectivamente la autoridad de los monarcas portugueses. Éstos siempre hicieron de dicha expansión uno de los objetivos principales de la epopeya de las navegaciones, y consideraban con los mismos ojos las entradas y banderas.

“La capilla rústica, construida de madera y barro y con tejado de paja fue el primer edificio público que surgió en la confusión de los descobertos [63]. Se erguía en cualquier punto, a veces en lo alto de los oteros, flanqueada por una cruz de madera tosca, dominando el paisaje severo, o bien en el fondo de los desfiladeros (…)

“Si las esperanzas se confirmaban, es decir, si en los alrededores de dicho curso de agua el oro se mostraba abundante, entonces la primitiva aldea aumentaba en población, las cabañas se multiplicaban, surgían remedos de calles y la capillita era ampliada, consolidada, a menudo reconstruida. Muchas de estas primeras ermitas, algunas probablemente aún de los últimos años del siglo XVII existen más o menos desfiguradas en los alrededores de las ciudades y villas mineras de hoy, recordando con su presencia los ensayos de vida espiritual en aquella tierra brasileña.” [64]

Además, para considerar la elevación de espíritu inherente a los paulistas del Brasil colonial basta ponderar “cuántos y cuántos habitantes de Piratininga, de los de sus mejores linajes, abandonaron sus hogares y sus haberes para ir a ayudar a los nordestinos, tanto en la lucha contra los holandeses, como contra los cariris y los guerens, como contra los negros de Palmares. (…) Y a São Paulo debemos ese primer hilván de nacionalidad, puesto que nunca regateó su protección a ningún punto de la colonia que la necesitara.” [65]

  1. b) El “bandeirismo” y la “Nobleza de la tierra”

Conviene ahora destacar el papel de las banderas en la formación de nuestra nobleza territorial.

En aquella época en que, según expresión de Jaime Cortesão, “Sao Paulo tenía por arrabales el Atlántico y los Andes, y el Plata y Amazonas por avenidas” [66], fueron especialmente los “hombres buenos” quienes se lanzaron a esas empresas, y los que aún no lo eran pasaron a serlo en razón de su valentía, pues “la bravura era el criterio para el prestigio social en aquella época”. [67]

Por eso afirma también Oliveira Vianna: “Era entonces la nobleza paulista, antes que nada, una nobleza guerrera (…) Los títulos de nobilitación estaban en las hazañas del sertanista (…)

“Conviene que se comprenda bien este aspecto del bandeirismo y de la sociedad paulista de los siglos I y II. Lo que allí ocurrió es perfectamente idéntico a lo sucedido en la primera fase del periodo medieval (…) Sabemos que en los primeros siglos de la Edad Media la bravura, es decir, los méritos guerreros, daban a los hombres su valor social. (…) De ahí provenía el ingreso en la clase de la aristocracia.” [68]

  1. La “Nobleza de la tierra” frente al Rey y a la Nobleza de la Metrópoli

Puede ahora añadirse otro punto: ¿cuál fue la actitud de los Reyes de Portugal, de la Corte y de la Nobleza lusitanas frente a los “hombre buenos” y a la “Nobleza de la tierra” que se iba constituyendo en la colonia? ¿Fue de franca acogida y tendiente a una entera asimilación, aún cuando no se tratara de distinguir heroicas hazañas?

  1. a) Señor de Ingenio: un título con contenido nobiliario

Pedro Calmon nos informa, citando al autor de los Diálogos das grandezas do Brasil, que “‘los más ricos tienen ingenios con título de señores de los mismos, nombre que les concede Su Majestad en sus cartas y provisiones, y los demás tienen partidas de cañas (…)’. Señor de Ingenio —prosigue Calmon— equivalía, por tanto, a ‘señoreage’ con contenido nobiliario de tenor feudal: importaba magnificencia. Aquellos eran los hidalgos de Brasil. Fernán Cardim, por cierto, lo reconoce: ‘se trataban como unos condes (…)’.” [69]

Fernando de Azevedo es categórico: “El Señor de Ingenio era un título de nobleza entre hidalgos del Reino.”[70]

También lo dice Luis Palacín: “El título de Señor de Ingenio introducía por sí mismo en los cuadros de la Nobleza y del poder. (…) Antonil [71] comparaba el Ingenio con el señorío europeo: ‘Ser Señor de Ingenio es un título al que muchos aspiran (…) bien se puede estimar en Brasil el ser Señor de Ingenio, tanto como proporcionalmente se estiman los títulos entre los hidalgos del Reino.’” [72]

El P. Serafín Leite, destacado historiador de la Compañía de Jesús en Brasil, citando una carta de 1614 del jesuita Henrique Gomes, de Bahía, asevera: “Señores de Ingenio‘título que en otras ocasiones alegan para ennoblecerse —como en efecto lo son, por la mayor parte— los nobles de Brasil’.” Comenta además el P. Serafim Leite: “El hecho aristocratizante del cultivo del azúcar y del ingenio es señalado por todos los modernos que se ocupan de la vida social de Brasil. La observación del jesuita de 1614 es una buena declaración, por lo explícito de sus términos y por la época en que se hace.” [73]

Esto es lo que lleva a Carlos Javier Paes Barreto a afirmar de los Señores de Ingenio: “La hidalguía estaba incorporada al suelo. (…) Aunque los labradores no tenían, como en Roma, sus nombres inscritos en las placas marmóreas de los anfiteatros, poseían todas las prerrogativas de la Nobleza.” [74]

Lo afirmado por estos ilustres autores parece necesitar una cierta matización. Es decir, el lector no debe deducir de ahí que el Señor de Ingenio estaba dotado, desde el punto de vista nobiliario, de una situación tan precisa e inequívoca, ni con la atribución de funciones públicas tan definidas como las de la Nobleza de Portugal propiamente dicha.

  1. b) Los “hombres honrados”

Señala Luis Palacín que en los documentos de los primeros tiempos del Brasil Colonia se encuentran sin duda “las expresiones consagradas de nobleza para cualificar personajes: ‘hidalgo’, ‘caballero’, ‘noble’; pero estos son títulos que se encuentran raramente. Lo más normal es englobar con un título más genérico a todos aquellos a quienes la riqueza, el poder y el prestigio social tendían a igualar en una única clase: ‘los principales de la tierra’, ‘hombre poderoso’, ‘hombres con mucho peso’ son algunas de las expresiones usadas. Sin embargo, la fórmula empleada continuamente y que marca la intención nobiliaria de poder y de dinero en la sociedad colonial es la de ‘hombre honrado’.

“No es fácil perfilar de manera precisa este ideal de vida honrada. Ella tiene sus raices, ciertamente, en las aspiraciones caballerescas de la nobleza medieval.” [75]

Para englobar no sólo a las diversas categorías sociales que constituían la “Nobleza de la tierra”, sino también a otras con relevancia social en la vida de la colonia, existía la designación de “hombres buenos”. En ese sentido aclara Alfredo Ellis Jr.: “En cada villa existía el cuerpo de ‘hombres buenos’, que eran los principales de la tierra por su nacimiento, por el montante de sus bienes, por el nombre que se habían granjeado en luchas varias contra los salvajes, contra los enemigos externos, contra las asperezas del medio físico, etc.” [76]

“Los nombres de estos ‘hombres buenos’ estaban —según Oliveira Vianna— inscritos en los libros de Nobleza de las Cámaras (…) El hecho de estar admitido a las votaciones —de estar inscrito en el libro de las Cámaras como ‘hombre bueno’— era señal que indicaba Nobleza, que constaba en las ‘cartas de linaje’ que se solían expedir a requerimiento de los interesados.” [77]

  1. c) Privilegios de la “Nobleza de la tierra” — El gobierno de los Municipios

Como se ha visto, las élites que constituían la “Nobleza de la tierra” dieron pruebas suficientes de valentía, tanto en la defensa del Brasil litoral contra las expediciones de países extranjeros como Francia y Holanda, como durante el desbrozamiento del hinterland y las luchas necesarias para comenzar a poblarlo. Por esos destacados servicios el monarca concedió a dichas élites señalados privilegios, premios y honores. Entre dichos privilegios destacamos el de gobernar las cámaras.

Esa actitud benévola de la Corona con la sociedad y el Estado de Brasil que gradualmente iban estructurándose no se manifestó solamente a propósito del heroísmo militar. Rocha Pombo narra cómo la aristocracia pernambucana, que salió rodeada de gran fama de las luchas de la insurrección contra los protestantes holandeses, reclama para sí determinados privilegios y cómo “la Metrópoli es la más solícita en dar esa sanción a esa actitud del pueblo pernambucano, haciéndole todas las concesiones, atendiendo todas sus reclamaciones, entregando la administración y el gobierno de la tierra a los propios héroes que la libertaron.” [78] Alfredo Ellis Jr. lo confirma: “Los poderes municipales eran ejercidos por los legítimos conquistadores y defensores de la tierra contra sus enemigos externos e internos.” [79]

De hecho, siempre se inclinó la Metrópoli a favorecer una proporcionada autonomía de las poblaciones coloniales. Así pues, se ve que el nombramiento de los miembros de las cámaras de nuestros municipios se hacía por elección; pero dicha elección no se puede confundir con lo que hoy se designa con la misma palabra.

“El gobierno de nuestras cámaras en el periodo colonial no era democrático en el sentido moderno de la expresión. El pueblo que elegía y era elegido en esa época, el pueblo que gozaba del derecho de elegibilidad activa y pasiva, constituía una clase seleccionada, una Nobleza, la Nobleza de los ‘hombres buenos’. Era una verdadera aristocracia, en la que figuraban exclusivamente los nobles de linaje que aquí llegaron, o que aquí inmigraron y se establecieron, y sus descendientes, los ricos Señores de Ingenio; la alta burocracia civil y militar de la Colonia y sus descendientes. A esta Nobleza se sumaban los elementos venidos de otra clase: la de los ‘hombres nuevos’, burgueses enriquecidos por el comercio que, por su conducta, estilo de vida y fortuna, y por los servicios prestados a la comunidad local o a la ciudad habían penetrado en los círculos sociales de esta Nobleza de linaje o de cargo.” [80] 

Rua do Rosário, em São Paulo – José Wasth Rodrigues 

El carruaje del Emperador atraviesa la conocida “Rua Direita”, en Río de Janeiro. Grabado de Rugendas.

Alfredo Ellis Jr. confirma este privilegio de “ser los poderes municipales ejercidos por los ‘hombres buenos’, es decir por los de la Nobleza de la tierra;” [81] y el poco sospechoso testimonio del comunista brasileño Cayo Prado Jr. destaca también el privilegio que constituía para la aristocracia rural el gobierno de las Cámaras: “En las elecciones para los cargos de la administración municipal votan únicamente los ‘hombres buenos’, la Nobleza, como se llamaba a los propietarios. Dicho privilegio es por ellos celosamente defendido.” [82]

Manoel Rodrigues Ferreira afirma a su vez que los ‘‘nombres [de los elegidos] eran llevados al conocimiento del Oidor General, que los examinaba y expedía un documento llamado ‘carta de confirmación de usanzas’, o simplemente ‘carta de confirmación’, ratificando la elección hecha, y así los elegidos podían tomar posesión. (…)

“Las ‘cartas de confirmación de usanzas’ (…) se justificaban porque como ya se ha visto, solamente los ‘hombres buenos’ de la villa (o ciudad), que constituían su nobleza local, podían ser elegidos” [83]

  1. Un “feudalismo brasileño”

Los hechos hasta aquí narrados describen la fundación y expansión de los poderes y de las élites locales en los pueblos y ciudades del Brasil colonial, en los cual estaban presentes, como ya se ha dicho, rasgos de feudalismo.

Dado que hoy en día se encuentra difundida de modo general la idea de que América es un continente totalmente democrático, en cuyo suelo las monarquías y aristocracias constituyen plantas incapaces de germinar (esta idea fue, por ejemplo, uno de los leitmotiv de la propaganda republicana que derribó el trono de los Braganza en Brasil), no es superfluo transcribir aquí, antes de narrar el ocaso del “feudalismo colonial” brasileño, algunos textos de historiadores que testimonian el carácter feudal, similar al europeo, de aquello [que] podría llamarse —por analogía, claro está— “feudalismo brasileño.”

Afirma Gilberto Freyre: “El pueblo que, según Herculano, mal conoció el feudalismo, retrocedió en el siglo XVI a la era feudal, reviviendo sus métodos aristocráticos en la colonización de América. Era una especie de compensación o rectificación de su propia historia.” [84]

“Llamó Silvio Romero al primer siglo de nuestra Colonia, nuestro siglo feudal, nuestra Edad Media. Martins Júnior le rectifica con más acierto y prudencia crítica al afirmar que esa Edad Media o, mejor dicho, ese feudalismo, se extiende por los siglos segundo y tercero.” [85]

Charles Morazé [86] añade: “Estos poderosos propietarios de tierras se organizan en una autoridad enteramente feudal. Se apoyan en un tipo de familia patriarcal, cuya tradición aún está viva en el Brasil moderno.” [87]

Destacando el papel de la familia como base de la organización feudal, Néstor Duarte afirma que “la organización familiar es un trasplante con índole propia de la organización portuguesa, que aquí renace en circunstancias altamente propicias a su primitivo prestigio y fuerza en el origen de las sociedades humanas, verdadera revivificación de los tiempos heroicos o, si se quiere, de los tiempos feudales.” [88]

Esos rasgos de semejanza entre los feudalismos de ambos lados del Atlántico han de recordarse, aunque sin olvidar ni dejar de lado aquello que la organización del Brasil colonial presentaba de original en esa materia. Uno de los aspectos más sensibles de dicha originalidad es la gran importancia de los municipios, con sus libertades específicas, dentro de esa contextura feudal. En efecto, como ya hemos visto, su organización era eminentemente aristocrática.

Destaca Charles Morazé que “la autoridad municipal, cuando ya reinaba en Francia la centralización de Luis XIV, mantenía en el conjunto de Brasil un sistema estrictamente feudal”; y añade que la vida política municipal aparece en Brasil “con una originalidad muy fuerte que la distingue absolutamente de la vida política municipal de los países de Europa en el mismo periodo.” [89]

Afirma también Néstor Duarte: “En ese municipio feudalizado, componen sus cámaras, o el senado de sus cámaras, los Señores de Ingenio, los nobles de la tierra que reivindican el verdadero privilegio de ser los únicos elegidos.” [90]

Por su parte, Oliveira Vianna afirma taxativamente: “El servicio público de la concejalía, principalmente en el periodo colonial, (…) sólo por nobles o gente calificada podía ser ejercido.” La importancia de la “gente calificada” podía “medirse por la descendencia noble o de sangre (linaje) o de cargo, o bien de fortuna, como era el caso de los comerciantes (con la condición de que viviesen ‘a la ley de la Nobleza’, como se decía entonces, esto es, a manera de los antiguos hidalgos peninsulares).” [91]

N.d.l.R.: las notas al pie se publicarán en la entrada final

(Continúa en nota 5) 

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Algunos podrían objetar que tal feliz concordia es imposible, en vista de nuestra trayectoria de Estado secular.

El Cardenal Elia Dalla Costa, conocido como el “cardenal de la Caridad, por salvar de la ejecución a miles de italianos bajo el régimen fascista durante la Segunda Guerra Mundial)⇒

A esto podríamos responder que encontramos tenues ecos del deseo de esa concordia en los escritos de los Padres Fundadores quienes, a pesar de sus creencias personales (fuertemente influenciadas por el deismo y la Ilustración), entendieron el rol indispensable de la Religión para la prosperidad de la nación.

⇐George Washington dando su discurso de despedida, pintado por John Trumbull

En su “Discurso de Despedida” George Washington dijo: “Entre las disposiciones y hábitos que llevan a la prosperidad política, es indispensable el apoyo de la religión y la moral”. (1) Y John Adams le escribió al Dr. Benjamin Rush en 1811: “La religion y la virtud son los únicos fundamentos, no sólo del republicanismo y de todo ghobierno libre, sino también de la felicidad social bajo todos los gobiernos y en todas las combinaciones de la sociedad humana”. (2)

Pintura del filósofo archi-revolucionario Jean-Jacques Rousseau, por Maurice Quentin de La Tour⇒

Estas posturas tan patrióticas contradicen el actual antagonismo trágico entre la Iglesia y el Estado. La hostilidad es producto de la actitud liberal que se niega a reconocer que la Iglesia es una sociedad perfecta. En su forma más extrema se basa en la idea rousseauniana de que todos los derechos provienen del pueblo, que a su vez los delega en el Estado y como consecuencia la Iglesia no tiene derechos, salvo los que le conceda el Estado. Así, el Estado no tiene obligaciones hacia la Iglesia, que debe vivir una existencia separada y subordinada. Y aunque en su forma más moderada sea menos intolerante con la Iglesia, el curso lógico de esta actitud liberal inevitablemente llevaba a la hostilidad y confrontación de nuestros días.

Imagen Izquierda: El Obispo Mons. Austin Vaughan arrestado en una clínica abortista de Manhattan en Mayo de 1988. Fue arrestado al menos otras diez veces, cumpliendo detenciones de hasta 10 días, por hacer campaña contra el aborto libre . Imagen Derecha: El 27 de Agosto de 2003 un monumento a los Diez Mandamientos a la puerta de los Tribunales de Montgomery, estado de Alabama fue retirado a la fuerza

Una postura verdaderamente equilibrada consiste en que cada sociedad perfecta reconozca los derechos y autonomías de la otra, y que cada una cumpla con las obligaciones hacia la otra que surgen de ese reconocimiento. Tal asociación brinda oportuniddades de cooperación y no de exclusión.


(1) George Washington, “Discurso de Despedida,” en “Una Compilación de mensajes y Escritos de los Presidentes” editado por James D. Richardson (New York: Bureau of National Literature, 1897), 1:205.

(2) William J. Federer, “Los Diez Mandamientos y su influencia en las leyes americanas: Un estudio de Historia (St. Louis: Amerisearch, 2003), 20.

RETURN TO ORDER, por John Horvath (h) –  Best-seller de la TFP Norteamericana

 

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Santa Teresa de Ávila – Claustro del Carmelo de Sevilla – Fray Juan de la Miseria – Siglo XVI

Fray Juan de la Miseria pintó el rostro de Santa Teresa sobre lienzo, siendo este cuadro el más parecido que existe al original por haberlo pintado con la Santa presente y con los pinceles en la mano

PRESENTAMOS A NUESTROS LECTORES ESTOS COMENTARIOS DEL PROF. PLINIO CORREA de OLIVEIRA EN LA FIESTA DE SANTA TERESA, VERDADERAMENTE SUBLIMES, SOBRE LA GRAN SANTA, “NUESTRO SANTO REY FELIPE II” -COMO ELLA LO LLAMABA- Y LA FORMA DE AMOR HEROICO HASTA LA TOTAL ABNEGACION CARACTERISTICO DE ESPAÑA, “LA NACION IGNEA”

Veo que, por una feliz coincidencia, hoy se conmemora a una santa de lengua castellana, Santa Teresa de Avila.

“Teresa –nos dice el comentario de Dom Guéranger- sufrió toda clase de privaciones. Pero sufrió una que fue peor que las probaciones humanas. Un día le pareció que Dios mismo le faltaba. Como le ocurrió antes a San Felipe Benicio, y después de ella a San José de Calasanz y a San Alfonso de Ligorio, le tocó la probación de verse condenada, rechazada, tanto ella como sus hijas e hijos, en nombre y por la autoridad del Vicario del Esposo* (*N: del Vicario de Cristo). Se trataba de uno de aquellos días preanunciados desde hacía mucho en que –cita del Apocalipsis- le fue dado a “la bestia” hacerle la guerra a los santos y vencerlos. No tenemos espacio para contar esos incidentes dolorosos. ¿Y, por otra parte, para qué contarlos? “La bestia” no tiene, en tales casos, más que un modo de proceder, que repite en el siglo XVI, en el XVII, en el XVIII y siempre… Dom Guéranger escribió en el s. XIX…, y nosotros podemos ahora referirnos también al s. XX.

En verdad, es con palabras sumamente elocuentes que Dom Guéranger relata el martirio de Santa Teresa.

Dado que “la bestia” tiene siempre el mismo objetivo, Dios, al permitirlo, no tiene más que un objetivo: el de llevar los suyos a ese alto grado de unión crucificante,  en que Aquel que quiso ser el primero en saborear la amargura de esa borra de vino pudo decir, más que ninguno, con dolor: “Dios mío, Dios mío, ¡por qué me abandonaste!”.  

Como Uds. saben, ella era carmelita calzada, o sea, del ramo carmelita del que somos terciarios, y quiso hacer una reforma de la Orden del Carmelo, reforma ésta que apuntaba justamente a la restauración de un espíritu de mortificación y de penitencia que hacía muchos siglos se había terminado. Papas anteriores, sucesivamente, venían concediendo mitigaciones y más mitigaciones, llevando a que los conventos de la Orden del Carmen se transformaran en verdaderas pensiones.

Las carmelitas se pasaban fuera de ellos el tiempo que querían, y volvían cuando les venía bien. En el Carmelo, durante el día, se oían en el claustro canciones, de esas tocadas con guitarra, que eran canciones amorosas, muy comunes en la España de aquel tiempo. Las monjas recibían visitas en cantidad, la comida era regalada, la obediencia era inexistente, y del espíritu auténtico de San Elías ya no quedaba nada.

Así, después de años de relajamiento, ella, como religiosa, tocada por la gracia, resolvió enmendarse y decidió iniciar la Reforma Teresiana, constituyendo monasterios carmelitas realmente observantes y austeros. Esa obra, que debería haber encontrado un entusiasmo general, encontró una oposición tremenda. El infierno todo se movió en su contra, lo que significó que parte de la tierra también se moviera. Porque grandísima parte de la tierra está bajo la dirección del infierno. Y, entre otros elementos que se movieron contra ella, las carmelitas calzadas, sus hermanas, los carmelitas calzados, sus hermanos, y además de las carmelitas y de los carmelitas, se movieron también otras autoridades eclesiásticas y, finalmente, también lo hizo Roma.

Y llegó un determinado momento –cuando ya estaba bien adelantada la obra de la Reforma Teresiana, ya estaban fundados los Carmelitas Descalzos, y ella tenía muchos conventos- , en que llegó un decreto de Roma, emitido por intermedio del Padre General, que ordenaba disolver su reforma y obligar a todas sus religiosas a volver a las casas relajadas. Era una victoria del relajamiento sobre la observancia, una victoria de la tibieza sobre el celo, una victoria –para hablar en términos modernos- de la “democracia cristiana” sobre el ultramontanismo. ¡Fue algo tremendo! …Y uno de los peores días de su vida. Ella rezó tremendamente y escribió cartas a toda España pidiendo que actúen.

Felipe II – Atribuido anteriormente a Alonso Sánchez Coello, hoy se lo atribuye a Sofonisba Anguissola

Y entre esas cartas una fue para el Rey Felipe II, a quien ella llamaba “nuestro santo Rey Felipe”. Y Felipe II mandó llamar al Nuncio Apostólico para preguntarle de qué se trataba esto. Felipe II, personaje altamente intimidador, metía tanto miedo –lo cual constituye una gloria*, …una de las mayores glorias de un varón es meter miedo…- (*Dale Carnegie cree que eso es ser simpático, a mí me parece exactamente lo contrario)…, que, en general, cuando la gente entraba en la pequeña sala del Escorial donde él trabajaba, el se veía obligado a decirle “sosegáos”, porque el visitante se quedaba todo asustado…

Cuentan los memorialistas que –uds. se van a sorprender bastante de lo que voy a decir, pero son las verdades implacables de la Historia- el Nuncio también tuvo miedo, y estuvo de acuerdo con todo lo que Felipe II quería. Y así Felipe II evitó el derrocamiento de la Orden de Santa Teresa (¡!).

Ese encuentro de dos grandes personajes, Felipe II y Santa Teresa…, Santa Teresa recurriendo a Felipe II –(cómo un “herejía  blanca”* (*n.: de piedad sentimental y minimalista) se sentiría picado por eso de recurrir al Rey para que el Rey intimide al Nuncio Apostólico!). La “herejía blanca”, en esa situación, lo consideraría pavoroso. Entonces…, he aquí a Felipe II que llama al Nuncio y frena el aniquilamiento de la Orden del Carmen, dando origen a que se desarrolle uno de los factores más activos de la Contrarreforma, y que surja todo un imperio de glorias para la Iglesia, que vino por la existencia del Carmelo reformado –y basta nombrar a Santa Teresita del Niño Jesús para que no haga falta agregar nada… Todo esto es un apostolado de Felipe II, que nos permite ver uno de esos encuentros de seres extraordinarios de la Historia de la Iglesia, que dan la impresión de constelaciones celestes en el firmamento de Ella.

No puedo dejar de hacer el siguiente comentario: historiadores profanos, revolucionarios, sin forma alguna de imparcialidad, suelen tratar de la Armada Invencible como habiendo sido el fracaso de Felipe II: cuando la Armada Invencible fue vencida, Felipe II hizo un solo comentario. Ese comentario es sublime, y los historiadores revolucionarios no lo comprenden. Para decir que no había sido derrotado, él sólo dijo esta frase: “Mandé mi escuadra a combatir contra los hombres, no contra los elementos”. Es decir, no hubo derrota. Fue algo que Dios permitió para castigo de Inglaterra. ¡Muy bien hecho!

Batalla de Lepanto – National Maritime Museum – Greenwich

Felipe II tenía salidas extraordinarias. Cuando fueron a anunciarle el resultado de la Batalla de Lepanto, él estaba rezando. Le contaron todo y él, mostrando el dominio, la distancia psíquica que mantenía, hizo apenas este comentario: “¡qué gran peligro corrió Don Juan!”. Nada más… ¡Qué soberanía sobre sí mismo! ¡fabulosa! Un gran hombre… Y Santa Teresa decía aún más, …que él era un santo. Sé que esto no constituye una canonización, pero es lo que ella decía. Y nadie puede impedirme de decirlo también.

 

Busto de Felipe II* – Pompeo Leoni – Museo del Prado – (*pudo haberse tratado del que comenta el Dr. Plinio, pero no hay seguridad al respecto)

Me encantaría tener un busto de Felipe II que vi en una escalinata del Escorial –escalinata no…, en el patio. Nunca he visto nada que pareciese…, que tuviese más “physique du rôle”. Hay hombres en que la forma de la cabeza lo dice todo. Así era Felipe II. ¡Eso era honestidad y obstinación! Asimismo, una cara con una mirada que miraba así, pareciendo decir “sosegáos” con los labios mientras la mirada quitaba todo sosiego… Tuve la debilidad –sé que en ningún museo del mundo se vende nada- …tuve la debilidad de preguntar cuánto costaba ese busto. El guardián: “¡No, señor!” –…Miniatura de Felipe II, era más aconsejable no pelear con él. Bajé de inmediato mis exigencias, mis esperanzas…

Bueno, en suma, aquí está, como de pasada, la figura de Felipe II, y es bueno encuadrarla, o hacerla ver, a la luz de Santa Teresa de Jesús.

Me refería antes a la Armada Invencible: nos lo presentan como un rey derrotado: Un rey que hubiera tan sólo evitado que la reforma teresiana fuese deshecha, ya sería un rey vencedor por todos los siglos, simplemente por eso. Porque ese hecho vale mucho más que dominar Inglaterra. Y tener una Orden de contemplativos verdaderamente penitentes, que recen verdaderamente, y que son los pararrayos de Dios para evitar los castigos que caen sobre la tierra… ¡vale mucho más que la Armada Invencible!

-Alguien me pone aquí la poesía que expresa tan bien el alma de Santa Teresa de Jesús –(fue la sección de Documentación Histórica)- y que es aquella famosa poesía suya: “Soneto a Cristo Crucificado”. No me animo a leerlo aquí porque hay argentinos presentes y mi pronunciación es más que pésima. Tal vez alguno de los argentinos puede leerlo…

No me mueve, mi Dios, para quererte

el Cielo que me tienes prometido;

Ni me mueve el Infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves ¡Señor!, muéveme el verte

Clavado en una Cruz y escarnecido;

Muéveme ver tu cuerpo tan herido;

Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu Amor y en tal manera

que aunque no hubiera Cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera Infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

Seguro que todos* (*n: brasileros y argentinos) entendieron…, ¡es una verdadera maravilla! Me gustaría acentuar la dinámica del soneto. Es un soneto anti-espíritu “democracia cristiana”, y anti ecuménico (*) a más no poder. Porque es un soneto que empieza con un requinte* (*n.:  refinamiento, excelencia, quintaesencia)…, empieza diciendo algo que sorprende y que camina luego, de sorpresa en sorpresa, hasta el summum de sorpresa, dejándolo perplejo al que no tiene espíritu sobrenatural, …lo que constituye una de las bellezas del espíritu español.

Lo comento en portugués así: “No me mueve mi Dios para quererte el Cielo que me tienes prometido; no me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte”. El simplón que lea esto pensará: “¡¿Pero cómo?! Yo justamente tengo miedo de ofenderte a causa del infierno…, yo te amo a causa del cielo. Y este soneto empieza diciendo que no es eso lo que me mueve!” O sea, ya es una afrenta al espíritu tímido, vulgar, ordinario. Empieza ya venciéndolo.

Después sigue: “Tú me mueves, Señor, muéveme el verte, clavado en una Cruz y escarnecido”. Es decir, este soneto es la bofetada al egoísta. El tipo egoísta dice: “Bueno, ¿qué es lo que me mueve a mí, para amarte… llagado, escarnecido…? -Entonces, (así) no amo nada. Pues, ¿no te amo para mi ventaja? ¿Tengo que amarte en ese estado de humillación?” Es una segunda afrenta, pero es una segunda victoria del amor, es un segundo himno de adoración.

Después continúa: “Muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte”. Acaba por fin, así, hablando de la muerte. Es el herido…, es el golpeado…, es el arruinado…, es el muerto…

No hago planteos por oro, ni por plata, ni por gloria, no pregunto por nada… Más aún: ni siquiera reclamo el cielo, ni librarme del infierno como único elemento determinante de mi amor, o como elemento principal de mi amor. -Como elemento colateral sí, como elemento principal, no. Lo principal que amo es aquello a lo que todos los hombres le tienen horror: el escarnio, las heridas, la sangre y la muerte. Y es por eso que yo te amo.

Vemos cómo va subiendo, y cómo la paradoja va ganando en altura. Y cómo se hace sentir toda la audacia del alma cristiana, de la verdadera alma católica.  Ella continúa (uno casi diría “él” subconscientemente, tanta es su varonilidad): “Muéveme en fin tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiese Cielo yo te amara, y aunque no hubiese infierno te temiera”.

Es magnífico, es como una especie de réplica que confirma, un arrebato en la paradoja inicial. Uno ve que la persona queda medio atontada y piensa: “…está bien, me doy por enterada”: “Aunque no hubiera Cielo yo te amaría; aunque no hubiera infierno, yo te temería”. Y eso a causa de tus llagas….etc., etc. ¡Es una belleza en materia de audacia, ¿no les parece?!

“No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera”. Esto es el punto final, expresa lo último, no es cierto?  Puedes darme, yo lo acepto, yo espero tus dones, yo los quiero, pero…, aunque no me los dieses, te querría.

O sea, el amor puro en su manifestación más desinteresada, más grandiosa, más caballeresca…, es decir, más sobrenatural y más admirable. Se siente aquí el alma católica llena de fervor, tan diferente de ese ecumenismo (**) aguado, de esas concesiones, de ese amor al “sentido común”.

Tan sólo se ama verdaderamente una doctrina cuando uno ama todas las paradojas a que ella se puede prestar. Cuando se aman las formulaciones más excesivas y estridentes de esa doctrina… Y se las ama más que todas las otras. Es así como se ama algo. No con esa especie de endiosamiento de un “sentido común” de utilería.

Ahora bien, conviene, en este triste momento de la Iglesia que estamos atravesando, considerar que estas reflexiones, estas palabras, se aplican también a la Santa Iglesia Católica. La Santa Iglesia Católica está llagada, la Santa Iglesia Católica está herida, la Santa Iglesia Católica está crucificada y Ella no morirá tan sólo porque es inmortal.

Porque todas las razones de muerte en este momento coinciden en Ella. Y entonces, tomando el Cuerpo Místico de Cristo, que es otro Jesucristo, podemos decirle también a la Iglesia Católica: “No me mueve, oh Santa Iglesia, para quererte, el Cielo que tú me prometiste, ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte”. Realmente, el que a la Santa Iglesia Católica no la debemos ofender, no es ni por amor al Cielo, ni por miedo al infierno sino por un amor gratuito, filial, tan amoroso que contiene fibras de adoración, a la Santa Iglesia Católica como institución.

Después continúa: “Tú me mueves, oh Santa Iglesia Católica, muéveme el verte, clavada en una cruz y escarnecida. Muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu aparente muerte. Muéveme en fin tu amor, y en tal manera que –y esto es bien cierto en cuanto a nosotros en relación a la Iglesia Católica-: que aunque no hubiese Cielo amaríamos a la Santa Iglesia Católica, aunque no hubiese infierno nosotros la temeríamos. “No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo, oh Santa Iglesia, yo te querría”. Son esos los sentimientos en relación a la Santa Iglesia que debemos tener en los tristes días en que vivimos.

Vamos con ese espíritu a consagrar nuestras oraciones de hoy al Grupo de Catolicismo en Buenos Aires.

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NOTAS

[*] Sobre el ecumenismo: la mentalidad “irenista” de transigencia para con el error es típica de una disposición psicológica utópica que aspira a una era sim contrastes ni polémicas.

Plinio Corrêa de Oliveira demuestra, en “Trasbordo Ideológico Inadvertido y Diálogo”, que en el plano religioso el diálogo irenista favorece el interconfesionalismo, debilita todas las religiones y las  sume en una situación de confusión absoluta.

“Conviene distinguir, desde ya, dos formas de ecumenismo. Una trata –con el fin de encaminar las almas al único redil del único Pastor- de reducir todo lo posible las discusiones puras y simples y las polémicas, favoreciendo la discusión-diálogo y las otras formas de interlocución. Ese ecumenismo tiene una amplia base en numerosos documentos pontificios, especialmente de Juan XXIII y Paulo VI. Pero otra modalidad de ecumenismo va más allá y trata de extirpar de las relaciones de la Religión Católica con las otras religiones todo y cualquier carácter militante. Ese ecumenismo extremado tiene un evidente fondo de relativismo o sincretismo religioso, cuya condena se encuentra en dos documentos de San Pío X, la Encíclica “Pascendi” contra el Modernismo y la Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique” contra “Le Sillon” (ver Roberto de Mattei, “El Cruzado del siglo XX”).

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Título original :Santa Teresa de Ávila: Audacia en la paradoja…

Fuente: http://www.pliniocorreadeoliveira.info

“Santo del Dia”, 15 de octubre de 1965

A D V E R T E N C I A

Adaptación de conferencia del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira para socios y cooperadores de la TFP, en estilo verbal, no revisada por el autor

“Católico apostólico romano, el autor se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, por un lapsus, algo no estuviera conforme al Magisterio tradicional de la Iglesia, categóricamente lo rechaza”.

“Revolución” y “Contra-Revolución” son términos empleados en el sentido que les da el autor en su libro “Revolución y Contra-Revolución”, publicado en el nro. 100 de “Catolicismo”, de abril de 1959

 

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Ni el totalitarismo de Atila ni de Catilina vencerán a las élites que, para bien del pueblo, se conserven auténticamente católicas

Fuente:

www.pliniocorreadeoliveira.info

 

Lamentamos no contar con el texto completo de la alocución dirigida por el Santo Padre Pío XII a los miembros de la nobleza romana (ver el texto completo en “Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana”, Plinio Corrêa de Oliveira, 1993, Parte III, Documentos I, pp. 262-5). Para conocimiento de nuestros lectores, nos vemos limitados a publicar un resumen telegráfico transmitido por la Agencia Reuters debido a la falta de comunicaciones normales con el Vaticano. Ese simple resumen, no obstante, contiene perlas inestimables. Especialmente en esta época en que el soplo helado de la guerra parece querer borrar las últimas llamas de tradición cristiana occidental, las palabras del Sumo Pontífice revisten una oportunidad inestimable.

* * *

El Santo Padre comienza por mostrar la situación catastrófica en que nos encontramos. No resulta difícil notar las calamidades materiales acumuladas por la guerra. Antes bien, sería imposible dejar de notarlas. No es, por tanto, sobre este aspecto de la situación que el Santo Padre insiste. El habla principalmente de las ruinas morales de las almas que se pierden, de las instituciones representativas de milenios de cultura cristiana y de civilización cristiana que zozobran, de los torbellinos de ideas falsas, de pasiones en ebullición, de ambiciones desordenadas, que se levantan por todas partes. Por eso el Santo Padre no habla de reconstruir villas, aldeas o ciudades, sino de “reconstruir la sociedad humana”. La sociedad humana es la mayor de todas las ruinas contemporáneas. Si Londres o Nueva York –las dos mayores ciudades de nuestros días- fueran arrasadas, constituirían una ruina menor que la humanidad de este triste siglo XX.

* * *

No otro es el pensamiento del Soberano Pontífice cuando afirma que “actualmente estamos testimoniando uno de los mayores incendios de la Historia”. ¿Incendio material? El Santo Padre deshace todo equívoco agregando inmediatamente: “Estamos viviendo una de las épocas de más disturbios políticos y sociales jamás registrados en los anales del mundo”.  He ahí el incendio. Incendio ideológico, que abrasa las ideas más que las doctrinas, que tan sólo logró arrasar hogares, ciudades, provincias enteras porque previamente había puesto en estado de delirio y combustión el alucinado pensamiento del hombre contemporáneo.

* * *

¿De dónde vino desgracia semejante? ¿No somos, acaso, hijos de Dios? ¿Cómo, entonces, nuestro Padre Omnipotente asiste de brazos cruzados a esta inmensa catástrofe? ¿La Divina Providencia estará durmiendo?

¡Eso jamás! Dios es misericordioso incluso cuando castiga. En cierto sentido se  podría decir que la misericordia de Dios se ve con mayor claridad ante todo cuando castiga. ¡Ay de aquellos sobre quienes tarda en llegar el castigo de Dios! ¡Ay del pecador impenitente que vive feliz y despreocupado! ¡Ay del hombre inicuo al que rodean todas las alegrías de la vida temporal! El hombre que se mantiene feliz en el crimen es el mayor de los infortunados. Si no fuese tan grande su degradación tal vez Dios lo visitaría por medio de sufrimientos, y le abriría los ojos a su iniquidad. Pero llegó a caer tan bajo que ni siquiera esa desgracia amarga pero saludable le es concedida. Irá rodando de abismo en abismo hasta que caiga finalmente sobre él el brazo de Dios. Dios nunca le falta con su gracia ni al impío ni al pecador. Pero ¡cómo crecen, se van acumulando y multiplicando los castigos que Dios tarda en mandar!

Todo ese sufrimiento es, pues, en el fondo, un fruto de la Divina Misericordia. Por lo amargo del remedio que sentimos podemos medir la extensión de la gravedad de nuestro mal. Nada de eso habría aparecido “si cada uno hubiese cumplido su deber de acuerdo con la Divina Providencia”, dice el Pontífice. Pero ahora lo que nos queda es besar la Mano que nos castiga, agradecer el castigo que nos salva y salvarnos por medio de la punición que se nos manda”.

* * *

 “EL LEGIONARIO” publicó en su última edición un lindísimo artículo del Revmo. Sr. Pe. Valentín Armas, C.M.F., en el que se habla de Jacinta, la santa pastorcita de Fátima.

Viendo al Santo Padre expresarse en tan amargos términos sobre la situación contemporánea, no podemos dejar de acordarnos que, al aparecerse en Fátima cuando llegaba a su término la última guerra (n.d.l.R.: la I Guerra Mundial), Nuestra Señora advirtió al mundo contemporáneo que se convirtiese a Cristo y a la Iglesia, so pena de desatarse una nueva guerra que traería aparejados prejuicios y sufrimientos indescriptibles. Nuestra Señora profetizó una señal celestial que preanunciaría los castigos contra los cuales prevenía maternalmente al mundo impenitente. Poco antes de la guerra, un fenómeno claramente visible en las principales ciudades de Europa, clasificado por los técnicos como una singular aurora boreal, se hizo notar. Todos los telegramas, todos los diarios, tocaron el tema. Desde el fondo de la Casa Religiosa en que vive oculta y piadosamente Lucía, última sobreviviente de los tres pastorcitos de Fátima, le escribió a la Autoridad Diocesana diciéndole que era ésa la señal preanunciada por la Santísima Virgen. Poco después, sobrevino la conflagración. Se confirmaba la amenaza, se confirmó el castigo.  ¡Cuánta razón tiene el Santo Padre en decir que nada de eso habría pasado si hubiésemos oído la voz de la Iglesia, si hubiésemos obedecido a la Ley de Dios!

* * *

“Sin embargo, habrá un nuevo período de reconstrucción. El nuevo mundo reorganizado que surgirá no nos ha sido revelado aún”. ¿Qué quiere decir el Pontífice? ¿No le fue revelado aún cómo se organizará el mundo de la pos-guerra?

¡¿Pero cómo?! ¿No es él el Vicario de Cristo? Si hubiere un orden cristiano, la piedra angular de ese orden, la llave de cúpula de ese nuevo edificio no será la Santa Sede? Y si la Santa Sede no sabe aún qué se está por hacer, se hará con ella, a la sombra de ella –sombra que es luz, y es realmente la única luz que hay en el mundo– con base en ella, para gloria de Cristo y de su Iglesia el mundo de mañana? Si así fuera, ¿el Papa no estaría ya al tanto de todo?

* * *

 “Habrá un nuevo período de reconstrucción”, dice el Pontífice. El no sabe cómo será esa reconstrucción. Hay algo, sin embargo, que el Papa sabe. Desde que Jesucristo hizo de Simón una Piedra, será ésta la única piedra angular de todo lo que se construya de sólido, de estable, de glorioso en el mundo. Construir fuera de ella es construir ruinas.

¿Queréis ver una ruina que ningún incendio material devastó, pero que las ruinas de dos o tres bárbaros arrasaron?  Mirad el palacio yermo de la Liga de las Naciones. Bastó que la fiera nazi entrara allí, que un puñado de aventureros diera ahí adentro algunos gritos, para que ese conglomerado de estadistas humanitarios se deshiciera.

* * *

Pero, recíprocamente, hay ruinas que nadie logra demoler hasta la última piedra. Los escombros de los edificios sociales y políticos construidos en los siglos de civilización cristiana están resistiendo a todo. Si el hombre occidental se hubiese mantenido íntegramente católico, estas instituciones habrían sufrido hasta cierto punto las inevitables transformaciones del tiempo pero no habrían caído en ruinas. Si están en ruinas es porque sufren el justo castigo de su tibieza, de su egoísmo, del olvido de los principios que constituyen el substractum de sus tradiciones. Pero en esos viejos troncos corroídos por tantos gusanos, la savia cristiana no desapareció del todo. De ahí proviene este hecho verdaderamente curioso: esas ruinas aún conservan una vitalidad que muchas obras relucientes de nuevas están lejos de tener. Y como son ruinas de una obra alimentada con savia divina, conservan no sólo más vida sino más gloria y más belleza que todas las obras humanas marcadas por el estigma del laicismo, del ateísmo, del paganismo de hoy.

Atila está en Roma. Sus legiones bárbaras dominan la Ciudad Eterna una vez más. Pero, del siglo V para acá, ha empeorado mucho. El era un bárbaro que conocía apenas algunos rudimentos del orden natural. Hoy es un apóstata. Su ferocidad se volvió maquiavélica, sagaz, técnica. En el siglo V, Atila mataba mucho. El sigue siendo homicida. Sus manos están teñidas de sangre. Pero, en el siglo V, Atila mataba sólo cuerpos. Bautizado, aprendió que hay almas. Hoy Atila, apóstata, prefiere matar almas! En el siglo V, Atila era sobre todo un bruto. Hoy es ante todo un demonio.

Y este demonio, como todos sus congéneres, es igualitario. “No sirve”, justamente como Lucifer.  Se rebela. Detesta toda desigualdad, excepto la jerarquía de sus diabólicas milicias. Por todas partes adónde va, marchando en filas férreamente disciplinadas, destruye la verdadera disciplina; rebela las almas contra Dios, rebela los instintos materiales contra el dominio racional del alma, rebela la fuerza contra el saber, rebela la barbarie contra la tradición, contra la civilización, contra la jerarquía de los valores culturales, tradicionales, espirituales.

Todo progresó en el mundo. Atila también. Hoy Atila es así.

* * *

Ahora bien, mientras la cadencia brutal de los pasos de las legiones de Atila restalla sobre las piedras centenarias de la Ciudad Eterna, mientras por todas partes Atila nivela, destruye, aniquila la tradición -¡qué no hizo Atila contra la tradición, el pasado, la jerarquía de valores en Alemania!-, aún hay en Roma un escombro de nobleza, que vive de unos últimos alientos de savia cristiana. Ese escombro es un escombro. Como recuerda León XIII en una de sus Encíclicas, la nobleza en toda Europa, no cumplió su deber hasta el fin y por eso sobrevino la Revolución Francesa. Pero, si no fue enteramente fiel, no fue enteramente infiel la nobleza. Por eso, aunque reducida a escombros, tiene una gran respetabilidad, cuenta con vida resistente.

Catilina (N.d.l.R.: Lucio Sergio Catilina, 108 a.C.-62.a.C., tomado aquí en alusión a Mussolini, fue un militar y senador de la Roma Antigua, célebre por haber tratado de voltear la República Romana, y en particular el poder oligárquico del Senado), que en el siglo XX se encontró con Atila (N.d.l.R.: rey del pueblo bárbaro de los hunos, y aquí en alusión a Hitler), aliándose a éste cayó, en Roma, y fue para substituirlo que Atila invadió la ciudad. Pero esos restos de cruzados, de gentileshombres cristianos y de patriarcas romanos que en su infortunio conservan la Fe, la gloria y la tradición de sus ancestros, sobreviven aún a la irrupción de Atila y a la caída de Catilina.

Catilina los detestó, los persiguió ocultamente, al ver que no obtenía para sus aventuras el apoyo de la nobleza. Atila los odia. Pero ellos sobreviven y aún van, de pie, pobres, tal vez, y sufriendo necesidades y vejámenes que sólo Dios sabe, aún van a besar el tronco venerable de donde brotaron todas las instituciones cristianas –incluso la que representan. Podemos imaginar con qué cariño los habrá recibido el Papa.

* * *

Los mejores dones de Dios son las cruces y las misiones. Son regalos que contienen la promesa de otros dones. Cuando Dios le encarga a un hombre una gran tarea, le promete gracias para tener una gran alma. Y una gran alma, un alma santa, es el mejor don que Dios le puede hacer al hombre.

Pío XII considera que esos viejos escombros aún conservan fuerza suficiente para desempeñar una misión. Y tal vez, para ellos, un último llamado, la gloria de una última investidura, la ocasión suprema de reintegrarse en la plenitud de su espíritu, de su tradición, que les evite la ruina definitiva.

Obra escrita y publicada por el Prof. Plinio, en 1993

Por boca de Pío XII fue Dios el que habló. Y no habló tan sólo a la nobleza romana sino a la del mundo entero. No tan sólo a la nobleza sino a todas las clases sociales que, en los países de cualquier latitud y de cualquier forma de gobierno, representan la continuidad del pasado y del presente y, depositarias de la tradición, tienen la custodia de valores culturales y espirituales de veinte siglos de civilización cristiana, de una civilización hecha y mantenida por los méritos infinitos de la redención de Nuestro Señor Jesucristo. Hay gotas de la Preciosa Sangre de Cristo en esas tradiciones. Esas tradiciones cristianas bien valen el Santo Grial que entusiasmó la imaginación de los caballeros medievales.

Oíd a Cristo que habla por boca de Pedro a los aristócratas, a los hombres selectos en el terreno de la distinción, de la cultura o de la instrucción, en el mundo entero:

“Hijos míos, tenéis un papel a desempeñar. ¿Cuál es la tarea que os fue confiada? Ciertamente la de facilitar el funcionamiento normal de la maquinaria humana. Sois sus reguladores, los reóstatos. En otros términos, representáis la tradición”.

Cuánta antipatía podrán suscitar estas palabras, especialmente en aquellos que ignoran absolutamente lo que es una tradición. El Santo Padre refuta de antemano los sofismas de estos últimos.

“La palabra tradición puede ser desagradable cuando es pronunciada por ciertos labios. Muchos la interpretan erróneamente. Muchas almas, aún sinceras, tienen la impresión de que la tradición es apenas un recuerdo y una pálida imagen del pasado, de un pasado que no puede volver. Sin embargo la tradición es más que un vínculo con el pasado, es sinónimo de progreso. La juventud guiada por la experiencia de sus predecesores podrá caminar con más firmeza hacia adelante. La tradición es un regalo que se transmite en generaciones sucesivas. Sin ella el progreso se quedaría a ciegas, en la oscuridad”.

* * *

Borrar la tradición sería, pues, dejar que el mundo “camine a ciegas, en la oscuridad”. Fue en manos de las élites que Dios depositó ese tesoro de sabiduría y de luz.

La función de las élites sociales consiste en preservar este tesoro, en iluminar con él valientemente el presente, en trabajar para que esa lámpara ni se apague en el vendaval de las ideas nuevas, ni brille, inútil, a los ojos de pocos, sino, por el contrario, como la luz evangélica, sea puesta en el candelabro para iluminar toda la sala.

Conservar las tradiciones no es conservarlas como mero objeto de museo. Es conservarlas vivas, fuertes, y para eso es preciso vivirlas. Sólo las tradiciones vividas en la plenitud y autenticidad del espíritu que las formó son capaces de influenciar benéficamente el progreso, orientándolo, estimulándolo, aliándose a él sin deformarse.

* * *

Lo que necesitamos es que el espíritu de esas tradiciones, el alma de esas tradiciones, viva. Y para que viva hace falta que se alimente de la Vida. Y la vida es Nuestro Señor Jesucristo.

Atila es hoy Hitler. Hitler morirá, sus días están contados como los de Baltasar. Pero Atila no morirá porque Hitler sea Atila. Atila no es Hitler. Atila es la barbarie que despunta en muchos cuadrantes del mundo moderno. Atila no es un hombre, ni un pueblo, sino una idea, o antes bien una anti-idea. Fue Atila el que organizó en Alemania los campos de concentración, las Ordensburg (campos de concentración), las S.S., todo el infame aparato del partido nazi. Fue él quien intentó derrumbar los altares de Cristo para congregar los pueblos en adoración al sol en el interior de los bosques.

Pero si Atila sufrió un duro golpe con la caída de Hitler, aún no morirá con Hitler ni con el nazismo. Atila seguirá viviendo en las escuelas donde se haga la apología de la fuerza, en los laboratorios donde se recomiende la esterilización y se maten los nascituros, en las corrientes en que se afirme que el hombre no es libre ni señor de sus actos sino esclavo de la bestialidad irrefrenable de sus instintos: eso es Atila

Atila mostró en el nazismo toda su faz bestial y abyecta. Muerto el nazismo, Atila en cambio no morirá. Atila es un estado de espíritu. Atila es, como dijimos, una anti-idea que no es huna, ni germánica, ni latina, ni sajona, ni negra, ni eslava, ni nipona, sino que en cualquier raza puede dominar de un momento a otro.

Dígase lo mismo de Catilina. En el siglo XX, Catilina barajó un tanto la Historia. No tuvimos ningún Cicerón. Catilina venció por momentos, y se hizo el César. En el fondo, fue siempre Catilina. Catilina es siempre el mejor aliado de Atila. La brutalidad vence por la complicidad de los despechados a quienes se les promete un lugar al sol, de los vanidosos para quienes ser un gran hombre no es sino hacer el papel de gran hombre… que se enorgullecen cuando van muy alto cargados en plumas…  Hubo Catilinas en Alemania. Uno de ellos se llamó von Papen. Hubo Catilinas en Holanda, en Bélgica, en Austria, en Noruega, en mil otros países: todos ellos se llamaron Quisling. Podrían llamarse por ejemplo Mosley o Tojo. En el fondo, son siempre

Catilina.

Catilina no se rehabilitó en el misterio de la muerte de Ciano (n.d.l.R: yerno de Mussolini, el que habría encargado su asesinato), ni murió con él, ni morirá con el fascismo. Catilina también es universal. Seguirá viviendo en todos los que prediquen para con el totalitarismo connivencia, cordura, complicidad, para los que traten de intoxicar el mundo con los sueños del totalitarismo.

Sin embargo, ni Atila ni Catilina vencerán las élites que, para bien del pueblo, sepan mantenerse genuinamente cristianas, es decir, católicas, apostólicas, romanas.

 

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