El Duque Paul de Oldenburg analiza la crisis actual en la Iglesia

22/02/17

por Javier Navascués – ADELANTE LA FE

 

                               El Duque Paul de Oldenburg

La Casa de los Oldemburgo es una familia noble originaria del norte de Alemania, que llegó a ser una de las dinastías reales más influyentes de toda Europa. El Duque Paul de Oldenburg es dirigente de la TFP alemana y responsable en Bruselas del Escritorio de representación de la Federación Pro Europa Cristiana. Está casado con una española, Doña Pilar Méndez de Vigo Oldenburg, y el castellano es la lengua del hogar.

En esta entrevista analiza, desde la Tradición, la decadencia de Fe de occidente y la crisis en la misma Iglesia. A los lectores de este portal les desea que hagan vida el propio nombre de la web… ¡Adelante la Fe!

Nos gustaría que nos dijese alguna palabra sobre la personalidad del Profesor Plínio Corrêa de Oliveira quien, como fundador de la TFP brasileña e inspirador de todas las otras, es en cierta forma la pauta de su actuación aquí al frente de la sección de Bruselas de la Federación Pro-Europa Christiana.

Efectivamente el pensamiento y la obra Profesor Plinio Corrêa de Oliveira están en la raíz de mi actuación aquí. Nuestra Federación, que normalmente designamos por su sigla más corta FPEC, representa a las TFPs europeas u otras organizaciones afines inspiradas por la misma idea de una presencia o una militancia católica en los problemas culturales, socio-económicos y políticos de nuestros días.

El Señor Doctor Plinio, como lo llamamos y recordamos afectuosamente con esta fórmula tan típica de Portugal, nació en 1908 en un momento auge del embate liberal-anticlerical contra la Iglesia y poco antes que a esta ofensiva se sumase la del comunismo con la revolución del 17.

Desde muy joven se destacó como un notable pensador católico y hombre de acción. O sea, no sólo fue autor de libros muy difundidos, sino que también fue líder del movimiento católico de su país, el Brasil. Fue diputado en la Asamblea Constituyente de 1934, en la que defendió los intereses de la Iglesia ante los desafíos del laicismo. Fue Profesor Universitario en la Universidad Católica de San Pablo. Como escritor, produjo 19 títulos y como periodista, millares de artículos en la prensa brasileña y de otros países.

Su militancia podemos caracterizarla como una defensa del Papado, de los derechos de la Iglesia, del Occidente Cristiano – el ideal de Cristiandad marca profundamente todo su pensamiento. Por ello enfrentó ideológicamente los totalitarismos nazi y comunista, se opuso a las ideas del Humanismo Integral de  Maritain, denunció los aspectos deletéreos del american way of life en cuanto negadores del pecado original y generadores del neo-paganismo contemporáneo. El aspecto más marcado de su vida pública fue, sin duda, su lucha contra las dos vertientes que más trataron de deformar la Iglesia Católica en el siglo XX: de un lado, el progresismo católico, que trata de adaptar la religiosidad de la Iglesia a los desvíos modernos o contemporáneos y, de otro, la izquierda católica que trata de utilizar la Iglesia como instrumento para hacer avanzar las revoluciones del momento. Podríamos considerar a la Teología de la Liberación como un producto del progresismo católico que objetiva dar un apoyo doctrinario o pseudo-teológico al socialismo, a la guerrilla marxista y a la posteriordeconstrucción del modo de vida en el que sobreviven tantos elementos cristianos.

Como dije, la fundación de Tradición Familia y Propiedad en el Brasil, y la inspiración de las organizaciones del mismo nombre por el resto del mundo, y la actuación de todas ellas desde mediados del siglo XX hasta el presente, marcan la trayectoria central de lo que fue la obra del Profesor Plínio Corrêa de Oliveira.

¿Cómo nació la Federación Pro-Europa Cristiana y como definiría su finalidad?

No estamos enamorados de la globalización. Quien nos conozca un poco, sabe que vemos en ella el avanzar pernicioso de una masificación que está eliminando las características de cada país europeo. A nuestro ver, esta diversidad que se disuelve es un elemento central de la Cristiandad. Para peor, la Torre de Babel que se construye viene cargada de contenidos anti-cristianos, neo-paganos, cuando no directamente esotéricos.

Sin embargo, y hasta por ello mismo, surgió para nosotros la necesidad de representar en Bruselas ante las instancias políticas comunitarias la acción de cada una de las asociaciones europeas hermanadas en una visión cristiana de la sociedad.

Es nuestra tarea habitual hacer llegar los documentos que producen al Parlamento o a la Comisión Europea. Esta presencia nos ha dado ocasión de unirnos a otras iniciativas afines, como la de One of Us cuando pidió el cese del financiamiento a experimentos con embriones humanos.

El escritorio de la FPEC en Bruselas ha sido lugar de encuentro de diputados o activistas europeos o americanos, tanto del norte como del sur, que llegan aquí movidos por objetivos que coinciden con los nuestros.

También en nuestro auditorio se realizan conferencias públicas donde especialistas de los temas más variados mantienen actualizado a un público exigente y cosmopolita que caracteriza a la Bruselas de hoy.

¿Considera que sea necesario hoy más que nunca defender la Cristiandad?

Defender la Cristiandad es un deber específico de los cristianos laicos en cualquier época histórica. Lo recuerda hasta la Lumen Gentium al decir: “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios.” (LG, 31) Destaco el por propia vocación… Con más abundancia puede verse el mismo principio en la Quas Primas de Pio XI o en documentos de San Pío X como Il fermo propósito...

El Profesor Plinio, por su lado, escribía que la perfección cristiana individual genera, necesariamente, una cultura católica. Y ésta, a su vez, una Civilización católica. De manera tal que quien quisiese prohibirnos la construcción de la Ciudad de Dios estaría, aunque no lo pretendiera, perjudicando nuestra aspiración a la santidad. Y así mostraba el desatino liberal de pretender que podíamos reducir la religiosidad al mero ámbito individual sin perjuicio de la misma vida cristiana.

Este llamado de los católicos a promocionar la Cristiandad se torna hoy más imperioso porque este objetivo es claramente combatido por un neo anticlericalismo virulento que se manifiesta, por ejemplo, en el rechazo de incluir la mención a las raíces cristianas en la Constitución Europea y tantas otras ofensivas contra las manifestaciones públicas de la Fe.

Además de lo que denomina ‘neo-anticlericalismo, ¿no hay otras maneras menos visibles de negar o desvirtuar este aspecto visible del Reino de Cristo?

Me gusta la pregunta porque, aunque muy genérica, suscita otras reflexiones y profundizaciones. Yo diría que las actuales interpretaciones prevalecientes sobre la Amoris Laetitia, al pretender justificar la comunión y la absolución para adúlteros o concubinos, basadas en supuestos derechos de la conciencia subjetiva e ignorando la valoración moral del comportamiento formal o material de quien vive en situación objetiva de pecado, es una manera de reducir la vida espiritual y la práctica religiosa a dimensiones invisibles e individualistas. La dimensión social del acto de fe y de la Iglesia es evacuada, al estilo protestante.

En ese sentido, la reciente película “Silencio”, de Martín Scorsese, nos propone como héroe o como modelo al protagonista, un joven jesuita que apostata públicamente y reitera anualmente su apostasía, que pasa toda su vida sin jamás hablar de Dios ni señalar su Fe por ninguna señal externa; cuando tal personaje muere, al ser cremado según el ritual budista, la cámara focaliza una pequeña crucecita apretada entre sus manos. Esa Fe escondida, intimista, podríamos llamarla, no puede ser un ideal para ningún cristiano. Una concepción así hubiera sido muy fácil de seguir para San Pedro, o para Santo Tomás Moro, para la infinidad de mártires de los primeros siglos, o, ya que hablo para españoles, los tantísimos mártires de vuestra Guerra Civil.

Cree entonces que por detrás de las interpretaciones prevalecientes de la Amoris Laetitia, ¿se esconde lo que llama una Fe intimista, una Fe que se esconde, una actitud que no confiesa la Fe?

A tomar las cosas por ese lado, la doctrina de la Iglesia nos enseña que no juzguemos el interior: apenas los hechos exteriores. Pero, como acabo de decir, las interpretaciones heterodoxas a que aludo sobrestiman este aspecto. Claro, el interior, cabe a Dios juzgarlo. Pero la conciencia debe ser recta y cabe a la Iglesia formarla, insistiendo en que hay actos exteriores objetivamente censurables. Hecha esta salvedad me parece que sí hay una gran coincidencia de factores que inducen hoy a una Fe y a una Moral subjetivas, intimistas, que vienen acompañadas de la pretensión de una religión “à la carte”, que no es la que Dios reveló y mandó seguir, sino la que yo escojo según mi fantasía y en la que no hay ninguna autoridad que tenga el derecho de enseñarme lo que debo creer o practicar. Los sociólogos de la religión caracterizan esta actitud individualista con la fórmula “believing but not belonging”: creer en algo, pero no afiliarse a nada. La consecuencia moral es construirse una ética individual según sus caprichos. Y el corolario extremo es la negación de la realidad natural, como en la ideología de género.

¿Considera tan importante esa exteriorización y socialización de la Fe en prácticas o en símbolos?

No soy yo quien lo considera así. Es Jesucristo quien, al instituir los sacramentos, asoció a cada uno de ellos una señal visible del mismo. Y tan importante es que, de no haber la señal, se llama la materia del sacramento, el agua en el Bautismo o los santos óleos en la Extrema Unción, no hay sacramento. Y note que la esencia de todo sacramento es la comunicación de la gracia. O sea, una realidad sobrenatural. Pero que para ser comunicada exige una marca sensible, la materia.

Lo mismo vale para la propia Iglesia. Como decía Bossuet, ella es Cristo diseminado y comunicado, pero no es apenas un Cuerpo Místico, sino la sociedad visible de todos los que profesamos la misma fe, recibimos los mismos sacramentos y estamos sometidos a los mismos pastores. Negar la realidad visible, social, jerárquica y jurídica de la Iglesia es protestantismo puro.

De ese carácter visible de la Iglesia resulta la necesidad de una profesión pública de la fe. Cuentan, no sé si sea verdad, que cuando Santo Tomás Moro se negaba a aceptar el adulterio de Enrique VIII, su amigo, el Duque de Norfolk le habría aconsejado que firmase el documento de aceptación para escapar a la muerte. “No son más que palabras y Dios sólo mira los corazones” habría dicho el duque. A lo que el futuro mártir habría respondido: “Y cuando le decimos a Dios que le amamos, o que nos perdone nuestros pecados, ¿qué es lo que hacemos sino decir palabras?

Lo mismo vale para la Cristiandad. Las sociedades son creaturas de Dios – autor del instinto de sociabilidad y, en cuanto realidades naturales y visibles, ellas tienen la obligación de rendir gloria a Dios de manera colectiva y pública. Una sociedad no puede ser apenas “vitalmente cristiana”, como querían Maritain y el Cardenal Journet, porque eso corresponde, en el plano social, al mismo “intimismo” desviado que hemos criticado en el plano individual.

Además, el laicismo es una mentira y una estafa, porque un Estado nunca puede ser religiosamente neutro: lo vemos en Europa, dónde se está imponiendo la religión del hombre, con sus dogmas y su nueva moral de los “derechos humanos”, que incluyen el aborto, el casamiento homosexual, la eutanasia, etc. Y ya está preparada la nueva Inquisición, bajo el supuesto de que afirmar la existencia de una Ley divina superior a las leyes del Estado, es fundamentalismo. La alternativa es clara: o volvemos a la Cristiandad o seremos los dhimmisde una sociedad oficialmente atea… o islámica, como prevé la novelaSumisión de Michel Houellebecq.

¿Cómo caracterizaría la crisis actual de la Iglesia?

Considero que la Iglesia vive la crisis más aguda de su historia. Si damos una mirada hacia los varios aspectos del mundo de hoy vemos herejías por todas partes, vemos profanación de los sacramentos, vemos menospreciadas la virginidad y la castidad según el propio estado, vemos el divorcio, el concubinato, el adulterio aceptados con normalidad, los hijos ilegítimos, los hijos que no conocieron a alguno de sus progenitores, hasta la Extrema unción despreciada.

Es claro que si la sociedad está así, ello se debe en parte a que la Iglesia, que debiera santificarla y salvarla, también atraviesa un momento que deja mucho que desear. En vez de evangelizar el mundo, se optó por dialogar con él, especialmente en lo que caracteriza la “modernidad”. El resultado fue la teología existencialista de Rahner, la moral de situación de Marciano Vidal, la teología de la liberación marxista de Gustavo Gutiérrez, etc. O sea, que en vez de convertirnos para adaptar nuestras creencias y nuestras vidas al Bien y a la Verdad revelados, hacemos una “relectura” del Evangelio para aceptar el neo-paganismo moderno y la Revolución anti-cristiana.

¿Estamos perdidos? ¿O hay esperanza?

Fátima, la gran esperanza, es el título de una de nuestras campañas más importantes en alguno de los países que representamos aquí en Bruselas. Fátima, no es una esperanza, es una certeza. Si el mundo no se enmendaba, advirtió en 1917, vendría un gran castigo pero al final Su Inmaculado Corazón triunfaría. Y como prueba de la veracidad de este anuncio pronosticó varios otros sucesos, que ocurrieron todos, e hizo el portentoso milagro del sol.

El triunfo del Inmaculado Corazón de María es la gran esperanza, y la gran certeza, que nos aguarda en el horizonte.

Y nuestra querida Europa, ¿cómo la ve?

Nuestra querida Europa…Cuando hablamos de ella hablamos de la Cristiandad. A pesar de que el Reinado Social de Cristo puede ser instaurado en diversos marcos culturales, fue históricamente aquí en Europa que se instaló y de aquí navegó hasta los confines del mundo. Ustedes, ibéricos, españoles y portugueses, cargan ese mérito histórico.

Estoy seguro que cuando esperamos que el corazón de María triunfe esperamos también que Europa cristiana vuelva. No imagino un Reino Social de Cristo sin Europa.

Me parece que nuestro continente se convulsiona hoy en la etapa final de una crisis. Las utopías liberales y socialistas se agotaron. El mundo quiere otra cosa. Pero Jesús es el único camino. No debemos buscar salvaciones fuera del Cristianismo. En ese sentido, de nuevo, Fátima es la gran esperanza. Su apelo a la conversión profunda y sincera, atendido, es lo único que podrá salvarnos.

¿Cómo se despediría de nuestros lectores españoles  y por extensión de toda Hispanoamérica donde tanto se lee este portal?

Parafraseando a María Antonieta les diría que el castellano es la más bella lengua cuando la oigo en los labios de mi mujer y de mis hijos.

Espero no ofender a mis compatriotas alemanes ni a los nacionales de otros países agregando que quien no aprecia el modo de ser católico de un español le falta algo en su catolicidad. Tal vez el “sí, sí; no, no” y la altanería caballeresca debieran caracterizar a todos los hijos de la Iglesia pero en el caso de España lo es de un modo insustituible. España llevó la Fe a Hispanoamérica. Pienso en combatientes que van al combate cantando “Viva la muerte”, o que en un Viernes Santo honran al Señor crucificado cantando “soy el novio de la muerte”. Esta frontalidad va de maravillas con una Santa Teresa que le reprocha a Jesús de tener tan pocos amigos porque a los que tiene los trata tan mal.

Quería entonces decirles a todos los españoles católicos que los necesitamos. Que Europa precisa católicos así. Vuelvan a ser así, o continúen siéndolo, por el bien de ustedes y por el bien de la Iglesia.

Javier Navascués

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Un aspecto poco conocido de la personalidad de la Santísima Virgen es la elevación insondable de su pensamiento y de su contemplación.

San Juan Eudes recuerda que en el principio existían las tres personas de la Santísima Trinidad, pero no la naturaleza humana de Nuestro Señor Jesucristo.

Nuestra Señora estudiaba las Sagradas Escrituras para saber como sería el Mesías, pues deseaba ardientemente que el Mesías viniese pronto. Así, Ella llegó a imaginar como sería Nuestro Señor y, en el momento en que ella lo concibió por la inteligencia, por el amor, y tuvo el deseo de ser la esclava de quien fuese su Madre, en ese momento el Angel Gabriel la invitó para serlo.

Explica entonces San Juan Eudes, que Ella fue dos veces Madre de Nuestro Señor Jesucristo: en primer lugar, madre porque Ella lo concibió, por la inteligencia y por el amor como El debería ser; en segundo lugar, Madre porque lo engendró en su seno virginal.

El Evangelio de San Lucas nos relata la embajada del Angel Gabriel a la Santísima Virgen, de cuyo “Sí” dependió nuestra Redención. A la luz de las consideraciones de San Juan Eudes toman un nuevo aspecto.

“Estando ya Isabel en su sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a Nazaret, ciudad de Galilea, a una virgen desposada con cierto varón de la casa de David, llamado José; y el nombre de la virgen era María.

“Y habiendo entrado el ángel a donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, ¡oh llena de gracia!, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres.

“Al oír tales palabras la Virgen se turbó, y se puso a considerar qué significaría tal saludo.

“Mas el ángel le dijo: ¡Oh María!, no temas, porque has hallado gracia en los ojos de Dios.

“Sábete que has de concebir en tu seno, y tendrás un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús .

“Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, al cual el Señor Dios dará el trono de su padre David, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin.

“Pero María dijo al ángel: ¿Cómo será eso, pues yo no conozco varón alguno? El ángel en respuesta le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, por esta causa el fruto santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios.

“Y ahí tienes a tu parienta Isabel, que en su vejez ha concebido también un hijo; y la que se llamaba estéril, hoy cuenta ya el sexto mes; porque para Dios nada es imposible.

“Entonces dijo María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y en seguida el ángel desapareciendo se retiró de su presencia”. (San Lucas, 26,38)

Fuente: Acción Familia – Chile

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  1. 15. La posición de los católicos ante las formas de gobierno

Confrontando estos principios radicalmente igualitarios con los textos pontificios y los de Santo Tomás antes citados, de ellos se concluye que dichos principios se oponen formalmente al recto modo de pensar que deben tener los católicos en esta materia.

 

En efecto, como enseñan los Pontífices, no sólo es la monarquía —e, implícitamente, la aristocracia— una forma de gobierno justa y eficaz para la promoción del bien común, sino que es la mejor de ellas, según las cristalinas enseñanzas de Pío VI y de acuerdo también con el gran Santo Tomás. [17]

De esto y de todo lo que anteriormente fue expuesto se deduce que:

* No puede ser objeto de reprensión el católico que, considerando las circunstancias concretas de su país, prefiera para éste la forma de gobierno republicana y democrática, pues no es injusta ni censurable en sí misma, sino, por el contrario, intrínsecamente justa y, conforme sean las circunstancias, puede producir eficazmente el bien común.

* Pero, según el recto orden de preferencias, el católico empeñado en mantener una impecable fidelidad a la doctrina de la Iglesia, debe admirar y desear más lo que es excelente que lo que es simplemente bueno; e, ipso facto, deberá sentirse especialmente agradecido a la Providencia cuando las condiciones concretas de su país permitan la mejor forma de gobierno que es, según Santo Tomás, la monarquía, o incluso clamen por ella. [18]

* En los casos en que un sano discernimiento de la realidad le muestre que el bien común de su país puede resultar favorecido con una juiciosa alteración de sus condiciones concretas, será digno de elogio que esté dispuesto a echar mano de medios legales y honestos para, dentro del cuadro de libertades del régimen democrático en el cual vive, persuadir al electorado de que modifique dichas condiciones concretas e instaure —o restaure, si es el caso— el régimen monárquico.

* Todo ello se deduce —como ya se ha dicho— de un principio moral más genérico: el de que todo hombre debe rechazar el mal, amar y practicar el bien, y reservar lo mejor de sus preferencias para lo que es excelente. Aplicar dicho principio a la elección de formas de gobierno, implica en rechazar todo desgobierno, anarquía y caos, aceptar las legítimas repúblicas democráticas o aristocráticas, y preferir decididamente la mejor forma de gobierno, que es la monarquía moderada, siempre que ésta —conviene repetirlo— sea adecuada para alcanzar el bien común. En el caso de que no lo sea a causa de las condiciones concretas del país, la implantación de ese bien más perfecto puede ser un acto de inconformidad con los designios de la Providencia motivado por una mera simpatía política.

* De cualquier forma, se concluye de lo anterior que el verdadero católico ha de tener una mentalidad política monárquica, que debe coexistir con un sólido y penetrante sentido de la realidad y de lo posible.

  1. 16. Proyección socio-cultural de la mentalidad política aristocrático-monárquica

Estos principios políticos se proyectan en la configuración de la sociedad, la economía y la cultura de un pueblo. Así pues, por la intrínseca y natural cohesión entre la política y esos diversos campos, la excelencia de cierto espíritu aristocrático-monárquico debe estar presente —siempre en la medida de lo posible— en todos los niveles de la sociedad, así como en todas las manifestaciones de la actividad de un pueblo, cualquiera que sea la forma de gobierno que éste adopte. Así por ejemplo, el respeto particularmente acentuado al padre en la familia, al maestro en la escuela, al profesor o rector en la Universidad, al propietario y a los directores en las empresas, etc., debe ser reflejo de ese espíritu aristocrático-monárquico, en todas las sociedades, aun cuando el Estado sea democrático.

De acuerdo con esta perspectiva, Pío XII enseñó que hasta en los propios Estados republicanos la sociedad debe tener ciertas instituciones genuinamente aristocráticas, y enalteció el papel de las familias destacadas que “dan el tono en el pueblo y en la ciudad, en la región y en el país entero.” [19] El añorado Pontífice, al dirigirse al Patriciado y a la Nobleza romana, tanto en las alocuciones pronunciadas durante la vigencia de la monarquía en Italia (de 1940 a 1946), como durante la república (desde 1947 hasta 1952 y en 1958), reafirmó la misma doctrina. Esto quiere decir que el cambio de forma de gobierno en nada disminuye la misión social de la aristocracia.

Sobre la relación entre la mentalidad aristocrático-monárquica y la cultura de un pueblo, conviene recordar que aquélla bien puede tener como expresión todo un arte, una literatura, en suma, un estilo de vida característicamente popular en lo que se refiere a los segmentos más modestos de una nación; o burgués y aristocrático, en lo que toca específicamente a cada una de esas categorías.

Los Estados y sociedades europeas anteriores a 1789 conocieron esas variantes. Cada una de ellas reflejaba a su modo la unidad y variedad del espíritu de la nación, el cual produjo, en cada uno de esos segmentos sociales, obras magníficas, celosamente guardadas en nuestros días, no sólo en manos de coleccionistas particulares, sino también en museos y archivos de primera categoría, ya sea tratándose, por ejemplo, de residencias y mobiliarios de familias que se mantenían con el producto del trabajo de sus propias manos, ya sea tratándose, naturalmente, de la producción cultural oriunda de estamentos superiores.

El arte popular de los periodos históricos anteriores a la era igualitaria… ¡Cuánto habría que decir de verdadero, de justo y hasta de emocionante en alabanza suya! Un arte y una cultura auténticas, aunque típicamente populares y adecuados a la condición popular, desagradan de tal modo al espíritu revolucionario de nuestro siglo que cuando circunstancias imprevistas de la economía moderna provocan una considerable mejora en las condiciones de vida de una familia o un grupo popular, el igualitarismo no procura que esta familia permanezca en su condición modesta, aunque mejorada, sino que trata invariablemente de presionarla para que emigre de inmediato hacia una condición social superior, para la cual muchas veces esta familia o grupo solo estarían preparados mediante largas décadas de perfeccionamiento personal. Así nacen las desproporciones y disparates nada raros en la categoría de los llamados parvenus.

Éstos no son sino algunos ejemplos, entre otros muchos, de la influencia de los principios abstractos sobre la historia de la inmensa área cultural que constituye el Occidente.

 

 

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Via Crucis

Plinio Corrêa de Oliveira

Asociándonos a las conmemoraciones de la Pasión del Salvador, publicamos este inspirado Via Crucis compuesto por Plinio Corrêa de Oliveira, que conjuga una piedad seria, profunda y varonil con una extraordinaria adecuación a la situación actual de la Iglesia y el mundo.

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I Estación

Jesús es condenado a muerte

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu caida-de-jesus-96e5eSanta Cruz redimiste al mundo.

 

El juez que cometió el crimen profesional más monstruoso de toda la historia no fue impulsado a ello por el tumulto de ninguna pasión ardiente. No lo cegó el odio ideológico, ni la ambición de nuevas riquezas, ni el deseo de complacer a ninguna Salomé. Lo movió a condenar al Justo el recelo de perder el cargo pareciendo poco celoso de las prerrogativas del César; el miedo de crear para sí complicaciones políticas, desagradando al populacho judío; el miedo instintivo de decir “no”, de hacer lo contrario de lo que se pide, de enfrentar el ambiente con actitudes y opiniones diferentes de las que en él imperan.Piedad-gregorio-fernandez-b2a34

Vos, Señor, lo mirasteis por largo tiempo con aquella mirada que en un segundo obró la salvación de Pedro. Era una mirada en la que trasparecía vuestra suprema perfección moral, vuestra infinita inocencia, y sin embargo él os condenó.

¡Oh, Señor, cuántas veces imité a Pilatos! ¡Cuántas veces por amor a mi carrera dejé que en mi presencia la ortodoxia fuese perseguida, y me callé! ¡Cuántas veces presencié de brazos cruzados la lucha y el martirio de los que defienden vuestra Iglesia! Y no tuve el coraje de darles siquiera una palabra de apoyo, por la abominable pereza de enfrentar a los que me rodean, de decir “no” a los que forman mi ambiente, por el miedo de ser “diferente de los demás”. Como si me hubieseis creado, Señor, no para imitaros sino para imitar servilmente a mis compañeros.

En aquel instante doloroso de la condenación, Vos sufristeis por todos los cobardes, por todos los muelles, por todos los tibios… por mí, Señor.

Jesús mío, perdón y misericordia. Por la fortaleza de que me disteis ejemplo arrostrando la impopularidad y enfrentando la sentencia del magistrado romano, curad en mi alma la llaga de la molicie.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

II Estación

Jesús lleva la Cruz a cuestas

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

 

Se inicia así, mi adorado Señor, vuestra marcha hacia el lugar de la inmolación. No quiso el Padre Celestial que fueseis muerto de un golpe fulminante. Vos habríais de enseñarnos en vuestra Pasión, no sólo a morir, sino a enfrentar la muerte. Enfrentarla con serenidad, sin vacilación ni flaqueza, caminando hacia ella con el paso resuelto del guerrero que avanza hacia el combate; he ahí la admirable lección que me dais.

Frente al dolor, Dios mío, cuánta es mi cobardía. Ora contemporizo antes de tomar mi cruz; ora retrocedo, traicionando el deber; ora, por fin, yo lo acepto, mas con tanto tedio, tanta molicie, que parezco odiar el fardo que vuestra voluntad me pone sobre los hombros.

En otras ocasiones, ¡cuántas veces cierro los ojos para no ver el dolor! Me ciego voluntariamente con un optimismo estúpido, porque no tengo el coraje de enfrentar la prueba, y por eso me miento a mí mismo: “no es verdad que la renuncia a aquel placer se me impone para que no caiga en pecado; no es verdad que debo vencer aquel hábito que favorece mis más entrañadas pasiones; no es verdad que debo abandonar aquel ambiente, aquella amistad, que minan y arruinan toda mi vida espiritual; no, nada de esto es verdad…”, cierro los ojos, y arrojo a un lado mi cruz.

¡Jesús mío, perdonadme tanta pereza, y por la llaga que la Cruz abrió en vuestros hombros, curad, Padre de las Misericordias, la llaga horrible que en mi alma abrí con años enteros vividos en el relajamiento interior y en la condescendencia conmigo mismo!

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

III Estación

Jesús cae por primera vez

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

¿Cómo, entonces, Señor? ¿No os era lícito abandonar vuestra Cruz? Pues si la cargasteis hasta que todas vuestras fuerzas se agotaron, hasta que el peso insoportable del madero os lanzara por tierra, ¿no estaba por demás probado que os era imposible proseguir? Estaba cumplido vuestro deber. Que los ángeles del Cielo llevasen ahora por Vos la Cruz. Vos habíais sufrido en toda la medida de lo posible. ¿Qué más habríais de dar?

Sin embargo, actuasteis de otro modo, y disteis a mi cobardía una alta lección. Agotadas vuestras fuerzas, no renunciasteis al fardo, sino que pedisteis más fuerzas aún, para cargar nuevamente la Cruz. Y las obtuvisteis.

Es difícil hoy la vida del cristiano. Obligado a luchar sin tregua contra sí mismo para mantenerse en la línea de los Mandamientos, parece una excepción extravagante en un mundo que alardea en la lujuria y en la opulencia la alegría de vivir. Nos pesa en los hombros la cruz de la fidelidad a vuestra Ley, Señor. Y a veces el aliento parece faltarnos.

En estos instantes de prueba, sofismamos: “Ya hicimos cuanto en nosotros estaba. Al final, son tan limitadas las fuerzas del hombre. Dios tendrá esto en cuenta… Dejemos caer la cruz a la vera del camino y hundámonos suavemente en la vida del placer”. ¡Ah, cuántas cruces abandonadas a la vera de nuestros caminos, quizás a la vera de mis caminos!

Dadme, Jesús, la gracia de quedar abrazado a mi cruz, aun cuando yo desfallezca bajo el peso de ella. Dadme la gracia de reerguirme siempre que hubiere desfallecido. Dadme, Señor, la gracia suprema de nunca salir del camino por donde debo llegar a lo alto de mi propio calvario.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

IV Estación

Encuentro de Jesús con su Madre

V. Te s adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimisteis al mundo.

 

¿Quién, Señora, viéndoos así en llanto, osaría preguntar por qué lloráis? Ni la tierra, ni el mar, ni todo el firmamento, podrían servir de término de comparación a vuestro dolor. Dadme, Madre mía, un poco por lo menos de ese dolor. Dadme la gracia de llorar a Jesús, con las lágrimas de una compunción sincera y profunda.

Sufrís en unión a Jesús. Dadme la gracia de sufrir como Vos y como Él. Vuestro mayor dolor no fue por contemplar los inexpresables padecimientos corporales de vuestro Divino Hijo. ¿Qué son los males del cuerpo en comparación con los del alma? ¡Si Jesús sufriese todos aquellos tormentos, pero a su lado hubiese corazones compasivos…! ¡Si el odio más estúpido, más injusto, más torpe, no hiriese al Sagrado Corazón enormemente más de lo que el peso de la Cruz y los malos tratos herían el cuerpo de Nuestro Señor! Pero la manifestación tumultuosa del odio y de la ingratitud de aquellos a quienes Él había amado… a dos pasos, estaba un leproso a quien había curado… más lejos un ciego a quien había restituido la vista… poco más allá un sufridor a quien había devuelto la paz. Y todos pedían su muerte, todos le odiaban, todos le injuriaban. Todo esto hacía sufrir a Jesús inmensamente más que los inexpresables dolores que pesaban sobre su Cuerpo.

Y había algo peor, había el peor de los males. Había el pecado, el pecado declarado, el pecado inmenso, el pecado atroz. ¡Si todas aquellas ingratitudes fuesen hechas al mejor de los hombres, pero, por absurdo, no ofendiesen a Dios…! Mas ellas eran hechas al Hombre Dios, y constituían contra toda la Trinidad Santísima un pecado supremo. He ahí el mal mayor de la injusticia y de la ingratitud.

Este mal no está tanto en herir los derechos del bienhechor, sino en ofender a Dios. Y de tantas y tantas causas de dolor, la que más os hacía sufrir, Madre Santísima, Redentor Divino, era por cierto el pecado.

¿Y yo? ¿Me acuerdo de mis pecados? ¿Me acuerdo, por ejemplo, de mi primer pecado, o de mi pecado más reciente? ¿De la hora en que lo cometí, del lugar, de las personas que me rodeaban, de los motivos que me llevaron a pecar? Si yo hubiese pensado en toda la ofensa que os causa un pecado, ¿habría osado desobedeceros, Señor?

Oh, Madre mía, por el dolor del santo encuentro, obtenedme la gracia de tener siempre delante de los ojos a Jesús sufridor y llagado, precisamente como lo visteis en este paso de la Pasión.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

V Estación

Jesús ayudado a llevar la Cruz por el Cirineo

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

 

¿Quién era este Simón? ¿Qué se sabe de él, sino que era de Cirene? ¿Y qué sabe la generalidad de los hombres sobre Cirene, sino que era la tierra de Simón? Tanto el hombre como la ciudad emergieron de la oscuridad para la gloria, y para la más alta de las glorias, que es la gloria sagrada, en un momento en que muy distintos eran los pensamientos del Cirineo.

Él venía despreocupado por la calle. Pensaba tan sólo en los pequeños problemas y en los pequeños intereses de que se compone la vida menuda de la mayor parte de los hombres. Pero Vos, Señor, atravesasteis su camino con vuestras Llagas, vuestra Cruz, vuestro inmenso dolor. Y a este Simón le tocó tomar posición ante Vos. Lo forzaron a cargar la Cruz con Vos. O él la cargaría malhumorado, indiferente a Vos, procurando volverse simpático al pueblo por medio de algún nuevo modo de aumentar vuestros tormentos de alma y de cuerpo; o la cargaría con amor, con compasión, desdeñoso del populacho, procurando aliviaros, procurando sufrir en sí un poco de vuestro dolor, para que sufrieseis un poco menos. El Cirineo prefirió padecer con Vos. Y por esto su nombre es repetido con amor, con gratitud, con santa envidia, desde hace dos mil años, por todos los hombres de fe, en toda la faz de la tierra, y así continuará siendo hasta la consumación de los siglos.

También por mis caminos Vos pasasteis, mi Jesús. Pasasteis cuando me llamasteis de las tinieblas del paganismo para el seno de vuestra Iglesia, con el santo Bautismo. Pasasteis cuando mis padres me enseñaron a rezar. Pasasteis cuando en las clases de catecismo comencé a abrir mi alma para la verdadera doctrina católica. Pasasteis en mi primera Confesión, en mi primera Comunión, en todos los momentos en que vacilé y me amparasteis, en todos los momentos en que caí y me reerguisteis, en todos los momentos en que pedí y me atendisteis.

¿Y yo, Señor? Aun ahora pasáis por mí en este ejercicio del viacrucis. ¿Qué hago cuando vos pasáis por mí?

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

VI Estación

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

 

Se diría a primera vista, que mayor premio jamás hubo en la historia. En efecto, ¿qué rey tuvo en las manos tejido más precioso que aquel Velo? ¿Qué general tuvo bandera más augusta? ¿Qué gesto de coraje y dedicación fue recompensado con favor más extraordinario?

Sin embargo hay una gracia que vale mucho más que la de poseer milagrosamente estampada en un velo la Santa Faz del Salvador. En el Velo, la representación del Rostro divino fue hecha como en un cuadro. En la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, es hecha como en un espejo.

En sus instituciones, en su doctrina, en sus leyes, en su unidad, en su universalidad, en su insuperable catolicidad, la Iglesia es un verdadero espejo en el cual se refleja nuestro Divino Salvador. Más aún, Ella es el propio Cuerpo Místico de Cristo.

¡Y nosotros, todos nosotros, tenemos la gracia de pertenecer a la Iglesia, de ser piedras vivas de la Iglesia!

¡Cómo debemos agradecer este favor! No nos olvidemos, sin embargo, de que “noblesse oblige”. Pertenecer a la Iglesia es cosa muy alta y muy ardua. Debemos pensar como la Iglesia piensa, sentir como la Iglesia siente, actuar como la Iglesia quiere que procedamos en todas las circunstancias de nuestra vida. Esto supone un sentido católico real, una pureza de costumbres auténtica y completa, una piedad profunda y sincera. En otros términos, supone el sacrificio de una existencia entera.

¿Y cuál es el premio? Christianus alter Christus. Yo seré de modo eximio una reproducción del propio Cristo. La semejanza de Cristo se imprimirá, viva y sagrada, en mi propia alma.

Ah, Señor, si es grande la gracia concedida a la Verónica, cuánto mayor es el favor que a mí me prometéis.

Os pido fuerza y resolución para, por medio de una fidelidad a toda prueba, alcanzarlo verdaderamente.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. T Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

VII Estación

Jesús cae por segunda vez

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Caer, quedar tendido en el suelo, quedar a los pies de todos, dar pública manifestación de ya no tener fuerzas, son éstas las humillaciones a que Vos os quisisteis sujetar, Señor, para mi lección. De Vos nadie se compadeció. Redoblaron las injurias y los malos tratos. Y mientras tanto Vuestra gracia solicitaba en vano, en lo íntimo de aquellos corazones empedernidos, un movimiento de piedad.

Aún en este momento quisisteis continuar vuestra Pasión para salvar a los hombres. ¿Qué hombres? Todos, inclusive los que allí estaban aumentando de todos los modos vuestro dolor.

En mi apostolado, Señor, deberé continuar aun cuando todas mis obras estuviesen por el suelo, aun cuando todos se unieren para atacarme, aun cuando la ingratitud y la perversidad de aquellos a quienes quise hacer el bien se vuelvan contra mí.

No tendré la flaqueza de cambiar de camino para agradarlos. Mis vías sólo pueden ser las vuestras, esto es las vías de la ortodoxia, de la pureza, de la austeridad. Mas, en vuestros caminos sufriré por ellos. Y unidos mis dolores imperfectos a vuestro dolor perfecto, a vuestro dolor infinitamente precioso, continuaré haciéndoles bien. Para que se salven, o para que las gracias rechazadas se acumulen sobre ellos como brasas ardientes, clamando por castigo. Fue lo que hicisteis con el pueblo deicida, y con todos aquellos que hasta el final os rechazaron.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

VIII Estación

Jesús consuela a las hijas de Jerusalén

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

No faltaron entonces almas buenas, que percibían la enormidad del pecado que se practicaba y temían la justicia divina.

¿No presencio yo algún pecado así? Hoy en día, ¿no es verdad que el Vicario de Cristo es contestado abandonado, traicionado? ¿No es verdad que las leyes, las instituciones, las costumbres son cada vez más hostiles a Jesucristo? ¿No es verdad que se construye todo un mundo, toda una civilización basada sobre la negación de Jesucristo? ¿No es verdad que Nuestra Señora habló en Fátima señalando todos estos pecados y pidiendo penitencia?

Entretanto, ¿dónde está esa penitencia? ¿Cuántos son los que realmente ven el pecado y procuran señalarlo, denunciarlo, combatirlo, disputarle paso a paso el terreno, erguir contra él toda una cruzada de ideas, de actos, de viva fuerza si fuere necesario? ¿Cuántos son capaces de desplegar el estandarte de la ortodoxia absoluta y sin mancha, en los propios lugares donde campea la impiedad o la falsa piedad? ¿Cuántos son los que viven en unión con la Iglesia este momento que es trágico como trágica fue la Pasión, este momento crucial de la historia en que una humanidad entera está optando por Cristo o contra Cristo?

¡Ah, Dios mío, cuántos miopes que prefieren no ver ni presentir la realidad que les entra por los ojos! ¡Cuánta calma, cuánto bienestar menudo, cuánta pequeña delicia rutinaria! ¡Cuánto sabroso plato de lentejas para comer!

Dadme, Jesús, la gracia de no ser de este número. La gracia de seguir vuestro consejo, esto es, de llorar por nosotros y por los nuestros. No con un llanto estéril, sino con un llanto que se vierte a vuestros pies, y que, fecundado por Vos, se transforma para nosotros en perdón, en energías de apostolado, de lucha, de intrepidez.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

 

IX Estación

Jesús cae por tercera vez

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Estáis, Señor mío, más cansado, más débil, más llagado, más exangüe que nunca. ¿Qué os espera? ¿Llegasteis al término? No. Precisamente lo peor está por suceder. El crimen más atroz aún está por ser cometido. Los dolores mayores aún están por ser sufridos. Estáis por tierra por tercera vez y, sin embargo, todo esto que quedó atrás no es sino un prefacio. Y he aquí que os veo nuevamente moviendo ese Cuerpo que es todo él una llaga. Lo que parecía imposible se opera, y una vez más os ponéis de pie lentamente, aunque cada movimiento sea para Vos un dolor más. Ahí estáis.,Señor, de pie, una vez más… con vuestra Cruz. Supisteis encontrar nuevas fuerzas, nuevas energías, y continuáis. Tres caídas, tres lecciones iguales de perseverancia, cada una más lacerante y más expresiva que la otra.

¿Por qué tanta insistencia? Porque es insistente nuestra cobardía. Nos resolvemos a tomar nuestra cruz, pero la cobardía vuelve siempre a la carga. Y para que ella quedase sin pretextos en nuestra flaqueza, quisisteis Vos mismo repetir tres veces la lección.

Sí, nuestra flaqueza no puede servirnos de pretexto. La gracia, que Dios nunca niega, puede lo que las fuerzas meramente naturales no podrían.

Dios quiere ser servido hasta el último aliento, hasta la extenuación de la última energía, y multiplica nuestras capacidades de sufrir y de actuar, para que nuestra dedicación llegue a los extremos de lo imprevisible, de lo inverosímil, de lo milagroso. La medida de amar a Dios consiste en amarlo sin medida, dijo San Francisco de Sales. La medida de luchar por Dios consiste en luchar sin medida, diríamos nosotros.

Yo, sin embargo, ¡cómo me canso de prisa! En mis obras de apostolado, el menor sacrificio me detiene, el menor esfuerzo me causa horror, la menor lucha me pone en fuga. Me gusta el apostolado, sí. Un apostolado enteramente conforme a mis preferencias y fantasías, al que me entrego cuando quiero, como quiero y porque quiero. Y después juzgo haber dado a Dios una inmensa limosna.

Pero Dios no se contenta con esto. Para la Iglesia, quiere Él toda mi vida, quiere organización, quiere sagacidad, quiere intrepidez; quiere la inocencia de la paloma, pero también la astucia de la serpiente; la dulzura de la oveja, mas también la cólera irresistible y avasalladora del león. Si fuera preciso sacrificar carrera, amistades, vínculos de parentesco, vanidades mezquinas, hábitos inveterados, para servir a Nuestro Señor, debo hacerlo. Pues este paso de la Pasión me enseña que a Dios debemos darlo todo, absolutamente todo, y después de haberlo dado todo aún debemos dar nuestra propia vida.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

X Estación

Jesús es despojado de sus vestiduras

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Todo, sí, ¡absolutamente todo! Hasta vergüenza debemos sufrir por amor a Dios y para la salvación de las almas.

Ahí está la prueba. El Puro por excelencia fue desnudado, y los impuros le escarnecieron en su pureza. Y Nuestro Señor resistió a las burlas de la impureza.

¿No parece insignificante que resista a la burla quien ya resistió tantos tormentos? Sin embargo, esta otra lección nos era necesaria. Por el desprecio de una criada, San Pedro lo negó. ¡Cuántos hombres habrán abandonado a Nuestro Señor por temor al ridículo! Pues si hay gente que va a la guerra a exponerse a las balas y a la muerte para no ser escarnecida como cobarde, ¿no es cierto que hay hombres que tienen más temor a una risa que a cualquier otra cosa?

El Divino Maestro enfrentó el ridículo. Y nos enseñó que nada es ridículo cuando está en la línea de la virtud y del bien.

Enseñadme, Señor, a reflejar en mí, la majestad de vuestro semblante y la fuerza de vuestra perseverancia, cuando los impíos quieran manejar contra mí el arma del ridículo.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

 

XI Estación

Jesús es clavado en la Cruz

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por vuestra Santa Cruz redimiste al mundo.

 

 

La impiedad escogió para Vos, Señor mío, el peor de los tormentos finales. El peor, sí, pues es el que hace morir lentamente, el que produce sufrimientos mayores, el que más infamaba porque era reservado a los criminales más abyectos. Todo fue preparado por el infierno para haceros sufrir, ya sea en el alma, ya sea en el cuerpo. ¿Este odio inmenso no contiene para mí alguna lección? ¡Ay de mí, que jamás la comprenderé suficientemente, si no llegare a ser santo! Entre Vos y el demonio, entre el bien y el mal, entre la verdad y el error, hay un odio profundo, irreconciliable, eterno. Las tinieblas odian a la luz, los hijos de las tinieblas odian a los hijos de la luz, la lucha entre unos y otros durará hasta la consumación de los siglos, y jamás habrá paz entre la raza de la Mujer y la raza de la serpiente… Para que se comprenda la extensión inconmensurable, la inmensidad de este odio, contémplese todo cuanto él osó hacer. Es el Hijo de Dios que ahí está, transformado, según la frase de la Escritura, en un leproso en el cual nada existe de sano, en un ente que se retuerce como un gusano bajo la acción del dolor, detestado, abandonado, clavado en una cruz entre dos vulgares ladrones. El Hijo de Dios: ¡qué grandeza infinita, inimaginable, absoluta, se encierra en estas palabras! He ahí, sin embargo, lo que el odio osó contra el Hijo de Dios.

Y toda la historia del mundo, toda la historia de la Iglesia, no es sino esta lucha inexorable entre los que son de Dios y los que son del demonio, entre los que son de la Virgen y los que son de la serpiente. Lucha en la cual no hay apenas equívoco de la inteligencia, ni sólo flaqueza, sino también maldad, maldad deliberada, culpable, pecaminosa, en las huestes angélicas y humanas que siguen a Satanás.

He ahí lo que precisa ser dicho, comentado, recordado, acentuado, proclamado, y una vez más recordado a los pies de la Cruz. Pues somos tales, y el liberalismo a tal punto nos desfiguró, que estamos siempre propensos a olvidar este aspecto imprescindible de la Pasión.

Conocíalo bien la Virgen de las vírgenes, la Madre de todos los dolores, quien junto a su Hijo participaba de la Pasión. Conocíalo bien el Apóstol virgen que a los pies de la Cruz recibió a María como Madre, y con esto tuvo el mayor legado que jamás fue dado a un hombre recibir. Porque hay ciertas verdades que Dios reservó para los puros, y niega a los impuros.

Madre mía, en el momento en que hasta el buen ladrón mereció perdón, pedid que Jesús me perdone toda la ceguera con que he considerado la obra de las tinieblas que se trama a mi alrededor.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

XII Estación

Jesús muere en la Cruz

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Llegó por fin el ápice de todos los dolores. Es un ápice tan alto que se envuelve en las nubes del misterio. Los padecimientos físicos alcanzaron su extremo. Los sufrimientos morales alcanzaron su auge. Otro tormento debería ser la cumbre de tan inexpresable dolor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonasteis?” De cierto modo misterioso, el propio Verbo Encarnado fue afligido por la tortura espiritual del abandono en que el alma no tiene consolaciones de Dios. Y tal fue este tormento, que Él, de quien los evangelistas no registraron ni una sola palabra de dolor, profirió aquel grito dilacerante: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonasteis?”

Sí, ¿por qué? ¿Por qué, si era Él la propia inocencia? Abandono terrible seguido de la muerte, y de la perturbación de toda la naturaleza. El sol se veló. El cielo perdió su esplendor. La tierra se estremeció. El velo del templo se rasgó. La desolación cubrió todo el universo.

¿Por qué? Para redimir al hombre. Para destruir el pecado. Para abrir las puertas del Cielo. El ápice del sufrimiento fue el ápice de la victoria. Estaba muerta la muerte. La tierra purificada era como un gran campo devastado para que sobre ella se edificase la Iglesia.

Todo esto fue, pues, para salvar. Salvar a los hombres. Salvar a este hombre que soy yo. Mi salvación costó todo ese precio. Y yo no regatearé más sacrificio alguno para asegurar salvación tan preciosa. Por el Agua y por la Sangre que vertieron de vuestro divino Costado, por la llaga de vuestro Corazón, por los dolores de María Santísima, Jesús, dadme fuerzas para desapegarme de las personas, de las cosas que me pueden apartar de Vos. Mueran hoy, clavadas en la Cruz, todas las amistades, todos los afectos, todas las ambiciones, todos los deleites que de Vos me separaban.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

XIII Estación

Jesús es bajado de la cruz

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

 

El reposo del Sepulcro os aguarda, Señor. En las sombras de la muerte, abrís el cielo a los justos del limbo mientras en la tierra, en torno de vuestra Madre, se reúnen unos pocos fieles para tributaros honores fúnebres. Hay en el silencio de estos instantes una primera claridad de esperanza que nace. Estos primeros homenajes que os son prestados son el marco inaugural de una serie de actos de amor de la humanidad redimida, que se prolongarán hasta el fin de los siglos.

Cuadro de dolor, de desolación, mas de mucha paz. Cuadro en que se presagia algo de triunfal en los cuidados indecibles con que Vuestro Divino Cuerpo es tratado.

Sí, aquellas almas piadosas se condolían, pero algo en ellas les hacía presentir en Vos al Triunfador glorioso.

Pueda yo también, Señor, en las grandes desolaciones de la Iglesia, ser siempre fiel, estar presente en las horas más tristes, conservando inquebrantable la certeza de que vuestra Esposa triunfará por la fidelidad de los buenos, puesto que la asiste vuestra protección.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

XIV Estación

Jesús es colocado en el sepulcro

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Corrióse la laja. Parece todo acabado. Es el momento en que todo comienza. Es el reagrupamiento de los Apóstoles. Es el renacer de las dedicaciones, de las esperanzas. La Pascua se aproxima.

Y al mismo tiempo, el odio de los enemigos ronda en torno del Sepulcro y de María Santísima y los Apóstoles.

Pero ellos no temen. Y dentro de poco tiempo rayará la mañana de la Resurrección. Pueda yo también, Señor Jesús, no temer. No temer cuando todo parezca perdido irremediablemente. No temer cuando todas las fuerzas de la tierra parecieren puestas en manos de vuestros enemigos. No temer porque estoy a los pies de Nuestra Señora, junto a la cual se reagruparán siempre, y siempre una vez más, para nuevas victorias, los verdaderos seguidores de vuestra Iglesia.

 

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Señor, ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

R. Amén.

 

(Catolicismo, N° 3 – Marzo de 1951)

 http://www.tradicionyaccion.org.pe/spip.php?article186  

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Plinio Corrêa de Oliveira

“Catolicismo” nº 791, noviembre de 2016 [*]

  

La fachada del Escorial (**) presenta cierta semejanza con la de Versailles: larga, enorme, con motivos que se repiten. Pero en la fachada del Escorial hay una nota de simplicidad, sobriedad y serenidad que Versailles no tiene. Versailles es un edificio festivo; el Escorial es un edificio pensativo.

Versailles invita a la exhibición de las grandezas del mundo; el Escorial invita a la concentración y a pensamientos de las grandezas del Cielo.

En los pabellones del Escorial hay unos techos afilados, rematados por esferas que dan la impresión de que algo tomó la tierra, le clavó una horquilla y la levantó hacia el cielo. La tierra es atravesada y conquistada en orden al cielo.

Es lo que no se ve en Versailles, donde todo es horizontal, nada apunta hacia el cielo y los trofeos indican la gloria terrena de los Borbones y de Luis XIV.

Hay algo un tanto monótono en las fachadas del Escorial. En una de ellas sólo hay ventanas que se repiten; no hay un portal ornamental, no hay una consolación para el alma dentro de la monotonía invariable de las ventanas. Pero cuando se sabe analizar se nota algo de la grandeza española.

Es cierta forma de austeridad, de seguridad de sí mismo sin arreglos. Hay cierta pertinacia en la monotonía, como quien dice: “Soy yo. Soy así y así está bien. Yo desafío!” Y hay algo de la grandeza del gentilhombre combatiente, que es preciso saber interpretar para entender el sabor de este palacio español.

ºººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººº

NOTAS

[*] Trechos de conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira del 21 de febrero de 1970. Sin revisión del autor.

[**] Palacio de San Lorenzo de El Escorial, de la época de Felipe II, construido entre 1563 y 1584, uno de los principales monumentos del Renacimiento español.

 

 

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Las ‘almas bordona’ son capaces de rescatar la sociedad actual

Es posible reavivar estas ‘almas bordona’. No obstante, primero debemos insistir en que lo que deseamos es que estas figuras actúen en el contexto del ‘lazo feudal’ comentado anteriormente –esas relaciones sociales recíproces que generan estabilidad y liderazgo. No tratamos de imponer las estructuras feudales o las jerarquías del pasado. Por su propia naturaleza, los lazos feudales generan sus estructuras propias, formas jurídicas y jerarquías apropiadas para estos tiempos. También debemos descubrir las nuestras propias.

Todd Beamer (fotografía de Nyttend). Beamer era un pasajero a bordo del avión secuestrado el 11 de Septiembre (United Airlines Flight 93), que se estrelló en un campo cercano a Shanksville, Pennsylvania, en 2001. Concibió un plan para recuperar el avión de los secuestradores y dirigió a otros pasajeros en su esfuerzo, con su célebre “¡Arrollemos!”

Asimismo, recordemos que, en el plano histórico, siempre han existido personajes representativos que cumplieron su esencial rol, especialmente en tiempos conturbados como los nuestros. Estos personajes existen hoy pero una cultura hostil les impide asumir un lugar prominente.  No es nuestra función crearlos sino reconocerlos y apoyarlos. Ellos no deben negarse a cumplir su papel sino asumirlo haciendo sacrificios por el bien común. Pues cuando esto no se hace, falsos líderes y oportunistas ocupan su lugar. Parte de nuesro problema es que hemos aceptado tales personajes no representativos que de tal manera: actores, celebridades y políticos sin principios.

♦ Los líderes naturales combaten contra viento y marea; esperan contra toda esperanza

En lugar de eso deberíamos conectarnos con los héroes que existen entre nosotros.

El Cabo Patrick Tillman, que dejó una carrera promisoria en el equipo de los Arizona Cardinals para entrar en los Rangers del Ejército, sirviendo en varias ocasiones en combate antes de morir en las montañas de Afganistán, en 2004

 

Necesitamos romper con el modelo individualista que tanto nos aísla en nuestros pequeños mundos absorbentes. Debemos abrirnos al resurgimiento de relaciones sociales recíprocas (no necesariamente contractuales o comerciales) por medio de las cuales podamos recurrir a la influencia de aquellas figuras verdaderamente representativas, ya sean hombres de estado, empleadores, profesores o dirigentes religiosos que, por su parte, deben tener el coraje de estar a la altura de las circunstancias. Debemos estar atentos al sonido de la bordona que marca el tono. Una vez más dispongámonos a atrevernos a desear una sociedad que cuente con cohortes de figuras legendarias provenientes de todos los rangos soiales para crear una nación de héroes.

Nota: ver las expresiones propias de esta nota, como ‘almas bordona’, en artículos anteriores de la serie usando el buscador o los “tags”.

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El vino y el mar…

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Con el otoño que principia va terminando la vendimia. El espectáculo del racimo de uva, dorado, encendido por el sol norteño, cuyano o surandino va quedando en la nostalgia y el recuerdo (f. 6). Va quedando atrás ineluctablemente la posibilidad de saborear un poderoso racimo de uvas casi paradisíaco como el de este torrontés riojano (f. 7).

La pena que esto nos causa cuadra bien con el tiempo de Cuaresma y el ambiente meditativo que caracterizaba las Ordenes monásticas que sabían equilibrar muy bien lo placentero con lo penitencial, manteniéndose fieles al espíritu de San Benito, de San Bernardo de Claraval, al de aquella maravilla que fue la Abadía benedictina de Cluny, con su linaje de abades santos, instrumento providencial de un renouveau, de un ápice de excelencia, que diseminó en la sociedad medieval el atractivo por lo sublime impregnando los vitrales, los castillos, las milicias caballerescas, los estandartes y la vida cotidiana -con sus encantos, como el de tomar un buen licor o un buen vino- con misteriosos ecos de aquel Pentecostés que transformó a los Apóstoles en leones de la causa del Redentor. Por lo que fue llamada por los Papas la Edad Media “primavera de la historia…”

Muchas de nuestras bodegas conservan algo de ese ambiente de claustro, de claroscuro, tan afín a la vitivinicultura, ese pasaje constante de la viña a la bodega, de la bodega a la viña, de las hileras de generosas vides al lagar y a la vasija.

Los claustros bodegueros se impregnan ahora del perfume achampagnado que exhalan las vasijas donde las levaduras encerradas en los hollejos van obrando la transformación de los azúcares en alcohol, por un admirable proceso natural. Pues el viñatero o bodeguero de ley sabe que es en la calidad de la uva donde reside la excelencia del vino, y que en la bodega no se puede mejorarlo ni un uno por ciento si se desea obtener un producto genuino, no adulterado.

La bodega -decía un viticultor alemán de la tradicional viña Scharzhof- tendrá enorme mérito en llevar la potencialidad de las uvas a la botella. Esto puede desanimar un poco a los adoradores de la técnica, los que quizás no entienden enteramente cómo la sabiduría de Dios hizo las cosas, siendo la técnica un medio ordenado a lograr la excelencia que la uva de calidad trae consigo y no un conjunto de medios y recetas mágicas para mejorar el vino.

¿En qué se emparenta el vino con el mar? Ambos pertenecen a la esfera de la inmensidad y la sublimidad… Así como el mar es misterioso y lleno de sorpresas, cuando el mosto de la uva  comienza a fermentar y el hollejo de las uvas molidas intenta cubrirlo con la capa denominada “sombrero”, al abrirse el sombrero con el pisón nos damos con un vapor misterioso, con una espuma turbulenta y algo asustadora, digna de los fiordos noruegos en cuyas brumas se escondían los terribles vikingos. El mar y el vino con su mundo de reflejos, sus luces y figuras, las profundidades de las fosas marinas y de las cavas… El mar con sus barcos y el mosto con sus hollejos, como una flota de diminutas embarcaciones… El mar con sus atardeceres y las viñas son sus soles, o las noches azules a la luz de la luna de las cumbres…

De la magia de este proceso se irá pasando por etapas establecidas por la naturaleza, por distintas fases en que la selección juega un papel esencial, y los sentidos en ella: sentir los perfumes, observar y admirar los colores, degustar el sabor,  tratar de entenderlos y de catalogarlos con comparaciones. Unos vinos serán destinados a los paladares más selectos. Otros quedarán en el plano de lo mediano. Otros serán descartados sin piedad.

Los cuidados, la paciencia, la vigilancia, el saber enológico, la cata con todas sus exigencias y diversidades, sus matices y sutilezas, su verdad…,  el amor a lo excelente, la confianza, permitirán extraer al final del camino el tesoro del vino. Tesoro de rubí o de oro,  de sabor y de color, un regalo de Dios al hombre, para la civilización, para la mesa fraternal y caballeresca, para glorificar noblemente al Creador.

 

 

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EL MARTIR SAN SEBASTIAN, LUMINARIA DE LA IGLESIA CATOLICA Y PATRONO DE SAÑOGASTA – CUATRO SIGLOS DE GRACIAS,  FE  Y DEVOCION (En Sañogasta se celebra el 3 de febrero a continuación de la Fiesta de Nuestra Señora de la Candelaria, del 2, por antiquísima costumbre, luego de rezarse conjuntamente ambas Novenas – La festividad del mártir San Sebastián es el 20 de enero conforme el calendario litúrgico)

Llamado en vida por el Papa San Cayo el “Defensor de la Iglesia”, este heroico luchador que derramó su sangre por la Fe católica, nació en Narbona, Provincia Imperial de la Galia romana.  
Sus padres le dieron esmerada educación. Su nobleza de nacimiento y cualidades le atrajeron el aprecio del Emperador Diocleciano, quien lo hizo Capitán de sus guardias, alto cargo que le permitió  prestar grandes auxilios a los cristianos encarcelados,  fortaleciéndolos en la Fe cuando el temor a los tormentos hacía peligrar su fidelidad.

Los hermanos Marco y Marcelino iban a ser degollados.  Después de soportar heroicamente la tortura, los ruegos de sus seres queridos empezaron a ablandar su disposición de ser mártires de Jesucristo. La fe  ardiente de Sebastián les devolvió las fuerzas evitando su defección.

El pagano Gobernador Cromacio fue sorprendido cuando el padre de los condenados le dijo: “Dios me abrió los ojos del alma para conocer la verdad y santidad de la religión católica, sin la cual no hay salvación”.

Había obrado su conversión el ejemplo contagioso de Sebastián, que así logró la del escribano del tribunal, la del alcaide de la prisión, y, más notable aún, la del propio Gobernador con 400 esclavos, a quienes dio la libertad!

Muchos de estos convertidos por San Sebastián fueron martirizados. El efecto fue multiplicador,  pues “la sangre de los mártires es simiente de cristianos”.

Un día, mientras animaba a los valientes confesores de la Fe, una luz brillante resplandeció y apareció el propio Nuestro Señor Jesucristo con 7 Angeles,  abrazó a Sebastián y le aseguró que siempre estaría con él.  

Este milagro tuvo gran repercusión y aumentó las conversiones, y aunque todos lo instaban a retirarse al campo con otros cristianos, nuestro Santo se quedó en Roma en medio del peligro, sintiendo que Dios así se lo pedía.

  

Venerables imágenes de San Sebastián: 1) El traído de España por Pedro Nicolás de Brizuela (s. XVII), en su caja original, empotrada en los anchos muros de la casa familiar. 2) El tallado por artesanos indígenas de la zona (s. XVIII). 3) El venerado en la Iglesia del Sdo. Corazón (La Puntilla). 4) El San Sebastián de la visita a  las casas, tallado por el artesano Leandro Mendoza (Salta) por encargo de la Comisión de la Iglesia de S. S. 

Con estos progresos en la Fe iba despuntando un mundo nuevo: la conversión del Imperio sería una de las mayores conquistas de la Historia! Esto despertaba el odio de los aferrados al paganismo. Un traidor informó al nuevo Gobernador quién era ese Capitán que convertía a tantos paganos. El gobernador, no atreviéndose a intervenir directamente, lo delató al sanguinario Emperador.

Este convocó al guerrero y le echó en cara sus favores, acusándolo de provocar la cólera de los dioses introduciendo esa nueva religión tan perjudicial al Estado.

El noble capitán contestó: “nada puede ser más ventajoso al Estado que tener vasallos fieles al verdadero Dios.” Esto bastó para que Diocleciano ordenara que Sebastián sea amarrado a un poste y atravesado con flechas por sus propios soldados, como lo muestran sus imágenes.

La noche siguiente, Irene, viuda de otro guerrero mártir, buscando su cuerpo para darle sepultura lo encontró con vida! Con grave riesgo lo hizo llevar a su casa, donde pronto se curó prodigiosamente. Este nuevo milagro hizo que después de su muerte fuera venerado como Protector contra la peste y las heridas e incluído entre los famosos 14 Intercesores.

¿Quién se animaría a volver a la carga después de recibir semejantes heridas? Sebastián, desoyendo los consejos y el miedo, se presentó en palacio y enfrentó nuevamente a Diocleciano: “¿Es posible, Señor, que os dejéis engañar eternamente por las falsedades y calumnias que inventan contra los cristianos?… los fieles están lejos de ser enemigos del Estado, y es sólo a sus oraciones que sóis deudor de todas las prosperidades”.  

Sorprendido y atemorizado, Diocleciano le preguntó si era aquel a quien mandara matar. “Soy el mismo, respondió el mártir, y mi Señor Jesucristo quiso conservarme la vida para que en presencia de este pueblo yo viniese a dar  testimonio de la impiedad e injusticia que cometéis, persiguiendo con tanto furor a los cristianos”. 

Enceguecido de odio, el Emperador mandó  llevar al fortísimo Sebastián al circo romano haciéndolo apalear hasta la muerte. Con este cruel suplicio su alma subió al Cielo a recibir la corona del martirio (año 288).

Ahora había que impedir que los cristianos supiesen donde estaba para que no le honrasen como mártir, ni obrara milagros y conversiones. Para ello lo arrojaron de noche a las cloacas de Roma. Inútil intento, pues quedó suspendido de un madero; y apareciéndole en sueños a una cristiana llamada Lucinda, le dijo que no había caído en ese lugar hediondo e infame, y le pidió que retirase el cuerpo y lo enterrase en las catacumbas, a los pies de los apóstoles San Pedro y San Pablo (cfr. Pe. Fco. de Paula Morell, “Flos Sanctorum”).

En ese lugar glorioso se erigió en su honor la Iglesia de San Sebastián Extramuros, donde el pueblo  romano y peregrinos de todo el mundo acuden a su amparo y lo veneran con fervor. Pilar de la Cristiandad naciente, fue incluido en la Letanía de Todos los Santos, que la Iglesia reza con esplendor el 1º de noviembre.

Al romper el alba, suenan las bombas, las campanas centenarias y la “caja del Santo” convocando a los Alférez y devotos de San Sebastián a visitar las casas de Sañogasta, Miranda y Guanchín.  En cada casa se canta con devoción el Himno de la visita a las casas, del s. XVII, pidiendo la bendición para las familias y las cosechas: “…verde será tu favor! Misericordia, Señor!” El Santo agradece la acogida y la limosna, que los Alféreces dedican a la conservación de la Iglesia, que es Monumento Histórico Nacional  : “Dios de los pague, mis hijos! Me voy muy agradecido! Misericordia, Señor!”

En Sañogasta, entonces perteneciente a La Rioja del Tucumán (Argentina), que integraba el Virreinato del Perú hasta la fundación del Virreinato del Río de la Plata, su devoción nació en la antigua “Hacienda de San Sebastián”, cuando Pedro Nicolás de Brizuela, Teniente de Gobernador de la Provincia del Tucumán (que abarcaba el Noroeste y Córdoba), lo declaró “patrón de este sitio y hacienda” en la capilla que le erigió en el Alto de la Iglesia, hoy Monumento Histórico Nacional.

Nuestro pueblo cuenta con su protección y amparo y su ejemplo inmortal. Con orgullo y devoción se veneran especialmente en el pueblo cuatro imágenes del Santo Mártir. Incontables niños, jóvenes y personas mayores se honran en ser Alférez del Santo… ¡una tradición de cuatro siglos! Orgullosos y agradecidos de tanta historia, cultura y tradición católica, al son varonil de la caja, las campanas y las bombas, y el relincho de los caballos, vistiendo su banda y haciendo la venia con el estandarte decimos: “¡Que viva por siempre San Sebastián!”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 DE FEBRERO ◊ FIESTA DE NTRA. SRA. DE LA CANDELARIA: PURIFICACION DE LA SSMA. VIRGEN Y PRESENTACION DEL NIÑO DIOS EN EL TEMPLO

Antigua Imagen de Ntra. Sra. de la Candelaria de Copacabana traída por Pedro Nicolás de Brizuela y Mariana Doria en el s. XVII. En la Novena y Fiestas Patronales va  acompañada por promesantes vestidas de Candelaria (der.) o con la banda de San Sebastián (izq.)

El Evangelio de San Lucas (cap. II, 22-38) relata que a los 40 días de Navidad, San José y la Virgen llevaron al Niño Jesús a Jerusalén para presentarlo a Dios Padre, pues cada primogénito (primer nacido) debía ser consagrado al Señor; y entregar la ofrenda -dos pichones de paloma- que ordenaba la Ley para la purificación de la madre.

Se encontraba allí un hombre justo y temeroso de Dios llamado Simeón, que esperaba de día en día la venida del Mesías. El Espíritu Santo le había revelado que no había de morir sin antes ver al Cristo, al ungido del Señor.El Evangelio de San Lucas (cap. II, 22-38) relata que a los 40 días de Navidad, San José y la Virgen llevaron al Niño Jesús a Jerusalén para presentarlo a Dios Padre, pues cada primogénito (primer nacido) debía ser consagrado al Señor; y entregar la ofrenda -dos pichones de paloma- que ordenaba la Ley para la purificación de la madre.

Inspirado por la gracia fue al templo y, al entrar José y María con el Niño, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo: -Ahora, Señor, despides de este mundo en paz a tu siervo según tu promesa. Porque ya mis ojos han visto al Salvador que nos has dado, al cual tienes destinado para que, expuesto a la vista de todos los pueblos, sea luz brillante que ilumine a los Gentiles (las naciones paganas), y gloria de tu pueblo Israel.

La Purificación de la Virgen y Presentación del Niño Dios en el templo – Fra Angelico

Los santos esposos oían admirados las cosas que de El se decían. Simeón los bendijo, felicitándolos. Y se dirigió á María, con estas palabras: -Este niño está destinado para ruina, y para resurrección de muchos en Israel; y para ser el blanco de la contradicción de los hombres; lo que será para tí una espada que traspasará tu alma, a fin de que sean descubiertos los pensamientos ocultos en los corazones de muchos.

Vivía entonces una Profetisa llamada Ana, que se había mantenido viuda hasta los 84 años de edad, sirviendo a Dios en el Templo día y noche con ayunos y oraciones. Haciéndose presente a la misma hora, alababa igualmente al Señor: y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Israel.

¡Cuántas enseñanzas en esta narración sagrada! Recapitulemos algunos puntos.

▪ Nuestra Señora, Virgen antes, durante y después del parto, más aún después de dar a luz a su Hijo, realizando ritos de purificación que correspondían a las madres comunes y no a Ella, concebida sin pecado original. Da así ejemplo de obediencia a la sagrada Ley. Fulgurante y nacida de la sangre real de David,  heredera de bienes de familia y Reina de todo lo creado, entrega los pichones, la ofrenda de los pobres…

▪ Dios Padre se afana en honrar a su Hijo en el momento en que éste más se humilla, pagando por medio de la Madre su rescate, como un primogénito común.

▪ Simeón, perseverando en la espera confiante de toda una vida, rebosa de gratitud por la venida del Mesías prometido, Luz para revelación de los paganos “sentados a la sombra de la muerte”; y gloria de su pueblo Israel. ¡Todos serán –¡seremos!- rescatados por el Salvador!

▪ …Y se declara siervo de ese Niño de 40 días, su Señor; se dispone a morir en la paz y felicidad que le da la realización plena de sus esperanzas.

▪ José y María, que conocían perfectamente la divina misión de Jesús, se admiran de que el anciano conociera tan bien su futuro rol.

Simeón los bendice, felicitándolos.

Pero ¡ay!, el semblante del profeta se ensombrece. Le anuncia

a la Madre, parte esencial de la profecía, la oposición que le harán los hombres a Cristo Rey, la ruina que resultará para los culpables, si no se arrepienten, y el dolor violento que le espera a Nuestra Señora.

Porque algunos recibirán amorosamente su Luz pero otros preferirán las tinieblas,   ejecutarán obras malas y su conducta los condenará, si no se enmiendan.

El es signo visible de salvación “al que contradecirán”, con una oposición continua que comenzará con Herodes e irá hasta su muerte en el Calvario. Oposición que luego caerá sobre la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana por modos ya violentos, ya “sonrientes” –para desarmar los espíritus-, incluso ejecutados por adversarios “que traman su ruina desde adentro”, como advierten los Papas. 

Simeón le anuncia a María la parte que Ella tendrá en los sufrimientos de su Hijo. Una espada, símbolo de un dolor extremadamente agudo, atravesará su alma, centro de las emociones y los afectos a fin de que sean descubiertos los pensamientos ocultos en los corazones de muchos. Pues venido el Mesías ya no es posible que los hombres permanezcan neutros. Tomarán partido por El o contra El, y así quedarán al desnudo sus pensamientos secretos (cfr. “Santa Biblia”, ed. Vulgata, comentada por el Pe. Louis C. Fillion, Prof. de Sda. Escritura). ¡Pobre Virgen dolorosa! ¡Pobre Cristo crucificado y traicionado! ¡Cuánta gloria en su martirio salvador!

San Lucas relata por último los cánticos y alegría de Ana la Profetisa, así llamada porque recibía revelaciones de Dios. Terminada la ceremonia, no cesaba de hablar del Mesías a todos los que lo esperaban, para la redención de Israel y del género humano.

Pidamos a la Virgen de la Candelaria, nuestra Patrona, traída a Sañogasta por los fundadores de la Iglesia de San Sebastián por el año 1640, la gracia de llevar con gallardía católica la vela que simboliza a su Hijo, Luz del mundo, con el coraje para cargar nuestras propias cruces y resistir al mal y a quienes lo promueven, con el gozo y entereza con que Ella lo presentó en el templo! Que se cumpla el anuncio: ¡y a tu luz caminarán las gentes!

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BOLETIN “EL ALFEREZ”

Sañogasta – La Rioja

Nº 1/17 – Enero-Febrero de 2017

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▪ bastiondelnorte@gmail-com

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027 Rincón de la Conversación re el alfér

Paseo Alferez F 129 Avanzan los Camperos de S.S.

Imagen039 venia con bandera Paseo Alferez F 095 El eje Iglesia Cruz Histórica frente al Cementerio Alto del Carmen BUENAAlférez a cab Fiestas Patronales corrida 3 de febr

Los Alférez galopan y pasan ante los Santos Patronos, al frente de la Iglesia, En la procesión, el Alférez Mayor grita: -¡Venia! y todas las banderas relumbran al vuelo en honor de la Virgen y de San Sebastián

-De modo que nunca habías oído hablar de los alférez, salvo del Alférez de Aeronáutica! Se ve que poco has andado tierra adentro…, donde se conserva la Argentina auténtica, la que busca las diversas formas de excelencia acordes a los distintos ambientes y regiones.

-No, de ningún modo niego que también vive en Buenos Aires y en nuestras grandes ciudades, que tienen tanto de admirable. ¿Dónde hay parques como en Palermo, el Rosedal, el parque Urquiza, de Paraná, con su temible yaguareté, y tantos otros que embellecen y  matizan los centros poblados de este gran País?

La Argentina auténtica vive en todo su territorio. Sin conocerlo entero, estoy seguro de ello, pero tienes razón, es un buen tema de discusión.

Pero Alférez de los Santos Patronos, esa original adaptación del antiguo Alférez Real que conducía al combate las pequeñas fuerzas de los Cabildos y guardaba -en su casa- el Estandarte de la ciudad…eso no hay en todas partes. Que yo sepa, sólo en el Noroeste, pero me alegraría saber que no es así y si algún lector puede desmentirme le estaré muy agradecido. Pues el Alférez es un tipo humano noble, es un hidalgo de campo, de rancia estirpe criolla.

Por mis venas corre sangre de una noble santiagueña, de mi corazón la dueña, la más perfumada flor…, le canta el bardo criollo a su Señora madre.

Y ese Santiago que tiene al gran Aguirre cortando el aire con sus estocadas a los 4 vientos…, cuánta hidalguía, qué Madre de Ciudades!!

Sus fundadores sufrieron lo indecible, y es el origen de su grandeza. Los ataques de los indios, la escasez tremenda, el desgaste de las ropas compradas en Talavera de la Reina, reemplazadas por camisas de cabuya del campo. Lo cuenta Teresa Piossek en Poblar un pueblo… o en Los hombres de la Entrada. Su rigor histórico y ricos documentos… no hay novela que los pueda igualar en interés y suspenso… El tañido de un fierro para llamar a la tarde a la oración, a falta de campana… los rezos y los himnos cantados por los vecinos aprendidos en Castilla o Extremadura, de donde traían la imagen que luego volcarían, con el indio austero, con el negro laborioso y alegre, para levantar capillas blancas como copos de Palo borracho.

AguirreDe pronto, un Juan Gregorio Bazán, un Teniente de Gobernador de 4 abolengos perdido en una tierra casi irreal para un vasallo de Felipe II, hacía tocar el fierro a todo vuelo para convocar a aquellos hombrazos. -Señores, las tribus más belicosas se acercan embadurnadas con colores de guerra. Esta madrugada a las 5 partimos, y mañana les haremos frente, ayudados por los fieles Juríes, y al grito de “Santiago y a ellos!”, para salvar esta aldea de Dios perdida en miles de leguas, pues este islote es lo que resta en esta tierra de la cruz Redentora. El Divino Rey nos está viendo y pensando: si mis santiagueños me irán a fallar!… A su lado, el Apóstol caballero, nuestro Patrono, le dice: -Señor, si me dejas, parto en mi caballo blanco a darle fuerza a mis hombres, que son los Tuyos.

De esa pasta nacieron los Alférez. Los hay por todo el Norte. Son los que han nacido como esclavos de la Virgen o del Santo Patrono. En el caso de Sañogasta, aldea señorial que vio nacer el Primer Mayorazgo argentino, sus madres los consagran desde la más tierna edad al mártir San Sebastián, bajo la mirada bendita, maternal y protectora de la Virgen de Copacabana, Nuestra Señora de la Candelaria010 N S de la Candelaria y San Sebastián con multitud

Mira cuánto amor hay en ese pueblo de Alférez -o Alféreces, si prefieres la corrección gramatical al uso común. Esa es el alma del Alférez. Un gran amor, una gran dedicación,  una predisposición heroica a darlo todo en defensa de la Fe. Por eso son elegantes y desfilan con ese garbo, como diciendo sin jactancia: -aquí estamos! Somos pacíficos y respetuosos, pero queremos respeto a nuestras tradiciones!

La lectura y los estudios profundos requieren mucho tiempo sentados, pero no en la montura…, y los Alférez son gauchos, les gusta la acción. Correr las vacas en el campo inalambrable del Cerro, “cortar huella” sabiendo que por aquí pasó la yegua overa con el potrillo colorado, con el macho tinto y “el tostado”. Requiere mucha observación y haber nacido en eso. El Alférez es un hombre inocente. Tiene la sabiduría del niño, que admiraba el propio Nuestro Señor. Las cosas para él son simples, como aquel Kaunitz que prestaba servicios a la gran María Teresa de Austria, que le decía una vez a un jurisconsulto: “Perdón, Señor Doctor… No soy suficientemente abogado para no ver claro en este asunto…”

Estos pueblos tienen una densidad de caballos per cápita que no aparece en las estadísticas. Muchos son los niños que al año o dos ya han dado unos trancos a caballo ayudados por su padre o hermanos mayores. Más tarde, ¡quién los para!

Por eso, con el paso del tiempo, los contingentes de alférez crecen sin cesar. Algunos se vienen de lejos, andan varios días para poder estar en las fiestas para alegría de ellos y de todo el pueblo.

El Alférez es un pregonero implícito de una gran verdad enseñada por el Divino Maestro: “si no sóis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”…; ni aunque vengan degollando… dirían ellos.

Que la Virgen nos ayude  a tener el espíritu de lo maravilloso que caracteriza al niño, y que debemos mantener toda la vida (la suma de las edades…) , para valorar nuestras verdaderas y épicas tradiciones católicas caballerescas y toda manifestación de excelencia.

 

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